Capítulo 11

Lo más sensato, lo más seguro.

Durante los días posteriores, Tonks notó que algo había cambiado con Remus Lupin.

Su actitud volvía a ser distante, casi impenetrable, como al principio.

Ni rastro de las sonrisas que apenas una semana atrás habían iluminado su rostro. En su lugar, parecía molesto, inquieto y de mal humor. Aunque no tenía claro qué estaba ocurriendo, una cosa sí sabía con certeza: entendía perfectamente por qué Sirius lo llamaba Lunático.

Lo que más la desconcertaba no era su reserva—de hecho, le gustaba ese lado suyo tan introspectivo y reflexivo —sino la incertidumbre. Hasta hacía poco, la conexión entre ellos se había sentido natural, incluso cómoda, pero ahora volvía a parecerse de nuevo a una fría e indiferente relación laboral.

De hecho, tenía incluso la sensación que la evitaba.

¿Por qué? ¿Qué lo hacía alejarse justo cuando empezaban a entenderse mejor, cuando le parecía que podían llegar a ser buenos amigos?

Nunca le había costado tanto llegar a alguien.

Sí, podía aceptar que a veces era intensa. Tonks nunca había sido de las que se andaban con rodeos; era directa, vivaz, espontánea.

Pero no sentía que lo estuviera agobiando. Apenas se cruzaban en momentos breves, y cuando lo hacían, ella procuraba acercarse con cuidado, con naturalidad.

No creía estar haciendo nada mal.

Más bien, tenía la impresión de que era él —sus propios miedos, sus propias barreras— lo que lo retenía.

Como si cada vez que ella lograba acortar la distancia – aunque fuera un poco –, cada vez que estaban más cerca de tener una relación cordial y amistosa, él lo notara y, en respuesta, diera un paso atrás, adentrándose más en sus sólidos muros.

No era odio. Ni rechazo. Tampoco desinterés.
Era algo más profundo. Más deliberado. Algo que lo obligaba a replegarse sobre sí mismo, como si necesitara protegerse… ¿De qué?

No tenía ni idea, pero sí sabía una cosa: No iba a rendirse tan fácilmente.

Era una tarde tranquila en la cocina de la casa Black.

No había reuniones urgentes de la Orden ni noticias alarmantes del mundo exterior. Uno de esos raros días en los que la calma se instalaba entre las paredes de Grimmauld Place que permitía a sus habitantes vivir en una rutina. Un sinfín de tareas, limpieza y orden, pero una rutina, al fin y al cabo.

Solo el crepitar del fuego en la chimenea, el aroma de un guiso cociéndose lentamente y el sonido rítmico de la cuchara de Molly agitando la salsa en una cacerola flotante.

Era su día libre, y Tonks había pasado parte de la tarde ayudando a Molly, Ginny y Hermione a reorganizar un armario repleto de pociones caducadas.

Las chicas se habían marchado con Ron, Fred y George para jugar a las cartas explosivas, pero ella se había quedado en la cocina, con la vaga esperanza de que Remus pasara por allí.

Pero él no parecía tener intención de dejarse ver. 

En su lugar, fue Bill quien apareció en el umbral, con la túnica ligeramente desordenada y el cabello suelto cayéndole sobre los hombros.

—¿Qué tal la batalla contra las pociones caducadas? —preguntó con una sonrisa mientras se servía un café.

—Hemos encontrado un frasco con algo que tenía vida propia. Hermione cree que era un elfo embotellado, pero yo voto por un hongo mutante —respondió Tonks con fingida gravedad.

Bill soltó una risa, sacudiendo la cabeza mientras se servía té.

—Espero que lo hayáis dejado en cuarentena. No me gustaría despertarme y encontrarlo trepando por mi cama.

—Nah, lo echamos en la chimenea. Si vuelve, es que tenía asuntos pendientes en este mundo.

Bill negó con la cabeza, divertido, y tomó un sorbo de su bebida.

—Si algún día te cansas de ser auror, podrías ganarte la vida contando historias de terror.

—Oh, ya lo hago gratis —respondió ella, dándole un golpecito en el brazo antes de levantarse para servirse un poco de té.

Molly, removía una cacerola con movimientos automáticos, esbozó una sonrisa al verlos interactuar. No dijo nada, pero la forma en que sus ojos brillaron delataba que le gustaba ver a su hijo y a Tonks hablar con tanta naturalidad.

Bill terminó su té y se incorporó, ajustándose la túnica.

—Bueno, mejor me voy antes de que me recluten para pelar patatas. Un placer verte, Tonks. Nos vemos luego, mamá.

Molly le lanzó una mirada de advertencia, pero no pudo evitar sonreír con afecto cuando su hijo le guiñó un ojo mientras se dirigía hacia la puerta

—Nos vemos, Bill —respondió Tonks con una leve sonrisa, observando cómo desaparecía por el umbral.

El silencio se asentó en la cocina, solo interrumpido por el burbujeo del guiso y el golpeteo de los dedos de Tonks contra la mesa, con la mente repleta de preguntas que llevaba días arrastrando sin atreverse a formular.

Delante de ella, Molly seguía con su magia doméstica, haciendo flotar las patatas que, tras ser cortadas por su fiel cuchillo de cocina, se vertían en una sartén mientras que, a su vez, una cuchara se movía con precisión dentro de la cacerola.

Tonks la observó de reojo en silencio hasta que, finalmente, la curiosidad venció a su duda, y se decidió a preguntar.

—Oye, Molly… Tú conoces bien a Lupin, ¿verdad?

Lo dijo intentando sonar despreocupada, pero la traicionó la vacilación en su voz.

Molly levantó la vista un instante, con una ceja arqueada, sin dejar de remover.

—Claro que lo conozco —dijo con naturalidad, aunque su mirada la escrutó con atención antes de volver al guiso —. Es un buen hombre, aunque demasiado reservado para su propio bien. ¿Por qué lo preguntas?

Tonks se encogió de hombros, tratando de no parecer demasiado interesada.

—No sé. Es solo que… a veces es muy amable y cordial y otras veces está a la defensiva, ¿sabes?

Molly dejó caer las patatas en la olla con un sonido sordo y giró hacia ella. Su expresión osciló entre la preocupación y la ternura.

—¿Te preocupa algo en particular? —preguntó finalmente, midiendo sus palabras.

—No, no, nada de eso —dijo Tonks rápidamente, agitando las manos—. Solo… no sé, me intriga. Parece buena gente, pero también da la sensación de que… no quiere que nadie se acerque demasiado.

Molly no respondió de inmediato. En su rostro se reflejaba la duda, como si se debatiera internamente entre qué decir y qué callar.

Finalmente, dejó escapar un suspiro y se giró hacia la auror.

—Te voy a contar algo, pero no porque él quiera que se sepa, sino porque creo que es importante que lo entiendas —dijo en voz baja, con la gravedad de quien está compartiendo algo que no le pertenece del todo—. Remus es un hombre lobo.

Tonks se quedó paralizada.

Por un momento, las palabras simplemente flotaron en su mente, chocando unas contra otras sin orden ni sentido. Hasta que encajaron.

Molly dejó que la revelación se asentara en ella antes de continuar con cautela.

—Es un hombre bueno, Tonks. No lo olvides —dijo con una firmeza cálida—. Pero su condición… No es fácil. La sociedad no es amable con los de su clase, y él ha pasado toda su vida lidiando con el rechazo. Eso le pesa mucho.

Tonks asintió lentamente, todavía asimilando lo que acababa de escuchar.

—Él…. ¿Sabe que me lo estás contando? —logró preguntar al fin, con la voz más firme.

—No, y preferiría que no se lo dijeras —respondió Molly, sacudiendo la cabeza con suavidad. Su tono no era severo, pero sí implacable, como quien guarda un secreto con el respeto que merece—. No porque quiera ocultárselo, sino porque hablar de ello siempre le resulta doloroso.

Hizo una pausa, mirando brevemente la olla burbujeante, aunque su mente estaba lejos de la cocina. Cuando volvió a alzar la vista hacia Tonks, su expresión era más seria.

—En realidad, ni siquiera todos los miembros de la Orden lo saben… —continuó, casi en un susurro —. Pero pensé que deberías saberlo. Últimamente pasas bastante tiempo con él y con Sirius, y si alguna vez tienes que actuar, será mejor que estés preparada.

Tonks sostuvo su mirada. Y en ese breve espacio, Molly sintió una ternura amarga que no supo bien cómo explicar.

Molly respetaba a Remus.

Aunque hacía poco que le conocía, había llegado a apreciarle, mucho. Y aunque él hablaba poco, a la señora Weasley no le hacían falta grandes discursos para comprender los silencios.

Era un hombre bueno, noble hasta el extremo, siempre dispuesto a hacer lo correcto sin esperar nada a cambio. Pero también era un hombre solo. Lo había sido durante tanto tiempo que Molly a veces se preguntaba si él mismo había dejado de imaginar una vida diferente.

Pese a estar sin familia, sin amigos y sin hogar, sabía que no dejaba entrar a nadie. Que levantaba muros a su alrededor con una obstinación casi dolorosa.

Y, tal vez, no le iría mal que alguien intentara atravesarlos.

Tonks… Tonks le caía bien. Tenía energía, tenía calidez. Era franca. No se asustaba fácilmente. Y su interés por Remus parecía auténtico, no una mera curiosidad.

Quizás, si alguien como ella insistía con paciencia, él cedería un poco. Se diera cuenta que la soledad no le aportaba nada. Y quizás eso le hiciera bien. Le demostrara que en el mundo todavía había gente buena. Gente en quien confiar.

Apartó esos pensamientos antes de que se reflejaran demasiado en su rostro.

—Gracias por confiar en mí, Molly —dijo finalmente Tonks—. Lo tendré en cuenta.

La señora Weasley volvió al guiso. No pudo evitar una sonrisa breve y contenida.

Por la forma en que la joven auror bajó la vista un instante, y luego la alzó con una determinación serena en los ojos, supo que había hecho bien.

Tonks no solo la había escuchado: la había comprendido. Y Molly – con su infalible instinto maternal – estaba segura de que, llegado el momento, sabría estar a la altura de esa confianza.

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De vuelta a su apartamento, Tonks no dejaba de dar vueltas a la conversación que había tenido con Molly.

Mientras se cambiaba y se ponía el pijama, pensó en cada interacción con Lupin en las últimas semanas.

En retrospectiva, todo cobraba sentido, como piezas que encajaban en un rompecabezas que hasta ahora no había sabido ver con claridad.

Su reserva, su distancia, la forma en que parecía mantenerse siempre detrás de una barrera invisible… Un escudo cuidadosamente construido para mantenerse a salvo de los demás… o quizás para proteger a los demás de él.

Tonks pensaba que lo había conocido en pocos días como para saber que era buena persona.

Que Lupin fuera un licántropo no cambiaba en absoluto lo que pensaba de él.

Seguía viéndolo como alguien inteligente, amable y sereno, alguien con historias que contar y una manera única de ver el mundo.

Tenía claro que no iba a alejarse.

Frunció el ceño mientras se sentaba en el borde de la cama, abrazando sus propias rodillas.

¿Era eso lo que los demás hacían cuando lo descubrían? ¿Darse la vuelta? ¿Poner excusas? ¿Encogerse de hombros y alejarse sin mirar atrás con los prejuicios de siempre?

Esa idea la inquietó.

En su vida, Tonks nunca había sido de las que juzgaban a otros por lo que decían o pensaban los demás.

De hecho, era lo mismo con Sirius. ¿Cuántas veces había oído llamarlo un traidor, un asesino, un monstruo? Y, sin embargo, al conocerlo, había descubierto a un hombre roto, pero valiente, leal y profundamente humano.

Molly le había pedido que guardara el secreto, y Tonks entendía las razones. Aun así, no podía evitar imaginarse enfrentando a Remus, mirándolo directamente a los ojos y diciéndole que lo sabía.

Se mordió el labio, recordando un instante concreto.

Aquel día en Grimmauld Place, cuando se había sentido abrumada por el peso de su linaje, el desprecio que le mostraban los retratos y la presión que ejercían los nombres en el tapiz, la casa y el elfo, fue Remus quien estuvo allí.

No solo la había consolado, sino que la había escuchado de verdad. La había comprendido. Incluso la había hecho reír cuando menos lo esperaba.

Eso quería hacer ella por él.                               

Ni grandes gestos, ni promesas solemnes. Solo estar ahí, como él había hecho por ella.

Una determinación firme prendió en su interior.

Quería decirle eso.

Que sabía lo que era y que no le importaba.

Que no necesitaba esconderse tras ese muro que había construido, al menos no con ella.

Quería que supiera que ella lo aceptaba tal y como era, sin reservas.

Suspiró al acostarse, arropándose bajo las mantas.

No sabía exactamente cómo ni cuándo, pero haría que entendiera que no estaba tan solo como creía.

Pero había algo que tenía claro: encontraría la forma de acercarse a él.

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La reunión en Grimmauld Place había terminado hacía rato.

Los miembros de la Orden se dispersaban con despedidas breves y pasos que resonaban en el pasillo antes de perderse en la calle. El murmullo de las voces desaparecía lentamente, dejando la casa sumida en ese silencio espeso que parecía acentuarse tras cada encuentro.

Remus no se había movido de la cocina.

Permanecía en su rincón habitual, con los codos sobre la mesa y los ojos fijos en los informes que Moody le había entregado. No alzó la mirada, como si no notara que Tonks seguía allí, apoyada en el marco de la puerta, observándolo en silencio.

No era la primera vez que ella se quedaba más allá del final de una reunión, y no podía evitar notar cómo su compañía se estaba volviendo una constante. No le desagradaba su presencia, ni mucho menos. De hecho, había algo reconfortante en su energía vibrante y en la forma en que llenaba los vacíos de la casa con comentarios desenfadados y sonrisas eternas.

Pero la sentía peligrosa, porque se daba cuenta de que Tonks desdibujaba esa línea invisible que él había aprendido a mantener con todos. Y era crucial para él mantener esa barrera.

Finalmente, Tonks se apartó del marco de la puerta y cruzó la habitación.

Se sentó en la silla junto a él, desafiando con su presencia la distancia que él intentaba imponer.

—¿Qué lees? —preguntó, con un tono que pretendía ser despreocupado.

Remus no apartó la vista de los pergaminos.

—Nada demasiado interesante.

Siguió mirando los documentos, fingiendo una concentración que no tenía.

Sabía que debía ser breve, cortar cualquier posibilidad de conversación. La luna llena había hecho mella en él, se sentía irritable, y no quería decir o hacer nada de lo que se arrepintiera después. Pero Tonks no se dio por vencida.

—Sabes —continuó ella, con calma, apoyando un codo en la mesa—, a veces pienso que pasas demasiado tiempo enterrado en pergaminos y no lo suficiente con la gente que tienes cerca.

Remus levantó los ojos por fin. Había algo en la forma en que ella lo miraba que lo inquietaba.

Tonks inspiró hondo, buscando el valor necesario para dar el siguiente paso. Y lo dio.

—Remus… si hay algo que te preocupa, puedes decírmelo. No sé si lo sabes, pero yo no voy a juzgarte.

Su voz sonó firme, pero cargada de una emoción tan contenida que obligó a Remus a apretar los labios.

No era lástima. No era condescendencia. Era comprensión. Tuvo la certeza de que ella lo sabía.

Sintió una angustia repentina al darse cuenta que ella ya había visto más de lo que él quería mostrar.

—No es asunto tuyo, Tonks —dijo, con un tono más frío del que pretendía.

La sonrisa que solía adornar el rostro de Tonks se apagó.

—Solo quería ayudar —murmuró ella, buscando sus ojos.

Remus desvió la mirada.

—No necesito ayuda. Y tampoco necesito tu lástima —replicó, endureciendo la voz—. Y ahora, si me disculpas, tengo unos informes que revisar.

Tonks se quedó un momento más, inmóvil. Asintió con la cabeza clara y su rostro impasible, aunque sus ojos delataban una decepción que le dolió más de lo que debería. Luego se levantó sin decir nada y salió de la cocina.

Remus la siguió con la mirada. Cerró los ojos y apretó los puños.

—¿Qué has hecho, Remus? —susurró, sintiendo el peso de su culpa.

Pero la única respuesta fueron el crepitar del fuego y el silencio que Tonks había dejado tras de sí.

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La quietud de la madrugada lo envolvía como un manto pesado.

Remus se mantenía sentado en la mesa de la cocina, con los codos apoyados, las manos entrelazadas y los ojos vagando sobre los documentos que había fingido revisar aquella misma tarde.

Su mente estaba perdida en pensamientos que no conseguía ahuyentar.

No quería herirla. No quería que se alejara. Pero al mismo tiempo, sabía que dejarla acercarse era un riesgo demasiado grande.

Había aprendido esa lección hacía mucho tiempo.

Era mejor mantener la distancia.

No podía dañar a nadie si no dejaba que entraran.

Era lo más sensato. Lo más seguro.

Lo sabía. Y sin embargo, esa noche, cuando vio la decepción en los ojos de Tonks, la sombra de algo muy antiguo se agitó en su interior.

No era solo culpa.

Era añoranza. Un recuerdo enterrado mucho tiempo atrás que prefería no desempolvar, pero que en las últimas horas se había hecho de nuevo espacio en su cabeza.

Lily Evans.

Apretó los labios, como si su propio subconsciente lo traicionara al traerla de vuelta.

Pero allí estaba ella, con su sonrisa franca y su mirada siempre cargada de comprensión, aquella que no había visto en ninguna otra persona.

Lily, quien nunca le tuvo miedo, ni siquiera cuando otros le susurraban que no era seguro tenerlo cerca.

Lily, quien, con su testaruda gentileza y su infinita paciencia, lo había hecho sentir que era algo más que su condición. Que su valor no se medía por la maldición que corría por sus venas, sino por lo que él elegía ser.

Recordaba la primera vez que ella se lo dijo.

Era un niño entonces, tan temeroso de su propio reflejo como de los demás.

Pero Lily le había mirado con esos ojos verdes brillantes y le había dicho con una simpleza devastadora: «No eres un monstruo, Remus».

Como si fuera lo más obvio del mundo.

Como si no entendiera cómo podía siquiera dudar de ello.

Pero el mundo no era tan indulgente.

Por cada Lily Evans, había docenas de personas que lo miraban con recelo, que fingían amistad hasta que descubrían la verdad y, de repente, ya no lo consideraban igual. Personas que le aseguraban que no les importaba… hasta que lo hacía. Hasta que lo dejaban atrás.

Había aprendido esa verdad de la peor manera. Y por eso, ya no esperaba nada.

No iba a dejarse llevar por el deseo ingenuo de creer que podría ser comprendido una vez más. Lily había sido una excepción, y hasta ella se había ido, arrancada de este mundo por una guerra que nunca les dio tregua.

Desde entonces, no había vuelto a dejar entrar a nadie de esa manera. Ni siquiera a Sirius, ni siquiera a James o a Peter. No del todo.

Y ahora estaba Tonks.

Su corazón dio un vuelco incómodo al recordarla.

Su insistencia, su mirada inquisitiva y decidida, la manera en que se acercaba a él sin miedo.

¿Por qué tenía que ser así? ¿Por qué no podía ser como el resto y comprender que algunas barreras estaban ahí por una razón y no por capricho? ¿Por qué tenía que mirarlo con esa mezcla de confianza y desafío, como si se negara a aceptar la distancia que él mismo imponía?

Se pasó una mano por el rostro, exhalando un suspiro pesado.

No quería dejarse tentar por la idea de que tal vez pudiera volver a confiar en alguien.

No después de todo lo que había vivido.

Porque la realidad era que Lily se había ido, Sirius estaba consumido por sus propios demonios y él ya no era un niño.

Al final, lo mejor era mantenerse alejado de todo y de todos.

Estaba bien con su soledad. Era segura. Era estable. Y no necesitaba nada más.

Pero entonces, si tan convencido estaba de que había hecho bien… ¿Por qué se sentía tan vacío?

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¡Buenas noches… o buenos días!

Sí, yo también sufro de insomnio, así que en eso entiendo muy bien a Remus Lupin y sus divagaciones a altas horas de la madrugada.

Este ha sido un capítulo muy introspectivo, que empieza a entrar en lo personal. No sé si os ha pasado alguna vez: conocer a alguien que os despierta curiosidad, con quien podríais pasar horas charlando, discutiendo, reflexionando… o simplemente juntos, escuchando el silencio, compartiendo una taza de té y viendo pasar las nubes por la ventana. Eso es lo que quiero transmitir con Tonks: ese interés humano, profundo, que va más allá de lo evidente.

En realidad, me llama la atención (igual esto ya lo he dicho alguna vez, pero como tengo memoria de pez no lo recuerdo), que Harry Potter es relato sobre personas solitarias.

Harry puede tener muy buenos amigos, pero tiene una soledad inherente a su persona y su historia que siempre le acompaña.

Los profesores de hogwarts viven en el castillo… ¿no? Y… ¿pasan allí todo el año? ¿No tienen familia? ¿No viven con sus parejas, hijos, padres…?

Hagrid tiene una casita bonita y acogedora a su manera y vive solo con Fang.

Sirius y Remus son dos personas que el mundo ha olvidado y abandonado.

La única excepción luminosa son los Weasley, con su familia caótica y entrañable, que resaltan aún más frente al resto.

Y Tonks…pues he decidido darle un poco de las dos cosas.

A Tonks he querido darle un poco de ambas cosas. Sí, tiene a sus padres y se lleva muy bien con ellos, pero fuera de eso, está sola. Le gusta su trabajo – quizá demasiado –, adora a su equipo de aurores y tiene buenos compañeros. De vez en cuando sale, ríe en las pausas del café, se divierte. Pero cuando llega a casa… en su apartamento no la espera nadie.

Creo que bajo las sonrisas eternas, el pelo rosa y la ropa desenfadada, también hay una persona solitaria. Y eso, en mi opinión, le da una profundidad que va mucho más allá de verla solo como la chica, joven, rosa, graciosa que se tropieza con todo y se enamora de un hombre lobo.

En fin, estas son mis divagaciones seminocturnas. Espero no haberme puesto demasiado pesada y, sobre todo, que disfrutéis del capítulo.

✨ Por cierto: sigo publicando dibujos e ilustraciones del fanfic en Instagram y TikTok. ¡Nos vemos allí!

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