La prefecta perfecta
Nymphadora Tonks estaba sentada en su escritorio del Ministerio de Magia, redactando informes mientras tarareaba distraídamente. Su pluma se deslizaba con rapidez sobre el pergamino, y su buen humor se reflejaba en el tono ligero de su voz.
Sin embargo, a unas mesas de distancia, John Dawlish, inclinado sobre el escritorio de otro auror, no dejaba de lanzarle miradas despectivas cada vez que su canturreo se hacía más audible. Tonks fingió no darse cuenta, disfrutando de la satisfacción de su trabajo bien hecho, del sol que brillaba fuera y la sonrisa de boba que cruzaba su cara.
Unos golpes firmes en la puerta del despacho de Alastor Moody interrumpieron la rutina de la oficina.
—Tonks, Shacklebolt, a mi despacho. Ahora — gruñó la voz grave del veterano.
Tras intercambiar una mirada curiosa con Kingsley, Tonks se levantó de inmediato y lo siguió hasta la oficina de Moody.
Para su sorpresa, al entrar, había alguien más allí: Emmeline Vance.
Aunque nunca habían hablado demasiado, Tonks sabía quién era. Emmeline trabajaba en el Departamento de Cooperación Mágica Internacional, ocupando un puesto clave en las negociaciones con gobiernos extranjeros.
La bruja parecía hecha para ese trabajo: Su labor exigía diplomacia, don de gentes, mucha mano izquierda y una imagen impecable que transmitiera confianza. Además, su influencia y red de contactos la hacían una aliada valiosa para la Orden del Fénix.
Emmeline pareció notar la mirada prolongada de Tonks y se la sostuvo por un instante antes de volver la atención a Moody. Tonks carraspeó y miró hacia otro lado.
Moody no perdió el tiempo en ir al grano.
—Hemos recibido un soplo de actividad sospechosa en el este de Londres. Parece que un grupo de candidatos a mortífagos está siendo reclutado en una reunión clandestina.
Emmeline tomó la palabra con un tono sereno pero firme.
—El responsable de esta reunión es Alexei Mirov, un mago oscuro de origen ruso. Ha estado en busca y captura durante meses en su país, acusado de múltiples crímenes, entre ellos la desaparición de varias familias muggles en San Petersburgo. Se creía que había huido a algún lugar desconocido, pero ahora hay indicios de que ha estado operando en el Reino Unido bajo otra identidad.
Kingsley asintió, pensativo.
—Y ahora todo indica que está en Londres.
Moody golpeó su bastón contra el suelo con un gesto decidido.
—Vance se unirá a la misión. Quiero a los tres listos. Esta noche lo atrapamos.
Esa noche, se reunieron en el punto acordado, un viejo almacén abandonado en el este de Londres.
Desde una esquina oscura, pudieron ver el interior iluminado por antorchas flotantes. Un grupo de magos y brujas se agrupaba en torno a una figura de complexión robusta, con el rostro parcialmente cubierto por una capucha.
Mirov.
—Lo atraparemos vivo — susurró Moody — Shackelbolt, Vance, flanquead la entrada. Tonks, conmigo. Esperaremos a que baje la guardia.
Tonks asintió, con su varita ya lista. Echó un último vistazo rápido a Kingsley y Emmeline que, siguiendo la orden de Moody, se colocaron a la entrada.
Se preguntaba por qué Emmeline los había acompañado, si aquello era una captura de un mago tenebroso, casi la definición del trabajo de auror. Y aunque sabía que Emmeline era una bruja hábil, Tonks desconocía cuánta experiencia tendría ella en combate real.
Pero no pudo pensar mucho en eso.
A la señal de Moody, la emboscada comenzó. Un hechizo de aturdimiento silbó por el aire cuando Kingsley irrumpió desde el lateral, haciendo que los reclutas se dispersaran. Mirov sacó su varita y lanzó un potente hechizo que hizo explotar una de las estanterías del almacén, lanzando astillas y humo por el aire.
Tonks rodó por el suelo para evitar un rayo de luz roja que pasó a centímetros de su cabeza.
—¡No va a ponértelo fácil! — le gritó Emmeline, quien, con una fluidez asombrosa, conjuró un «Protego» que desvió un hechizo dirigido a Kingsley.
Tonks se incorporó rápidamente y lanzó un hechizo aturdidor, pero Mirov lo repelió con facilidad, su varita trazando una curva en el aire mientras contraatacaba a Emmeline. Kingsley reaccionó en un instante, interponiéndose con un escudo protector que chisporroteó al absorber la maldición.
Mirov se movía con rapidez, conjurando maldiciones sin dudar, pero Moody fue más rápido.
—¡Incarcerous!
Cordeles mágicos surgieron de su varita, pero Mirov los cortó con un rápido
—Diffindo
—Está bien entrenado—, murmuró Tonks, lanzando un «Expelliarmus» que Mirov esquivó con un giro ágil.
El mago oscuro se movía con rapidez, conjurando maldiciones sin dudar, su varita creando destellos verdes y rojos en la penumbra del almacén. Tonks sintió la adrenalina arder en sus venas mientras saltaba sobre unos barriles caídos, lanzando otro hechizo contra el mago, que esta vez, se desequilibró.
Pero Emmeline no perdió tiempo. Aprovechando la distracción, agitó su varita y pronunció en un tono seguro:
—Petrificus Totalus
El cuerpo del ruso se tensó y cayó al suelo con un golpe sordo.
Sin embargo, con un esfuerzo sobrehumano, logró librarse del encantamiento y se puso en pie, jadeante. Antes de que pudiera escapar, Kingsley levantó su varita con un gesto firme y conjuró:
—¡Impedimenta!
Un haz de luz azulada salió disparado, envolviendo a Mirov en un campo de energía que lo inmovilizó completamente. Cayó al suelo de nuevo, esta vez sin posibilidad de moverse.
Cuando finalmente lo inmovilizaron, Mirov empezó a escupir una retahíla de palabras incomprensibles. Tonks frunció el ceño, sin entender ni una sola sílaba, hasta que vio cómo Emmeline avanzaba sin un atisbo de miedo y le respondió con fluidez en la misma lengua.
Tonks no pudo evitar quedarse boquiabierta.
Nunca habría imaginado a Emmeline enfrentarse a un enemigo con tanta destreza, al menos, no tanto como la habilidad que tenía para la burocracia. Sonrió incrédula, sintiendo una profunda admiración por ella.
Mientras se llevaban a Mirov detenido, Tonks se acercó a Emmeline y comentó con curiosidad:
—Sabía que eras impresionante, pero esto ha sido otra cosa.
Emmeline le dedicó una breve sonrisa.
—Digamos que el ruso es una herramienta útil.
Tonks se rió entre dientes.
—Si alguna vez das lecciones, apúntame.
Emmeline sostuvo su mirada por un instante más antes de responder:
—Cuando quieras, Tonks.
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Tonks irrumpió en el número 12 de Grimmauld Place sacudiéndose la capa húmeda, con el cabello revuelto por la llovizna londinense.
Había llegado con ganas de compartir la velada con Sirius y Remus…especialmente con este último.
No podía evitar sonreír ante la perspectiva de verlo, y, de hecho, se detuvo un momento en el recibidor intentando serenarse. No quería que su interés fuera demasiado obvio.
Se dirigió a la cocina, esperando encontrarles allí, tal vez charlando junto a una copa o frente a la chimenea, reviviendo anécdotas como tantas otras noches. Pero allí no había nadie. Y, de hecho, la casa estaba demasiado silenciosa.
Frunció el ceño un instante y decidió subir al salón.
Solo vio a Sirius encogido en una butaca, con la mirada perdida en las llamas. Alzó la vista cuando ella entró. El fuego crepitaba en la chimenea, llenando el espacio con un calor tenue que no alcanzaba a disipar la sensación de vacío en la casa.
—Preciosa noche de lluvia —murmuró él a modo de saludo, alzando su copa con desgana.
Tonks resopló a la vez que su mirada recorría la habitación, buscando otra silueta. Sirius notó el gesto al instante.
—Remus no está —dijo antes de que ella preguntara.
Tonks miró a su primo.
—¿Las incursiones han comenzado ya?
Sirius se movió lentamente, girando el vaso entre los dedos.
—Sí. —confirmó, con voz grave—. Salió esta mañana.
Tonks sintió una punzada de angustia. Sabía que ese momento llegaría, pero no por eso era más fácil de asimilar.
—Vaya… —musitó.
Se acercó a la hoguera y se dejó caer en un sillón al lado de Sirius, esperando que el calor de las llamas mitigara la inquietud que le revolvía el estómago.
El silencio se instaló entre ellos.
—Es peligroso — dijo finalmente.
—Lo sé —concedió Sirius, dándole un trago a su copa—. Pero Remus siempre ha sabido cuidarse. Se mueve entre los licántropos mejor que nadie.
Sirius se reclinó en su butaca para ver mejor a Tonks, que jugueteaba distraída con la manga del jersey y se mordía el interior de su mejilla.
—¿Estás preocupada por él? —preguntó, esbozando una sonrisa ladeada.
Tonks bufó y desvió la mirada.
—No digas tonterías.
—Oh, vamos, Tonks —Sirius arqueó una ceja, divertido—. No eres precisamente sutil.
Ella le lanzó una mirada asesina antes de volver la vista al fuego y suspiró.
—Es solo que… he estado pensando —murmuró, casi como si hablara consigo misma—. Se preocupa tanto por los demás. Siempre está pendiente de lo que necesita la Orden, de lo que necesita Harry, los Weasley, tú… incluso yo. Pero nunca parece…
—…preocuparse por sí mismo —terminó Sirius, en el mismo tono suave.
Tonks asintió despacio, con la certeza de que Sirius entendía perfectamente de qué hablaba.
—Sí. Y no solo eso… Es increíblemente atento y está rodeado de gente que se preocupa por él, pero al mismo tiempo, es como si…
—…estuviera solo — concluyó Sirius, más firme esta vez.
Tonks tragó saliva y desvió la mirada, sintiendo un peso extraño en el pecho.
—No lo entiendo, Sirius. ¿Cómo alguien como él no… tiene una familia, o una pareja… o alguien?
Su voz se apagó antes de terminar la pregunta, pero a Sirius no le hizo falta más. La miró con un brillo de interés y alzó una ceja con picardía.
—¿Me estás preguntando por la vida amorosa de Remus Lupin? — preguntó, sin poder evitar una sonrisa ladeada.
El cabello de Tonks cambió repentinamente de su habitual rosa chicle a un rojo encendido que rivalizaba con el calor que subía desde su cuello hasta teñirle las mejillas.
—¡No, claro que no! —se apresuró a decir, demasiado rápido como para resultar convincente.
Sirius soltó una carcajada baja. Durante un segundo se sintió tentado de seguir pinchándola… pero decidió apiadarse. Ya había tenido suficiente diversión por esa noche.
Tonks chasqueó la lengua y fijó la vista en el fuego, maldiciendo el poco control que tenía sobre su metamorfomagia cuando las emociones la traicionaban. Se tomó un momento para recomponerse y recuperar su color habitual.
Cuando por fin habló, su voz era más baja, casi vacilante:
—Solo me pregunto si alguna vez se ha permitido… tener algo más.
Sirius exhaló un suspiro, pasándose una mano por el cabello mientras se acomodaba en el sillón.
—Bueno, no hay mucho que desenterrar —dijo, esta vez con un matiz más serio—. Remus siempre ha sido así. Desde que éramos críos, era el que nos vigilaba, el que nos hacía entrar en razón… O al menos lo intentaba —añadió con una sonrisa torcida—. Pero siempre estaba allí para cuidar de nosotros. Aunque, cuando se trataba de sí mismo, era otra historia.
Tonks frunció ligeramente el ceño, girándose un poco hacia él.
—¿En qué sentido?
Sirius la miró con una expresión pensativa, como si midiera cuánto debía decir.
—Remus nunca creyó que podía tener algo para él — dijo al fin, con total franqueza —. Siempre ha sido un espectador. Mira. Imagina. Desea. Pero nunca se permite tener.
Tonks sintió un nudo en la garganta.
—Eso es…
—Una mierda, lo sé —gruñó Sirius, antes de que ella pudiera encontrar la palabra exacta—. James y yo intentamos sacarle esa idea de la cabeza muchas veces.
—¿Y lo conseguisteis?
Sirius rodó los ojos con amargura.
—¿Tú qué crees?
Tonks suspiró y dejó caer la cabeza contra el respaldo de su sillón, cerrando los ojos un instante.
—¿Siempre ha sido así?
Sirius volvió a dar un trago y miró hacia las llamas con una expresión nostálgica.
—Bueno, hubo una vez… —empezó — en sexto curso. Se enamoró perdidamente de una chica.
Tonks se giró hacia él, sorprendida
—¿Remus? —preguntó, como si necesitara asegurarse de que había oído bien.
—¡Oh, sí! Y no cualquier chica —continuó Sirius, con una sonrisa traviesa—. Era la prefecta de Ravenclaw, de nuestro mismo curso. Muy guapa, segura, de esas que siempre parecen tener todo bajo control. Aunque él nos lo intentó ocultar, claro está.
Tonks se incorporó para mirar mejor a su primo, cada vez más intrigada.
—¿Y cómo os disteis cuenta?
—Porque éramos unos genios, Tonks —replicó Sirius con suficiencia, antes de soltar una risa—. Bueno, y porque era demasiado obvio. Se ponía tenso cada vez que ella estaba cerca, como si fuera a desmayarse en cualquier momento. Y cuando hablaban… Merlín, era un desastre. Como si estuviera caminando sobre una cuerda floja.
—¿Y ella? —preguntó, con un tono que pretendía ser casual.
—Oh, Tonks, ella estaba completamente por él — Sirius se llevó la mano al pecho con dramatismo antes de seguir — Ya sabes, sonreía, se tocaba el pelo, le tocaba el codo… Como si él fuera lo mejor que pudiera pasarle en la vida.
Tonks sintió un extraño pinchazo en el estómago, una sensación tonta que decidió ignorar.
—Peter, envidioso perdido, no dejaba de decir que hacían una pareja perfecta — explicó Sirius — Y, sinceramente, Remus la tenía en el bote. James y yo lo fastidiábamos sin piedad, le decíamos que se lanzara. Solo tenía que sonreír con esa cara de cachorro herido para que ella cayera rendida.
Tonks resopló, tratando de ignorar la imagen mental de un joven Remus Lupin babeando por una chica guapa de Ravenclaw completamente embobada con él. Se sentía estúpidamente celosa. Se cruzó de piernas y desvió la vista hacia la chimenea, como si la conversación no le importara en absoluto.
Sirius notó el gesto y tuvo que morderse una sonrisa ante el fracasado intento de indiferencia de su prima.
—¿Y qué pasó? —preguntó ella, finalmente.
Sirius se encogió de hombros con aire resignado.
—Nada. Nunca hizo nada.
—¿No? — repitió, incrédula, volviendo los ojos hacia su primo.
Su primo negó con la cabeza
— Cada vez que le insistíamos, nos decía que estábamos locos y que aquello no tenía sentido. Así que la dejó escapar.
Sirius volvió a beber de su copa, dando espacio a Tonks para que procesara la historia.
—¿No tenía sentido? —repitió ella, aún intentando entenderlo.
—Al menos, para él, nunca lo tuvo — dijo Sirius, entrelazando los dedos sobre su rodilla—. Es por cómo ve su vida. Como si estuviera condenado a estar solo. Y en lugar de permitirse vivir, sentir, disfrutar, amar… prefiere abstraerse de todo y construir muros a su alrededor.
Tonks bajó la mirada, presionando los labios en un gesto de comprensión.
—Sí… ya me he dado cuenta.
Sirius la miró de reojo y, al captar el tono de su voz, su sonrisa se ensanchó apenas. Esta vez no soltó ninguna broma. En su lugar, habló con calma, como si estuviera reflexionando en voz alta.
—Pero, ¿sabes? – dijo, acomodándose en el sillón para verla mejor – Creo que el problema de Remus no es que crea que no puede tener a alguien o que deba estar solo. Creo que simplemente… nunca se ha encontrado con alguien que haya sido lo bastante tozudo como para derribar esos muros.
Tonks desvió la mirada, sin saber bien cómo tomarse aquello.
—O lo bastante estúpido —murmuró, más para sí misma que para él.
Sirius soltó una carcajada y negó con la cabeza.
—No. Lo bastante insistente y valiente. Alguien estúpido ni siquiera se daría cuenta de lo que hay detrás de esos muros.
Por un momento, pareció que ella iba a responder algo, pero se quedó en silencio. Sirius mantuvo la mirada, con una expresión divertida, aunque en sus ojos brillaba algo más cómplice.
—Porque yo lo conozco, Tonks —dijo con una sonrisilla apenas perceptible—. Y sé que Remus no es de piedra.
Su sonrisa se ensanchó con un matiz travieso.
—Es humano, como todos al final.
Hizo una pausa, arqueando una ceja con fingida solemnidad.
—Bueno… un semihumano.
Tonks dejó escapar una risa entre dientes y negó con la cabeza.
—Merlín, eres un idiota.
—Pero un idiota con razón —replicó él, encogiéndose de hombros con autosuficiencia—. Créeme, sé de qué hablo. Desde los once años hemos estado juntos.
Su voz se suavizó ligeramente, y aunque aún sonreía, había algo más en su expresión… algo que recordaba a un eco de tiempos mejores.
—Pasábamos todo el tiempo juntos. Él, James, Peter y yo – su sonrisa se ensanchó, volviéndose casi cálida – En Hogwarts, en vacaciones… y cuando salimos de allí, seguimos juntos. Hasta que…
El silencio se instaló entre ellos. Tonks vio cómo cambiaba su expresión, como si de pronto el pasado se hiciera demasiado presente.
La luz del fuego proyectaba sombras largas sobre las paredes, la lluvia repiqueteaba suavemente contra las ventanas, y Sirius, con los codos apoyados en las rodillas y la mirada perdida, parecía más cansado que nunca.
Fue en ese instante cuando Tonks sintió el impulso de preguntar.
Lo había pensado muchas veces, pero nunca se había atrevido. Tal vez porque nadie hablaba de ello. Tal vez porque, hasta ahora, no le había parecido el momento adecuado.
Lo miró de reojo, tanteando el terreno.
—¿Cómo escapaste de Azkaban?
Sirius soltó una risa seca, sin una pizca de alegría.
—Vaya, directa al grano.
Tonks arqueó una ceja.
—¿Esperabas que lo soltara con delicadeza? Soy auror, primo. Deformación profesional.
Sirius resopló con cierta diversión, pero el gesto no alcanzó a suavizar del todo la dureza en su expresión.
—La gran fuga de Azkaban… Según el Ministerio, sigue siendo un enigma sin resolver.
Tonks dibujó una sonrisa suave.
—Si no quieres hablar de ello, lo entenderé.
Sirius la miró por un momento, calibrando su reacción. Finalmente, dejó la copa sobre la mesa con un leve tintineo.
—No es que no quiera —respondió con simpleza—. Solo que la respuesta no es tan impresionante como la gente cree. Como auror, supongo que ya has escuchado algunas teorías.
Apoyó los codos sobre la mesa y entrelazó los dedos, inclinándose apenas hacia ella.
Tonks asintió con entusiasmo.
—Oh, sí. Hay quien dice que sobornaste a los dementores, que un guardia te ayudó, que tenías una poción secreta… Mi favorita es la de que tienes un pacto con las sombras y te deslizaste entre los barrotes como humo.
Sirius bufó, divertido por un instante.
—¿Y tú qué crees?
Tonks fingió pensarlo un segundo, aunque llevaba meses dándole vueltas.
—Creo que había un truco. Algo que nadie más podía hacer.
Sirius sostuvo su mirada y, por un instante, en sus ojos brilló algo parecido a la satisfacción. Entonces, sin previo aviso, su silueta se desdibujó. Donde un segundo antes estaba sentado un hombre, ahora había un perro negro enorme, de pelaje áspero y ojos vivos.
Tonks lo comprendió de golpe. El perro ladeó la cabeza con aire juguetón antes de volver a transformarse en Sirius, que sonreía levemente
—Los dementores no pueden ver —dijo en voz baja—. No tienen ojos. Solo perciben… el dolor. La desesperación. La culpa. Esas son sus ataduras con el mundo. Son carroñeros de emociones.
Tonks sintió un escalofrío recorrerle la espalda al pensar en aquellas criaturas.
—Cuando me transformaba —continuó Sirius—, mi mente se silenciaba. Los perros no piensan como los humanos, Tonks. No sienten igual. No tienen angustias, ni remordimientos. No se ahogan en el pasado ni temen al futuro. Son instinto, necesidad. Viven el presente.
Hizo una pausa, su voz más baja, más ronca.
—Y entonces, los dementores… no encontraban nada en mí.
Tonks abrió la boca, pero no encontró palabras.
—Había demasiada miseria en el resto de celdas. Demasiado festín para ellos. Así que, cuando me convertía… me ignoraban.
El peso de sus palabras cayó entre los dos. Tonks tragó saliva.
—Eso es brillante.
Sirius esbozó una media sonrisa amarga.
—Diría que más bien desesperado.
Pero luego sacudió la cabeza y sonrió, aunque el gesto no alcanzó a iluminar del todo su rostro.
—Sabía que era inocente —continuó—. Y ese pensamiento, por pequeño que fuera, me mantenía cuerdo. Lo suficiente para no perderme del todo.
Sirius hizo una breve pausa, como si sus recuerdos lo envolvieran de nuevo.
—Y un día…
Sus ojos se oscurecieron.
—Fudge vino a inspeccionar la prisión. Y dejó su periódico al alcance de mi celda.
Tonks frunció el ceño.
—¿Y qué…?
—En la portada había una foto de la familia Weasley, en Egipto.
Sirius levantó la vista y su mirada se volvió de acero.
—Y allí estaba él. Peter.
—Peter — repitió Tonks.
El nombre quedó suspendido en el aire como una sentencia.
Sirius asintió lentamente.
—Supe que tenía que salir de ahí. No podía quedarme ni un día más. Así que dejé de comer. Necesitaba estar lo bastante delgado… Me transformé, me escurrí entre los barrotes… y nadé hasta la orilla.
Tonks lo miró, boquiabierta.
—¿Nadaste en el Mar del Norte?
Sirius esbozó una sonrisa ladeada, casi desafiante.
—Sí. En invierno. No fue precisamente un paseo.
El silencio que siguió se extendió entre ellos, pesado y significativo. Tonks lo observó con una mezcla de incredulidad, respeto y algo más profundo, algo que no podía poner en palabras.
—Eres increíble —murmuró al fin.
Sirius soltó una risa breve, ronca, similar a un ladrido.
—No, solo un perro callejero con suerte.
Pero en su mirada aún flotaba la sombra de Azkaban. Aquel lugar donde los días y las noches se confundían, donde la esperanza se marchitaba bajo el aliento helado de criaturas que no conocían piedad.
Tonks sacudió la cabeza, intentando sacarse de encima la sensación de frío que se le había pegado a la piel con su relato.
—El Ministerio sigue pensando que fue una fuga imposible.
Sirius alzó su copa con ironía, como brindando por el absurdo.
—A veces, lo más simple es lo más efectivo.
Tonks dejó escapar un suspiro y se hundió un poco más en el sofá.
—Bueno, esto se merece otra taza de té… o algo más fuerte.
Sirius le dirigió una mirada cómplice, su sonrisa volviendo a asomar, aunque aún quedaba algo sombrío en su expresión.
—Definitivamente, algo más fuerte.
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HP5 – 17.El decreto de enseñanza nº24
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Sirius se dejó caer hacia atrás, jadeando, el corazón martilleándole el pecho. Durante unos segundos permaneció tendido en el suelo de madera frente a la chimenea de Grimmauld Place, mirando las brasas con la respiración agitada.
Se había desconectado justo a tiempo.
Había visto aquella mano hurgando entre las llamas de la chimenea de Gryffindor, buscando a ciegas. Sintió el sudor frío pegándole la túnica a la espalda.
Demasiado cerca. Demasiado.
Pasó una mano por el rostro, tratando de recuperar el aliento. Luego se incorporó lentamente, sentándose frente al fuego. Sus ojos, oscuros y hundidos, siguieron el danzar del fuego mientras una mueca cansada se dibujaba en sus labios.
—Definitivamente… —murmuró para sí, con un suspiro entre resignado y burlón— soy un perro callejero con suerte.
Y se quedó allí, en silencio, con la luz de la chimenea acariciando su rostro y la noche envolviendo la casa, como si aquel pequeño milagro de no haber sido descubierto pesara tanto como todos los años perdidos.
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La tarde siguiente, Tonks atravesó el pasillo del cuartel general de la Orden con paso decidido. La noche había sido larga y entre misiones y reuniones apenas había dormido.
Al llegar a la puerta entreabierta de la cocina, sus pasos se frenaron.
Una voz conocida flotó en el aire. Grave, tranquila, con ese timbre bajo y envolvente que había aprendido a reconocer incluso entre el murmullo de una reunión.
Remus.
Una sonrisa apareció en sus labios antes de que pudiera evitarlo. Hacía días que no lo veía y, sin querer, sintió que el cansancio se le aligeraba un poco. Se alisó la túnica con decisión, como si de pronto quisiera verse presentable, se arregló el pelo ante un armario con un canto resquebrajado y avanzó con la intención de entrar.
Pero entonces, escuchó otra voz.
Era femenina, suave y cadenciosa. Y estaba riendo.
Tonks se quedó quieta. No espiando. Para nada. Solo… deteniéndose un momento.
Desde su posición en el umbral, pudo ver a Remus sentado a la mesa con una mujer de cabello oscuro, alta y elegante, que le sonreía con calidez. Reconoció a Emmeline Vance. “Vaya”, pensó. No sabía que eran tan amigos.
Se acercó un poco más al umbral de la puerta. Justo en ese momento, ella se inclinaba sutilmente hacia él, cosa que hizo que Tonks sintiera una punzada de incomodidad.
Remus también sonreía. Pero no la sonrisa cansada y apagada que solía dedicar a la mayoría, sino una auténtica. Una de esas que parecían traer consigo recuerdos lejanos.
La conversación seguía. La mujer inclinó la cabeza con interés mientras él hablaba, y luego rió de nuevo. Su risa era suave, melodiosa, era imposible no sentirse cautivado por ella.
Entonces, Emmeline le tocó el antebrazo con familiaridad. Él no se apartó. Ni siquiera pareció notarlo. Solo la miraba con ese aire tranquilo y nostálgico que Tonks conocía tan bien… y que ahora dolía.
Sintió un nudo en el estómago.
Aquello era ridículo.
Completamente ridículo. Solo tenía que entrar en la cocina.
Pero no se movió. Y por supuesto, no se dio cuenta que alguien se le acercaba por detrás.
—¿A quién espías con tanto interés?
Tonks casi se atragantó cuando Sirius apareció a su lado con una sonrisilla cómplice. Se apoyó despreocupadamente en la penumbra junto a ella, cruzándose de brazos.
—No espío —murmuró Tonks, enderezándose con la máxima dignidad que fue capaz de recuperar.
—Claro que no —replicó él, fingiendo inocencia—. Solo estás aquí de pie, en el recibidor, tomando la sombra.
Tonks bufó.
—No estoy haciendo nada raro. Solo venía a dar parte.
—Claro, claro.
Ella lo fulminó con la mirada, pero él, lejos de amedrentarse, esbozó una sonrisa divertida, como si todo aquello le resultara entrañable.
Entonces Sirius se asomó un poco, lo justo para mirar al interior de la cocina.
—¿Con quién está…?
Se quedó un segundo en silencio, observando. Luego levantó ligeramente las cejas.
—Vaya, vaya —murmuró—. No me digas que no es curioso.
—¿Curioso?
—Sí… que después de todos estos años, ella todavía le mire así —dijo Sirius, distraído.
Tonks frunció el ceño.
—¿Qué?
Sirius la miró de reojo.
—¿No te suena?
Al ver que Tonks no reaccionaba, puso los ojos en blanco con teatralidad y señaló hacia la cocina.
—La chica de Ravenclaw. La prefecta perfecta. La que hacía que Remus se volviera estúpido y torpe —bajó la voz, con tono casi confidencial—. Emmeline Vance.
Tonks sintió cómo su alma se caía al suelo con un ruido hueco y devastador.
Emmeline.
La elegante, encantadora y experimentada Emmeline Vance.
Sirius aún tenía media sonrisa cuando giró hacia Tonks.
Pero al ver su expresión, se le borró de inmediato. Se mordió el labio, incómodo, arrepintiéndose de haber dicho aquello último.
Se enderezó y dio un golpecito en el hombro a Tonks.
—Vamos, anda. Vamos a hacer como que no somos unos cotillas sin remedio. Ya me debes un café por cubrirte.
Sirius se adelantó y entreabrió la puerta de la cocina.
—¿O es que quieres darme el parte aquí?
Ella titubeó un momento, pero miró a su primo a los ojos, casi desafiante.
—No.
Tonks apartó su mano del pomo y acabó de empujar la puerta.
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NOTA DE AUTORA:
Aquí va otra escena de slice of life dentro de la Orden — una pequeña ventana al trabajo de Tonks en el Ministerio y, sobre todo, a su mundo interior.
Ya sabéis que me gusta intercalar momentos que no giren únicamente en torno a la guerra, la devastación o la amenaza constante. Supongo que esa es una de las libertades más bonitas del fanfiction: poder detenernos en los espacios entre las batallas.
En los libros, personajes como Emmeline Vance, Dedalus Diggle o Hestia Jones forman parte de la Orden, pero casi siempre desde un segundo plano. Son importantes, sí, pero aparecen apenas esbozados. Algo así como “friend B” orbitando alrededor de la historia principal.
Siempre me he preguntado quiénes eran más allá de eso.
Así que aquí empieza esa exploración.
Y sí… empezamos por Emmeline.
Y quién sabe… quizá consiga convenceros de mi teoría personal de que fue el primer amor de Remus.
Podéis ver la ilustración del capítulo en mis redes —pasad por Instagram, Facebook, Tumblr o TikTok.
Os dejo todos mis links aquí:
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