Capítulo 22

La oscuridad, como una vieja amiga, aguardaba en cada rincón.

El taconeo apresurado de Tonks resonaba por el pasillo encerado.

Sorteó con habilidad un carrito de café y giró la esquina, corriendo el tramo final hacia la oficina de aurores.

Entró justo cuando el reloj de pared daba la última campanada de las ocho.

—Puntualísima —murmuró para sí, con una sonrisa satisfecha.

Pero Dawlish la había visto.

Sentado rígidamente en su escritorio, la observó por encima del periódico que tenía extendido. No dijo nada, pero soltó un resoplido audible, con ese aire de desaprobación que parecía tener siempre preparado para ella.

“Qué cruz, este hombre”, pensó, rodando los ojos.

Ya se dirigía a su escritorio cuando oyó su nombre, pronunciado como un gruñido.

Una voz grave, desde una puerta entreabierta.

Era Moody.

Tonks giró en redondo y cruzó la sala con paso firme.

Entró en el despacho de su mentor y cerró la puerta tras de sí.

Estaba exactamente como siempre: desordenado, oscuro y… vivo. Como si el propio despacho tuviera voz propia.

Las paredes estaban cubiertas de ilustraciones detalladas de bestias milenarias, criaturas alargadas, con colmillos imposibles o demasiados ojos, que Tonks nunca había sabido si existían de verdad o eran fruto de la paranoia funcional de Moody.

Había carteles de “se busca” clavados unos sobre otros, mostrando rostros endurecidos por el tiempo; delincuentes antiguos que, aunque hacía años que Moody los había encerrado en Azkaban, seguían allí, vigilantes, amenazadores, como si en cualquier momento pudieran escapar del papel. Y aunque así fuera, no había duda que el viejo auror los volvería a capturar.

También había mapas encantados repartidos por todas partes: algunos con puntos diminutos que se movían lentamente, otros conlíneas y símbolos que giraban sobre sí mismos, reconfigurándose sin descanso, como si nunca terminaran de decidir qué querían mostrar.

La enorme mesa que hacía de escritorio estaba cubierta de pergaminos, informes a medio leer y notas escritas a mano, esparcidos sin orden aparente. Moody siempre estaba a mil cosas a la vez, y su despacho así lo delataba.

En la pared del fondo, una estantería abarrotada reunía brújulas que no parecían apuntar nunca al norte, instrumentos metálicos llenos de piezas giratorias y fragmentos de pergamino con nombres violentamente tachados, como si el acto de borrarlos hubiera sido casi terapéutico.

A su lado, una pequeña vitrina de cristal exhibía colmillos, plumas y otros objetos imposibles de clasificar, reliquias de procedencia dudosa que Tonks prefería no intentar identificar… ni preguntar jamás por su origen.

Además, disimulado en un rincón, tras el busto polvoriento de algún mago famoso que no supo reconocer, había un mapa distinto al resto: el Ministerio de Magia, sí, pero alterado, con pasajes ocultos, corredores imposibles y puertas que no aparecían en ningún diseño oficial. Algunos trazos parecían aparecer y desaparecer al parpadear, como si solo quisieran ser vistos por quien supiera que debía buscarlos.

Tonks dejó de lado su escrutinio y alzó la cabeza. Kingsley Shacklebolt estaba allí también, de pie junto a un archivador con aspecto de haberse abierto solo a fuerza de maldiciones.

Sin decir palabra, Moody extendió el Profeta matutino y se lo plantó delante de la cara.

—Lee.

Tonks bajó la vista. La noticia estaba en la primera página, en la esquina inferior derecha:

TENTATIVA DE ROBO EN EL MINISTERIO

Sturgis Podmore, de 38 años, vecino del número 2 de Laburnum Gardens, Clapham, se ha presentado ante el Wizengamot acusado de entrada ilegal y tentativa de robo en el Ministerio de Magia el 31 de agosto. Podmore fue detenido por el mago de seguridad del Ministerio de Magia, Eric Munch, que lo sorprendió intentando entrar por una puerta de alta seguridad a la una de la madrugada. Podmore, que se negó a declarar en su defensa, fue hallado culpable de ambas acusaciones y condenado a seis meses en Azkaban.

Tonks alzó la mirada lentamente, con el periódico aún entre sus manos.

—¿Esto es cierto? —preguntó, mirando primero a Moody y luego a Kingsley.

Kingsley asintió con gravedad.

—Lo es. Por lo que hemos podido averiguar, entró sin autorización a la Sala Catorce —dijo, cruzando los brazos—. Fue interceptado por una patrulla de seguridad mágica.

—La maldita sala 14…— murmuró Tonks para sí. — ¿Y qué hacía Sturgis allí dentro? La orden sigue siendo no entrar, ¿no?

Kingsley asintió con gravedad.

—Sí. Las instrucciones no han cambiado: Vigilar, sin cruzar el umbral. Sabemos que esa sala está protegida con defensas mágicas antiguas. Entrar sin saber cómo funciona sería un suicidio.

Moody desvió su ojo natural hacia su pupila.

—Y sin embargo, lo hizo. Y no sabemos por qué. Eso es lo que intentamos averiguar.Tonks volvió a mirar el titular. Frunció el ceño.

—¿Y es cierto que lo han enviado a Azkaban? —preguntó, con una mezcla de incredulidad y rabia—. ¿Así, sin más?

Kingsley asintió.

—Intentar acceder a una sala prohibida del Departamento de Misterios es un delito muy grave. Y Sturgis… ni siquiera intentó explicarse. Tampoco opuso resistencia. Lo enviaron directamente.

Tonks sintió un escalofrío helado recorrerle la espalda.

Azkaban.

Una palabra capaz de arrancar el aire del pecho. No era solo el lugar: eran los susurros que se colaban en la cabeza, el frío que se adhería a los huesos, las pesadillas que revivían lo peor de uno mismo.

Y Sturgis… No era un amigo cercano, pero le caía bien.

Le parecía una buena persona: profesional, constante, honesto. No era el tipo que jugaba a dos caras. Y mucho menos alguien capaz de traicionar a la Orden.

—No me cuadra —dijo en voz baja.

—A mí tampoco —gruñó Moody, con un brillo peligroso en su ojo mágico—. Pero por ahora, no podemos mover ficha sin levantar sospechas. Si intentamos ir a por él, pensarán que estamos implicados.

—Y Sturgis lo sabe —añadió Kingsley—. Seguro que no dijo nada para protegernos. A nosotros, a la Orden, a la causa, … No podemos hacer que ese gesto sea en vano.

Tonks bajó la mirada. Sus dedos se crisparon sobre el borde del periódico.

—No lo dejaremos allí, ¿verdad?

—No —dijo Kingsley, con voz firme—. No lo dejaremos. Pero necesitaremos planificación, tiempo… y la cabeza bien fría.

—En Azkaban está incomunicado —repitió Moody, clavando su mirada en ella—. Hasta que lo interroguen oficialmente, nadie puede acercarse. Ni siquiera han permitido que le vea su esposa.

Tonks asintió en silencio.

Pensó en el mar helado que rodeaba la prisión, en las murallas de piedra negra, siempre húmedas, cubiertas de líquenes. Aquel entorno donde el sol nunca hacía acto de presencia.

Probablemente el lugar más desolador del mundo.

Sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

¿Cuánto tiempo aguantaría Sturgis?

¿Cuánto tiempo hasta que pudieran descubrir la verdad y sacarlo de allí?

……………………………..……………………………..……………………………..……………………………..……

A la mañana siguiente se convocó una reunión de urgencia en el cuartel general.

La cocina de Grimmauld Place estaba llena. Algunos miembros de la Orden permanecían de pie, otros sentados.

La lámpara colgante proyectaba sombras alargadas sobre los rostros serios que se inclinaban sobre la mesa. El debate, básicamente, rondaba sobre la figura de Sturgis… sobre si era un traidor… o una víctima.

—Sturgis jamás haría algo así sin motivo —defendió Hestia Jones con firmeza.

—Ni loco ni traidor —añadió Emmeline Vance—. Le conozco bien. Es de los más entregados. Si entró ahí, fue por algo importante.

Dedalus Diggle resopló, inquieto.

—Sí, sí, pero… ¿Y si fue obligado? ¿O confundido? ¿O… manipulado? Con magia oscura uno nunca sabe…

—Sea como sea —intervino Moody, con su voz rasposa imponiéndose por encima de las demás— No podemos mover un dedo de momento. Si nos mostramos demasiado interesados por su caso, levantaremos sospechas. Y eso sería lo peor que podríamos hacerle ahora: Implicarle con una organización ilegal, como es la Orden.

Se hizo un silencio breve, lleno de frustración contenida.

—Entonces, ¿esperamos sin hacer nada? —preguntó Molly, incapaz de disimular su disgusto.

—Seguimos vigilando —afirmó Kingsley—. Seguimos con las guardias. Está claro que la sala 14 es importante y alguien ha intentado sacarse a Sturgis de encima.

Nadie dijo nada más.

Tonks se mordió el labio, nerviosa. Ella no era ajena a todo aquello. Al contrario: había estado implicada desde el principio.

Desde que asumieron que la sala 14 no era una sala cualquiera —la llamada «sala parlante»—, habían organizado turnos discretos de vigilancia.

Moody no pretendía que pasaran la noche entera escondidos tras una capa de invisibilidad frente a una puerta cerrada.

La clave estaba en su mapa: un artefacto mágico de su propia invención que mostraba, en tiempo real, la posición de todos los presentes en el Ministerio.

El sistema era sencillo: quien tuviera el mapa en las manos debía vigilar las inmediaciones del Departamento de Misterios, y si detectaba alguna presencia fuera de lugar, se cubría con la capa de invisibilidad de Moody y se acercaba sin ser visto.

Y si lo creía oportuno, informaba a Sirius, que siempre estaba pendiente.

Tonks aprovechaba sus turnos de guardia como auror para cumplir también con esa misión.

Pero no era la única.

Kingsley, Arthur, Bill, Emmeline, Sturgis, Deddalus,… incluso el propio Lupin —aunque no trabajaba en el Ministerio— habían hecho algún relevo. Siempre resultaba más complicado infiltrar a alguien ajeno al Ministerio, pero a veces se hacía. Solo si era imprescindible.

Y ahora, después de todo ese esfuerzo… alguien había entrado. Sturgis. Y no había dicho una sola palabra.

Finalmente, Lupin rompió el silencio, diciendo lo que todos en realidad ya pensaban.

—También debemos averiguar qué hay allí dentro —añadió Remus—.No nos podemos conformar sabiendo que es una “sala parlante” que solo vigilamos desde la sombra. Necesitamos saberlo. Ahora más que nunca.

Hubo un murmullo de asentimiento. Sí, estaba claro que tenían que retomar la investigación sobre la sala 14.

Tonks se quedó con la mirada fija en la superficie de la mesa.

Una frase resonaba con fuerza en su memoria. Dicha por un mago ebrio en una taberna de mala muerte.

“Una sala que habla.”

La había escuchado semanas atrás, en aquella misión junto a Lupin, cuando interrogaron a Toby el Tuerto.

Entonces no supieron exactamente qué significaba. Toby balbuceaba cosas sobre voces, secretos que susurraban, magia imposible de entender. Lo tomaron como las divagaciones de un informante desgastado por el miedo, por el tiempo… y por el alcohol.

Y simplemente lo dejaron estar.

La Orden tenía otros frentes, y la sala 14, aunque inquietante, no parecía urgente. No sabían lo que había dentro, y tampoco había forma de averiguarlo. Solo por precaución, se habían limitado a vigilar.

Pero ahora, Sturgis estaba en Azkaban por culpa de esa sala. O por lo que fuera que se ocultaba allí. Algo le había llevado a entrar, y no había dicho una sola palabra en su defensa. Se lo debían a Sturgis. Tenían que averiguar qué había en la sala 14.

Tonks levantó la vista hacia Moody.

Su ojo mágico giraba sin descanso, escaneando a los presentes.

Pero su ojo natural estaba fijo en un punto más allá de la mesa.

Ella supo que pensaba lo mismo.

No podían tardar en actuar.

……………………………..……………………………..……………………………..……………………………..……

Cuando la reunión se fue disolviendo y los miembros empezaron a irse, Kingsley se acercó a Sirius, que se había quedado junto a la chimenea, sombrío.

Sin decir palabra, le tendió el periódico con la noticia de Sturgis.

—Hay algo más… — dijo el auror, pasando las páginas.

Tonks, que desayunaba junto a Remus tras su turno nocturno, alzó la vista con curiosidad.

Sirius hojeó el Profeta. Encontró la columna enseguida. Su expresión se endureció con cada línea. Tonks le observó en silencio mientras leía:

«Según fuentes fidedignas del Ministerio de Magia, Sirius Black, el famoso asesino, se esconde en Londres…»

—Las mismas estupideces de siempre —murmuró, dejando caer el diario. Su tono era despreocupado, pero su rostro estaba más pálido que antes.

No añadió nada más.

Kingsley exhaló con pesadez:

—Es probable que alguien te reconociera cuando acompañaste a Harry al andén.

Sirius apretó la mandíbula.

—Nadie sabe que soy animago. Nadie fuera de esta casa. Seguro que es un loco buscando atención.

Remus y Tonks no dijeron nada, pero su silencio hablaba por ellos. Colagusano lo sabía… y si él lo sabía, los mortífagos también.

Kingsley asintió, con una expresión resignada.

—Debo volver al Ministerio.

Antes de marcharse, dirigió una última mirada a Tonks.

Ella le devolvió un gesto apenas perceptible. Luego la puerta se cerró tras él con un golpe seco.

Sirius no dijo más.

Remus retomó el periódico del suelo, en silencio.

Tonks removía su té, con la mirada perdida.

En el piso de arriba, Kreacher caminaba de un lado a otro, y el reloj de la cocina volvió a marcar el paso del tiempo.

Como si nada hubiera ocurrido.

……………………………..……………………………..……………………………..……………………………..……

Cuando Tonks se despidió para marcharse a casa a descansar, Sirius se dirigió al salón y se dejó caer en un sillón, como si el peso del día —o de los recuerdos— le hundiera los hombros.

Se quedó allí, con la espalda vencida contra el respaldo, las manos colgando a los lados, sin moverse.

Su respiración era pausada, casi inexistente, mientras sus pensamientos vagaban en un laberinto de culpabilidad, añoranza, recuerdos y sombras.

Kreacher trasteaba por la casa, murmurando en voz baja, dejando escapar gruñidos y palabras entrecortadas, rompiendo el silencio de forma insoportable, pero Sirius ni pestañeó. Su mirada estaba clavada en la chimenea vacía, un hueco negro y frío que reflejaba demasiado bien cómo se sentía por dentro.

No hacía ni una semana que los chicos se habían ido a Hogwarts, y ya los echaba de menos.

Las risas de Fred y George, las discusiones entre Ron y Hermione, la voz curiosa de Ginny preguntando cosas sobre la Orden… incluso los pasos apresurados por los pasillos y las puertas que se cerraban de golpe.

Ese bullicio lo había acompañado todo el verano, llenando la casa con una vida que hacía mucho no conocía.

Por un tiempo, Grimmauld Place dejó de ser aquella prisión de infancia, dejó de oler a odio y polvo rancio y se transformó —casi sin querer— en un hogar.

Por no hablar de Harry.

Pasar esos días con él había sido un regalo inesperado.

Por primera vez, después de tantos años robados, había sentido que podía ejercer como padrino. Compartir desayuno, reírse de cualquier tontería, enseñarle hechizos, contarle anécdotas de los Merodeadores. Había habido tardes en las que se había permitido imaginar cómo habría sido su vida si Azkaban no le hubiese arrancado todo de cuajo.

Si él hubiera criado a Harry.

Si hubiera estado allí cuando dio sus primeros pasos, cuando recibió su carta de Hogwarts, cuando se enfrentó al mundo sin entenderlo del todo.

Ahora, sin embargo, todo volvía a ser lo de antes.

Los pasillos volvían a verse lúgubres, las paredes se cerraban sobre él, las habitaciones habían recuperado su silencio habitual. Denso, conocido… y maldito. Las cortinas se habían cerrado, y parecían negarse a dejar pasar la luz del sol.

La oscuridad, como una vieja amiga, aguardaba en cada rincón.

Incluso podía respirar el odio y el rencor en cada paso que daba, en cada par de ojos que le observaban desde los retratos.

La casa, finalmente, había vuelto a ganar la batalla. La soledad, el abandono, la opresión, siempre se imponían, de un modo u otro.

Y Sirius se sentía otra vez como un niño atrapado entre sombras y recuerdos que preferiría haber olvidado para siempre.

Miró al periódico que había dejado sobre una mesa, cerca de él. Releyó de nuevo la noticia sobre su supuesto avistamiento en Londres.

Sabía que había desobedecido las órdenes de Dumbledore, sabía que había cometido una imprudencia al salir a la calle. Pero solo quería acompañar a Harry al tren. Solo quería despedirse. ¿Era tan terrible? ¿Tan difícil de entender?

Un movimiento en la penumbra rompió su ensimismamiento.

Como si hubiera percibido sus pensamientos, Remus Lupin entró en la sala y se sentó en el sillón a su lado.

Llevaba un libro en la mano, como si tuviera intención de leer, pero no lo abrió. Permaneció en silencio, esperando a que Sirius hablara, dándole espacio, respetando sus pensamientos.

Sirius, sin embargo, decidió alejarse de la oscuridad de su mente. En lugar de compartir las sombras que lo envolvían, forzó una sonrisa ladeada y miró a su amigo de toda la vida.

—¿Sabes? Aún pienso en la conversación del otro día, la de cómo nos conocimos.

Lupin alzó una ceja con curiosidad antes de esbozar una leve sonrisa. Recordó la charla que habían tenido con Tonks, aquella en la que rememoraron su primer encuentro en Hogwarts.

—Y también en la que tuvimos sobre los animagos, ¿recuerdas? —continuó Sirius, su mirada perdiéndose en la tenue luz de la habitación.

La imagen de su juventud apareció con nitidez en su mente.

Recordó con exactitud aquel día, justo después de su primera clase de Transformaciones…

Los cuatro amigos caminaban juntos por los pasillos de Hogwarts, todavía hablando de lo que acababan de aprender.

La profesora McGonagall había hablado con entusiasmo sobre las increíbles ventajas de dominar las Transformaciones y, para rematar, los había dejado boquiabiertos al adoptar su forma de animago, convirtiéndose en un elegante gato de pelaje atigrado.

—No me lo puedo creer —dijo James, con los ojos brillantes—. ¡Hacerse animago! ¿Te imaginas?

Sirius sonrió, su rostro iluminado por la emoción.

—¡Totalmente! Podríamos ser lo que quisiéramos. Imagínate, yo en la forma de un tigre gigante… ¡aterrorizando a todo el mundo!

James frunció el ceño, pensativo.

—¿Un tigre? Nah, yo prefiero ser algo más… ¿grande? ¡Quizás un elefante! ¿Te imaginas un elefante en el patio de Hogwarts? Sería épico, haría que todos se apartaran de mi camino.

Sirius soltó una risa incrédula.

—¿Un elefante? ¡¿En serio?! Sería un desastre. No cabrías en las escaleras, James.

—Vale, vale, puede que no sea la mejor idea —rió James, encogiéndose de hombros—. Tal vez algo divertido, como un canguro, ¡eso estaría genial! ¡Podría saltar por toda la escuela como un loco!

Sirius se cruzó de brazos, sonriendo.

—Un canguro… no está mal. Pero, en serio, yo me veo más como un perro. No hay nada como ser un perro. ¿Te imaginas correr por el castillo mojado y sacudirte el pelo enfrente del despacho de Filch? —Dicho esto, Sirius se sacudió como si realmente fuera un perro, haciendo que su melena negra se agitara alrededor de su rostro.

Peter soltó una carcajada, casi perdiendo el equilibrio.

—¡Sirius, eres un caso perdido! —se rió entre dientes—. ¡Totalmente tendrías que ser un perro!

James también rió.

—Bueno, Sirius, un perro no está tan mal, te lo compro.

Sirius le lanzó una mirada burlona.

—No como tú, James. ¿Un elefante? ¿Un canguro? ¿De verdad?

Peter, que hasta ese momento había estado callado, intervino con una mirada de emoción.

—¡Yo sería un dragón! ¡Definitivamente un dragón! ¡Volando por los cielos y asustando a todos con mi fuego!

Los tres se quedaron en silencio por un momento antes de romper a reír al unísono.

—¿Un dragón? —rió Sirius—. ¡Te aplastarías con tus propias alas!

Peter se encogió de hombros, todavía embobado.

—¡Sería épico!

—Eso no lo dudo —respondió James, todavía sonriendo.

Luego, se giraron hacia Remus, que había estado escuchando todo en silencio, pensativo. James lo miró de reojo, con una sonrisa pícara.

—¿Y tú, Remus? ¿Qué serías?

Remus, que había estado escuchando lo que decían, se encogió de hombros sin mucha convicción. Pensó que él ya era un lobo, por lo que probablemente nunca podría ser un animago. Pero sus amigos esperaban una respuesta, así que, dijo lo primero que le pasó por la cabeza.

—Yo, eh… ¿un pato?

Todos lo miraron extrañados, y tras un segundo de silencio, Sirius estalló en carcajadas.

—¡¿Un pato?! —dijo entre risas—. ¡Serías el pato más sabio de todo el estanque!

James se echó a reír también, sacudiendo la cabeza.

—¡Sí, y podrías nadar en todos los lagos de Hogwarts sin que nadie te molestara!

—Pero el calamar gigante podría devorarte… En cambio, un dragón…

—Que sí, que sí —dijo Sirius, empujando a Peter con afecto—. Ya te hemos oído.

James se giró hacia Remus, sonriente.

—¿Así que un pato? —preguntó—. ¡Genial!

Remus no pudo evitar sonreír.

—Bueno, siempre me he sentido un poco como un pato en el agua, ¿sabes? —dijo con una sonrisa, encogiéndose de hombros.

Los cuatro rieron juntos y se apresuraron por los pasillos para no llegar tarde a su siguiente clase.

Sirius volvió al presente.

El salón de la casa de su infancia estaba sumido en sombras, iluminado apenas por la luz mortecina que se filtraba por las cortinas ajadas.

El aire aún olía a polvo y a recuerdos olvidados, el carraspeo de Kreacher se oía a lo lejos y la chimenea, fría y oscura, seguía recordándole el vacío de su propia alma.

Sus labios se curvaron en una sonrisa tenue, cargada de nostalgia.

—¿En serio nos dijiste que querías ser un pato, Remus? —preguntó en un murmullo, sin apartar la vista de las brasas extinguidas—. ¿Y no nos burlamos de ti?

Remus dejó escapar una risa baja, sacudido por el recuerdo.

—Bueno… No podía deciros que en realidad yo ya era un lobo, ¿no?

Sirius inclinó la cabeza, concediéndole la razón.

—Supongo que no.

Se reclinó en el sillón, su mirada perdida en el periódico arrugado sobre la mesa.

—Al final fue buena idea convertirme en perro —murmuró, casi para sí mismo—. Así, al menos, he podido acompañar a Harry al andén.

Lupin no respondió. Estaba claro que Sirius no se arrepentía de haber salido de Grimmauld Place. Solo lo observó en silencio. El hombre frente a él ya no era el mismo muchacho que había conocido en Hogwarts, ni siquiera el amigo que recordaba antes de Azkaban. Parecía una sombra de sí mismo, atrapado en una casa que detestaba, en un tiempo que no le pertenecía.

Y mientras Sirius Black miraba la chimenea vacía, Remus Lupin se preguntó, con un nudo en la garganta, si alguna vez volvería a verlo sonreír como antes.

……………………………..……………………………..……………………………..……………………………..……

—Si es que lo sabía… – murmuró para sí misa – Se arriesgó demasiado.

Molly Weasley frunció el ceño al leer El Profeta.

La noticia de que Sirius había sido visto en Londres la preocupaba, pero más allá de la alarma general, entendía la desesperación que debía de sentir él. Había pasado demasiado tiempo encerrado: primero en Azkaban, luego en Grimmauld Place. Y cuando alguien está atrapado, pensó, la mente empieza a llenarse de pensamientos oscuros.

Aquella mañana, el sol se filtraba entre las nubes y le dio una idea. Sirius necesitaba algo en lo que ocupar el cerebro. Y las manos. Algo real. Algo bueno.

Con esa determinación, llenó su bolso mágico con ingredientes y se dirigió al cuartel general de la Orden con un propósito claro: distraer a Sirius cocinando. Si iba a vivir solo con Remus, alguien tenía que asumir el papel de cocinar. Y de paso, pensó con una sonrisa, enseñarle a hacer una buena salsa no le haría ningún daño.

Cuando llegó, lo encontró sentado en la cocina, bebiendo cerveza con la mirada perdida en la espuma de su bebida.

Tenía los hombros encorvados y el ceño fruncido. Molly se detuvo un segundo, observándolo. A veces olvidaba cuán joven seguía siendo. Pero no aquel día. Aquel día, Sirius le parecía viejo. No por la edad, sino por todo lo que cargaba encima.

Sirius alzó la vista al notar su presencia, sorprendido.

—¿Qué estás haciendo aquí, Molly? —preguntó con voz ronca.

—Voy a enseñarte a cocinar —respondió ella sin rodeos, dejando el bolso sobre la mesa y comenzando a sacar ingredientes.

Sirius arqueó una ceja.

—¿Perdón?

—No pienso permitir que tú y Remus os muráis de hambre aquí dentro —dijo con firmeza, mientras sacaba una sartén y la colocaba sobre el fuego—. Y, además, pasas demasiado tiempo sentado sin hacer nada. Cocinar es relajante. Seguro que te hará bien.

—Molly, yo no…

—¡Nada de peros, Sirius Black! —lo interrumpió con su voz de madre que no admitía réplica—. Ponte ese delantal y coge el cuchillo. Vas a picar estas cebollas.

Sirius la miró con una mezcla de incredulidad y resignación. Con un suspiro teatral, se levantó y obedeció. Pero enseguida se le escapó una sonrisa.

Pronto, la cocina se llenó de actividad.

Molly era como un torbellino: con una mano batía con fervor una salsa espesa, con la otra picaba hierbas frescas, y al mismo tiempo, su varita tejía un nuevo jersey sobre una silla. Sirius, atrapado por el ritmo de la cocina, descubrió que picar cebollas podía ser más catártico de lo que había imaginado. Remover la salsa requería concentración. Moler las especias le daba una razón para mantenerse de pie.

En algún punto, dejó de pensar en la noticia del Profeta, en Harry, en James. Y se permitió simplemente estar allí. Presente. Picando. Removiendo. Viviendo.

Molly, por su parte, lo observaba con atención disimulada.

No dijo nada cuando lo vio sonreír levemente al probar una cucharada de la salsa. Tampoco lo interrumpió cuando se quedó en silencio, oliendo el tomillo con los ojos cerrados, como si ese olor lo llevara lejos.

Pero dentro de su pecho, algo se le aflojó.

Tal vez, pensó, si podía devolverle, aunque fuera un minuto de calma, una nota de alegría o esperanza, todo el esfuerzo habría valido la pena.

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NOTA DE AUTORA:

Buenos días!

Bueno, está claro que, sin los jóvenes correteando por Grimmauld Place, la oscuridad ha vuelto a reinar en cada rincón. Y por eso, este capítulo está dedicado casi exclusivamente a Sirius, a su reclusión.

La verdad es que entiendo los motivos de Dumbledore: Sirius Black sigue siendo un asesino buscado por el ministerio, no puede andar por allí suelto como si nada ocurriera, más que nada, al escapar Peter PEtigrew, las pruebas de su inocencia se fueron con él. Además, Sirius forma parte de la Orden del Fénix, una Orden que – al menos, como yo la entiendo – es ilegal. Trabaja desde las sombras, y a espaldas del ministerio en un momento en que la población mágica no cree en las palabras de Dumbledore y Harry de que Voldemort ha vuelto.

De todas maneras, la reclusión de Sirius, creo que no es buena idea. No se me ocurre nada mejor, pero desde luego, pasar de estar encerrado en Azkaban a pasar a estar encerrado en el sitio que odia más que la prisión misma, no es una buena idea. Al menos, como lo veo yo, Sirius es un espíritu libre. Y por eso siente el encierro más que nadie, y sobre todo, los años de juventud que la vida, el destino o la mala suerte le robaron. En fin. Me parece un personaje muy trágico.

Decidme qué pensáis en los comentarios. ¿Hizo Dumbledore bien en mantenerle recluido? ¿Qué habríais hecho vosotros?

Como siempre, os invito a ver las ilustraciones de este fanfic en mis redes —pasad por Instagram, Tumblr o TikTok.

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