Capítulo 24

“No necesitas brillar, solo sostenerte”

Hola a todos! Noche de insomnio, así que voy a aprovechar para terminar el capítulo. En realidad, volvemos a fundirnos con el canon. Estamos en el capítulo 14, que podéis empezar releyendo aunque, en realidad, la parte más importante es la del final. Yo os aviso.

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La luz pálida del domingo se filtraba a duras penas entre las pesadas cortinas del número 12 de Grimmauld Place.

Sirius estaba hundido en un sillón del salón, con las piernas estiradas y la mirada perdida en el fuego que aún ardía en la chimenea. Sobre la mesa, el Profeta del día anterior descansaba, intacto, justo donde lo había dejado tras ver otro artículo sobre él.

Finalmente, con un resoplido impaciente, lo cogió y lo arrojó al fuego. Las llamas lo devoraron al instante, ennegreciendo las letras que apenas había alcanzado a leer.

Se quedó mirando cómo el papel se retorcía y se convertía en cenizas, pero la visión no le trajo la satisfacción que esperaba.

Solo dejó un sabor rancio de resignación en la boca.

Justo cuando estaba a punto de levantarse, un ruido suave en la ventana rompió el silencio.

—Hedwig.

Se levantó de un salto y abrió la ventana.

La blanca lechuza entró con un elegante batir de alas, empapada por la llovizna, y se posó en el respaldo de una silla. Sirius notó el temblor leve en su cuerpo y el ritmo agitado de su pecho.

—Ven aquí, chica —murmuró, con una ternura inesperada.

Cerró la ventana tras ella, acarició con cuidado sus plumas húmedas y bajó con ella a la cocina.

Sirvió un poco de agua en un cuenco y le ofreció algo de bacon.

Hedwig bebió con gratitud antes de tenderle la pata, donde una nota breve estaba atada con un lazo sencillo.

Sirius deshizo el nudo con dedos rápidos y desplegó el pergamino, con el ceño fruncido mientras leía:

(NB: esta carta es del libro 5, pero la copio porque es corta. Perdón, señor Copyright!”

“Querido Hocicos:

Espero que estés bien. Los primeros días aquí han sido terribles, y por eso me alegro de que haya llegado el fin de semana.

Tenemos una profesora nueva de Defensa Contra las Artes Oscuras, la profesora Umbridge. Es tan encantadora como tu madre. Te escribo porque eso que te conté en verano volvió a pasarme anoche mientras estaba cumpliendo un castigo con Umbridge.

Todos echamos de menos a nuestro gran amigo, pero esperamos que vuelva pronto.

Contéstame rápido, por favor.

Un abrazo,”

Releyó las palabras una y otra vez, aferrando la nota con tanta fuerza que sus nudillos palidecieron.

Encantadora como su madre. Castigos. Aquello que le había contado en verano.

Remus Lupin entró en la cocina con paso tranquilo y un libro bajo el brazo.

Sus ojos recorrieron la escena: Hedwig dormitando en el respaldo de la silla, una tetera aún humeante sobre la mesa y su mejor amigo sosteniendo un pergamino con una expresión más que sombría.

—¿Carta de Harry? —preguntó en voz baja.

Sirius no respondió, simplemente le tendió la nota.

Remus la tomó con cuidado y se puso a leer. La curiosidad inicial dio paso a una expresión de preocupación. Cuando terminó, exhaló un leve suspiro y dejó la carta sobre la mesa antes de sentarse en una silla.

—En verano me contó que le había vuelto a doler la cicatriz —murmuró Sirius, rompiendo el silencio.

Remus asintió con gravedad.

Se sirvió una taza de té y, con gesto pensativo, removió el líquido con la cuchara antes de hablar.

—Dumbledore nos dijo que la cicatriz de Harry estaba vinculada a Voldemort de alguna manera —dijo con tono reflexivo—. Que cuando le duele es porque Voldemort experimenta una emoción fuerte.

Sirius tamborileó los dedos contra la mesa, meditabundo.

—Sí. El tema es que antes solo era un dolor intermitente… —reflexionó en voz alta— pero ahora parece que ocurre con más frecuencia.

—Tiene sentido —coincidió Remus—. Ahora que Voldemort ha recuperado su cuerpo, lo siente de forma más intensa. Su conexión es más fuerte. Pero no invalidaría la teoría de Dumbledore.

Sirius asintió, pero su expresión seguía tensa.

Remus, con un intento de infundirle algo de calma, buscó su mirada y sonrió con suavidad.

—Además, Harry está en Hogwarts. Es el sitio más seguro donde podría estar. La mitad de los profesores son miembros de la Orden, y está con los Weasley y Hermione… No le pasará nada.

Esta vez, Sirius sí le devolvió la sonrisa, aunque aún parecía inquieto.

—Y luego está Umbridge.

Remus hizo una mueca instintiva al escuchar el nombre.

—La conozco —dijo con una nota de desagrado en la voz—. Trabajaba en el Departamento de Regulación y Control de Criaturas Mágicas.

Sirius chasqueó la lengua, con una expresión de absoluto desprecio.

—Encantadora, como bien dice Harry.

Remus suspiró y se masajeó las sienes con dos dedos, como si la sola mención de la mujer le provocara dolor de cabeza. Sirius, en cambio, se llevó la taza a los labios, pero apenas bebió.

Su mirada vagó distraídamente por la mesa, hasta que se paró en la ropa de Remus.

Siempre había vestido con ropa modesta y gastada, pero esta vez el desgaste era más evidente. Había remiendos recientes en las mangas, costuras reforzadas con insistencia, como si intentara que la tela durara un poco más. El cuello estaba deshilachado y los puños mostraban signos de haber sido cosidos varias veces.

Sirius sintió una punzada de rabia e impotencia en el pecho.

Remus nunca hablaba de su condición económica, nunca pedía nada. Pero ahora, sentado frente a él con aquella ropa que intentaba desesperadamente mantener en condiciones, era evidente que la situación era aún más difícil de lo habitual.

—Sigues viviendo de lo que ahorraste en Hogwarts, ¿verdad? —preguntó Sirius, con un tono deliberadamente casual.

Remus levantó la vista y, tras un breve silencio, suspiró con resignación.

—Por ahora, sí. Pero eso no durará mucho más.

Sirius volvió a mirar la carta sobre la mesa, sus ojos buscaron la palabra “Umbridge”.

—Desde que se aprobó esa maldita ley anti-hombres lobo… —murmuró con desprecio.

Remus esbozó una sonrisa amarga.

—Bueno, sí. Aunque tampoco es que antes fuera fácil.

—¿Qué tal la búsqueda de trabajo? —preguntó Sirius con voz grave.

Remus dejó la taza en la mesa con un gesto resignado.

—Fatal —admitió con una sonrisa cansada—. Mi cámara de Gringotts tiene más telarañas que galeones. No me extrañaría que pronto me denegaran el acceso y la aprovecharan para alguien con ingresos. 

Sirius resopló, de mal humor.

Pero antes de que pudiera decir nada, Remus le miró a los ojos y añadió en voz baja:

—Gracias por dejarme quedarme aquí, Canuto. Si no fuera por eso, no sé qué haría.

Sirius le dio una palmada en la espalda con una sonrisa ladeada.

—Al revés, Lunático. Agradezco tu compañía.

Remus soltó una leve risa y negó con la cabeza antes de llevarse la taza a los labios.

—Vaya dos

—Pues sí —asintió Sirius, con una media sonrisa—. Vaya dos.

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HP – 14: Percy y Canuto. La parte del final, la que sigue al entrenamiento de Quidditch desastroso de Ron y que comienza con algo así “Pasaron todo el domingo en la sala común, rodeados de libros, mientras a ratos la estancia se llenaba de alumnos y otras veces se quedaba vacía.”

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Sirius se apartó de la chimenea con un movimiento brusco, sintiendo aún el calor del fuego en la piel y el eco de su propia voz resonando en su cabeza.

Su corazón latía con fuerza, pero no por la emoción, el riesgo o el miedo de haber sido descubierto. Era por una desazón más honda, más corrosiva, como un veneno lento que se acumulaba en su interior.

Sabía que Harry tenía razón.

Que Hermione tenía razón.

Que Dumbledore, Kingsley, Moody, Molly, Arthur… Incluso Remus y Tonks, aunque no lo dijeran, tenían razón.

Sirius apretó los dientes.

Claro que lo sabía.

NO DEBÍA SALIR.

Era una locura siquiera pensarlo.

Y, sin embargo, la decepción seguía anidada en su pecho como una criatura con garras afiladas.

Se dejó caer pesadamente en un sillón, apoyando los codos en las rodillas y hundiendo el rostro en las manos.

¿Por qué le dolía tanto escucharlo?

¿Por qué esa punzada cuando Harry se negó a su propuesta de verse en Hogsmeade?

¿Por qué su primera reacción había sido decirle que no era como James?

Porque nadie le entendía.

Nadie entendía lo que era estar atrapado.

Lo que era vivir con la sensación de que el tiempo había seguido adelante sin él.

Nadie entendía lo que era haber pasado doce años en Azkaban, sobreviviendo solo con el recuerdo de su propia cordura, para luego escapar y encontrarse con que el mundo ya no tenía un lugar para él.

Había creído que, al menos, la Orden le devolvería algo de lo que perdió.

Que luchar contra Voldemort sería suficiente.

Que, a falta de libertad, podría al menos aferrarse a la acción, a la guerra, a un propósito.

Pero ni siquiera eso le habían dejado.

La Orden conspiraba en su propia casa mientras él permanecía al margen, reducido a un anfitrión indeseado en el lugar que más detestaba en el mundo.

Cada vez que llegaban informes de ataques, cada vez que alguien entraba por la puerta con un nuevo plan, cada vez que veía a los demás salir a una misión sin él… lo carcomía la rabia.

¿Qué demonios esperaban que hiciera?

¿Que se quedara ahí sentado, esperando a que la guerra se resolviera sin él?

¿Que soportara la inactividad con resignación?

No era capaz. Nunca lo había sido.

Y lo peor de todo era que, en su fuero interno, sabía que su frustración no se limitaba a la Orden, ni siquiera a su encierro en Grimmauld Place.

Sabía que parte de su decepción era con Harry. Y eso le llenaba de culpa.

Había querido ser mejor.

Un padrino responsable

Alguien en quien Harry pudiera confiar, que no le fallara como tantos otros lo habían hecho.

Pero cuando Harry le había escrito aquel verano, contándole su juicio en el Ministerio, Sirius se había sorprendido a sí mismo con un deseo egoísta, un pensamiento que no debería haber tenido.

Había deseado que lo expulsaran.

Que Harry se viera obligado a huir, a vivir al margen de la ley, a compartir con él la vida de un forajido.

Porque, de alguna forma retorcida, eso habría significado que no estaba solo.

Que Harry, la persona que más se parecía a James en todo el mundo, estaría con él.

Por supuesto que se había alegrado cuando le absolvieron, cuando pudo regresar a Hogwarts.

Pero eso solo había hecho que se sintiera más solo.

Se pasó la mano por el cabello desordenado, cerrando los ojos con frustración.

Que sí.

Salir era peligroso, para él y para los demás.

Si se exponía, solo lograría que el Ministerio lo capturara y lo enviara de vuelta a Azkaban, o que los mortífagos le mataran antes de que eso sucediera.

Solo era que… deseaba no ser un exconvicto fugado y buscado por ser un loco psicópata acusado de traición a sus mejores amigos y asesinato de trece muggles y un mago.

Solo eso.

En el umbral del salón, una sombra permanecía inmóvil.

Remus Lupin lo había oído todo.

No se anunció, ni hizo el menor ruido. Simplemente se quedó allí, observando a su amigo con la mirada ensombrecida y los ojos cargados de algo más que compasión: Entendimiento.

Sabía lo que era sentirse atrapado en una vida que no había elegido.

Sabía lo que era ver a los demás avanzar mientras uno se quedaba atrás.

Sabía lo que era sentirse solo.

Y sabía demasiado bien cuándo alguien necesitaba estar solo.

Así que, después de un instante, se dio la vuelta en silencio y se marchó, consciente de que Sirius no necesitaba un sermón, solo una tregua.

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Tonks sintió que el viento helado le cortaba la cara incluso antes de haberse aparecido del todo.

El paisaje era el mismo: la plataforma de piedra, las olas rompiendo con furia en la playa de rocas y algas, la niebla espesa que se arrastraba por el suelo como si tuviera vida propia. Y el sol escondido, como si sus rayos no pudieran alcanzar aquel peñón perdido de la mano de Dios.

Al fondo, Azkaban, inmóvil, cruel. Y desafiante. Como si hubiera estado aguardándola.

Respiró hondo.

Se lo había repetido toda la mañana.

Esta vez, sí.

Esta vez lo conseguiría.

Recordó el calor inesperado que le había brindado el Patronus de Moody la semana anterior. Su forma imponente protegiéndola de las tinieblas, como una muralla de luz sólida. Si invocaba al suyo, sería más fácil soportar lo que venía. Seguro.

Se concentró.

La varita en su mano temblaba cuando la alzó, pero decidió ignorarlo. Cerró los ojos, forzando un recuerdo feliz, algo luminoso.

—¡Expecto Patronum! — dijo, en voz clara y alta.

Una luz pálida brotó de su varita.

La forma de su patronus comenzó a materializarse… pero no del todo.

No era la criatura ágil y radiante de siempre. Era una silueta inconsistente, borrosa, como si estuviera hecha de humo en vez de luz.

Apenas dio un par de pasos sobre el suelo húmedo antes de desvanecerse sin remedio, engullida por el aliento de los dementores.

Tonks parpadeó, confundida.

Lo volvió a intentar. Con más fuerza, con más empeño.

El resultado fue aún peor: solo un parpadeo de luz azulada y nada más.

El cansancio la golpeó de repente. Se tambaleó un instante, notando las piernas entumecidas, como si le hubieran quitado toda la energía de golpe. La humedad del ambiente le llegaba hasta los huesos, más incluso que la vez anterior.

Respirar era un esfuerzo. Y ni siquiera habían entrado en la prisión.

Y entonces, el jabalí plateado de Moody apareció entre la niebla, con su paso firme y su presencia poderosa.

Cuando llegó a su lado, Tonks sintió cómo el aire se volvía más claro.

Alastor, unos pasos más adelante, ni siquiera se giró.

Pero la auror supo que la había visto. Y supo también que, aunque fingiera indiferencia, había reducido el ritmo para que ella pudiera seguirle sin caerse.

Tonks no dijo nada. Porque sabía que, si hablaba, la voz se le rompería. Bajó la varita con resignación y siguió a su mentor, dejándose envolver por la cálida luz que irradiaba su patronus.

Caminaron en silencio por el interior de la fortaleza, donde las piedras, siempre húmedas, seguían rezumando el abandono y la desesperanza de las almas en pena encerradas en la prisión. El corredor era más angosto de lo que recordaba, y los pasos resonaban con más fuerza. El jabalí se mantenía a su lado, cerca, como si no quisiera perderla de vista.

Llegaron a la celda.

El hombre se acercó a los barrotes. Aunque su pose seguía erguida, parecía hacer un gran esfuerzo para mantenerse en pie. Sus ojos ya no brillaban con desafío, y su risa ya se había apagado.

Tonks lo miró.

Y algo se encendió dentro de ella.

Parpadeó, dando un paso instintivo hacia adelante.

Por un segundo, la niebla de Azkaban pareció desvanecerse.

Lo recordó. En una clase de Transformaciones. Riendo en los pasillos. Tirado sobre un libro en la biblioteca. Tomando el sol frente al lago. Volando sobre una escoba con el tejón de Hufflepuff surcando el viento.

Trevor Fernwick.

Él también pareció reconocerla. Sus labios agrietados se curvaron en una mueca casi humana. Pero no dijo nada.

Tonks apartó la vista con el estómago revuelto.

Durante el interrogatorio, se mantuvo tan firme como pudo. No escuchaba bien, no procesaba del todo lo que ocurría. Pero resistió.

No por orgullo. Sino porque estaba decidida a no fallar. Porque sabía que, si se rendía ahora, no podría volver.

Cuando salieron, aunque no era tarde, la noche ya se había tragado la línea del horizonte.

El mar rugía con fuerza, la lluvia le calaba la ropa y el viento le azotaba el pelo. Pero a la auror no le importaba nada de aquello.

Al llegar al punto de aparición, Moody extendió el brazo como la vez anterior. Tonks lo tomó.

Y cuando desaparecieron juntos en el sonido seco del encantamiento, lo único que llevaba consigo era una amarga certeza: había fracasado.

Y lo sentía.

En el peso de su cuerpo, en la sensación de vacío que dejaba haberse quedado sin magia y en el temblor que apenas podía contener en las manos cuando se agarró firmemente a su mentor.

En cada hueso, en cada músculo agotado, en cada parte de su alma donde se suponía que debía haber luz…

Ahora solo había oscuridad.

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El sonido seco de los impactos mágicos se apagó con un último destello que se desvaneció en el aire.

Tonks bajó la varita, sintiendo el pulso irregular en la muñeca, y se apoyó en una de las columnas del rincón. No era el esfuerzo físico. Era otra cosa. Algo que se le enredaba por dentro desde hacía días, como una hiedra invisible.

—Kingsley… —dijo, con una voz que no sonaba como suya —. ¿Podemos parar un momento?

Kingsley Shacklebolt bajó la varita con calma. Se limitó a observarla en silencio durante unos segundos. Luego asintió.

—Claro.

Tonks se dejó caer en el banco más cercano, pasó una mano por la frente empapada y soltó un suspiro largo. Kingsley no dijo nada. Solo le tendió una botella de agua. Siempre traía una de más para ella, aunque nunca lo mencionaba.

—He estado yendo a Azkaban con Moody —murmuró al fin, mientras abría el tapón—. Interrogatorios. Dos ya. Y no… no lo estoy llevando bien.

Kingsley se sentó frente a ella, cruzando los brazos sobre las rodillas. Su expresión era serena, pero sus ojos atentos la examinaban con cuidado.

—No me sorprende —dijo con calma—. Azkaban es una prueba para cualquiera. Incluso para los que no lo admiten. No es un sitio al que te acostumbres fácilmente.

Tonks soltó una risa apagada, más por inercia que por humor. Dio un sorbo de agua y bajó la vista a sus propias manos.

—Intenté conjurar mi Patronus allí. Pensé que me ayudaría, que sería mi escudo. Pero no… No solo no funcionó. Fue como si algo se me arrancara por dentro. Me quedé sin fuerza. Sin aire. Y me asusté. Más de lo que esperaba.

Kingsley asintió muy lentamente, como quien reconoce un dolor que ha sentido antes.

—Es normal. No necesitas que los dementores te ataquen para que te hagan daño. Solo con estar allí… es como si te sorbieran desde dentro. Te roban la luz, el equilibrio. Es la presión que ejercen sobre ti. Y entonces, ni la magia responde.

Sin añadir nada más, alzó su varita con suavidad.

Expecto Patronum.

De la punta de su varita emergió un lince plateado, majestuoso y sereno. No rugía ni brillaba con estruendo. Caminaba con paso seguro y giró lentamente en torno a Tonks, envolviéndola en un círculo de luz suave.

Ella lo miró con una mezcla de asombro y gratitud. El calor leve que emanaba el hechizo era real. O al menos, lo bastante real para que se sintiera mejor.

—Tú puedes hacerlo —dijo Kingsley en voz baja—. Tu magia sigue ahí. Solo que el entorno intenta tragársela. Inténtalo ahora. Sin forzar. Sin pensar en la perfección. Solo… invócalo.

Tonks respiró hondo. Cerró los ojos. Esta vez no forzó un recuerdo brillante ni una emoción desbordante.

Pensó en aquella tarde, con Kingsley a su lado, entrenando. Simplemente eso.

Expecto Patronum.

La luz surgió con duda, como una llama que vacila.

Pero no se apagó.

Al contrario.

Fue tomando forma poco a poco, dando lugar al cuerpo etéreo de su patronus.

Una loba. Su loba.

Primero dio unos pasos cautelosos y pareció estirar las patas y la espalda… luego alzó la cabeza, más decidida, orgullosa, y buscó su mirada.

Al trote, se acercó a Tonks, posó sus patas delanteras sobre sus rodillas y se irguió suavemente, como si quisiera acercar su hocico a la nariz de la auror.  

Tonks soltó una risa suave, casi infantil.

—Siempre tan payasa… —susurró, sin poder ocultar la emoción que le causaba el hecho de que incluso su mismo patronus tratara de animarla.

Kingsley sonrió, discreto.

—Ahí lo tienes. No tienes que demostrarle nada a nadie. No necesitas brillar, solo sostenerte. Eso es lo que hace un buen auror.

El lince y la loba se miraron un instante, como dos centinelas que se reconocen. Y luego, al unísono, se desvanecieron en una brisa de plata.

Kingsley se levantó, despacio.

—Nada de duelos hoy. Vamos a empezar con otra cosa. Oclumancia, nivel uno. Aislamiento.

Tonks alzó las cejas.

—¿Oclumancia? Creía que eso era más para… defensa contra magos.

—También —asintió Kingsley—. Pero lo que necesitas ahora es cerrar tu mente para que los dementores no accedan a tus emociones. Si consigues mantenerlos fuera, podrás concentrarte en lo que sí te hace fuerte. Y conjurar tu Patronus sin sentir que te estás ahogando.

Tonks lo miró un momento, reflexiva. Luego asintió con decisión.

—Vale. Enséñame.

Kingsley sonrió con ese gesto leve suyo, casi imperceptible.

—Lo primero: respiración. Lo segundo: enfoque. Y lo tercero… silencio.

Tonks volvió a cerrar los ojos.

Y por primera vez en días, se lo creyó: podía conseguirlo.

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NOTA DE AUTORA:

¿Qué? ¿Os pensabais que porque Remus con su luz dorada la escuchara, le diera chocolate y tocara el piano para ella, Tonks conjuraría un patronus gigante? ¡Pues no! La vida es dura, auror, hay que entrenar.

Con esto también he aprovechado para darle más profundidad al tema de la Oclumancia, que a mi me parece algo fascinante y poco explorado… pero Kingsley ya os lo explicará más adelante. A ver qué os parece.

Ah, también. Ya sabéis que yo intento ser canon friendly. Pero AQUÍ me voy a tomar la LIBERTAD de ROMPERLO:

Sé que en Pottermore o no sé dónde se había dicho que el patronus inicial de Tonks era una liebre. Yo no lo compro… no porque no le pegue, es que la liebre o el conejo yo lo asocio mucho a Luna Lovegood. Y para Tonks… no sé, es que para mí, su espíritu se puede simbolizar perfectamente en la figura de la loba.

La loba es protectora, social, leal a su manada, inteligente y fuerte.

Para mi, Tonks ya es una loba antes de enamorarse. No se define por Remus; lo encuentra desde lo que ya es.

Sé que en Harry Potter 6 su patronus cambia, lo sé, y lo cambiaré… pero lo cambiaré por otra cosa 😀 Ya veréis!

Podéis ver la ilustración del capítulo en mis redes —pasad por Instagram o TikTok.

Os dejo todos mis links aquí:

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