¡EN GUARDIA!
Los destellos de los hechizos iluminaban la sala mientras la auror rodaba por el suelo, esquivando el último ataque de Kingsley. El sonido del impacto de las maldiciones contra las paredes del recinto resonaba en el aire.
—¡En guardia, Tonks! —rugió Kingsley, lanzando un nuevo ataque veloz.
Ella apenas tuvo tiempo de alzar la varita y conjurar la barrera mágica que llevaban un mes practicando.
Un resplandor azulado la rodeó en el último instante, absorbiendo la explosión y disipándola en ondas de energía que chisporrotearon en el aire antes de desaparecer.
Kingsley bajó la varita y cruzó los brazos, suavizando su expresión.
—Nada mal.
Tonks, sin aliento, se dejó caer al suelo con un resoplido.
—Necesito un momento… o cinco —murmuró, con el aliento entrecortado.
Kingsley se acercó en silencio, le tendió una botella de agua y luego se sentó a su lado.
El auror, con su disciplina férrea y su estilo implacable, no le daba un respiro.
Las sesiones no ofrecían tregua: eran duras, largas, y cada día la ponían a prueba.
Tonks acababa exhausta, sí, pero también tremendamente satisfecha, sabiendo que Kingsley la había obligado a dar lo mejor de sí. Siempre aprendía algo nuevo, refinaba sus reflejos o dominaba algún conjuro complejo.
Al cabo de unos minutos, Kingsley rompió el silencio:
—Has mejorado.
Ella tomó un largo trago antes de responder con una media sonrisa.
—No me dejas opción.
Kingsley soltó una breve carcajada.
—Eso es porque aún tengo mucho que exprimir de ti. Y hablando de eso… dentro de poco, vamos a apretar con la Oclumancia y la Legilimancia.
Tonks hizo una mueca inmediata. Aquellas disciplinas eran claramente su punto débil.
—Podemos fingir que eso no lo has dicho.
Kingsley arqueó una ceja.
—Si no, te pondré más papeleo.
La auror se dejó caer hacia atrás con un gemido exasperado.
—Merlín, no. Ya tengo una montaña acumulada. ¿Por qué nadie nos advierte de esto cuando decidimos ser aurores?
Kingsley asintió con gravedad fingida.
—Un misterio sin resolver — echó un vistazo a su reloj—. De hecho, antes de irme, debería terminar unos informes para Lupin.
Tonks puso una expresión agria que no pasó desapercibida por su compañero.
—¿Algo que quieras compartir? —preguntó él con tono casual.
—Nada, nada —respondió, apartando la mirada y dándole otro sorbo a su botella de agua.
Kingsley sonrió con complicidad.
—¿No te cae bien?
Ella se encogió de hombros, pensando en sus encuentros con Lupin.
Cuando habían coincidido, él, básicamente, la había ignorado. Nunca había mostrado el más mínimo interés en conocerla, y mucho menos en simpatizar con ella.
“Exactamente igual que Dawlish”, pensó, con una punzada de recelo.
—No te preocupes, es su manera de ser —dijo Kingsley con tono tranquilizador, como si leyera sus pensamientos.
—No me preocupa —replicó ella rápidamente, con un matiz de molestia en la voz.
Kingsley rió por lo bajo y le lanzó una mirada divertida.
—Sea como sea, te prometo que no será tu nuevo Dawlish.
Tonks dejó escapar una risa.
—Eso ya lo veremos… —murmuró con una sonrisa juguetona, mirando de reojo a Kingsley.
Él le sostuvo la mirada un segundo antes de levantarse con un movimiento fluido. De repente, le tendió la mano.
—Y ahora, vamos. ¡En guardia! —dijo en tono desafiante, apuntándola con la varita.
Tonks bufó, pero aceptó el reto de inmediato. Se puso en pie con agilidad y adoptó su postura de duelo.
En un abrir y cerrar de ojos, los destellos de los hechizos volvieron a llenar la sala.
Kingsley atacaba con precisión calculada, mientras ella se movía con rapidez, bloqueando la mayoría de los golpes.
Una sonrisa se le escapó sin querer.
Su carrera era mucho más que formularios, entrenamientos y superiores estrictos.
Graduarse como auror y formar parte del equipo de Moody era un logro que Tonks llevaba con orgullo, como una prueba irrefutable de que la alegría, el estilo personal y la profesionalidad no eran mutuamente excluyentes.
Había demostrado que su cabello, rebelde y colorido, su gusto por mezclar ropa muggle con túnicas de bruja, su torpeza exasperante, pero de algún modo, entrañable, y su actitud desenfadada no la hacían menos competente.
Era capaz, entregada y con suficiente carácter para abrirse camino en un mundo donde el respeto se medía más por la reputación que por el verdadero talento.
Quizá por eso le fastidiaban tanto las actitudes despectivas que pretendían menospreciarla. No soportaba a las personas altivas que se creían por encima de los demás.
Y en su mente, Remus Lupin, con su silencio distante, su mirada esquiva y su hermetismo, encajaba perfectamente en esa categoría.
Alzó el brazo a tiempo para dibujar un arco en el aire, desviando con precisión el último ataque de Kingsley. Él asintió con aprobación y bajó su varita, dando por finalizado el entrenamiento.
Tonks apenas logró mantenerse en pie unos segundos más antes de dejarse caer de nuevo al suelo, teatral, exhausta… pero satisfecha.
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La sala de descanso solía ser eso: una tregua.
Un espacio donde los aurores compartían desayunos tardíos, bromas secas y silencios cómodos, lejos de la presión constante del trabajo en el campo.
Aquel día, Tonks estaba sentada en un sofá, con su taza de té entre las manos, tranquila, observando a sus amigos de promoción sin decir nada.
Booth era todo lo que uno esperaría de un ex-Ravenclaw brillante: alto, delgado, gafas de montura cuadrada, mente afilada, facciones marcadas. Y también, un poco peculiar.
Entre sus funciones de auror, era el que se encargaba – por gusto más que por obligación – de catalogar los artefactos mágicos que requisaban a los traficantes, examinarlos y registrarlos. Una vez, le dejaron quedarse uno bastante curioso, que desde entonces llevaba colgado al cuello a modo de amuleto. Se asemejaba a una peonza de plata, y según él, le ayudaba a concentrarse y, de paso, a controlar la gravedad en los ascensores defectuosos del Ministerio.
Dawsey, en cambio, tenía un físico más compacto y musculoso, y un carácter más abierto.
Se había formado en Beauxbatons y conservaba ese aire cortés – y también un poco presuntuoso – tan propio de la academia francesa, aunque sin perder el desparpajo. Gran aficionado al deporte, era un seguidor incondicional de las Águilas de Limoges, y aún entrenaba de vez en cuando con antiguos compañeros de quidditch.
Se tomaba su trabajo muy en serio, con ese sentido del deber que solo tienen los que creen de verdad en el equipo.
Booth, de pie junto a una ventana, pasó una página de El Profeta con un gesto exasperado.
—Escuchad esto —dijo, antes de leer en voz alta:
Titular de El Profeta:
¿CONSPIRACIÓN EN HOGWARTS? DUMBLEDORE Y SU «CAMPEÓN» DESAFÍAN AL MINISTERIO
Artículo:
«Desde hace años, Albus Dumbledore, director de Hogwarts, ha acumulado una influencia alarmante dentro del mundo mágico. Sin embargo, recientes acontecimientos han sacado a la luz su posible implicación en una peligrosa conspiración para desestabilizar el Ministerio de Magia.
El trágico desenlace del Torneo de los Tres Magos, donde Cedric Diggory perdió la vida, ha despertado serias dudas sobre la versión de los hechos que Dumbledore y su protegido, Harry Potter, han intentado imponer. Fuentes cercanas al Ministerio aseguran que Potter, lejos de ser un simple testigo, podría haber estado involucrado en el fatal incidente.
Pero la pregunta más inquietante es: ¿hasta qué punto llega la influencia de Dumbledore? Según informes obtenidos por El Profeta, el director ha mantenido reuniones privadas con figuras clave de la comunidad mágica, algunas de ellas con claros intereses políticos. ¿Podría estar moviendo hilos para hacerse con el control del Ministerio?
Además, recientes movimientos dentro de Hogwarts han alertado a varios funcionarios del Ministerio. Se rumorea que la escuela ya no es simplemente un centro educativo, sino el núcleo de una red de información que opera bajo las órdenes de Dumbledore. ¿Está el director convirtiendo Hogwarts en una fortaleza para su causa?
El Ministerio de Magia ya ha tomado cartas en el asunto y, según nuestras fuentes, se están preparando medidas para garantizar la estabilidad y la seguridad de la comunidad mágica. Mientras tanto, la pregunta sigue en el aire: ¿es Albus Dumbledore realmente el defensor del mundo mágico… o su mayor amenaza?»
Dawsey soltó una carcajada incrédula mientras untaba un pan con mantequilla.
—¿Hogwarts, una fortaleza? ¿Qué van a decir después? ¿Que los elfos domésticos están planeando un golpe de Estado?
Se hizo el silencio, interrumpido por un zumbido molesto.
—Eh, Booth —dijo Dawsey, masticando —, tu cabeza está vibrando.
—No es mi cabeza —respondió él, ocultando un objeto bajo la túnica—. Es el amuleto. Y está vibrando porque alguien no para de decir tonterías.
Dawsey empezó a canturrear algo relacionado con una rebelión élfica hasta que Booth, harto, dejó caer el periódico sobre la mesa.
—No es gracioso. La gente se lo cree. Está claro que el Ministerio está metiendo mano aquí.
Dawsey le dio otro mordisco a su bocadillo y se encogió de hombros.
—El Ministerio lo que quiere es que la gente no entre en pánico.
—¿Y cómo lo hacen? —preguntó Booth, señalando El Profeta —. Mintiendo.
Miró por la ventana antes de añadir:
—Se dicen muchas cosas últimamente…Están pasando cosas raras
Tonks levantó una ceja y sopló suavemente su té antes de comentar con aire despreocupado:
—Siempre pasan cosas raras, Booth. La diferencia es quién decide prestarles atención.
Booth no respondió de inmediato. Se limitó a exhalar con frustración antes de volver a la carga.
—Dawlish tiene a todos los aurores a su cargo trabajando en una serie de desapariciones y ataques a muggles.
Su tono era grave y su expresión, sombría
—Sospechan que hay mortífagos detrás de todo esto. Desde los ataques en el Mundial de Quidditch, las cosas no han vuelto a ser las mismas.
Dawsey se lamió un dedo para limpiar un poco de mantequilla y resopló.
—Aquello fue un desastre. Y una fiesta para ellos ¿Qué esperaba la gente? ¿Que se disolvieran así, de pronto, tras aquel caos? Si yo fuera ellos, me aprovecharía del miedo
Arrancó un bocado de su panecillo y señaló el periódico.
—Exacto — dijo Booth —. Creo que es justo lo que están haciendo. El Departamento de Seguridad Mágica no da abasto con los avisos. Amenazas aquí, desapariciones allá… El Ministerio lo está tapando todo lo que puede, pero la verdad es que cada vez hay más tensión.
Tonks, con la mirada perdida en el horizonte, murmuró.
—Pues sí… suena feo.
Su comentario era superficial, pero no quería hablar más de la cuenta. Booth la miró brevemente, como si intentara leer entre líneas, pero lo dejó pasar.
—Y encima lo del Torneo y Potter… —añadió, bajando la voz—. El chico volvió del laberinto con un cadáver y se puso a gritar que el que-no-debe-ser-nombrado había vuelto, ¿no?
—¿Y si simplemente… perdió la cabeza ahí dentro? —sugirió Dawsey con la boca llena—. No digo que mienta deliberadamente, pero es un chaval. Tal vez no lo soportó.
—¿Y Diggory? —preguntó Booth con incredulidad—. ¿Acaso se mató solo?
Dawsey se mordió el labio, pensativo.
—Quizá Potter se asustó, intentó defenderse… y todo salió mal.
Calló por un momento y se volvió hacia sus dos compañeros.
—¿Vosotros os lo creéis? — preguntó casi en un susurro, mirando a su alrededor por si alguien los escuchaba — ¿Qué… él ha vuelto?
Tonks no respondió. Solo se encogió de hombros. Booth no dudó.
—Si Dumbledore le cree. Y yo también — afirmó el auror, cruzando los brazos—. Además, es Harry Potter. ¿Por qué mentiría sobre algo así?
—No lo sé —concedió Dawsey—. Dumbledore es brillante, pero últimamente ve conspiraciones en todas partes.
—O quizá es el único que ve lo que realmente está pasando.
Sus palabras quedaron flotando en el aire.
Dawsey terminó su bocadillo mientras se distraía observando el tráfico por la ventana.
Booth se rascó la nuca, sin ganas de seguir la misma discusión de siempre. Tenía el amuleto firmemente apretado en su otra mano.
Tonks terminó su té, dejando que la conversación se asentara.
Miró a sus dos amigos: Booth, un convencido; Dawsey, un escéptico.
Básicamente, encarnaban las dos opiniones enfrentadas.
Saber lo que la gente opinaba sobre lo ocurrido apenas unas semanas atrás era importante. Muy importante.
Y saber de qué lado estaba ella también. Y por qué.
Bajó la vista hacia la taza vacía en sus manos, reflexionando su posición, sin decir nada.
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Aquella misma tarde, la cocina de Grimmauld Place también respiraba tensión.
Los miembros de la Orden se habían reunido de urgencia tras la publicación del artículo que había agitado el ambiente en todo el mundo mágico.
Sirius estaba de pie junto a la chimenea, con el rostro sombrío y las manos apretadas a los costados. Parecía profundamente afectado.
—Esto es una locura —dijo, lanzando el periódico sobre la mesa con un gesto de frustración—. Las mentiras que están soltando son asquerosas. Acusan a Dumbledore de querer tomar el control del Ministerio y lo peor de todo, ahora están echándole la culpa a Harry de lo que ocurrió con Cedric.
Tonks, levantó la mirada al escuchar las palabras de Sirius. Había algo en su tono que le llamó la atención. No era solo la ira habitual por las injusticias del Ministerio, sino una preocupación mucho más profunda.
—Lo que realmente importa es lo que ocurrió aquella maldita noche, en el cementerio
Moody, desde su rincón, se había erguido y tenía la mirada fija en el fuego.
Tonks se volvió hacia él. No conocía la historia completa. Antes de que pudiera preguntar nada, Moody volvió los ojos – los dos – hacia ella.
—Es momento de que conozcas los hechos, Tonks. Nadie de la Orden puede ignorarlo.
Intrigada, se acercó más a la mesa, con la mirada clavada en el auror veterano. Por fin sabría toda la verdad.
Moody respiró hondo y comenzó a relatar la historia con firmeza, como si estuviera recitando un informe militar.
—Potter, Diggory y los demás participaron en el Torneo de los Tres Magos. Pero lo que no sabían era que había sido manipulado desde el principio. Cuando Potter tocó la copa del torneo junto a Diggory…
Hizo una pausa. El ambiente se volvió denso.
— …fueron transportados a un cementerio. Y allí, Voldemort los esperaba.
Sirius ladeó la cabeza, como si intentara contener algo que no quería dejar ver. Molly se miraba las manos, apretadas en su regazo.
—Colagusano —continuó Moody—. Un traidor, lo había orquestado todo.
Tonks alzó una ceja. ¿Colagusano?, pensó, pero se mordió la lengua, consciente de que no debía interrumpir. Como si el auror le leyera el pensamiento, añadió:
—Un hombre que, junto con otros mortífagos, había estado sirviendo a Voldemort. Alguien a quien, durante un tiempo, creímos nuestro aliado. Después, lo dimos por muerto… pero no. Todo lo contrario.
Sirius apretó la mandíbula con fuerza. Tenía los puños cerrados sobre las rodillas. Lupin, giró el rostro hacia la chimenea, reflexivo.
Tonks volvió a tener la sensación de que había algo personal que se le escapaba. Algo que no conocía, pero que estaba justo ahí, entre líneas.
Moody hizo una mueca antes de continuar.
—Entonces ocurrió.
Buscó la mirada de la auror.
—Colagusano preparó una poción. Huesos, sangre, carne. Y de esa manera, devolvió a Voldemort a la vida. Fue un ritual oscuro. Y Potter lo presenció.
—El chico, claro, no podía quedarse allí — añadió con un tono casi admirativo—. Luchó, se las arregló para escapar… contra todo pronóstico. Y así, regresó con el cadáver de Diggory y la copa del torneo.
Dio por terminado su relato.
Se hizo un silencio tenso, como si la gravedad de lo que se estaba diciendo presionara sobre los hombros de todos los presentes.
Tonks no se movió.
Sabía que Voldemort había vuelto, se lo había dicho Moody apenas unas semanas atrás.
Pero escuchar esa noche contada así, con esa crudeza… era distinto.
Ahora no era un rumor ni un informe. Ni una conversación a medias con Dawsey y Booth.
Era real.
Tonks no recordaba apenas nada de la primera guerra mágica. Era una niña entonces.
No había estado allí. Sus padres tampoco habían sido parte de la Orden, aunque siempre se habían mantenido fieles a Dumbledore.
Todo lo que sabía sobre Voldemort lo había aprendido en informes, en nombres, en cicatrices ajenas.
En cuanto Moody le dijo que había vuelto, lo creyó.
No pidió pruebas. No exigió explicaciones. De hecho, incluso se sorprendía a sí misma al darse cuenta de que ni siquiera tuvo dudas.
Había dado un paso al frente, cuando otros negaban, callaban o apartaban la mirada. Porque confiaba.
En Moody, igual que confiaba en Dumbledore.
Tal vez era crédula.
Tal vez aquellos dos veteranos habían visto tanto horror que se les había opacado la cordura.
Tal vez formaba parte de un grupo paranoico que profetizaba la caída del mundo mágico, basados en el testimonio de un pobre huérfano atormentado, víctima de un mundo que había sido demasiado cruel con él.
Sí, tal vez se había dejado convencer.
Podía equivocarse. Podían haberla engañado.
Pero no tenía ninguna duda de qué lado estaba.
Porque siempre había sabido reconocer el lado correcto, incluso cuando era pequeña.
Porque siempre le había dolido la injusticia como una quemadura en la piel.
Porque nunca había soportado los entornos donde se premiaba la sangre o el apellido en lugar del esfuerzo.
La fama.
La pureza.
La represión de los mestizos.
El desprecio por los muggles.
Todas esas ideas representaban justo lo que Tonks más aborrecía.
Y Voldemort las encarnaba todas.
Y no solo él.
Le daba igual que el enemigo se llamara Voldemort, los mortífagos, la rigidez institucional, Dawlish, o Rookwood.
Todos ellos compartían una forma de pensar.
Y no estaba dispuesta a bajar la cabeza y vivir en un mundo así.
No sin presentar batalla.
Por eso estaba allí.
Porque era idealista.
Porque creía en un mundo mejor.
Porque había decidido luchar por la misma libertad que le había permitido ser quien era.
Feliz. Apasionada. Y viva.
Así que, sí. A su pregunta —cómo he terminado aquí, en una cocina lúgubre, en la sede de la Orden del Fénix, rodeada de veteranos con experiencia, cicatrices y motivos sólidos para seguir luchando —… la respuesta era clara, contundente, y sin duda alguna.
Moody rompió el silencio. Sus ojos, siempre firmes, se desviaron un instante hacia el suelo.
—Fue culpa mía —dijo, con una dureza dirigida a sí mismo—. Barty Crouch… no debería haberme engañado.
Su mandíbula se tensó. No apretó los puños, no levantó la voz. Pero en su expresión había algo diferente.
—Mis sensores… ¿cómo no me di cuenta de que Barty Crouch Junior estaba suelto? Si hubiera estado más atento, si hubiera notado las señales… ¡No lo vi venir!
Se hizo el silencio más absoluto.
Todos los ojos se dirigían hacia el viejo auror, pero nadie sabía qué decir. En su mente, Moody revivía el momento: el instante en que Barty Crouch Junior se infiltró haciéndose pasar por él y manipuló todo para devolver a Voldemort a la vida.
—Alastor —dijo Kingsley finalmente, con su tono sereno—, nadie sabía que Barty Crouch Junior seguía con vida. Nadie sabía que estaba tan cerca de Voldemort. No podías preverlo. No fue tu culpa.
Puso una mano firme sobre el hombro de su mentor.
Moody levantó la cabeza lentamente, mirando a Kingsley con una expresión amarga pero agradecida, como si sus palabras no pudieran borrar lo que sentía, pero al menos ofrecieran algo de consuelo.
Tonks los miraba, compungida. Nunca había visto a OjoLoco tan derrotado.
Él, el auror. Con su ojo mágico, sus cicatrices y su pierna protésica. Siempre tan fuerte, tan inquebrantable.
No sabía qué decir ni qué hacer.
—Moody… —susurró, moviéndose para posar una mano sobre su mentor.
Pero en el camino, sin darse cuenta, su brazo rozó un jarrón de agua que descansaba sobre la mesa.
El recipiente cayó al suelo con un estrépito, no sin antes volcar agua sobre un libro que Lupin tenía al lado.
Él levantó la mirada, claramente exasperado.
—Tonks, ¿en serio? ¿Vas a romper todo lo que tocas?
—Lo siento, Remus, no fue mi intención —respondió ella enseguida
—No pasa nada —murmuró él, pero su mirada seguía siendo de reproche, de esa forma pasiva-agresiva que tanto le recordaba a Dawlish—. Solo trata de no destruir más cosas, ¿sí?
Avergonzada, la auror sacó la varita para secarlo, pero Molly se adelantó con un gesto ágil.
—Tranquila, cielo. Esto tiene arreglo.
Tonks sonrió, agradecida. Pero al volver la vista hacia Remus, él ya había apartado la mirada. Guardaba el libro en su regazo, como si quisiera protegerlo de cualquier daño adicional.
Tonks frunció el ceño, molesta, sin poder evitar pensar que la reprimenda había sido algo exagerada.
Sin embargo, antes de que pudiera articular palabra, Kingsley volvió a hablar.
La tensión en la habitación volvió a instalarse. Y todos parecieron recordar lo que realmente importaba.
La amenaza que se cernía sobre ellos.
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La molestia de Tonks con Remus Lupin no hizo más que crecer durante la semana.
Cada vez que iba al cuartel de la Orden, él o bien la ignoraba o bien desaparecía escaleras arriba sin apenas mirarla. De todas formas, trató de no darle demasiada importancia.
No todo el mundo era abierto de inmediato, y tal vez él era solo una de esas personas reservadas que necesitaban tiempo. Había muchas razones por las que alguien podía mostrarse distante.
Pero lo que colmó el vaso fue lo que pasó una tarde de viernes.
Al terminar el turno, Tonks estaba recogiendo sus cosas en la oficina, cuando Moody la interceptó con su típico gruñido.
—Llévale esto a Lupin —gruñó, extendiéndole un pequeño fajo de pergaminos atados con un cordón de cuero—. Estará en el cuartel revisando informes.
Tonks resopló, cansada.
Se moría de ganas de marcharse y desconectar. La semana había sido larguísima y fuera estaba cayendo el chaparrón del siglo. Además, de entre todas las personas con las que podía desear cruzarse aquella tarde, Remus Lupin era el último de la lista.
—¿Y por qué no se los llevas tú? —preguntó con una sonrisa pícara.
—Porque tengo mejores cosas que hacer —respondió Moody, tajante—. ¿Quieres que te asigne una guardia en Azkaban para entretenerte?
Tonks negó con la cabeza y tomó los papeles.
—Vale, vale. Lo haré. Pero solo porque no quiero acabar en una celda. Estoy segura que no me dejarían salir de allí
Moody carraspeó, lo que podía interpretarse como una risa, y se despidió.
Tonks llegó a Grimmauld Place empapada hasta los huesos por el aguacero veraniego que azotaba Londres.
Las gotas de lluvia resbalaban de su cabello desordenado mientras se quitaba la túnica mojada con un suspiro.
“Esto es culpa de la luna” murmuró para sí, fastidiada.
—¡Oh, Tonks, querida! —exclamó Molly Weasley al verla entrar —. ¡Mira cómo estás! Ven, siéntate junto al fuego. Aquí tienes una toalla limpia. Dame un momento, te prepararé una buena taza de té caliente.
Tonks esbozó una sonrisa cansada mientras aceptaba la toalla, que despedía un suave aroma a lavanda y ropa recién lavada. Se secó el rostro y las manos con movimientos lentos, sintiendo la calidez del tejido contra su piel helada.
Luego dejó la túnica chorreante sobre el respaldo de una silla y se sentó junto al hogar, donde las llamas crepitaban suavemente en la chimenea.
El calor del fuego y el vapor aromático le hicieron exhalar un suspiro de alivio.
Molly, siempre maternal, le pasó un cuenco con galletas caseras.
— ¿Día complicado? —preguntó, mientras regresaba hacia la cocina para seguir con sus tareas—. ¿Necesitas algo, querida?
—Oh, no, todo bien —respondió Tonks, enderezándose un poco en su asiento y tomando una galleta —. Solo vine a dejar unos informes para Lupin.
Depositó el rollo sobre la mesa, agradeciendo internamente que la lluvia no los hubiera arruinado. No quería ni imaginar cómo se podría poner aquel hombre si destrozaba alguna otra posesión suya con agua.
Molly desvió los ojos a la ventana.
—Todavía no ha regresado
Lo dijo con un tono casual, pero a Tonks no le pasó desapercibido el leve matiz de inquietud.
—Pero no creo que tarde.
No era solo su voz.
Molly mantenía las manos ocupadas, ordenando cosas en la cocina que no necesitaban ser ordenadas, pero de vez en cuando sus ojos se volvían hacia fuera, como si esperara ver algo más allá de la cortina de agua que caía sin cesar.
Tonks siguió su mirada.
Fuera, la lluvia golpeaba con fuerza el cristal, oscureciendo la calle incluso antes del anochecer.
Molly pareció notar su curiosidad y, en un intento por desviar su atención, retomó la conversación con ligereza:
—Los chicos están emocionadísimos. Ya casi han terminado de empacar sus cosas para mudarse aquí. Ginny no deja de hablar de cómo decorará su habitación, y los gemelos… bueno, los gemelos siempre están tramando algo. Quién sabe cuántas «sorpresas» traerán con ellos. Ya los conocerás.
Tonks sonrió y dejó que Molly divagara sobre sus hijos, notando el orgullo en su voz.
Sin embargo, la charla se interrumpió cuando la puerta se abrió, dejando entrar una ráfaga de aire húmedo y frío.
Remus Lupin apareció en el umbral con el andar fatigado de alguien que cargaba el peso del mundo sobre los hombros. Su cabello, siempre desordenado, estaba más revuelto que de costumbre, y las sombras bajo sus ojos hablaban de noches de insomnio.
Saludó con un leve asentimiento y se dirigió directamente a la tetera, sin decir una palabra.
—Remus, ¿quieres algo de comer? Puedo prepararte un poco de sopa —ofreció Molly con amabilidad, aunque Tonks notó que le escrutaba con cierto nerviosismo.
—No, gracias Molly. El té será suficiente —respondió él, sin levantar la vista.
Tonks lo observó en silencio mientras se servía una taza y se quedaba allí, de pie, con los dedos envueltos en la cerámica caliente. Tenía la mirada perdida, como si su mente estuviera muy lejos de aquella cocina iluminada por el fuego.
Por un momento, a Tonks le pareció que miraba por la ventana, igual que había hecho Molly antes. La lluvia seguía cayendo, gruesa y constante, pero aún se colaba un último rayo de sol entre las nubes. ¿Era eso lo que miraban ambos?
Remus se quedó apoyado en un rincón de la cocina, apurando su té en silencio. No hizo intento alguno de sumarse a la conversación, ni siquiera con un comentario trivial sobre la tormenta o sobre los hijos de Molly, de los que ella seguía hablando con entusiasmo.
—Ron es un caso… está más preocupado por asegurarse de que sus cosas de Quidditch estén en perfecto estado que por la montaña de deberes que se le acumula
Tonks se percató de que las manos de Lupin temblaban ligeramente al sostener la taza.
Él levantó la vista y, por un instante, sus ojos se encontraron con los de ella. Se sintió incómoda al notar algo indescifrable en su expresión, y apartó la vista con rapidez, fingiendo que no lo había estado observando.
—Y Hermione… —continuó Molly—. Bueno, esa niña siempre tan organizada. A veces me pregunto si Ginny habrá aprendido algo de ella. ¡Debería! Pero ya sabes cómo son los jóvenes.
Tonks escuchaba sin realmente oír.
Estaba pendiente de Lupin, esperando… algo. Algún gesto, alguna reacción que demostrara un mínimo de cordialidad. Pero él solo bebió un par de sorbos más, dejó la taza en la encimera y se marchó con la misma discreción con que había llegado.
Tonks sintió cómo una punzada de irritación se instalaba en su pecho. “¿En serio? ¿Eso es todo?” pensó, apretando los labios.
Por el rabillo del ojo, notó que Molly también lo seguía con la mirada.
La joven aurora suspiró y bajó la vista, preguntándose qué demonios le pasaba a aquel hombre.
Entonces sus ojos se posaron en los pergaminos que Moody le había dado para Lupin. Seguían allí, intactos sobre la mesa. ¡Se le había olvidado entregárselos!
Se incorporó de golpe, tirando la silla al suelo.
—Voy a llevarle esto —dijo con decisión.
—Si quieres, se los doy yo cuando baje —ofreció Molly, mirándola con gesto inquisitivo.
—No te preocupes —respondió con una sonrisa fugaz—. Es mi trabajo, para eso he venido.
Le pareció que Molly se debatía entre detenerla o dejarla ir, pero no le dio la oportunidad.
No entendía por qué todos trataban a Remus Lupin con tanta indulgencia, como si fuera de cristal.
Cruzó el umbral y comenzó a subir las escaleras con paso decidido. Casi decidido.
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El crepitar del fuego en la cocina había quedado atrás. También el olor a lavanda, las galletas caseras y gesto maternal de Molly.
La atmósfera se volvió densa, expectante.
Sentía otra vez que la casa la miraba. No desde los cuadros, ni desde los techos ornamentados.
Desde dentro. Como si tuviera pulmones. Como si respirara.
A cada paso, tenía la sensación de que el suelo palpitaba bajo sus botas.
No era una casa. Era un cuerpo antiguo, resentido. Y ella se estaba adentrando en sus entrañas.
Se detuvo un instante y negó con la cabeza, como si pudiera sacudirse aquella inquietud que la recorría. Quería entregar esos pergaminos y marcharse de allí.
Respiró hondo y salió al corredor del primer piso.
Estaba en penumbras, salvo por una luz cálida que se filtraba desde una estancia.
Inspiró de nuevo y avanzó hasta el umbral.
Lupin estaba allí.
Solo, en mitad de una habitación silenciosa y polvorienta, de pie junto a una ventana alta.
La luna creciente flotaba tras el cristal. Su reflejo acentuaba las sombras de su rostro: las ojeras profundas que parecían perpetuas, las cicatrices viejas que le marcaban la piel, las arrugas prematuras que se instalaban en su frente.
Sostenía una copa entre los dedos y parecía absorto, mirando la calle, las nubes, el cielo… o algo que Tonks no alcanzaba a vislumbrar. O entender.
Él no parecía haber notado su presencia.
La auror se quedó en la puerta, observándolo. Había algo en su postura, en la quietud con la que observaba la noche, en la melancolía callada que desprendía su silueta, que le robaba el aliento.
No podía apartar la mirada.
Sintió una punzada inesperada en el pecho.
¿Ternura? Se sorprendió al pensarlo.
Tal vez.
Pero también frustración, la misma que venía arrastrando desde su primer encuentro.
Todo se mezclaba en su mente, sin orden ni lógica.
Entonces, sin moverse, Lupin rompió el silencio.
—¿Necesitas algo?
Tonks le había oído hablar muy pocas veces, pero diría que aquella no era la voz que conocía. Sonaba más grave y algo más… áspera. Opaca.
Cuando finalmente se giró, su expresión era hermética, pero sus ojos la analizaban con cautela, con una sombra de incomodidad y de algo más. De furia.
Tonks tuvo la sensación de que él creía que lo estaba espiando.
—Perdón por la intromisión —murmuró ella, sintiéndose de repente torpe.
Alzó los informes con un gesto casi automático, como queriendo demostrar que solo estaba allí por trabajo.
—Te traigo esto.
Lupin dejó la copa sobre una mesa cercana y avanzó hacia ella con pasos lentos, medidos. Extendió la mano y tomó los pergaminos sin ceremonia.
—Gracias.
Nada más. Simplemente comenzó a desatar el cordón que mantenía los papeles unidos.
Tonks frunció los labios. Se negaba a darse por vencida tan fácilmente ante aquella apatía que tanto la irritaba.
—Directo de las manos de Alastor Ojoloco Moody —comentó con fingida solemnidad—. Te envía sus más tiernos recuerdos.
Él no dijo nada. Solo desplegó los papeles y los examinó en silencio.
Tonks cruzó los brazos.
—¿No me vas a decir qué son? – preguntó, intentando asomarse.
—Informes de seguridad – respondió él, sin alzar la vista.
—¡Oh, qué emocionante! —ironizó Tonks, simulando entusiasmo—. ¿Dicen algo nuevo? ¿Qué las puertas del cuartel serán custodiadas por trolls con alas? ¿Dragones armados?
Por un momento, pareció debatirse entre responder o simplemente ignorarla. Optó por lo segundo, dándole a entender sin palabras que la conversación había terminado para él.
Tonks exhaló despacio, intentando ignorar la frustración que se aferraba a su pecho.
—Toda la familia Weasley se mudará aquí el fin de semana —comentó, tratando de disipar la tensión en el aire—. Seguro que alegran un poco esta casa, ¿no crees?
Silencio.
Fue la gota que colmó el vaso.
—Oye, ¿te pasa algo conmigo o eres así de encantador con todo el mundo?
Finalmente, Lupin alzó la vista, sorprendido por el tono.
—No te lo tomes a mal —dijo, con su neutralidad de siempre—. Solo tengo muchas cosas en la cabeza.
—Claro, claro —murmuró Tonks, entrecerrando los ojos—. Porque el resto de nosotros no tenemos absolutamente nada en la cabeza.
Lupin frunció el ceño.
—No era mi intención ser grosero
Tonks soltó una breve risa amarga.
—Pues lo consigues sin esfuerzo —replicó finalmente, dándose la vuelta y saliendo de la habitación sin molestarse en despedirse.
Descendió las escaleras a trompicones, sintiendo cómo su enfado se mezclaba con la decepción.
No merecía la pena insistir en ser cordial.
Lupin no solo era distante. Era un maleducado.
Al llegar a la cocina, encontró a Molly junto al fregadero. La mujer alzó la vista. No dijo nada, pero la observó con esa mirada de madre que no pregunta pero lo ve todo.
Tonks cogió su túnica, doblada con esmero sobre una silla. Seguramente Molly se había molestado en secarla y plegarla mientras hablaba con Lupin.
—Gracias por el té, Molly —dijo la auror intentando sonar ligera, aunque la tensión seguía marcada en su mandíbula.
—¿Todo bien, querida?
Tonks dudó un instante, pero finalmente, se encogió de hombros.
—Más o menos.
Se puso la túnica sin prisa, abrochando los primeros botones. Evitaba mirar a Molly. Sentía que, si lo hacía, se le escaparían más palabras de las necesarias.
—Nos vemos.
—Buenas noches — respondió ella, en su tono habitual, pero no apartó la mirada hasta que Tonks cruzó la puerta.
Durante un instante, Molly quedó sola, inmóvil, con el silencio apenas roto por el tic-tac del reloj en forma de serpiente, preguntándose qué habría pasado.
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Tonks salió del cuartel general con el ceño fruncido, los puños apretados y la sangre hirviendo en sus venas.
Se encaminó a un callejón apartado. Se obligó a respirar hondo y, sin pensarlo dos veces, se desapareció.
El aire fresco y el silencio del campo reemplazaron el caos de la ciudad.
Ya no había calles abarrotadas, ni tráfico, ni voces resonando a su alrededor.
Tampoco estaban Lupin y su maldita indiferencia.
Y la irritación que sentía, poco a poco, se fue desvaneciendo en la calma de la noche para no volver.
Estaba de pie en un camino rural, iluminado solo por la luz de la luna. Allí no llovía.
Frente a ella, la casa de sus padres se alzaba, serena y reconocible, como si nada pudiera perturbar su quietud.
Tonks dejó escapar un largo suspiro y una sonrisa relajada se dibujó en su rostro.
Después de aquella semana agotadora, nada le venía mejor que un par de días en su hogar.
Con los suyos.
El núcleo familiar de Tonks era pequeño.
Su madre, Andrómeda, había roto con la familia Black mucho antes de que ella naciera.
Su padre, Ted, era hijo único y sus progenitores murieron cuando ella era muy pequeña.
Así pues, sin abuelos, tíos ni primos con los que convivir, todo se limitaba a ellos tres. Y, sin embargo, Tonks había tenido una infancia feliz, llena de amor y de experiencias únicas gracias a la perfecta sintonía entre sus padres, tan distintos, pero a la vez tan compenetrados.
Andrómeda, a pesar de la evidente educación refinada y sofisticada que había recibido como integrante de una familia de sangre pura, era una mujer libre, tolerante y de gran sensatez.
En contraste con su esposa, Ted era un mago hijo de muggles, y tenía un carácter relajado, una calidez innata y un sentido del humor contagioso que Tonks había heredado por completo.
Juntos, decidieron criarla con lo mejor de ambos mundos: el mágico, con túnicas, pociones y visitas al Callejón Diagon de la mano de su madre, y el muggle, con ferias, bibliotecas y parques de atracciones a los que su padre la llevaba con entusiasmo. Eso sí, su padre tenía que ponerle un sombrero que la tapara bien, ya que, si se emocionaba demasiado, su cabello cambiaba de color y forma con una facilidad sorprendente, y era seguro que cualquier muggle, por más despistado que fuera, se daría cuenta.
La casa de la familia era un reflejo de esa dualidad.
Tenía electricidad, como cualquier casa muggle, pero también una chimenea para conectar con la red flu, característica del mundo mágico. Andrómeda cocinaba con magia, mientras que Ted, un apasionado de la gastronomía, había enseñado a su hija a cortar, pelar, freír y hornear todo tipo de platos sin necesidad de varita. Esa mezcla de costumbres, tan naturales para ella, la definía por completo.
Tonks siempre tuvo la libertad de decidir cómo mostrarse al mundo, y la aprovechaba al máximo.
Mientras Andrómeda trataba de convencerla para que usara elegantes prendas de bruja o túnicas hechas a medida, Tonks prefería la ropa muggle: más cómoda, desenfadada y llena de estilo. Adoraba la cultura muggle, desde la música hasta las tribus urbanas, y su guardarropa era un divertido revoltijo de ambos mundos.
Podía combinar tejanos rotos con túnicas de auror, zapatillas de goma con su vieja, pero muy querida bufanda de Hufflepuff, o llevar en su mochila descolorida tanto su varita mágica como su abono del metro.
Estas mezclas solían desconcertar a los tradicionalistas como Dawlish, que fruncían el ceño cada vez que la veían.
Pero a Tonks le daba igual; Para ella, ser mestiza no era una resta, era una suma.
Su herencia mágica y muggle se complementaban a la perfección, y ella estaba orgullosa de encarnar ambas realidades.
Por eso, al graduarse como auror, decidió mudarse a Londres, a una zona residencial muggle cerca del Ministerio. Vivía en el último piso de un edificio céntrico, rodeada de vecinos muggles que la consideraban peculiar, tanto por su extravagante atuendo como por los llamativos colores de su pelo.
Aunque apenas tenía relación con ellos, disfrutaba del anonimato y la tranquilidad de ese entorno.
Pero siempre agradecía volver a casa.
Tonks cruzó el umbral de la puerta, pero no le hizo falta saludar para anunciar su presencia.
Su padre se acercó con su sonrisa amplia y bonachona, y los ojos grandes y muy azules brillando con cariño mientras la rodeaba con sus brazos.
—¡Mi pequeña metamorfomaga favorita! —exclamó, despeinándole el cabello con ternura.
Ted era un hombre de complexión robusta, con el cabello castaño claro algo revuelto y unas líneas en el rostro que hablaban de su vida al aire libre y de su afición por la jardinería. Sus manos eran grandes y ásperas por el trabajo manual, pero su abrazo siempre había sido el lugar más seguro para Tonks.
Desde la cocina llegó la voz de su madre.
—Sí que llegas tarde, Nymphadora —dijo con su tono sereno, aunque sus labios esbozaban una sonrisa mientras se acercaba a recibirla.
Tonks puso los ojos en blanco, pero aceptó el abrazo de su madre con gusto.
—Mamá, ¿puedes llamarme Tonks al menos cuando vengo de visita? —protestó como siempre, aunque sin soltarla.
—Lo intentaré, querida —respondió la bruja, con la paciencia de quien ya había tenido esa discusión cientos de veces.
Andrómeda desprendía una elegancia natural.
Sus ojos grises eran penetrantes, profundos, pero en ellos había siempre una ternura reservada solo para su familia. Aquel día, lucía el cabello de un castaño claro, igual al de su marido. También era metamorfomaga, aunque prefería tonos más sobrios, inspirados en las plantas y los bosques, mientras que Tonks se inclinaba por colores chillones y rebeldes, lo que siempre daba pie a divertidas discusiones entre madre e hija.
Vestía con discreta sofisticación, siempre impecable, y su presencia imponía sin necesidad de esfuerzo ni artificios.
Pronto, los tres se acomodaron en la mesa para compartir la cena mientras conversaban.
Ted hablaba animadamente sobre un nuevo vecino muggle que le había preguntado por el misterioso comportamiento de algunas de sus plantas, y su madre escuchaba con una ceja arqueada, claramente entretenida.
—Por cierto, ¿y ese chico con el que salías? ¿Cómo se llamaba? —preguntó Andrómeda con fingida inocencia, mientras servía más guiso en el plato de su hija.
Tonks se llevó teatralmente una mano al pecho, suspirando con dramatismo.
—¡Oh, madre! No me hables de Ethan. Es una historia de amor trágica, como la de Romeo y Julieta. Destinados a encontrarnos, condenados a separarnos…
Ted soltó una carcajada mientras Andrómeda rodaba los ojos con diversión.
—O tal vez, simplemente te hartaste de él y lo dejaste —replicó su madre con una media sonrisa.
Tonks suspiró con exasperación y asintió.
—Está bien, sí, era un aburrido. Muy guapo, eso sí, pero… demasiado serio. Imagínate, papá, ¡no se reía de mis chistes!
—Bueno, eso es un crimen imperdonable —bromeó Ted, alzando su copa.
Los tres rieron, sumidos en aquella atmósfera tibia y familiar que Tonks tanto apreciaba. Se permitió relajarse, olvidando por un momento la fatiga acumulada de las últimas semanas.
Pero cuando su mirada se desvió hacia la ventana, su mente se llenó de pensamientos ajenos a la cena.
Afuera, la noche se extendía tranquila sobre el campo, pero ella sabía que, en algún rincón del país, la Orden del Fénix estaba en movimiento, luchando en las sombras contra un enemigo que crecía cada día.
Clavó los ojos en su madre, que sostenía una taza de té caliente, y en su padre, que mondaba una manzana mientras tarareaba una melodía ridícula.
Quería decirles la verdad.
Quería se había unido a la Orden del Fénix.
Que estaba haciendo lo correcto, trabajando por defender los ideales que le habían enseñado y en los que firmemente creía.
Que había conocido a Sirius Black. Que era inocente, que estaba bien y que, a pesar de todo, luchaba por la misma causa.
Pero no podía.
Aquello era un secreto.
Un secreto que no podía permitirse compartir, porque solo los pondría en peligro.
Su madre la miró en ese momento, y Tonks tuvo la sensación que ella ya había leído, más allá de su buen humor y su aparente despreocupación, que ocultaba algo.
Desvió la vista rápidamente. No quería que ella lo supiera, al menos no así, sin palabras.
Así que calló.
Sonrió y se obligó a volver a la conversación ligera.
Siguieron hablando de trivialidades, de la nueva receta que Ted había logrado con un éxito rotundo, de la última novela que Andrómeda había leído, de cómo una bruja vecina que vivía colina abajo había descubierto que su gato era, en realidad, un Kneazle.
Y aunque el peso del secreto no desaparecía, Tonks decidió disfrutar del momento.
De la paz de su hogar. Del amor incondicional de su familia.
Al menos por un fin de semana.
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NOTA DE LA AUTORA:
¡Buenos días a todos! Primero de todo os pido disculpas: Había colgado el mismo capítulo 2 veces con distinto nombre (El del paragüero de pata de troll como número 3 y 4). Así que, simplemente, he eliminado una parte. ESTE ES EL VERDADERO, ÚNICO Y AUTÉNTICO CAPITULO 4.
En este capítulo se empieza a sentir con más fuerza atmósfera densa que lo envuelve todo en La Orden del Fénix: la presión mediática, la manipulación de la opinión pública, el juicio constante sobre Harry, sobre Dumbledore… Y aunque esta historia tenga otros protagonistas, ese contexto sigue siendo fundamental.
En cuanto a Tonks, me parece importante responder a la pregunta que hacía de título en el primer capítulo.
“La auror Tonks en la cocina lúgubre con su media melena rosa, preguntándose cómo ha acabado en el cuartel general de la Orden del Fénix.”
La Orden del Fénix del libro 5 en realidad, no es un invento nuevo.
Es decir, ya existió una orden del Fénix en el pasado, de la que la mayoría de los integrantes que conocemos ya formaban parte, junto con los Longbottom, los Prewett, y los mismos Dumbledore, McGonagall, Moody, Sirius, Lupin,… Al final del cuarto libro, Dumbledore pregunta a Molly si puede contar con ellos, y ella responde que sí, por lo que entiendo que ellos también estaban vinculados, en mayor o menor grado.
Pero Tonks no.
De hecho, debía ser pequeña cuando ocurrió la primera guerra mágica.
Así que… ¿Qué demonios hace allí en medio, ella sola, rodeada de veteranos?
Supongo que la respuesta más sencilla es que Moody la conoce y confía en ella. Pero la pregunta más interesante es: ¿confía ella en ellos?
Quiero decir… tú le dices a Tonks:
“Eh, Tonks, Voldemort ha vuelto y hemos montado un grupo ilegal y clandestino con la misión suicida de pararle los pies. La cosa pinta fea. ¿Te apuntas?”
Pues claro que Tonks se apunta a un bombardeo. Pero creo que puede tener sus razones personales, y es lo que desarrollamos en este texto.
Además, por fin conocemos a Ted y Andrómeda, dos personajes que me encantan y que van a tener su espacio en esta historia. No solo como padres, sino como personas con su propia historia a cuestas, que merecen mucho más que unas líneas sobre su final trágico.
Así que vamos a hacerles justicia.
A ellos.
Y también a esa chica con la media melena rosa que dijo “sí” a una guerra que se encontró por el camino.
¡Gracias por leerme!
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