No me voy a ir a ninguna parte
Los días en el Ministerio se deslizaban entre montones de papeles, informes y reuniones imprevistas, cada una más urgente que la anterior.
Tonks hundió la cabeza en un pergamino y soltó un suspiro cansado.
Había tanto por hacer que la sensación de trabajo acumulado la abrumaba. Pero también la distraía de otras preocupaciones. Y eso, en cierto modo, le venía bien.
Sin embargo, en los breves descansos que tenía, su mente siempre volvía a la misma cuestión: Remus.
La conversación con él seguía rondando en sus pensamientos como una sombra. Cada vez que pensaba en él, se encontraba atrapada en un nudo de frustración.
Sólo había querido acercarse, que la situación entre ellos fuera más ligera, menos tensa, y dejar de tener la sensación de que él la empujaba hacia fuera con cada paso que ella daba. A pesar de sus esfuerzos por ser amable y comprensiva, él la había rechazado de una forma tajante, haciéndole sentir que cualquier cosa que hiciera o dijera solo empeoraría las cosas. Y eso la había herido más de lo que quería admitir.
Resopló fastidiada por enésima vez. No valía la pena. Si él no quería que fueran amigos, no iba a insistir. Otra vez no.
Además, tenía mucho trabajo… y cuanto más se repetía esa idea, más deseaba creérsela. Y centrarse de una vez.
En su despacho, las pilas de papeles no dejaban de crecer.
Había ordenado algunos documentos, rellenado otros informes… pero su mente seguía errando, incapaz de concentrarse por completo. Se levantó de la mesa, tomando aire para recuperar la compostura. Si iba a estar allí, tenía que ser profesional. Su trabajo como auror no iba a darle tregua
Al final de una jornada particularmente pesada, después de un intercambio tenso con un par de funcionarios del Ministerio y de haber tenido que resolver un pequeño incidente para encubrir a un miembro de la Orden, Tonks volvió a su sección.
Se sentó en su silla, intentando ordenar las pilas de papeles sobre su escritorio, aunque su mente seguía divagando. Con cada movimiento mecánico, sus manos pasaban hojas y más hojas, pero no podía concentrarse.
—Vamos, Tonks —se regañó a sí misma—, focaliza, piensa en otra cosa. Hay trabajo que hacer. No hay tiempo para esto.
Necesitaba algo diferente, un respiro.
Con paso firme, se dirigió hacia el despacho de Alastor Moody, donde él siempre vigilaba desde su escritorio, con su ojo mágico girando constantemente. Su mentor nunca bajaba la guardia.
—¿Puedo hacer algo más, jefe? Algo que no sea leer, redactar, revisar y archivar quiero decir —preguntó Tonks, tratando de mantener el tono serio y el rostro lo más neutral posible.
Él no la miró de inmediato. Su ojo mágico pasó de un lado a otro antes de fijarse finalmente en ella. Alzó una ceja, evaluándola.
—Sí, tienes algo que hacer —respondió, su voz grave y áspera—. Esta noche, hay reunión en el cuartel. Estás convocada. Prepárate.
Tonks asintió, aunque por dentro se sintió desganada.
No quería enfrentarse a Remus y a sus fríos muros.
Pero sacudió la cabeza, despejando esa sensación de incomodidad y pereza. Ante todo, era un auror, una profesional, y estaba allí para algo más grande: derrotar a Lord Voldemort. Nada iba a interponerse.
Resignada, volvió a su mesa, concentrándose en la montaña de papeles que había dejado unos minutos antes, decidida a terminar sus informes antes de marcharse.
……………………………..……………………………..……………………………..……………………………..……
Tonks llegó a Grimmauld Place con el paso firme, pero sin el brillo despreocupado que solía acompañarla.
Llevaba las manos hundidas en los bolsillos de su túnica y los labios apretados, como si intentara encerrar los pensamientos intrusivos antes de que se reflejaran en su expresión.
Al cruzar el umbral, se topó con Bill Weasley.
Él estaba apoyado contra la pared, con una taza en la mano, observando distraídamente el cielo a través de una ventana sucia.
Su postura relajada contrastaba con la tensión que ella llevaba en los hombros.
Al verla, Bill alzó una ceja con aire inquisitivo.
—Vaya, Tonks, ¿tú sin una sonrisa? —comentó con su habitual tono relajado—. Y eso que hoy hace un buen día… bueno, al menos no está lloviendo.
Tonks parpadeó, atrapada por un instante en su ensimismamiento, pero su gesto se suavizó.
—Tienes razón, Bill —dijo con un deje irónico—. No vaya a ser que el buen tiempo se ofenda.
Bill soltó una risa y le pasó un brazo por los hombros en un gesto fugaz pero reconfortante antes de entrar con ella en la cocina.
La estancia olía a té fuerte y pergamino viejo, con la chimenea chisporroteando como telón de fondo.
Desde su rincón, Remus observaba la escena con discreción.
Sus dedos se crisparon alrededor de la taza que sostenía.
Aunque Tonks no lo creyera, él también se sentía incómodo por la discusión que habían tenido a principios de semana.
Ella notó su mirada.
Sus ojos se dirigieron instintivamente hacia él, pero Remus fingió estar leyendo un documento.
Por un instante, Tonks se debatió entre decirle algo o simplemente ignorarlo. Optó por lo segundo.
Se apartó un mechón rebelde de la cara y, con un suspiro casi imperceptible, ocupó su sitio en la sala, al lado de Moody, donde la reunión de la Orden estaba a punto de comenzar.
En el centro de la mesa, encorvado sobre una maraña de pergaminos, estaba Sirius, que apenas levantó la vista. Se veía nervioso.
La auror se fijó que los dedos de su primo tamborileaban sobre los papeles, pero estos no eran informes ni mapas de batalla.
Eran cartas. Muchas cartas, algunas dobladas con evidente descuido, otras aún selladas con la cera quebrada. Tonks frunció el ceño, pero decidió no preguntar.
Enseguida, la puerta se abrió nuevamente y Snape, McGonagall y Sprout entraron en la cocina.
Snape, sin saludar a nadie, se movió con su habitual indiferencia, su túnica negra ondeando tras él. Avanzó hasta el rincón más oscuro de la sala y tomó asiento tras Lupin.
Sprout, en cambio, le dedicó una sonrisa a Tonks desde lejos y alzó una mano en un saludo discreto que ella correspondió. McGonagall, con expresión grave, saludó a todos con un gesto milimétrico de cabeza y se sentó al lado de Sirius, mirando los pergaminos sobre la mesa con aire inquisidor.
Finalmente, la puerta se abrió una última vez anunciando la llegada de Dumbledore. La conversación en la sala se apagó de inmediato. Con su serenidad habitual, el director tomó asiento en la cabecera de la mesa.
Sin esperar que el director diera por iniciada la sesión, Sirius tomó la palabra.
—¡No es justo, Albus! —exclamó, con un destello de rabia en la mirada—. Harry está solo en Privet Drive, aislado del mundo mágico y sin respuestas. No podemos seguir dejándole allí, esperando que… que se conforme.
Dumbledore lo miró con calma, sin interrumpir. Asintió con suavidad, pero cuando habló, su tono fue firme.
—Sé que es difícil, Sirius. Pero sigue estando más seguro con los Dursley de lo que estaría en cualquier otro lugar.
—Seguro, pero miserable —replicó Sirius, cruzándose de brazos—. No conocéis a Harry —añadió, mirando a los presentes—. Él es capaz de atar su baúl a la escoba y venir volando. Es lo que haría yo… o lo que haría James.
Por un instante, Tonks casi juraría que había visto una sonrisa en los labios de McGonagall, aunque la profesora se apresuró a recuperar su expresión severa.
Molly Weasley, que hasta entonces había permanecido en silencio, intervino con el ceño fruncido.
—Tiene razón, Albus. No podemos permitir que pase todo el verano allí. ¿Y si no le dan de comer…?
Su voz se quebró levemente.
Se ruborizó al darse cuenta de lo personal que se había vuelto la conversación, pero no desvió la mirada. La preocupación en su rostro no era solo la de una miembro de la Orden, sino la de una madre. Dumbledore le dedicó una sonrisa comprensiva y asintió de nuevo.
—Iremos a recogerlo pronto, Molly. Pero debemos esperar un poco más. Confía en mí.
Molly exhaló lentamente y, aunque su expresión mostraba que no estaba del todo convencida, terminó por asentir en silencio.
La reunión prosiguió con el repaso de las guardias para vigilar a Harry.
Aquella semana le tocaba a Mundungus Fletcher, quien asintió perezosamente, soltando un bostezo descarado.
La auror sintió a su mentor chascar la lengua a su lado y tuvo que contener una sonrisa.
Sí, con Mundungus de su lado, todo iba a salir bien…
La reunión terminó poco después.
Tonks sintió los ojos de Remus sobre ella, persistente, como si esperara que ella se volviera hacia él. Pero no lo hizo.
Apretó los labios, se puso de pie y salió de la cocina sin mirar atrás, buscando escapar de la tensión que aquel silencio cargado le causaba.
Al tomar el pasillo para dirigirse hacia la puerta principal, un dolor sordo en la pierna y un ruido familiar la hicieron detenerse en seco.
CRAS.
El paragüero de troll se había interpuesto en su camino. Otra vez.
Por un instante, todo quedó en un silencio expectante. Y luego, como si hubiera estado aguardando el momento perfecto para desatarse, el retrato de la señora Black estalló en un grito desgarrador.
—¡Sangre sucia! ¡Desgracia! ¡Escoria traidora!
Tonks cerró los ojos, maldiciendo en voz baja, mientras Sirius aparecía con una expresión de cansancio infinito.
—Genial —gruñó él, encaminándose hacia la pintura—. Otro día más en el paraíso.
Ignorando el estruendo de improperios, Tonks se agachó para recoger el maldito paragüero y lo devolvió a su sitio con un golpe seco.
Soltó un suspiro y, al enderezarse, se encontró de lleno con la mirada de Remus.
Él estaba allí, a unos pasos de distancia, observándola con una expresión cautelosa, casi vacilante.
—Tonks —murmuró con voz grave.
Ella sostuvo la respiración.
—¿Podemos hablar un momento?
Tonks parpadeó, desconcertada por un instante. Su primer instinto fue esquivar la conversación, seguir de largo, fingir que no había escuchado.
Pero algo en el tono de Remus la detuvo.
Sin decir nada, asintió con un leve movimiento de cabeza y lo siguió hacia la puerta principal.
Un escalofrío recorrió su espalda al salir al aire frío de la noche de la plaza Grimmauld.
………………………………………………………………………………………………………………………………
La plaza, apenas iluminada por las débiles luces de las farolas, parecía sumida en un silencio absoluto.
Las sombras irregulares de los edificios se extendían sobre la calle desierta, cuyas grietas y charcos reflejaban de forma tenue el brillo amarillento.
El silencio entre ambos era pesado.
Remus, incómodo en su propia piel, no dejaba de pasarse la mano por el cabello, como si intentar poner orden a sus pensamientos.
Tonks lo seguía unos pasos por detrás, observándolo de reojo, sin saber qué esperar.
De pronto, él se detuvo bajo una farola.
Su silueta quedó delineada por el halo mortecino y el vaho de su aliento se disolvió en el aire frío.
Ella se detuvo a su lado y lo observó con cautela. Aquella escena le recordó a los libros de misterio muggle que su padre solía leer. No dijo nada, esperando que fuera él quien rompiera el silencio.
—Tonks —murmuró Remus al fin —. Quiero disculparme por la otra noche.
Ella inclinó levemente la cabeza, sin perder detalle de su expresión.
Su tono no era severo, pero sí medido, como si eligiera con cuidado cada palabra.
—Supongo que… hace mucho que no hablo de esto con nadie —continuó, soltando una sonrisa breve y algo forzada—. Me tomaste por sorpresa, y reaccioné mal. No tenía derecho a hablarte de esa forma.
Tonks lo miró unos segundos, sopesando su respuesta. Finalmente, se encogió de hombros con ligereza.
—Está bien —dijo, con naturalidad—. No fue tu mejor momento, pero todos tenemos esos días.
Remus la observó, como si buscara entre líneas alguna señal de rencor o sarcasmo. Pero no la encontró.
Se dejó caer en un banco cercano, exhalando un suspiro, e inclinó la cabeza hacia ella en un gesto de invitación.
Tonks vaciló un instante, pero tomó asiento a su lado.
Cruzó las piernas y se giró hacia él, para mirarle de frente, esperando que continuara hablando.
—Soy un licántropo, Tonks. Desde que tenía cinco años.
Ella asintió.
No era algo que ignorara, pero escucharlo así, sin rodeos ni eufemismos, le provocó un nudo en el estómago. No porque le asustara, sino porque en ese momento entendió lo difícil que debía ser para él decirlo en voz alta.
De repente, la culpabilidad venció a su orgullo, y un sentimiento de malestar la invadió.
—No hace falta que me expliques nada si no quieres —susurró la auror, con suavidad, temiendo haber sido demasiado intrusiva. No quería que sintiera que tenía que justificarse ante ella.
Él la miró y esbozó una sonrisa breve, enigmática, que parecía mezclar su melancolía habitual con una pizca de diversión.
No parecía enfadado ni amargado. Solo cansado.
—Quiero hacerlo —respondió con simpleza —. Creo que mereces saberlo. Eres parte de la Orden, y, además… —Su sonrisa se amplió un poco —. Has sido demasiado insistente como para no contártelo.
Tonks alzó una ceja, sin estar segura de si aquello era una crítica o un cumplido, pero decidió no preguntarlo.
En su lugar, se acomodó mejor, dispuesta a escuchar.
Remus bajó la mirada, entrelazando las manos sobre sus rodillas.
Tomó aire y comenzó:
—Las noches de luna llena… la necesidad constante de aislarme… el miedo, la culpa. Siempre estuve solo. Siempre fui el chico diferente, el que se mantenía al margen, el que nunca podía ser parte de nada.
Su voz se hizo más baja, casi como un susurro que el frío de la noche parecía absorber.
—La gente… no comprende. No lo harán nunca.
A medida que hablaba, Tonks sintió que no era solo una conversación, sino una confesión.
Remus no solo le contaba su historia, sino que le estaba abriendo su alma, dejando al descubierto años de silencio y soledad, un aislamiento que trascendía las noches de luna llena.
Los susurros, los temores, la sensación de ser un paria… todo lo que lo había acompañado como una sombra constante. Sintió un peso en el pecho, no por lástima, sino por la crudeza con la que él lo decía.
—La vida de un hombre lobo es más que las transformaciones. Es vivir con el peso de esconder lo que eres, por miedo al rechazo. Siempre fue así. Y siempre lo será.
Cuando terminó, Remus levantó la vista hacia ella con una mezcla de expectación y vulnerabilidad.
Esperaba encontrar algo en su expresión: tal vez repulsión, miedo, incluso tristeza. Lo que la gente solía mostrar cuando descubrían la verdad… antes de apartar la mirada.
Pero lo que encontró fue todo lo contrario.
Tonks ni siquiera pestañeó.
Su expresión no tenía ni rastro de la compasión indulgente ni de la habitual incomodidad.
Finalmente, sus labios se curvaron en una sonrisa franca.
—Vaya… —murmuró ella, con su calma habitual.
Su tono no tenía ni un ápice de lástima, sino una ligereza inesperada que, de algún modo, contrarrestaba el peso de su confesión.
Remus frunció el ceño, desconcertado. ¿Eso era todo?
—¿»Vaya»? —repitió, incrédulo.
Había esperado algo más… solemne, una reacción que reflejara la gravedad de sus palabras. En cambio, la risa suave de Tonks irrumpió como una ráfaga de aire fresco en la densidad de la noche.
—Sí, «vaya» —respondió Tonks, con una sonrisa juguetona y esa chispa peculiar que tanto la definía—. Ahora entiendo por qué a veces eres tan gruñón. Lo siento, no pude evitarlo.
Remus parpadeó y, antes de darse cuenta, una sonrisa inesperada se escapó de sus labios. Esa respuesta, tan simple y desenfadada, era la mayor aceptación que él podría haber esperado.
—Eres imposible, Tonks — murmuró, sin poder contener la risa, sacudiendo la cabeza.
—Lo sé —respondió ella, fingiendo orgullo y con un brillo travieso en su mirada —. Pero ¿sabes qué? No voy a dejar de hablarte, ni de hacer misiones contigo. Y definitivamente, no voy a dejar de hacer bromas.
Sus ojos buscaron los de él, y su tono se tornó más firme, más serio
—Y, además, no me voy a ir a ningún lado.
Tonks lo dijo alto y claro.
Era todo cuanto quería decirle.
Pero un segundo después comprendió la magnitud de sus palabras.
La emoción la traicionó antes de que pudiera controlarla, y notó, sin remedio, cómo las puntas de su cabello —que ese día lucía tonos verdes— se teñían de un suave color rojizo.
Por un instante se sintió avergonzada, temiendo haber sido demasiado sincera, quizá incluso invasiva otra vez.
Temió que él volviera a recular hacia sus muros.
Pero Remus no pareció notarlo. Ni tampoco su incomodidad.
De hecho, ni siquiera parecía presente en la conversación.
Pasó un dedo por la costura remendada de su pantalón, absorto, procesando lo que acababa de escuchar.
Le había contado su mayor secreto, su peor miedo, esa horrible sensación de aislamiento que muchas veces ni siquiera él sabía gestionar. Y ella… ella lo había recibido con una naturalidad tan franca como aplastante.
Con una sencillez capaz de desmontar cualquier barrera.
«No me voy a ir a ninguna parte.»
Tragó saliva, incapaz de ignorar el calor que se había expandido por su pecho ante esas palabras.
De repente, fue como si el tiempo se plegara sobre sí mismo.
Por un instante, no vio a Tonks frente a él.
Vio a Lily.
Lily, con su cabello rojizo reflejando la luz del sol en la orilla del lago.
Lily, con los brazos cruzados y la ceja arqueada en desafío, negándose a apartarse de su lado incluso cuando él intentaba ahuyentarla con palabras frías y distancia forzada.
Lily, mirándolo con una mezcla de paciencia y determinación, repitiéndole una y otra vez que no tenía por qué cargar con todo solo, que ella estaba allí.
«No eres un monstruo, Remus.»
Había creído que nunca volvería a escuchar algo así.
Que nadie más en el mundo podría mirarlo con esa misma certeza, con esa misma testaruda convicción de que él no era menos por lo que era.
Pero allí estaba Tonks.
Con la misma luz inquebrantable en la mirada. Y esta vez, en lugar de alejarse, en lugar de apartarla antes de que pudiera ver demasiado, permitió que su presencia le envolviera.
Suspiró, sintiendo un alivio inesperado.
Había algo en ella, en su forma de ver el mundo, que hacía que todo pareciera menos pesado.
Mientras la observaba sonreír bajo la luz temblorosa de la farola, no pudo evitar pensar que, quizás, aquella forma de afrontar la vida era, si no mejor… al menos mucho más divertida.
………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………
🌙 NOTA DE AUTORA
¡Y por fin hemos sembrado toda la introducción! ✨
A partir de aquí… la historia empieza de verdad.
Este fanfic tiene potencial para hacerse muy largo (sí, muchísimo 😅), así que os pido un poquito de paciencia. Prometo que cada paso nos llevará a algún lugar.
Tenía muchas ganas de compartir esta escena e ir introduciendo poco a poco la presencia de Lily.
Siempre he pensado que fue la mejor amiga que Remus tuvo, y todo nació de una frase de El Prisionero de Azkaban, cuando Lupin le dice a Harry:
“Tu madre fue alguien increíble, capaz de ver la luz en alguien que solo veía oscuridad.”
Esa línea me marcó. 💔 A partir de ella surgió toda esta subtrama entre Remus y Lily que, sinceramente, me tiene enamorada.
(No recuerdo si en los libros era exactamente así —tendré que releerlo—, pero fue suficiente para encender la chispa 🔥).
¿Y vosotros? ¿También pensáis que Remus y Lily fueron tan amigos? Os leo en comentarios. 💬
💫 En el próximo capítulo entramos de lleno en el canon de Harry Potter y la Orden del Fénix.
Por cuestiones de copyright, os iré indicando el capítulo exacto del libro para que podáis releerlo si queréis acompañar la historia paso a paso. Gracias por llegar hasta aquí y por seguir este viaje conmigo. 🖤
Podéis ver la ilustración del capítulo en mis redes —pasad por Instagram o TikTok para descubrir:
🎶 El Gramófono de Lupin, una serie de música y melancolía mágica,
Deja un Comentario