Como dos barcos en la noche
Las sillas se habían dispuesto alrededor de la larga mesa de madera, y los miembros de la Orden iban tomando asiento, algunos intercambiando murmullos, otros revisando documentos.
Tonks llegó en silencio, cansada tras otra tarde de entrenamiento con los novatos en el Ministerio. Se deslizó hasta su sitio habitual y, casi sin darse cuenta, su mirada buscó la de Remus.
Él la miró al instante.
Y por un momento, fue como siempre.
La misma quietud contenida. La misma media sonrisa, leve, discreta.
Pero entonces, algo la descolocó.
Sus ojos.
No eran del todo los suyos. El ámbar cálido al que ella se había acostumbrado parecía más pálido, más líquido. Como si una luz extraña los atravesara desde dentro.
Había en ellos un brillo diferente.
Animal.
Y entonces, como si él adivinara lo que ella pensaba, algo tembló en su expresión.
La sonrisa se mantuvo apenas un segundo más en sus labios. Luego bajó la mirada hacia los pergaminos, en un gesto discreto.
Como quien no quiere que le observen más de lo necesario.
Tonks se revolvió en su asiento, incómoda.
Eran sus ojos, sí. Pero no del todo.
Igual que Lupin, que era él, sí… pero diferente. Más tenso. Como si empezara a librarse una batalla dentro de él.
Y no era la única que lo había notado.
El ojo mágico de Moody, girando con su habitual parsimonia, se detuvo un segundo más de lo necesario sobre Remus, como si lo evaluara en silencio.
Pero no se entretuvo en ese pensamiento porque Moody, a su lado, se irguió y empezó a hablar.
—Bien —gruñó su mentor, alzando apenas la voz mientras dejaba caer una carpeta sobre la mesa—. He interrogado a los dos que atrapamos en la redada. Ninguno sabía nada de un tal Baltasar Greaves… Dicen que actuaban por cuenta propia, sin jefe aparente. O eso pensaban… Ni siquiera se fijaron en el anillo del tercer sujeto.
Tonks frunció el ceño. La frustración le subió como una ola caliente por la espalda.
—Pero alguien los dirige —dijo con firmeza— Aunque no sean conscientes… tal vez, el cabecilla del grupo – el que llevaba el anillo – no les contó la verdad.
Moody asintió lentamente, con una chispa oscura en el ojo mágico.
—Sea quien sea… volverá a mostrarse —sentenció con gravedad—. Y cuando lo haga, estaremos preparados.
Sirius se inclinó hacia delante, los codos apoyados en la mesa.
—Lo preocupante no es solo quién es ese tipo. Voldemort está buscando algo. Eso lo sabemos por varias fuentes. Lo que no sabemos es qué.
Todos asintieron, sombríos.
—El arma —dijo Emmeline en voz baja—. La que mencionaste, Sirius. Sea lo que sea, parece que Greaves esté implicado.
—Pero ¿cómo llegamos hasta él? —preguntó Sturgis Podmore, preocupado—. No está en ningún registro oficial. Nadie lo ha visto desde hace años, y ni siquiera sabemos si Greaves realmente está detrás.
Un silencio denso se extendió por la cocina.
Tonks bajó la mirada.
Lo único que tenía era una corazonada obstinada, hecha de piezas sueltas y nombres que se perdían entre las sombras de los bajos fondos. Incluso, en las del Ministerio.
Y algo dentro de ella le decía que Baltasar Greaves no era un cabo suelto cualquiera.
No.
Sabía que, de alguna manera u otra, iba a cobrar importancia muy pronto.
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La reunión fue breve.
Al terminar, los miembros empezaron a dispersarse.
Sirius se quedó apoyado contra la alacena, observando en silencio cómo Remus recogía sus pergaminos con movimientos lentos.
Tonks se le acercó con paso tranquilo, cruzando los brazos.
—¿Todo bien?
Lupin levantó la vista. Sus ojos, aunque cansados, intentaron ofrecerle una calidez residual.
—Sí —dijo, con voz baja—. Solo necesito espacio… y tiempo.
Ella asintió, aunque su expresión se tensó sin querer. Sabía qué noche era.
—¿Quieres que me quede contigo un rato? Aún tenemos tiempo hasta que salga… la luna.
Él negó con suavidad, y sus labios dibujaron una sonrisa que no llegó a los ojos.
—Gracias. Pero prefiero estar solo. Es mejor así.
Tonks dudó, pero no insistió. Lo observó mientras cruzaba la cocina y salía por la puerta trasera.
Sirius se acercó en silencio y se quedó a su lado, mirando en la misma dirección.
—No te preocupes —dijo al fin, sin apartar la vista del pasillo por donde Remus había desaparecido—. Ha pasado por cosas peores.
Tonks inspiró hondo.
No dijo nada, pero sus ojos siguieron fijos en la oscuridad del corredor.
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La botella de poción matalobos descansaba sobre su mesilla de noche.
El vidrio oscuro reflejaba la escasa luz de la lámpara, y Remus Lupin la observaba en silencio. En su mente, aún podía escuchar el eco apagado de los pasos de Severus Snape al alejarse por el pasillo.
Era un intercambio habitual.
Mes tras mes, Snape le entregaba la poción sin apenas mirarle, con el mismo desdén de siempre y la misma frialdad de quien cumple con una obligación desagradable.
Ni una palabra más de las necesarias. Nada que pudiera parecer cercano.
Aquella tarde, mientras el sol se retiraba poco a poco, cediendo su lugar a la luna, Lupin —desde su habitación cerrada y asegurada con triple candado y sello mágico, en el cuartel de la Orden del Fénix— no pudo evitar pensar en el principio de todo.
En aquel primer día de clases en Hogwarts.
La primera lección de Encantamientos.
Había llegado puntual al aula, aún con el horario que le había entregado la profesora McGonagall en la mano.
Allí solo había una persona.
Un chico flaco, pálido, de cabello negro, que parecía perdido en su túnica demasiado grande con el blasón de la casa de Slytherin reluciendo en su pecho.
Por un instante, conectaron, como si se sintieran igual: en un lugar nuevo, rodeado de extraños, sin saber aún qué esperar.
—Severus Snape —había dicho aquel chico, tendiéndole la mano.
Habían intercambiado apenas un par de palabras. Algo sobre la varita que usaba él, cómo su madre era diestra en las pociones o sobre el hechizo que aprenderían ese día.
Snape ya tenía el libro sobre la mesa lleno de anotaciones, como si él ya hubiera estado practicando antes de la clase.
—¿Ya lo has ensayado? —le preguntó, señalando el libro.
Snape asintió con una mueca.
—El Lumos me sale. El Wingardium me cuesta.
—El movimiento es lo difícil, ¿no? Lo del giro en ángulo.
—Exacto. —Y por un segundo, pareció aliviado de no tener que explicarlo más.
Hubo un breve silencio.
Luego, Snape soltó, sin venir a cuento.
— Mi madre dice que eso es porque los magos zurdos lo tenemos más difícil.
—¿Eres zurdo?
Snape alzó la mano izquierda, sujetando la varita con un gesto teatral.
Lupin rió, sorprendido, e hizo lo mismo. Para su asombro, Snape también rió. No fue una carcajada. Solo un resoplido, un gesto que le torció los labios. Pero bastó.
Por unos minutos, no fueron Gryffindor ni Slytherin. Solo dos niños que se reían de lo torpe que podía ser un encantamiento con la varita equivocada.
Lupin se recordó a sí mismo pensando que aquel chico parecía inteligente, interesante. Amistoso.
Y entonces, antes de que pudieran decir más, James y Sirius aparecieron.
El odio entre ellos surgió tan rápido como un incendio en un campo seco.
Snape miró a James y Sirius con desprecio inmediato, y ellos lo miraron como si hubieran encontrado a su enemigo natural.
No hubo razones. No hubo advertencias. Solo ocurrió.
Y Lupin… Lupin ya era amigo de ellos.
Ya era parte de aquel grupo de chicos de Gryffindor que había decidido odiar a Snape.
Así que Snape y él nunca volvieron a hablar.
Olvidaron aquel apretón de manos que podría haber sido el comienzo de una amistad.
Pero nunca se ignoraron del todo.
Se observaban en los pasillos, en las clases, en los duelos de Encantamientos donde ambos destacaban. Se tenían en cuenta sin necesidad de palabras.
Dos personas que, en otra vida, en otras circunstancias, podrían haber sido amigos.
No lo fueron, ni siquiera compañeros.
Tampoco rivales o enemigos declarados.
Y ya era tarde para preguntarse qué habría pasado si las cosas hubieran sido diferentes.
Eran eso. Dos figuras paralelas que se cruzaban de vez en cuando. Como dos barcos en la noche. Sin saber si volverán a coincidir o no.
Pero, por más años que pasaran, el destino, caprichoso, volvía a reunirlos.
De niños, compartieron aulas.
De adultos, habían sido profesores en Hogwarts al mismo tiempo, forzados a convivir en el mismo castillo.
Y ahora, en plena guerra, formaban parte de la misma causa.
Además, estaban unidos por esto. Por la poción matalobos.
Lupin sabía que, cuando era profesor en Hogwarts, Dumbledore había pedido a Snape que la preparara para él, no como un gesto de amabilidad, sino una medida de seguridad: mantener a los alumnos y al claustro fuera de peligro. Un favor impuesto por el bien de todos.
Pero ahora, desde que se habían reencontrado en la Orden del Fenix, nadie se lo había pedido. Y, sin embargo, Snape la traía cada mes.
Entonces… ¿Snape había decidido prepararla por su cuenta?
¿Tal vez era un simple experimento más del laboratorio de química del profesor de pociones? Eso se lo podía creer.
¿Tal vez una forma de demostrar superioridad? Eso también le parecía posible.
Lo que estaba claro era que no buscaba reconocimiento. No ofrecía explicación. Solo dejaba la botella y desaparecía.
Lupin se apoyó en el respaldo de la silla, volviendo al presente.
Pensó en cómo había empezado todo otra vez: con el regreso de Voldemort.
Harry lo había visto con sus propios ojos. Había vuelto del cementerio con la muerte de Cedric Diggory a cuestas y una historia que muchos se negaban a creer.
Dumbledore, que nunca había dudado de él, no perdió ni un solo instante.
Casi de inmediato, había enviado mensajes a todos los antiguos miembros de la Orden del Fénix. Algunos, como Minerva McGonagall o Alastor Moody, ya estaban a su lado. Otros llevaban años fuera de la lucha, dispersos, intentando rehacer sus vidas lejos de la guerra. Pero la llamada de Dumbledore era ineludible. Y todos respondieron.
Pensó en la lechuza que llegó a Grimmauld Place aquella noche. Para entonces, Sirius y él ya llevaban unos días instalados allí.
—Es hora —dijo simplemente Sirius, tendiéndole la nota.
Y así fue.
La primera reunión tuvo lugar en la vieja casa de los Black, que desde entonces se convertiría en el nuevo cuartel de la Orden. Lupin recordaba con claridad las miradas de todos los miembros sobre Sirius. Asombro. Desconfianza. Temor.
Durante años, el mundo había creído que Sirius era un asesino. El traidor. Y ahora, ahí estaba, con una taza de té en la mano, dando la bienvenida a cada uno con una sonrisa contenida.
Molly y Arthur Weasley intercambiaron una mirada tensa. Emmeline Vance avanzó con seriedad, escudriñando a Sirius con atención, mientras Hestia Jones se cruzaba de brazos, calibrándolo en silencio. Dedalus Diggle y Sturgis Podmore, en cambio, parecían menos impactados, pero no por ello menos vigilantes.
Fue Dumbledore quien rompió el silencio.
—Sirius Black es inocente.
El murmullo que recorrió la sala no fue de sorpresa. Para muchos, era solo la confirmación de lo que ya sospechaban. Pero escucharlo en voz alta, de labios del director, disipaba cualquier resto de duda.
—Fue Peter Pettigrew quien traicionó a los Potter —continuó—. Y fue él quien, con su propia mano, provocó que Sirius acabara en Azkaban.
Algunas miradas se clavaron en Sirius.
Lupin, sin embargo, notó otra. Una que no contenía sorpresa ni comprensión. Solo desprecio. No tuvo que esforzarse mucho para hallar el origen de aquella mirada.
Alzó los ojos y, al fondo de la sala, distinguió a Snape, inmóvil, con los brazos cruzados. Los observaba como si su papel en aquella reunión fuera lo más ridículo que había presenciado en su vida.
No hacía falta que dijera nada: en su silencio ya estaban todas las palabras. Estaba claro que, para él, no eran más que dos hombres rotos —un fugitivo y un licántropo— escondidos en una casa vacía, jugando a ser soldados en una guerra perdida.
Como si creyeran que podían aportar algo a la Orden.
Lupin sintió algo pesado en el estómago.
No era ira, ni siquiera irritación. Sólo cansancio.
Snape, sin embargo, no se detuvo a sostenerle la mirada. Cuando Dumbledore prosiguió con la reunión, él desvió los ojos y permaneció en silencio.
No se hablaron. No había razón para ello.
Dos semanas después, sin aviso previo, Snape apareció en Grimmauld Place.
Cruzó el umbral sin ceremonia y dejó sobre la mesa una botella oscura.
Lupin la reconoció al instante.
El remedio que tanto había agradecido tanto apenas un año antes: Poción Matalobos.
Alzó la vista.
Snape no pronunció una sola palabra. Solo lo miró, largo y sin expresión, como si esperara que él lo entendiera sin necesidad de explicaciones. Luego se marchó con la misma frialdad con la que había llegado.
Desde entonces, cada mes, sin falta, volvía a aparecer con otra botella. Sin que nadie se lo pidiera, y, por supuesto, sin decir nada innecesario.
Lupin exhaló un suspiro, saliendo de sus cavilaciones. Tomó la botella de poción y bebió un sorbo. La poción era amarga, densa, con ese inconfundible regusto metálico que se adhería a la lengua. Un recordatorio de su condición.
A veces se preguntaba qué veía Snape cuando lo miraba ahora.
¿Un hombre marcado por la guerra? ¿Por la maldición? ¿Por la pérdida?
¿O veía aún al chico de primer año que, por un breve instante, se había sentado a su lado y le había estrechado la mano antes de que todo se rompiera?
Fuera como fuese, nunca lo sabría.
Y tampoco lo preguntaría.
Justo en aquel momento, la luna llena se irguió en el cielo y Remus Lupin dejó de pensar.
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Lupin casi había olvidado lo que era pasar una noche de luna llena sin accidentes.
Y sin sufrimiento.
Durante años, las transformaciones le habían dejado el cuerpo destrozado: fiebre, náuseas, jaqueca… y esa terrible sensación de desgarramiento interno que le atravesaba los huesos como una sierra.
Pero esa noche, todo fue diferente.
Cuando los últimos rayos de luna se desvanecieron, Lupin simplemente recuperó su forma humana, sin más.
Sin espasmos. Sin dolor. Ni agotamiento.
De hecho, ni siquiera sentimiento de culpa.
Estaba bien. Extrañamente bien.
No pudo evitar sonreír, incrédulo ante aquella sensación.
Se quedó sentado un momento, mirando sus manos, como si esperara encontrar en ellas algún rastro de la bestia.
Pero no había nada.
Solo piel humana.
Y calma.
Se aseó. Se vistió.
Y fue entonces cuando un gruñido en el estómago lo devolvió al presente con una intensidad casi salvaje.
Normalmente, tras la transformación, no podía ni oler la comida sin sentir arcadas.
Pero esa mañana era distinto.
Tenía hambre. Una hambre feroz y limpia, como no había sentido tras una luna llena en mucho tiempo.
Con pasos ligeros, se dirigió a la cocina, ya saboreando lo que sin duda sería un desayuno abundante de la experta mano de Molly Weasley.
Y mientras bajaba los últimos peldaños, guiado por aquel aroma tibio y hogareño, su mente volvió por un momento a Snape.
Se notaba esmero en la poción.
Estaba claro que, mes tras mes, se superaba en su receta.
Lupin se preguntó si, en el fondo, Snape era consciente de lo que lograba en él cada ciclo de luna llena.
Probablemente no.
Y aunque lo supiera, no importaba.
No habría agradecimientos.
No habría palabras.
Solo silencio. Y paz.
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Entró en la cocina con paso tranquilo y se encontró con la escena que justo esperaba: Molly removía algo en una cacerola con gesto concentrado y los labios apretados, mientras Arthur hojeaba distraídamente un ejemplar arrugado de El Profeta del día.
Sirius estaba sentado a la mesa, con los brazos cruzados y la espalda erguida, mirando hacia la puerta como si cada segundo sin ver aparecer a Harry le sumara preocupación.
Cuando Lupin apareció, Sirius le lanzó una mirada rápida.
No dijo nada, pero en sus ojos se adivinaba algo parecido al desconcierto.
Como si no esperara verlo tan pronto.
O tan entero.
Lupin respondió con una sonrisa leve, silenciosa, y se sentó a su lado con naturalidad, como si no acabara de pasar la noche entera convertido en una bestia.
—¿Café? —preguntó Molly, sin girarse.
—Gracias, Molly —respondió él, con tono suave.
La cacerola seguía burbujeando mientras
Arthur carraspeaba por detrás del periódico y Sirius fingía una tranquilidad que no tenía. Por las ojeras que le marcaban el rostro, era él quien parecía haber pasado una noche agitada. Sus dedos tamborileaban suavemente sobre la mesa, sin ritmo ni intención, solo el tic nervioso de alguien que intenta mantenerse firme.
Lupin no dijo nada. A esas alturas, sabía leer los silencios de Sirius mejor que las palabras.
El reloj de la pared marcaba las agujas con una lentitud exasperante.
Y entonces se oyó un crujido de botas en el pasillo, y la puerta se abrió con un leve chirrido.
Tonks entró envuelta en una capa del ministerio, con el cabello de un rubio desvaído, ligeramente alborotado por la humedad. Tenía ojeras bajo los ojos, pero su expresión mantenía su vivacidad y energía habituales, como si se negara a dejarse vencer por el cansancio.
—Buenos días —dijo, mientras sus ojos se paseaban con rapidez por la estancia — ¿Harry aún no está despierto?
—Todavía no —respondió Molly, que no levantó la vista de la sartén—, pero seguro que no tardará.
Tonks asintió y se acercó a la mesa con paso ágil. Se dejó caer frente a Lupin y Sirius con un leve suspiro, y les dirigió una sonrisa contenida, lo justo para no parecer preocupada.
—¿Qué tal la noche? —preguntó Lupin, ladeando un poco la cabeza,
—Tranquila —respondió ella, encogiéndose un poco de hombros. Luego, como si le sorprendiera ver a su compañero tan entero tras la luna llena, lo miró con más atención. Se inclinó hacia él y bajó la voz—: ¿Y la tuya?
Lupin dejó escapar una breve risa nasal, divertido por el interés mal disimulado de la auror.
—Muy bien. Mejor que nunca, de hecho.
Y al decirlo, su gesto se suavizó. Por un momento, la ligereza en sus rasgos lo hizo parecer más joven.
Tonks se quedó mirándolo un segundo de más. Reconocía esa mirada: los ojos ámbar, serenos, con esa profundidad tranquila que tanto le gustaba. Y sin querer, sonrió también. Un rubor leve le subió a las mejillas, inesperado.
Para disimular el ritmo acelerado de su pulso, alzó la vista hacia el ejemplar de El Profeta que Arthur aún tenía desplegado. El titular ocupaba media portada, en letras negras y alarmantes:
“CRECE LA AMENAZA INTERNA: ¿PREPARA DUMBLEDORE UNA TOMA DEL MINISTERIO?”
“El jefe de aurores R. Scrimgeour exige máxima vigilancia a todos los departamentos mágicos.”
Tonks rodó los ojos.
—Todo el Ministerio está en modo paranoia. Anoche, Booth me dijo que Scrimgeour ha ordenado reforzar la seguridad como si Dumbledore fuera a irrumpir con un ejército de centauros.
Arthur bufó por detrás del diario.
—Y mientras tanto, Fudge sigue fingiendo que todo está bajo control… como si ignorar las cosas fuera una forma de gobernar —masculló.
—Scrimgeour no es mala persona —replicó Tonks, más para sí que para convencerlos—. Tiene buen juicio, pero… su perfil es muy político. No se enfrentará a Fudge. No si eso pone en peligro su puesto.
—Tampoco si pone en peligro la verdad —dijo Lupin en voz baja.
—Ahora es más difícil pedir un solo día libre —añadió ella—. Entre Kingsley, Moody y yo, tenemos que vigilar cada paso. Cualquier movimiento en falso y nos caen encima como un escarbato sobre oro.
El silencio que siguió fue breve, pero denso. Molly se apresuró a romperlo.
—Tonks, ¿quieres té?
—Sí, gracias. Con un poco de miel, si hay.
Sirius seguía mirando de reojo hacia el pasillo.
Cada tanto, su mirada se deslizaba hacia el reloj de la pared. Parecía contenerse con todo el cuerpo, como si se obligara a no levantarse y empezar a caminar en círculos.
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HP5 – 7. Desde el principio hasta que Harry sale de Grimmauld Place con el Sr Weasley.
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La puerta se cerró con un leve chasquido, y los pasos de Harry y Arthur se desvanecieron por el pasillo hasta perderse del todo.
Durante un instante, el silencio se hizo con la cocina como una niebla espesa. Nadie se movió.
Molly se sentó lentamente en la silla que acababa de dejar vacía su marido, con las manos apretadas en el regazo. La bata de color morado arrastraba un poco por el suelo, pero no parecía importarle. Sus ojos seguían fijos en la puerta, como si aún pudiera ver a Harry, de pie con la camisa planchada y el pelo sin domar.
Sirius también permanecía callado, con la mirada clavada en el suelo. No había dicho nada desde que Harry se despidió.
Fue Lupin quien habló, con más optimismo del que era habitual en él.
—Todo irá bien —dijo, con suavidad—. Dumbledore no permitirá que lo expulsen. Sabe cómo manejar estas situaciones.
Molly asintió, apenas un gesto.
—Sí… sí, claro. Dumbledore —susurró, aunque su mirada seguía extraviada—. Pero ni siquiera le han dejado asistir…
—Eso forma parte de la estrategia del Ministerio —dijo Lupin, con tranquilidad medida—. Quieren debilitarlo. Dar la impresión de que ya no tiene autoridad. Pero tú lo conoces, Molly. Sabes lo que es capaz de hacer incluso cuando le cierran todas las puertas.
—Y sabe moverse dentro del Ministerio mejor que nadie —añadió Tonks, alzando un poco la voz—. Aunque actúen como si no, siguen temiéndole. Mucho.
Sirius resopló por la nariz, amargo.
—Sí, le temen… y por eso quieren neutralizarlo.
—Y por eso mismo no podrán con él —replicó Tonks con más convicción—. Porque está acostumbrado a que lo subestimen, y siempre les gana por sorpresa. ¿Recuerdas cuando lo llamaron al Wizengamot hace unos años? Salió de allí con más apoyo del que tenía al entrar.
—Exacto —apoyó Lupin, mirándolos a ambos con serenidad—. Dumbledore sabe cuándo hablar y cuándo callar. Sabe cuándo presionar y cuándo esperar. No va a dejar a Harry solo. Nunca lo ha hecho.
Molly levantó la vista hacia él con un parpadeo lento, como si sus palabras hubieran roto parte del hielo que la cubría.
—A veces me cuesta entender cómo puede estar tan seguro de todo. De Harry, de esta guerra… de que acabaremos ganando.
—No es que lo sepa —respondió Lupin, con una leve sonrisa—. Es que confía. Y eso, en tiempos como estos, es lo que más necesitamos.
Tonks asintió de nuevo, cruzando una pierna sobre la otra.
—Y si él tiene fe en Harry, nosotros también deberíamos tenerla. Es joven, sí, pero no es ningún niño. Y hoy… hoy va a demostrarlo.
Por un instante, Sirius levantó la vista, y sus ojos se encontraron con los de Lupin. Luego con los de Tonks. Como si necesitara medir el peso real de esas palabras. Como si no se atreviera a confiar del todo… y, sin embargo, quisiera hacerlo.
La tensión se disolvió, dejando una quietud distinta.
La Sra Weasley se levantó despacio y, tras un breve suspiro, volvió a encender el fuego bajo una de las cacerolas. El tintineo de la cuchara al remover devolvió un poco de vida a la cocina.
Desde arriba, comenzaron a oírse ruidos: pasos en los pasillos, una puerta que se cerraba de golpe, una risa amortiguada. Fred o George, probablemente. Molly suspiró, esta vez con algo de ternura.
Tonks, aún sentada en su silla, dejó que sus ojos se cerraran, dejándose llevar por aquella tregua inesperada.
La cocina, que poco antes había estado llena de voces, suspiros y tensión, se había quedado en silencio. Solo quedaban el rumor tenue de la tetera y el calor reconfortante flotando en el aire, como una manta invisible.
Su cabello, como si respondiera al descanso que se permitía, empezó a cambiar de color lentamente.
Del amarillo apagado de la mañana fue deslizándose hacia un tono más sereno. Por un momento, antes de asentarse en el rosa habitual, se tiñó de un naranja cálido, cobrizo, como la luz del sol colándose por una ventana cerrada desde hacía mucho.
Lupin lo notó. No fue el rosa lo que le hizo parpadear, sino ese destello naranja.
Fugaz, como una llama prendida en la penumbra.
Por un segundo, Tonks le recordó a alguien.
A alguien que, años atrás, también había sabido cómo hacer que los demás se sintieran vistos.
Alguien que, con una sonrisa inesperada y una palabra oportuna, había atravesado su reserva y se había colado en su vida sin pedir permiso.
Lily.
Tonks abrió los ojos.
Se encontró con la mirada de Lupin sobre ella.
No era intensa, ni incómoda, pero había en ella una quietud extraña. Como si, por un instante, él se hubiera perdido en sus propios pensamientos. Parecía a punto de decir algo que, finalmente, decidió guardarse para sí mismo.
—¿Qué? —preguntó Tonks, con una sonrisa ligera, aunque alzó una ceja, expectante.
—Nada —respondió él, con el mismo tono.
La palabra flotó un segundo en el aire, pero dejó tras de sí una estela de algo no dicho.
—Te ha dado el bajón, Tonks —intervino Sirius desde su rincón, con una sonrisa medio torcida.
Tonks se encogió de hombros con simpleza.
—Sí… no sé. Estoy tranquila —dijo, y giró la cabeza un instante hacia Lupin.
Él aún la miraba, aunque esta vez, al sentirse descubierto, apartó la vista un segundo después.
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NOTA DE AUTORA:
¡Buenos días a todos!
Por fin llegamos a tocar uno de mis arcos favoritos.
La dinámica entre Lupin y Snape. Como veis, para mi son dos personajes muy similares.
Creo que los dos son como dos caras de la misma moneda: Solitarios, introspectivos, con un mundo interior enorme y lleno de capas.
Y criados en malas circunstancias.
Lupin, con su maldición.
Y Snape… en realidad, esto no sé si sale del canon o es mi imaginación, pero siempre he imaginado a Snape viniendo de un hogar roto. Cuando en HP7 se menciona esa blusa de mujer que intenta esconder, siempre me ha dado la impresión de un niño olvidado, incómodo en su propia casa.
Un niño que molesta. Que crece sintiéndose fuera de lugar.
Total, que yo veo un paralelismo de personalidad entre los dos.
Y creo que es importante. De hecho, pienso que la diferencia entre ellos es LA SUERTE: Lupin fue seleccionado en una casa donde encontró amigos de verdad que le hicieron ver la parte optimista, divertida y buena de la vida. Y no solo la soledad, la reclusión y la enfermedad. Snape no tuvo esa oportunidad.
Y creo que ahí está la fractura: en cómo dos personas muy similares pueden acabar siguiendo caminos opuestos dependiendo de quién las acompañe.
Este capítulo explora precisamente eso.
No sé qué opináis al respecto.
En fin, he querido dar a este capítulo este peso, la dinámica, la relación, como queráis llamarlo, entre Lupin y Snape, que ya os digo que dará de sí.
Podéis ver la ilustración del capítulo en mis redes —pasad por Instagram o TikTok.
Os dejo todos mis links aquí:
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