Capítulo 17

Sería bonito, ¿no?

La sala de entrenamiento del Ministerio olía a esfuerzo, sudor seco y a piedra encantada.

Tonks caminaba junto a Booth y Dawsey mientras un grupo de cadetes los seguía con paso nervioso en silencio, como si no supieran aún si tenían permiso para mirar a su alrededor, hablar o siquiera respirar.

—Y aquí es donde aprendemos a no acabar hechos papilla —dijo Booth, con una sonrisa de medio lado mientras abría la puerta con un movimiento amplio del brazo—. Sala de entrenamiento y duelos. Si alguno de vosotros cree que sabe lanzar un Desmaius decente, este es el lugar para descubrir lo contrario.

Dawsey no se molestó en mirar a los cadetes; ya se estaba remangando su túnica y sacando la varita. Apuntó a Tonks sin ceremonia.

—Formad un semicírculo —ordenó sin levantar la voz, y los aprendices se movieron como piezas de ajedrez.

Tonks no dijo nada. Solo se colocó a su lado de la pista, con gesto tranquilo, mientras dejaba que Dawsey se ocupara de formar a los nuevos polluelos.

Su compañero era el adecuado para eso. Plenamente cómodo en su rol de mentor —o de “hermano mayor paternalista”, como le decía Booth para burlarse de él—, explicaba las posturas defensivas y el protocolo estándar ante un ataque frontal.

Ella, mientras tanto, se fijaba en las expresiones de los cadetes. Algunos apretaban los labios para no interrumpir. Otros parecían desbordados de emoción. Uno de ellos —un chaval pecoso con varita nueva— la miraba como si fuera una especie de leyenda.

Ella no tenía ningún cadete asignado, y aunque en parte no le habría importado tener un aprendiz más joven en el equipo, también sabía que era mejor así.

Moody, Kingsley y ella —junto con Hestia Jones— eran los únicos aurores que formaban parte de la Orden del Fénix.

Meter a un cadete en el equipo podría suponer un riesgo. Bastaba una palabra fuera de lugar, una pista equivocada, y todo podría irse al traste.

Seguramente por eso Moody nunca había querido apadrinar a nadie. No sabía en quién se podía confiar.

Típico de Alastor.

—Ahora, Tonks y yo os mostraremos un ejemplo de combate real. — anunció Dawsey en voz alta, retrocediendo un paso y alzando la varita—. ¡En guardia!

Dawsey apuntó con rapidez, y un rayo azul cortó el aire hacia Tonks.

Ella esquivó con un giro elegante, casi felino, que provocó un coro de “¡oooh!” entre los cadetes. Le devolvió una maldición amortiguadora que su compañero consiguió bloquear a tiempo.

Tonks sonrió, orgullosa.

Y entonces, como si su cuerpo recordara el peso de la mañana, su mente volvió por un instante a la redada… y al anillo.

Aquella misma mañana, había hablado con su mentor. Le había contado lo del anillo. Moody había girado su ojo mágico como si examinara la relación entre la joya, el hombre misterioso junto a Rookwood, los mortífagos falsos y el pintoresco Baltasar Greaves.

—Me encargaré de interrogar con los imitadores personalmente —había dicho, sombrío—. A ver si consigo sonsacar algo. No te preocupes más por eso… de momento.

Un nuevo hechizo cruzó la sala.

Tonks lo vio venir tarde.

Sin tiempo para una respuesta digna, se dejó caer al suelo de forma más aparatosa de lo que le habría gustado.

Booth resopló junto a los cadetes y no perdió la oportunidad de lucir su sarcasmo —y tal vez, de impresionar a la bonita aprendiz con aspecto de modelo que, casualmente, se había colocado a su lado.

—Y lo que os digo, chicos: siempre hay que estar atentos al oponente —comentó con solemnidad exagerada—. No como la auror Tonks.

Algunos cadetes sonrieron con timidez; otros dejaron escapar una risa breve y respetuosa, como quien presencia una broma interna.

Tonks alzó la cabeza, cubriéndose de dignidad solo lo justo para sacarle la lengua, traviesa.

Dawsey se acercó y, sin decir palabra, le tendió la mano con una sonrisa cómplice. Tonks la aceptó sin dudar, dejando que la ayudara a levantarse.

—Te la tengo jurada —murmuró por lo bajo.

—Espero que sí —respondió él, sin dejar de sonreír.

……………………………..……………………………..……………………………..……………………………..……

Nymphadora Tonks llegó al cuartel de la Orden del Fénix al final de la tarde, con el cuerpo molido por el cansancio tras el largo día de entrenamiento con los cadetes en el Ministerio.

Llevaba el abrigo granate, aunque ya sin el rigor de los eventos oficiales: las hebillas desabrochadas, las mangas algo arrugadas y una expresión mucho más desenfadada.

Además, se había pasado la última hora lidiando con informes y escuchando a sus superiores debatir sobre la creciente actividad mortífaga, y lo único que quería en ese momento era una taza de té caliente y, con suerte, una conversación amena.

Pero en cuanto cruzó el umbral de la cocina de Grimmauld Place, comprendió que la paz no iba a ser una opción.

Molly Weasley iba de un lado a otro de la cocina con el ceño fruncido y las manos en las caderas, fulminando con la mirada a Fred y George, que se esforzaban —sin mucho éxito— por parecer inocentes.

Ron, sentado en una silla junto a la mesa, observaba con desesperación su reflejo en la superficie pulida de un cazo. Su cabello, normalmente de un pelirrojo inconfundible, resplandecía ahora en un azul eléctrico vibrante.

Tonks se detuvo en el umbral y arqueó una ceja, llevándose una mano a la cadera.

—Vaya, vaya… ¿desde cuándo la Orden del Fénix se ha convertido en un criadero de pavos reales?

Los gemelos estallaron en carcajadas. Hermione y Ginny, sentadas en un rincón, intercambiaron miradas divertidas al ver la expresión de Ron, que apretaba los dientes y miraba a Tonks con evidente fastidio.

—Si fueras un poco más solidaria, me dirías que no se nota tanto —murmuró Ron.

—Oh, claro, apenas se ve —respondió Tonks con dramatismo—. Seguro que, si sales al jardín, nadie te confunde con un miembro exótico del corral.

—¿Sabes, Tonks? —dijo Fred, aun riendo—. Si no fueras metamorfomaga, diría que estás celosa.

—Oh, sin duda, estoy muriéndome de envidia —dijo Tonks, llevándose una mano al pecho—. Pero si queréis competencia, avisadme con antelación. Seguro que puedo superaros con rayas moradas o lunares verdes.

—¡Esa sería una idea brillante para nuestro próximo tinte instantáneo! —exclamó George con entusiasmo.

En un rincón de la cocina, apartado del bullicio, Remus Lupin cenaba en silencio, con un libro abierto frente a él. Aunque su postura era relajada, su rostro mostraba signos de fatiga y el tenue resplandor de las velas resaltaba las líneas de preocupación en su frente. Pasaba distraídamente la mirada por las páginas, pero su oído atento captaba cada palabra de la conversación.

Cuando sus ojos se cruzaron con los de Tonks, dejó los cubiertos a un lado y esbozó una media sonrisa.

—Buenas noches, Tonks. Día largo, ¿eh?

—Ni lo menciones —murmuró ella, dejándose caer en una silla con un suspiro y mirando a su alrededor —¿Y Sirius?

Remus cerró el libro con calma y apoyó los codos sobre la mesa.

—Está con Harry. Molly les ha dado un respiro, así que imagino que estarán charlando. Harry está nervioso por la vista.

Tonks asintió.

Sí, podía imaginarse que la perspectiva de una vista oral disciplinaria no era lo mejor para los nervios.

Su mirada vagó entonces hacia Molly, que en ese momento terminaba de reprender a los gemelos con firmeza.

—¡En fin, fuera de aquí, los dos! —exclamó, señalando la puerta—. Y ya que tenéis tanta energía para hacer el tonto, podéis aprovecharla en algo útil. Subid y ayudad a Ginny con la colada. Y si os oigo intentar otro de vuestros experimentos, os aseguro que lo lamentaréis.

Los gemelos intercambiaron una mirada de resignación antes de encogerse de hombros.

—Vamos, hermano —dijo Fred, con fingida solemnidad, mientras se dirigía a George—. Nuestro talento es incomprendido en esta casa.

—Trágico, realmente —asintió George, siguiéndolo con el mismo dramatismo.

Cuando la puerta se cerró tras ellos, Molly dejó escapar un largo suspiro y se dejó caer en la silla frente a Tonks, con los hombros vencidos por el agotamiento.

Se pasó una mano por la frente y cerró los ojos un instante antes de hablar.

—Espero que me digas que no te importa el caos que hay aquí —dijo, con una mezcla de resignación y ternura—. Estos chicos… algún día van a volverme loca.

Tonks tomó su taza entre las manos y sonrió.

—Me parece encantador, la verdad —respondió con complicidad—. Vivo sola en un piso diminuto en el centro de Londres, al que básicamente vuelvo para dormir y ducharme. Para mí, este lugar es como un teatro lleno de vida.

Molly le dedicó una mirada cálida, con ese matiz de curiosidad maternal que nunca abandonaba su expresión.

—¿Y tú cómo estás, querida? ¿Todo bien en el trabajo?

El tono era casual, pero sus ojos no perdían ese brillo de preocupación. Ya se había fijado en el uniforme de Tonks, con las mangas algo arrugadas, una tachuela suelta y en la fatiga sutil que se reflejaba en su rostro.

La auror sopló suavemente su té antes de responder con tranquilidad.

—Oh, lo de siempre, Molly. Un día soy un auror profesional y competente, y al siguiente… bueno, termino tropezando con una papelera en la oficina y derramando café sobre el informe de Dawlish. Otra vez.

Molly dejó escapar una risa suave, aunque la preocupación no desapareció del todo de su expresión.

Desde el fregadero, donde dejaba su plato, Lupin esbozó una leve sonrisa. No dijo nada, pero su gesto al ajustarse la postura, llevándose una mano a la barbilla, delataba que estaba escuchando. Luego volvió a su silla y abrió su libro, sumergiéndose aparentemente en la lectura.

—Necesitas descansar más, Tonks. Con todo lo que está pasando, apenas os dais un respiro —dijo Molly con dulzura, rodeando su taza de té con ambas manos.

Tonks soltó una risa breve, sacudiendo la cabeza.

—No te preocupes por mí. A veces pienso que esto… este té caliente, las broncas a los gemelos, el ruido de esta casa… es el único descanso real que tengo.

Molly le dedicó una sonrisa cálida, esa que siempre parecía contener el eco de un abrazo.

—Siempre eres bienvenida aquí, querida. Ya lo sabes.

Tonks sonrió, sintiendo el peso de la fatiga aflojarse levemente bajo la calidez de las palabras de Molly.

—Gracias. Lo sé. Y créeme, no pienso desaprovecharlo.

La matriarca de los Weasley la observó con un brillo pensativo en la mirada. Se dio cuenta de que, a pesar de la frecuencia con la que veía a Tonks, apenas sabía nada sobre ella. Siempre la veía en movimiento, llena de energía y risas, pero ahora, sentada en su cocina con el cansancio dibujado en el rostro, parecía más humana, más real. Y tremendamente joven. Su instinto maternal afloró de manera natural.

Y lo primero que hizo fue servirle una taza de té.

—¿Y qué tal va tu vida, Tonks? —preguntó con aparente ligereza, acercándole un azucarero con aire distraído—. Apenas hemos tenido tiempo para charlar con calma. ¿Hay alguien especial por ahí?

Tonks detuvo el giro distraído de la cucharilla entre sus dedos y, casi sin querer, echó una rápida mirada hacia el rincón donde Lupin seguía sentado. Él mantenía la vista fija en su libro, pero Tonks tuvo la impresión de que su concentración no estaba realmente en la lectura.

Bebió un sorbo de té, tomándose un instante antes de responder.

—¿Sabes, Molly? A veces creo que soy más torpe con las personas que con las tazas que suelo romper.

Su tono era desenfadado, pero la broma no ocultaba del todo la verdad que la acompañaba.

Molly, cuya experiencia con jóvenes de todas las edades, personalidades y opiniones era vasta, alzó una ceja con interés.

—¿Y eso?

La cucharilla volvió a girar entre los dedos de Tonks, un tic inconsciente que pregonaba que la conversación se estaba adentrando en lo personal. Aun así, su porte se relajó ligeramente, como si la atmósfera de la cocina, con su calidez y sus ruidos suaves, le diera permiso para abrirse un poco más.

—He salido con algunos chicos. Un par de citas por aquí, una relación algo más seria por allá… pero nunca termina de funcionar. —Su voz bajó ligeramente al final de la frase, y su mirada se perdió en algún punto de la mesa—. Quizá el problema soy yo.

—Tonks… —murmuró Molly con ternura, pero la joven auror levantó una mano antes de que pudiera continuar.

—¡No me malinterpretes! —se apresuró a decir con una sonrisa amplia, como si no quisiera que la conversación se volviera demasiado sentimental—. No soy de las que se encierran a llorar con una tarta de chocolate.

Desde su rincón, Lupin intentaba centrarse en leer. aunque no había pasado la página en un buen rato. Seguía la conversación con disimulo, y, de vez en cuando sus ojos se desviaban hacia Tonks, cuya reflexión le generaba curiosidad.

—Simplemente… —Tonks dejó la cucharilla sobre la mesa y suspiró, su voz tornándose más suave, más reflexiva—. A veces me pregunto si ser auror se ha convertido en la única relación estable de mi vida. Mi trabajo es lo único a lo que realmente me comprometo. Y no me quejo, de verdad. Me encanta. Pero…

Hizo una pausa, como si buscara las palabras exactas

—Sería bonito, ¿no? Saber lo que es amar a alguien. De verdad. Sin reservas.

Lupin inclinó ligeramente la cabeza, captando no solo las palabras de Tonks, sino la forma en que las decía. Había algo en su tono ligero y despreocupado que le resultaba profundamente auténtico. Su sonrisa, su forma de expresarse… y, sobre todo, la sinceridad latente en su confesión.

El silencio que siguió fue inesperadamente profundo.

La luz de las lámparas parpadeó ligeramente, y la leña crujió en la chimenea como si quisiera llenar el vacío.

Tonks sintió, con inexplicable certeza, que Lupin había dejado su libro de lado.

Molly rompió el silencio con una risa suave, aunque su mirada seguía siendo tierna, casi introspectiva.

—Vaya, querida, tienes un punto de vista más serio de lo que pensaba. Eres joven aún, cierto —su voz se volvió más firme, con ese tono cálido y protector que solo una madre podía adoptar—. Pero no puedes dejar que tu trabajo sea lo único. Ni siquiera en tiempos como estos.

Tonks entrecerró los ojos, intentando descifrar esa sombra que se había colado en su voz.

—He visto lo que ocurre cuando nos olvidamos de vivir. A veces pensamos que el mañana está garantizado… pero no lo está.

Tonks iba a responder, pero se detuvo. Algo en el tono de Molly, en su mirada perdida, le impidió hablar.

Lupin, que hasta entonces había permanecido al margen, se levantó despacio. Se acercó a Molly y, sin decir nada, apoyó una mano ligera sobre su hombro.

—Todo irá bien —dijo con voz serena.

Molly no respondió de inmediato. Solo asintió con un gesto lento, y esbozó una sonrisa apagada.

—Lo siento —dijo finalmente, sacudiendo la cabeza como si quisiera despejar el peso de encima—. Es solo que Arthur está de guardia esta noche, y yo…

No terminó la frase. No hacía falta.

Tonks se inclinó ligeramente hacia adelante, buscando tomar la mano de la mujer. 

—Es normal preocuparse, Molly. Pero si hay alguien que puede salir ileso de cualquier cosa, ese es Arthur. Ya sabes cómo es. Tiene más recursos que cualquier auror que conozco.

Molly soltó una risa suave, agradecida por el intento de Tonks de animarla, aunque sus ojos se humedecieron un poco.

—Lo siento —murmuró de nuevo, poniéndose en pie con movimientos algo bruscos—. Será mejor que me ocupe de las patatas para la cena.

—Te ayudo —se ofreció Tonks, levantándose de su silla, pero Lupin levantó una mano en un gesto tranquilo para detenerla.

—Déjala – dijo con suavidad, mientras miraba a Molly marcharse – A veces, un momento a solas es justo lo que se necesita —dijo él en voz baja, observando a Molly desaparecer por la puerta de la alacena.

Su tono, sereno y comprensivo, bastó para que Tonks no insistiera.

Tonks vaciló, pero al final volvió a sentarse, jugueteando de nuevo con la cucharilla entre sus dedos. Lupin ocupó la silla frente a ella, y durante un instante, el único sonido en la habitación fue el crepitar lejano del fuego.

—¿He dicho algo malo? —preguntó Tonks al fin, con una inquietud sincera en la voz

Lupin negó suavemente con la cabeza.

—No, claro que no.

—Tú, en cambio, siempre pareces saber qué decir… —añadió ella, algo indignada—. Como si leyeras mentes o algo así.

Para su sorpresa, Lupin rió, iluminando por un instante la sombra habitual que solía empañarle el rostro. Tonks lo miró, desconcertada por la ligereza inesperada, y terminó sonriendo también.

—No soy legilimente —dijo él, aún con un leve brillo en la mirada —. Pero con el tiempo… uno aprende a escuchar lo que no se dice en voz alta. Especialmente aquí, en el cuartel.

Tonks asintió, dejando que sus palabras se asentaran.

Como si simplemente estuviera dando voz a sus pensamientos, Lupin continuó con un tono más bajo:

—Molly tiene a toda su familia en la Orden —dijo, su voz templada con una mezcla de comprensión y respeto—. Sus hijos mayores, Arthur… incluso Harry, al que trata como si fuera suyo. Su vida entera gira en torno a quienes ama.

Tonks no dijo nada. Lo observaba, sintiendo cómo esas palabras iban calando, una a una.

—Los Weasley tienen algo especial —continuó él, con su mirada perdida en el fuego —. Esa conexión, esa manera de cuidarse los unos a los otros… no es algo que se construya por azar. Es el tipo de compromiso que nace cuando alguien está dispuesto a darlo todo por las personas que ama. Debe de ser duro… y sacrificado, sí, pero, como dijiste antes…

Su voz se volvió un susurro, como si en el último momento dudara en expresar lo que realmente pensaba

—También debe de ser… bonito.

Tonks apoyó el mentón en la mano, sin apartar los ojos de él. En su expresión se leía una mezcla de melancolía y añoranza, como si entendiera mejor que nadie lo que significaba sentirse solo en medio de una habitación llena de gente.

—¿Tú crees que valga la pena? —preguntó ella en un murmullo.

Lupin alzó las cejas, saliendo de sus pensamientos. Sus ojos siguieron fijos en las llamas, buscando allí una respuesta que parecía no encontrar en sí mismo.

—Estoy seguro de que vale la pena —dijo al fin, con una media sonrisa que no llegó a sus ojos—. Aunque no todos tengamos la suerte de encontrar algo así.

El silencio se instaló entre ellos. Por un momento, Lupin pareció a punto de decir algo más. Sus labios se entreabrieron… pero la idea quedó suspendida en el aire.
En su lugar, esbozó apenas una sonrisa tenue, como si se hubiera dado cuenta que había dicho ya demasiado.

—Buenas noches, Tonks —murmuró con amabilidad, levantándose de la silla.

—Buenas noches, Remus —respondió ella, en voz baja.

Él asintió y se perdió entre las sombras del pasillo, dejando tras de sí un vacío sutil.

La sensación de una conversación que podría haber continuado… pero que, por ahora, se quedó suspendida en el aire.

……………………………..……………………………..……………………………..……………………………..……

Tonks cerró la puerta de su apartamento con un clic apagado y dejó caer el uniforme granate sobre la silla más cercana.
Un suspiro largo se escapó de sus labios, cargado de resignación y alivio, como si con él pudiera sacudirse también el peso del día.

Se deshizo de las botas con un par de empujones perezosos y se estiró los hombros con una mueca exagerada, a punto de soltar un “¡Ay, mis huesos de auror!” aunque no hubiera nadie que la oyera.
La túnica, mientras tanto, había resbalado por el respaldo de la silla y yacía ahora desparramada sobre el asiento, como si confirmara, rendida, que su jornada también había terminado.

El piso estaba oscuro y silencioso. Solo la luna, asomándose entre las cortinas, proyectaba sombras caprichosas sobre el suelo. Al mirar de reojo su abrigo, algo se le encendió en la memoria.
Hurgó en los bolsillos y sacó una fotografía doblada por las esquinas: las tres hermanas Black, posando con esa mezcla tan suya entre glamour, drama y secretos familiares. La sostuvo entre las manos, dejando que sus dedos recorrieran con suavidad los bordes gastados.

—Estoy hablando demasiado últimamente —se dijo, con una sonrisa medio incrédula, medio divertida.

Y era verdad.
Entre sus divagaciones sobre el linaje Black, los recuerdos de infancia compartidos en la biblioteca de Grimmauld Place y aquella conversación sobre el amor y el anhelo con Molly esa misma tarde… ¿desde cuándo hablaba tanto de su vida?

Ella solía improvisar, reírse de todo, lanzar una broma y correr un tupido velo cuando algo se ponía serio. Últimamente, en cambio, las palabras se le escapaban antes de poder frenarlas.

Se pasó una mano por el pelo y soltó una risa breve.

—Me hago mayor —murmuró—. Me vuelvo más pensativa. Qué peligro.

Y claro, todas esas conversaciones tenían algo en común: Remus Lupin.

Estar a su lado era mucho más agradable de lo que habría anticipado, y no era solo por las risas compartidas, la convivencia con los Weasley o las bromas con Sirius.
Desde que él le había confiado su secreto —su condición de licántropo—, algo entre ellos había cambiado. Aunque la confesión había sido difícil para ambos, Tonks sentía que, por fin, la relación entre ellos fluía de manera natural.

Había algo en su compañía que la hacía sentirse cómoda, en calma. Y en su manera de escuchar. Eso, y la forma en que la miraba a veces… como si viera más allá de lo que ella decía. Como si comprendiera cosas que ni ella misma sabía nombrar.

Encendió la lámpara del salón con un gesto de varita y caminó descalza hasta la cocina. Rescató una botella de vino medio olvidada detrás de una caja de cereales, la examinó un segundo con escepticismo y luego se sirvió una copa sin mucha ceremonia.

Se acercó al ventanal. Afuera, los tejados de Londres dormían bajo la luz de la luna, y todo tenía ese aire callado, un poco mágico, que le gustaba de la noche.

Tonks nunca había sido una persona melancólica.
Su vida siempre había estado llena de movimiento: partidos de Quidditch, misiones como auror, salidas con compañeros. Ahora, patrullas con la Orden, guardias eternas, reuniones interminables. Y, entre turno y turno, la firme determinación de mantener el ánimo en alto.

Aun así, había noches en las que el silencio la empujaba a pensar más de la cuenta.

Recordaba las relaciones que había tenido: chicos amables y agradables que, aunque dejaron buenos recuerdos, nunca lograron despertar en ella algo realmente profundo. Y también alguna chica. Todas historias correctas… pero ninguna que pareciera escrita para durar.

No es que se sintiera sola, ni vacía, ni nada parecido. Tonks nunca había sido de las que necesitaban a alguien para sentirse completa.
Pero, en el fondo, existía ese deseo sutil, casi escondido, de saber qué significaba amar de verdad.

No como lo cuentan los cuentos, ni como lo pintan en los libros. Entregarse sin miedo. Saltar al vacío con la certeza de que alguien te va a sostener. Construir algo tan sólido como lo que Molly y Arthur habían logrado. Una familia, un hogar.
Aquel anhelo que le pareció que Remus Lupin entendía tan bien.

Dio un trago al vino y alzó la vista hacia la luna brillante.

Apoyó la frente contra el cristal frío. Pensó en aquella tarde, en lo que se dijo. Y en lo que no.

Remus hablaba de los Weasley como si no tuviera algo así.
Como si no hubiera nadie esperándolo al final del día.
Como si su única familia fuese la Orden.
Y lo más parecido a un hogar, esos muros grises que compartían ahora.

Qué extraño, pensó, que alguien como él —tan comedido, tan silencioso— hubiera dejado entrever, aunque fuese solo un instante, algo tan parecido a lo que ella sentía.

¿Acaso él también buscaba eso?

¿Ese tipo de amor tranquilo, profundo, como un lugar al que volver?

—Definitivamente, estoy pensando demasiado —murmuró, medio riéndose, y dejó la copa en la encimera.

Apagó la lámpara y se quedó un momento en penumbra, dejando que la casa respirara a su alrededor.
Se sentó en el sofá y se abrazó las rodillas, apoyando el mentón sobre ellas.

Había algo en Lupin que despertaba una curiosidad callada, una fuerza persistente que la invitaba a querer quedarse un rato más.

Quería llegar al hombre que se ocultaba tras esa máscara de aparente calma. Al que llevaba un mundo entero dentro, apenas perceptible en detalles fugaces como una frase cuidadosamente elegida, una mirada ámbar que duraba un segundo de más o una sonrisa leve que se apagaba antes de tiempo.

Se preguntó si alguna vez alguien había logrado derribar esas barreras que lo protegían del mundo pero que también lo mantenían atrapado. Aquellas murallas parecían tanto una defensa como un peso.
¿Qué sería de él si un día decidiera abrirlas?

Una parte de ella —una parte que crecía en silencio— sentía el impulso cada vez mayor de escalar aquel muro, asomarse y mirar dentro. Tal vez, tenderle la mano… y llevarlo fuera. Donde soplara el viento. Donde, por fin, pudiera ser libre.

Miró la luna una vez más y sintió, sin saber por qué, que él también la estaba mirando en alguna parte.

No sabía qué pasaría mañana, ni qué papel jugaría Remus en su historia. Pero quería más momentos como el de aquella tarde. Más silencios compartidos, más tonterías que se volvían profundas sin querer.

No porque le faltara nada.
Sino porque, con él, cada encuentro parecía iluminar una parte suya que aún no conocía. Y eso, sencillamente, merecía la pena.

Apagó la luz del salón y se dirigió al dormitorio. Justo antes de cerrar los ojos, una imagen cruzó su mente: una sonrisa cansada en un rostro serio.

Le salió una sonrisa también. Pequeña. Sincera.

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NOTA DE AUTORA:

Bueno, hasta aquí llegamos hoy.

Ya sabéis que parte de mis objetivos al escribir esta historia era expandir el mundo de los aurores. Yo los imagino entrenando, estudiando, haciendo guardias… pues lo que es la residencia de una especialidad (el programa de formación de un especialista médico): agotador, lleno de guardias, lleno de camaradería… pero también un sitio donde a veces, sin quererlo, se te mezclan la vida y el corazón.

Y luego, nos metemos en un terreno más personal.

Después de escribir este capítulo me he quedado pensando en algo.

¿Qué pensáis del amor? ¿Creéis que todo el mundo tiene la suerte de encontrarse con su alma gemela? Yo creo que no. Creo que hay gente que pasa toda la vida sola. Y creo que hay gente que simplemente no se da cuenta que su alma gemela está allí, a su lado.

Tonks, desde luego, está empezando a pensar más de la cuenta.
Y Remus… bueno. Remus sabe escuchar lo que otros no dicen en voz alta.

Podéis ver la ilustración del capítulo en mis redes —pasad por Instagram o TikTok.

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