Capítulo 2

Y así era ella

El despertador sonó con un timbre estridente, marcando el inicio de un nuevo día. 

Como de costumbre, Tonks se incorporó de un salto, con una energía que desmentía la hora temprana. 

Se desperezó con un largo bostezo y, arrastrando los pies, se acercó al espejo de cuerpo entero que ocupaba una esquina de su desordenado dormitorio.

Su reflejo la recibió con un destello de color vibrante en el cabello, como siempre, lejos de lo convencional. 

Sonrió, encantada.

—Rosa otra vez, ¿eh? —murmuró, inclinando la cabeza para examinar el tono bajo la suave luz del amanecer.

Tonks era metamorfomaga, lo que quería decir que podía cambiar su apariencia de forma natural, sin pociones ni varitas. Solo con desearlo.

Su piel, sus orejas, su pelo, y cualquier parte de su cuerpo podían adquirir formas muy distintas, incluso animales. Le encantaba probar peinados estrafalarios y ojos imposibles, experimentar con morros de cerdo, antenas de insecto, picos de pato, incluso imitar a otras personas. Cada transformación era una demostración tanto de su imaginación como de su empeño por mejorar cada día un poco más.

Pero no todo era tan fácil como parecía. Desde joven, su habilidad había sido tanto un don como un desafío. 

Sus emociones estaban profundamente ligadas a su magia y, cuando se desbordaban, se notaba. Vaya si se notaba. 

Si se enfadaba, su cabello ardía en tonos incendiarios. Si se entristecía, se apagaba en colores oscuros y melancólicos. Incluso dormida, sus sueños podían alterar su aspecto, lo que había provocado más de un susto a quien compartiera su cama.

Durante la adolescencia, eso fue fuente constante de incomodidad. Hubo momentos en los que habría dado cualquier cosa por no ser tan transparente. Por parecerse más a su madre, Andrómeda: siempre serena, siempre impecable, con una metamorfomagia tan elegante como controlada. 

Pero Tonks no era así. 

De hecho, con el tiempo había aprendido a aceptar su naturaleza caótica. Incluso a abrazarla.

Le gustaba pensar que su cabello reflejaba su estado de ánimo, incluso emociones que ni ella misma alcanzaba a nombrar. La mayoría de los días amanecía rosa chicle: una declaración descarada de que, pasara lo que pasara, sus pilas estaban cargadas y su buen carácter despierto, listo para afrontar cualquier adversidad a la vuelta de la esquina.

—Tú lo ves todo de rosa, Dora —solía decir su madre, con un suspiro indulgente.

—Y me encanta, mamá —respondía ella, sacándole la lengua como una cría, mientras su padre se reía a carcajadas.

Así pues, decidió que su magia, tan imprevisible como brillante, era una extensión de su sinceridad.

Y aunque ahora tenía mucho más control que antaño, a veces su cabello la había puesto en alguna situación tan embarazosa como divertida. 

Y entonces, se reía. Porque así era ella. 

Le gustaba reírse de las cosas.

Nymphadora Tonks siempre había sido un torbellino de energía, optimismo y buenas vibraciones.

Y su paso por Hogwarts fue un fiel reflejo de su personalidad.

Seleccionada para Hufflepuff, igual que su padre Ted, no tardó en destacar. Su lealtad y espíritu amistoso eran innegables, pero fue su vena traviesa y su talento para sacar sonrisas lo que más la definió.

Era la amiga que siempre sabía cómo hacer reír a los demás, incluso en los días más grises, pero esa misma actitud la llevó a ganarse alguna que otra reprimenda de profesores más estrictos, como McGonagall, quien la encontraba, en sus palabras, exasperante.

También dejó huella en el campo de Quidditch, donde jugó como bateadora del equipo de Hufflepuff. Su estilo audaz, su puntería implacable y su agilidad sobre la escoba la convirtieron en una jugadora a temer.

Paradójicamente, era mucho más torpe cuando tenía los pies en tierra, un contraste que divertía a sus compañeros. Brillante en el aire, sí… pero perfectamente capaz de tropezar con una pluma en el suelo.

Ahora bien, Tonks no era solo un alma libre; detrás de su aspecto cambiante y su actitud despreocupada, había una estudiante comprometida.

Contra todo pronóstico, se graduó con calificaciones sobresalientes, desafiando a quienes creían que la diversión y la excelencia académica eran incompatibles. De hecho, su ingreso al programa de formación de Aurores sorprendió a muchos. Pero bastó poco tiempo para que demostrara que no solo tenía talento, sino también la convicción y el temple necesarios para estar a la altura.

Se alejó del espejo y, con un movimiento distraído de la varita, hizo que las prendas que cubrían el suelo volaran hasta el armario. Aun así, no importaba cuántas veces intentara ordenarlo: en pocos días, su cuarto volvía a parecer una cueva de duendecillos de Cornualles.

Tras unos minutos de indecisión, se decantó por unos vaqueros desgastados, una camiseta de Las Weird Sisters y su chaqueta de cuero favorita. Nunca se había apegado demasiado a las túnicas tradicionales; las prendas muggles le resultaban más prácticas y más divertidas.

Se dirigió a la cocina, aún descalza, y se preparó un café rápido mientras repasaba mentalmente la jornada.

No era ningún secreto que a Tonks le encantaba su trabajo.

Auror.

La palabra todavía le provocaba una pequeña sacudida de orgullo.

Su sueño hecho realidad.

Cada día traía consigo un nuevo reto, una pista inesperada, una detención urgente o una misión peculiar.
Y a ella le fascinaba esa imprevisibilidad.

¿A quién atraparían ese día? ¿Qué caso estrambótico acabaría en sus manos esa vez? ¿Y de qué retorcida forma decidiría su querido mentor torturarla en aquella hermosa mañana?

Fue ya al inicio de su formación cuando conoció a Alastor Moody, una figura imponente en el Ministerio, tan admirado como temido. 

Al principio, a Tonks también le había inspirado miedo, pero pese a sus incontables diferencias, Ojoloco pareció comprender su espíritu y la acogió enseguida bajo su ala como guía y maestro. 

Aunque habían tenido sus más y sus menos, desde el primer momento compartieron una relación única que combinaba el respeto de una alumna hacia su profesor, la cercanía de una protegida con su padrino y la confianza de dos personas que, aunque opuestas, se entienden mejor de lo que admiten

Tonks apuró la taza de un solo trago, se colgó la túnica sobre un brazo y salió de casa con una sonrisa en los labios y las ganas de vivir cada día como si fuera único. 

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Tonks apareció en el vestíbulo del Ministerio de Magia a través de una de las entradas exteriores al edificio. 

Con su andar ligero y su eterno buen humor, cruzó el atrio, esquivando con gracia a un funcionario que discutía con una carpeta encantada que no quería cerrarse, mientras saludaba a conocidos aquí y allá. 

Al ver que las puertas de un ascensor estaban a punto de cerrarse, aceleró el paso, se deslizó dentro y murmuró un «uff» triunfal. Había llegado justo a tiempo. 

Dawlish, uno de los aurores veteranos, estaba apoyado con los brazos cruzados en una esquina. La recibió con su habitual mueca de desagrado. 

—¡Buenos días, Dawlish! —saludó Tonks con entusiasmo exagerado, asegurándose de que su voz resonara en el estrecho espacio metálico.

Él apenas murmuró una respuesta, sin molestarse en ocultar su desdén. 

Tonks rodó los ojos con resignación. No es que le importara caerle bien, pero aquel hombre tenía un talento especial para fastidiarla. Sabía perfectamente lo que pensaba de ella: “Que soy demasiado joven, que mi pelo es demasiado rosa, o mi ropa demasiado ridícula. Que no debería estar aquí». 

Pero también tenía claro que el problema no era de ella, sino de él; Simplemente, Tonks no encajaba en la visión rígida que Dawlish tenía de lo que debía ser un auror. 

Sin embargo, ella no estaba allí para cumplir con las expectativas de nadie. Sabía quién era, lo que valía, y no necesitaba la aprobación de Dawlish ni de cualquiera que la juzgaran únicamente por su apariencia o su carácter.

Cuando el ascensor se detuvo en la planta de Seguridad Mágica —la segunda más profunda del Ministerio—, salió sin mirar atrás. Avanzó con paso decidido por un pasillo largo, pasó unas puertas de cristal y se adentró en la División de Aurores.

La oficina estaba organizada en dos grandes zonas: una central, donde los aurores rasos trabajaban en un perpetuo ajetreo, y una periferia de despachos más ordenados y serios, perteneciente a los aurores de mayor rango: Moody, Scrimgeour… y Dawlish.

En el núcleo, el caos organizado reinaba. 

Allí se apilaban multitud de cubículos, cajoneras y estanterías desbordadas de pergaminos, informes y artefactos peligrosos de todo tipo. Se oían conversaciones urgentes, el rasgueo incesante de plumas sobre pergamino y el chisporroteo ocasional de algún objeto mágico incautado, pendiente de examinar.

Caminó entre los escritorios, saludando con un gesto a varios compañeros antes de dejarse caer en su silla junto a Kinglsey Shackelbolt, que ya revisaba unos pergaminos con el ceño ligeramente fruncido. 

Tonks se permitió observarle un instante.

No le importaba lo que pensara la mayoría de la gente sobre ella, y desde luego, la opinión de Dawlish le resultaba irrelevante. 

Pero había unas pocas personas cuya valoración sí le importaba.
Ojoloco era una de ellas.
Y Kingsley, sin duda, era otra.

Era todo lo contrario a Dawlish. 

Profesional, sereno y seguro de sí mismo, con una calma inquebrantable incluso en las situaciones más tensas. Su historial de misiones hablaba por sí solo, pero lo que realmente la hacía respetarle era su integridad.

Sabía que Ojoloco no solía tomar a muchos aurores bajo su protección, y él, discípulo suyo, era quien la había precedido. 

Era un hombre en el que se podía confiar. Le tenía en gran estima, no solo como superior, sino también como compañero y amigo. 

Para Tonks, Kingsley era una referencia. Una figura firme y cercana, que combinaba autoridad y cercanía en una proporción perfecta. 

Pero era más que eso. 

Él representaba el tipo de auror en el que aspiraba convertirse algún día.

Sin apartar la vista de su lectura, Kingsley arqueó una ceja con diversión.

—Si vas a quedarte ahí mirándome con tanta intensidad, al menos podrías ayudarme con esta montaña de informes.

Su voz profunda y tranquila la sacó de sus pensamientos. Tonks bajó la vista hacia su escritorio. Solo entonces se dio cuenta del enorme montón de documentos que amenazaba con desplomarse.

—Urgh —resopló, arrugando la nariz—. No sé qué me da más miedo: enfrentarme a un gigante de las montañas con acné y mal genio o a esta pila de pergaminos que merman el alma y doblegan el espíritu…

Kingsley soltó una risa baja y dio un par de golpecitos con los nudillos a la mesa. 

—Créeme, el papeleo es el verdadero enemigo.

Tonks apoyó los codos en la mesa y dejó caer la cabeza sobre las manos con dramatismo.

Ser auror no solo consistía en atrapar magos tenebrosos y enfrentar labores peligrosas; también implicaba largas horas de investigación, vigilancias encubiertas y agotadores turnos nocturnos. Y, sobre todo, una férrea resistencia mental para rellenar montañas de informes tras cada operación sin perder el juicio ante la avalancha burocrática del día a día.

Alzó la vista hacia Kingsley con expresión resignada y el cabello despeinado.

—Dime que al menos con los años se hace más llevadero.

Kingsley le dedicó una mirada solemne.

—No, pero aprendes a delegarlo.

Tonks soltó un suspiro teatral y tomó el primer expediente con desgana, aunque una sonrisa iluminaba su rostro.

Sabía que todo eso valía la pena.

Desde niña había tenido un profundo sentido del deber y la dedicación, como si llevara los valores de Hufflepuff grabados en la piel: lealtad inquebrantable, trabajo constante, paciencia infinita y un sentido muy claro del bien y el mal. Tonks era entregada, sacrificada y proteger a los demás le salía de forma natural. 

Por otro lado, las injusticias, la falta de transparencia y los entornos donde se valoraba más la fama que el mérito la llenaban de indignación. 

Aunque a veces la burocracia ministerial la desesperaba y las guardias aternas la dejaban exhausta, nunca perdía de vista su propósito. 

En el fondo, seguía creyendo —como cuando tenía once años— que la bondad podía cambiar el mundo. Y que cada documento firmado, cada misión cumplida, cada informe completado eran pequeños pasos hacia un mundo más justo y equitativo.

Durante una pausa para el café, cuando el bullicio de la oficina amainó y quedaron solos, Tonks se inclinó ligeramente hacia él.

—Kingsley —susurró—, ¿por qué seguimos a Rookwood? Sé que a Alastor no le gusta y siempre gruñe al pronunciar su nombre, pero… ¿qué tenemos realmente en su contra?

Él alzó la vista y la observó un instante antes de soltar un leve suspiro.

—Su posición. Y su pasado —respondió, con ese tono grave y contenido que le era natural—. Fudge lo protege. Insiste en que está rehabilitado. Pero Moody no se lo cree. Y yo tampoco.

Tonks ladeó la cabeza, pensativa.

—Rookwood… —murmuró—. En la reunión, todos hablaban de él como si fuera un viejo conocido. Yo apenas sé quién es, más allá de que trabaja en el Departamento de Misterios.

Kingsley soltó una breve carcajada, indulgente.

—A veces se me olvida lo joven que eres, Tonks.

Ella le sacó la lengua, medio divertida. Él esbozó una sonrisa más amplia, pero pronto recuperó la seriedad.

—No es un simple funcionario. Fue mortífago. Uno de los más leales a Lord Voldemort durante la primera guerra.

Tonks se irguió, ya sin rastro de broma, atenta.

—Estuvo años trabajando como Inefable. Y no en un rincón cualquiera del Ministerio: en el alto mando. Pasó información vital al enemigo sin levantar sospechas. Era astuto. Muy astuto.

Tonks asintió, digiriendo cada palabra. Kingsley continuó, con voz más baja:

—Al final lo delató Igor Karkaroff para salvar el pellejo. Gracias a eso, Rookwood acabó en Azkaban.

Ella alzó las cejas, perpleja.

—¿Y entonces… por qué anda libre ahora?

—Porque el Ministerio, en su infinita sabiduría, llegó a un «pacto» con él. 

Kingsley hizo un ademán de cansancio, como si hubiera contado la historia demasiadas veces.

—Rookwood juró y perjuró que se arrepentía, que no había tenido otra elección, que había actuado bajo coacción. Bla, bla, bla… ya sabes, todo muy emotivo.

El auror hizo una mueca de desagrado, pero enseguida continuó:

—Usando su influencia sobre los altos cargos y asesorado por los mejores intercesores legales del Wizengamot, logró salirse con la suya. Alegó que solo quería «seguir con su vida». Y no solo evitó volver a Azkaban, sino que, apenas unos años después, le devolvieron su puesto en el Departamento de Misterios. 

—¿Le devolvieron el puesto? —Tonks arrugó la nariz, incrédula—. ¿Así, sin más?

Kingsley asintió, con una risa seca y amarga.

—El renombramiento coincidió, casualmente, con el inicio de la campaña política de Cornelius Fudge. Nunca se pudo demostrar nada, por supuesto, pero fue uno de los grandes casos que intentó investigar Sturgis Podmore. Sin éxito.

—Y a Moody, claro, no le hace ninguna gracia —dijo Tonks en voz baja.

—Moody no traga a Fudge. Siempre dice que es un títere. Y que la política está llena de serpientes con sonrisa amable.

Tonks arrugó la nariz, sintiendo cómo la indignación le subía por la garganta.

—Parece que puedes hacer cualquier barbaridad y no te pasa nada. En cambio, roba un caldero y te cae encima todo el peso de la ley.

Kingsley ladeó la cabeza, mirándola con una mezcla de ironía y resignación.

—Bienvenida al Ministerio, Tonks. A la indiferencia de las masas, a los oídos sordos del poder, y al arte de mirar hacia otro lado para no perder el puesto.

Ella soltó una bufido seco, sin pizca de humor.

—Las maravillas de la vida adulta.

Se quedaron un momento en silencio removiendo el café hasta que Tonks volvió a hablar.

—Pero si realmente sabemos que sigue con ellos, ¿por qué no lo arrestamos ya?

Kingsley le dirigió una mirada paciente.

—Porque no podemos. 

Miró alrededor para asegurarse que nadie los escuchaba y se inclinó hacia su compañera, bajando más la voz.

—Aunque Harry presenciara el regreso de Voldemort, viera a los mortífagos reunidos e incluso escuchara algunos nombres… nadie en el Ministerio le cree. Ni a él, ni a Dumbledore. Y la opinión pública tampoco está de nuestro lado.

Se pasó una mano por la nuca antes de continuar.

—Si nos precipitamos y arrestamos a alguien sin pruebas contundentes, nos tacharán de paranoicos. Y lo poco que nos queda de credibilidad… se irá al traste. Necesitamos hechos. Necesitamos pillarlos con las manos en la masa.

Tonks apretó los labios, comprendiendo al fin el equilibrio precario en el que se movían.

—Ir sacando piezas del tablero, una por una —murmuró, asintiendo despacio—. Por eso las misiones de vigilancia. Para seguirles de cerca. Para anticipar.

Kingsley asintió.

—Exactamente. También nos permite anticipar sus movimientos. Cada pieza de información es clave. Rookwood era uno de los más importantes. Si realmente sigue conspirando, si está en contacto con los mortífagos, tenemos que descubrirlo antes de que sea demasiado tarde.

Tonks se apoyó en la mesa, pensativa.

—¿Ha hecho algo sospechoso últimamente?

Kingsley negó con la cabeza.

—Nada concreto aún, pero hay indicios. Se mueve con cautela, evita conversaciones comprometedoras dentro del Ministerio. Algo está tramando.

Tonks bebió un sorbo de su café, dejando que la información se asentara en su mente.

—Bien —dijo, con determinación—. Entonces lo seguiremos y lo atraparemos. Confirmaremos la versión de Dumbledore y Potter. Eso es lo que intentamos, ¿no?

Kingsley le dedicó una sonrisa leve, casi orgullosa, antes de incorporarse.

—Así es. Y cuando lo hagamos, será un golpe importante para ellos. Y una advertencia. Para toda la comunidad mágica. De que la guerra ha empezado.

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Aquella tarde, al salir de trabajar, Tonks se dirigió directamente al cuartel de la Orden. 

Moody le había encargado entregar unos pergaminos, y aunque normalmente le daban pereza los recados, en esta ocasión la perspectiva de volver a la sede le generaba cierta expectación.

Dio tres golpes a la puerta y esperó. 

Apenas un segundo después, sintió el peculiar cosquilleo del encantamiento Fidelius reconociendo su presencia. El sonido de cerrojos invisibles deslizándose en la madera la hizo sonreír; siempre la impresionaban esos hechizos avanzados tan propios de Dumbledore. 

Caminó por el mismo pasillo que había recorrido junto a Alastor el día anterior.

Pero se detuvo. 

Miró a su alrededor. De hecho, dio una vuelta sobre sí misma, observando el entorno.

El mobiliario oscuro, los retratos polvorientos, los candelabros apagados… incluso la forma en que el polvo flotaba en la penumbra, como suspendido en el tiempo.
Miró su reflejo en un espejo astillado por una esquina.

Y entonces, por un instante, tuvo la sensación de haber estado allí antes.
No podía explicarlo. No era un recuerdo, ni una imagen concreta. Era algo más difuso. Como un eco.

Pero no se paró a pensarlo más: unas voces provenientes de la cocina interrumpieron la quietud del vestíbulo.

Tonks reanudó el paso y se asomó por la puerta de la cocina.
Encontró a Molly y Arthur Weasley sentados alrededor de la mesa, conversando animadamente con una mujer a la que no conocía.

Los tres levantaron la cabeza al verla llegar.

—Ah, hola, Tonks —dijo Arthur, acercándose —. A Hestia creo que no la conoces.

La bruja se levantó con naturalidad. 

Parecía tener unos cuarenta años, aunque la cantidad de pecas en su rostro y su aire soñador le conferían una apariencia más juvenil. De estatura media y complexión robusta pero ágil, tenía rasgos inequívocamente célticos, evidentes en el tono cobrizo de su cabello castaño y en sus ojos claros, que parecían cambiar entre el azul y el verde según la luz. 

Llevaba el cabello recogido en una trenza firme, aunque algunos mechones traviesos escapaban aquí y allá. Su túnica de un profundo verde bosque, con sutiles bordados que recordaban antiguas runas, acentuaba aún más su herencia mágica. A pesar de su aspecto afable, irradiaba una fuerza tranquila, una energía implacable que Tonks captó de inmediato

—Hestia Jones —se presentó, estrechándole la mano con firmeza—. Auror, igual que tú, aunque no hemos coincidido en el Ministerio.

Tonks le devolvió el apretón, sintiendo al instante una simpatía natural por ella.

—¿En qué sección estás?

—Control y Defensa de Zonas Rúnicas—respondió Hestia con orgullo—. Pero últimamente paso más tiempo en Escocia que en Londres, vigilando enclaves mágicos que podrían atraer a los mortífagos.

Tonks asintió, impresionada.

La conversación fue ligera y cálida desde el primer momento, como si ya se conocieran de antes. Hestia, con su carácter abierto y relajado, le cayó bien enseguida. Parecía la clase de persona que no se complicaba con formalidades, pero al mismo tiempo, sabía cómo hacerse respetar cuando la situación lo requería.

Unos minutos después, la bruja echó un vistazo al reloj y suspiró.

—Tengo que marcharme. Nos veremos en la próxima reunión —dijo, despidiéndose con un gesto amable antes de cruzar la puerta. 

Tonks la vio alejarse. Ese encuentro casual le había dejado buen sabor de boca. 

En ese momento, Sirius entró en la cocina.

La auror se acercó y le entregó los pergaminos que Moody le había dado.

—Aquí tienes los informes de la última misión. Me parece que los vas a necesitar —dijo con un guiño.

Sirius los tomó, claramente satisfecho.

—Gracias por venir hasta aquí para traerlos 

Alzó los ojos hacia ella. 

—¿Qué tal el día, Tonks?

Ella soltó una risa corta y teatral.

—Oh, lo de siempre: persiguiendo magos oscuros y esquivando formularios asesinos. La apasionante vida del auror novato. 

Sirius se echó a reír y se apoyó en la mesa con los brazos cruzados, aún mirándola con interés.

—Parece que lo segundo es lo más peligroso. Aunque tú tienes pinta de poder con ambos.

Tonks ladeó una sonrisa, pero antes de que pudiera responder, Molly intervino con entusiasmo:

—Arthur y yo hemos estado hablando sobre tu propuesta, Sirius —dijo, con los ojos brillantes—. Y hemos decidido aceptarla. Si te parece bien, la semana que viene nos mudaremos aquí para ayudar con la limpieza. Queremos que esta casa se convierta en un verdadero cuartel general.

Sirius alzó una ceja, complacido.

—Así me gusta. Cuantos más, mejor.

De repente, la puerta de la cocina se abrió, dando paso a Remus Lupin.

Tenía el gesto cansado, como si hubiera pasado el día vagando sin rumbo tras una noche en vela. Las ojeras se le habían acentuado y una mueca apretada le contraía la expresión. Las cicatrices antiguas se veían más marcadas sobre su piel pálida, como si hubieran resurgido, atestiguando algún dolor creciente.

Molly y Arthur lo saludaron con amabilidad, pero él apenas levantó la vista y asintió en silencio antes de cruzar frente a ellos y salir por la puerta del fondo, que conducía hacia unas las escaleras.

La calidez que momentos antes imperaba en la estancia se desvaneció. 

Tonks sintió como si el aire se hubiera vuelto más espeso, cargado de una incomodidad difícil de ignorar. 

Sirius, al notar la tensión de la auror, intentó aliviar el ambiente con una sonrisa.

—No te preocupes. Remus es así a veces —dijo con tono tranquilo. Luego se levantó—. Voy a ver cómo está. Seguro que ha tenido un día largo.

Antes de irse, le lanzó a Tonks una última mirada acompañada de un guiño.

—Nos veremos pronto por aquí.

Ella lo siguió con la vista hasta que lo vio desaparecer tras Lupin. A lo lejos, sus pasos se perdieron en los pisos superiores.

Suspiró, sin saber muy bien qué pensar, y volvió a centrarse en Molly y Arthur.

—¿Mudaros aquí? —preguntó con curiosidad.

Molly asintió, frotándose las manos con determinación.

—Este caserón llevaba cerrado años —explicó—. Solo despejar la entrada y limpiar la cocina ya fue toda una epopeya. Por no hablar de los tenebrosos encantamientos protectores que tuvimos que sortear. 

Su marido asintió con una mueca y rodó los ojos, como si recordara algo particularmente desagradable. 

— La casa está dejada, llena de polvo, trastos encantados y mucha, mucha suciedad 

Suspiró, paciente, pero mantuvo la sonrisa intacta. 

— De todas formas, creemos que, con un poco de trabajo, podría recuperar parte de su esplendor. 

—Pensamos que sería buena idea venir toda la familia —añadió Arthur —. Nuestros hijos están de vacaciones escolares y podrían echar una mano. Son un grupo trabajador… cuando se lo proponen —admitió, con una chispa de humor.

Tonks arqueó una ceja, divertida.

—¿Cuántos hijos tenéis? —preguntó

—Siete —respondió Arthur con orgullo—. Y seguro que disfrutarán de la aventura… especialmente los gemelos. Fred y George. Son… creativos.

Tonks sonrió, intrigada por la descripción.

—¿Creativos? Eso suena… explosivamente prometedor.

Molly suspiró con una mezcla de exasperación y cariño.

—Ya los conocerás. Digamos que no se aburren fácilmente. 

Tonks no pudo evitar sentir entusiasmo ante la idea. 

Los Weasley tenían fama de ser una familia bulliciosa y llena de vida; seguro que aportarían toneladas de calidez a aquella vieja mansión que parecía tan sombría. 

Aunque solo había visto la cocina, podía imaginarse el resto: pasillos oscuros, muebles pesados, rincones polvorientos… y una sensación de abandono impregnándolo todo.

—¿Y qué opinas, Tonks? ¿Podrás soportar la compañía de toda mi ruidosa familia? —preguntó Arthur con una sonrisa traviesa que la devolvió al presente.

Tonks soltó una risa ligera y respondió:

—Claro, Arthur. Me encantan los retos.

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NOTA DE AUTORA:

¡Gracias por seguir leyendo!

Este segundo capítulo sigue explorando lo que más me apetecía contar desde el principio: la historia de la Orden del Fénix, pero desde dentro, desde los adultos.
Siempre he sentido que Tonks merecía más páginas, más voz, más vida. Y como su personaje canon apenas nos deja unas pocas pinceladas claras… el resto es un campo abierto para imaginarla. Y por eso la he elegido como protagonista. 

Me ha quedado un poco «Happy Flower». Pero así me la imagino yo, al menos, al principio de la historia. Buenas vibraciones, mucha alegría, idealista, brillante y tremendamente feliz. <3

Me interesa especialmente el dúo que forma con Moody —intenso, crudo, pero también curioso y divertido— y también su relación con Kingsley, con quien comparte ese aire de profesionalidad y amistad laboral. 

Los tres tienen un potencial enorme como personajes, pero en los libros quedan relegados al fondo. Y claro, la historia principal es tan buena que no hay que tocarla… pero sí se pueden rellenar los huecos que se quedaron. 

Eso es lo que estoy intentando: dar voz a quienes casi no la tuvieron.
Ojalá os guste este viaje.
Y si tenéis ideas, sensaciones o simplemente queréis dejar un comentario, me haréis muy feliz 🙂

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