Capítulo 28

No pienses que vas a perderme de vista

El sol se escondía lentamente tras las colinas, tiñendo el cielo de un ámbar profundo que se fundía con el violeta del anochecer.

Tonks llegó al punto de encuentro con pasos ágiles, envuelta en su capa de viaje, con las mejillas encendidas por el aire fresco. Su varita asomaba de su cinturón y su cabello, de un vibrante tono violeta oscuro, ondeaba levemente con la brisa.

—Vaya, justo a tiempo —gruñó Ojoloco Moody desde la sombra de un roble nudoso. Su ojo mágico giró en su órbita, observando cada rincón de los alrededores mientras su otro ojo, el normal, la miraba con aprobación.

Tonks rodó los ojos, pero su expresión cambió al instante cuando vio que no estaban solos. Un poco apartado, con las manos metidas en los bolsillos y el cuello del abrigo alzado contra el frío, estaba Remus Lupin.

—Remus —dijo ella, con sorpresa, pues no esperaba verle allí. 

—Nymphadora —respondió él con suavidad, con una leve inclinación de cabeza.

—Tonks —le corrigió ella automáticamente, aunque sin el fastidio habitual.

Moody carraspeó, impaciente.

—A partir de ahora, Tonks, te encargarás de visitar a las familias que protege la Orden —dijo sin rodeos—. Hasta ahora lo hacíamos Lupin y yo, pero él tendrá que ocuparse de otro tipo de misiones. Nos hace falta alguien más que preste apoyo.

Tonks asintió, profesional.

—Claro, contad conmigo.

Moody asintió satisfecho.

—Los guardianes del secreto de las casas somos Lupin y yo. Esta noche, él te enseñará las localizaciones. Yo tengo otro asunto que atender.

Tonks miró a Lupin con renovada emoción.

—Entendido.

Él le ofreció la mano para desparecerse juntos. Su palma estaba tibia, a pesar del aire helado.

Tonks entrelazó sus dedos con los de él sin pensarlo demasiado y, con un leve tirón, se desvanecieron en el aire.

………………………………………………………………………………………………..…….

El viento del anochecer agitó las briznas de hierba alta cuando ambos aparecieron en medio de un prado desierto. El cielo era un manto de azul profundo, teñido por los últimos vestigios del crepúsculo, y el aire olía a tierra húmeda y pinos lejanos.

Un camino apenas delineado entre la maleza se extendía frente a ellos, como un hilo perdido entre la vastedad del campo.

Tonks miró a su alrededor, intentando distinguir algo entre la penumbra. No se veía casa alguna, ni señales de vida.

—¿Dónde estamos? —preguntó en voz baja, como si temiera romper el silencio que los envolvía.

Remus se ajustó el cuello del abrigo antes de responder.

—Northumberland — respondió —. Cerca de los valles de Cheviot. Dumbledore nos indicó este punto para alojar algunas familias.

Tonks asintió, aunque el nombre no le decía gran cosa. Se encogió levemente en su capa y comenzó a caminar junto a él, sin prisa, dejando que la noche les envolviera en su quietud.

—¿Y a qué tipo de misiones te vas a dedicar ahora? —preguntó con tono casual, aunque la curiosidad le latía en el pecho.

Lupin tardó un instante en responder, como si seleccionara bien sus palabras.

—Dumbledore quiere que me infiltre entre los licántropos —dijo por fin—. Cree que los mortífagos intentarán reclutarlos, y quiere que yo esté allí para… contrarrestar esa influencia. Si es posible.

Tonks frunció el ceño.

—Los licántropos… —repitió en un murmullo, y una mueca se dibujó en su rostro antes de que pudiera contenerla.

Sabía que existían comunidades de hombres lobo dispersas por todo el país, grupos que se habían refugiado y vivían aislados en los márgenes del mundo mágico.

Sabía que muchos de ellos habían caído en la desesperación y la ira, resentidos con la sociedad que los apartaba, volviéndose crueles en respuesta al rechazo.

Sabía que no todos eran como Remus.

Y, por eso mismo, la idea de que él fuera a vivir con ellos la inquietaba. No pudo evitar sentir miedo por él.

Lupin, que no dejó pasar aquel gesto, esbozó una sonrisa apenas perceptible.

—No es tan terrible como imaginas —dijo con esa calma suya que siempre parecía envolverlo todo—. En realidad, ya he vivido entre ellos antes.

Tonks se giró hacia él.

—¿De verdad?

Él asintió, y su mirada se perdió en el horizonte, como si en su mente estuviera viendo un paisaje distinto, lejano en el tiempo.

—Después de la primera guerra mágica, cuando todo estaba… roto, por decirlo de algún modo, apenas encontraba trabajo. Me convertí en un paria entre los magos. No podía sostenerme en ninguna parte —explicó con voz tranquila—. Así que decidí probar suerte con ellos. Pasé una temporada viviendo entre distintos grupos de licántropos.

Tonks alzó las cejas, sorprendida. Aquella imagen de Remus le resultaba difícil de asimilar, sobre todo porque siempre lo había visto como alguien profundamente ligado al mundo mágico, a pesar de la discriminación que sufría.

—¿Y cómo fue? —preguntó ella, con cierto recelo.

Por la forma en que su ceño se frunció, la auror parecía imaginar un escenario sacado de una pesadilla: chozas frías en medio del bosque, charcos de agua estancada que nunca se secaba, penumbra, y, viviendo en en ella, figuras encorvadas y hostiles, miradas feroces, zarpas como cuchillas y noches interminables de violencia.

Lupin sonrió suavemente al captar su expresión.

—No fue una mala experiencia —dijo, con un destello de diversión en la voz.

Tonks le miró con escepticismo.

—¿No?

Lupin rodó los ojos, como si ya hubiese anticipado su duda.

—Te estás imaginando como si aquello fuera una batalla campal, llena de horrores y matanzas diarias

Tonks no pudo evitar sonreír.

Era exactamente lo que había pensado, aunque ahora le parecía absurdo admitirlo. Asintió, aceptando su ignorancia en el tema, y la sonrisa de Lupin se ensanchó apenas un poco, con ese matiz cálido y paciente que ella ya conocía bien.

—La mayoría de los licántropos no matan humanos por placer —explicó él, con un tono más serio—. No es como dicen los magos.

Tonks parpadeó, pensativa. Sabía que Lupin no era como el resto, pero nunca había reflexionado demasiado sobre los demás.

—La gente cree que los licántropos son monstruos todo el tiempo —continuó él, con una calma solemne—. Pero en su mayoría, son hombres y mujeres que han tenido la mala suerte de ser atacados. La mordedura no cambia la personalidad de un mago. No lo convierte en una bestia despiadada.

Calló por un momento, como si midiera sus palabras antes de continuar. Luego, dejó escapar un leve suspiro.

—Sin embargo, el prejuicio contra nosotros no dura solo las noches de luna llena. Dura siempre. Da igual que seas amable, responsable, inteligente… No importa si eres el mismo de siempre durante veintisiete noches al mes. La sociedad los rechaza sin importar qué tipo de personas fueron antes de la mordedura, o qué tipo de personas continúan siendo. Para ellos siempre son… seremos peligrosos.

Su voz sonó tranquila, pero Tonks pudo percibir el cansancio que se ocultaba tras ella. No era la primera vez que lo oía hablar de ello, pero cada vez que le escuchaba sentía una punzada de rabia e impotencia.

—¿Cómo sobreviven? —preguntó Tonks, con un deje de tristeza en la voz.

—Como pueden. Cazando animales. Cultivando pequeños huertos. Aferrándose a trabajos temporales mal pagados. Y, sobre todo, escondiéndose —respondió Lupin—. La mayoría viven en las montañas, lejos de los magos. No porque quieran, sino porque no tienen elección. En cuanto alguien descubre lo que son, los expulsan. Al final, es más fácil vivir solo o rodeado de tus semejantes.

Hizo una pausa antes de añadir, casi con un murmullo:

—Es lo que me ha pasado a mí muchas veces. Es el motivo por el que solo fui profesor un año en Hogwarts.

Tonks sintió un nudo en la garganta. Sabía que Lupin había sufrido por su condición, pero nunca se había detenido a imaginarlo de ese modo: un errante, siempre buscando un lugar donde encajar, solo para ser rechazado una y otra vez.

—¿Y por qué te fuiste de su comunidad? —preguntó en voz baja.

Lupin sonrió con tristeza.

—Porque nunca fui parte de ellos, no del todo —susurró—. Me eduqué en Hogwarts, entre magos, y siempre viví en su sociedad. Como un académico taciturno —añadió con un amago de sonrisa.

Tonks también sonrió. Así le había llamado ella en una ocasión, riéndose de su costumbre de rodearse de libros.

Lupin se subió más el cuello de su chaqueta, protegiéndose del aire frío que se colaba entre los árboles antes de continuar. Tonks le miró de reojo: Aún tenía el rostro pálido, y por la manera de hundirse en su abrigo que le hacía pensar que aún no se había recuperado del todo del catarro de la semana anterior.

—Siempre he estado entre los dos mundos, el de los magos y el de los licántropos. Pero no pertenezco a ninguno.

El peso de aquellas palabras la golpeó con fuerza, y antes de darse cuenta, una idea intrusiva se instaló en su mente. Si había vivido entre ellos antes… ¿significaba que planeaba volver a hacerlo?

Sintió un ligero mareo ante la posibilidad.

—Y ahora… vas a volver con ellos —murmuró, más para sí misma que para él.

Lupin asintió.

—Sí —confirmó—. Pero esta vez será diferente. Al menos esta vez tengo un propósito.

Por primera vez en la conversación, su voz sonó firme, determinada.

Tonks sintió cómo su estómago se encogía.

No le gustaba aquella misión. Era consciente de que aquella infiltración era necesaria y que Lupin era la mejor persona para llevarla a cabo. Pero la imagen de él viviendo entre licántropos, en un lugar al que no pertenecía, espiando las posibles alianzas con los mortífagos, la inquietaba más de lo que estaba dispuesta a admitir.

Y la sola idea de que se marchara también.

—¿Vas a vivir con ellos? —preguntó con un hulo de voz. Quiso sonar despreocupada, pero sintió que no lo había conseguido del todo.

Lupin la miró con atención, como si hubiera percibido algo en su tono. Entonces, con una sonrisa leve, negó con la cabeza.

—No pienses que vas a perderme de vista —dijo con suavidad—. No me voy a vivir con ellos. Seguiré en el cuartel con Sirius. Ya sabes que no se le puede dejar solo.

El alivio fue tan profundo que le cortó el aliento.

No iba a irse.

No iba a alejarse.

No iba a desaparecer.

Tonks sintió su cuerpo relajarse sin darse cuenta, como si acabara de soltar una carga invisible. Bajó la vista, mordiéndose el labio sin poder evitar una pequeña sonrisa.

No supo exactamente qué la sorprendía más: la intensa ansiedad ante la perspectiva de su marcha o el alivio inmediato al saber que no iba a dejar de vivir en Grimmauld Place.

No se había dado cuenta hasta entonces, pero la verdad era que no quería que él se alejara.

Sacudió la cabeza, confusa.

Lupin no añadió nada más. Solo la observó con una leve curiosidad, como si hubiera percibido algo en su mirada que no esperaba encontrar.

Al cabo de unos minutos, las luces de una casa oculta entre los árboles comenzaron a brillar en la distancia.

Remus avanzó con paso seguro y golpeó la puerta con un patrón rítmico y preciso. Un instante después, los cerrojos cedieron con un chasquido y la puerta se entreabrió.

Una bruja de mediana edad apareció en el umbral, con el cabello recogido en un pañuelo y una mirada vigilante que se suavizó en cuanto le reconoció.

—¡Remus! —exclamó con calidez.

—Buenas noches, señora Holloway—saludó él, devolviendo la sonrisa.

Ella les invitó a pasar con un ademán, pero Remus negó con la cabeza.

—No queremos entretenerla, solo estamos de paso—explicó con cortesía—. Pero quería presentarle a Nymphadora Tonks. Es auror y, a partir de ahora, también se encargará de su seguridad.

Tonks puso los ojos en blanco al oír su nombre completo y miró a Lupin, que se reía con los ojos. avanzó un paso le tendió la mano a la bruja.

—Puede llamarme Tonks—dijo con una sonrisa.

—Es un placer—respondió la mujer, estrechando su mano con gratitud—. Gracias por cuidar de nosotros.

Antes de que Tonks pudiera responder, un sonido apresurado de pasos irrumpió en la estancia.

Dos niños salieron corriendo desde una habitación contigua y se lanzaron hacia Remus. Él los recibió con naturalidad, inclinándose para abrazarlos mientras les revolvía el cabello con ternura.

—¡Remus! ¿Has traído más historias esta vez? —preguntó el mayor, con los ojos brillantes de entusiasmo.

—Me temo que esta vez no hay historias, pero la próxima vez traeré una buena —prometió él, con una sonrisa.

Los niños parecieron aceptar la respuesta sin desánimo y se quedaron aferrados a él un momento más antes de que la madre los llamara de vuelta.

Tonks, silenciosa, se quedó a cierta distancia.

 No solo la familia estaba aliviada de ver a Remus, sino que realmente se alegraban de su presencia. Algo en él parecía brindarles más que la simple seguridad de estar protegidos. Les daba consuelo. Les daba esperanza.

Tras unos minutos se despidieron y continuaron con su recorrido.

La siguiente casa no fue diferente.

Y las otras tampoco.

En cada puerta que golpeaban, las miradas de tensión se transformaban en sonrisas al ver a Remus. Las familias le recibían con gratitud, los niños corrían a su encuentro y los adultos le estrechaban la mano con respeto y afecto.

Tonks, que conocía la carga que él llevaba a diario, lo observó con renovada admiración. Aquí, entre estas familias, él no era un hombre marcado por el rechazo o la desconfianza. Aquí era un protector, una figura querida.

Y por primera vez, Tonks se preguntó si este lugar, con estas personas, era el único donde Remus Lupin se sentía como en casa.

Cuando una mujer especialmente emocionada le tomó las manos y le agradeció con fervor, Remus sonrió con modestia y respondió con sencillez:

—Solo hago mi trabajo.

Pero Tonks ya no estaba tan segura de que fuera solo eso.

La brisa nocturna traía consigo el aroma de la hierba mojada mientras Remus y Tonks avanzaban por el sendero de regreso

Tonks caminaba a su lado con las manos en los bolsillos, disfrutando del aire fresco de la noche, cuando notó la tensión en los hombros de Remus, la rigidez en su postura… y el ligero rubor en su rostro.

Frunció el ceño.

—¿Estás enfermo? —preguntó

Por un momento, la sangre se le heló en las venas de Tonks. Su mente se precipitó a una conclusión aterradora. ¿Podía ser que…?

Instintivamente, su mirada se alzó al cielo, escudriñando entre las nubes en busca de un resquicio de luz plateada.

Remus captó el gesto, y su rostro, por un instante, se suavizó con ternura.

—Tranquila —dijo, con una media sonrisa—. Aún falta para la luna llena. Es solo un catarro.

Tonks suspiró, aunque no pareció completamente convencida.

Siguieron andando en silencio por un rato, hasta que ella volvió a hablar, con un tono distraído, como si estuviera ordenando sus pensamientos en voz alta.

—Eres cercano con ellos.

Remus arqueó una ceja y giró la cabeza hacia ella.

—¿Con quiénes?

—Las familias —aclaró Tonks, haciendo un gesto con la barbilla hacia la aldea que dejaban atrás—. No solo vienes a traer noticias de la Orden, ¿verdad? No pareces alguien que simplemente esté “cumpliendo con su trabajo”.

Remus bajó la mirada y una sonrisa se formó en sus labios, aunque en su expresión había algo más profundo que no terminaba de descifrarse.

—No, supongo que no —admitió, con una leve exhalación—. Porque creo que necesitan más que protección. Necesitan esperanza. Son buena gente. Y han perdido mucho. Alguien tiene que estar ahí para recordarles que todavía pueden confiar.

Tonks lo miró de reojo. La manera en que él hablaba, la forma en que cargaba las historias ajenas sobre sus hombros, los apretones de manos y las caricias a los niños le resultaban tan…

Tan Remus.

Y eso le arrancó una sonrisa. Desde luego, seguro que no había otro licántropo como él.

—No tengo esposa ni hijos de los que cuidar —continuó él con una media sonrisa, como si adivinara lo que ella pensaba—. Supongo que eso me deja más libre para estar con los que sí los tienen, para recordarles que no están solos.

Tonks entrecerró los ojos, intrigada.

—Vaya, vaya… —murmuró con una sonrisa apenas contenida.

Inspiró profundamente el aire fresco de la noche antes de soltar:

—Me parece increíble.

Remus arqueó una ceja.                                                                                                                                          

—¿El qué?

—Que te preocupes tanto por los demás y tan poco por ti mismo.

Remus frunció levemente el ceño, como si no estuviera seguro de haberla entendido del todo.

—Explícate —pidió con cautela, su voz calmada, pero con un matiz de curiosidad.

Tonks no respondió de inmediato.

En lugar de eso, su mirada se deslizó hacia un pequeño montículo de hierba junto al sendero, donde la luz de la luna dibujaba sombras suaves sobre un follaje acogedor, casi tentador.

Sin previo aviso, se dirigió hacia allí y se dejó caer sobre la hierba con naturalidad, cruzando los brazos detrás de la cabeza. Una sonrisa traviesa curvó sus labios mientras lo miraba de reojo, como si el acto de tumbarse en plena noche fuera una invitación silenciosa a dejar las preocupaciones a un lado, aunque solo fuera por un momento.

Él la observó con una mezcla de desconcierto y diversión.

—¿Qué se supone que estás haciendo?

—Mejor pregunta: ¿Qué haces tú? —replicó ella, sin abrir los ojos—. Te pasas el día pendiente de los demás. Siempre lo has hecho. Desde que te conocí, supe que sabías leer a la gente mejor que nadie.

Remus inclinó la cabeza, intrigado, y sin darse cuenta se acercó a la montañita, sentándose a su lado.

—¿Eso notaste cuando nos conocimos?

Tonks soltó una breve risa, casi divertida.

—Oh, sí.

Tonks se incorporó un poco y se giró hacia él.

—¿Recuerdas aquella tarde frente al tapiz de la “Ancestral y Muy Noble Familia Black”? —dijo con una teatralidad exagerada, haciendo que Remus sonriera y rodara los ojos—. Supiste exactamente cómo hacerme sentir a gusto, cómo entenderme sin necesidad de muchas palabras. Y no es solo conmigo. Siempre estás pendiente de los Weasley, de Harry, de Sirius…

Remus desvió la mirada, incómodo. Tonks tenía esa habilidad de señalar lo obvio con una claridad que resultaba demoledora, como si viera a través de todas las capas con las que él intentaba ocultarse.

—Es lo correcto —murmuró.

Tonks bufó con suavidad y se le acercó un poco más, estudiándolo con una expresión entre divertida y desafiante.

—¿Y cuándo es lo correcto preocuparse también por ti mismo?

Remus dejó escapar un suspiro, volviendo la vista al cielo nublado.

—No es tan sencillo.

—Claro que lo es —insistió Tonks, con ese brillo de determinación que siempre aparecía en sus ojos cuando discutía algo que le importaba—. Por ejemplo, podrías haber descansado esta noche. Podríamos haber venido mañana a visitar a las familias. No tenía que ser hoy.

Remus no dijo nada. Tonks se sentó, cruzando las piernas y suavizó la voz antes de añadir:

—Solo prométeme que pensarás un poco más en ti.

Remus sintió una punzada en el pecho.

“Solo prométeme que pensarás un poco más en ti”.

Por un instante, la imagen de Tonks desapareció y, en su lugar, vio unos ojos verdes brillando en la penumbra de la biblioteca.

Lily.

Sentada en el suelo, rodeada de libros y pergaminos, con las piernas cruzadas y el ceño fruncido en una expresión familiar.

—Dime una cosa, Remus, y dime la verdad —había dicho ella, apoyando el codo en un libro de Transformaciones y apuntándolo con su pluma—. ¿En serio piensas que ser un licántropo es lo único a lo que puedes aspirar?

Él había parpadeado, incómodo.

—Es lo que la mayoría piensa de mí cuando lo saben.

Lily rodó los ojos.

—Sí, bueno, la mayoría es estúpida.

Y luego, su voz bajó, adoptando un tono más suave.

—No te defines solo por lo que te ha pasado, Remus. Eres brillante en Encantamientos, eres más responsable que cualquiera de esos tres idiotas con los que te juntas y… cuando te ríes, de verdad te ríes. No como James, que siempre parece que está tramando algo. Tú… tú lo sientes de verdad.

Remus había desviado la mirada, sintiéndose expuesto bajo su escrutinio, como si Lily hubiera rasgado una capa de su piel con una facilidad irritante.

Entonces, ella le tomó la mano.

—Solo prométeme que pensarás un poco más en ti.

Y ahora, años después, Tonks lo miraba de la misma forma.

Remus cerró los ojos por un instante, sintiendo una sensación de vértigo que le oprimía el pecho.

Cuando los abrió, Tonks seguía ahí.

No se había ido, no lo miraba con compasión ni con lástima. Solo estaba a su lado, sentada sobre la hierba, mirándolo como si realmente quisiera entenderlo.

Como si le importara.

Como si no pensara irse.

Tonks, notando su silencio prolongado, lo observó con atención. Parecía que él estaba en otro lugar, muy lejos de allí, pero no apartaba los ojos de ella.

Finalmente, no pudo contener una sonrisa ladeada, un poco incómoda.

—No me mires así, Remus.

Él parpadeó, regresando abruptamente al presente.

—¿Así cómo?

—Como si estuvieras viendo a un fantasma.

Remus soltó una risa baja, pero su voz tuvo un matiz extraño.

Porque, en cierto modo, eso era exactamente lo que acababa de ocurrir.

Tonks no era Lily.

Lo sabía.

Pero en ese momento, fue imposible no verla en ella.

Y a la vez, estaba viendo a Tonks.

Ella cerró los ojos y se dejó caer de espaldas otra vez, con los brazos extendidos sobre la hierba. Durante un instante, permanecieron así, ella tumbada y él sentado a su lado, como si el mundo se hubiera detenido entre la brisa fría y el resplandor de la luna.

Pero el frío nocturno se hacía notar y Remus tenía ese aire exhausto que no la dejaba tranquila. Sus mejillas estaban encendidas, como si tuviera fiebre, y aunque él no se quejara, Tonks no quería darle más razones para ignorarse a sí mismo.

Con un suspiro, Tonks se incorporó de un solo movimiento y le tendió la mano.

—Anda, más vale que volvamos antes de que te agarre una gripe o algo peor —dijo con una sonrisa ladeada, arqueando una ceja—. Tienes que descansar.

Remus ladeó la cabeza con diversión, pero aceptó su mano sin vacilar.

Al tirar de él, Tonks sintió la firmeza de su agarre, la calidez de su piel a pesar del aire frío.

Y entonces, de pronto, Remus se puso de pie frente a ella.

Más cerca de lo que esperaba.

Tonks tuvo que inclinar la cabeza hacia arriba para mirarlo a los ojos. No se había dado cuenta de lo alto que era… o tal vez sí, pero ahora lo sentía de otra manera.

Suavemente, casi sin querer, apretó un poco más su mano.

Remus sonrió. Esa sonrisa tranquila, serena, que a ella le gustaba tanto.

La luz de la luna descendía sobre él como un velo de plata, perfilando la curva de sus pómulos, la línea de su mentón, la leve sombra de agotamiento en su rostro.

En ese momento le pareció distinto.

Más cercano.

Más real. Y humano.

Tonks contuvo la respiración sin darse cuenta. Sus ojos recorrieron los de él, la manera en que se entrecerraban ligeramente al sonreír, el resplandor tenue reflejado en sus pupilas, la forma de sus labios. Se quedó mirándolo un instante más.

No mucho. Solo… un poco más.

El pecho le latía con fuerza. No por el frío ni por la fatiga.

Era él.

Su cercanía.

Sus manos todavía entrelazadas.

En ese instante, con la brisa nocturna revolviendo su cabello, con el aroma de pinos frescos impregnando el aire y con la luna bañándolos en su resplandor, comprendió algo con una certeza arrolladora.

No era solo que no quisiera que él se alejara.

Es que lo único que quería era estar a su lado.

Parpadeó y desvió la mirada, abrumada, carraspeando con fingida indiferencia mientras se sacudía la hierba de la túnica.

—Vamos, profesor Lupin. Te arriesgas a que alguien te ponga en cuarentena —bromeó, girando sobre sus talones para retomar el camino. Sentía un rubor acusador subir por sus mejillas.

Remus rio suavemente, sin responder. Simplemente echó a andar tras ella.

Y aunque ninguno de los dos lo mencionó, sus manos tardaron un par de segundos más en separarse.

……………………………………………………………………………………………………………………..…..

No había sido cosa de un día. Ni siquiera de una semana.

Tampoco de una sonrisa fugaz o una mirada robada lo que lo cambió todo.

Fue algo que se fue instalando poco a poco, y sin que ella se diera cuenta.

Hasta entonces.

Lo supo aquella noche, mientras caminaban juntos por una avenida solitaria y mal iluminada, de regreso a Grimmauld Place.

Lupin caminaba a su lado, hablándole de unos informes con su tono pausado.

Pero Tonks no le escuchaba. Solo le miraba.

Miraba cómo el viento le desordenaba el cabello, cómo la luz jugaba con las canas de sus sienes, cómo se arrebujaba en su abrigo gastado, y cómo, de vez en cuando, su mirada clara se perdía en el cielo, distraída y.… tranquila. Como a ella le gustaba.

—¿Tonks? —Lupin la sacó de su ensimismamiento con una ceja arqueada—. ¿Me estás escuchando?

Ella balbuceó una excusa, algo torpe, y rió.

Y él… también sonrió. No de forma educada, ni por cortesía.

De aquella manera que le nacía espontáneamente. Era una sonrisa de verdad, cálida, capaz de arrebatarle años de encima y entornar sus ojos con una ternura que siempre conseguía que Tonks se derritiera.

Más tarde, ya en su piso, Tonks no podía quitárselo de la cabeza.

Se dejó caer de espaldas sobre la cama y se quedó mirando el techo como si esperara encontrar allí escrito lo que ella aún no se atrevía a admitir.

—No puede ser —murmuró.

Sentía el corazón acelerado, demasiado rápido. Se cubrió los ojos con la mano y, sin quererlo, una sonrisa enorme comenzó a escaparse hasta que se convirtió risa suave, entre incrédula y emocionada, que rompió el silencio de su habitación.

—Oh, cielos… me he enamorado del profesor Lupin —susurró.

Las palabras salieron solas, como si hubieran estado esperando ser pronunciadas. Y en cuanto lo fueron, se quedó paralizada.

—Vaya… —susurró, y se llevó ambas manos a la boca, con los ojos muy abiertos y el rubor encendiéndole las mejillas.

No podía ser, pero lo era.

Su compañero de patrullas.

Su amigo callado.

El que hablaba poco, pero siempre con intención.

El hombre que caminaba con el peso del mundo sobre los hombros y, aun así, encontraba espacio para cuidar de todos menos de sí mismo.

El que miraba como si guardara un universo detrás de los ojos.

El hombre más digno, sereno y complicado que conocía.

La última persona de la que debería haberse enamorado.

Y, sin embargo, allí estaba.

Loca, perdida, peligrosamente enamorada de Remus Lupin.

Qué desastre. Qué bendito desastre.

—Vale… TONKS, CÁLMATE —se dijo en voz alta, sentándose de golpe en la cama y señalándose a sí misma con el dedo, como si pudiera recuperar el control por la fuerza—. Solo es Remus. Solo es el profesor Lupin. Solo es el hombre más decente, paciente y guapo que has conocido en tu vida.
Nada grave.

Silencio. Parpadeó.

—¿Guapo? ¿Yo he dicho guapo?

Y entonces estalló en una risa nerviosa. De esas que se escapan cuando no sabes si reír o esconderte bajo la cama para siempre.

Se removió inquieta, pasándose una mano por el cabello desordenado, de color rojo cereza. Su codo golpeó con la mesilla de noche, haciendo caer un libro, una taza y su varita, que rodó por el suelo.

—¡Oh, Merlín! ¡Me he vuelto loca! —gritó, agitando los brazos.

Se descubrió fascinada.

Más de una vez lo había descubierto mirándola, y más de una vez se había sorprendido a sí misma devolviéndole la mirada.

Ella no era alguien que cayera en el amor con facilidad.

Claro, había tenido relaciones antes, pero ninguna lo suficientemente profunda como para dejar una marca real. Ella siempre pensó que su mayor compromiso era con su trabajo, con el deber, y que el amor llegaría algún día, de forma natural, cuando menos lo esperara.

¿Y si ese día había llegado ya?

Ese pensamiento le dio vértigo.

Comenzó a pasearse por la habitación con pasos largos, teatrales, las manos en la nuca como si quisiera oxigenar el cerebro o caminar hasta el colapso.

—Vale. ¿Qué se hace cuando te enamoras de alguien como Remus Lupin? ¿Le invitas a cenar? ¿Le mandas una carta? ¿Te transformas en lechuza y se la lanzas por la ventana?

Se detuvo en seco.

El reloj marcó la medianoche con un campanazo hueco.

Y Tonks, con el corazón aún desbocado, una sonrisa de oreja a oreja y los calcetines a rayas desparejados, se dejó caer en el sofá.

—Remus Lupin… —susurró con una sonrisa boba, mirando al frente, como si su cara pudiera aparecer ahí—. Me has vuelto loca. Y lo peor… es que no me importa nada.

Entonces giró sobre sí misma con un dramatismo desmedido, se llevó una mano al pecho y cayó de espaldas sobre la cama, como si Cupido le hubiera disparado una saeta al corazón.

O una tormenta de flechas.

—¡Estoy perdida! —exclamó, hundida en las sábanas—. Perdida, condenada y absolutamente encantada.

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NOTA DE AUTORA:

SÍIIII, y por fin entramos (de verdad) en terreno más romántico 🫣✨
Puede que me haya pasado un poco con el slow burn… ya me diréis vosotros 😅
Pero este momento llevaba tiempo gestándose, y tenía muchas ganas de llegar aquí.

Espero que hayáis disfrutado del capítulo tanto como yo escribiéndolo.
Y ey — pasad por mis redes(Instagram, Facebook, Tumblr o TikTok), que he hecho una ilustración muy tierna para acompañarlo 🖤

Además, he creado un subrredit llamado r/LupinandTonks. Espero que os unáis! https://www.reddit.com/r/LupinandTonks/

Nos leemos entre líneas.

Os dejo todos mis links aquí:

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