¡¿Un paragüero hecho con una pata de troll?!
La luz del atardecer teñía de naranja el horizonte cuando Tonks y Moody tomaron posiciones frente al Ministerio de Magia.
Ocultos tras una densa barrera de encantamientos de camuflaje —que su mentor había insistido en perfeccionar hasta la exasperación—, aguardaban con paciencia depredadora. La jornada prometía ser larga, pero Tonks, con su entusiasmo habitual, estaba lista.
Rookwood salía del Ministerio todos los días a la misma hora.
Siempre impecable, siempre con ese aire altivo que le hacía parecer que el mundo entero le pertenecía. Su tarea era sencilla: seguirle los pasos y descubrir a quién veía, qué hacía y, sobre todo, qué secretos tramaba.
—¿Cuánto crees que tardará en salir? —preguntó ella en un susurro, cambiando de postura con disimulo para evitar un calambre.
—Llegará justo a tiempo. Ese tipo sigue un horario como si fuera un maldito reloj suizo —gruñó Moody —. Pero no bajes la guardia, Tonks. El primer error que cometen los jóvenes es confiarse.
Ella sonrió.
—¿»Joven»? Eso es lo más bonito que me has dicho en toda la semana, viejo cascarrabias.
Moody emitió un gruñido seco, pero el brillo de diversión en su expresión lo delató.
—No te emociones demasiado, chica. Ser joven no es excusa para ser imprudente. Mantente alerta. Vigilancia…
—… permanente —terminó Tonks, rodando los ojos.
Pero antes de que pudiera seguir burlándose, la puerta principal del Ministerio se abrió con un chasquido seco.
Rookwood emergió con paso decidido y su túnica negra ondeando tras de sí.
La auror se enderezó de inmediato, obligándose a no tropezar con la acera al moverse.
—Ahí está nuestro hombre —murmuró Moody, señalando con la barbilla—. Distancia suficiente para no llamar la atención, pero lo bastante cerca para no perderle.
—Lo sé, lo sé, Alastor —respondió Tonks, con una sonrisa ladeada—. No me gradué ayer. Me haces sentir como en mi primer día. Y de eso, ya hace tiempo.
Moody la miró de reojo mientras comenzaban a caminar tras su objetivo, mezclándose con la pequeña multitud de la calle mágica.
—No olvides que este no es cualquier tipo, Tonks. Rookwood es astuto como un zorro. Si nota algo raro, desaparecerá antes de que puedas decir “expelliarmus”.
Ella asintió con seriedad. A pesar de su tono relajado, comprendía la importancia de la misión.
Rookwood giró hacia un callejón estrecho y desierto, y ambos lo siguieron con sigilo.
Moody le indicó con un gesto que tomara un desvío paralelo mientras él avanzaba por el callejón, dejando que su ojo mágico – que rodaba sin descanso – escaneara las inmediaciones.
Tonks caminó ligera, pegándose a la pared del edificio contiguo mientras avanzaba por el pasaje lateral. En su cabeza, repasó todas las formas en las que podría hacer que el suelo no crujiera, cómo respirar más bajo, cómo minimizar su sombra.
Pero, cuando alcanzó la intersección y se asomó con cautela al callejón…
Vacío.
Moody apareció por el otro extremo en el mismo instante, frunciendo el ceño.
—¿Lo ves? —susurró Tonks.
Moody negó con la cabeza con la mandíbula apretada.
—Se ha esfumado.
Tonks chasqueó la lengua con fastidio y se inclinó para inspeccionar el suelo.
—¿Aparición? ¿O un pasadizo oculto?
Moody gruñó, deteniendo de repente el giro incesante del ojo azul.
—Nada. Maldito desgraciado. Nos ha dado esquinazo.
Tonks se pasó una mano por el pelo, que en su frustración había adquirido un matiz rojizo sin que se diera cuenta.
—¿Y ahora qué?
Moody resopló y comenzó a andar de regreso a la calle principal.
—Ahora, nos largamos de aquí antes de que alguien note que dos aurores están merodeando por la zona como si hubieran perdido algo.
Tonks le siguió, todavía con la adrenalina burbujeándole en la sangre.
—¿Crees que nos vio?
Moody se encogió de hombros
—No ha cambiado el paso, no ha mirado atrás. — reflexionó — Pero es listo. Si ha desaparecido, no ha sido por accidente.
Tonks suspiró.
—Esto no ha sido precisamente productivo.
—Por el contrario —dijo Moody, con una mueca de satisfacción—. Ahora sabemos que se toma molestias por no ser seguido. Algo esconde. Y eso lo hace aún más interesante.
Tonks puso los ojos en blanco.
—Genial, me alegra que el misterio te entusiasme tanto. Yo solo quería una persecución con algo más de acción.
Moody bufó.
—Siempre quieres acción.
—¡No siempre! —protestó ella.
—¿Ah, no? ¿Quién fue la que apostó que podría meterse en la casa de Mundungus sin activar ninguna de sus trampas?
—Eso fue un experimento táctico. Y una broma.
—¿Y quién insistió en ir de encubierta a un club de duelos ilegales solo porque “sonaba divertido”?
—Eso fue por investigación.
Moody sacudió la cabeza, pero la curva de su boca delataba su diversión.
—Eres un desastre.
—¡Pero un desastre con estilo! —replicó Tonks, llevándose una mano al pecho con fingido orgullo.
Moody gruñó, resignado.
—Vamos, Nymphadora. Lo intentaremos de nuevo mañana.
Tonks se estremeció al oír su nombre completo.
—Y tú eras tan majo hace un minuto… —murmuró mientras le seguía, refunfuñando.
Pero no borró su sonrisa. Después de todo, aún quedaban muchos días. Y muchos misterios por resolver.
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Después de cualquier misión, tuviera éxito o no, Moody había insistido en la importancia de regresar al cuartel para informar.
—La Orden del Fénix se sostiene gracias a la comunicación inmediata, directa y bilateral —le había dicho, con su tono grave y su mirada mágica clavada en ella—. Hacemos reuniones, sí. Pero no siempre estamos todos. Por eso necesitamos a alguien que aglutine los datos, conecte los puntos y alerte a los demás si hace falta.
Ese cabecilla era Sirius Black.
Moody le explicó que, por su condición de prófugo, no tenía muchas opciones más allá de permanecer en Grimmauld Place.
Aunque su cometido era importante, el auror no pudo evitar una mueca de desagrado cuando habló de su aislamiento, que le pesaba como una condena.
—Pero cuando todo esto acabe —añadió, con un deje más suave—, Su historia saldrá a la luz. Y volverá a ser un hombre libre.
La gran puerta de madera de Grimmauld Place 12 se alzaba imponente, coronada por un aldabón en forma de serpiente que brillaba débilmente a la tenue luz de la calle.
Justo encima, un escudo familiar, desgastado por el tiempo, lucía un lema ilegible. Tonks no necesitaba leerlo: Estaba segura de que debía sonar tan pomposo como arrogante.
Fue entonces cuando ocurrió otra vez: tuvo la sensación de que el blasón la observaba, y no solo eso.
La reconocía.
Aunque sabía que aquello era una tontería, apartó la mirada, incómoda, y siguió a su mentor hacia el oscuro pasillo. Estuvo a punto de preguntarle sobre el origen de la propiedad, pero él ya había cruzado la puerta y estaba entrando en la cocina a grandes zancadas.
Tonks caminó tras él, pero algo en aquel ambiente la hizo detenerse en seco.
La casa.
Aquella casa le daba la impresión de ser un umbral hacia un mundo ajeno, lleno de sombras y secretos que, de alguna forma, le resultaban extrañamente familiares.
Pero eso no tenía sentido… ella jamás había estado allí antes.
El recibidor estaba sumido en la penumbra, con el aire cargado de polvo y el inconfundible olor a cera vieja que impregnaba las paredes. Estas, cubiertas de ornamentos antiguos, tapices desvaídos y retratos de expresiones malhumoradas, daban al lugar una sensación de desolación.
Dejó que su mirada se deslizara por la interminable fila de cuadros. Algunos apenas giraban los ojos para seguirla. Otros la observaban abiertamente, con un descaro inquietante. Incluso, con algo que se parecía demasiado al desprecio.
Tuvo la misma sensación que antes, en la entrada. Ya no era solo que la miraran, es que la juzgaban.
«¿Pero qué tontería estás pensando, Tonks?», se reprendió a sí misma.
Y, aun así, no se movió. ¿Acaso… era eso posible? ¿Tenía sentido? ¿Había estado allí antes?
Tan absorta estaba que no vio el obstáculo que se interponía en su camino hasta que fue demasiado tarde. Un estruendo seco retumbó por el pasillo.
Se tambaleó y, con un suspiro exasperado, bajó la vista al horrible objeto que se había volcado: ¡¿Un paragüero hecho con una pata de troll?!
Casi al instante, un chillido desgarrador perforó el aire.
—¡TRAIDORES! ¡SANGRE SUCIA! ¡VERGÜENZA DE MI SANGRE!
La voz resonó por toda la casa como un latigazo. Tonks se quedó helada.
Antes de que pudiera reaccionar, una figura emergió corriendo desde la cocina.
Era Remus Lupin.
Pasó junto a ella con el rostro contraído en una expresión de irritación. Se dirigió hasta un cuadro situado en el rellano de la escalera, de donde venían los gritos.
Con un rápido movimiento de varita, corrió las pesadas cortinas sobre el lienzo silenciándolo de inmediato. A continuación, deshizo sus pasos y volvió a entrar en la cocina rápidamente, casi sin mirarla, como si su torpeza le pusiera de mal humor.
—Encantador como siempre —murmuró Tonks, torciendo el gesto.
Se agachó con una mueca de hastío para poner el paragüero de pie nuevamente y entró en la cocina con desgana.
Dentro, Sirius y Moody estaban inclinados sobre la mesa revisando pergaminos.
Lupin, sentado junto a ellos, no levantó la vista. Pasaba páginas con el entrecejo fruncido, absorto. Sirius, en cambio, buscó su mirada un segundo para dedicarle una sonrisa rápida antes de volver a lo suyo. Tonks le devolvió el gesto y se dejó caer junto a su mentor con un suspiro cansado.
Mientras Ojoloco explicaba algo sobre los informes, ella dejó que sus ojos recorrieran la cocina.
El revestimiento de madera oscura, los armarios de roble con pomos mellados, las estanterías cargadas de frascos cubiertos de polvo… todo en esa casa parecía arrastrar décadas de secretos.
En una esquina, un reloj con forma de serpiente siseaba con cada segundo. Encima de la chimenea, un retrato la espiaba con un desdén apenas disimulado.
Juraría que ya había visto esa cocina antes, pero no sabía cuándo.
Sirius, la miró de reojo notando su curiosidad, pero no dijo nada. Se limitó a apoyar la barbilla en una mano, observando con un brillo divertido en los ojos cómo ella inspeccionaba cada rincón de la habitación.
Tras otear la cocina, Tonks lanzó una mirada furtiva hacia Lupin.
No se veía muy bien: su piel lucía pálida y sudorosa, tenía unas ojeras profundas que le daban un aspecto cansado y su barba crecida le hacía verse aún más dejado. Se frotaba las sienes con los dedos largos y huesudos, como si un dolor de cabeza punzante le estuviera molestando.
Cuando él alzó la vista, ella apartó los ojos, conteniendo el aliento. Vale, quizás se sintiera mal, pero un poco de cortesía no costaba nada.
Sirius, que parecía captar sus pensamientos, echó un vistazo a la ventana de la cocina.
A través del cristal sucio, la luna creciente brillaba en lo alto, dominando el cielo nocturno con su resplandor plateado. Suspiró con resignación, intercambiando una mirada de comprensión con Moody.
Cuando el auror terminó de hablar, Lupin tomó los pergaminos que había estado repasando, se levantó cansado y salió de la cocina sin despedirse, cerrando la puerta con brusquedad.
Tonks apretó los labios.
—Buenas noches para ti también —resopló, lo suficientemente alto como para que Sirius la escuchara.
Él sonrió levemente.
—Discúlpale, Tonks… —dijo, mirando hacia la puerta con indulgencia —. Tiene un mal día.
Tonks se encogió de hombros y se volvió hacia Moody, que seguía con sus planes.
—… durante los turnos de vigilancia, hemos estado siguiendo a Rookwood, pero no ha habido nada fuera de lo normal — decía Moody
—¿Ningún movimiento sospechoso? — preguntó Sirius a los dos aurores.
Tonks negó con la cabeza
— ¿Tampoco habéis visto que se cruce con nadie con antecedentes? —insistió él.
—De momento, nada —respondió la auror.
—Estoy convencido de que no es inocente —afirmó Moody, golpeando la mesa con su bastón—. En algún momento nos dará un hilo del que tirar.
—Una vida tan normal como la de cualquiera — reflexionó Tonks, apoyando los codos sobre la mesa — Come en el Ministerio, sale de trabajar, se dirige a su casa, cena con su mujer… Si no sospecháramos de él, juraría que es solo otro burócrata aburrido.
—No te fíes —intervino Sirius, inclinándose hacia ella—. Hasta los peores villanos tienen una rutina. Familia, amigos, alguien a quien proteger. A veces, una fachada corriente es justo lo que necesitan.
Tonks lo miró, atenta.
Aunque apenas había intercambiado unas palabras con él, la personalidad de Sirius le resultaba cautivadora. Había algo en él, en su manera de exponer las cosas, que mostraba tanto una mente despierta, una resistencia férrea y una determinación feroz.
Y, al mismo tiempo, no tenía esa rigidez o severidad que percibía en otros miembros de la Orden.
Todo en él parecía invitar a la conversación, al ingenio, incluso a la risa, como si el peso de la guerra no pudiera aplastar su espíritu.
Al darse cuenta que Sirius parecía esperar una respuesta, Tonks se obligó a volver al presente.
—Hmm… Nunca lo había visto de esa forma.
—Es porque eres demasiado buena persona, muchacha —gruñó Moody con una sonrisa torcida—. Aún te falta aprender a ver la peor cara del mundo.
Ella bufó.
—Ay, por favor, Ojoloco. Trabajo en la oficina de Aurores, no en la guardería.
Sirius soltó una carcajada.
—Me gusta esta chica —dijo con una sonrisa divertida—. Ya era hora de que trajerais a alguien con un poco de humor.
Tonks sonrió y apoyó la barbilla sobre una mano mientras Sirius y Moody continuaban hablando, intercambiando anécdotas y teorías con la experiencia de dos veteranos que ya habían visto demasiado mundo.
Ella asentía de vez en cuando, fingiendo interés en la conversación, pero en realidad su mente estaba en otro sitio.
Sirius Black
Le observó con disimulo, siguiendo la forma en que gesticulaba con naturalidad, la manera en que sonreía con ese aire despreocupado, como si los años en Azkaban no hubieran conseguido apagarle del todo. Parecía un hombre marcado por la tragedia, pero no derrotado por ella.
Se preguntó cuánto de esa actitud era real y cuánto una fachada.
Y, por supuesto, cuál era la verdad tras toda la sarta de tonterías que circulaban sobre él.
Había escuchado tantas versiones de su historia, tantas narraciones contradictorias entre lo que decía El Profeta, lo que se susurraba en el Ministerio durante las pausas de café y las teorías que confabulaban los aurores que le tenían en busca y captura que ya no sabía qué creer.
Durante años, había sido el gran misterio, el caso imposible, el hombre que había burlado a los dementores y escapado de la prisión más impenetrable del mundo.
Pero no, su interés en Sirius Black no era solo profesional. No se limitaba a la curiosidad técnica de un auror. Había algo más.
Su linaje. Su familia.
Tonks sabía que Sirius Black era primo de su madre Andrómeda, cuyo apellido de soltera era Black.
No sabía mucho sobre él, solo que cuando los dos eran jóvenes se llevaban muy bien. Al menos, hasta que las cosas se complicaron para los dos. Desde entonces, nunca habían vuelto a tener contacto.
Recordaba que cuando el nombre de Sirius aparecía en el Profeta, su madre suspiraba, apartaba el periódico y desviaba la mirada. Y cuando escapó de Azkaban —cuando su retrato ocupaba la portada día tras día y el mundo mágico contenía la respiración—, Andrómeda ni siquiera pestañeó.
No mostró miedo ni indignación. Sino algo parecido a la tranquilidad.
Como si hubiera estado esperando que, tarde o temprano, ese día llegara. Como si, en el fondo, siempre hubiera sabido que Sirius era inocente y debía ser libre, aunque la verdad aún no hubiera salido a la luz.
Pero más allá de esos gestos, evitaba hablar de los Black.
Para Tonks, ese apellido no era más que un misterio tejido de susurros y medias verdades.
Sabía que su madre se había alejado de la familia antes de que ella naciera, y que existían razones para esa distancia.
Pero nunca se las había contado.
Y Tonks, con el tiempo, dejó de preguntar. Cada vez que sacaba el tema, su madre adoptaba una expresión indefinible que bastaba para hacerle entender que no insistiera. No era enfado, ni siquiera tristeza. Solo una forma tranquila de decir: de eso hace ya mucho tiempo, y no merece la pena removerlo.
Todo lo que quedaba de los Black en casa de los Tonks era un álbum lleno de fotos viejas que Andrómeda guardaba en el fondo del cajón, junto con sus motivos y silencios.
Ahora, sin embargo, tenía frente a ella a Sirius. Por primera vez, una pieza tangible de todo aquel galimatías que Andrómeda mantenía enterrado.
No podía evitar preguntarse cuál era la verdadera historia detrás de él y de su madre. Y qué papel jugaba esa familia de la que Tonks no sabía casi nada… salvo que alguna parte de ella también vivía en sus venas.
Tal vez, esta sería su oportunidad para descubrirlo.
—¿Chica, me estás escuchando? —gruñó Moody de repente, clavando su ojo normal en ella mientras el mágico giraba frenéticamente en su órbita.
Tonks se enderezó de golpe.
—¡Por supuesto! —respondió demasiado enfática para sonar convincente.
Sirius soltó otra carcajada, esta vez más fuerte.
—Sí, claro que sí —se burló, con una sonrisa ladeada—. Seguro que está tan atenta que podría repetir palabra por palabra lo que acabas de decir, Ojoloco.
Tonks entrecerró los ojos y ladeó la cabeza con fingida indignación.
—No necesito repetirlo. Lo he entendido perfectamente —dijo, cruzándose de brazos—. Algo sobre… estrategia, mirar en todas direcciones, y…
Se enderezó y miró a los dos hombres, con una sonrisa pícara y expresión teatral.
—¡VIGILANCIA PERMANENTE!
Moody gruñó algo ininteligible, pero su boca se torció en una mueca de resignación mientras rodaba los ojos – ambos ojos –, a la vez que Sirius volvía a soltar una risotada alegre, muy parecida a un ladrido.
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Remus Lupin entró en la habitación y cerró la puerta tras de sí con un leve chasquido.
El aire denso y rancio de un cuarto que llevaba demasiado tiempo cerrado inundó sus sentidos.
No le importaba.
En aquel momento, lo único que deseaba era un poco de descanso antes de que la luna llena lo redujera a una criatura sin pensamiento ni voluntad.
Colocó los pergaminos que Moody le había dado sobre un escritorio desvencijado y se dejó caer en la cama con un suspiro pesado.
Su cuerpo dolía, como si cada uno de sus músculos protestara al unísono.
Había pasado los últimos días cumpliendo una misión de protección para la Orden, patrullando las inmediaciones de una familia de sangre mestiza que había sido amenazada.
El cansancio se le aferraba a los huesos con uñas afiladas, pero era la luna creciente la que realmente lo debilitaba. No faltaba mucho para que alcanzara su plenitud, y él ya lo sentía en la piel, en los nervios tensionados, en el incipiente dolor de cabeza que le nublaba los pensamientos.
Sus ojos se deslizaron hacia la cómoda. Junto a la lámpara, una pequeña botella reposaba, esperando.
Poción Matalobos.
Snape se la había entregado esa misma mañana, con su tono habitual de desdén contenido. Le explicó que había tenido problemas con algunos ingredientes, que no pudo obtener el acónito de la mejor calidad y que tuvo que hacer ajustes en la preparación.
No era perfecta.
Pero probablemente sería mejor que nada.
Remus lo había aceptado sin objeciones. Cualquier cosa que ayudara a mantener a raya a la bestia era suficiente.
Se incorporó ligeramente y extendió la mano hacia la botella. El líquido dentro tenía un color más turbio que de costumbre, más denso. Hizo girar el frasco entre los dedos y suspiró. No tenía elección. Tenía que confiar en que, al menos, haría lo suficiente para evitar lo peor.
Volvió a dejar la botella en su sitio y se frotó la cara con ambas manos.
Estaba agotado. Físicamente, sí, pero más aún en lo profundo, como si la fatiga ya viviera en sus huesos.
Sin embargo, había algo de tranquilidad en saber que Grimmauld Place tenía un sótano fuerte, un lugar donde Sirius podría encerrarlo cuando llegara el momento. No importaba el efecto que tuviera la poción. No iba a asumir ningún riesgo.
No quería poner en peligro a nadie. Nunca más. Y eso era todo lo que realmente importaba.
Un recuerdo se deslizó en su mente, sin anunciarse.
La primera reunión de la nueva Orden, apenas unas semanas atrás.
El primer encuentro formal con Arthur y Molly Weasley.
—¡Por fin nos conocemos en persona, profesor Lupin! —dijo Arthur, afable, tendiéndole la mano—. Nuestros hijos siempre hablan maravillas de usted. Aún recuerdan sus clases.
Remus le devolvió el gesto con una sonrisa tenue.
—Me alegra oírlo. Fueron alumnos excepcionales.
—Fred y George no paran de contar anécdotas —añadió Molly con una sonrisa—. Y Ginny dice que fue el mejor profesor que han tenido.
Lupin asintió con modestia y le tendió la mano también.
Molly dudó apenas un segundo. Un parpadeo.
Luego la estrechó con naturalidad, tan cálida como su marido.
Pero él lo notó. Esa mínima vacilación. Un reflejo involuntario.
No era rechazo. Solo miedo.
Remus no se sorprendió. No era la primera vez que lo veía en alguien, ni sería la última. Y, como siempre, no dijo nada.
Los Weasley ya lo sabían.
Sabían que durante un año un hombre lobo había enseñado Defensa Contra las Artes Oscuras en Hogwarts, a sus propios hijos. Y por mucho aprecio que pudieran tenerle, ese miedo seguía presente, latente.
Aun así, desde aquel día, le trataron con la misma amabilidad que al resto. Lupin lo valoró más de lo que imaginaba. Con ellos se sentía cómodo, mucho más de lo que había anticipado al unirse a la Orden.
Pero hubo algo más.
Con el paso de los días, Molly comenzó a decir que esa casa era un desastre y que, si de verdad querían convertirla en el cuartel general, tendrían que hacerla habitable. Arthur propuso mudarse durante el verano con los chicos para ayudar con la limpieza, y Sirius, encantado, dio su apoyo enseguida.
Lupin no dijo nada, aunque la idea le inquietó. No tenía nada en contra de los Weasley. Al contrario: les tenía un gran cariño y sabía que serían de ayuda. El problema no eran ellos.
Era él. El lobo.
Entonces lo volvió a ver. Un instante apenas. El mismo destello de miedo en los ojos de Molly, la misma vacilación en la mirada de Arthur. Bastó con eso. La idea de tener a sus hijos bajo el mismo techo que un hombre lobo había cruzado sus mentes. Y durante un segundo, lo reflejaron en sus rostros.
Arthur y Molly se apresuraron a disimular, disculpándose con torpeza. Y él, con su eterna sonrisa indulgente, les aseguró que no pasaba nada.
Que lo entendía. Que no les culpaba.
Y, de hecho, no lo hacía.
Desde entonces, todo siguió como antes, pero con un matiz diferente. Una cortesía un poco más medida. Un tono siempre amable. Una calidez que, sin dejar de ser real, parecía querer compensar algo.
No era falsedad. Tampoco hipocresía.
Los Weasley le aceptaban, sí. Le apreciaban, incluso. Pero esa sobrecompensación, esa necesidad de demostrarle constantemente que todo estaba bien… era la prueba de que, en el fondo, seguían sintiendo lo mismo que todos los demás.
Que él era diferente.
Y eso, Remus lo entendía mejor que nadie.
La verdad era que la noticia de su condición había llegado al público mucho antes de que él pudiera prepararse para ello. Gracias a Severus Snape, todo el mundo supo que en Hogwarts había un hombre lobo haciendo de profesor.
Lo recordaba con amarga claridad: la revelación no fue una exageración ni una mentira. Aunque tal vez sí, motivada por un arrebato. Sirius Black se le acababa de escapar de las manos y, furioso, Snape buscó venganza. Y la encontró.
Lupin no tuvo otra opción que aceptarlo con resignación. Snape no había inventado nada, solo había expuesto la verdad—desnuda y cruda—en el peor momento posible.
Y, como siempre, sabía lo que tenía que hacer: bajar la cabeza, aceptar la realidad de su condición y alejarse, ocultarse. Desaparecer.
Sin embargo, lo que vino después fue inesperado.
Cuando recogía sus cosas para marcharse del castillo, varios alumnos fueron a buscarle.
Harry, por supuesto.
Pero también muchos otros. Algunos solo querían darle las gracias. Otros protestaban, decían que era injusto. Que había sido el mejor profesor que habían tenido. Incluso un par de séptimo curso parecían dispuestos a alzar la voz por él.
Aún guardaba aquel recuerdo con cariño. Le recordaba que, aunque el mundo estaba lleno de prejuicios y desconfianza, todavía quedaba bondad en él.
Se frotó las sienes. Aún sentía el eco de los gritos de Walburga Black retumbándole en la cabeza.
Y esa chica.
La nueva.
Siempre tropezando, siempre haciendo ruido. Le martilleaba la cabeza. Y, además, sentía su mirada sobre él. Observándolo.
¿Por qué no se limitaba a hacer su trabajo?
Ya había demasiada gente en la Orden que conocía su condición.
No quería que otro par de ojos se sumara a los que le recordaban esa nota en El Profeta, publicada más de un año atrás.
Su nombre junto a las palabras “hombre lobo”, impreso para siempre.
No quería más miradas furtivas.
Ni rumores.
Ni compasión.
No quería ser ese otra vez.
Se recostó, dejando que sus ojos vagaran por el techo, ennegrecido por los años.
La cabeza le daba vueltas.
Demasiadas preocupaciones, demasiados miedos que lo arrastraban una y otra vez a ese mismo lugar. Ese rincón donde nunca parecía haber descanso.
Pero el cuerpo, al fin, pidió tregua.
Con la luna aún oculta tras las nubes, el sueño lo fue envolviendo poco a poco.
Y en la oscuridad de su cuarto, mientras el mundo seguía girando, Remus Lupin dejó de pensar por un rato.
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NOTA DE AUTORA:
Seguimos acompañando a Tonks en sus primos días en la Orden del Fénix.
Cuando releí Harry Potter, no pude evitar preguntarme: ¿Qué hace exactamente la Orden?
Como Harry no lo sabe… nosotros, los lectores, tampoco. Solo vemos reuniones esporádicas en Grimmauld Place y alguna misión misteriosa tras los pasos de Voldemort. Y ya.
Así que he decidido desarrollar esa trama. Quiero darle un enfoque más policíaco, militar y adulto, entre misiones, vigilancia y secretos. Y de fondo, una buena dosis de corrupción ministerial.
Ambicioso, lo sé. Peligroso también ¡A ver qué sale de aquí!
Además, también empezamos a oír la voz de Remus Lupin con el último fragmento muy introspectivo, pero creo que necesario para asentar la base de la que partimos para desarrollarlo.
Remus es, personalmente, uno de mis personajes favoritos. Tiene una sensibilidad muy propia, y una melancolía que me recuerda a las grandes historias románticas británicas… Ay… Cumbres borrascosas…
Y también me muero de ganas por explorar qué aventuras esperan a Tonks dentro de la casa, que, aunque ella aún no lo sabe, le guarda un montón de secretos.
Gracias por leer hasta aquí. ¡Espero que estéis disfrutando de este viaje tanto como yo!
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