Capítulo 6

Por Walburga Black, que en paz no descansa

La cocina de Grimmauld Place estaba llena.

La gran mesa de madera, arañada por los años y testigo de incontables reuniones, se encontraba rodeada por las siluetas de los miembros de la Orden del Fénix, cuyas sombras danzaban al compás de la luz titilante de las lámparas del techo.

Sirius, con los brazos cruzados y una media sonrisa en los labios, bromeaba en voz baja con Kingsley, quien respondía con una inclinación de cabeza y un destello divertido en los ojos.

Cerca de ellos, Molly Weasley servía té a Arthur con una expresión concentrada, como si el simple acto de verter el líquido humeante en las tazas pudiera traer algo de normalidad a la reunión.

Hestia Jones y Dedalus Diggle intercambiaban impresiones en un rincón, susurrando con gestos discretos, mientras Emmeline Vance hojeaba un pergamino con el ceño fruncido.

Las conversaciones fueron cediendo progresivamente para dar paso a un silencio expectante.

De repente, se abrió la puerta. Alastor Moody apareció en el umbral, apoyado en su bastón, su ojo mágico girando con una rapidez inquietante, escrutando cada rincón de la estancia antes de avanzar con su paso rítmico y pesado.

Tonks lo siguió con la mirada hasta que tomó asiento a su lado.

Sin preámbulos, Hestia y Dedalus tomaron la palabra.

Explicaron las dificultades que estaban enfrentando para convencer a otros magos de la veracidad de las advertencias de Dumbledore y Harry Potter sobre el regreso de Voldemort.

Había demasiada cautela, demasiado miedo. Reclutar nuevos miembros era un desafío en sí mismo: aunque algunos habían mostrado simpatía por la causa, la mayoría prefería mantenerse en un punto intermedio, sin comprometerse del todo con la Orden.

—Hemos conseguido cinco o seis nuevos aliados — añadió Dedalus con un suspiro—, pero de momento ninguno quiere implicarse en operaciones activas. Aun así, es un primer paso. Al menos sabemos que no estamos solos.

El comentario quedó en el aire durante unos segundos. No era una gran victoria, pero cualquier apoyo, por mínimo que fuera, era bienvenido.

Moody, que hasta entonces había permanecido en silencio, se irguió con gravedad y golpeó el suelo con su bastón para reclamar la atención de la sala.

—Tenemos información nueva sobre Rookwood —gruñó con su voz áspera. Todos los ojos se volvieron hacia él. Entonces, con un leve giro de cabeza que rompía con su costumbre de monopolizar las exposiciones, añadió—: Tonks os lo contará.

La auror, que en ese momento se estaba deslizando un jersey por la cabeza, se detuvo en seco, sorprendida por la abrupta puesta en escena. Moody no era de los que cedían protagonismo fácilmente; aquello era, sin duda, su manera de reconocer el esfuerzo de su aprendiz.

Se alzó con un aire de determinación, dispuesta a hablar, consciente de que todas las miradas estaban puestas en ella.

Al hacerlo, su coronilla chocó de lleno contra el borde de una lámpara flotante, que tintineó con un leve chasquido metálico.

—Ay —murmuró, entrecerrando los ojos mientras se frotaba la cabeza.

—¿Estás bien, querida? — preguntó Molly, que hizo ademán de acercarse.

—No te preocupes, es dura de mollera — respondió Sirius, con un guiño

Tonks se pasó una mano por la cabeza, algo avergonzada, pensando que Lupin le estaría echando una mirada sarcástica, como le hacía Dawlish en la oficina. Pero para su sorpresa, él sonreía. No una sonrisa amplia, pero lo suficiente para que ella lo notara.

Tras recomponerse y fulminar a la maldita lámpara con la vista, se aclaró la garganta, y empezó:

—Bien, como sabéis, hemos estado siguiendo a Augustus Rookwood durante su rutina diaria en el Ministerio y después de su jornada laboral.

La joven auror echó un vistazo rápido a los rostros de los presentes. Algunos inclinaban la cabeza con interés, otros se limitaban a observarla con la gravedad que requería el asunto.

—Durante una vigilancia —continuó—, Pudimos ver algo que se salía de su rutina, y es que se reunió con un desconocido en un almacén en el Callejón Knockturn.

Tonks hizo una breve pausa para ordenar sus ideas y prosiguió.

—El hombre mide aproximadamente metro ochenta, de complexión delgada, pero no frágil. Su forma de moverse es rígida, calculada, como si estuviera acostumbrado a esconderse o a moverse entre las sombras. Viste una túnica negra con los bordes deshilachados y, lo más llamativo, es que lleva un anillo.

Sus dedos trazaron inconscientemente un dibujo en el aire.

—De color oscuro, o tal vez, plata ennegrecida. Mano derecha, dedo meñique. El diseño recuerda una espiral, simple, pero reconocible. Con una piedra en medio. No se parece a ningún emblema oficial del Ministerio. Tampoco era un simple adorno: tenía algo… simbólico. Importante. Como una muestra de identidad.

Se reacomodó ligeramente antes de ahondar en su explicación.

—Cuando el desconocido lo mostró, Rookwood pareció complacido. Como si supiera que podía fiarse de él. como si ese anillo le garantizara que lo que iba a recibir era información de calidad.

Tonks tomó aire y siguió.

—La conversación fue breve. Se intercambiaron documentos, una carpeta, en que se distinguía un sello: parecía una variante del Departamento de Misterios, aunque no oficial. Al menos no como el que se usa actualmente. Tras unos minutos más, simplemente se desvanecieron.

Al terminar, miró a Moody. Él no añadió nada, dando el informe por finalizado.

Un murmullo recorrió la mesa, inquieto. Kingsley inclinó la cabeza con expresión ceñuda, y Sirius, apoyado en su silla con los brazos cruzados, soltó un leve silbido.

—Nada bueno puede salir de eso —murmuró. — Como todo lo que tiene que ver con el Departamento de Misterios.

Entonces, desde un rincón mal iluminado, alguien que rara vez aportaba algo a las reuniones se enderezó en su asiento y alzó la voz.

—¿Dijiste una espiral?

Mundungus Fletcher, que hasta ese momento había tenido la cabeza perezosamente apoyada en una mano y los ojos perdidos en el infinito, de repente, la miraba sin pestañear.

—Sí — respondió ella —. ¿Lo reconoces?

—No al tipo, claro. Pero sí al símbolo.

La cocina quedó en silencio.

—Creo que sé quién puede ser ese hombre —dijo en voz baja, pero con una certeza que hizo que todas las caras se volvieran hacia él. — O vaya, al menos, saber para quien trabaja.

Moody fijó su ojo mágico en Mundungus con intensidad.

—¿Quién?

Mundungus titubeó por un instante, como si no estuviera seguro de si debía compartir la información o no. Remus, que lo observaba con una expresión escrutadora, pareció conectar las piezas y tomó la palabra.

—Por la descripción del anillo, podría ser alguien relacionado con Baltasar Greaves.

El nombre cayó como una piedra en el centro de la mesa. Algunos de los presentes se removieron en sus asientos.

—Greaves solía trabajar en el Departamento de misterios hace años — explicó Kingsley — Fue despedido bajo circunstancias sospechosas. Se decía que estaba involucrado en actividades ilícitas, incluso con los mortífagos, aunque nunca se pudo probar nada.

Sirius se inclinó sobre la mesa y tomó la palabra.

—Claro, Baltasar Greaves —repitió con un tono de reconocimiento amargo—. Me acuerdo de él en Hogwarts. Iba unos cursos por delante de nosotros. Siempre fue un tipo raro.

Lanzó una mirada a Remus y luego a Mundungus, que asintieron en señal de acuerdo.

—Últimamente, su nombre solo aparece en asuntos turbios —añadió Sirius, con una sonrisa ladeada llena de sarcasmo—. Como suele decir Dung.

Mundungus se encogió de hombros con expresión casi orgullosa, satisfecho de que le vincularan con el adjetivo “turbio” en una conversación seria.

La revelación llenó la sala de cuchicheos.

Tonks tomó nota mental de investigar más a fondo a Greaves, mientras la reunión se tornaba hacia los próximos pasos.

Habían empezado la noche con una pista borrosa y habían terminado con un nombre que prometía más preguntas que respuestas. Pero al menos tenían un hilo del que tirar.

Por fin.

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Tras la reunión, Tonks estaba de pie, inclinada sobre la mesa, recogiendo un montón de pergaminos y plumas que habían quedado desparramados. Murmuraba para sí, intentando meter todo en una carpeta que ya amenazaba con estallar, mientras repasaba mentalmente los puntos clave de la conversación.

—Tonks

Ella reconoció la voz y alzó la vista, sorprendida.

No se esperaba ni por asomo que Remus Lupin le dirigiera la palabra. 

Parecía cansado, con las ojeras marcadas y el semblante pálido, como si acabara de superar una enfermedad.

Pero había algo distinto.

Sus facciones, siempre tan serias, se habían suavizado. Incluso sus ojos, habitualmente apagados, brillaban ahora con un fulgor que no creía posible en él.

—Buen trabajo —dijo con un tono sincero, aunque algo contenido—. La información que compartiste… fue crucial. Nos has dado una pista importante.

—Solo estaba haciendo mi trabajo —respondió ella, encogiéndose de hombros, intentando aparentar neutralidad.

Un silencio extraño se instaló entre ellos, no del todo incómodo.

Tonks se movió para rodear la mesa, pero, fiel a su costumbre, su pie tropezó con la pata de la misma.

Se tambaleó hacia adelante, pero antes de que pudiera caer, una mano firme la sostuvo por el brazo, estabilizándola.

—¿Siempre tan torpe? —preguntó Lupin, con un atisbo de diversión en su voz, aunque sin rastro de burla.

Tonks se enderezó rápidamente, intentando ignorar el rubor que sentía subir por sus mejillas.

—¿Es tu primera impresión sobre mí? —respondió en un gesto desafiante, aunque sus labios empezaron a arquearse.

Remus dejó escapar una risa breve, un sonido ligero, inesperado, que volvía a contrastar con su habitual apatía. Tonks no se dio cuenta, pero su sonrisa se amplió un poco más.

—He visto peores primeras impresiones —admitió, ladeando la cabeza—. Pero no te preocupes, la tuya no es nada mala.

—¿No? — preguntó ella, escéptica.

—No, la mía probablemente ha sido peor.

Un silencio más denso cayó entre ambos, como una losa.

Tonks, ahora sí algo incómoda, desvió la mirada sin estar segura de qué responder.

Hasta entonces, Lupin se había mostrado hermético, completamente inaccesible, por lo que no podía evitar sentirse descolocada ante aquel comentario repentino y tan inesperadamente honesto.

Él apartó la mirada un instante, pensativo, como si eligiera con cuidado lo que quería decir. Cuando volvió a alzar los ojos, su expresión seguía siendo tranquila, incluso amable.

—Admito que he sido algo… distante — dijo con sencillez — No suelo relacionarme mucho con la gente, pero eso no significa que no pueda hacerlo mejor. Siento si te he parecido malhumorado o esquivo. No era mi intención.

Tonks abrió los ojos, desconcertada por su franqueza, y aún sin saber qué pensar. Pero había algo en su tono, en la forma en que la miraba, que parecía auténtico, casi vulnerable.

Antes de que pudiera reaccionar, él extendió una mano hacia ella, con una pequeña sonrisa.

—Volvamos a empezar. Remus Lupin.

Tonks miró su mano y luego a él. Enseguida, una chispa de diversión brilló en sus ojos y la estrechó con firmeza, dejando atrás cualquier incomodidad previa.

—Tonks. Solo Tonks.

Su piel era cálida, firme, pero suave, en clara discrepancia con la reserva inicial que él le había mostrado.

—Espero que las primeras impresiones no lo sean todo —murmuró con una leve inclinación de cabeza.

—Claro que no — dijo ella, más cómoda por fin.

Lupin sostuvo su mirada por un instante más antes de soltar su mano con suavidad.

—Por cierto —añadió, adoptando un tono más casual—, la familia Weasley es muy divertida. Estoy seguro de que te llevarás bien con ellos. No te pierdas la cena inaugural. Te aseguro que te divertirás.

Tonks alzó una ceja con fingida incredulidad.

—¿Tú crees?

Lupin asintió, con una sonrisa casi imperceptible.

—Los conozco bien. Son cálidos, acogedores… y tienen un sentido del humor peculiar. Te harán sentir como en casa.

Tonks soltó una pequeña risa y se cruzó de brazos, suspicaz.

—Eso es mucho decir para alguien que apenas me conoce.

Remus se tomó un momento, como si considerara su respuesta con cuidado.

—No hace falta conocerte demasiado para saberlo —dijo, con calma—. Algunas personas simplemente encajan. Y los Weasley… en fin, seguro que te llevarás muy bien con ellos. 

Tonks alzó las cejas, como si tanteara su observación, pero enseguida buscó sus ojos.

—Está bien, Lupin. Me fiare de tu criterio.

Él sonrió una vez más antes de despedirse y retirarse con su característico andar tranquilo.

Tonks lo siguió con la mirada, sintiendo por primera vez que, tal vez, Remus Lupin no era del todo indiferente.

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La mañana siguiente, Grimmauld Place rebosaba de risas y bullicio, y todo apuntaba a que aquel sería solo el comienzo de un verano ruidoso y lleno de vida.

La familia Weasley, acompañada de Hermione, había llegado temprano con su característica mezcla de desorden y energía, arrastrando baúles, jaulas y un sinfín de pertenencias.

Sirius los recibió en la entrada con una sonrisa radiante, como si el simple hecho de ver la casa tan llena le devolviera algo que había perdido hacía mucho tiempo.

Saludó con una presión de manos firme a los adultos, un apretón de manos para Fred, George y Ginny y un abrazo especialmente fuerte para Ron y Hermione, quienes parecían sorprendidos pero encantados por su efusividad y buen aspecto.

—¡Anda! —exclamó Ron – Se te ve bien, Sirius.

—Mejor que la última vez que me viste, ¿eh? —replicó él, con una media sonrisa.

Hermione también le devolvió el abrazo con calidez.

—Definitivamente estás mucho mejor que la otra vez que te vimos — añadió con una sonrisa genuina, como si aquello la aliviara profundamente —. Estar aquí te ha sentado bien.

—¡No me hagáis mucho caso, que todavía puedo ser un viejo gruñón cuando quiero! —bromeó Sirius, guiñándoles un ojo antes de apartarse para dejarles pasar.

Mientras los baúles y cajas se apilaban precariamente junto a la puerta, los recién llegados comenzaron a adaptarse al entorno.

Hermione no tardó en fijarse en cada rincón, observándolo todo con la expresión de quien intenta memorizar cada detalle. Sin embargo, su atención quedó atrapada en el primer tramo de escaleras, donde las cabezas disecadas de antiguos elfos domésticos colgaban de la pared.

Su expresión osciló entre la indignación y la repugnancia.

—Esto es… horrible —susurró, sin apartar la vista de aquellas macabras reliquias.

A su lado, Fred y George parecían tener una opinión completamente distinta.

—¡Sirius! —exclamó George, con una mirada astuta—. ¿Te parece que podríamos hacer un pequeño ajuste a la decoración?

—¡Si! Unas guirnaldas, algo de luz… —añadió Fred, con entusiasmo exagerado—. ¡O mejor aún, podríamos vestir a los elfos con gorritos festivos!

Sirius arqueó una ceja, divertido.

—No negaré que la casa necesita algunos cambios —concedió—, pero no os hagáis muchas ilusiones. Kreacher se pondría hecho una furia si tocaseis «su museo».

—Ah, ¿sí? —preguntó Fred con interés—. ¿Y si solo movemos una cabecita… un centímetro?

—Entonces probablemente despertéis a la señora Black —respondió Sirius con una mueca—. Y os aseguro que no queréis eso.

Ginny, que hasta entonces había permanecido en silencio, se adelantó con curiosidad.

—¡Queremos un tour completo! Seguro que esta casa tiene un montón de secretos.

—Oh, más de los que os imagináis —dijo Sirius con una sonrisa traviesa—. Pero os advierto: después de verlos, tendréis pesadillas.

Fred y George intercambiaron miradas cómplices, encantados con la idea, mientras Sirius les hacía un gesto para que le siguieran.

Mientras tanto, Ron y Hermione se habían quedado un poco atrás, inmersos en una de sus discusiones habituales.

—Te digo que no tiene sentido —bufó Ron—. No pueden haber puesto los dormitorios en el tercer piso si la biblioteca está en el subterráneo. Es incómodo.

—¿Y por qué sería incómodo? —replicó Hermione con tono exasperado—. ¿Acaso necesitas estar cerca de la biblioteca?

—¡No, pero tú sí! —Ron alzó las manos en un gesto de frustración—. Y si pasas todo el día en ella, luego te quejarás de que las escaleras están demasiado empinadas.

—¡Eso no tiene ninguna lógica, Ronald!

Sirius, que los había escuchado al pasar, les lanzó una mirada entre divertida y resignada.

—No me digáis que vais a discutir sobre la distribución de la casa…

—No estamos discutiendo —respondieron los dos al unísono, lo que solo consiguió hacer que Sirius soltara una carcajada.

—Como digáis —dijo con una sonrisa—. Pero si de verdad os interesa la arquitectura de Grimmauld Place, os contaré sobre las trampas que mi madre dejó instaladas.

Eso bastó para captar la atención de todos. Fred, George y Ginny se apresuraron a seguirle escaleras arriba, mientras Ron y Hermione, olvidando momentáneamente su disputa, se miraban con renovado interés.

—¿Trampas? —repitió Ron, intrigado.

—Esto va a ser interesante —murmuró Hermione, con una mezcla de diversión y recelo.

Mientras los jóvenes exploraban la casa con Sirius, Molly Weasley ya empezaba a planificar su siguiente batalla doméstica.

Sobre la mesa de la cocina, preparaba su arsenal: trapos, estropajos, barreños, pociones abrillantadoras y todo utensilio que mereciera estar en campaña.

El terreno era hostil, pero Molly no conocía la palabra “rendirse”.

Para ella, la misión era clara: convertir Grimmauld Place en un verdadero hogar, no solo para su familia, sino también para los miembros de la Orden del Fénix.

No tardó en plantarse en el centro de la sala como una comandante en formación, donde los chicos —su fiel, aunque poco disciplinada, brigada de limpieza— esperaban tras la visita turística de Sirius.
Con las manos en las caderas y la mirada escaneando el terreno, Molly tomó nota mental de cada mota de polvo como si fueran puntos estratégicos en un mapa de guerra.

—¡En formación! —ordenó con voz firme, logrando incluso que Sirius levantara las cejas—. Quiero este lugar más resplandeciente que el suelo de Gringotts.

Fred y George compartieron una mirada de resignación.

— ¿Nos está poniendo a trabajar en una casa encantada llena de trampas mortales? —murmuró Fred.

—Me temo que sí, hermano —asintió George, con aire dramático—. Mamá ha desenvainado la varita.

Molly, con su oído de madre entrenado para detectar sarcasmos a kilómetros, les lanzó una mirada severa que hizo que ambos rectificaran la postura.

—Os oí, jovencitos. Y cuanto antes empecéis, antes podréis terminar.

Mientras Fred y George se arrastraban hacia su tarea, Sirius se “unió” a la operación… aunque de una manera mucho menos meticulosa. En lugar de limpiar, más bien revolvía recuerdos, sacaba viejos artefactos y, de vez en cuando, los arrojaba al aire con el temor – o el deseo – de que alguno hiciera algo peligroso.

Molly, en cambio, se atrincheró en su territorio preferido: la cocina.

Con la varita en alto y el ceño fruncido, puso en marcha un ejército de cucharas, cucharones, cuchillos, calderos y cazuelas que obedecían como soldados bien adiestrados.

Los ingredientes —lavados, pelados y cortados al vuelo — surcaban el aire en formación, aterrizando con precisión en sus respectivas ollas.

La harina flotaba como una nube blanquecina, amasándose perezosamente antes de asentarse sobre la mesa, tomando la forma, color y olor de unas empanadillas que prometían ser una experiencia para los sentidos.

Su determinación era imparable. Y su dominio de la magia doméstica, legendario.

En cuestión de media hora, olores deliciosos empezaron a impregnar las paredes, colarse por los pasillos y trepar por las escaleras, anunciando que la señora Weasley había tomado el mando.

Ginny y Hermione se unieron a las filas de su comandante con entusiasmo, pero Ron prefería el rol de inspector de calidad.

—¡Ronald! —exclamó Molly, interceptando su mano justo antes de que capturara un trozo de tarta de carne—. En mi cocina, el saqueo es delito grave.

—Solo comprobaba que estuviera bien sazonado —replicó él, con la boca demasiado llena para convencer a nadie.

Ginny le dio un codazo.
—Deberían ponerte a trabajar con Fred y George. Así sabrías lo que es sufrir de verdad.

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Pese a los pequeños desórdenes, desastres y batallitas, la gran mesa de la cocina, que en un principio había estado cubierta de trastos, pergaminos y plumas, comenzó a llenarse de platos y fuentes rebosantes de comida.

Para cuando todo estuvo listo, la estancia había adoptado un ambiente cálido y familiar que contrastaba claramente con su pasado lóbrego y oscuro.

Era como si, por un hechizo no pronunciado, Grimmauld Place hubiera empezado a transformarse en una extensión de La Madriguera.

Las sillas, todas desparejadas, habían sido arrastradas hasta la mesa sin demasiado orden, pero nadie se molestó en arreglarlas. No era una cena formal, sino algo mejor: un improvisado banquete familiar.

Fue entonces cuando se escuchó el sonido de pasos en el pasillo y la puerta de la entrada se abrió de golpe.

Kingsley Shacklebolt entró con su habitual porte imponente, seguido de Alastor Moody, que inspeccionó la sala con su ojo mágico girando en todas direcciones.

—¡Buenas tardes a todos! —exclamó Tonks, irrumpiendo en la casa con su energía habitual y su torpeza de siempre. En cuanto puso un pie dentro, tropezó con una alfombra mal colocada y casi se fue de bruces.

Pero se quedó tan pasmada al ver la mesa rebosante de comida que ni tiempo tuvo de avergonzarse.

—¡Guau, qué pasada! —exclamó—. ¡Esto parece el menú de Hogwarts en víspera de Navidad! Molly, te has superado.

Su estómago rugió audiblemente, y Fred soltó una carcajada.

—Parece que alguien tiene hambre.

—Después de un día entero de entrenamiento con Kingsley, tengo el estómago pegado a la espalda —refunfuñó la auror, dejándose caer en una silla como si acabara de sobrevivir a su propia guerra.—. No me digáis que esto es todo para nosotros…

—No veo a nadie más aquí, así que será mejor que empieces antes de que Ron se lo acabe todo —dijo George, dándole una palmada en la espalda a su hermano.

Arthur y Molly se apresuraron a hacer las presentaciones, aunque Ginny y Hermione ya se habían adelantado, acercándose a Tonks con una mezcla de curiosidad y entusiasmo.

Ginny observaba su atuendo con los ojos brillantes, fascinada por su estilo desenfadado y rebelde, mientras que Hermione, aunque más acostumbrada a la ropa muggle, no podía evitar notar lo extravagante que era su elección.

—¡Me encanta tu pelo! —exclamó Ginny, admirando los mechones rosa chicle con auténtica fascinación.

Tonks rió, divertida por el tono de la joven.

—¿Sí? Bueno, pues aún no habéis visto nada…

Y con un guiño juguetón, su cabello cambió al instante a un azul eléctrico chispeante, como si acabara de caerle un rayo en la cabeza.

Ginny y Hermione soltaron un pequeño grito ahogado de sorpresa antes de sonreír, fascinadas.

No tardaron en acomodarse todos alrededor de la mesa y empezar a comer.

Fred y George compartían anécdotas con Kingsley y Sirius, intercalando comentarios con mordiscos entre plato y plato.

Moody, más callado, devoraba empanadillas como si llevara días sin probar bocado, y Hermione y Ginny relataban a Tonks —entre risas y alguna que otra queja— el riguroso plan de limpieza que Molly había ideado.

—Este es el primer paso para que Grimmauld Place vuelva a ser una casa de verdad —declaró Molly con una expresión satisfecha, uniéndose a la conversación—. Y, además, así os aseguráis de estar ocupados en algo útil este verano, en lugar de andar holgazaneando.

Fred y George se llevaron la mano al pecho en un gesto teatral de indignación.

—¡Pero mamá! ¿Es que no comprendes que estamos en plena fase de desarrollo de nuestros nuevos productos? —protestó Fred—. La innovación requiere tiempo.

—¡Y tranquilidad! —añadió George, con un aire solemne.

—Oh, vamos, Molly — intervino Sirius, guiñado un ojo a los gemelos — Si dejas a estos dos un rato solos en la casa, seguro que encontrarán algo útil que hacer… como hacer volar las cortinas del salón.

Los gemelos se miraron con los ojos brillantes, intentando fingir que aquella maravillosa idea no se les había ocurrido a ellos ya.

Antes de que Molly pudiera responder, la puerta al fondo de la cocina se abrió de nuevo, dejando entrar una brisa suave junto a una figura de andar tranquilo.

Remus Lupin apareció en el umbral, deteniéndose apenas un instante al ver la mesa repleta de rostros familiares. Su mirada recorrió la escena, y algo en su expresión se suavizó de inmediato, como si aquella imagen le recordara lo que era pertenecer a un hogar.

Arthur fue el primero en levantarse para recibirlo, seguido de inmediato por sus hijos, que lo rodearon con la calidez natural de quien acoge a alguien que ya forma parte de aquella familia grande y bulliciosa.

Desde su asiento, Tonks los observaba en silencio. Estaba acostumbrada a ver a Remus con la Orden: contenido, distante, siempre con ese aire de resignada compostura.

Pero allí, entre los Weasley, parecía diferente. Casi feliz.

Por un breve instante, los ojos de Remus se encontraron con los de Tonks y le sonrió, de forma tan cálida y sincera que la pilló desprevenida, y tuvo que desviar la mirada.

La tarde se deslizó entre carcajadas y conversaciones animadas, mientras los platos se vaciaban y las historias fluían con naturalidad.

Los gemelos tenían la habilidad innata de hacer reír a todos. Con gestos exagerados y expresiones dramáticas, relataban sus últimos experimentos, algunos tan absurdos como hilarantes.

—Y entonces, ¡BUM! —exclamó Fred – o George –, gesticulando con entusiasmo—. La tetera empezó a hincharse como un sapo con hipo, y mamá casi nos mata.

—Exageras —intervino George – o Fred –, con un aire de falsa dignidad—. Fue un silbido armonioso.

—¡No fue un silbido, George! —interrumpió Ginny, entre risas—. Sonó como si estuviera a punto de explotar.

—Eso solo hizo que el desayuno fuera más emocionante —se defendió el gemelo, encogiéndose de hombros.

Sirius, desde su silla, reía con ganas.

—Por Merlín, os habría adoptado si os hubiera conocido antes. Sois el tipo de caos que esta casa necesitaba.

—Bueno, bueno, si insistes… —dijo Fred con fingida modestia—. Pero tendrás que hacernos sitio en el testamento.

Entre las risas y el bullicio de la habitación, Hermione no paraba de lanzar miradas a Tonks.

No dejaba de dar vueltas a la facilidad con que la auror había cambiado el color de su cabello. Su curiosidad, como siempre, terminó ganando la batalla.

—Tonks, ¿cómo lo haces? Lo de cambiar de aspecto. ¿Es un hechizo o…?

La auror, sin perder la sonrisa, negó con la cabeza.

—No, no es un hechizo. Soy metamorfomaga.

Ginny frunció el ceño, claramente desconcertada, mientras Hermione abría mucho los ojos.

—¡Claro! —exclamó, como si de repente todo tuviera sentido—. Había leído sobre esto en los libros de Transformaciones… y McGonagall lo mencionó en clase.

Ron, distraído con su tenedor, alzó la vista.

—Ah… ¿sí? —preguntó, rascándose la cabeza—. ¿Lo dijo McGonagall?

Hermione le lanzó una mirada fulminante.

Justo cuando iba a reprenderlo por no prestar atención en clase, Ginny intervino con impaciencia:

—¿Qué significa eso?

Tonks se acomodó en su silla, disfrutando de la atención.

—La metamorfomagia es la capacidad de cambiar tu aspecto físico. No sólo la cara o el cabello, sino todo tu cuerpo.

Ginny asintió lentamente, aunque su expresión seguía mostrando confusión.

Tonks se acomodó y se explicó con entusiasmo.

—Si quiero, puedo hacerme más alta, más baja, cambiar el color de mi piel, de mis ojos, o hacerme una versión de mí misma con alas de murciélago si me apetece. La clave está en el control, porque no siempre es tan fácil como parece.

Los gemelos, que hasta ahora habían estado bromeando con Sirius, giraron la cabeza al instante.

—Espera, espera… —interrumpió Fred, mirándola incrédulo—. ¿De verdad puedes hacer todo eso sin usar un solo hechizo?

—Sí —respondió Tonks, con aire travieso—. Es una habilidad hereditaria. En mi caso, mi madre también lo es.

—¿Y puedes cambiar todo tu cuerpo de una vez? —preguntó Ron, mientras masticaba un muslo de pollo.

Tonks negó con la cabeza, sincera.

—En teoría, sí. Pero yo aún no tengo el control suficiente para lograr un cambio completo. A veces puedo modificar varias cosas a la vez, pero cuanto más amplio es el cambio, más difícil es mantenerlo. No es solo transformarse: es sostenerlo, afinar los detalles… y eso lleva años. Yo fui aprendiendo desde pequeña.

Los Weasley la miraron en silencio.

Tonks se inclinó sobre la mesa, apoyando los codos con gesto cómplice, y sonrió ante las miradas curiosas que la rodeaban.

Ginny, entusiasmada, no pudo evitar decir:

—¡Tienes que hacernos una demostración!

Los gemelos, como no podría ser de otra manera, no tardaron en unirse a la petición. Sus miradas brillaban con la misma anticipación de siempre, las sonrisas amplias y contagiosas.

Tonks entrecerró los ojos, simulando que estaba evaluando la situación.

—No sé, no sé… —dijo, alzando una ceja con falsa duda, dándose cuenta de que la conversación había ido atrayendo la atención de todos.

Los gemelos comenzaron a poner caras exageradamente dramáticas, haciendo gestos con las manos como si estuvieran ante un espectáculo. Ginny, con su energía desbordante, juntó las manos como si estuviera pidiendo un deseo. Incluso Ron, no pudo resistirse y murmuró:

—Venga, Tonks, no nos dejes con la intriga.

Tonks no pudo evitar soltar una risita, alzando las manos en un gesto de rendición.

—Está bien, pero luego me vais a deber un favor

Y sin más preámbulos, se preparó para sorprenderlos.

Tonks cerró los ojos, concentrada, y tras pocos segundos, comenzó a transformarse. Si Ginny y Hermione pensaban que ya se habían impresionado, aquello las dejó completamente boquiabiertas.

El rostro de la auror pasó por una serie de cambios vertiginosos, cada uno más extravagante que el anterior: orejas de conejo que sobresalían de su cabeza, una nariz de pato perfectamente modelada, antenas de insecto asomando desde su frente, un adorable morro de cerdo, y, para terminar, una melena plateada que caía sobre sus hombros y una barba que casi rozaba el suelo.

—¡Dumbledore! —exclamó Ginny, cubriéndose la boca con las manos

Tonks juntó las manos a la espalda y carraspeó dramáticamente. Luego, con una expresión solemne y una sonrisa traviesa, proclamó:

—»La felicidad se puede hallar hasta en los momentos más oscuros… siempre que uno recuerde encender la luz.»

Y guiñó un ojo a Ginny.

Los gemelos estallaron en carcajadas y Sirius, aplaudió con entusiasmo, riendo de buena gana.

—¡Eso es brillante!

Tonks no dejó que la oportunidad se escapara para relucir su número estrella.

Cerró los ojos con fuerza, hizo un par de movimientos rápidos con la nariz y, en un abrir y cerrar de ojos, su rostro se transformó en algo completamente distinto: orejas puntiagudas que se alzaban por encima de su cabeza, un hocico que sobresalía de sus labios, y con una sonrisa traviesa, dejó escapar un aullido gutural que resonó por toda la cocina.

Una oda a la luna. La llamada del lobo.

Hubo un breve silencio seguido de más risas y aplausos por toda la mesa. Incluso Molly, que estaba entretenida recogiendo platos, no pudo evitar desviar la mirada y negar con la cabeza, divertida.

—¡Brutal! —gritó George, golpeando la mesa con entusiasmo.

—¡Fenomenal! —añadió Fred alzando su vaso en un brindis improvisado, mirando a Tonks con una mezcla de admiración y gratitud.

Tonks, entre carcajadas, recuperó su aspecto original. Su cabello volvió a su tono rosa habitual, alborotado como si también hubiera disfrutado del espectáculo, y su rostro recobró su forma humana, libre de hocicos, bigotes, pinzas o antenas.

—¡Por Merlín, enséñanos a hacer eso! —George no podía contener su asombro y suplicó, con los ojos brillando de emoción mientras se inclinaba hacia ella, como si estuviera ante la oportunidad de descubrir el mayor truco del mundo.

Tonks los miró a los dos y negó con la cabeza.

—Lo siento, chicos, pero es talento natural.

—¿Eso qué quiere decir? — preguntó Ron, que parecía sumarse a la súplica de Fred y George

—Que no se aprende — intervino Sirius, cruzando los brazos con una sonrisa pícara—. Es un don hereditario, con una barrera de sangre.

Fred y George suspiraron, al unísono, mirándola con cara de decepción exagerada. Hermione bufó fastidiada mientras se miraba un mechón rebelde de su cabello, deseando poder encontrar alguna forma de dominar ese encrespamiento que tanto la molestaba.

—O sea, que no hay forma de que yo pueda hacerlo —insistió George, frunciendo el ceño.

Remus, que había permanecido en silencio hasta ese momento, aunque no se había perdido ni una sola transformación, se permitió intervenir con una sonrisa tranquila.

—La habilidad viene con la sangre, como los elfos o los animagos naturales —explicó — No hay una fórmula que puedas aprender para hacerlo tú mismo. Es algo que simplemente… ocurre. La metamorfomagia es una habilidad poco frecuente y muy espectacular —dijo, mirando a Tonks con complicidad—. Muy pocos magos tienen la capacidad de cambiar de aspecto sin pociones ni encantamientos.

Tonks le miró sorprendida por sus conocimientos y él le sonrió con ligereza, con una chispa en los ojos que le iluminaban el rostro de una manera que ella nunca le había visto antes. Casi le parecía otra persona.

Sin darse cuenta, su propia sonrisa se ensanchó. No solo porque había logrado esquivar otro posible Dawlish en su vida, sino porque Remus Lupin le parecía mucho más agradable de lo que había anticipado. Alguien a quien tenía ganas de conocer.

En ese momento, Fred, con su típica sonrisa pícara, se inclinó hacia George y, en voz baja, murmuró lo suficientemente alto para que todos lo escucharan:

—Si algún día conseguimos hacernos metamorfomagos, ¿crees que podríamos cambiar la disposición de nuestras pecas para que nuestra madre por fin pueda reconocernos?

George no pudo evitar soltarse, riendo estruendosamente mientras respondía:

—Solo si eso incluye hacernos más guapos, Fred. ¡Necesitamos algo que salvar!

La risa estalló por toda la habitación, pero fue entonces cuando Molly, que estaba de pie cerca de la mesa, los miró con una mirada fulminante, como queriendo decir “Yo siempre sé quién es quién”.

Tonks, entre tanto, disfrutaba del momento y cruzó los brazos con una sonrisa juguetona.

—No estoy segura de que se pueda mejorar lo que ya tenéis, chicos —respondió

La risa se intensificó, llenando la cocina con esa calidez caótica tan típica de los Weasley. Y Tonks, entre bromas y jolgorio, se sorprendió sintiéndose completamente a gusto en aquel caos entrañable.

La noche siguió con más conversaciones, risas y buen humor, hasta que, poco a poco, el ambiente se empezó a calmar, y se dio paso a momentos más tranquilos.

Sirius se acercó a Tonks y se dejó caer en la silla a su lado.

Le pasó una cerveza bien fría.

—Toma, prima, te la has ganado — dijo él, brindando con ella — Vaya numerito.

Ella no pudo evitar sonreír ante el sonido de la palabra “prima”. Le gustaba.

—Gracias, y gracias por la cerveza—respondió, llevándose la botella a los labios y disfrutando del frescor en su garganta —La necesitaba

Sirius bebió un trago y se acomodó en la silla observando el ambiente con una expresión que mezclaba nostalgia y asombro.

Señaló con la cabeza a los Weasley, que seguían inmersos en bromas y anécdotas.

—¿Sabes? Nunca imaginé ver un ambiente como este en esta casa —dijo en voz baja, como si aún le costara creerlo—. Cuando era niño… Grimmauld Place era todo lo contrario a esto.

Tonks le miró de reojo, pensando en el retrato de la familia Black que le había esbozado su primo.

—Me lo imagino —murmuró, siguiendo su mirada, pensando en las marcas de quemaduras en el tapiz familiar —. No creo que tu madre estuviera muy por la labor de acoger cenas animadas como esta.

Sirius soltó una carcajada seca.

—Walburga Black tenía opiniones muy claras sobre cómo debía comportarse una familia de «sangre limpia» —dijo con una mueca burlona—. Y te aseguro que no incluían una mesa repleta de pelirrojos bulliciosos y mestizos descarados.

Tonks sonrió con picardía y llevó una mano a su pecho con fingida solemnidad.

—Vaya, entonces seguro que le habría encantado verme aquí.

Sirius estalló en una risa más sincera esta vez, justo cuando Remus se unió a ellos, tomando asiento con una expresión tranquila.

—¿De qué os reís? —preguntó, echándoles una mirada curiosa mientras alcanzaba otra cerveza para él.

—De lo mucho que le encantaría a la difunta señora Black esta cena —explicó Sirius, apoyándose en el respaldo de la silla con aire desenfadado.

Remus arqueó una ceja y se inclinó hacia ellos en un gesto conspirador.

—Bueno, si os sirve de consuelo, probablemente ahora mismo esté revolviéndose en su retrato.

—Es posible que la escuchemos gritar en cualquier momento —añadió Sirius

Tonks frunció el ceño y miró a los dos alternativamente, hasta que algo hizo clic en su cabeza.

—Esperad… ¿el retrato que suelta cascadas de insultos cada vez que alguien respira demasiado fuerte, hace ruido o tropieza con el paragüero…? —preguntó, mirando de reojo a Remus, que esbozó una sonrisa cómplice—, ¿es tu madre, Sirius?

Sirius levantó su botella en un gesto de falsa solemnidad.

—Sí, Tonks, has tenido el placer de ser insultada, reprendida y amonestada por la última matriarca del linaje, la muy honorable señora Walburga Black — anunció Sirius con toda la pomposidad que pudo fingir, antes de torcer la boca en una mueca cómica.

Tonks soltó una carcajada.

—Vaya, lo siento por ella. Porque me temo que voy a tropezar con ese dichoso paragüero muchas veces.

—Oh, de eso no hay ninguna duda —intervino Remus, dándole un sorbo a su cerveza con una sonrisa en los ojos.

Tonks parpadeó, sorprendida. Sirius le miró con picardía

—¿Acabas de hacer una broma, Remus Lupin?

—¿Yo? Jamás.

—Oh, sí que lo has hecho —insistió Tonks, sumándose a Sirius —. Hasta has sonreído con malicia.

Remus negó con la cabeza con aire impasible.

—No exageres, Tonks.

Sirius, que había estado observando la escena con una sonrisa creciente, intervino con tono teatral:

—Es cierto. Lo he visto. De hecho, creo que es la primera vez en la historia que Remus Lupin y la palabra malicia aparecen en la misma frase.

—No desviéis el tema. —interrumpió Remus con fingida seriedad, levantando su botella—. Creo firmemente que deberíamos hacer un brindis en su honor «Por Walburga Black, que en paz no descansa».

Tonks y Sirius rieron y alzaron sus botellas para chocar con la suya, justo cuando, al otro lado de la mesa, Fred y George compartían una sonrisa traviesa antes de que un fuerte BUM resonara en la cocina.

Sirius giró la cabeza, observó la humareda saliendo de la dirección de los gemelos, y luego volvió a mirar a Remus y Tonks con una sonrisa de satisfacción.

—Y por la paciencia de Molly —concluyó, alzando la botella—. La va a necesitar. Porque tampoco creo que pueda descansar tranquila con esos dos rondando por aquí.

Los tres rompieron a reír de nuevo, mientras la alegría de la cena seguía envolviendo Grimmauld Place en una calidez que, por primera vez, parecía hacerle justicia a la palabra hogar.

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NOTA DE AUTORA:

Tenía muchas ganas de introducir a los Weasley en esta historia. Como veis, a Molly la he imaginado como un auténtico comandante de guerra, guiando a su batallón contra las sombras, el polvo y la suciedad de la muy noble pero muy dejada Grimmauld Place 12. Lo que haría mi madre, vaya.

Intento que mis descripciones sean muy ricas en detalles para que podáis ver lo mismo que yo. Básicamente, visualizo a Molly igual que Lumiere en la Bella y la Bestia, en la escena de ¡Qué festín!. He ido adoptando escenas o fragmentos de otras historias que me gustaron o me inspiraron – como ya os mencioné la película de Monster House – que iré desgranando a medida que avancemos.

Creo que ya lo había mencionado antes, pero en mi versión, he hecho a Andrómeda metamorfomaga. Creo que la primera vez que leí Harry Potter, de hecho, pensé que lo era. Pero como no se ahondó en la historia, pues no le di más vueltas.

Uno de mis puntos de interés es, precisamente, profundizar en la magia familiar y la metamorfomagia de Tonks. Ya sabemos que, cuando sus emociones se desbordan, su magia hace estragos, pero ¿Hasta dónde es capaz de llegar? ¿Cuánto control tiene? ¿Puede mejorar? Ya lo veremos…

He adoptado un concepto que existe en otras sagas y películas, pero que, en mi opinión, donde está mejor explicado es en Naruto: la “barrera de sangre”. Incluso el nombre me parece perfecto y muy fiel a lo que describe. En esta historia, las familias de larga tradición tendrán hechizos y magia con barrera de sangre: hereditaria, congénita e imposible de aprender fuera del linaje.

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