Capítulo 25

Sendero bajo la luna

La cocina del número 12 de Grimmauld Place estaba más llena de lo habitual.

Alrededor de la mesa, las sillas crujían, los susurros menguaban, y el ambiente se tensaba con la expectativa que precede a las noticias importantes. El reloj marcaba pasadas las seis, y el aire tenía ese aroma persistente a té y humo de leña que solo las tardes largas sabían acumular.

Bill Weasley fue el último en llegar. Cerró la puerta con suavidad, se sacudió el abrigo húmedo y tomó asiento junto a sus padres.

Fue entonces cuando Moody se incorporó.

Sin decir una palabra al principio, se pasó una mano áspera por la cara y rebuscó algo en el bolsillo interior de su abrigo.

Cuando lo sacó, lo sostuvo unos segundos en alto antes de dejarlo caer sobre la mesa con un cloc metálico.

Era un anillo de plata oscura, con un diseño espiral y un rubí adornando el centro.

—Kaleg ha hablado —gruñó finalmente—. Costó, pero se quebró. La presión de Azkaban terminó por doblegarlo.

La atención de todos se volvió hacia él al instante. Solo el crujido del fuego acompañó sus palabras.

—Los imitadores de mortífagos están organizados. No son solo oportunistas como cree el Departamento de aurores. Tienen cabeza. Y esa cabeza es, efectivamente, Baltasar Greaves.

El peso de ese nombre cayó sobre la mesa como una losa, igual que cada vez que se mencionaba.

—Así se comunican —continuó Moody—. Esto no es solo un símbolo. Es un canal. Hay que aplicar un encantamiento concreto sobre él, uno que cambia a diario, y entonces… Greaves se pone en contacto. No directamente, por supuesto. Da una fecha y una hora. Y gracias a Kaleg, sabemos el lugar.

Hubo un murmullo general de asentimiento. McGonagall entrecerró los ojos, pensativa. Arthur fruncía el ceño. Molly parecía preocupada, como siempre que se mencionaban redes criminales. Tonks no podía dejar de mirar el anillo frente a ella.

—Y lo que vamos a hacer —prosiguió Moody— es utilizarlo nosotros. Activarlo. Pero no para entregarle mercancía. Vamos a ver qué puede contarnos sobre la Sala 14.

—Greaves… —murmuró Mundungus desde un rincón, con una sonrisa que no llegaba a los ojos—. Ya lo decía yo. Al final, siempre está él detrás de cualquier cosa que valga la pena en el mercado negro. Ese tío no mueve un dedo si no hay oro de por medio.

Se hizo un silencio denso, uno de esos en que nadie quiere ser el primero en hablar.

Tonks miró a su alrededor, y en su escrutinio, terminó en Lupin. Él tenía la mirada perdida en el horizonte, pero su expresión… su expresión tenía demasiado peso. Como si supiera más de lo que estaba dispuesto a compartir.

Moody, que también se había dado cuenta, intervino:

—¿Le conoces?

Lupin alzó la mirada, tranquilo. Parecía estar eligiendo las palabras con cuidado. O, tal vez, con cautela.

—No mucho —respondió—. Pero sé de gente que sí. Gente desesperada.

Su voz fue serena, pero había una nota lúgubre en el fondo. Tonks sintió un nudo en el estómago. Sabía perfectamente a qué “gente desesperada” se refería. Inconscientemente, buscó la luna tras los cristales de la ventana. 

—Un día le pides un empleo, una poción, una varita que no puedes pagar… y al siguiente estás en su red —añadió Lupin.

Todos parecían inmersos en sus propios pensamientos, como si aquella revelación no les sorprendiera en absoluto. Tonks frunció el ceño, confusa. ¿Era la única que no conocía a ese tal Greaves? ¿De verdad aquel tipo era tan importante?

—Y entonces, aunque quieras salir, ya no puedes. Porque él sabe de ti lo que ni tú quieres recordar —remató Kingsley, con voz grave, sin dramatismos innecesarios.

Lupin asintió sin mirar a nadie, pero se le escapó un suspiro que no pasó inadvertido para Tonks, un gesto que le olió más a experiencia propia que a conocimiento del inframundo. Como quien carga con recuerdos lejanos que no quiere desenterrar.

Moody golpeó la mesa con el puño, rompiendo el silencio de golpe y las cavilaciones de Tonks.

—Debemos negociar —dijo Moody al fin, como si lo dijera más para sí que para los demás.

—¿Negociar? ¿Estás diciendo que lo localicemos, activemos un canal ilícito, y luego miremos hacia otro lado? —saltó Tonks, alzando la vista, incrédula.

Nadie respondió.

—Estamos hablando de Baltasar Greaves. Por lo poco que sé, entiendo que, como mínimo, es intermediario del mercado negro, facilitador de magia ilegal, extorsionador sistemático y operador principal de una red criminal organizada. No es un contacto. Es un objetivo.

Miró a su mentor. Por primera vez, no reconoció la expresión de su rostro. Nunca había visto en él nada parecido a la resignación.

—Estoy diciendo que no podemos luchar contra todo a la vez, Tonks —replicó el auror sin suavizar el tono.

—Pues yo no he venido a esta guerra para elegir qué injusticias me parecen más urgentes —dijo ella en voz baja, con los dedos crispados sobre la mesa. — Si empezamos a tolerar a tipos como Greaves, dejamos de aplicar la ley y empezamos a administrarla.

Sabía que tenía razón. Pero por algún motivo, evitó la mirada de su mentor.

Kingsley intervino, conciliador como siempre:

— Baltasar no está con nosotros, pero por ahora no está contra nosotros. Y en esta guerra, eso es más de lo que podemos decir de mucha gente.

—De hecho —añadió Sirius desde el otro lado—, hasta nos conviene que alguien como él siga suelto. Greaves siempre sabe todo de todo el mundo. Vete a saber si no acabaremos necesitándole más adelante.

Tonks no respondió. No porque le pareciera bien, sino porque sabía que llevaban razón.

Lo sentía. En el tono resignado de Lupin, en la calma calculada de Kingsley, y en el silencio de Alastor.

A veces, la guerra también era tragar con lo que detestabas.

Lupin le lanzó una mirada suave. Una sonrisa que no era alegre, pero que entendía.

Tonks sostuvo su mirada un momento, luego bajó los ojos de nuevo hacia el anillo sobre la mesa.

El símbolo de alguien desconocido, ni aliado ni enemigo, al que no habían elegido, pero que se había cruzado por su camino y, al parecer, no podían ignorar.

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Tal y como había explicado Moody, a la fecha y hora acordada, y en el lugar más sórdido imaginable —un callejón húmedo, oscuro y con olor a grasa rancia y tabaco barato—, apareció un desconocido.

Era alto, delgado como una sombra y envuelto en una capa raída.

No hizo ningún ademán de acercarse.

Simplemente estaba allí, como si llevara horas esperándolos. La única luz provenía de una farola estropeada que parpadeaba a intervalos irregulares, proyectando sombras que parecían moverse por voluntad propia.

Tonks se fijó de inmediato en el anillo que brillaba en su meñique derecho: una espiral de plata ennegrecida, el sello inconfundible de Greaves. No necesitaba más confirmación. Aquello era una cita con el diablo.

Moody frunció el ceño, escudriñando al recién llegado como si pudiera desmontarlo con la mirada.

Lupin, a su lado, tensó la mandíbula al cruzar los ojos con el enviado.

Tonks, caracterizada como una bruja de mediana edad de facciones toscas y cabello ralo, tragó saliva.

Intentaba mantener la postura erguida, aunque sentía el pulso en las sienes. Pero no estaba asustada. Más bien, estaba expectante. Quería saber quién demonios era Greaves.

Además, sabía que Kingsley patrullaba la zona, oculto entre las sombras como apoyo silencioso. Solo por si acaso.

—No sois Kaleg —dijo el hombre sin preámbulos. Su voz sonaba rasposa como cuero viejo.

—No somos Kaleg —respondió Moody con su tono pétreo, mostrando el anillo que había traído. El rubí contenido en la espiral destelló brevemente bajo la luz moribunda.

El desconocido entrecerró los ojos, calibrando lo que no decía. Durante un segundo, pareció debatirse entre esfumarse o arriesgarse.

—¿Qué queréis? —preguntó por fin, sin disimular su fastidio.

—Información —dijo Moody.

El encapuchado los recorrió con la mirada. Parecía evaluarlos como quien examina una bolsa de galeones: medía valor, vulnerabilidad y consecuencias en un mismo gesto.

Se detuvo un segundo más en Lupin, como si le reconociera de otra vida y, finalmente, volvió a Moody.

—Seguidme.

Echó a andar sin mirar atrás, cruzando un umbral apenas visible entre dos casas descascarilladas.

Tonks sintió que cada paso los alejaba del mundo cuerdo. Las calles por las que pasaban eran cada vez más estrechas, como si el mismo Londres intentara ocultarlas. Los edificios se encorvaban sobre ellos, chorreando humedad, con faroles apagados y puertas cerradas con más de un cerrojo.

Por un momento, Tonks creyó oír algo moverse entre las sombras, pero no miró atrás. Kingsley, pensó.

El tipo se detuvo frente a una puerta de madera astillada, encajada entre dos muros que parecían a punto de colapsar.

Encima, una placa oxidada rezaba en letras torcidas: “La Última Copa”.

—Creativo —murmuró Lupin.

El desconocido no respondió.

Sacó su varita y murmuró algo.

La puerta no se abrió: el suelo sí.

Una trampilla se deslizó con un chirrido húmedo, revelando una escalera de caracol descendente, donde la oscuridad era tan densa que parecía sólida.

Tonks sintió un escalofrío recorrerle la columna. No era miedo exactamente, pero algo en aquel descenso le recordó a las madrigueras de criaturas que prefería no imaginar.

—Abajo no se permiten varitas visibles —advirtió, antes de bajar.

Moody resopló. Se volvió hacia los otros.

—Dejadme hablar a mí. Yo ya he negociado con él

—¿Y eso te da ventaja? —inquirió Lupin, con la ceja arqueada.

—No —replicó Moody—. Pero me da menos asco.

Miró por un momento a Tonks. Ella asintió.

Y con eso, el veterano se ajustó el abrigo, empuñó la varita bajo la manga, y bajó primero. Tonks lo siguió. Lupin fue el último.

……………………………………………

La bajada era estrecha, húmeda y conducía a un suelo irregular, de piedra vieja.

Al final del pasillo, una puerta de hierro les esperaba. Se abrió sin que nadie la tocara.

La sala en la que entraron no tenía nada que ver con todo lo que habían visto hasta entonces. Tonks se había imaginado una especie de mazmorra o sótano.

Pero aquello no entraba en esa categoría.

Lo que estaba claro es que era una declaración de poder.

Las paredes, revestidas en madera oscura, estaban cubiertas por estanterías que se curvaban como si se adaptaran a una geometría caprichosa. En ellas se alineaban objetos de origen incierto, a cuál más insólito, peligroso o ilegal.

Frascos con fluidos iridiscentes, máscaras talladas en hueso, talismanes de culturas extintas.

A un lado, una vitrina exhibía la cabeza embalsamada de un troll, de ojos aún húmedos. En otra, un espejo sin reflejo devolvía solo oscuridad, incluso cuando la luz lo tocaba. Y sobre una repisa más baja, una caja metálica latía con un pulso sordo, como si respirara.

Algunos artefactos vibraban levemente. Otros parecían observar. Pero todos compartían las mismas características: una apariencia extraña, oscura y absurdamente cara.

El centro de la estancia lo ocupaban varios sillones de piel negra, profundos y envejecidos, dispuestos alrededor de una mesa baja de ónice, donde reposaban una botella de cristal grueso y vasos con bordes dorados. En la atmósfera se percibía olor de incienso casi extinguido, cuero antiguo… y algo más, metálico. Algo que recordaba al hierro y a la sangre.

No era un lugar que alguien decorara para recibir visitas.

Era un territorio.

Y Baltasar Greaves, sin duda, su dueño absoluto.

Estaba de pie junto a una chimenea imponente, tallada en mármol negro con relieves que evocaban dioses de otros tiempos. El fuego crepitaba tras él con una luz tenue, casi reverencial, como si, lejos de perturbar su figura, quisiera realzarla.

El cabello negro y lacio, perfectamente peinado hacia atrás dejaba al descubierto unas facciones elegantes y pálidas. Sus labios eran finos y su piel casi translúcida. Y sus ojos, de un gris ceniza inmóvil, no miraban al presente: lo atravesaban, como si vieran a través de la piel, los huesos, y el mismo tejido de la realidad.

Vestía una túnica de corte cruzado de satén, larga hasta los pies, de un negro tan profundo que parecía absorber la luz, con bordados plateados en los puños, filamentos apenas visibles, como si fueran las venas de un mineral extinto.

Sostenía una copa de cristal oscuro con una sola mano, y observaba el líquido espeso en su interior con una concentración casi mística, como si en su superficie se agitaran respuestas que solo él podía comprender.

Tonks no podía expresarlo con palabras, pero por fin entendía las caras tensas y el peso que siempre acompañaba la pronunciación de su nombre. 

Todo en su aspecto daba a entender que él ya no pertenecía del todo a este mundo.

Estaba claro que aquel no era un tipo corriente.

Desprendía una especie de aura que le hacía, de algún modo, inalcanzable.

Y a la vez, inquietante.

—Vaya, Alastor, qué placer verte. Pensé que enviarías a tus lacayos —dijo sin alzar la vista—. ¿No te cansas de este teatro?

Su voz era suave, aterciopelada, de cadencia lenta, la de alguien que no tiene prisa. O, más bien, la de alguien para quien el tiempo ha dejado importar.

—Tú eres el teatro —respondió Moody, seco, cruzándose de brazos.

—Ah, el viejo juego de despreciarnos, pero necesitarnos igualmente. Qué costumbre tan encantadora tenéis los aurores.

Moody no sonrió. Lupin no dijo nada. Tonks tampoco.

—Hablemos de los ataques

—¿Cuáles de todos? — preguntó Greaves, girando por fin hacia ellos.

Tonks se fijó en su mirada, que no se dirigía particularmente hacia nadie, ni hacia nada.

Como si lo que contemplaba no pudiera ofrecerle nada de interés.

La mirada de un hombre que, tras haber contemplado lo que existe más allá de los sentidos, hubiera dejado de utilizarlos para concentrarse en ecos, vibraciones o susurros que venían de aquel horizonte que se alejaba de lo corporal y de lo terrenal. Algo que solo existía para él.

Tal vez, ni siquiera se pudiera considerar humano ya.

Le recordó vagamente a la profesora Trelawney y un escalofrío le subió por la espalda. Pero se mantuvo firme en su posición.

—Los falsos mortífagos — respondió Moody, armándose de paciencia — Magos que saquean casas fingiendo que responden a la Marca. Sabemos que hay alguien moviendo los hilos. Y todos los caminos apuntan a ti.

—Ah, eso.

Greaves tomó un trago de su copa sin mostrar ni una chispa de incomodidad y curvó los labios en lo que pretendía ser una sonrisa cordial.

—Qué creatividad la de algunos, ¿verdad? —murmuró Greaves, acariciándose la barbilla, sin abandonar su actitud impasible.

—Nos han dicho que tú estás detrás —intervino Tonks, firme.

Greaves giró sus ojos hacia ella entonces, alejándose de su horizonte místico para mirarla, o más bien, admirarla. Como si fuera una criatura pintoresca, exótica, única. Una pieza de museo. O tan solo, insignificante.

—Y aun así habéis venido —dijo, con una sonrisa lenta—. Interesante.

—Si colaboras, esto puede acabar aquí —añadió Moody, sin cambiar el tono.

Greaves bajó la copa con una lentitud medida, sin apartar la vista de Tonks.

—¿Colaborar? ¿Yo? —repitió, dando un paso hacia ella—. Estoy encantado de colaborar. Aunque claro, todo tiene un precio.

—¿Y el precio es no encerrarte? —espetó Tonks, incapaz de contenerse.

Greaves se rió por lo bajo antes de mirarla con piedad fingida.

—¿Encerrarme…? ¿Crees que me puedes encerrar? ¿A mí?

Se acercó otro paso. Su voz bajó un tono, perdiendo su suavidad y condescendencia y se volvió casi enfermiza, mostrando por fin el veneno que escondía tras su aparente indiferencia.

—¿Y con quién vais a contar para eso? ¿Con la directora del Departamento de Seguridad? —ladeó la cabeza—. ¿La misma que tiene en su escritorio una figurita de marfil que le hice llegar hace tres meses? ¿Con el jefe de aurores? ¿El que me debe un favor que nunca ha tenido el valor de devolver? ¿O tal vez con el ministro?

Se inclinó apenas hacia Tonks, con la sonrisa aún más afilada, mostrando por fin su verdadero poder.

—Que, dicho sea de paso, no solo me conoce, sino que me debe la silla donde se sienta.

El silencio que siguió fue espeso, áspero.

Tonks apretó los puños sin darse cuenta. El corazón le golpeaba las costillas como si tratara de advertirle que aquel hombre no se vería afectado por las amenazas habituales contra la autoridad y la ley.

Greaves se incorporó con lentitud, satisfecho.

Se giró de nuevo hacia la chimenea y alzó su copa con deliberada parsimonia, como si volviera a estar solo en la habitación y nada le perturbara.

Entonces, Lupin dio un paso al frente.

—No estamos aquí para detenerte. Estamos aquí porque necesitamos algo que tú tienes.

—Por fin alguien que entiende el juego —musitó Greaves — Tu siempre tan callado, ¿eh, Lupin?

Él no parpadeó siquiera.

—Porque lo que dices no siempre es lo que importa —respondió con su simpleza habitual.

Greaves dejó escapar una leve risa nasal. No replicó, como si no hiciera falta.

Tonks entrecerró los ojos. Miró a Lupin, intentando leer entre líneas. Pero él no la miró de vuelta. Tal vez porque no la vio. O tal vez porque no quiso verla.

Y entonces lo entendió. No era intuición. Era certeza.

Aquellos dos se conocían. Y mucho mejor de lo que Lupin había admitido en la reunión con la Orden. ¿Por qué?

Volvió a mirar a Greaves.

Y se encontró de nuevo con su mirada. Él también la observaba, sin disimulo. Como si la hubiera escuchado pensar. Sentir. Dudar.

Ahora, sus pupilas brillaban con un fulgor distinto, destilando un interés que no había mostrado al principio. Uno casi personal.

—Tu disfraz es bueno —dijo, examinándola con un gesto lento. Señaló hacia la superficie pulida junto a la pared —. Ese espejo me muestra quién de mis visitantes miente. Es decir, quién se presenta tal como es… y quién no.

Tonks, fingiendo indiferencia, dirigió la mirada hacia el cristal.

Allí estaban los reflejos de Moody y Lupin, nítidos. Incluso el de Greaves, que parecía más vívido que el fuego mismo.

Pero donde debería estar ella… solo había una figura sin rostro, una silueta oscura recortada contra el resplandor.

—Como puedes ver —añadió él, sin apartar los ojos—, tú no estás. No del todo. Por eso digo que tu disfraz es bueno. No es poción multijugos, ni un simple encantamiento. ¿Entonces qué nos queda…?

Hizo una pausa breve. Luego miró fugazmente a Moody, con una sonrisa ladeada.

—¿Magia oscura quizás?

No hubo respuesta.

Greaves se apartó de la chimenea con elegancia felina y comenzó a pasearse lentamente a su alrededor. Sus pasos eran suaves, calculados.

Tonks no apartaba los ojos de él. Moody carraspeó.

—Magia oscura no creo —murmuró, mirando al auror veterano —. Déjame pensar… algo familiar, algo único. ¿Tal vez eres una de las pocas bendecidas con el inusual don de la metamorfomagia?

La auror le sostuvo la mirada firme. No pensaba ni parpadear.

—He dado en el clavo, ¿no? —susurró Greaves, inclinándose apenas, como si compartiera un secreto—. No sois muchos hoy en día… ¿Crees que no averiguaré tu identidad?

Ella no respondió. Moody, tras ella, se aclaró la garganta.

—Déjate de rollos y vamos al grano —gruñó Moody—. No sé qué ganas con todo esto.

—Bueno, ya sabes, Alastor —dijo Greaves con simpleza—. No tengo nada que perder.

—¿Qué quieres? —preguntó Lupin, con voz baja.

Greaves se volvió hacia él con un brillo casi satisfecho en la mirada.

—Nada de oro esta vez. Ni favores. Solo una condición: que mi nombre no aparezca. Ni en informes. Ni en reuniones. Ni en susurros.

Moody apretó los labios. Tonks pareció tragarse una réplica.

—Y a cambio —dijo Moody—, nos dices qué hay en la Sala Catorce.

Greaves sonrió, como quien ha estado esperando esa pregunta toda la noche.

—Ah, eso queréis… debería haberlo imaginado — dijo, con ceremonia

Se giró hacia Tonks de nuevo

—Eso tal vez tenga un precio adicional — dijo él.

Moody se cruzó de brazos

—Tú dirás

Greaves no sacaba los ojos de Tonks.

—Que me muestres tu verdadero aspecto.

Tonks se quedó blanca. Greaves sonrió suavemente.

—Oh, venga… qué más da. No pido tanto. Estamos entre amigos, ¿no? —añadió, esta vez mirando a Lupin—. Eres Remus Lupin, licántropo. Alastor no necesita presentación, por supuesto. Y yo me llamo Baltasar Greaves, como seguro que sabrás, y este es mi verdadero aspecto.

Hizo una reverencia teatral antes de acercarse un paso más hacia ella, como si flotara.

—Ahora quiero saber quién eres tú.

Moody carraspeó con impaciencia.

—No te preocupes —dijo con desdén, girándose hacia la puerta—. No estamos tan interesados.

Pero Tonks alzó la mano, sin apartar la vista de Greaves.

—Alastor, espera —dijo, en voz firme.

—Tonks… —murmuró Lupin para sí, como un aviso, pero ya era tarde.

La transformación comenzó en silencio.

Primero, las facciones toscas del disfraz comenzaron a afinarse. La mandíbula cuadrada se suavizó. Los pómulos se alzaron, y el mentón tosco se acortó con delicadeza. Las arrugas ficticias se reabsorbían, y las cejas, antes espesas y grises, se estrecharon hasta recuperar su curvatura natural.

El cabello ralo y quebradizo se replegó como si lo absorbiera el cuero cabelludo, para brotar de nuevo con renovada fuerza en una media melena densa, que le cayó sobre los hombros con suavidad. No era rosa. Era castaño oscuro, con matices cálidos bajo la luz parpadeante del subterráneo.

Los ojos pequeños, hundidos y sin vida de la bruja se agrandaron, ganaron profundidad y expresión. Se encendieron con una chispa firme: los ojos de Tonks, intensos, concentrados, imposibles de confundir.

Su cuerpo cambió de proporción en un movimiento sutil pero claro.

Se encogió en masa, afinando los hombros, el cuello, la cintura. Y al mismo tiempo, su figura se irguió ligeramente, ganando un par de centímetros de estatura con una elegancia instintiva, como si la columna vertebral hubiera recordado de pronto quién era.

Cuando todo acabó, Tonks se mantuvo firme, con la barbilla en alto y la mirada clavada en Greaves.

La postura volvió a ser la suya, pero había algo distinto en ella.

Su sonrisa habitual había sido sustituida por una expresión seria, impenetrable. La de una auror entrenada, decidida a no inclinarse nunca más de lo estrictamente necesario.

El mago sonrió con satisfacción, como si hubiera estado esperando ver esa versión real desde el primer segundo.

—Mucho mejor así, he de decirlo.

Tonks arqueó una ceja.

—En otro momento, otro lugar —dijo, echando una rápida mirada a su alrededor antes de volver a fijar los ojos en Greaves—, aceptaría tu cumplido. Pero resulta que ahora, no me parece oportuno.

Él no respondió. Solo saboreó el momento como un vino caro, observándola de nuevo, de arriba a abajo.

El aire pareció espesarse un instante antes de que apartara la mirada y comenzara a hablar.

—La sala 14…—murmuró — No es cualquier lugar. No es un experimento inacabado ni magia incomprensible perdida para siempre en los confines del Departamento de Misterios. Y desde luego —añadió, casi con desprecio— no es una sala parlante, como dicen los rumores.

Con una lentitud medida, se acercó a una pequeña caja negra sobre su escritorio. Sus dedos se deslizaron por la superficie barnizada como si acariciaran un secreto antiguo.

Pareció vacilar antes de abrirla.                                                          

Del interior emergió una bruma suave, imperceptible al principio, que apenas alteró el aire.

Dentro, reposaba una esfera opaca, como de cristal velado por el humo, vibrando apenas con una energía sorda, inestable.

Volvió la mirada hacia ellos. En sus ojos grises había una extraña mezcla de admiración y advertencia.

—La Sala 14 es un santuario. Un cementerio de posibilidades. Un lugar donde el tiempo se dobla y los destinos se escriben antes de que seamos capaces de entenderlos.

Abrió mucho los ojos antes de culminar su revelación.

—Es el templo de las profecías.

Alzó las manos moviendo los dedos largos y blanquecinos en el aire, como si pudiera ver las profecías orbitando a su alrededor, incluso sentirlas y acariciarlas.

—Miles de ellas. Selladas. Latentes. Esperando.

La habitación pareció oscurecerse un grado, como si incluso la chimenea hubiera contenido la respiración.

—¿Eso es todo? —preguntó Tonks, sin poder ocultar su decepción— ¿Esferas de cristal?

Sonó más como un pensamiento difuso que como una réplica. Se arrepintió de no haberse mordido la lengua.

Greaves la miró con media sonrisa. Como si no hablaran el mismo idioma. O como si lamentara que ella no lo entendiera aún.

Después, con un cuidado casi ceremonial, tomó la profecía entre las manos.

—Ya… vosotros no creéis, ¿no? Yo tampoco, al principio.

Miró la esfera. El reflejo del fuego temblaba en la superficie humeante del cristal.

—Pensé que aquella sala era solo otra más. Fría, hermética, llena de magia sin sentido. Pero no.

Se giró ligeramente hacia Lupin.

—Curioso, ¿verdad?

Lupin alzó una ceja, como si no pudiera ocultar su escepticismo.

Le sostuvo la mirada.

Tonks los miró a ambos, notando de nuevo aquel silencio extraño entre ellos. Le pareció que Greaves estuviera a punto de añadir algo más. Algo personal.

Moody carraspeó, seco, como si empezara a cansarse de aquel teatro sin sentido.

Greaves sonrió de nuevo. Cerró con cuidado la caja y la deslizó hacia un lado del escritorio.

—Lo que hay dentro de esas esferas no son palabras sueltas ni susurros locos. Son hilos. Hilos invisibles que tiran de nosotros. Que cambian el curso de las guerras, que nombran a los elegidos, que anuncian muertes antes de que los cuerpos caigan.

Hizo una pausa.

Los miró en silencio.

La caja cerrada reposaba sobre el escritorio, pero su mano aún descansaba sobre ella, como si algo dentro siguiera respirando. Como si contuviera más que una esfera: un secreto, un vínculo, un final ya escrito.

—Y creedme… —susurró, con los ojos clavados en ellos— Alguien ya está escuchando. Y cuando entienda lo suficiente, actuará.

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Emergieron de la trampilla con el sigilo de quienes no desean que el mundo sepa dónde han estado.

Afuera, la misma farola parpadeaba a unos metros, proyectando una luz pálida sobre los charcos rotos del asfalto.

Moody cerró la trampilla tras ellos y los tres caminaron en silencio hasta alcanzar una avenida principal, ya en el corazón del Londres muggle.

Las luces eran amarillentas, titilantes, como si no terminaran de decidir si querían permanecer encendidas.

Al otro lado de la calle, cuatro personas caminaban en fila desordenada.

Un par de jóvenes reían suavemente entre sí, uno con un cigarro en la mano; los otros dos hablaban con las manos en los bolsillos, cabizbajos, señal de que la velada les pesaba un poco. La risa era liviana, insignificante. Ajena. Como si viniera de otro mundo, mucho más desenfadado.

Moody se detuvo en medio de la calle.

—Convocaré una reunión la próxima semana —murmuró con voz grave, ignorando las miradas de los muggles que, inevitablemente, se posaban sobre él —. Esto… hay que hablarlo.

Se giró entonces hacia ellos. Sus ojos —el mágico, vigilante; el otro, más cansado que nunca— se posaron primero en Lupin, luego en Tonks. Asintió.

—Buen trabajo, los dos.

Tonks esbozó una leve sonrisa, aún con el corazón un poco encogido.

—Chica —añadió Moody, rascándose la barba—. No deberías haber mostrado tu aspecto. Nunca se le da a un bastardo como Greaves lo que quiere.

Ella alzó una ceja, con esa chispa suya que ni la oscuridad podía apagar.

—Bah… ya había dado en el clavo. Dijo que era metamorfomaga. ¿Cuántas metamorfomagas trabajan contigo, Alastor?

Moody gruñó por lo bajo, a medio camino entre la resignación y la risa. Se encogió de hombros.

—Toca, a veces, saber cuándo ganar perdiendo —dijo, y se alejó avenida abajo, doblando por un callejón.

La oscuridad lo tragó como si hubiera estado esperándolo.

Durante unos segundos, Lupin y Tonks se quedaron quietos.

El ruido distante de la ciudad los envolvió como una manta pesada. Un coche cruzó a lo lejos, proyectando un rayo de luz sobre los adoquines mojados. Un gato callejero se deslizó entre las ruedas oxidadas de una bicicleta caída.

Tonks respiró hondo.

Cruzó los brazos sobre el pecho y bajó la vista al suelo brillante, delatando su inquietud.

Lupin la observó en silencio.

Finalmente, la auror habló:

—¿Tú creías en eso? —preguntó, casi como un susurro—. En las profecías.

Lupin negó despacio.

—No… —respondió—. Pero tampoco he vivido exactamente una vida predecible. Así que… ya no descarto nada.

Ella sonrió de lado, como si esperara exactamente esa respuesta. Pero la sombra en su rostro seguía allí.

—¿Te preocupa algo? — preguntó Lupin

Ella le miró por un momento y luego desvió los ojos hacia el otro extremo de la calle.

—Mañana volveremos a Azkaban —dijo al fin—. Con Moody. A ver a Kaleg otra vez.

Hizo una pausa.

Su voz bajó un poco, como si hablara para sí.

—Conozco a Kaleg, ¿sabes? De mi último año en Hogwarts. Era el capitán del equipo de Quidditch.
Un tipo… no sé. Alegre. Amistoso. “Normal”. Nos reíamos mucho. Hacíamos tonterías. Compartíamos chistes estúpidos en clase…

Su tono se volvió más débil.

—No consigo entenderlo —añadió—. Cómo ha acabado así. Colaborando con Greaves. Capturado junto a imitadores de mortífago. Encerrado en Azkaban…

Lupin no respondió de inmediato.
Solo asintió con la cabeza, con los labios ligeramente fruncidos.

—Supongo que nunca se llega a conocer del todo a alguien —murmuró al cabo de un rato.

—No —repitió Tonks, apenas audible.

Él ladeó, pensativo, antes de añadir:

—Pero también se cometen errores. Y a veces, lo único que hace falta es una segunda oportunidad. Quizás, como ha colaborado con la justicia, le rebajen la condena.

Tonks volvió la mirada hacia él.
No dijo nada durante unos segundos.
Luego, asintió otra vez, esta vez con más intención.

—Quizá hasta logremos sacarlo de allí —dijo—. Cierto.

Un leve gesto se curvó apenas en su rostro. Él se acercó un poco hacia ella.

—Incluso puede que logre volver a empezar — terminó Lupin.

Esta vez, Tonks sí sonrió. Pequeña. Seria. Pero real.

No dijo nada más.

Lupin sabía qué más le rondaba la cabeza: Azkaban.

—¿Te da miedo? —preguntó él, con delicadeza.

—Un poco —admitió—. Pero he estado practicando. Con Kingsley.

Él asintió.

Ella suspiró.

—¿Y si no sale… otra vez?

Lupin le dedicó una sonrisa tranquila.

—Entonces no pasa nada —dijo él —. Lo importante no es que no te rindas. Que lo intentes. Eso ya dice mucho más de ti que el hechizo en sí.

Tonks soltó una risa apagada, mezcla de alivio y resignación.

—A veces creo que eres tú el que debería dar las clases en el Ministerio.

—Aunque lo hiciera —replicó Lupin—, tú te las saltarías igual.

—Obviamente —dijo ella, y ambos rieron muy bajo, como si temieran despertar a la ciudad dormida.

Una racha de viento les acarició el pelo, como si quisiera llevarse sus preocupaciones con él.

Tonks se apartó un mechón de la cara. Llevaba el cabello suelto, aún castaño oscuro. El color natural que casi nunca mostraba. Bajo la luz tenue de la luna, ese tono cobraba una calidez inesperada. Algo terrenal. Real.

Como si aquel simple color dijera más sobre Tonks que cualquier metamorfosis llamativa.

Pero no era solo su cabello. Lupin se fijó en ella con más atención.

Sus pestañas eran un poco más cortas que de costumbre, su nariz apenas más ancha y sus labios más finos.

Y si se fijaba bien, podía ver algunas pecas desperdigadas en la parte alta de sus mejillas y el puente de la nariz, como si las horas de sol hubieran dejado un rastro en su piel que ella, con su magia, borraba.

Además, sobre su ceja izquierda asomaba una pequeña cicatriz blanquecina, probablemente testigo de una aventura infantil.

Cambios minúsculos, imperceptibles para cualquiera… salvo para alguien que ya la había mirado demasiadas veces.

Tonks notó su escrutinio. Y supo que se había fijado. Todos esos pequeños cambios que ya, sin pensarlo, solía adoptar inconscientemente. Como quien se maquilla.

Una sombra de inseguridad cruzó su rostro.

Lupin no dijo nada al principio.

Solo bajó la vista un segundo y luego la volvió a alzar, con su media sonrisa leve, casi pensativa.

—Me parece increíble —dijo al fin, con voz tranquila— que pudiendo adoptar cualquier apariencia… siempre elijas ser tú.

No lo dijo como un elogio. Ni como una conclusión. Era solo la verdad, simple y limpia.

Tonks alzó una ceja, desconcertada.

—Bueno, siempre soy yo… con retoques —murmuró, medio a la defensiva, medio en broma.

Lupin negó con suavidad.

—Detalles —dijo él, como si no entendiera por qué aquello importaba.

Tonks soltó una carcajada aliviada. 

Lupin la miró otra vez.

Había cosas que no cambiaban nunca, ni siquiera con la magia.

Su sonrisa era la misma.
Y el brillo en sus ojos, también.

El aire seguía oliendo a lluvia.

La luna colgaba entre los edificios, pálida, velada por una capa tenue de nubes.

—¿Volvemos? — preguntó Lupin — Seguro que Sirius ya nos está esperando con los vasos listos y el whiskey de fuego servido.

Tonks se cruzó de brazos, aún divertida, y miró hacia el final de la calle.

—¿Damos un paseo? —propuso ella                                           

—Venga —respondió él, empezando a andar.

Y caminaron juntos calle abajo, tranquilamente. Como si la ciudad estuviera esperándolos en pausa.

De pronto, Lupin señaló con la barbilla la cicatriz sobre su ceja.

—¿Y eso?

Tonks apretó los labios, preparándose para su relato.

—Me caí por las escaleras el día que cumplí cinco años. Intentaba montar una escoba… dentro de casa.

—¿Dentro de casa?

Tonks rodó los ojos, como si reconociera que había algo más tras aquella travesura.

—Y con capa. Y gafas de sol. Y un sombrero de vaquero. Y… tal vez patines.

Lupin arqueó las cejas, divertido.

—Suena… como una escena que alguien debería pintar.

Ella rió con ganas.

—Mi madre intentó borrar la cicatriz con magia curativa, pero no funcionó del todo. Después quiso probar con una poción apestosa, pero a mí me daba miedo. Y al parecer, grité que, si me obligaba a tomarla, iba a denunciarla al Ministerio por abuso de menores.

—Vaya, eso sí que es tener principios. — dijo Lupin con cierta sorna, como si no se creyera del todo la historia.

—Desde siempre —admitió Tonks, con una chispa de orgullo en sus ojos.

Durante un segundo, se quedaron en silencio. Luego Tonks ladeó la cabeza, aguzando la vista.

—¿Y tú? —preguntó, señalándole una de las cicatrices que le cruzaban la sien, extrañamente similar a la de ella —. ¿Qué pasó ahí?

Lupin adoptó un tono teatral, con una gravedad impostada.

—Verás… soy licántropo.

Tonks entornó los ojos.

—No me digas…

Él sonrió.

—Esa en concreto fue… una confrontación. Lobo contra gallinas.

—¿Gallinas?

—Sí. Cuatro. Muy agresivas. Con nombres y todo.

—¿En serio? — preguntó ella

—Muriel, Clementina, Pico Roto y…

Hizo una pausa dramática antes de pronunciar el nombre de su último adversario.

— La Negra

Tonks soltó un bufido, calibrando la veracidad de aquella historia. O el detalle de aquella mentira.

— Yo solo quería ver a los polluelos y… cometí el error de mirarlas mal. Y colarme en su corral. — admitió él, sin poder ocultar una sonrisa. 

Tonks no pudo evitar una carcajada al imaginarse la escena.

—¿Y ganaron?

—Ganaron. Especialmente la Negra.

Tonks se detuvo en seco, entre risas.

—Sabía que la Negra era la peor.

—Tenía una mirada. Fría. Inmisericorde.

—Un alma oscura. — añadió ella

—Pico afilado. Garras veloces. — decía Lupin, exagerando más y más la historia, a la vez que la sonrisa de Tonks se ensanchaba — Las otras tres solo obedecían. Pero ella…. Ella era el cerebro tras la operativa.

Tonks le miró, negando con la cabeza, divertida.

—Algún día, Remus Lupin… me contarás esa historia completa.

—Algún día — concedió él. — Cuando deje de tener pesadillas.

Ambos estallaron en una risa cómplice, contenida por la noche.

Y así, siguieron caminando, entre charcos y farolas, mientras se contaban historietas heroicas, batallas gloriosas y relatos imposibles. Medias verdades, hazañas dudosas y mentiras, muchas mentiras, de esas que no necesitan ser creídas para ser disfrutadas.

Por un rato, la guerra, la oscuridad y todo lo que vendría después quedaron muy lejos.

Como si el mundo, cansado también, les concediera un respiro.

Lo justo para que dos almas desgastadas volvieran a casa, sin prisa, siguiendo su camino iluminado por la tenue luz de la luna.

El sendero bajo la luna.

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NOTA DE AUTORA:

Hola a todos.

Estos capítulos me están dando bastante trabajo, no tanto por escribirlos en sí, sino porque necesito asegurarme de que encajen con el futuro que quiero construir para la historia. Estoy intentando no caer en ambigüedades ni contradicciones conmigo misma, así que, como siempre, si veis algo que chirríe o que yo no esté viendo, os agradeceré muchísimo que lo dejéis en comentarios.

En este capítulo, por fin, se desvela quién es el misterioso Baltasar Greaves. Para crearlo me he inspirado, lo reconozco, en una especie de Vito Corleone en versión vampírica. Algo así cruzó por mi cabeza mientras lo escribía. Tengo debilidad por este tipo de personajes: figuras que no necesitan alzar la voz para imponer respeto.

Originalmente se llamaba Salazar Greaves —nombre que me gusta más, todo sea dicho—, pero como Salazar ya lo tiene Slytherin, decidí cambiarlo. No me gusta repetir nombres importantes dentro del mismo universo.

Además, aquí entramos de lleno en un terreno que, a nivel de lore, me fascina: la magia antigua, el Departamento de Misterios… ¿qué demonios es realmente ese lugar? ¿Y las profecías? ¿Cuánto hay de verdad en ellas? ¿Hasta qué punto debes creerlas? ¿Puedes ignorarlas? Creo que son preguntas mucho más metafísicas de lo que el canon plantea en un primer momento, pero a mí me atraen muchísimo. Ese ambiente entre el misterio, el peligro, lo místico y lo que hay más allá es justo lo que quería transmitir con Greaves: alguien que ha visto demasiado y para quien el mundo terrenal ya no tiene nada nuevo que ofrecer.

Dicho esto, os confieso que mi parte favorita del capítulo —y con la que más me he reído, porque ya sabéis que me encantan las tonterías— es la conversación desenfadada entre Tonks y Lupin sobre sus anécdotas del pasado. Para que lo sepáis, la inspiración de las cuatro gallinas asesinas de lobos cachorro viene directamente de Los pingüinos de Madagascar. Como veis, no me invento nada: reciclo sin pudor cosas que me gustan.

En fin. Espero que el esfuerzo haya valido la pena y que el capítulo os haya gustado. Ya os avisé, pero lo recuerdo: esto va a ser largo. Muy largo.

Pero creo —y espero— que os gustará.

Hasta la próxima!

Podéis ver la ilustración del capítulo en mis redes —pasad por Instagram, Tumblr o TikTok.

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