Capítulo 7

Un nombre con carácter

El zumbido de plumas escribiendo solas llenaba el aire del Ministerio, entremezclado con el murmullo constante de conversaciones y pasos apresurados.

Tonks atravesaba la bulliciosa división de Aurores, esquivando escritorios y montones de pergaminos. Su cabello, esta vez de un llamativo violeta, destacaba en medio del gris predominante de las túnicas del resto de sus compañeros.

—¡Tonks! —la voz profunda de Kingsley Shacklebolt resonó desde el despacho de Moody.

Ella se detuvo en seco y retrocedió unos pasos, asomándose por el marco de la puerta.

—¿Necesitas algo, jefe? —preguntó con una sonrisa despreocupada.

Kingsley levantó la vista de un documento que sostenía y la miró con su habitual calma.

—Solo quería confirmar que entregaste el informe de la vigilancia de anoche. Lo necesitamos para revisar los movimientos en las zonas del sur.

Tonks soltó una risa nerviosa mientras rebuscaba en sus bolsillos. Finalmente sacó un pergamino arrugado y se lo mostró.

—¡Aquí está! Te lo iba a dejar ayer, pero… ya sabes. — Hizo un gesto vago con la mano, que Kingsley interpretó como «se me olvidó».

Él arqueó una ceja con una sonrisa leve, tomó el pergamino y, con un gesto de varita, lo alisó hasta dejarlo nuevo, como si no hubiera sobrevivido horas olvidado en el bolsillo de una túnica.

—A veces me pregunto cómo te las arreglas para ser tan buena auror con lo despistada que eres.

Tonks se llevó una mano al pecho en un gesto exagerado de indignación.

—¿Despistada? Soy un prodigio del caos organizado.

Kingsley rió en voz baja, sacudiendo la cabeza.

—Prodigio o no, esta noche te toca guardia. No te olvides.

—¿Otra vez? —frunció el ceño—. ¿Seguro que no están manipulando el calendario?

—No te quejes. Es parte del trabajo —replicó Kingsley, con su tono habitual, aunque con una chispa de humor en la mirada.

Tonks dejó caer la cabeza hacia atrás, soltando un largo bufido exagerado.

—Lo sé, lo sé. Pero ¿tiene que ser tan aburrido? Ni siquiera puedo tropezarme con algo interesante.

—Mejor guardias aburridas que problemáticas —dijo Kingsley, mientras enrollaba el pergamino y se levantaba.

Al pasar junto a Tonks, le dio una palmadita en el hombro

—Y si la noche es tan tranquila, aprovecha para avanzar con el resto de informes, que ya sabes que se acumulan.

Tonks rodó los ojos al mirar los papeles apilados en su escritorio.

—Sí, jefe, como si pudiera olvidarlo.

Kingsley salió de la sala, dejándola a solas con el rumor del departamento y la amenaza del aburrimiento que se avecinaba.

—Prodigio del caos organizado —repitió Tonks en voz baja.

Sonrió. Al menos sonaba mejor que auror novata con guardia nocturna otra vez, pensó mientras se ajustaba la túnica y salía al pasillo.

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Minn4 turno nocturno Greavess

El silencio del Ministerio de Magia a altas horas de la noche era casi absoluto.

Solo el ocasional chasquido de una vela o el crujido de un pergamino interrumpían la quietud. En uno de los despachos desiertos – el de Alastor Moody –, la tenue luz de una varita flotaba sobre un escritorio atestado de documentos polvorientos.

Nymphadora Tonks se inclinaba sobre ellos, con el ceño fruncido. Estaba de guardia junto a Anthony Wall, un auror algo más veterano que ella. Como la noche transcurría tranquila, habían decidido turnarse para vigilar. En aquel momento le tocaba a Anthony patrullar por el atrio, pero Tonks, en lugar de aprovechar la pausa para dormir, había preferido sumergirse en su propia investigación.

Antes, eso sí, había adelantado un par de informes con la esperanza de evitar una reprimenda de Kingsley por la mañana.

Se desperezó un momento, estirando la espalda, antes de volver a su lectura.

La quietud del Ministerio le ofrecía la intimidad perfecta para indagar sin interrupciones y sin levantar sospechas.

Llevaba horas revisando archivos en un intento de desenterrar información sobre Baltasar Greaves.

El hombre era un fantasma en los registros del Ministerio: empleado en el Departamento de Misterios hace años, despedido por razones que nadie había considerado digno de detallar. En cada ficha que revisaba, en cada pergamino que desenrollaba, su nombre aparecía y desaparecía en un mar de burocracia impenetrable.

Finalmente, en un viejo informe de incidentes disciplinarios, su paciencia dio un pequeño fruto.

«Tentativa de acceso no autorizado a la sala número 14 del Departamento de Misterios».

No se especificaba en qué consistía la sala ni qué contenía. De hecho, ni siquiera existía una mención oficial de su propósito en ninguna parte. Tonks chasqueó la lengua, exasperada.

Pasó a otro informe.

«Manipulación indebida de objetos mágicos altamente restringidos».

Nada más. Sin detalles. Sin contexto. Como si alguien se hubiera asegurado de que todo quedara envuelto en la misma niebla de secretismo que protegía al Departamento de Misterios.

—Pues vaya forma de evitar que los empleados hagan turbideces —murmuró entre dientes, frotándose los ojos.

El tiempo transcurrió sin que encontrara nada más sustancial. Solo referencias vagas, informes incompletos, detalles omitidos. Se apoyó en el respaldo de la silla con un suspiro y cerró los ojos un momento.

Al final, lo único que había conseguido era reafirmar lo que ya sabía: Greaves hacía estado metido en algo gordo, pero el Ministerio, con su hermetismo habitual, lo había enterrado bajo capas de papeleo inconexo.

Un ruido seco la sacó del letargo. Parpadeó, sintiendo los ojos pesados y resecos.

La puerta del despacho se abrió con firmeza, dejando entrar una corriente de aire frío del pasillo.

En el umbral, la imponente silueta de Alastor Moody se recortó contra la luz mortecina del amanecer. Su ojo mágico giró con un chasquido metálico hasta posarse en ella, evaluándola con su escrutinio habitual.

Tonks se restregó la cara con una mano y se incorporó un poco en la silla, tratando de disimular el hecho de que se había quedado dormida sobre una pila de documentos. Contuvo un bostezo antes de mascullar con voz pastosa:

—¿Ya ha pasado la noche…?

—Más bien, ya es de día —gruñó Moody

Su ojo mágico se deslizó por la mesa abarrotada de pergaminos, archivos y libros de acceso restringido.

Entre ellos, su pupila parecía un amasijo de extenuación: las ojeras le ensombrecían el rostro, los ojos enrojecidos le brillaban de cansancio, y el cabello —aquella mañana de un desvaído tono rubio pollo— estaba más alborotado que nunca.

El viejo auror carraspeó la lengua y curvó los labios en una mueca, su sonrisa habitual.

—Vete. Y pasa por el cuartel. Seguro que Molly Weasley te recibe con un buen desayuno.

Sus ojos, ambos esta vez, volvieron a la maraña de documentos.

—Déjame a mí con estos papeles —continuó —. Veré qué puedo sacar en claro.

Mientras hablaba, echó un vistazo por encima del hombro hacia la puerta entreabierta del despacho. La paranoia, más que la costumbre, le obligaba a asegurarse de que nadie llegara demasiado temprano y los encontrara allí, con información que no debería estar en manos de su pupila.

Tonks esbozó una sonrisa ladeada, incapaz de discutir.

Sentía los músculos entumecidos, la mente embotada y un vacío frustrante en el estómago. No tenía sentido seguir insistiendo cuando el sueño nublaba su juicio.

Con un suspiro, se puso de pie con movimientos torpes. Se echó la túnica al hombro, miró por última vez la mesa cubierta de papeles y a su mentor, y salió del despacho.

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Sus pasos la llevaron directa a Grimmauld Place.

Casi podía oler las tostadas y el café mientras esperaba en la puerta, abrazándose a sí misma en un intento de resistir el frío de la mañana y con el estómago rugiendo de hambre, a que el encantamiento Fidelio la reconociera.

Aunque sabía que los Weasley estaban dentro y el ambiente lúgubre de la casa había cambiado, el blasón sobre el portal no dejaba de hacerla sentir pequeña.

Pero aquella sensación se desvaneció enseguida. Nada más entrar en la cocina, la envolvió el aroma acogedor de mantequilla derritiéndose sobre pan recién horneado. El burbujeo suave del hervidor y el murmullo de la cafetera completaban la escena.

Molly Weasley, con su delantal anudado a la cintura y el cabello revuelto por el trajín matutino, se giró al verla, dedicándole una sonrisa maternal.

—Siéntate, querida, pareces agotada.

Sin esperar respuesta, Molly se acercó para ayudarla a despojarse de su túnica. En cuestión de segundos, una taza humeante de café apareció entre sus manos, seguida de un plato con tostadas recién hechas.

—Gracias, Molly. Eres un ángel — dijo la auror, llevándose la taza a los labios.

El calor de la cerámica le reconfortó los dedos entumecidos, y el primer sorbo le devolvió una chispa de energía.

Un golpeteo suave en la ventana rompió la calma.

Molly, con un rápido vistazo a ambos lados, se apresuró a abrir. Una lechuza de aspecto cansado se deslizó al interior con un leve aleteo, sacudiendo las plumas tras su largo viaje.

—Buenos días —saludó Arthur Weasley, entrando en la cocina, disimulando un bostezo.

Vestía su traje de oficina, con la corbata ligeramente torcida, y recogió de la encimera la taza de café que Molly ya le tenía preparada.

—Buenos días, Arthur —respondió Tonks con una sonrisa somnolienta.

El señor Weasley echó un vistazo a la lechuza, que se había posado sobre la encimera con el plumaje revuelto. Cogió un cuenco, lo llenó de agua y lo dejó frente al ave. La lechuza inclinó la cabeza con gratitud y bebió con avidez.

Mientras tanto, se acercó a su esposa y le depositó un beso en la mejilla antes de centrar su atención en la carta que ella sostenía con el ceño ligeramente fruncido. Sus ojos se movían frenéticamente de izquierda a derecha, como si quisiera guardar en su memoria cada palabra que leía.

El sonido de pasos en la escalera anunció la llegada de Sirius Black. Bajó con el andar despreocupado de quien no se rige por los horarios convencionales, descalzo y con el cabello aún despeinado.

—¡Mira quién ha vuelto de su guardia! —exclamó, con voz socarrona, al ver a Tonks.

Ella alzó la vista de su café y le dedicó una media sonrisa.

—Eh, Black. ¿Ya en pie tan temprano? ¿O es que tampoco has dormido?

—¿Dormir? ¿Qué es eso? —bromeó Sirius, dejándose caer en la silla junto a su prima.

Molly, sin interrumpir su ritmo, colocó frente a él una taza de café que Sirius aceptó con un leve asentimiento. Arthur, mientras tanto, terminaba de leer la carta.

Sirius notó la mirada inquisitiva de Tonks sobre ellos y desvió la suya hacia la lechuza, que seguía en la encimera, aun recuperándose.

—¿Noticias de Rumanía? —preguntó con interés.

Tonks frunció el ceño, curiosa.

—¿De Rumanía?

Arthur bajó la carta y asintió.

—Sí, nuestro hijo Charlie trabaja allí con dragones.

Los ojos de Tonks se iluminaron con una chispa de sorpresa y admiración.

—¿Charlie está en Rumanía con dragones?

—Sí —confirmó Arthur con una sonrisa orgullosa—. Trabaja en una reserva en los Cárpatos. Siempre tuvo un don con las criaturas mágicas, y los dragones son su especialidad.

Tonks no pudo evitar soltar un suspiro, dejando escapar una sonrisa involuntaria.

—Charlie Weasley… —murmuró para ella misma, saboreando el nombre con algo más que simple interés.

Había pasado un curso entero enamorada de él.

Capitán de Quidditch de Gryffindor, fuerte, atractivo, con ese carácter abierto y vivaz que hacía que todo el mundo se sintiera cómodo a su alrededor. Y ella, una simple bateadora del equipo de Hufflepuff, que intentaba encontrar cualquier excusa para hablar con él después de los partidos, esperando que, tal vez, él la viera de otra manera.

Nunca pasó.

Aún recordaba a sus compañeros de Hufflepuff bromeando sobre su enamoramiento, animándola a declararse de una vez por todas. «Vamos, Tonks, que lo peor que puede pasar es que te diga que no y salgas volando en la escoba con dignidad». Ella siempre fingía que no le importaba, que no era tan grave, pero en el fondo deseaba que Charlie se fijara en ella.

Nunca tuvo el valor de decirle nada, al menos no en serio. Se conformó con los momentos compartidos en el campo, con las risas después de los partidos, con las veces que él le lanzaba una sonrisa despreocupada al cruzarse en los pasillos. Momentos que, aunque pequeños, fueron suficientes para alimentar su estúpida ilusión juvenil.

Y ahora estaba en Rumanía, rodeado de dragones, viviendo una vida emocionante y peligrosa, justo como ella siempre había imaginado que haría.

Negó con la cabeza y rió, sintiéndose ridícula. Lo cierto era que, aunque el recuerdo le arrancaba una sonrisa boba, su antiguo enamoramiento por Charlie Weasley era una historia cerrada hacía mucho tiempo.

Aun así, no pudo evitar pensar que, si alguna vez el destino los hacía coincidir de nuevo, no le importaría compartir unas cervezas de mantequilla y recordar aquellos días en los que ella creía que un simple partido de Quidditch podía cambiarlo todo.

Tonks parpadeó y salió de su ensimismamiento, alzando la vista justo a tiempo para encontrarse con Sirius, que la observaba con una media sonrisa divertida.

—Parecías estar en otro mundo —comentó, arqueando las cejas con aire burlón—. ¿En qué estabas pensando?

—En nada —respondió Tonks con fingida indiferencia, aunque una sonrisa traicionera asomó en la comisura de sus labios.

Se frotó los ojos con el dorso de la mano y se estiró, sintiendo el peso del cansancio apoderarse de sus músculos.

— Solo es el sueño acumulado.

Sirius apoyó un brazo en el respaldo de la silla y la miró con curiosidad, pero no insistió.

— ¿Cómo fue la guardia? —preguntó mientras se acomodaba en la silla, inclinándose hacia ella con interés.

Tonks dejó la taza sobre la mesa y se encogió de hombros.

—Tranquila. Aburrida. Ni un alma sospechosa rondando por ahí. —Hizo una mueca, como si la falta de acción hubiera sido casi decepcionante—. De hecho, aproveché para investigar sobre Baltasar Greaves en los archivos del ministerio.

Sirius arqueó una ceja, intrigado.

—¿Y qué averiguaste?

Tonks suspiró y se cruzó de brazos.

—Nada que no supiéramos ya. Su nombre apenas aparece en los registros. Hay menciones aisladas aquí y allá, pero siempre de paso y nunca llevan a ninguna parte. Algunas referencias en viejos informes de aurores, pero sin detalles.

Sirius frunció el ceño, apoyando los codos en la mesa, pensativo.

Antes de que Tonks pudiera continuar, un movimiento en la puerta los interrumpió.

Remus Lupin apareció en la cocina con un libro bajo el brazo, su cabello algo despeinado, la ropa modesta pero pulcra, y ese aire tranquilo que siempre lo acompañaba.

—Buenos días a todos —saludó con voz amable mientras se acercaba a la mesa.

Molly no tardó en alzar la vista con una sonrisa.

—Remus, querido, ¿te sirvo un poco de café?

—Sí, por favor. Muchas gracias —respondió él, tomando asiento junto a Sirius.

Tonks retomó su informe, adquiriendo un tono más profesional.

—Como decía, la información sobre Greaves está enterrada. Casi todo apunta a un callejón sin salida. Hay expedientes desaparecidos, documentos censurados… Nada sólido, pero lo bastante sospechoso como para saber que ocultan algo.

Un breve silencio se instaló en la cocina, solo interrumpido por el sonido de los cubiertos y el crepitar del fuego en la chimenea.

Sirius tamborileaba los dedos sobre la mesa, absorto en sus pensamientos, mientras Remus bebía su café en silencio, con su libro cerrado a un lado, como si por una vez no tuviera prisa por sumergirse en sus páginas.

Molly pasó junto a ellos, con un montón de ropa doblada en brazos. Les lanzó una mirada significativa.

—Aseguraos de desayunar algo más que café —advirtió con firmeza, antes de desaparecer escaleras arriba.

Desde el piso superior, el sonido de pasos, risas y puertas abriéndose indicaba que los más jóvenes de la casa comenzaban a despertar. Sirius volvió a centrarse en Tonks.

—Bueno, parece que te estás adaptando rápido a esta vida de locos —comentó reclinándose en la silla con expresión pícara — Aunque entre tu trabajo y las misiones de la Orden, te deben tener todo el día corriendo de un lado al otro…

Tonks suspiró y esbozó una sonrisa cansada.

—Es complicado, no te voy a mentir. La labor de auror ya es agotadora de por sí: demasiadas horas extra, demasiadas noches sin dormir… Por suerte, tengo a Kingsley y Moody en la Orden. Me ayudan a organizarme y me cubren para que nadie en el Ministerio sospeche.

Se inclinó ligeramente hacia Sirius, con un brillo travieso en los ojos.

—Aunque no me sorprendería que Scrimgeour empezara a sospechar algo raro con la cantidad de permisos que pido últimamente.

—Auror…

Sirius apoyó un codo en el brazo de la silla y la miró fijamente.

—Siempre pensé que era una de las carreras más difíciles. Trabajas directamente con Moody, ¿no? ¿Cómo lo aguantas? Ese viejo paranoico debe de ser un reto constante.

Tonks soltó una carcajada, sacudiendo la cabeza. Remus levantó la vista de su taza y sonrió, como si él también se estuviera preguntando lo mismo.

—Oh, sin duda lo es —reconoció ella—. Pero le tengo cariño. Es como un abuelo cascarrabias que se pasa el día gruñendo y maldiciendo y que, en lugar de darte chucherías, te lanza cuchillos.

Remus soltó una risa breve. Tonks, que no esperaba aquella reacción, se volvió hacia él con cierta incredulidad.

—¿Te he hecho gracia, Remus Lupin?

Él alzó la vista con fingida seriedad.

—Me ha parecido una descripción acertada.

—Oh, no. Has sonreído. Eso ya es significativo —intervino Sirius, en tono burlón —. No todos los días vemos a Remus Lupin dejar su libro a un lado para socializar. Esto merece ser conmemorado.

—No empieces —resopló Remus, rodando los ojos. Se volvió hacia Tonks—. Estábamos hablando de Moody, ¿no?

Ella asintió con una sonrisa, retomando el hilo.

—Excentricidades aparte, es un excelente mentor. Por paranoico que sea Alastor, casi siempre tiene razón. Y siempre aprendo algo nuevo con él.

—Claro, claro, pero no me digas que no te pone los nervios de punta —insistió Sirius, con los ojos encendidos—. Vamos, Tonks. Danos algo jugoso.

Ella asintió con diversión.

—Créeme, los primeros días fueron un desastre. Estaba convencida de que me despediría antes de terminar la formación.

—¿Desastre? —repitió Sirius, encantado—. Por favor, ilumínanos. Quiero detalles.

Tonks se acomodó en la silla, lista para el relato. Remus la observaba con una expresión cálida, y su taza de café en mano.

—Una vez me hizo rastrear a un supuesto fugitivo por todo el Callejón Knockturn. Según él, el tipo planeaba un robo y yo debía seguirlo sola, sin ayuda. Pasé horas buscando, preguntando, lanzando encantamientos de detección, agazapada entre la basura…

Sirius y Remus escuchaban atentos.

—Y al final, no había ningún fugitivo. Todo era una prueba. Cuando volví, agotada, lo encontré sentado sobre una caja, tan tranquilo, comiéndose un bocadillo. —Tonks levantó las cejas, teatral—. Me miró y me dijo: “El fugitivo eras tú. Tu sigilo era tan evidente que podía rastrearte con los dos ojos cerrados.”

Rodó los ojos al recordarlo.

—Me tuvo media semana oliendo a cloaca por gusto.

Sirius soltó una sonora carcajada, inclinándose hacia atrás en su silla.

—¿Un bocadillo? Eso es brillante. Qué clase de mentor hace algo así…

Remus dejó escapar una pequeña sonrisa, apenas una curva en sus labios. Pero fue suficiente para que Tonks lo notara, y, sin darse cuenta, sonriera un poco más.

—Sí, bueno, con Moody aprendes rápido… o terminas en ridículo aún más rápido —admitió Tonks, encogiéndose de hombros con divertida resignación.

El ambiente relajado se quebró de pronto con un estruendo en el pasillo, seguido del sonido inconfundible de cristal hecho añicos.

—Ese elfo… —murmuró Sirius con fastidio, levantándose de golpe—. Será mejor que vea qué está destrozando ahora.

Se marchó a grandes zancadas, dejando a Tonks y Remus solos.

Por un instante, solo se oyó el débil murmullo de Molly que volvía a entrar en la cocina, aparentemente ajena al incómodo silencio que se había instalado entre ellos.

Tonks, buscando distraerse, giró la taza entre sus manos. Cuando levantó la vista, se encontró con que Remus la observaba de reojo, como si estuviera midiendo las palabras que estaba a punto de decir.

Finalmente, se decidió:

—¿Por qué «Tonks»?

Ella parpadeó, sorprendida por la pregunta. Luego sonrió, entre traviesa y coqueta.

—Es mi apellido, Remus.

Él frunció ligeramente el ceño, claramente insatisfecho con esa respuesta.

—Lo sé, pero me refiero a por qué te presentas como “Tonks, solo Tonks”

Ella lo miró fijamente, como si evaluara si valía la pena darle una respuesta sincera o seguir jugando con él.

—¿Y por qué no? Suena más… profesional. Y además, no soporto mi primer nombre.

—¿Cómo te llamas, entonces? —preguntó él, inclinándose un poco hacia adelante, claramente intrigado.

Tonks, disfrutando de la expectación, alargó el silencio a propósito antes de soltar, con un suspiro exagerado.

— Nymphadora

Remus soltó una carcajada ligera, casi involuntaria, que la pilló desprevenida. Ella se sonrojó al instante. Incluso su cabello adquirió un matiz rojizo sin que pudiera evitarlo.

—Perdona —dijo Remus rápidamente al ver su reacción —. No me reía de ti, de verdad. Es solo que nunca había oído ese nombre antes.

Tonks, aún con las mejillas encendidas, alzó la barbilla con fingida indignación.

—¿Qué? ¿Te parece raro?

Remus negó con la cabeza, y en su rostro asomó una sonrisa suave.

—No, no es raro. Es un nombre… —hizo una pausa, buscando las palabras adecuadas—. Único. Y, bueno… interesante, diría yo.

Tonks lo estudió por un segundo, como si tratara de decidir si aceptaba aquella respuesta. Luego dejó escapar una risa suave, dejando que la tensión se disipara.

Molly, al fondo, echó un vistazo rápido hacia ellos, notando la chispa en el ambiente. Con una sonrisa cómplice, decidió no interrumpir y salió de la cocina sin hacer ruido.

— No te atrevas a decir «horrible» — advirtió ella, terminando su café y simuló una mueca desagradable —. No hace falta que lo digas. Lo sé. Todo el mundo dice que es horrible.

Remus levantó las manos en señal de rendición. 

—No, no. Lo digo en serio. Es un nombre único.

Tonks volvió a girar la taza entre las manos, esta vez con más calma.

—No es que lo odie… —empezó, como si estuviera reflexionando en voz alta—. Pero cuando entré como auror, Ojo Loco me hizo la misma pregunta. Y tú sabes lo que pasa cuando Ojo Loco te hace una pregunta: te clava sus dos ojos encima y parece que puede ver hasta lo que ni tú mismo sabes que piensas. Me temblaban tanto las piernas que pensé que me caería.

Puso los ojos en blanco con un suspiro teatral.

—Me preguntó mi nombre cinco veces. ¡Cinco! Como si no me creyera. Al final dijo que “era demasiado estúpido para recordarlo” y decidió llamarme Tonks.

Lupin dejó escapar un resoplido divertido.

—Vaya carta de presentación 

—Y por si fuera poco, en ese momento mi pelo se puso rojo chillón y se erizó como un puercoespín

La auror torció el gesto con dramatismo

—Parecía un faro encendido. Todo muy profesional.

Remus rió, más abiertamente esta vez, como si pudiera verla con claridad en aquella escena.

Tonks apoyó la barbilla en una mano, dando fin a su relato con una sonrisa resignada.

—Esa fue mi gloriosa entrada al Ministerio. Supongo que por eso Ojo Loco se apiadó de mí y me tomó bajo su ala. Le di lástima —añadió, sin poder ocultar su ironía.

Remus se acomodó en su silla y buscó su mirada.

—No creo que la razón por la que Moody te eligiera fuera solo por lástima —dijo con sinceridad—. Estoy seguro de que vio algo especial en ti.

Tonks alzó una ceja, escéptica.

— ¿Esa es tu primera impresión sobre mí? Que soy… ¿especial? —preguntó con fingida ofensa, aunque en sus ojos brillaba una chispa de complicidad.

Remus volvió a reír.

Y Tonks, sin poder evitarlo, sonrió también, sintiéndose un poco tonta. Tal vez fuera por el cansancio… pero había descubierto que esa risa le parecía, simplemente, encantadora.

Antes de que el momento pudiera extenderse demasiado, Sirius aprovechó para regresar a la cocina. Cualquiera diría que había estado esperando en el pasillo el momento preciso para entrar sin interrumpir.

Se sentó de nuevo en su silla y se sirvió más café con toda la calma del mundo.

—Ojo Loco… —dijo pensativo, con una sonrisa en los labios—. Siempre con su estilo tan particular.

Tonks se giró hacia él con expresión traviesa y alzó la taza, como pidiendo refuerzo.

—Sí, bueno… ahora se sabe demasiado bien mi nombre. Y cuando quiere hacerme rabiar, me llama Nymphadora —añadió, rodando los ojos teatralmente.

Remus levantó su taza y la chocó suavemente contra la de ella.

—Entiendo tu drama. Pero, para que lo sepas, a mí me gusta el nombre Nymphadora.

Tonks alzó las cejas, sorprendida por la sinceridad en su voz.

—¿De verdad?

Remus asintió, sonriendo de nuevo.

—Sí. Me parece un nombre con carácter.

Ella lo miró un instante, como si necesitara procesar lo que acababa de oír. Luego se acomodó en el asiento, tomó un sorbo de café y se pasó una mano por el cabello, intentando ocultar la satisfacción que, inevitablemente, le curvaba los labios.

—Gracias por tus palabras. Pero… no creo que me quede. No soy una señorita, Remus. Soy más bien una guerrera —dijo, guiñándole un ojo.

Sirius soltó una carcajada, y Remus lo siguió con una risa cálida que llenó la cocina. Tonks se unió a ellos, dejando que la risa flotara un momento en el aire, ligera y reconfortante.

—¡Por Tonks, solo Tonks! La guerrera —declaró Remus, alzando su taza otra vez.

Sirius y Tonks lo imitaron con sonrisas cómplices.

—¡Por Tonks! —repitieron al unísono.

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NOTA DE AUTORA:

Por fin vemos a Tonks en el Ministerio, en su salsa de auror… aunque claro, “salsa” en su caso significa informes arrugados, noches en vela y quedarse dormida sobre un montón de papeles. Aun así, poco a poco empezamos a ver cómo la Orden investiga y se va tejiendo esa red de secretos que rodea a Baltasar Greaves y al Departamento de Misterios.

Quiero que la historia principal – Harry, Voldemort, el Ministerio, Lucius Malfoy, la profecía – se construya de forma progresiva. Para mí, la Orden no parte sabiendo lo que buscan. Lo van descubriendo poco a poco, como piezas de un puzzle. A ver si os convenzo con mi forma de hacerles investigar.

Lo que más me divierte de este capítulo es el contraste: la oscuridad del Ministerio frente al calorcito de la cocina Weasley. Tonks pasa de hurgar en informes polvorientos a compartir café y risas con Sirius y Remus. ¡Y sí! Aquí empieza a asomar esa complicidad entre ellos tres que será uno de los motores de toda la historia.

Además, confieso que me lo he pasado especialmente bien con el tema del nombre. Siempre pensé que nadie en su vida le habría dicho a Tonks que le gusta el nombre Nymphadora. Y aquí llega Remus, con su calma y su honestidad, y se lo suelta sin despeinarse: “me parece un nombre con carácter”. 🥲 Fue imposible no dejar que a ella se le escapara la sonrisa. Y tampoco fui capaz de contener la mía.

En fin, este capítulo tiene un aire más cotidiano, pero creo que necesario: me encanta alternar la investigación “thriller del mundo mágico” con escenas más ligeras y humanas. Al final, la vida de los aurores no solo son conspiraciones y callejones oscuros… también hay desayunos compartidos, tazas de café y pequeñas confesiones.

Gracias por leer hasta aquí, y hasta pronto!

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