Capítulo 21

El tradicional brindis con Whiskey de Fuego de los Merodeadores

……………………………..……………………………..……………………………..………………………………….

Hola a todos! Hoy empezamos con el canon otra vez:

……………………………..……………………………..……………………………..……………………………..……

Harry Potter 5 – capítulo 9: La parte en que dice que se acerca el final del verano, Harry fantasea con volver a Hogwarts y llegan las listas de los libros y Ron y Hermione resulta que han sido elegidos prefectos. Leed hasta el punto que Ron envuelve la chapa de prefecto en sus calcetines y la guarda con llave en el baúl.

………………………………………………………………………………………………………………………………

El aire de la casa Black estaba impregnado del aroma a pastel recién horneado y estofado especiado. Las velas flotantes que Molly había conjurado ayudaban a suavizar el ambiente de aquella velada.

Ron y Hermione habían sido elegidos prefectos, y la señora Weasley había decidido organizar una pequeña celebración en su honor.

Remus bajó las escaleras en silencio, con intención de ofrecer su ayuda.

No es que Molly la necesitara —cuando se trataba de banquetes y celebraciones caseras, tenía una energía inagotable—, pero a él no le gustaba quedarse de brazos cruzados.

Sin embargo, al pasar junto a una puerta entreabierta, se detuvo.

Dentro, Ron estaba sentado sobre su cama, sacando brillo a su flamante chapa de prefecto.

El muchacho no se dio cuenta de que le observaba, ya que estaba demasiado absorto en su tarea. Frotaba la insignia con el extremo de su túnica, con una expresión de orgullo mal disimulado.

Algo su expresión, en aquella escena, le resultó familiar.

La mente de Remus, sin quererlo, retrocedió varios años.

Recordó cuando él mismo había recibido su propio distintivo de prefecto.

El peso de la carta en sus manos, el destello de la chapa que le iluminó la mirada, la incredulidad inicial, seguida por una oleada de alegría serena… y la emoción en los ojos de sus padres.

Al sujetarla sobre su túnica, había sentido una mezcla de satisfacción y responsabilidad a partes iguales.

Entonces, una voz interrumpió sus pensamientos.

—Va a ser genial ser prefectos juntos, ¿no crees? —dijo Hermione con entusiasmo.

Remus se sorprendió.

No se había dado cuenta de que Ron no estaba solo en la habitación. Hermione se había sentado a su lado, observándolo con una sonrisa cálida y los ojos brillantes.

El chico levantó la vista y la miró. Por un momento pareció tensarse, como si quisiera ocultar lo que realmente sentía. Pero entonces, casi sin darse cuenta, suavizó su expresión.

—Sí… sí, será genial —murmuró él, con un tono más contenido, pero sin poder ocultar del todo la ilusión en su voz.

Remus se permitió sonreír al verlos.

Otra vez, algo en aquella complicidad le resultaba familiar de una manera entrañable.

Se quedó observándolos un instante más antes de seguir su camino, dándoles intimidad y sumergiéndose de nuevo en sus recuerdos.

El brillo de la chapa de prefecto, el olor a aceite embellecedor de escoba, el calor de finales de agosto…

Su nombramiento coincidió con el verano en que su cuerpo maduró. Había crecido varios centímetros ese verano, incluso sus músculos habían ganado algo de volumen. Sus facciones, antes infantiles y redondeadas, se habían afilado, dándole un aire más adulto, incluso atractivo.

Lo supo en el andén del Hogwarts Express, cuando Sirius le dio una palmada en la espalda y le guiñó un ojo con su sonrisa descarada de siempre.

—No habrá chica que se resista a tus encantos, Lunático —le había dicho, haciendo una reverencia exagerada y señalando la chapa de prefecto con diversión.

Remus, por supuesto, había rodado los ojos.

Pero Sirius, aunque exagerado, tenía más razón de la que Remus habría anticipado. 

No era ciego. Se dio cuenta enseguida de que más de una chica le dirigía miradas curiosas, que algunas sonreían al cruzarse con él, incluso estallaban en carcajadas cuando él – siempre por casualidad – les lanzaba una mirada.

James y Sirius no dejaban pasar la oportunidad de avergonzarle entre medias sonrisas y pullas burlonas.

Pero él nunca les seguía el juego.

Porque, en el fondo, daba igual cuánto interés pareciera despertar en la población femenina de Hogwarts.

Él sabía lo que era. Y lo que no podía permitirse. No podía acercarse demasiado a nadie. No podía arriesgarse a que alguien descubriera su secreto. Porque si lo hacían, si alguien llegaba a saber la verdad… lo expulsarían de inmediato. Ni siquiera Dumbledore podría impedirlo.

Y James y Sirius lo sabían.

Y entonces, cuando veían aquel pesar, aquella resignación tranquila en la mirada de Remus que ambos conocían demasiado bien, dejaban de fastidiarle.

O más bien, bromeaban con otra cosa para distraerle.

Como lo insufriblemente aburridas que eran las clases de Historia de la Magia, o si Madame Pince y Argus Filch tenían o no un affair secreto en los pasillos de la biblioteca. O, por supuesto, si esa tarde podrían gastarle una broma a Severus Snape sin que McGonagall los castigara por toda la eternidad.

¿Y Lily?

Sí, ella también sonrió al verlo después del verano. Su medalla de prefecta brillaba tanto como la de él.

Hubiera sido fácil enamorarse de ella.

¿Cómo no hacerlo? Era brillante, valiente, con una luz que lo envolvía todo.

Pero no lo hizo.

Primero, por James.

Segundo, por Lily.

Porque la quería demasiado como amiga como para arruinar lo que tenían. Aunque no lo dijera, ella estaba enamorada de James, y Remus nunca quiso interponerse en su camino ni meterla en un compromiso que no le correspondía.

Aun así, en los días en que la soledad se hacía más pesada, en los días en que su maldición lo hacía sentir demasiado ajeno a todo lo demás, se sorprendía buscando una versión de Lily para él. Alguien con su misma luz, con su misma fuerza.

Pero la verdad era que nunca tuvo mucha suerte.

Tal vez porque, en el fondo, siempre supo que no la encontraría.

—Remus —la voz de Tonks lo sacó de golpe de sus recuerdos—. ¿Te puedes mover, por favor?

Él parpadeó, desorientado.

La cocina de Grimmauld Place se materializó a su alrededor, con el murmullo distraído de Molly tarareando mientras removía el estofado.

Tonks estaba junto a la mesa, con el cabello de un color verde vibrante que resaltaba aún más bajo la luz de las velas. Llevaba un montón de vasos entre los brazos, intentando acomodarlos con una destreza que podría haber resultado convincente… si no pareciera que se le estaban a punto de caer.

Al darse cuenta de que le bloqueaba el paso, Remus se hizo a un lado. 

Tonks llegó a la mesa justo a tiempo para depositarlos sin que ninguno rodara al suelo. Al verlos a salvo, Molly suspiró aliviada y volvió a centrarse en el estofado.

Tonks lo miró con curiosidad, notando su aire ausente.

—Pareces en otro mundo —comentó, esbozando una sonrisa.

Antes de que pudiera responder, Sirius pasó junto a él con esa expresión pícara que tan poco había cambiado con los años, le dio un codazo.

—En la luna, diría yo.

Remus negó con la cabeza y dejó escapar una risa leve.

Sin decir más, se unió a Tonks y a Sirius para ayudar a preparar la mesa.

……………………………..……………………………..……………………………..……………………………..……

Harry Potter 5 – capítulo 9: leed el resto del capítulo 9, que es la celebración en honor de Ron y Hermione, la parte en que Moody le enseña a Harry la foto de la antigua Orden del Fénix y la parte en que Molly Weasley se enfrenta a un boggart, sin éxito.

……………………………..……………………………..……………………………..……………………………..……

Remus descendió las escaleras en silencio, con el peso del enfrentamiento contra el Boggart oprimiéndole el pecho.

Las imágenes de la criatura recreándose en los temores de Molly seguían tan vívidas como si aún estuvieran frente a él. Remus sabía cuánto le costaba a Molly sobrellevar todo aquello: la Orden, el peligro constante, las interminables horas de guardia de Arthur…

Pasó los dedos por el pasamanos, pensativo.

Tal vez podría ofrecerse a cubrir más turnos. Al fin y al cabo, él no tenía trabajo en ese momento y, si con eso podía aliviar un poco la carga de Arthur, sería lo correcto.

Cuando llegó a la cocina, encontró a Sirius y Tonks sentados en la mesa, conversando animadamente.

Sirius, con una sonrisa traviesa, estaba llenando tres vasos con una botella que Remus reconoció al instante: Whiskey de Fuego.

—Nada como Hogwarts —decía ella, apoyando los codos en la mesa, mirando el contenido ambarino del vaso que Sirius le pasaba —. Y desde luego, Hufflepuff es claramente la mejor casa.

Sirius soltó una carcajada y negó con la cabeza.

—Por favor, Tonks, sabemos que Gryffindor es la mejor con diferencia.

—Pfff —bufó ella, haciéndole un gesto de desdén —. Os dais demasiada importancia.

Sirius, aún sonriendo con diversión, suavizó su expresión y miró a Tonks por un momento.

—En parte tienes razón. No sé si fue la casa en sí… o las amistades que hice allí lo que lo convirtió en algo especial.

Tonks no pasó por alto la expresión nostálgica que cruzó el rostro de Sirius cuando le pasó un vaso a Remus. Este lo tomó con una sonrisa algo resignada. Tonks, curiosa, fijó su mirada en la botella y luego en los dos hombres, como si intuyera que había algo más tras ese gesto.

—¿Qué? —preguntó con una sonrisa picaresca—. ¿Cuál es la historia aquí?

Remus sonrió con indulgencia.

Sirius, con una chispa de picardía en los ojos, intervino antes de que Remus hablara.

—La primera vez que brindamos con esto, teníamos catorce años —dijo, recordando—. Fue después de un partido de Quidditch desastroso. Pensé que ayudaría con la humillación.

Remus levantó una ceja, dejando escapar una leve sonrisa.

—Ayudó con la humillación… pero nos causó una resaca al día siguiente que aún no he conseguido olvidar.

Sirius asintió con solemnidad y miró a su prima.

—Desde entonces, se volvió costumbre. El tradicional brindis con Whiskey de Fuego de los Merodeadores.

Tonks soltó una risa baja.

“Merodeadores”.

Sonaba bien.

Después, miró el vaso frente a ella e, incapaz de resistirse, se lo llevó a los labios y dio un sorbo.

En cuanto el líquido ardiente tocó su garganta, no pudo evitar toser con los ojos ligeramente llorosos por el calor que recorría su cuerpo. Sus compañeros rieron, disfrutando de su reacción.

Remus, con una sonrisa amable, le pasó un vaso de agua, y Tonks lo aceptó, aliviada.

—¿Brindabais con catorce años? —preguntó, su voz aún rasposa mientras intentaba suavizar el ardor del whiskey — ¿Cuánto hace que os conocéis?

Los dos hombres se miraron y, como si compartieran una broma sin palabras, comenzaron a reír.

—Toda una vida —dijo Sirius, encogiéndose de hombros.

Remus asintió.

—Nos conocimos en Hogwarts, el primer día.

Sus palabras se quedaron en el aire por un momento, mientras su mente viajaba atrás en el tiempo, al recuerdo de aquel primer viaje hacia la escuela.

Cuando su vida en el mundo mágico aún no había empezado.

Un libro nuevo entre las manos.

El cosquilleo de los nervios.

El traqueteo rítmico del vagón.

El tren avanzaba serpenteando entre colinas y valles, pero Remus apenas reparaba en el paisaje que desfilaba más allá de la ventanilla.

Estaba sentado en un rincón de un compartimento vacío, con un libro abierto sobre las rodillas, aunque no había leído ni una sola palabra en todo el trayecto.

Su atención saltaba constantemente de las páginas al pasillo, a los compartimentos cercanos, donde otros estudiantes reían y hablaban sin preocupaciones.

Y él, Remus Lupin, estaba allí, entre ellos.

Pero no dejaba de sentir que en cualquier momento alguien lo descubriría. Que un adulto abriría la puerta de golpe y le diría que todo había sido un error, que él no pertenecía a aquel tren, a aquella escuela. Ni siquiera a aquel mundo. Que no debía estar entre niños normales.

Y la verdad era que él pensaba lo mismo.

La sensación no mejoró cuando se puso por primera vez el uniforme. La túnica le quedaba un poco larga, y el escudo bordado en el pecho le resultaba extraño. Cuando se miró en el reflejo de la ventanilla, se sintió como un impostor. Como si jugara a disfrazarse de niño normal, intentando ocultar al monstruo que sabía que era.

Volvió a coger el libro, y apoyó la cabeza en sus manos, intentando concentrarse. El viaje le pareció eterno.

Y, sin embargo, cuando el tren finalmente se detuvo y se reunió con los demás alumnos de primer año, tuvo la extraña sensación de que todo sucedía demasiado rápido. Apenas tuvo tiempo de fijarse en el hombre gigantesco que los esperaba en el andén, guiándolos hasta unas barcas que surcaron un lago de aguas negras, ni en la silueta del castillo, imponente, recortada contra el cielo estrellado.

Al llegar al castillo, cruzando las enormes puertas de madera maciza, su corazón latía con fuerza, martillando contra sus costillas. La fila de niños avanzaba lentamente hacia el Gran Comedor, y la visión de los candelabros flotando en el aire, reflejándose en los platos dorados, lo deslumbró. Todo era grandioso, impresionante, incluso abrumador.

De pronto, sin haber tenido tiempo de prepararse, estaba allí, de pie, sintiendo cientos de rostros observarle desde las mesas de las 4 casas.

Y entonces, Minerva McGonagall pronunció su nombre. Sintió que la sangre se le helaba.

Sus pies se sintieron pesados mientras caminaba hacia el taburete. Se sentó con las piernas tensas y apenas pudo contener un respingo cuando la profesora le colocó el Sombrero Seleccionador sobre la cabeza.

En cuanto la tela le cubrió los ojos, una voz grave y anciana sonó en su mente.

—Ah… interesante —murmuró el sombrero—. Qué mente más ágil… qué nobleza en el corazón… pero hay algo más, ¿verdad? Un peso, un secreto…

Remus tragó saliva.

—No quiero que nadie lo sepa —pensó con fuerza.

—Eso depende de ti, muchacho —respondió el sombrero, con un tono que sonaba casi amable—. Pero dime… ¿qué es lo que buscas aquí?

Remus no lo supo decir. Seguridad. Normalidad. Un lugar donde pudiera ser algo más que su maldición. Un sitio donde volver a empezar.

El sombrero permaneció en silencio por un instante, como si sopesara sus pensamientos.

—Eres valiente —dijo por fin—. Mucho más de lo que crees.

Y en voz alta, proclamó:

—¡GRYFFINDOR!

Por un instante, no supo qué hacer.

Se bajó del taburete con las piernas aún temblorosas, pero cuando se giró hacia la mesa de Gryffindor y vio que todos aplaudían y le vitoreaban, algo dentro de él se aflojó. Avanzó hacia sus nuevos compañeros con algo más de seguridad y tomó asiento entre ellos. Por primera vez desde que subió al tren, una sonrisa se dibujó en su rostro.

Después de la cena, subió junto a los demás alumnos de primer año hacia la torre de Gryffindor.

Se quedó un momento en la entrada de la sala común, observando las altas ventanas y los terrenos que se extendían a lo lejos, sumidos en la oscuridad de la noche.

Pensó en su condición, y en el trato secreto que había hecho con el director, Albus Dumbledore: Su maldición debía permanecer en secreto. Si alguien llegaba a descubrirlo, el miedo se esparciría por la escuela, por las familias, y la junta escolar no tardaría en expulsarlo.

No quería irse de allí.

Apretó los puños, decidido a hacer todo lo necesario para proteger su secreto. Con esa resolución, subió hacia el dormitorio.

Se quedó un momento en la puerta, observándolo. La habitación era cálida y amplia, con cuatro camas de dosel. Reconoció su baúl a los pies de una cama, como si le indicara que ese sería su lugar. 

Y entonces los vio. Tres chicos estaban en la habitación. Dos de ellos estaban sentados en la misma cama, enfrascados en una conversación, mientras el tercero desempacaba sus cosas. Remus tragó saliva, sorprendido. Había supuesto que, debido a su maldición, estaría solo.

Antes de que pudiera decidir qué hacer, uno de ellos, un chico con el cabello alborotado y unas gafas que resbalaban por su nariz, se acercó rápidamente.

—Tú eres Remus Lupin, ¿no? —preguntó con entusiasmo.

Remus apenas pudo asentir antes de que el otro continuara, como si estuviera encantado de hacer presentaciones.

—Yo soy James. James Potter. Y ellos son Sirius Black y Peter Pettigrew.

Dos chicos sentados en una de las camas levantaron la vista.

Uno de ellos, de cabello oscuro y facciones afiladas, le sonrió con un aire de diversión. El otro, un poco más bajo y regordete, le saludó con un gesto torpe de la mano.

James, sin esperar, le empujó suavemente hacia la cama donde estaban sentados, invitándolo a unirse sin más formalidades.

—Ven, siéntate con nosotros.

Remus obedeció sin rechistar, aunque todavía se sentía algo cohibido. Entonces, el chico de la sonrisa traviesa—Sirius—se inclinó hacia él, observándole.

—Vaya cicatrices — comentó, con el descaro de alguien que decía lo primero que se le pasaba por la cabeza.

Remus sintió un nudo en la garganta. No supo qué responder. Pero antes de que la incomodidad se instalara del todo, el otro chico, Peter, se inclinó hacia adelante, con los ojos abiertos de par en par.

—¡Guay!

No había asomo de horror en su voz. Ni repulsión.

Sirius y Peter comenzaron a discutir sobre la procedencia de sus cicatrices.

—Seguro que intentaste trepar a algún sitio y te caíste —teorizó Sirius, con una sonrisa pícara.

—¡No! —protestó Peter, convencido—. Seguro que fue un accidente mágico. A mí me pasó una vez, y tengo una cicatriz en el…

Se interrumpió de golpe, enrojeciendo hasta las orejas. James y Sirius rompieron a reír.

Remus, por su parte, estaba sorprendido. Nunca había vivido una conversación como aquella. Nadie había hablado de sus cicatrices de esa manera. No como algo feo. No como algo que le hacía diferente.

—Pues yo creo que fue un enfrentamiento con un grifo —dijo James de repente, mirándolo con una sonrisa.

—O con un dragón —añadió Peter, entusiasmado, pasándole una caja de ranas de chocolate. Remus la tomó sin rechistar, y sintió un impulso extraño: el de jugar con ellos.

Se inclinó hacia delante, con expresión misteriosa, y bajó la voz.

—No fue un grifo —dijo, con solemnidad—. Fue un hipogrifo. Le ofendí y casi me arranca la cara de un picotazo.

Se hizo un breve silencio.

Y luego, los tres se echaron a reír. Remus miró, riendo también, a los chicos que, en ese entonces, serían sus compañeros de cuarto durante los siguientes siete años, y sus amigos para toda la vida.

James chocó la palma de su mano contra la de Sirius.

—¡Sabía que había una historia detrás!

—Es mucho mejor que un grifo —añadió Peter, con los ojos brillantes de admiración.

Esa primera noche, rieron y hablaron durante horas. Comieron dulces hasta bien entrada la madrugada, hasta que James se quedó dormido con una rana de chocolate medio derretida en la mano y Sirius roncaba con la boca entreabierta.

Y en algún momento, entre risas y caramelos, Remus se dio cuenta de algo.

Estaba en Hogwarts.

No estaba solo. No se sentía fuera de lugar. Incluso, parecía que había hecho amigos.

El Remus Lupin adulto alzó la vista.

La cocina de Grimmauld Place estaba iluminada por la tenue luz de las velas, y Sirius le observaba con una media sonrisa, como si hubiese leído cada uno de sus recuerdos.

—Y así empezó todo —dijo, encogiéndose de hombros—. Fue inevitable.

—Y para siempre —añadió Sirius en voz baja, con un dejo de nostalgia.

Tonks, que los había estado escuchando con creciente fascinación, apoyó el codo en la mesa y los miró con una sonrisa ladeada.

—Qué suerte la vuestra —comentó Tonks, con nostalgia—. Hacerse amigos desde el primer día.

Sirius soltó una risa corta y ladeó la cabeza.

—Supongo que sí —concedió—. Aunque también es verdad que cuando tienes once años y compartes dormitorio, no te queda otra que soportarte.

Lupin soltó un leve bufido.

—Bueno, a ti te soportábamos entre todos.

Tonks soltó una carcajada y Sirius fingió ofenderse, llevándose una mano al pecho.

—¿Yo? Pero si era el alma de la fiesta…

Lupin rodó los ojos con indulgencia, y Tonks los miró con diversión.

No hacía falta mucho para ver lo que había entre ellos. No solo amistad, sino algo más profundo. Una hermandad forjada en los días dorados de Hogwarts, cuando aún eran solo unos chicos con el mundo por delante y ningún espectro acechándolos en la oscuridad.

Con renovada valentía, Tonks levantó su vaso de whiskey, desafiando la quemazón que aún sentía en su garganta, y, con una sonrisa decidida, propuso:

—Por el alma de la fiesta —dijo, alzando su vaso.

Sirius y Remus la miraron, una chispa de complicidad en sus ojos, antes de levantar también sus vasos. El brindis sonó alegre y firme.

—Por el alma de la fiesta —repitieron ambos, alzando sus vasos.

Tonks vació su vaso de un trago.

Un calor intenso recorrió su garganta y, sin poder evitarlo, comenzó a toser, los ojos entrecerrados por el ardor. Sirius, sonriendo, rápidamente le sirvió un poco más de agua, y Tonks, agradecida, lo aceptó con una sonrisa entrecortada.

—Prometo que mejora…con el tiempo — aseguró su primo, con una sonrisa canina.

……………………………..……………………………..……………………………..……………………………..……

Harry Potter 5 – capítulo 10: Desde el principio hasta que el Hogwarts Express se va.

……………………………..……………………………..……………………………..……………………………..……

El tren se perdió en la curva, y su silbido se apagó poco a poco, como si el aire se lo tragara. La estación quedó envuelta en un silencio denso.

—Nos vemos más tarde —gruñó Moody, rascando el aire con su voz áspera.

Y, sin esperar respuesta, se desvaneció con un chasquido seco, sin más. Como siempre.

Molly, aún con la mano en alto, mirando el lugar por donde el tren se había ido.

No dejaba de pensar en los chicos, especialmente en sus propios hijos, y aunque intentaba ocultarlo, la preocupación era evidente en su rostro.

—Espero que estarán a salvo —murmuró, casi para sí misma, como si las palabras pudieran alcanzarlos y darles protección a través de la distancia.

Lupin, que la observaba sereno, dio un paso hacia ella y posó una mano en su hombro.

—Seguro que estará bien. Saben cuidarse —dijo suavemente, intentando aliviar la angustia que veía en sus ojos.

Tonks, siempre dispuesta a animar, le dio un suave apretón en el brazo, añadiendo con optimismo:

—Claro, Molly. Además, no hay sitio más seguro que Hogwarts.

Justo en ese momento, Sirius, en su forma de gran perro negro, se acercó saltando, moviendo la cola con entusiasmo y ladrando, como si también quisiera añadir su aprobación a las palabras de Lupin y Tonks.

Un suspiro de alivio recorrió el rostro de Molly al ver al perro.

Aunque su forma animal no era la más común, su alegría le hizo sonreír un poco.

—¿Y ahora qué? ¿Nos desapareceremos? —preguntó Tonks, despreocupada, como si no tuviera prisa por marcharse.

Sirius soltó una serie de gruñidos y bufidos que a todas luces eran su manera de protestar ante la idea de un regreso inmediato. Dio un par de vueltas sobre sí mismo, dejando claro que no pensaba desperdiciar aquel ratito al aire libre.

—Yo sí —respondió Molly, sacudiendo la cabeza con una sonrisa suave—. Debo empezar a preparar la comida. Vosotros podéis volver paseando si queréis.

Alzó la vista al cielo y añadió:

—Hoy hace buen día para un paseo.

Apenas terminó de hablar, Sirius saltó con alegría juvenil, corriendo en círculos como un cachorro, claramente encantado con la propuesta.

Lupin dejó escapar una risa suave al verlo.

Se sentía de buen humor, una sensación poco habitual en él, con ganas de disfrutar una actividad tan simple como pasear tranquilamente.

Se agachó frente al perro, que le miraba moviendo la cola y dijo, en voz baja.

—Está bien, yo vuelvo caminando contigo

Sirius ladró, aprobando la decisión con un movimiento vigoroso de su cola. Lupin lo miró con una mezcla de diversión y resignación, negando con la cabeza.

Entonces se giró hacia Tonks, dibujando una sonrisa amable — quizás un poco más abierta de lo habitual — y dijo, con naturalidad:

—¿Qué dices? ¿Te unes?

Tonks, que había estado observando la escena, se irguió de inmediato, como si solo estuviera esperando que se lo propusieran. Sus ojos brillaban con esa chispa suya tan característica.

—¿Perderme un paseo contigo y Sirius? Ni loca.

La respuesta le arrancó a Lupin otra sonrisa, más tenue pero igual de sincera.

—Pues andando —dijo él, haciendo un gesto hacia la calle.

Así, con Sirius liderando el camino, los tres salieron del andén 9¾ hacia las calles del Londres muggle.

Tonks respiró hondo y estiró los brazos.

—Hace un día precioso, ¿no? —dijo, entrecerrando los ojos por la luz—. Me dan ganas de creer que todo irá bien.

A su lado, Remus miró hacia el cielo con las manos cruzadas a la espalda, en silencio.

El sol cálido iluminaba su rostro y aclaraba sus ojos color ámbar y su cabello castaño, devolviéndole un aire juvenil que se perdía cuando se encontraba carcomido por las sombras de la casa Black.

Se detuvo un segundo para mirarla, y luego dejó escapar una risa breve, casi privada.

—Siempre he pensado que camino mejor bajo el sol que bajo la luna —confesó.

Sirius se giró con brío y soltó un ladrido claro y breve que parecía, más que nada, una carcajada.

—Creo que Sirius está de acuerdo —dijo ella, apoyando con suavidad su mano en el brazo de Remus.

Él solo se encogió de hombros.

Y así, los tres empezaron su camino de vuelta a Grimmauld Place.

Sirius avanzaba correteando y olfateando a su alrededor, mientras Lupin y Tonks le seguían tranquilamente, disfrutando del ambiente despejado y sin prisa.

Ella llevaba las manos en los bolsillos de su chaqueta, con una sonrisa juguetona que anticipaba alguna broma.

Lanzó una mirada curiosa hacia Lupin, que caminaba con las manos cruzadas a la espalda, absorto en sus pensamientos.

—¿Sabes? Harry te tiene en un pedestal —dijo ella de repente, rompiendo el silencio—. ¿Qué has hecho para caerle tan bien? Porque, Lupin, no puede ser tu encanto natural.

Él dejó escapar una carcajada suave. Sacudió la cabeza con fingida exasperación, un gesto adorable a ojos de la auror, que, aunque trataba de disimular, no podía sacarle los ojos de encima.

—Gracias por el voto de confianza, Tonks. Supongo que fuimos muy cercanos en su tercer año, cuando yo fui su profesor.

—¿Sí? —preguntó ella, alzando una ceja con curiosidad—. ¿Y eso?

Lupin se tomó un momento para reflexionar.

—Ese año Harry empezó a tener problemas con los dementores —explicó, con voz baja y reflexiva—. Le afectaban más que al resto. Cada vez que se acercaban, se desmayaba… o revivía sus peores recuerdos. Así que me ofrecí a ayudarle. Le enseñé a conjurar un Patronus.

Tonks asintió con interés, sin interrumpir.

—No fue fácil —continuó Lupin, con una media sonrisa—. Es magia muy avanzada, incluso para alumnos mayores. Pero él… Harry tenía una determinación que rara vez he visto en alguien tan joven. Le costó, sí, pero lo logró. Recuerdo la primera vez que el Patronus le salió bien. Incompleto aún, pero nítido. Estaba tan orgulloso que no podía dejar de mirarlo.

Tonks sonrió, sintiendo una ternura inmediata.

—Claro —dijo con suavidad—. Ahora entiendo por qué te admira tanto. Si alguien me hubiese enseñado a invocar el mío como tú hiciste con Harry, también le tendría mucho aprecio.

Lupin asintió, agradecido por sus palabras. Sus ojos se entornaron levemente al recordar.

—Me recuerda mucho a James —dijo, casi para sí mismo.

—¿James? ¿El padre de Harry? —preguntó ella.

—Sí —respondió él, asintiendo con una sombra de nostalgia en los ojos—Tiene esa misma valentía, esa misma tendencia a lanzarse de cabeza a las cosas para proteger a los demás. Pero también tiene mucho de Lily. Su bondad, su corazón. Es increíble ver cómo esas dos partes de ellos viven en él.

Tonks lo miró de lado, una sonrisa divertida asomando en sus labios.

No estaba acostumbrada a ver a Lupin a la luz del día. El sol perfilaba con suavidad sus facciones cansadas, ganando terreno a la sombra que era tan habitual en él.  

Le gustaba verle así, ligero, y escuchar sus pensamientos. Había algo conmovedor en la mezcla de cariño y nostalgia en su voz, como si cada palabra estuviera tejida con recuerdos preciosos.

—Vaya, profesor… No sabía que también eras bueno para los discursos inspiradores. Harry estaría emocionado si te oyera.

Lupin rodó los ojos, pero no pudo evitar devolverle la sonrisa.

—Es fácil hablar así de Harry. Ha pasado por tanto, y aun así sigue adelante. Siempre encuentra la forma de levantarse y luchar. Es un privilegio verlo crecer… aunque tiene una habilidad prodigiosa para meterse en líos.

—Bueno, eso no me sorprende. Si se ha criado cerca de Sirius y de ti, tiene buenos ejemplos —replicó Tonks con un guiño.

Lupin fingió indignación, pero se limitó a reír entre dientes. Caminaron en silencio unos pasos, envueltos en el aire tranquilo de septiembre.

—Bromas aparte —dijo Tonks, más seria esta vez—, me gusta cómo hablas de él. Se nota que le tienes mucho cariño.

Lupin se quedó en silencio por un momento, mirando hacia el frente, donde Sirius seguía moviendo la cola de un lado a otro.

—Es difícil no tenerlo —admitió finalmente, con una sonrisa más suave—. Me hace sentir orgulloso. Y también un poco viejo, si te soy sincero.

Tonks soltó una risa ligera y le dio un pequeño empujón con el hombro.

—Viejo, por favor. Lupin, a veces hablas como si fueras un abuelo. Te prometo que todavía tienes mucho que ofrecer, incluso más que tus «sabias palabras».

Lupin rió de nuevo como respuesta. Tonks cruzó las manos tras su espalda y miró al cielo, dejando que las palabras salieran espontáneamente de sus labios:

—Creo que Harry, y Sirius también — señaló al enorme perro negro moviendo la cola frente a ellos — tienen suerte de tenerte cerca.

Hizo una pausa breve y, apenas en un susurro acompañado de una sonrisa leve, añadió:

— Y yo también, si te soy sincera.   

Lupin la miró sorprendido, con sus ojos claros brillando a la luz del sol.

—Gracias, Tonks —respondió al fin, con una sonrisa franca.

Ella se encogió de hombros como si sus palabras no tuvieran mayor peso, aunque el brillo en su mirada delataba lo contrario. En un gesto tranquilo, deslizó su mano hacia su brazo, apoyándose ligeramente, como si fuera lo más natural del mundo.

Remus permitió el contacto, devolviéndole la sonrisa mientras alzaba la vista de nuevo hacia el cielo. El sol dorado bañaba a ambos con su cálida luz, envolviendo el momento en una atmósfera casi etérea.

Unos pasos por delante, el suave golpeteo de las patas de Sirius sobre el suelo les recordaba que no estaban solos, pero el silencio que compartían tenía una cualidad única, cómoda e íntima, que hacía que aquel paseo fuera aún más agradable.

……………………………..……………………………..……………………………..……………………………..…………………………………..……………………………..……………………………..……………………………..……………………………………………………………………..……………………………..……………………………..

NOTA DE AUTORA:

¡Por fiiiin empezamos con los flashbacks de los Merodeadores!

Llevaba mucho tiempo queriendo llegar a este punto: necesitaba que Ron y Hermione recibieran sus chapas de prefectos para activar ese detonante emocional en Remus y poder empezar a tejer sus recuerdos de Hogwarts junto a Sirius.

A partir de aquí nos alejamos un poquito más del canon, porque realmente no sabemos qué hace la Orden del Fénix mientras los chicos están en Hogwarts durante el curso. Así que… toca mucha cosecha propia, escenas nuevas y libertad creativa para rellenar esos huecos.

Espero de verdad que disfrutéis esta mezcla de pasado y presente tanto como yo escribiéndola.

Podéis ver la ilustración del capítulo en mis redes —pasad por Instagram o TikTok.

Os dejo todos mis links aquí:

Deja un Comentario

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *