Capítulo 15

La hora de dejar los cuentos de hadas atrás.

Sirius resopló mirando las estanterías cargadas de libros, las paredes abarrotadas de cuadros y la alfombra de cenefas que le traía tan malos recuerdos de su infancia. Allí estaba de nuevo, en la biblioteca, completamente en contra de su voluntad.

Mientras Remus se acercaba a la primera estantería y empezaba a escudriñar los lomos encuadernados en piel, Sirius se cruzó de brazos y dejó que su mirada vagara por el techo.

Todo había empezado unos días atrás.

Tras su reconciliación con Molly —y después del pequeño desastre con el poltergeist del piano—, ella le pidió que revisara cada habitación antes de que Harry, Hermione y los Weasley pusieran un pie en ellas.

No era una tarea que le entusiasmara, pero conocía lo suficiente a su familia como para saber que era necesario.

Así pues, estaban en la cocina, repasando las habitaciones que quedaban por descontaminar y limpiar mientras Remus disfrutaba de una taza de té y una buena lectura en su rincón habitual.

Tonks había llegado en ese momento, y Sirius todavía podía ver la expresión divertida en su cara al descubrirles así: sin pelear, sin sarcasmo.

Molly removía su cacerola con energía.

—Entonces, como decía — dijo, sin quitar los ojos del guiso —, el salón ya es seguro. También hemos despejado el corredor, las habitaciones y los baños de la primera y segunda planta.

—Nos falta la tercera planta entera —asintió Sirius, frotándose la barbilla—. Y el subterráneo.

Molly se giró hacia él, más seria.

—Precisamente, sobre eso quería hablar. He estado indagando y he descubierto una puerta cerrada allí abajo.

Sirius entrecerró los ojos con expresión cautelosa.

—La biblioteca —murmuró tras un instante de silencio.

Tonks, que se había sentado junto a Remus, levantó la cabeza, interesada.

—¿Biblioteca? No me digas que la familia Black tenía su propio rincón de sabiduría ancestral…

—O de veneno patrimonial —replicó Sirius, cruzándose de brazos.

Remus apoyó su taza en la mesa.

—¿Por qué está cerrada? —preguntó con curiosidad.

Sirius suspiró y apoyó las manos en la mesa con pesadez, como si la respuesta fuera demasiado obvia para gastar palabras en verbalizarla.

—Porque si hay un sitio en esta casa capaz de escupirte una maldición por mirar mal una página, es ese. La sellé en cuanto regresé. Ni siquiera sé qué dejaron allí mis padres. Pero conociéndolos, nada bueno.

Molly frunció el ceño.

—Podríamos usar esa sala. Tiene pinta de ser espaciosa, y si revisamos su contenido antes de que entre la brigada de limpieza, evitamos riesgos innecesarios.

Sirius no respondió. Seguía sin tenerlo claro.

Tonks se inclinó hacia adelante, luciendo la más encantadora de sus sonrisas.

—Vamos, Sirius. ¿No tienes nada de curiosidad? A lo mejor hay un retrato maldito que insulta a todo el que no sea sangre pura… ¡o mejor aún! Un diario lleno de secretos escandalosos.

—Prefiero no saberlo —gruñó él.

—Podría haber objetos peligrosos —añadió Remus, más práctico—. Mejor revisarlo nosotros antes de que Fred o George entren por accidente.

—O a propósito —añadió Molly con una mueca.

Sirius entrecerró los ojos, mirando a Remus con suspicacia.

—Tú lo que quieres es rebuscar entre los libros antiguos de la familia Black.

Remus se encogió de hombros con fingida inocencia.

—No lo niego. Pero eso no quita que sea sensato asegurarnos de que la biblioteca no es una trampa mortal.

Sirius apretó los labios, visiblemente frustrado. Tonks sonrió de lado.

—Además, Sirius… ¿no tienes un poquito de curiosidad?

Sirius osciló entre la exasperación y la resignación. Finalmente soltó un resoplido y se pasó una mano por el pelo.

—Está bien. Pero si algo intenta devorarnos, que conste que os lo advertí.

Tonks levantó los brazos en señal de victoria.

—¡Eso es! ¡Vamos, brigada de limpieza!

—No sé si animarte o darte el pésame —murmuró Sirius.

—¡Ya veremos! —dijo ella, guiñándole un ojo.

El recuerdo se desvaneció con el crujido de una tabla bajo sus pies.

Sirius se obligó a parpadear y centrarse en lo que estaba. En dónde estaba.

El olor a polvo y tinta antigua era el mismo. El pasado, por mucho que lo sellaras tras una puerta, siempre encontraba la forma de colarse por una rendija. O una ventana.

En realidad, no se podía quejar. Al final había cedido a la petición de Molly, alentada por Lupin y Tonks. y en el fondo, la verdad es que él también quería saber qué había sobrevivido de su familia en esa tumba de palabras.

Volvió a mirar a su alrededor. La biblioteca estaba como la recordaba.

Las estanterías de madera oscura se alzaban imponentes, repletas de ejemplares encuadernados en piel, muchos de ellos polvorientos y con títulos grabados en letras pomposas que apenas se distinguían bajo la suciedad acumulada. Algunos libros emanaban una energía extraña, casi latente, como si aguardaran a ser abiertos para desplegar su contenido prohibido.

En el centro de la habitación, una mesa larga de caoba reflejaba la luz parpadeante de la chimenea. Sin embargo, ni siquiera el fuego conseguía disipar por completo el frío que emanaba de aquellas paredes, un frío que no tenía nada que ver con la temperatura, sino con la memoria y el rencor.

Para Sirius, aquella biblioteca no era un cuarto más.

Era una celda.

Recordaba con amarga claridad las interminables tardes en las que su madre, Walburga Black, les obligaba a él y a su hermano menor, Regulus, a memorizar los nombres y las tradiciones de cada una de las familias de sangre pura. La voz de Walburga era un látigo, afilado y despiadado, que caía sobre ellos cada vez que Sirius —casi siempre a propósito— se equivocaba.

Y no solo eso.

También le venía a la mente su prima Andrómeda, sentada en esa misma mesa, con una pluma entre los dedos y el ceño fruncido en una concentración fingida. En ciertos momentos, resoplaba con fastidio y dejaba caer la cabeza hacia atrás, exasperada. Sirius, incluso de niño, había reconocido en esos suspiros la semilla de la rebeldía. Quizás por eso, algunos años después, no le sorprendió que Andrómeda fuera la única de las tres hermanas Black en alejarse de las estrictas normas de la familia.

—Hola.

Una voz familiar irrumpió en el silencio de la biblioteca, haciendo que Sirius alzara la cabeza.

En el umbral de la puerta, apoyada con desenfado, estaba Tonks. Su sonrisa traviesa contrastaba con la solemnidad del lugar.

—Vaya, pensaba que ibas a escaquearte —comentó Sirius con una media sonrisa.

Ella arqueó una ceja con fingida indignación.

—¿Y perderme la joya de la casa? —exclamó con dramatismo, extendiendo los brazos como si admirara la estancia—. ¿Cómo iba a hacerme eso a mí misma?

Sirius soltó una carcajada seca y sacudió la cabeza.

—Muy bien, Nymphadora, si tanto insististe en abrir la biblioteca, ponte a trabajar —dijo, arrojándole un trapo.

Tonks lo cazó en el aire con una mueca.

—Tsk, eso ha sonado a castigo.

—Es que lo es.

Remus, que observaba la escena desde un rincón, dejó escapar una sonrisa.

La ligereza con la que ambos primos recién reencontrados interactuaban le hacía gracia. Tonks le lanzó una mirada rápida y cómplice antes de adentrarse en la estancia.

Sin más preámbulos, los tres se pusieron a revisar la biblioteca.

La tarea no era sencilla: muchos volúmenes estaban encantados y, en más de una ocasión, un estante oculto reveló un nido de doxies que les obligó a desenfundar las varitas para mantenerlas a raya. El polvo volaba en el aire con cada sacudida de las páginas, y el crujido de la madera al remover los libros viejos llenaba el ambiente de un sonido casi susurrante.

Sirius se inclinó sobre un estante bajo y extrajo un volumen de tapas gastadas. Apenas lo sostuvo entre las manos, algo cayó de entre sus páginas y aterrizó suavemente sobre la alfombra.

Frunció el ceño y se agachó para recogerlo.

Era una fotografía antigua.

—Vaya… —murmuró, enderezándose mientras la observaba con expresión indescifrable. Sin apartar la vista de la imagen, se la tendió a Remus y Tonks.

La auror tomó la fotografía con curiosidad. Sus ojos se agrandaron al reconocer los rostros inmortalizados en el papel…

—Guau

La imagen se movía con la cadencia etérea propia de las fotos mágicas, mostrando a tres jóvenes en su esplendor.

Bellatrix, la mayor, irradiaba una belleza oscura y deslumbrante, con pómulos afilados, mirada altiva y pestañas largas que proyectaban sombras elegantes sobre su piel pálida.

En el centro estaba Andrómeda, su madre, con su cabello castaño cayendo en ondas suaves sobre los hombros, igual de hermosa que su hermana mayor, pero con una expresión más amable, más accesible.

Y a la derecha, Narcisa, la menor, con su cabello lacio y rubio enmarcando un rostro de porcelana, y sus ojos azules brillando con una intensidad distante.

Tonks parpadeó, con la fotografía aún entre sus manos.

—Es curioso… —murmuró, algo vacilante

Remus y Sirius la observaron en silencio, esperando a que continuara.

—Me da un poco de vergüenza admitirlo, pero… cuando era pequeña, me gustaba mirar un álbum de fotos antiguas de mi madre —dijo con una sonrisa nostálgica—. Muchas de esas imágenes habían sido tomadas aquí, en esta casa.

Sirius asintió levemente; ya le había oído mencionarlas una vez.

Tonks siguió, con la mirada fija en la imagen.

—Me encantaba sentarme con mi madre y pedirle que me contara historias sobre cada imagen. Pasaba horas mirando las fotos de las tres hermanas: Bellatrix, Andrómeda y Narcisa. Eran mis favoritas.

Sonrió con cierta timidez.

—Yo soy hija única, así que… supongo que, de algún modo, echaba de menos tener hermanas. Me imaginaba cómo habría sido jugar con ellas, pelearme, reconciliarme, compartir secretos… Un mundo inventado, claro, pero mío. —Se encogió de hombros—. Supongo que, al no tener respuestas, las imaginé.

Sirius ladeó la cabeza hacia ella. Lupin, sentado en un sillón, la escuchaba en silencio.

Los dedos de Tonks acariciaron la fotografía con suavidad. Luego, al darse cuenta de lo mucho que estaba compartiendo, dejó escapar una risa nerviosa y negó con la cabeza.

—No sé por qué os estoy contando esto —dijo, devolviendo la foto a Sirius con un gesto despreocupado.

Él no la tomó enseguida.

—Porque quieres hacerlo —respondió con naturalidad, sin ironía—. Además, forma parte de la experiencia inmersiva de la brigada de limpieza: purificación de la casa… y del alma, prima.

Tonks sonrió, sacudiendo la cabeza ante aquella tontería, y miró a Remus.

—Si quieres seguir, te escuchamos —dijo él simplemente, con una leve sonrisa.

Ella los miró por un momento más antes de soltar un leve suspiro. Volvió a tomar la foto que le ofrecía Sirius y continuó:

—De niña, nunca me atreví a insistir demasiado. Me daba cuenta de que mi madre evitaba el tema. Cada vez que yo decía algo alegre sobre esas fotos, ella se quedaba en silencio. A veces intentaba sonreír, pero siempre había algo triste en su expresión —esbozó una media sonrisa, más triste que nostálgica.—. Así que terminé construyendo mi propia versión de su historia…  Una versión muy bonita, todo hay que decirlo.

Sus dedos tamborilearon distraídamente sobre la mesa, y su mirada reflejó por un instante la melancolía de su madre, la que Sirius tanto conocía.

—Claramente idealicé a las tres. La familia Black, la fuga de mi madre, el matrimonio con mi padre, todo. Me parecía romántico, heroico. Me la imaginaba corriendo hacia el amor… y no huyendo hacia la libertad.

Chascó la lengua.

—En fin, ahora sé que fue otra cosa. Más humana, más dura. —Alzó la vista hacia ellos—. Pero también más real. Y creo que prefiero eso. Tal vez… ya era hora de dejar los cuentos de hadas atrás, ¿no?

Soltó una carcajada ligera, como si ahuyentara los pensamientos sombríos.

—Así son las cosas en una familia, supongo.

Sirius soltó un resoplido sarcástico y se desplomó en la silla más cercana, tomando la fotografía de la mano de Tonks.

—Qué bonito, ¿eh? Tres niñas preciosas con su futuro perfectamente trazado. Una terminó loca, la otra repudiada y la tercera casada con el mayor imbécil del mundo mágico.

Tonks ahogó una carcajada y se tapó la boca con la mano. Remus, que estaba hojeando un libro polvoriento desde un sillón cercano, alzó una ceja.

—No se puede negar que Bellatrix está desquiciada, pero Narcisa… bueno, a su manera consiguió lo que quería, ¿no? —preguntó, mirando a Sirius.

—Sí, una vida de lujo y una percha andante por marido —refunfuñó Sirius—. Pero oye, cada uno con sus prioridades.

Tonks se echó a reír, dejando escapar parte de la tensión acumulada.

—¿Y tú, Sirius? ¿Qué crees que habría sido de ti si no hubieras huido? —preguntó, divertida.

Sirius fingió pensarlo, inclinándose hacia adelante con el codo en la mesa y golpeando suavemente la fotografía contra la madera.

—Mmm… teniendo en cuenta mi actitud rebelde y mi irresistible encanto, me habrían intentado casar con alguna bruja de alta cuna para “corregir mi carácter” —hizo comillas en el aire—, y yo habría arruinado la boda de la manera más escandalosa posible. Probablemente, habría volado el pastel antes de largarme en mi moto.

Tonks se rió con ganas, y Remus dejó escapar una sonrisa divertida mientras sacudía la cabeza.

—Lo peor es que puedo imaginármelo perfectamente —dijo con simpleza, cerrando el libro que tenía en las manos—. Habrías dejado a Walburga al borde del colapso nervioso.

Sirius se encogió de hombros con aire satisfecho.

—Ese habría sido mi mayor logro.

Tonks tomó la foto de nuevo y miró a su madre, capturada en su juventud, con una sonrisa que ahora le parecía llena de anhelos que empezaba a comprender. 

—Quédate con ella —dijo Sirius de pronto.

Tonks alzó la vista, sorprendida.

—¿Estás seguro?

Sirius encogió los hombros con indiferencia, pero su tono era más suave.

—¿Para qué la quiero yo? A ti te hace más ilusión.

Tonks vaciló un instante, pero al final asintió y guardó la fotografía con cuidado en su abrigo.

—Gracias.

—Venga, sigamos buscando —dijo Sirius con tono desenfadado y energía renovada—. Todavía tenemos mucho trabajo que hacer. Quién sabe, quizás encontremos otra joya de la familia Black. A lo mejor un retrato de tía Elladora con su colección de cabezas de elfos domésticos. O quien sabe, igual nos ataca el espíritu maldito del tatarabuelo de Kreacher.

Tonks puso cara de horror exagerado. Lupin negó con la cabeza y tomó la delantera, como si se resignara a lo que vendría a continuación.

—Espero que no, pero por si acaso… que alguien tenga la varita lista —murmuró con una sonrisa, antes de adentrarse entre los lóbregos estantes.

Las risas de Tonks y Sirius resonaron en la estancia, despertando un eco leve, casi cálido, entre las paredes frías de la biblioteca de Grimmauld Place.

Mientras caminaba detrás de ellos, Tonks miró hacia atrás un momento. Tenía la sensación que unos ojos la seguían.

Lo vio.

Una pintura desteñida, clavada entre dos estanterías desvencijadas, mostraba un caballo negro de crines largas.
Tenía algo extraño en la mirada. Demasiado humana.

Tonks frunció el ceño.
Parpadeó… y ya no estaba del todo segura de si la había mirado realmente.
Sacudió la cabeza, como si se quitara un pensamiento absurdo.

Y corrió tras sus compañeros a paso rápido, sonriendo.

……………………………..……………………………..……………………………..……………………………..……

La tarima parecía más alta de lo que recordaba.

Y las luces, más brillantes.

El silencio, más intenso.

O tal vez era el peso de los ojos que miraban.

Tonks ajustó su postura sin darse cuenta, con los hombros rectos y el mentón firme, aunque por dentro sentía el viejo cosquilleo de los nervios. Aquel lugar tenía algo solemne, intimidante, como si las paredes recordaran todos los nombres que habían pasado por allí y juzgaran en silencio a los nuevos.

La gran sala de ceremonias del Ministerio de Magia rebosaba de expectación.

Los nuevos cadetes, enfundados en sus túnicas de uniforme oficial, granates, nuevas y recién planchadas, aguardaban sobre la tarima central, elevados frente al resto del auditorio.

Frente a ellos, sentados en hileras perfectamente alineadas, los aurores en activo los observaban con semblantes serios, como una muralla de experiencia y cicatrices. Vestían el mismo color, sí, pero cada túnica cargaba su propia historia.

Aquella mañana se celebraba la ceremonia de graduación.

El momento en que se anunciaría quiénes se incorporaban oficialmente al Departamento de Aurores… y quiénes no. Solo los que hubieran superado la evaluación final serían aceptados. Para ellos, Scrimgeour ya tenía preparados los equipos a los que serían asignados.

La tensión en el aire era palpable; todos parecían al borde del colapso.

Tonks, al lado de Kingsley y Moody, enfundados también en sus túnicas oficiales, observaba a los aspirantes en silencio.

No hacía tanto que ella misma había formado parte de un grupo similar. Recordaba con nitidez lo difícil que había sido aquel día para ella: De pie, con la túnica aún por estrenar, las botas chirriando en la madera del estrado y el corazón palpitando a un ritmo imposible.

Se ajustó las hebillas de su abrigo granate. El suyo ya no estaba nuevo ni perfectamente planchado, pero había adquirido otra clase de presencia: más gastado, sí, pero también más imponente.

Miró de reojo a Booth y Dawsey, que estaban junto a Dawlish. Por sus expresiones concentradas, compartían el mismo pensamiento: qué rápido pasa el tiempo cuando ya no eres el novato.

Convertirse en auror no era tarea sencilla.

Primero, los aspirantes debían haber obtenido al menos cinco ÉXTASIS con notas sobresalientes en asignaturas clave como Defensa Contra las Artes Oscuras, Encantamientos, Transformaciones, Pociones y Herbología.

Después de superar esa exigente criba académica, venía una formación específica de tres años, donde aprendían a enfrentarse a peligros reales, a manejar situaciones de alto riesgo y a dominar disciplinas avanzadas como duelo mágico, rastreo, infiltración y técnicas de interrogatorio.

Superada esa etapa, los candidatos eran asignados a un equipo del Departamento de Aurores.

Allí comenzaba su verdadera carrera.

Cada uno recibía un mentor —normalmente el jefe del equipo al que eran asignados— y un supervisor directo: un auror experimentado que se convertía en su guía, su evaluador y su principal referencia durante los primeros años.

Ese acompañamiento cercano era esencial: el salto entre la teoría y la práctica podía ser brutal, y no todos lo superaban. Tonks recordaba perfectamente lo vertiginoso que había sido al principio… Aún le parecía increíble haber sido elegida por Moody como aprendiz y tener a Kingsley como supervisor.

La auror ladeó la cabeza apenas un poco, observando a su mentor.

Su expresión, como siempre, parecía aburrida, pero su ojo mágico giraba sin descanso, escaneando a los aspirantes. Algunos ya lo habían notado. Uno, de pelo castaño y aspecto robusto, tragó saliva de forma visible. Otro bajó la mirada cuando el ojo se detuvo en él. Tonks juraría que a uno se le había doblado una pierna de los nervios. No pudo evitar sonreír. Conocía esa sensación. La había sentido en carne propia más veces de las que le gustaba recordar.

Moody, en teoría, estaba retirado.

Había colgado oficialmente la placa de auror hacía años, pero nadie en el Ministerio se atrevía a tratarlo como un jubilado. Y mucho menos a echarle de allí. Seguía liderando operaciones, firmando informes, repartiendo misiones… y manteniendo su despacho, como si nada hubiera cambiado.

La verdad era que iban escasos de personal.

Scrimgeour, el jefe del Departamento, lo sabía, y aunque no siempre coincidía con Alastor, había algo más fuerte entre ellos: respeto.

Se habían formado juntos.

Se conocían bien.

Tonks sospechaba que no se caían particularmente bien, pero ambos sabían que el otro era imprescindible. Así que Scrimgeour simplemente lo dejaba estar. Le permitía un pequeño equipo —compuesto solo por Kingsley y por ella— y cerraba los ojos ante formalidades administrativas. Mientras cumpliera y no diera problemas.

En realidad, no es que cumpliera al pie de la letra. Tonks estaba convencida de que Moody era una auténtica jaqueca para Scrimgeour: siempre a la suya, siempre refunfuñando, siempre discutiendo. Pero estaba claro que Moody solucionaba más problemas de los que causaba.

Los otros equipos eran mucho más grandes.

Dawlish, por ejemplo, comandaba el equipo principal, el más extenso, donde se aglutinaban la mayoría de los cadetes. Su equipo se encargaba de tareas diversas: protección, vigilancia, registros, misiones de patrullaje dentro del Ministerio y fuera. Era el brazo ejecutor de los aurores, y por eso se le consideraba el equipo operativo por excelencia.

Luego estaba el equipo de Héctor Radcliffe. Más discreto, con un enfoque muy distinto. Radcliffe era británico, de sangre pura, y tenía fama de metódico y duro, pero leal. Su especialidad eran los interrogatorios y la obtención de información, y desde que había empezado a colaborar con departamentos internacionales, su equipo se encargaba de los casos con ramificaciones más diplomáticas.

Viola Grint lideraba otro grupo, más silencioso, casi invisible. Bruja mestiza, experta en rastreo y oclumancia, prefería el trabajo encubierto, y eso se reflejaba en su gente. Tonks sospechaba que Hestia Jones trabajaba con ella.

Y luego estaba Marietta Watson. Su equipo no se metía tanto en batallas abiertas, pero su trabajo era igual de importante: protección mágica, escudos, barreras, refuerzos. Se encargaban de la seguridad en eventos del Wizengamot, reuniones del Ministerio, cumbres internacionales. Eran quienes protegían las estructuras, mientras otros luchaban en el campo.

Comparado con ellos, el equipo Moody parecía más bien una célula independiente.

Tres personas.

Pero también era el único que Scrimgeour no cuestionaba. Tenían libertad para moverse, para elegir misiones, para trabajar a su modo. Y eso, para Tonks, era una mezcla de honor… y presión.

Kingsley carraspeó, un leve sonido grave que la hizo alzarse un poco más, ajustando la postura como si fuera de nuevo una alumna. Su presencia a su lado era tan sólida y tranquila como siempre, con esa capacidad de imponer respeto sin apenas moverse. Parecía hecho de roca antigua, curtido por los años y por una serenidad que no venía solo de la experiencia, sino de algo más difícil de alcanzar: templanza, compostura, ese tipo de calma que no se entrena, que se es o no se es.

Y ella… ella siempre iba corriendo a todas partes, chocando con cosas, hablando demasiado alto, con el cabello alborotado y la ropa muggle un poco estrafalaria. Ni alta ni baja, ni gorda ni delgada, ni exuberante ni raquítica. Simplemente, normal.

Un grano de arena en medio de dos columnas de granito.

Y justo por eso, por lo selectivo que era Moody, Tonks no podía evitar preguntarse qué había visto el viejo auror en ella para decidir apadrinarla.

Al terminar la ceremonia, como siempre, entre los cadetes se respiraban emociones muy distintas: júbilo, rabia, lágrimas contenidas, decepción, felicidad pura. Algunos se abrazaban entre risas; otros se alejaban en silencio, con los puños cerrados y la mirada baja. Mientras el grupo se iba dispersando, los elegidos se reunían con sus nuevos equipos, y los rechazados marchaban sin mirar atrás.

Kingsley cruzó los brazos y murmuró sin apartar la vista del patio:

—¿No te ha gustado ninguno, Alastor?

Moody gruñó, y Tonks reconoció de inmediato aquel sonido seco como una respuesta negativa.

Scrimgeour, desde la escalinata, los observaba. Tonks notó cómo su mirada se detenía un segundo en Moody, como si esperara algún gesto. Una señal. Algo. Pero el viejo auror no le devolvió ni un vistazo. En lugar de eso, le revolvió el cabello a Tonks con gesto áspero pero familiar.

—Ya tengo suficiente con la chica —dijo—. Aún está muy verde.

—Anda ya, Alastor —protestó ella, fingiendo indignación.

Pero sonrió.

Porque sabía que, en el fondo, aquel era su modo torpe y hosco de decir: te elijo a ti.

Sí. Tonks se sentía parte de algo pequeño, peculiar… pero suyo.

Su equipo.

……………………………..……………………………..……………………………..……………………………..……

La ceremonia había terminado, y la gran sala se iba vaciando poco a poco entre murmullos, apretones de manos y abrazos emocionados.

Tonks se desvió hacia una de las columnas cercanas a la salida, quitándose la túnica con un suspiro de alivio. Había sido una mañana intensa.

—¡Mira quién ha vuelto al mundo de los vivos! —dijo una voz conocida a su espalda.

Tonks se giró justo a tiempo para recibir un codazo amistoso en el brazo por parte de Dawsey, alto y desgarbado como siempre, con una sonrisa fácil y el pelo castaño alborotado.

A su lado estaba Booth, algo más bajo, más ancho de hombros, con expresión de eterno buen humor y un brillo travieso en los ojos.

—¡Ey, vosotros! —exclamó Tonks, sonriendo y abrazando a Booth—. Ya pensaba que os habíais olvidado de mí desde que os ascendieron a semidioses del Ministerio.

—¿Ascendidos? ¿Nosotros? Qué va —dijo Booth—. Seguimos siendo tan mindundis como tú.

—Claro, claro —rió Tonks—. ¿Y qué? ¿Os han caído muchos nuevos en vuestros equipos?

Dawsey se pasó una mano por la nuca con aire pensativo.

—Pues en el equipo de Scrimgeour — explicó — entran cinco. Jóvenes, pero con buen potencial. Uno de ellos tiene una puntería impresionante, y otra ha desarrollado una especie de resistencia natural al Confundus. Estoy deseando ponerlos a prueba.

—Ya está con la vena paternal otra vez —murmuró Booth, dándole un leve empujón —. No los dejes leer tus discursos motivacionales, o saldrán corriendo.

Dawsey lo ignoró con dignidad.

—Y tú, Booth, ¿qué tal en el escuadrón de Dawlish?

—Tres incorporaciones —respondió, entusiasmado—. Uno muy técnico, otro algo torpe pero con muy buena actitud… y la tercera… bueno. Tiene cara de modelo de El Profeta. No te digo más.

Tonks resopló, cruzándose de brazos.

—Genial. Lo que necesita el cuerpo de Aurores: pasarelas y sonrisas.

—Oye, que una cosa no quita la otra —protestó Booth con media sonrisa—. Si lanza un buen hechizo aturdidor, puede poner la cara que quiera.

—¿Y tú? —preguntó Dawsey, volviéndose hacia Tonks—. ¿Algún novato en el equipo Moody?

Tonks negó con la cabeza, con una media sonrisa.

—No. Seguimos siendo los tres de siempre.

Dawsey soltó un resoplido divertido.

—Claro, un equipo raro para gente rara. Solo para ti.

Tonks le dio un codazo sin fuerza, alzando una ceja.

—Raro, pero efectivo.

Booth rió, y luego adoptó un tono conspirador.

—Debe ser duro trabajar con Moody.

Tonks se quedó pensativa un segundo. Luego sonrió.

—La verdad… estoy encantada. Es exigente, sí, y gruñón como él solo, pero es brillante. Aprendo todos los días algo nuevo. A mí me parecería mucho más duro trabajar con Dawlish.

Hizo una mueca que provocó la carcajada inmediata de Booth, que era conocedor del eterno disgusto entre su mentor y su compañera.

—¡Anda ya! Dawlish es genial. Un poco… intenso, vale, pero sabe lo que hace.

—Ya… —dijo Tonks, alzando una ceja sin convencerse del todo. Se volvió hacia Dawsey—. ¿Y el jefe qué tal?

—Estoy muy bien con Scrimgeour —dijo él, encogiéndose de hombros—. No es tan… eh, carismático, pero es justo. Sabe valorar a su equipo.

Booth le dio un codazo.

—Ibas a decir “peculiar” en lugar de “carismático”, ¿a que sí?

Dawsey sonrió. Tonks soltó una carcajada.

—Siempre tan diplomático.

Los tres echaron a andar juntos por el pasillo alfombrado que conducía a las salas internas del Ministerio. A esas horas, la actividad ya empezaba a rugir en los corredores. Al fondo, una puerta de cristal conducía a una pequeña salita común donde a veces se reunían a descansar entre turnos. Entraron casi por costumbre, y Tonks se dejó caer en una de las butacas mientras Booth servía tres cafés del dispensador.

—Hablando de temas más serios —intervino Dawsey, bajando el tono—. ¿Habéis oído lo que nos están diciendo últimamente? Hay una alerta en aumento.

—¿Una alerta? —preguntó Tonks, tomando el café que Booth le alargaba.

Booth asintió, esta vez más serio.

—Sí. Los grupos de delincuentes que se hacen pasar por mortífagos. Ya sabéis… no lo son. No tienen la Marca, no usan Maldiciones Imperdonables… pero se visten igual. Capanas negras, máscaras, todo el disfraz. Van por barrios aislados, provocan miedo, hacen huir a las familias… y luego saquean las casas.

—O se presentan en hogares y amenazan a la gente para que les entreguen oro, objetos mágicos, ingredientes raros… —añadió Dawsey, tras tomar un sorbo de café —. Chantaje puro. “Dame esto o volveremos esta noche con los demás”. Y claro, ¿Quién se arriesga?

Tonks apretó los labios, molesta.

—Cobardes —dijo—. No quieren una guerra, solo sacar tajada del miedo que hay en el ambiente.

—Exacto —asintió Booth—. No siguen a Quién-ya-sabéis, ni falta que les hace. Solo saben que ahora la palabra “mortífago” abre puertas… o las cierra con cerrojo. Y lo aprovechan.

Dawsey añadió con gravedad:

—Lo peor es que, si se extiende, va a ser cada vez más difícil distinguir quién es una amenaza real y quién es solo otro parásito.

Un silencio denso se instaló entre ellos.
Más allá de la sala, el Ministerio seguía con su rutina de tazas, tacones y papeles flotantes, como si nada pudiera romper el ritmo inquebrantable del sistema.

Tonks dio un sorbo largo a su café. Luego los miró a ambos, uno a cada lado, con una sonrisa ladeada.

—Menos mal que los tres tenemos buen ojo, ¿no?

—Y buenos reflejos —añadió Booth, alzando la taza en un brindis informal.

—Tonks no —replicó Dawsey con media sonrisa.

Tonks entrecerró los ojos, divertida.

—Ya veremos quién tropieza primero.

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NOTA DE AUTORA:

Bueno, como veis, hoy profundizamos el canon, por así decir.

Me apetecía hurgar en lo que el canon insinúa sobre las tres hermanas y contar la historia que yo leo entre líneas: menos romanticismo, más verdad.

Ah, y los aurores. Me encantan los aurores. Creo que no hay nada muy desarrollado sobre ellos. Así que lo he hecho yo. En realidad, no me inventado nada. Lo que habéis leído es la carrera de medicina adaptada al mundo auror. Exámenes exigentes, años de formación, mentorías… Nada de varitas y ya. De hecho, hasta quise hacerles jurar (como hacen los médicos cuando hacen el juramento hipocrático, normalmente en la ceremonia de graduación). Pero me sonó demasiado a Juego de Tronos, y no quería eso. Así que lo descarté. De momento.

No sé si os habéis dado cuenta. He usado los apellidos de los tres protagonistas de las películas para dar nombre a los aurores de los equipos. Soy muy mala eligiendo nombres para personajes, y esto me pareció una buena idea. Un tributo a los actores que tanto han aportado a nuestras infancias, adolescencias… y por qué no, vida adulta. ¡Yo sigo viendo las películas muy de vez en cuando! Un gracias escondido para quien lo quiera encontrar.

Bonus emocional: hoy (o al menos, el día que escribí esto, 1 de noviembre) es el cumpleaños de Natalia Tena; le hemos prestado esa fecha a Tonks porque canon no le dio una. Parecía lo justo.

Si queréis ver las ilustraciones y extras del capítulo, estoy en Instagram y TikTok. Todos mis enlaces están aquí:

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