Capítulo 27

No bajes nunca la varita, ni siquiera con los cuentos

El aire vibraba con la intensidad de los hechizos en la sala de entrenamiento del Ministerio.

Tonks saltó hacia un lado, esquivando por los pelos un destello plateado que pasó zumbando cerca de su hombro.

Se levantó de un brinco, jadeante, y lanzó su contraataque.

—¡Expulso!

El hechizo salió disparado, pero Kingsley lo esquivó con rapidez, girando sobre sí mismo.

Tonks frunció el ceño, intentando descifrar el movimiento.

Era tan preciso. Tan limpio. Tan… eficiente.

Kingsley apenas parecía esforzarse y, sin embargo, su cuerpo se movía con la exactitud de un bailarín en combate.

Esa forma de moverse… Solo la había visto en otra persona, otro auror.

—¿Cómo demonios haces eso? —preguntó, sin poder evitarlo.

Kingsley detuvo su avance y la miró con una ceja alzada.

—¿Hacer qué?

Tonks señaló su postura, el ligero balanceo de su peso sobre los talones, la forma en que sus movimientos parecían casi instintivos.

—Eso. Esos giros, esa rapidez. Te mueves igual que Moody.

Kingsley esbozó una leve sonrisa.

—Fue él quien me lo enseñó.

Tonks resopló, agotada.

—Eso lo explica.

Con un suspiro, se dejó caer en el primer peldaño de la escalera que conducía fuera de la sala, dejando caer la cabeza hacia atrás.

Kingsley la observó por un momento antes de sentarse a su lado con esa elegancia impasible que siempre parecía acompañarlo.

—No te desanimes. Es difícil al principio.

Le pasó una botella de agua que Tonks aceptó.

—No me desanimo —contestó ella, enderezándose—. Es solo que me pregunto…

Dudó un instante mientras jugaba con el tapón de la botella y luego lo miró con curiosidad.

—Kingsley, ¿qué le pasó a Moody? ¿Por qué tiene esas cicatrices, le falta una pierna y tiene un ojo mágico?

Kingsley entrecerró los ojos, curioso.

—¿Nunca te lo ha contado?

—No. Y la verdad es que nunca me lo había preguntado… hasta Azkaban —murmuró, bajando la voz al recordar aquella charla frente al mar—. Ahora no puedo quitármelo de la cabeza.

Kingsley respiró hondo, como el que se prepara para contar una leyenda. Se acomodó sobre el escalón.

—Supongo que habrás oído historias…

—Claro que he oído historias —dijo ella, abrazando sus rodillas y apoyando la barbilla sobre ellas—. Son las historias que se susurran entre los cubículos cuando pasa Moody, cuando alguien de otro departamento viene de visita o en las pausas del café con los novatos. A cuál más estrambótica. No sé qué creer…

Kingsley no respondió de inmediato. Apoyó los antebrazos en las rodillas, entrelazó los dedos con una lentitud deliberada, como si seleccionara con cuidado cada palabra antes de liberarla.

—Bueno… no es que yo lo sepa con certeza —dijo al fin, con voz grave—. Pero desde luego, fue toda una epopeya.

Tonks alzó la mirada, expectante. Kingsley desvió los ojos hacia el suelo, pensativo, y luego inspiró hondo, como quien se prepara para algo grande.

—Hace años, durante una misión clasificada, Moody se enfrentó a un mago oscuro cuyo nombre… ya nadie se atreve a pronunciar.

Tonks se irguió un poco más. Estaba tan absorta en la historia que ni siquiera parpadeaba.

Kingsley ladeó la cabeza, como si viera la escena ocurrir ante él.

— Había tomado una fortaleza escondida en Escocia junto a un ejército de inferi. Dentro, un grupo de magos rebeldes, prisioneros, aguardaban la muerte. No había refuerzos. No había plan de escape. Solo Alastor Moody… y su varita.

Tonks sintió un nudo en el estómago.

—¿Y qué hizo?

Kingsley la miró con seriedad. Sus ojos parecían dos piedras oscuras. Fijas. Implacables.

—Lo que hace Moody —murmuró con firmeza—. Avanzar.

La palabra cayó entre ellos con todo su peso, como una sentencia. O una condena.

Kingsley cerró los ojos. Hizo una pausa.

Lenta.

Respetuosa.

—El suelo era un lodazal de huesos y sombras —continuó—. A cada paso, los inferi se alzaban, intentando arrastrarlo al abismo. Pero él no se detuvo. Lanzaba fuego con una mano y maldiciones con la otra. Derribó a docenas, quizá cientos. Pero eran demasiados.

—¿Y logró abrirse paso? —susurró Tonks, casi temiendo la respuesta.

Kingsley se inclinó apenas hacia ella, como si la gravedad misma le empujara.

—Le mordieron. Se le aferraron a la pierna, lo hundieron en el barro, lo desgarraron. El rostro. El pecho. El cabello arrancado. El ojo…

Tonks sintió un escalofrío seco, como una ráfaga helada por la nuca.

—¿Su ojo…?

Kingsley asintió lentamente, sin apartar la mirada.

—Un inferius se lo arrancó de un zarpazo. Pero ni así cayó. ¿Sabes lo que hizo después?

Ella negó con la cabeza, conteniendo el aliento.

Kingsley se acercó apenas, en un gesto contenido, casi ritual.

—Le mordió primero.

Tonks parpadeó.

—¿Qué?

Una pausa.

—Le mordió la cara —repitió, con la voz tan serena como seca—. Tan fuerte, tan inesperado, que el inferi lo soltó.

Entonces se incorporó y caminó unos pasos, dándole la espalda.

—Al final, después de perder la pierna, el ojo y quedar cubierto de heridas, Moody dejó un ejército vencido a su espalda. Llegó a la fortaleza y arrastró a los prisioneros hasta la salida. Los salvó a todos. Solo. Porque es Moody. Aunque… en ese momento, ya no quedaba gran cosa de él.

El silencio se asentó como un manto espeso.

Tonks se quedó quieta, procesando. La historia aún resonaba en su mente cuando alzó la vista y notó la media sonrisa en los labios de Kingsley.

Él la observaba con una ceja alzada.

—Me estás tomando el pelo —murmuró, entornando los ojos.

Kingsley soltó un bufido, que al parecer, llevaba rato conteniendo.

—Claro que te estoy tomando el pelo, novata.

Antes de que pudiera soltarle un improperio, se acercó a ella y le tendió la mano.

—En guardia, Tonks. No bajes nunca la varita, ni siquiera con los cuentos.

Ella soltó una carcajada mientras aceptaba su mano.

—Juro que algún día aprenderé a no creerte.

—Y yo espero que no lo hagas —dijo él, con una sonrisa torcida—. Sería mucho menos divertido.

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Tonks salió de la sala de entrenamiento con una sonrisa incrédula en los labios y la varita aún vibrante en el bolsillo.

La risa de Kingsley aún le zumbaba en los oídos cuando salió por la puerta principal del Ministerio. Negó con la cabeza, divertida.

—¿Cómo he podido tragarme esa historia de los inferi?

Fuera como fuese, era demasiado buena como para no compartirla.

Cuando cruzó el umbral de Grimmauld Place, Tonks no se esperaba presenciar otro tipo de combate: cucharones danzando, harina suspendida en el aire como niebla mágica, y un Sirius Black con expresión de pánico frente a una cazuela que burbujeaba de forma sospechosa.

—¿Qué estás haciendo, Black? —preguntó, apoyándose en el marco de la puerta con su tono más burlón.

Sirius no se giró de inmediato, pero su voz se hizo oír por encima de los burbujeos, con un deje de dignidad fingida.

—Intentando cocinar algo mínimamente decente por mi cuenta ¿Y tú? —añadió, sin dejar de agitar la cuchara, como si imitar a Molly Weasley bastara para que lo-que-fuera-aquello saliera mejor.

—¿Cocinar? —Tonks soltó una risita y se acercó unos pasos, esquivando un charco de leche—. ¿Molly ya te ha dado permiso para usar utensilios sin supervisión?

—No empieces —resopló él, entre resignado y divertido—. Lo intento, ¿vale? El caldero aún no ha explotado.

—Todavía… —comentó ella, echando un vistazo al contenido espeso y de color indefinido que borboteaba como una poción en mal estado.

Sirius frunció los labios.

—Era sopa de cebolla. Lo juro.

—¿Te ayudo? —se ofreció Tonks, conteniendo la risa.

—Bah —dijo él, restándole importancia con un gesto de la mano—. Más bien, sube a ver a Remus. No se encuentra muy allá. Está arriba, en mi cuarto, con Buckbeak.

Un destello de preocupación cruzó su rostro antes de que ella pudiera disimularlo tras una sonrisa suave.

—De acuerdo —respondió ella, con un tono más bajo, y se dio la vuelta.

Sirius la siguió con la mirada mientras se alejaba hacia el recibidor.

Un instante después, se oyó un estruendo, seguido de una maldición apagada y los gritos histéricos de su madre.

—¡Perdón! —gritó Tonks desde el pasillo.

Sirius apartó la vista del caldero, arqueando una ceja con sorna.

—El maldito paragüero… — murmuró Tonks.

A través de la puerta entreabierta, se oyeron unos pasos apresurados, el chirrido de unas cortinas pesadas al cerrarse, el golpe de algo siendo recolocado a toda prisa… y luego el eco de pies que subían corriendo la escalera.

—Dile que le subiré sopa —gritó Sirius, aunque ya no le escuchaba nadie.

Se quedó un momento en silencio.

Después bajó la vista de nuevo al caldero, que burbujeaba con aire siniestro, y siguió removiendo.

Sonrió con calidez:

—Lunático… maldito suertudo.

Tonks subió las escaleras con más prisa de la necesaria.

Se detuvo frente a una de las puertas y, tras un breve respiro, golpeó suavemente antes de entrar.

Remus estaba sentado en un sillón desvencijado, con un libro abierto sobre las rodillas y Buckbeak a sus pies. El hipogrifo, con las alas plegadas y los ojos cerrados, parecía percibir el malestar de su compañero y se acurrucaba cerca de él, como si intentara ofrecerle calor.

Él alzó la vista al verla. Su sonrisa fue débil, pero cálida.

Tonks no dijo nada al principio. En lugar de eso, se inclinó con una reverencia teatral hacia Buckbeak. El hipogrifo la examinó unos segundos antes de corresponder el gesto con solemnidad.

—¿Cómo estás? —preguntó ella en voz baja, incorporándose.

—Bien. Solo un catarro —respondió Remus con calma, aunque sus ojos dejaban entrever un cansancio más profundo.

Tonks lo observó en silencio, con escepticismo.
Pero no insistió.

En lugar de eso, dejó que la mirada se le perdiera por la habitación.

Se fijó primero en el viejo estandarte de Gryffindor que colgaba de la pared, descolorido por los años y lleno de polvo.

Después, caminó lentamente hacia el escritorio bajo la ventana. Estaba lleno de libros apilados con cierto desorden: algunos abiertos, otros marcados con trozos de pergamino arrugado. Alzó una ceja y rozó con los dedos uno de los títulos, sonriendo.

—Yo también tenía este —dijo en voz baja, alzando un ejemplar raído de Transformaciones Avanzadas para los Niveles SUPERIOR. Hizo una mueca divertida—. Aunque no creo haberlo abierto tantas veces como seguramente hiciste tú.

Remus dejó escapar una sonrisa ladeada sin decir nada.

—Y este —siguió Tonks, hojeando otro con páginas torcidas por la humedad— Animales Fantásticos en el Aula. Vaya, este sí que lo usábamos todos. Recuerdo que el mío acabó con restos de pluma de fwooper pegados en la tapa.

Pasó los dedos por el lomo de otro par de volúmenes más mientras se acercaba a la otra pared.

Allí, los colores cambiaban.

El aire parecía más joven, congelado en el tiempo.

Varias fotografías estaban clavadas con chinchetas torcidas, y entre ellas, se asomaban los pósters de motocicletas y chicas muggle que se despegaban por las esquinas.

Tonks ladeó la cabeza, entre divertida y curiosa.

—¿Esta era la habitación de Sirius? —preguntó sin volverse aún.

—Sí —respondió Remus, rodando los ojos—. Ahora es la suite de Buckbeak.

—Estoy segura de que Buckbeak aprecia los cuerpos muggles en bikini tanto como su antiguo dueño —bromeó Tonks, alzando una ceja hacia el hipogrifo.

Buckbeak carraspeó como si se diera por aludido y, con un gesto lento, le rozó la pierna con el pico.

Tonks rió suavemente. Sin decir nada más, se dejó caer en el suelo, cruzando las piernas junto al sillón donde estaba Remus. Con delicadeza, acarició la cabeza del hipogrifo.

Entonces la vio.

Detrás de él, colgando de la pared, había una fotografía enmarcada, descolorida, pero viva.

Cuatro muchachos jóvenes llenos de energía, vistiendo el uniforme de Hogwarts y con esa sonrisa irrepetible que solo se tiene a los once años.

James agitaba la mano hacia la cámara, Peter parecía a punto de tropezar, Sirius mostraba su sonrisa más descarada y Remus… tenía exactamente la misma expresión con la que ahora la observaba: cálida, contenida, con una sombra de melancolía que parecía haber nacido con él.

Tonks llevó la vista hacia él, pero no dijo nada.

Remus también estaba mirando la fotografía.

—Han pasado tantos años… —murmuró, más para sí que para ella— y aún pienso en ellos como cuando teníamos once.

Alzó la mano muy despacio, sin llegar a tocar la imagen. Solo la rodeó con los dedos, sintiéndose invadido por la memoria de esos días.

Sirius y James brillaron con luz propia desde el primer momento.

No solo por su linaje de sangre pura o la educación mágica que traían de casa, sino porque poseían un magnetismo natural que los hacía destacar sin esfuerzo. La magia fluía en ellos con la misma facilidad con la que respiraban; sus varitas parecían una extensión de sus manos, y su talento era innegable.

Pero no era solo su habilidad mágica lo que los hacía destacar.

Enseguida, ambos fueron conocidos, no solo por su destreza, sino también por sus travesuras.

Siempre había algo en marcha, un nuevo plan o una broma genial.  

No era solo que fueran buenos amigos, sino que parecía que tenían una especie de sincronía entre ellos.

James y Sirius eran dos fuerzas de la naturaleza. Eran audaces y libres. Como si el mundo estuviera hecho a su medida, las normas fueran meras sugerencias que podían ignorar a voluntad y las consecuencias, una extensión de la diversión.

Por su parte, Peter y él, aunque al principio parecían reacios a unirse, pronto se vieron arrastrados a su órbita. Y aunque fingían protestar, en el fondo acababan disfrutando más de lo que admitían.

Al principio, Remus intentó mantener las distancias, temiendo que su secreto se interpusiera entre ellos.

Pero la risa de James y Sirius era contagiosa. Su lealtad, inquebrantable. Y, sin darse cuenta, Remus se encontró riendo a su lado, participando en sus locuras, disfrutando de una normalidad que nunca creyó posible para alguien como él.

A menudo eran descubiertos con las manos en la masa —sobre todo por la severa profesora McGonagall o el malhumorado Argos Filch—, pero incluso entonces, más que molestarse, acababan riendo. Entre castigos y reprimendas, impunes o no, pero siempre juntos.

Sin darse cuenta, Remus soltó un suspiro.

Tonks sonrió, notando la melancolía en el ambiente.

Entonces se atrevió a preguntar algo que llevaba rato rondándole la mente. Su voz fue baja, como si temiera romper la atmósfera:

—Hay algo que no entiendo, y es… ¿cómo fuiste a Hogwarts siendo un licántropo? Es decir… —empezó a explicar, pero Remus negó suavemente con la cabeza.

Había entendido perfectamente la pregunta.

Remus cerró los ojos un instante, volviendo a sus recuerdos.

A una tarde a finales de septiembre de su primer curso, cuando salieron a pasear por los terrenos, y se alejaron un poco más de lo debido. Algo en la lontananza les había llamado la atención.

—Mirad, han plantado un sauce boxeador — dijo Peter, señalando el árbol que, al notar su presencia, alzó sus ramas con furia, como si quisieran golpearles.

James y Sirius se acercaron de inmediato, fascinados por la agresividad de la criatura, riendo como si fuera un desafío más, una invitación a probar su suerte.

Pero Remus no rió.

Él sabía por qué estaba allí.

Se lo había contado Dumbledore.

Aquel árbol inmenso y violento no estaba allí por casualidad. Su función era ocultar y proteger la entrada de un pasadizo secreto, uno que Remus utilizaría muchas veces durante su estancia en Hogwarts.

Era la manera de llegar a una casa vieja y destartalada de Hogsmade para que pudiera darse su transformación en condiciones de máxima seguridad y lejos de las miradas ajenas.

El plan era el siguiente:

Cada tarde previa a la luna llena, Madame Pomfrey, la enfermera del colegio, iría a buscarle al anochecer. Juntos atravesarían el terreno hasta el sauce boxeador, que se detendría cuando ella tocara el nudo exacto de su tronco.

Entonces, acompañaría a Remus a través del pasaje subterráneo, y le dejaría en la mansión abandonada, lanzando un encantamiento sobre la abertura para cerrarla desde fuera.

Ella regresaría al castillo, y no volvería hasta el amanecer, cuando la luna ya se hubiera desvanecido del cielo.

Y así fue.

Remus se despertó en el suelo tras recuperar su forma humana, acurrucado en un rincón, desnudo, con las manos ensangrentadas y el cuerpo temblando de frío y dolor.

Apenas tuvo fuerzas para incorporarse cuando Madame Pomfrey llegó y lo envolvió en una manta.

Luego, le ofreció una poción revitalizante y una rana de chocolate. Cuando recuperó algo de fuerza, ella lo ayudó a caminar de vuelta al castillo, por el angosto túnel que horas antes habían recorrido.

Aquella primera transformación en Hogwarts fue tan terrible como siempre: mismo dolor, mismo malestar, misma culpa.

Hasta que ocurrió algo inesperado.

Esa misma tarde, después de las clases, James, Sirius y Peter aparecieron en la enfermería para visitarlo. Sólo sonreían, y James, con esa familiaridad que le caracterizaba, se sentó al pie de su cama.

Remus se incorporó enseguida, algo compungido. No esperaba verlos allí.

— Hemos preguntado por ti y McGonagall nos ha dicho que estabas enfermo — explicó James, sonriendo de una forma que reflejaba una mezcla de preocupación y diversión — Así que hemos venido a verte

—Y a traerte chucherías —añadió Peter, subiendo a la cama como si fuera un sofá y dejando caer varios paquetes de colores sobre el regazo de Remus.

—Estábamos preocupados —dijo Sirius con total naturalidad—. Podrías habernos dicho que te encontrabas mal.

Sin más explicaciones ni preguntas, se acomodaron a su alrededor, abrieron las golosinas y empezaron a charlar como si aquel día no fuera distinto a cualquier otro.  

Pronto, la habitación se llenó de risas, historias y bromas.

Sirius se burlaba de Peter por su incapacidad para comer sin mancharse de chocolate, y Peter, rojo como un tomate, le respondía con una mirada indignada, que solo provocaba más carcajadas.

Y sí, Remus se recordaba a sí mismo riendo tanto que casi perdió el equilibrio y estuvo a punto de caer de la cama, lo que desató un estruendo aún mayor.

Aquella fue la primera convalecencia en la que no estuvo solo.

Pensó en cómo, por primera vez, la risa le alivió más que cualquier poción.

Sus huesos no dolían tanto, sus músculos estaban menos tensos. Incluso las heridas de la piel parecían sanar antes.

Y, por una vez, en sus ojos no brillaban lágrimas de culpa ni resignación. Solo de alegría.

El silencio que siguió a su historia fue tranquilo, solo interrumpido por la respiración pausada de Buckbeak a sus pies.

Cuando Remus volvió los ojos hacia Tonks, ella seguía sentada en el suelo, con la barbilla apoyada en una mano, mirándolo.

Había escuchado cada palabra sin interrumpir, y sin intentar rellenar el vacío con frases hechas o gestos incómodos.

Solo estaba allí. Presente. Y en sus ojos no había rastro de lástima ni condescendencia. Solo comprensión profunda.

Entonces, ella sonrió, despacio, como si entendiera perfectamente lo que él no decía.

—Menudo escándalo se armaría si tus alumnos descubrieran que el profesor Lupin tiene una peligrosa debilidad por las chuches… y por el Whisky de Fuego a edades tiernas e impresionables —susurró Tonks, con un brillo travieso en la mirada.

Remus alzó una ceja, divertido, aunque su expresión se nubló enseguida.

—Dudo que quieran imaginar a su profesor como alguien que…

—¿…que se reía hasta casi caerse de la cama en la enfermería? —completó ella con picardía, como si pudiera espantar la melancolía de un soplido.

Él negó con la cabeza, pero su sonrisa le traicionó.

Tonks lo observó con una expresión cálida, como si de verdad pudiera verlo entero: no solo como el hombre reservado que era ahora, sino también como el muchacho que había sido.

Buckbeak, carraspeó suavemente y frotó el pico contra la pierna de Remus, reclamando atención. Este parpadeó, aún con media sonrisa, y acarició al hipogrifo con cariño antes de volver a mirar a Tonks.

—¿Y qué me dices de Sirius? ¿Es cierto que está intentando cocinar?

Tonks dejó escapar una risa breve.

—Sí. Y me atrevería a decir que ha puesto toda su alma en no incendiar la cocina.

Como si hubiese estado escuchando detrás de la puerta, Sirius apareció en ese momento, con una taza humeante entre las manos.

Al verlos, se detuvo un instante, contemplando la escena: Remus hundido en el viejo sillón, Buckbeak a sus pies, y Tonks sentada en el suelo, apoyada en la pared, con los ojos aun brillando de risa.

—Vaya —comentó, con sorna —. No recuerdo haber tenido tanta compañía en mi habitación de la infancia.

Se acercó a Remus y le tendió la taza.

—Sopa. De cebolla —anunció con fingido orgullo, antes de mirar de reojo a Tonks—. Y sí, para tu tranquilidad, la cocina sigue en pie.

Tonks soltó una carcajada desde el suelo.

Sirius se acomodó sobre el brazo del sillón, y no pudo evitar mirar a su viejo amigo con atención. Remus tenía mejor color y una expresión más relajada. Le lanzó una mirada fugaz a Tonks y sonrió para sí mismo. Estaba seguro que la visita de la auror había tenido algo que ver.

Comenzaron a charlar de tonterías: desde lo desordenada que seguía estando la casa de los Black hasta las hazañas culinarias de Sirius, que, según él, eran dignas de reconocimiento.

—La verdad es que la sopa está más buena de lo que esperaba — concedió Remus, mirando a su amigo

—He hecho sopa yo solito —declaró Sirius con ceremonia—. Para alguien tan intrépido como yo, eso ya es un logro heroico.

—Un monumento deberíamos hacerte —se burló Tonks, llevándose la mano al corazón.

—Cada día lo veo más cerca. Mi restaurante, “El Caldero de Canuto”.

Tonks soltó una carcajada y Remus negó con la cabeza.

Sirius se dejó caer en su antigua cama con un gesto grandilocuente y, tras una pausa breve, miró a su prima.

—¿Qué tal el entrenamiento con Kingsley?

Tonks se enderezó y sonrió de lado. Casi lo había olvidado.

—Muy revelador, en realidad —dijo con aire enigmático—. Hoy descubrí el motivo por el que Alastor Moody es… como es.

Ambos hombres alzaron las cejas, interesados.

—¿Ah, sí? —preguntó Remus, dirigiendo los ojos hacia ella.

Tonks se inclinó hacia adelante, como si fuera a compartir un secreto de Estado.

—Al parecer, cuando era joven, tuvo un encuentro terrorífico con unos Inferi.

Hizo una pausa dramática, disfrutando del momento, y empezó el relato, haciendo uso de su tono más solemne.

Pero para su sorpresa, antes de llegar siquiera a la mitad de la historia, Sirius soltó una carcajada incrédula, y Remus le lanzó una mirada entre divertida y escéptica.

—Nos estás tomando el pelo —dijo Lupin.

—¡Ni siquiera me habéis dejado terminar! —exclamó Tonks, indignada.

Sirius se reía ya sin disimulo.

—Tonks, por favor —dijo, mirando a Remus, que ya sonreía abiertamente—. Vas a tener que hacerlo mejor si quieres engañarnos.

Ella cruzó los brazos, fingiendo ofensa, aunque su sonrisa era inevitable.

—Vale, me habéis pillado —cedió Tonks, encogiéndose de hombros—. Pero vamos, Buckbeak sí que me creía, ¿a que sí?

El hipogrifo, como si entendiera, inclinó la cabeza hacia ella con un carraspeo grave. Tonks se inclinó para acariciarle el plumaje con una sonrisa complacida en los labios.

Sirius se rió, pero Remus la observaba. Se sorprendió a sí mismo siguiéndole el gesto con más atención de la que pretendía. En la forma en que sus dedos se deslizaban por las plumas, en la risa suave que le nacía al sentirse aceptada por el hipogrifo, había algo profundamente cautivador.

Y de pronto, una punzada inexplicable le atravesó el pecho. ¿Estoy celoso de un hipogrifo? pensó, entre asombrado y molesto consigo mismo.

—¿Estás bien, Remus? —preguntó Tonks de pronto, alzando la vista hacia él. Le pilló completamente desprevenido.

—¿Qué? Sí, claro —respondió apresuradamente a la vez que notaba como un calor que nada tenía que ver con la sopa subía por su cuello —. Es solo que… me sorprende. Buckbeak no suele aceptar a la gente tan fácilmente.

—Ya os dije que le caería bien —dijo Tonks, con una sonrisa radiante. Le guiñó un ojo antes de volver a concentrarse en el hipogrifo.

Buckbeak, como queriendo subrayar su favoritismo, lanzó un nuevo carraspeo y clavó en Remus una mirada firme, casi territorial.

Sirius estalló en carcajadas.

—¡Vaya, Remus! Creo que has sido oficialmente destronado.

—Tonterías… —murmuró Remus, intentando sonar indiferente. Pero una sonrisa, tenue y sincera, se dibujó en sus labios.

—Sí, sí, lo que tú digas —replicó Sirius divertido, alzando las manos en gesto de rendición—. Pero ya tenemos nuevo favorito.

Tonks negó con la cabeza, divertida, y siguió acariciando a Buckbeak.

Remus se obligó a relajarse.

Era absurdo sentirse celoso de un hipogrifo y, sin embargo, al verla así —tan feliz, tan luminosa—, se sorprendió a sí mismo deseando ser el motivo de una de esas sonrisas.

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La casa volvió al silencio.

Sirius, con un bostezo dramático, se había retirado jurando necesitar “doce horas de sueño para reponerse de tanto talento culinario”.

Tonks, después de acariciar una vez más a Buckbeak, se despidió con una de esas sonrisas que parecían quedarse flotando en el aire.

Remus no volvió al libro.

Pero siguió allí sentado durante un rato, con la taza vacía entre las manos, sintiendo cómo el calor se disipaba.

Miró a Buckbeak, que dormía profundamente en su rincón favorito.

El condenado hipogrifo.

Había sido la chispa de aquella sensación incómoda que ya conocía: la misma punzada que sintió con Bill.

Se acordó de aquel día. Cuando sintió celos al pensar que podía haber algo más entre Tonks y Bill, y luego en la ligereza inesperada al descubrir que no era así. También en las risas del día siguiente, cuando Tonks y él trataron de convencer a Molly de que no se interpusiera en la vida amorosa de Bill. Ni de ninguno de sus hijos.

Miró el rincón junto al sillón, donde ella había estado sentada aquella tarde, cuando había llegado para hacerle compañía, escuchar sus recuerdos, y obligarle a reír.

Tonks era de aquellas personas que siempre están, y lo había demostrado en más de una ocasión.

Su mente retrocedió a aquella noche en que le había contado su naturaleza de licántropo. Entonces había esperado una reacción diferente: desconcierto, vacilación o incluso rechazo.

Pero lo que recibió fue inesperado. Tonks le ofreció un toque de humor, algo que no solo no fue inapropiado, sino que alivió mucho más el peso de sus propias palabras que cualquier consuelo o lástima.

“Vaya”, había dicho ella. Simplemente. Como si él le hubiera contado que su dulce favorito era el chocolate.

Y entonces llegó esa sonrisa: abierta, cálida, desarmante.

Una sonrisa que hizo que las palabras de su confesión, tan solemnes y pesadas, se disiparan en el aire como si nunca hubieran sido pronunciadas.

Tras mucho tiempo, se sintió… ligero, visto, aceptado.

La sensación lo transportó a los años en Hogwarts, cuando sus amigos se hicieron animagos para acompañarlo en sus noches más oscuras.

Aquella camaradería, ese gesto de aceptación absoluta, había sido vital para él.

…pero lo que sentía ahora, aunque se podía parecer, no era lo mismo.

Esto no era compañerismo.

No era el tipo de amistad que había compartido con Sirius, James o incluso Peter en los días más brillantes de su juventud. Había algo más, algo infinitamente más sutil, más profundo.

Con cada sonrisa que Tonks le ofrecía, con cada mirada que compartían, sentía un calor diferente y a la vez familiar.

Más bien, Tonks le recordaba a Lily.

Lily, a quien había querido de una forma tan intensa que nunca había imaginado que fuera posible. Aquel amor había sido platónico, un amor de almas amigas, una profunda devoción, pero que nunca había cruzado la línea del afecto romántico.  

Volvió a pensar en aquella punzada.

¿Celos? Era una palabra que prefería no usar.

Pero eso había sentido también con Lily, mucho tiempo atrás. No por amor romántico, sino por miedo a perder su lugar.

Recordaba cómo le incomodaba ver a Snape junto a ella, o más tarde, a James. No porque no los apreciara — incluso a Snape le apreciaba un poco, aunque fuera muy en el fondo—, sino porque temía que Lily, tan brillante y querida, se alejara de él.

Que dejara de verlo.

Que dejara de ser alguien para ella.

Pero eso no ocurrió. Lily nunca le relegó. Siempre lo buscó. Y él siempre tuvo un lugar a su lado.

Quizá eso mismo le pasaba ahora con Tonks.

Quizá era normal sentirse así cuando alguien le importaba.

Quizá Tonks le recordaba a Lily, y por eso sentía esa necesidad de permanecer cerca de ella.

Porque eso eran los celos, nada más: una vieja costumbre de cuidar a quienes le importaban.

Y Tonks… Bueno. Estaba claro que ella le importaba.

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El aire en la sala de entrenamiento del Ministerio estaba impregnado con el olor a hechizos recién lanzados y el leve eco de duelos recientes.

Tonks respiraba con rapidez, aún con la adrenalina del último ejercicio recorriéndole las venas, cuando Kingsley agitó su varita y, con un leve estallido de magia, aparecieron dos sillas frente a ellos.

Se sentó con su elegancia habitual y señaló la otra silla con la cabeza.

—Vamos a empezar con la oclumancia.

Tonks alzó una ceja

—Pero eso ya o hicimos, ¿no? — preguntó ella — Cuando me enseñaste a defenderme de los dementores en Azkaban.

Kingsley asintió

—Sí, efectivamente. Pero eso solo es el nivel más inicial de la oclumancia.

Tonks frunció el ceño.

—¿Quieres decir que aún se vuelve más difícil? No me respondas —añadió, al ver la expresión de Kingsley—. Tu cara lo dice todo.

Sin añadir nada más, se dejó caer en la silla con un leve resoplido y miró a su mentor.

—Aparte del entrenamiento que hicimos… ¿qué sabes de la Oclumancia y la Legilimancia? —preguntó Kingsley.

Tonks reflexionó un momento, pero no es que supiera mucho. Se encogió de hombros.

—Lo que nos enseñaron en el último año en Hogwarts.

Kingsley la observó con paciencia, esperando.

—Aunque… bueno, digamos que no era mi fuerte —admitió ella, con una medio sonrisa.

Él dejó escapar una breve risa grave.

—No me sorprende. Eres muy expresiva. Es difícil ocultar los pensamientos cuando todo lo que sientes se refleja en tu cara.

Tonks torció el gesto.

—Y en mi pelo —dijo ella. Aunque le gustaba aquel aspecto de sí misma, la hacía muy transparente, y muy mala para el arte de la Oclumancia.

Kingsley cruzó las manos sobre las rodillas, paciente

—No es fácil. Yo tardé años en dominarla, y la clave es la práctica constante. Un poco cada día.

Tonks suspiró y se enderezó en la silla.

—¿Sabes exactamente qué es la oclumancia?

—Bueno, es proteger la mente de intromisiones externas ¿no? —respondió ella sin dudar.

—Correcto. Pero es más que eso —Kingsley se inclinó ligeramente hacia adelante — Hay tres niveles en la Oclumancia, y los vas a necesitar todos. Pero hoy nos centraremos en el segundo.

Tonks asintió despacio.

—El primer nivel —explicó él— es contra presión pasiva. Como lo que viviste en Azkaban. Los dementores no buscan tus pensamientos, pero presionan. Su mera presencia trata de colarse. Cuanto más dementores, más presión, cuanto más cerca de ti, más presión.

Kingsley hizo una breve pausa antes de continuar

—La defensa ahí es levantar un muro. Sólido. Imperturbable. Como una fortaleza de silencio. Si logras aislarte, puedes pensar con claridad, incluso conjurar un Patronus. Tú lo hiciste. Que no es poca cosa.

—Y aun así me pareció una tortura —murmuró ella, aunque no pudo ocultar un atisbo de orgullo.

Kingsley asintió, con un brillo serio en la mirada.

—Lo es. Pero lo superaste. El segundo nivel es otra historia: defensa frente a una intrusión activa, despierta. Alguien intenta leer tu mente, entrar, encontrar algo. Ahí, el muro ya no basta.

—Eso ya suena peor —susurró Tonks.

—El tercer nivel es peor aún. Defensa en el sueño. Tu mente está abierta. Las barreras conscientes están abajo. Si alguien logra entrar ahí, puede manipular lo que ves, lo que sientes. Y muchas veces ni siquiera sabrás que no es real.

—¿Y se puede evitar?

—Con un dominio profundo del segundo nivel, sí. Pero aun así no es infalible. A veces, tus propias emociones pueden abrir una rendija. A veces, el atacante sabe dónde tocar.

Tonks se quedó en silencio unos segundos. Kingsley sonrió, aportando algo de ligereza al ambiente, que se había vuelto tenso.

—No te preocupes, Tonks. Hoy, nivel dos.

—Vale. Nivel dos, entonces.

Kingsley se reacomodó y continuó con su explicación:

—Recuerda. Aquí el muro ya no basta. No se trata solo de cerrar la puerta a alguien que intenta leer tu mente, sino de controlarla. Ordenarla. Si tu mente es un libro abierto, cualquiera con suficiente habilidad podrá leer sus páginas. Pero si está en blanco, o si las palabras están mezcladas, no tendrán nada que encontrar. Debes armar un laberinto, una trampa. Pensamientos falsos. Disfraces. Imagina que estás ocultando una carta entre miles, y las barajas cambian solas de lugar.

Tonks frunció el ceño, asimilando la explicación.

—Así que no es solo echarlos fuera, sino darles la vuelta al laberinto.

—Exactamente —confirmó Kingsley con una leve sonrisa—. Pero antes de aprender a defenderte, primero tienes que acostumbrarte a la sensación de que alguien está en tu mente. Es como aprender a resistir el frío: primero tienes que saber qué se siente antes de poder soportarlo.

Ella tragó saliva.

—Vale, probemos.

Kingsley la miró con intensidad y, con voz serena, pronunció:

—Legeremens.

El mundo se tambaleó. Tonks sintió una presión en la cabeza, como si algo invisible empujara en su mente, hurgando entre sus pensamientos. Imágenes sueltas se agolparon en su conciencia: la cocina de su madre, la risa de su padre, la emoción de recibir la carta de Hogwarts…

Con un jadeo, apartó la vista y sintió cómo la presencia de Kingsley se retiraba.

—¿Has entrado?

—He entrado —confirmó él—. Vamos otra vez. Ahora, intenta bloquearme.

Kingsley repitió el hechizo. Esta vez, intentó bloquearlo, pero apenas pudo resistir antes de que él atravesara sus defensas con facilidad. Vio flashes de su primer día en el Ministerio, el momento en que lanzó su primer hechizo con éxito, la vez que tropezó con un escritorio frente a Scrimgeour…

—Otra vez —insistió.

Lo intentaron dos veces más antes de que Tonks se desplomara en la silla, exhausta y frustrada.

—Es normal —la tranquilizó Kingsley—. Antes de poder bloquear, primero tienes que acostumbrarte a la sensación de que alguien más está ahí. Tarde o temprano, te fluirá natural. Pero recuerda esto, Tonks: cuanto más ordenes tu mente despierta, más probabilidades tendrás de que se defienda sola cuando duermes.

Tonks asintió, con el rostro sudoroso y el orgullo algo magullado, pero los ojos brillando con determinación.

—Pues que se prepare tu mente. Porque mañana, este laberinto va a tener trampas.

Kingsley sonrió.

—Eso quiero ver, novata.

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NOTA DE AUTORA:

Hola a todos
Esta vez he publicado rápido… básicamente porque el capítulo ya estaba escrito

En este capítulo me apetecía explorar un poco más la oclumancia. Siempre he pensado que, en HBP, cuando Snape pregunta cuál es la mejor defensa contra los dementores, su respuesta es la oclumancia. Harry dice el Patronus (y tiene razón), pero Snape le suspende igualmente. Injustamente, claro. Aun así, me gusta la idea de que la oclumancia sea otra forma —más silenciosa, más mental— de resistirlos. No sustituye al Patronus, pero sí explica por qué algunos magos aguantan donde otros se rompen.

Supongo que, igual que la oclumancia se puede usar para defenderse contra varias entidades, el Patronus también…pero no os hago spoiler, ya llegaremos a eso :P.

También tenía muchas ganas de volver a los recuerdos de los Merodeadores. No como nostalgia gratuita, sino porque son el origen de muchas cosas que Remus arrastra todavía. Por cierto, estoy recopilando todas esas escenas en una historia aparte, solo con los fragmentos de los Merodeadores (y un poco de contexto antes y después), por si a alguien le apetece releerlas seguidas.

Como siempre, gracias por estar ahí y por leer hasta el final

Nos leemos entre líneas.

Podéis ver la ilustración del capítulo en mis redes —pasad por Instagram, Facebook, Tumblr o TikTok.

Os dejo todos mis links aquí:

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