Capítulo 20

Las flores están marchitas, el árbol muerto y la hierba quemada.

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¡Buenos días a todos! Vamos a seguir con el canon:

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Harry Potter 5 – Capítulo 9: Hay una pequeña parte que dice esto. Como es muy pequeña, os la copio tal cual para que no tengáis que buscarla (es algo más extensa, si queréis, leedla entera). Lo siento, Señor derechos de Copyright:

En los días que siguieron, a Harry no se le escapó que en el número 12 de Grimmauld Place había una persona a la que no parecía alegrarle mucho saber que él regresaría a Hogwarts.

Al enterarse de la noticia, Sirius interpretó bien su papel: le estrujó la mano a Harry, sonrió encantado, celebró como todos los demás. Pero poco después, se volvió más hosco, más distante. Cada vez hablaba menos, incluso con Harry, y pasaba largas horas encerrado en la habitación de su madre, acompañado solo por Buckbeak.

—No te sientas culpable —le dijo Hermione a Harry con firmeza, después de que él les confesara sus sentimientos mientras limpiaban un armario mohoso en el tercer piso—. Tu lugar está en Hogwarts, y Sirius lo sabe. La verdad, creo que su actitud es muy egoísta.

—No seas tan dura —replicó Ron, arrugando la nariz mientras intentaba quitarse una mancha de moho del dedo—. A ti tampoco te haría gracia quedarte encerrada en esta casa, sin nadie con quien hablar.

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Y efectivamente.

Sirius, aunque disfrutaba de la camaradería efervescente de Grimmauld Place, no podía evitar sentirse como un huésped de paso en su propia vida.

Había algo cruel en ese regreso a la normalidad: sabía que, una vez que los chicos volvieran a Hogwarts, Molly y Arthur regresaran a la Madriguera y Lupin saliera en misión, él volvería a quedarse solo.

Como si estos días luminosos que estaba viviendo fueran apenas un espejismo, un paréntesis radiante a punto de terminar.

La tarde caía con una luz dorada y oblicua, tiñendo los muros antiguos de la mansión Black de un resplandor cálido y engañosamente plácido.

Todo parecía más tranquilo de lo que era.

Más bonito de lo que duraría.

Desde el piso superior, Sirius se había quedado junto a una de las ventanas altas, observando el jardín trasero con una expresión perdida, como si esperara ver algo más allá de lo evidente.

Lupin, que había subido a guardar un informe, se detuvo al verlo.

No hizo ruido.

Simplemente se apoyó en el marco de la puerta, observando en silencio a su amigo.

Sabía bien lo que pasaba por su cabeza.

El momento en el que uno empieza a decirse que los días felices tienen fecha de caducidad.

Que pronto todo volvería a cambiar.

Que pronto… todos se irían.

—¿Qué haces aquí arriba tan callado? —preguntó por fin, con voz suave.

Sirius no se volvió, pero sonrió levemente.

—Miraba el jardín —respondió con un hilo de voz—. Las flores están marchitas, el árbol muerto y la hierba quemada. Y no es gran cosa, pero con esta luz de final de verano… hasta parece bonito, ¿verdad?

Lupin asintió, aunque Sirius no pudiera verlo.

—Casi parece un lugar donde nunca hubiera pasado nada malo —dijo Sirius, aún sin volverse—. Donde el sol hubiera brillado cada día y los pasillos rebosaran de risas, optimismo y buen humor. Siempre. Como ahora.

Sirius suspiró, se pasó una mano por el cabello y esbozó una sonrisa irónica.

—¿Quién me habría dicho a mí que, en esta casa de mis pesadillas, también podría vivirse un verano feliz?

Hubo un silencio breve.

Las voces de los chicos llegaban desde abajo, seguidas de una carcajada de Ron.

—¿Recuerdas cómo Lily también odiaba los finales? —preguntó Sirius, todavía sin girarse—. El final de curso, el de las vacaciones, el de las Navidades… Sobre todo, el del verano.

Finalmente se volvió hacia su viejo amigo, con una expresión, medio alegre, medio triste.

—Decía que le daban nostalgia antes incluso de que ocurrieran. Que siempre sentía que algo se iba a acabar, aunque no supiera qué.

Lupin dejó escapar una risa suave, más melancólica que alegre. Sí, recordaba claramente aquella faceta de Lily.

—¿Pues sabes? — continuó Sirius aun con la vista clavada en la ventana — Creo que la entiendo. Aunque ella tenía una forma extraña de adelantarse a todo. Incluso a la tristeza.

—Sí —repitió Lupin, bajando la mirada—. A veces creo que veía cosas que los demás no queríamos ver.

Otro silencio.

Y entonces, como si el nombre de Lily hubiera abierto una puerta secreta,

Remus se sumió en sus recuerdos. Una escena concreta regresó a él con una nitidez casi dolorosa: su primer encuentro con Lily Evans.

Se acordaba perfectamente del momento en que la conoció, como si hubiese sucedido ayer.

Cuarto curso, segunda hora, clase de Encantamientos. Peter estaba en la enfermería, Sirius y James castigados con McGonagall, y él… él estaba sentado solo en un pupitre. Y ella también.

Se habían visto antes, claro. Compartían clases y los dos eran de Gryffindor. Pero apenas habían intercambiado un par de palabras.

El profesor Flitwick los emparejó sin darle mayor importancia, y Remus no pensó demasiado en ello. Era un detalle insignificante en su rutina, una clase más, un día más en Hogwarts.

Para James, cuando se enteró después, fue poco menos que una tragedia personal.

—¡NOOOO! —recordaba a James exclamando, con una mano en el corazón y la otra sobre la mesa, como si aquello fuera el mayor infortunio de su vida—. ¡Si no hubiera estado castigado, habría podido formar pareja con ella!

Remus sonrió entre dientes.

Tanto el niño de sus recuerdos y el adulto que los repetía en su cabeza.

Casi pudo oír otra vez el sonido del alma de James desplomándose a sus pies, mientras Sirius se doblaba de la risa detrás de él, golpeando la mesa con la palma abierta.

Lily Evans, brillante en Encantamientos, con su cabellera pelirroja y su sonrisa fácil, no torció el gesto cuando le asignaron a Remus.

No mostró decepción ni incomodidad, y cuando el profesor Flitwick —al ver el excelente resultado del encantamiento que habían practicado juntos— les propuso ser pareja de estudio para el trimestre, Remus miró hacia ella, casi esperando que se negara.

Pero ella, inclinándose levemente hacia él con un gesto de complicidad, como si supiera que, de alguna forma, ese momento quedaría grabado en su memoria para siempre, simplemente dijo: «Me parece bien».

Lo que James nunca supo —lo que nadie supo— fue lo mucho que significó para Remus aquel día.

No por la clase, ni por el hechizo que les encargaron.

Sino porque fue el principio de una amistad que rompía barreras.

Después de esa clase, comenzaron a coincidir más seguido.

Al principio, fueron encuentros casuales en la biblioteca o en los pasillos, intercambios rápidos de apuntes, comentarios sobre profesores o trabajos.

Pero poco a poco, sin que Remus supiera en qué punto exacto sucedió, Lily se convirtió en alguien con quien podía hablar sin pensar demasiado en lo que decía.

Aquello fue raro para él, al menos al principio.

Con los Merodeadores, la amistad siempre había tenido un aire de caos y adrenalina.

Pero con Lily era distinto. No era una compañera de travesuras, sino alguien con quien podía hablar.

Alguien que no esperaba de él grandes bromas o bravuconadas, sino que simplemente lo escuchaba. Con ella, la amistad tenía un ritmo tranquilo, como una conversación larga durante un paseo sin prisa o un ratito compartido, sentados en el alfeizar de una ventana, viendo la nieve caer.

Fue la primera persona fuera de James, Sirius y Peter que lo hizo sentirse visto.

La primera que no necesitó que él explicara nada para entenderlo.

Y aquella complicidad era recíproca.

Lily le hablaba de su hermana Petunia, de cómo la distancia entre ellas se había vuelto un abismo desde que recibió su carta de Hogwarts. Le confesaba su desconcierto ante James, ante su insistencia, sus desplantes, su inmadurez.

Y él, a su vez, le contaba sus propios miedos.

Lo más increíble era que, aunque pasaban casi todo su tiempo en círculos diferentes, siempre encontraban momentos para encontrarse. En la biblioteca, en los claustros, paseando por los jardines. Siempre parecía haber un espacio reservado solo para ellos, como si el universo se asegurara de que pudieran compartir esos instantes.

Pero lo que más recordaba, lo que todavía podía sentir como si hubiera sucedido ayer, era la noche en que le contó la verdad sobre él.

No fue un accidente. No lo descubrió por casualidad ni por lógica deductiva, aunque sospechas tenía.

No.

Se lo dijo él.

Se lo dijo porque, después de meses de compartir secretos y de escucharla sin juzgar, supo que ella haría lo mismo. Y cuando, con el corazón encogido y los nudillos pálidos de tanto apretar las manos, le confesó que era un licántropo, Lily no se inmutó.

No se alejó, no se estremeció, no miró alrededor como si alguien pudiera escucharlos.

Solo lo abrazó.

Y Remus, que nunca había recibido un abrazo como aquel, supo en ese instante que Lily Evans sería parte de su vida para siempre.

No como un amor imposible.

No como un anhelo romántico.

Sino como la hermana que nunca había tenido.

Como esa alma gemela platónica que, por mucho que intentara alejarla, siempre estaría allí para él.

Pero ahora ya no estaba.

El silencio se alargó un instante en su memoria, hasta que algo —una especie de silbido burlón, casi un canto de victoria desentonado— lo sacó bruscamente de sus pensamientos.

—Vaya, vaya —dijo Sirius, girando la cabeza hacia él con una ceja alzada y una sonrisa torcida—. Parece que el ataque de nostalgia ahora te ha dado a ti.

Remus parpadeó, como quien regresa de muy lejos, y se obligó a reír suavemente. Se pasó una mano por el rostro con aire de fingido agotamiento, antes de acercarse y darle a su amigo una palmada amistosa en la espalda.

—Tú empezaste —respondió con una sonrisa ladeada.

—Claro —dijo Sirius, medio encogiéndose de hombros.

Durante unos segundos, ninguno dijo nada. No hacía falta. El sol se colaba ya con menos fuerza por los cristales. Abajo, las risas seguían, y un eco de juventud recorría la casa como si quisiera quedarse un rato más.

Remus echó un último vistazo al jardín y se giró hacia las escaleras.

—Vamos. Molly va a empezar a gritar si no bajamos pronto.

Sirius suspiró con exageración, pero lo siguió.

—¿Tú crees que todavía quedan galletas?

—Si no han llegado los gemelos antes que tú… quizá tengas suerte.

—Ah, sí. Eso es tener fe en la magia.

Y juntos, bajaron.

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La luz del Ministerio de Magia era de ese blanco impersonal que hacía parecer que todas las horas del día eran iguales.

Tonks llevaba más de dos horas revisando informes junto a Kingsley en una de las mesas del ala de seguridad mágica. El pergamino crujía bajo sus dedos, y su pluma zumbaba como un insecto irritado mientras rellenaba los apartados del protocolo de intervención.

—Te has saltado la sección de “objetos confiscados” —murmuró Kingsley sin apartar la vista de su propio informe.

—Porque no confisqué nada. Solo eran palabras vacías —replicó Tonks en voz baja, remarcando la tilde con un gesto seco.

Kingsley gruñó apenas, sin levantar la vista. La rutina había vuelto a apoderarse de los pasillos, pero había algo en el aire, una tensión que ni la burocracia lograba disolver del todo.

Entonces, unos pasos firmes hicieron vibrar el suelo bajo sus sillas.

Tonks levantó la vista justo cuando Dawlish pasaba a su lado, con la capa de auror ondeando detrás y el rostro más ceñudo de lo habitual. Iba flanqueado por dos magos uniformados.

Uno de ellos, Booth, intercambió una mirada con ella al pasar.

Tonks lo sujetó un momento del antebrazo. 

—¿Y eso? —preguntó, cruzando los brazos mientras Booth frenaba un instante junto a su mesa—. Dawlish parece más serio de lo normal… y eso ya es decir.

Booth esbozó una sonrisa ladeada.

—Redada.

—¿Otra? — preguntó Tonks, alzando las cejas.

Su compañero asintió

—Una familia en Barnsley ha denunciado amenazas… marcan la casa con el símbolo tenebroso, gritan desde las sombras. Ya sabes —bajó la voz—: imitadores.

—¿Van de farol?

Booth se encogió de hombros, tenso.

—Quizá. Pero podrían tener contactos reales. Así que, por si acaso, vamos con todo.

Tonks suspiró y le deseó suerte.

Mientras lo veía marcharse hacia los ascensores, con la túnica de auror ya abrochada hasta el cuello, sintió un pequeño estremecimiento. Booth caminaba con decisión, hablando por lo bajo con el otro agente. La puerta se cerró tras ellos con un sonido seco.

Tonks miró a Kingsley.

—Cada vez hay más enemigos —murmuró.

Kingsley asintió apenas, mojando su pluma en el tintero. Él no había alzado la cabeza, pero Tonks sabía que también los había escuchado.

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Entre los informes interminables, una reunión intensa de última hora y el entrenamiento sorpresa con Moody, Tonks apenas había tenido un respiro aquel día.

El ojo mágico de Alastor la había seguido durante toda la sesión de duelos, corrigiendo su postura, su velocidad, su reacción a los ataques sorpresa.

“No es suficiente, Tonks. ¿Crees que un mortífago va a esperar a que te endereces? ¡Otra vez!”

Había terminado el entrenamiento con el cabello revuelto y el uniforme arrugado, pero con la satisfacción de saber que, al menos, no le había dado el gusto de rendirse.

Cuando por fin salió del ministerio bostezando con pereza, sintió un alivio inmediato al pensar en el cuartel de la Orden.

Allí no había interrogatorios ni misiones urgentes. Por ahora.

Solo el sonido del fuego crepitando en la chimenea, la promesa de una taza de té caliente y las deliciosas galletas caseras de Molly Weasley.

Y no se equivocó.

En cuanto cruzó la puerta de la cocina, el aire denso con el aroma de la canela y la miel la envolvió como una manta tibia.

Era como entrar en otro mundo.

La risa de Molly y Ginny llenaba el espacio con alegría cómplice, y Tonks sonrió sin darse cuenta.

—¡Tonks! —exclamó Ginny al verla—. Ven, ven, tienes que escuchar esto.

—¿Qué estáis tramando ahora? —preguntó Tonks, divertida, mientras colgaba la capa y tomaba asiento junto a ellas.

—Cosas de mujeres, querida —dijo Molly con una mirada traviesa, pasándole una taza de té —. Vamos, llegas justo a tiempo para un descanso.

Tonks envolvió la taza entre sus manos frías, expectante.

Desde su rincón, Remus, absorto en su lectura, levantó la vista por un momento. Sus ojos se encontraron.

—Lupin —lo saludó ella con una sonrisa.

—Tonks —respondió él con un leve asentimiento, antes de volver a su libro.

Ella le sostuvo la mirada un segundo más con un brillo juguetón en los ojos, antes de girarse hacia las Weasley.

—¿Y bien? ¿De qué va la conspiración de hoy?

Ginny soltó una risita y Molly, con un gesto teatral, le acercó un plato de galletas.

—Estábamos hablando de chicos —dijo, como si fuera un hito importante.

Tonks arqueó una ceja y tomó una galleta.

—Ajá.

Molly le lanzó una mirada curiosa.

—¿Y tú, Tonks? ¿Qué es lo que buscas en un hombre?

Tonks, con total naturalidad, respondió:

—Que sea limpio.

Lo dijo con tal rotundidad que se hizo un silencio casi cómico. Ginny parpadeó. Molly también.

—¿Limpio? —repitió Molly, como si esperara algo más… sustancioso.

—¡Por supuesto! —exclamó Tonks con toda la solemnidad del mundo —. No hay nada peor que un tío que deja calcetines sucios por todas partes, pasta de dientes en el lavabo o que no sabe lo que es un hechizo de limpieza.

Y antes de que las Weasley pudieran decir nada, Tonks sonrió traviesa y, con un leve parpadeo, transformó su nariz en la de un cerdito rosa y aspiró aire ruidosamente, mirando a Ginny con fingida seriedad.

Ginny estalló en carcajadas.

—¡Tonks, por favor! — consiguió decir — ¡Esto era una conversación adulta!

Incluso Molly, a pesar de intentar mantenerse compuesta, acabó soltando una sonora carcajada.

Justo en ese momento, Bill entró a la cocina con el cabello suelto cayéndole sobre los hombros y una mirada relajada. Saludó con la cabeza a Lupin en su rincón y él le devolvió el gesto.

—Ah, Bill, querido, justo a tiempo —dijo Molly con una expresión demasiado dulce.

Ginny la reconoció al instante. Era la cara que ponía cuando planeaba algo.

Bill, que conocía demasiado bien a su madre, arqueó una ceja mientras se servía una taza de té.

—¿A tiempo para qué?

Molly agitó una mano con fingida despreocupación, pero su tono era demasiado casual para ser sincero.

—Para disfrutar de una buena conversación, claro —dijo con aire inocente—. Tonks justo vuelve de trabajar. Siempre de un lado a otro, con horarios terribles… Es una pena que una chica tan encantadora no tenga más tiempo para sí misma. O para otros, ¿no crees?

Tonks, que justo estaba dando un sorbo a su té, se atragantó y tuvo que dejar la taza en la mesa con un leve golpe.

—Vaya, gracias, Molly —logró decir, recuperando la respiración y secándose la comisura de los labios con el dorso de la mano—. No sabía que mi vida sentimental te preocupaba tanto.

Bill sonrió con naturalidad, apoyándose en la mesa con aire despreocupado.

—Bueno, Tonks siempre ha sido una mujer de acción —comentó con una media sonrisa—. No me la imagino sentada en casa bordando cojines.

—Pero hasta las mujeres de acción necesitan a alguien que las espere en casa —intervino Ginny, con un brillo travieso en los ojos. Parecía haber entendido el plan de su madre a la perfección.

Bill rodó los ojos con una sonrisa divertida.

—Oh, vamos, Ginny. No me digas que también estás en esto —dijo, mirando con fingido reproche a su hermana.

Tonks, lejos de incomodarse, alzó una ceja con picardía.

—Lo que pasa es que Molly y Ginny quieren una boda en la familia cuanto antes —se burló, echándose contra el respaldo de la silla.

La joven se encogió de hombros, riendo con ese jijiji que solo usaba cuando sabía que estaba saliéndose con la suya, y Bill soltó una breve carcajada, sacudiendo la cabeza.

—Exacto —corroboró Ginny sin un ápice de vergüenza—. Y vosotros dos encajaríais de maravilla.

Desde su rincón de la cocina, Lupin mantenía la vista en su libro, pero ya no pasaba las páginas. Sostenía la taza de té entre las manos, inmóvil. Intentaba hacer oídos sordos, pero sentía los hombros tensos. Algo en la naturalidad con la que Tonks y Bill se miraban y sonreían, le resultaba…incómodo.

No había razón para ello, por supuesto.

Solo era una charla entre amigos, bromas sin mayor trascendencia. Y, aunque hubiera algo más, tampoco era de su incumbencia. Aun así, el comentario de Ginny se le quedó resonando en la cabeza como un ruido molesto.

—Solo digo que mi hermano mayor es guapo, inteligente y encantador —continuaba Ginny, encantada con su papel, mientras Molly asentía con una risa grave que sonaba a jojojo contenido.

Tonks miró a Bill con una sonrisa pícara, como queriendo decir “no puedo negar la verdad”.

—Y tú eres genial —añadió Ginny, dirigiéndose ahora a Tonks con una mirada significativa.

—Totalmente —corroboró Molly, ya sin intentar disimular.

Tonks y Bill intercambiaron una mirada de incredulidad compartida ante aquel complot tan gratuito en su contra. O más bien, en su favor.

—Estáis desesperadas por emparejarme —dijo Tonks con ligereza mientras tomaba otra galleta.

Ginny apoyó la barbilla en una mano y ladeó la cabeza, observándola con recelo.

—Es que el único hombre que ocupa tu mente es Moody —soltó finalmente, recordando una conversación anterior sobre el peculiar atractivo del viejo auror.

La carcajada de Tonks resonó en la cocina, sincera y despreocupada.

—¡Exacto! —exclamó, llevándose una mano al pecho con dramatismo—. Y es un amor difícil de superar, os lo advierto.

Bill soltó una risa baja y Ginny negó con la cabeza, resignada. Lupin, por su parte, dejó escapar un leve suspiro y se obligó a volver a su libro, con el ceño fruncido.

Tonks miró de reojo el reloj de la cocina, dejó la galleta a medio comer y se terminó el té de un trago antes de ponerse de pie con energía.

—Guardia nocturna, chicos. Me voy.

Tomó su media galleta y se despidió con un gesto de la mano y una sonrisa general, pero sus ojos se detuvieron un instante en Lupin.

Él sostuvo su mirada, atrapado en pensamientos que no terminaba de ordenar. Pero antes de que pudiera descifrarlos, Tonks ya había salido por la puerta.

Bill suspiró con exageración y se volvió hacia su madre y su hermana.

—Mamá, por favor. Incluso has involucrado a Ginny.

Molly se ruborizó levemente, pero se irguió con toda la dignidad de una madre que cree firmemente en su causa.

—¿Qué? Solo digo que eres un hombre apuesto, un buen partido, y que ya tienes una edad… Tonks es exactamente lo que necesitas.

—Totalmente —corroboró Ginny con entusiasmo que, lejos de sentirse incómoda, parecía encantada—. Es divertida, fuerte y no se deja intimidar por nada.

Bill puso los ojos en blanco, aunque su sonrisa dejaba claro que estaba acostumbrado a ese tipo de conversación.

Desde su rincón, Lupin bajó la vista a su taza, intentando concentrarse en el calor entre sus manos.

Pero las palabras le llegaban con nitidez cruel. Se sentía tentado de taparse las orejas como un niño, con tal de no escuchar ni una palabra más.

—¿Y tú qué opinas, Remus? —inquirió Molly de pronto.

Él parpadeó, sorprendido al verse arrastrado a la conversación que con tanta desesperación intentaba esquivar.

Alzó la mirada y se encontró con los tres Weasley observándolo con expectación.

—Eh… Bueno, sí, Tonks es estupenda —dijo, procurando que su voz sonara neutral.

Bill asintió, sin notar la tensión sutil en la postura de Lupin.

—Sí, lo es —dijo, pensativo—. Es inteligente, valiente… Tiene una energía contagiosa. Siempre sabe cómo hacer reír a la gente, incluso en los peores momentos. Y es leal. Es de esas personas que se quedan a tu lado hasta el final, pase lo que pase.

Molly y Ginny intercambiaron una mirada de complicidad, sonriendo con ojos brillantes.

Lupin sintió cómo su pecho se oprimía con fuerza.

Pero entonces, Bill sonrió con un brillo divertido en los ojos y añadió:

—Aunque si os soy sincero, mi corazón ya está ocupado.

Se hizo un silencio.

—¿Qué? —Ginny se inclinó hacia adelante con los ojos muy abiertos.

Bill dejó que la intriga se prolongara unos segundos antes de soltar, con un deje de orgullo:

—Se llama Fleur Delacour.

Molly y Ginny se quedaron boquiabiertas.

Lupin, sin darse cuenta, había estado conteniendo la respiración. Exhaló despacio. E, inncapaz ya de fingir interés en su libro, levantó la mirada y se centró en la conversación.

—¿Fleur Delacour? —exclamó Ginny—. ¡¿Esa Fleur Delacour?!

—Sí, esa misma —respondió Bill, con una sonrisa soñadora—. Es increíble, apasionada, inteligente,… Y cuando la miras a los ojos, sientes que podrías verte en ellos para siempre.

Lupin dejó escapar una risa baja, casi inaudible. De repente, se sentía tremendamente ligero.

—Pero… ¿Cómo ha pasado esto? —Molly frunció el ceño, alzando la voz —. ¿Desde cuándo la ves?

—Desde hace un tiempo ya —admitió Bill—. Viene mucho a Gringotts por trabajo, y bueno… empezamos a hablar. Luego a vernos fuera del banco. Y antes de darme cuenta, me encontré completamente perdido por ella.

—¡Y no se te ha ocurrido contármelo! —saltó Molly, visiblemente ofendida—. ¡Tu madre! ¿Desde cuándo tienes novia y yo sin saberlo?

—Mamá… —empezó Bill, conciliador, pero no pudo evitar sonreír.

Ginny lo miró con recelo.

—¿Y ella también está perdida por ti?

Bill rió entre dientes.

—Eso parece.

—¡Merlín! —Ginny apoyó la cabeza en sus manos—. ¡Tonks era una cuñada mucho mejor!

Molly, aún con los brazos cruzados, pareció debatirse entre la sorpresa y la aprobación. Recordaba a Fleur, la había visto en el Torneo de los Tres Magos, cuando fue con Bill a Hogwarts a animar a Harry.

—Bueno… Fleur es una chica hermosa, desde luego. Aunque no sé si…

—Si es lo bastante buena para tu primogénito —terminó Bill, divertido.

Molly resopló.

—No he dicho eso.

—Pero lo has pensado.

—Solo espero que no te deslumbre demasiado, eso es todo —murmuró con sinceridad

—Es mucho más que belleza, mamá —la interrumpió Bill, ahora con seriedad.

Ginny rodó los ojos. No estaba convencida. Pero algo en la mirada de su hermano mayor le hizo saber que toda posibilidad de emparejarlo con Tonks se había desvanecido.

—Remus —lo llamó Molly de pronto, como buscando un aliado —. No has dicho nada.

Lupin parpadeó, como si acabara de aterrizar, y forzó una sonrisa.
—Me alegra oír que has encontrado a alguien, Bill —dijo con calma—. Fleur parece una joven… eh… estupenda.

Bill ladeó la cabeza, con una sonrisa divertida.
—Eso es exactamente lo que dijiste de Tonks.

Una risita escapó de Ginny, llenando la cocina con una nota aguda de burla, pero Lupin solo se encogió de hombros.

—Bueno, al parecer tengo buen juicio.

La chica seguía observándolo, con una expresión curiosa, como si intentara descifrar algo en su rostro.

Lupin desvió la mirada y se puso en pie.

—Será mejor que me retire —dijo, tomando su taza y su libro—. Ha sido un día largo.

—Buenas noches, Lupin —se despidió Bill.

Molly y Ginny le dijeron lo mismo, aunque la joven lo observó un momento más con una chispa de suspicacia. Como si acabara de notar algo y estuviera archivándolo para más tarde.

Lupin salió de la cocina con pasos tranquilos, pero su mente no lo estaba.

De hecho, ya se había alejado mucho de la conversación sobre Bill y Fleur.

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A la mañana siguiente, Remus Lupin se despertó temprano.

La noche había sido larga, invadida por el insomnio y pensamientos dispersos.

Cuando abrió los ojos, aún le pesaba lo que había sentido la noche anterior, al observar la interacción tan natural y cómplice entre Bill y Tonks, y la clara aprobación de Molly y Ginny ante aquella perspectiva romántica.

Se quedó unos minutos tendido en su cama mirando el techo con el ceño fruncido, intentando desentrañar el origen de aquel malestar. En realidad, no era difícil, solo que no quería admitirlo.

Pero no tenía ninguna duda de qué era aquello.

Se había sentido celoso.

Chasqueó la lengua, pasándose una mano por la nuca, molesto consigo mismo.

Sabía que no tenía ningún derecho a sentirse así. Era absurdo, impropio. Pero, aun así, no lograba apartar esa punzada persistente que volvía una y otra vez.

Se dirigió al baño y se aseó con más parsimonia de la habitual, como si el ritual del agua y el jabón pudiera ordenar el caos de su mente.

Intentaba buscar otra explicación, más racional, más acorde con su carácter. Pero no la encontraba.

Estaba claro: le había inquietado la idea de que pudiera haber algo entre Bill y Tonks.

Y, para su desconcierto, también había sentido alivio al descubrir que no era así. Bill estaba enamorado de otra persona. Y, al parecer, era correspondido.

Lupin se quedó mirando cómo corría el agua del grifo, absorto en ese pensamiento.

No podía evitar preguntarse cómo sería vivir algo así. No solo amar.

Sino saberse amado. Sin dudas. Sin reservas.

Jamás lo había experimentado.

Nunca había sido el destinatario de una mirada como la de Bill al hablar de Fleur.

Observó su propio reflejo en el espejo con expresión grave, deteniéndose en las líneas de su rostro, en las sombras bajo sus ojos.

Suspiró y apartó la vista.

Pero la imagen de Tonks —sonriendo con el mismo brillo que había visto en los ojos de Bill— se coló en su mente.

Y también, con una claridad inquietante, la serenidad que había sentido al saber que no había nada entre ella y el mayor de los Weasley.

Se afeitó con esmero, como si pudiera borrar algo más que la barba con cada pasada. Aplicó una loción nueva —detalle inusual en él—, como si la frescura pudiera aliviar la tormenta interior.

Con el rostro renovado, se puso un jersey limpio, aunque algo ajado y remendado, y bajó a la cocina con un libro bajo el brazo.

Al llegar a la cocina, Lupin encontró a Molly ya preparando el desayuno, vestida con una bata de andar por casa. El aroma del café recién hecho llenaba el aire, y las tostadas chisporroteaban en la sartén.

—Buenos días, Molly —saludó, forzando una sonrisa tímida mientras se dirigía a la cafetera, buscando una distracción.

—Buenos días, querido —respondió ella con su cálida sonrisa maternal, aunque su mente parecía lejos de allí.

Mientras él se servía el café, la escuchó murmurar entre dientes, sacudiendo la cabeza con ligera desaprobación:

—Una chica francesa, dicen… y según Ginny, medio Veela… ¿Dónde vamos a parar? ¿Estará Bill embrujado? Ay, por Dios… con lo cerca que estaba de emparejarle con Tonks…

Lupin se quedó inmóvil, con la taza a medio levantar. Al oír su nombre, una punzada le atravesó el estómago. Pero no tuvo tiempo de reflexionar.

En ese momento, la puerta de la cocina se abrió y Tonks apareció en el umbral.

Llevaba el cabello de un rubio deslucido, recogido en una coleta pequeña y mal hecha, de la que escapaban mechones despeinados que le caían sobre la frente. Las ojeras marcadas delataban lo poco que había dormido, y su expresión general era la de quien acaba de salir de una batalla. O de una guardia nocturna, que venía a ser lo mismo.

Aun así, al ver a Molly y Lupin, se irguió con energía y los saludó como si no pasara nada.

—¡Buenos días! —exclamó con un entusiasmo que no coincidía con su apariencia.

Molly le respondió con ternura, aunque un atisbo de preocupación cruzó su rostro al verla tan agotada.

—Tienes cara de haber peleado con un troll…

—Más bien de haber trabajado con uno —replicó Tonks con una mueca, y se dejó caer en una silla junto a Lupin.

Él levantó la mirada y se encontró con sus ojos. Tonks le dedicó una sonrisa cómplice que él intentó corresponder, aunque todavía se sentía turbado.

Molly le dejó delante una taza de café humeante.

La auror la aceptó con gusto, rodeándola con ambas manos, dejando que el calor se le metiera en los dedos y el aroma reconfortante hiciera lo suyo.

Pero había algo más en el aire.

Tonks, completamente ajena a la incomodidad de Lupin, se inclinó ligeramente hacia él, frunciendo la nariz como si olfateara algo.

—Hueles bien —comentó, divertida.

Lupin parpadeó, sin saber bien cómo reaccionar. Antes de que pudiera decir algo, Molly también intervino, alzando la cabeza con gesto sorprendido.

—Es verdad. Hay algo diferente —admitió, con tono de aprobación.

Tonks se acomodó en la silla con un suspiro largo y teatral.

—Gracias, Remus. He pasado la noche con Stuart —explicó con su habitual desparpajo, dando un largo sorbo de café—. Ese tipo siempre huele a tabaco rancio y ropa húmeda… ¡como un troll! Creí que iba a desmayarme.

Y sin más, cerró los ojos un segundo y transformó su nariz en la de un cerdito rosa, aspirando el aire ruidosamente, con todo el dramatismo posible.

Lupin soltó una carcajada franca. Simplemente, brotó de su garganta como si hubiera estado contenida demasiado tiempo. Con aquel sonido, se le deshizo en los hombros, en la espalda, en el pecho. Finalmente, sentía que podía respirar.

Tonks, sorprendida por aquella reacción tan desmesurada, abrió un ojo y, sintiéndose un poco ridícula, volvió a su forma normal, dejando escapar una risa tímida.

—Tonks —dijo Molly de pronto.

Tonks giró la cabeza, aún con la sonrisa en los labios.

—¿Sí?

Molly se sentó frente a ella con gesto pensativo, tomando un sorbo de su te.

—Solo quería disculparme si en algún momento te hice sentir incómoda. No era mi intención entrometerme en tu vida.

Tonks ladeó la cabeza, sin entender al principio. Pero al ver el rostro de Molly, comprendió enseguida a qué se refería: sus intentos de incluirla en la familia.

Su respuesta fue una carcajada suave y despreocupada.

—Oh, Molly, por favor. No te preocupes. De hecho, me halaga que me consideres digna de tu hijo mayor.

Le lanzó un guiño divertido, y Molly, aliviada, también sonrió.

La charla comenzó a fluir en la cocina, fácil. Enseguida derivó hacia Fleur Delacour, y Molly, incapaz de contener la curiosidad, comenzó a indagar sobre la supuesta novia de su hijo.

—Entonces, ¿qué pensáis de ella? ¿La conocéis? ¿Sabéis algo más? —preguntó Molly, sin poder disimular su inquietud.

Tonks soltó una risa breve, con su voz cantarina que siempre la acompañaba.                                                                                                                       

—Bueno, yo no la conozco personalmente —respondió, estirando el cuello con cansancio—. Pero si Bill ha decidido que esa es la persona, no creo que haya mucho de qué preocuparnos. Seguro que tiene buen criterio.

Molly la observó con escepticismo, pero no pudo evitar sonreír ante su entusiasmo.

—Bueno, tal vez tengas razón, querida. Quizá solo necesito acostumbrarme a la idea. Es que me cuesta imaginar a Bill con alguien… tan diferente.

—¿Tan diferente? —preguntó Tonks con una sonrisa cómplice—. No es como si no pudiéramos tener una chica francesa en la familia. ¡Lo que importa es que Bill sea feliz!

Molly resopló, cruzando los brazos.

—Eso está por verse —musitó, aún no del todo convencida.

Lupin las contemplaba en silencio, y sin darse cuenta, sus labios se curvaron levemente. La incomodidad que le había invadido la noche anterior se había hecho tan pequeña que apenas la sentía.

Aquella conversación ligera, sin pretensiones, era justo lo que necesitaba.

Poco a poco se dejó arrastrar por la energía de Tonks, quien no paraba de hacer gestos y bromas, tratando de convencer a Molly.

—Si es la elección de Bill, ¿qué se puede hacer? — repetía Molly, más para sí misma que para Tonks.

Lupin asintió suavemente antes de intervenir.

—No creo que se pueda hacer nada más que apoyarle —dijo con tono tranquilo —. Lo importante es que él esté seguro de sus sentimientos.

Tonks asintió, siempre positiva.

—¡Exacto! Y si Bill está feliz, eso es todo lo que cuenta.

Luego, con una sonrisa cálida, añadió:

—Aunque, por supuesto, Molly… te vendría bien darles una oportunidad a todas las posibles nueras. O yernos.

Molly rió suavemente, como si asumiera que estaba siendo sobreprotectora.

—No lo dudo. Pero me cuesta, eso es todo. —Se detuvo un momento, mirándolos a ambos—. Aunque supongo que no puedo evitarlo. Me preocupo por ellos. Es lo que hacemos los padres.

Lupin suspiró, sereno.

—Es normal —dijo en voz baja.

Para su sorpresa, se dio cuenta de que su sonrisa había vuelto de forma natural, sin esfuerzo alguno.

Y la razón estaba allí mismo, sentada a su lado. Bromeando, charlando, llenando la cocina de luz sin darse cuenta.

La calidez de Tonks, su optimismo, su buen humor… lo envolvían con la misma naturalidad con la que años atrás Lily le había regalado aquel raro sentimiento de paz, de complicidad.

Se permitió disfrutar de esa sensación, suave y reparadora, con sensación de dulce nostalgia.

Molly se levantó para seguir con sus quehaceres en la cocina, aun murmurando consigo misma.

Lupin cerró los ojos por un momento, escuchando como Tonks dejaba escapar algo entre una risa ligera y un bostezo.

Ella lo observó de reojo, notando su inusual tranquilidad. Luego se inclinó hacia él con una de sus miradas más pícaras:

—¿Te has dado cuenta de que estás sonriendo? —preguntó, provocando que la sonrisa de él se ensanchara.

—Lo sé —respondió simplemente, volviendo a tomar su taza—. Supongo que me alegra ver feliz a Bill.

—A mí también —asintió Tonks, sincera.

Entonces, se acercó un poco más a él, como si fuera a contarle un secreto que Molly no debía escuchar.

Lupin, casi inconscientemente, la imitó, atraído por el brillo juguetón de sus ojos y la sonrisa eterna que asomaba de nuevo en sus labios.

—Y también estoy feliz porque creo que Molly finalmente dejará de intentar aparejarnos —confesó, rodando los ojos — Porque sí que es un poco embarazoso.

Lupin dejó escapar una risa suave, y con ella, se disipó lo último de aquella punzada que no le había dejado dormir. No era solo alivio, era claridad.

No necesitó entenderlo, racionalizarlo ni desmenuzarlo en cachitos. Solo vivirlo.

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NOTA DE AUTORA:

Como veis, sigo metida de lleno en el slice of life antes de que llegue el drama. Siempre me ha parecido que es lo que le falta a la “convivencia de verano” en Grimmauld Place durante los capítulos 3 a 9.

En el libro 6 se insinúa que Molly Weasley intenta emparejar a Tonks con Bill (o al menos eso creen Ron y Ginny), y me he aprovechado de ese pequeño detalle para darle algo de vida doméstica a la historia.

Hoy el foco está más en Remus y en lo que empieza a removerse por dentro: ese primer pinchazo de celos absurdo, esa conciencia incómoda de que Bill y Tonks podrían encajar… y la calma posterior cuando descubre que no es así.

Yo parto de la idea de que Lily fue la mejor amiga de Remus, una especie de alma gemela platónica. Y empieza a ver a Tonks como “la reencarnación de Lily”. No como “nuevo interés romántico” (todavía no), sino como esa presencia que le recuerda que existe algo parecido a la paz, a la complicidad… a la luz.

En fin, ya me diréis si estáis de acuerdo con esta versión o no.

Podéis ver la ilustración del capítulo en mis redes —pasad por Instagram, Tumblr o TikTok.

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