“No eres ella”
El aroma del café flotaba en el aire, mezclándose con el leve murmullo de los empleados del Ministerio.
Tonks se apoyó contra la encimera de la pequeña sala de descanso, removiendo su café con desgana, mientras Kingsley, con su imponente presencia, ocupaba la silla frente a ella. Estaba contando algo sobre los nuevos cadetes.
—Yepes es un caso perdido —gruñó Kingsley, llevándose la taza a los labios—. No sé cuántas veces le he explicado que la táctica de emboscada no funciona si llegas anunciándote como un maldito pregonero.
Tonks soltó una risa breve y ronca.
—Quizá si se lo tatúas en la frente… aunque dudo que lo sepa leer.
Kingsley sonrió, pero antes de que pudiera seguir despotricando, la puerta se abrió y un grupo de empleados entró en la sala. Tonks no tuvo que girarse para reconocer la silueta que lideraba el grupo.
Emmeline Vance.
—Shacklebolt, Tonks —saludó Emmeline con una leve inclinación de cabeza, su voz firme pero suave.
—Vance —respondió Kingsley con la misma cortesía.
Tonks asintió, pero su voz pareció quedarse atascada en la garganta.
Sus ojos siguieron a Emmeline mientras pasaba junto a ellos, con esa elegancia innata que hacía que todo en ella pareciera inalcanzable.
El monótono parloteo de Kingsley siguió resonando en sus oídos, pero Tonks apenas podía concentrarse. Su mente estaba en otra parte.
En ella. En Emmeline.
Un rostro de rasgos definidos y elegantes, enmarcado por una larga melena oscura que caía en ondas perfectas por la espalda.
Sus pestañas largas delineaban unos ojos oscuros y penetrantes, que destilaban seguridad y determinación.
Los labios, pintados en un tono neutro pero sofisticado, se curvaban en una leve sonrisa que jamás perdía su aire de autoridad.
La túnica de terciopelo negro, ajustada a la medida, resaltaba su silueta con elegancia. Debajo, una blusa de seda azul marino asomaba sutilmente en el escote y en los puños, dando un contraste refinado.
Pero no era solo eso.
Era la forma en que caminaba. Cada paso suyo resonaba con un ritmo cadencioso y seguro sobre el suelo de mármol.
Un sonido claro, preciso, sin titubeos.
Como si, por donde pasara Emmeline Vance, siempre se la escuchara. Siempre se la notara.
Y Remus… Remus seguro que también la oía.
Tonks desvió la mirada al suelo, hacia sus zapatillas de goma, que no hacían ruido alguno al moverse, como si su presencia apenas tuviera peso en comparación.
Pensó en la tarde anterior, en la complicidad con que se trataban en Grimmauld Place, tanto estando solos como acompañados. Y también recordaba perfectamente la tarde en la que Sirius le había contado aquella historia, con su tono de voz despreocupado, como si hablara de una vieja anécdota sin importancia.
«Oh, sí, Remus estaba colado por ella. Y al parecer, ella tampoco le hacía ascos. Pero ya sabes cómo es. Nunca se creyó lo bastante bueno para nadie. Así que no pasó nada.»
Sirius se había encogido de hombros, como si el asunto estuviera más que enterrado, pero Tonks se había quedado con aquellas palabras en la cabeza.
No había pasado nada entonces.
Eso había sido hace años.
¿Y ahora?
¿Aquella interacción entre ellos era lo habitual entre dos compañeros de la Orden? Cualquiera diría que estaban coqueteando.
No podía evitar sentirse inquieta.
La guerra lo cambiaba todo.
Las prioridades, las decisiones, las oportunidades. Quizá, ahora que todos eran más conscientes de lo frágil que era la vida, Remus y Emmeline podrían mirarse de nuevo y decidir no dejarlo pasar esta vez.
Y entonces…
¿se contendría Remus tras sus muros, como siempre?
¿O saldría de ellos por fin… para reencontrarse con alguien de su pasado?
Era absurdo sentir celos de algo que no había sucedido —o que ni siquiera tenía pruebas de que pudiera suceder—, pero no podía evitarlo.
—Tonks.
El tono bajo y severo de Kingsley la sacó bruscamente de sus pensamientos.
—¿Eh?
Kingsley alzó una ceja.
—Te estoy hablando ¿Dónde estabas?
Ella parpadeó, sintiéndose como una idiota.
—Oh… lo siento. Me quedé pensando en… eh… Yepes. Sí, en lo desastre que es.
—Ya te estaba hablando de Dawlish ahora —dijo Kingsley, escrutándola en silencio, aunque con una media sonrisa.
—Dawlish, perdón… siempre pienso en Dawlish.
Kingsley soltó una breve risa.
—Si estuvieras pensando en Dawlish, tendrías cara de fastidio, no de trance filosófico.
Tonks se removió en su asiento y bebió un sorbo de café para disimular.
—Ya, bueno… es que le detesto en muchos niveles.
Kingsley la miró con suspicacia, pero no insistió.
Tonks dejó la taza sobre la mesa y, sin quererlo, su mirada vagó hacia el enorme ventanal de la sala, que le devolvía su reflejo.
Pelo rosa, pero más apagado de lo normal. Tejanos raídos, camisa a cuadros, zapatillas gastadas. Parecía un borrón difuso sobre el cristal, una figura sin contornos definidos.
Y justo detrás de Kingsley y ella, como una presencia inevitable, podía ver a Emmeline. El terciopelo negro de su túnica, las ondas de su cabello, su postura recta, segura.
Hasta su reflejo lejano parecía destacar más que el de ella.
Suspiró. Se sentía poco más que una cría al lado de Emmeline.
Ella era el prototipo de mujer fuerte. Segura. Adulta. Con historia.
Por supuesto que Remus se sentía atraído. ¿Cómo no hacerlo?
No podía culparlo. De hecho, ella misma lo entendía.
Emmeline era simplemente … perfecta.
……………………………..……………………………..……………………………..……………………………..……
Tonks apareció en la puerta del cuartel general con un suspiro.
Había sido un día agotador, y aunque su mente le decía que lo mejor sería irse a casa y dormir, su cuerpo la había llevado hasta allí casi por instinto.
No estaba segura de qué esperaba encontrar.
En cuanto cruzó el umbral, vio a Remus Lupin en el pasillo. Alzó la vista al verla.
Tonks sintió una presión en el pecho. Vulnerabilidad. Incertidumbre.
—Tonks — dijo él con una sonrisa cálida—. Hacía días que no te veía. No hemos coincidido.
Él dio un paso hacia ella, y Tonks tuvo que recordarse que respirar no era opcional.
No dijo nada durante un instante. No porque no quisiera, sino porque las palabras se le colaban entre los dedos, torpes, como su propio reflejo horas antes.
Apretó los labios, obligándose a recuperar la compostura, y forzó una sonrisa.
—Sí, bueno. Ya sabes, misiones, informes, gente mala tratando de hacer cosas malas… lo de siempre.
Remus inclinó la cabeza hacia ella, con esa mirada paciente que parecía ver más allá de las palabras. Como si percibiera algo distinto.
Tonks sintió un ligero calor en las mejillas, deseando que él no notara su incomodidad.
—Bueno, pues has llegado justo a tiempo —interrumpió una voz detrás de ellos.
Sirius apareció en el pasillo con una copa en la mano y una sonrisa ladina en el rostro.
—¿Tiempo para qué? —preguntó Tonks, alzando una ceja.
—Para salvarnos del aburrimiento. Este hombre —señaló a Remus con la copa— se estaba poniendo insoportablemente solemne otra vez.
Remus rodó los ojos, exasperado.
—Estábamos hablando de cosas serias. De los próximos movimientos de la Orden, los licántropos, los…
—¡Exacto! — interrumpió Sirius, dirigiéndose hacia la cocina — Por eso necesitamos un cambio de tema. Algo divertido. Algo de lo que hablar sin que nos deprimamos todos.
Remus y Tonks le siguieron sin decir nada.
—No me digas que quieres volver a contar la historia de aquella vez que casi te ahogas en la bañera —dijo Remus, sentándose en una silla y mirando con sorna a su amigo.
Tonks parpadeó, incrédula, aún en el umbral.
—¿Sirius casi se ahoga en una bañera?
—¡No escuches a este traidor! —exclamó Sirius con fingida indignación—. Eso es una exageración total… Solo estuve bajo el agua un momento más de lo necesario… o dos.
Tonks no pudo evitar que se le escapara una medio sonrisa.
—¿Cuánto es «un momento o dos»?
—No más de lo que se considera socialmente aceptable.
—Definitivamente más de lo que se considera socialmente aceptable —remató Remus con una sonrisa.
Tonks negó con la cabeza, como si pudiera imaginarlo perfectamente, pero su sonrisa se veía forzada. Sirius no le quitaba ojo de encima, sonrió un poco. Quería hacerla reír. Todavía se sentía culpable por aquella conversación tan poco acertada del otro día.
—Pero ya que hablamos de historias interesantes, vamos a por una mejor. Como… —miró a Remus con picardía— ¿Qué tal la historia de James y Lily?
Remus, que estaba sirviendo tres tazas de te, alzó los ojos hacia él.
—¿Vas a contar tu versión o la real?
—Oh, vamos —dijo Sirius con una risita—. La mía tiene más encanto.
Se giró hacia Tonks y le señaló una silla vacía con una inclinación despreocupada del vaso.
Ella dudó un segundo, pero se dejó caer a su lado con un suspiro leve.
—Tu versión hace que parezca que James la tenía a sus pies desde el primer día — apuntó Remus. — Eso no fue así y tú lo sabes.
—Bueno, era cuestión de tiempo, ¿no?
—No estoy seguro de que Lily estuviera tan de acuerdo con eso —añadió Remus, casi con ternura.
—Al principio claro que no —concedió Sirius—. Pero solo porque James era un idiota impaciente y no hacía más que locuras para intentar llamar su atención.
—¿Solo al principio?
—Vale, puede que durante un tiempo más — admitió Sirius
—Años.
Sirius resopló.
—Detalles. Lo importante es que James era terco. Muy terco. Y Lily, en el fondo, lo encontraba encantador. Solo que no quería admitirlo. — rodó los ojos, teatral, girándose hacia Tonks.
Ella no estaba precisamente de humor, pero la ligereza en el tono de Sirius era contagiosa. Y no podía negar que sentía curiosidad. Apoyó una mano en la barbilla, cediendo a su indiferencia, y preguntó:
—¿Cómo empezó todo?
Remus y Sirius se miraron, compartiendo una expresión cargada de nostalgia.
—Sé que fue en séptimo curso —dijo Sirius finalmente—. Aunque antes de eso ya había señales. Pequeñas cosas.
—¿Como qué?
Sirius se encogió de hombros.
—Lily dejó de discutir con él cada cinco minutos. Empezó a reírse de sus chistes. Dejó de resoplar cada vez que él decía o hacía una tontería.
Remus sonrió suavemente.
—Buscaban razones para quedarse solos…
—¡Más bien excusas torpes y poco convincentes! — añadió Sirius entre risas.
Tonks sonrió, a pesar de sí misma.
—Pero si quieres una escena épica… Visualizaesto.
Sirius se enderezó con ensayada mientras alzaba la taza como si estuviera a punto de brindar
—Séptimo curso. Primer partido de la temporada. El estadio a reventar. James, por supuesto, capitán del equipo y un genio sobre la escoba. ¡Atrapa la snitch después de una persecución vertiginosa con el buscador de Slytherin pisándole los talones! El público grita, Gryffindor gana…
Pausa dramática. Sirius se incorporó aún más, levantando las manos como si fuera un narrador de tragedias mágicas.
—Y en lugar de aterrizar, ¿qué hace el muy descarado? Da una vuelta triunfal por el cielo, se saca una pancarta con un encantamiento ridículo —¡como si lo hubiera tenido todo planeado!— y la despliega, flotando sobre la grada, enorme, brillante: LILY EVANS, TE QUIERO.
Remarcó cada palabra con el dedo, como si estuviera trazando letras en el aire.
—¡Y entonces…! —Sirius levantó ambos brazos hacia el techo— todo el estadio empieza a corear su nombre como si fuera una estrella del Wigtown Wanderers.
Se reclinó con aire satisfecho, como si acabara de narrar el clímax de una epopeya griega.
—Fue glorioso —añadió, llevándose la taza a los labios.
Tonks arqueó las cejas, entre divertida y escéptica.
—¿Eso es verdad? —susurró.
Remus negó con la cabeza, pero no pudo evitar sonreír.
—No exactamente —respondió con calma—. Ganaron el partido, sí. Pero no hubo pancarta.
—Es que no hacía falta — empezó Sirius, pero Remus le ignoró, todavía sonriente.
—Lo que hizo James fue volar directo hacia Lily, detenerse justo a su altura… y besarla.
Sin decir nada. Delante de todo el mundo.
—¡Lo mismo que yo decía! —replicó Sirius—. Fue un gesto épico igualmente, admitámoslo. La grada entera se puso a corear su nombre como si acabaran de ganar la final de Copa.
Remus rodó los ojos.
—Esa parte sí fue real —concedió — Y la de Madame Hootch, recriminándole su atrevimiento y persiguiéndole con la escoba y un bate por todo el estadio,… también es verdad.
Tonks rió por lo bajo.
—¿Y Lily qué hizo?
Los dos amigos se miraron con una sonrisa cómplice.
—Le llamó idiota —dijo Remus.
—Pero no se apartó —defendió Sirius.
Remus asintió, medio divertido, medio resignado, como si no pudiera rebatirlo.
—Vale que hubo un gran momento… y otros muchos —reflexionó, mirando a Tonks—. Pero creo que, sobre todo, fueron los gestos pequeños.
—Exacto —añadió Sirius, desenfadado pero certero—. Miradas furtivas, risas mal disimuladas, encuentros a deshoras…
—Así empiezan las buenas historias —concluyó Remus, con un brillo tenue en los ojos.
Tonks sintió cómo aquellas palabras le rozaban el pecho. Algo en ella supo que no hablaban solo de James y Lily. Sin proponérselo, su mirada se perdió un instante, y una sonrisa tensa —la misma de antes— se dibujó en sus labios.
Remus la miró de reojo. Definitivamente, estaba rara. Demasiado callada. Con esa expresión ausente, como si no estuviera del todo allí con ellos.
Entonces Sirius, como si hubiera esperado justo ese momento, se volvió hacia su amigo con una chispa en los ojos.
—¿No te recuerda a alguien, Lunático? —inquirió con una sonrisa astuta—. Tantas señales obvias, tantas miraditas… ¿Nada que confesar sobre aquella época?
Tonks fingió desinterés, pero sus ojos se desviaron hacia Remus.
Él alzó las cejas. Sabía perfectamente a qué se refería su amigo. Tomó un sorbo de té con calma, y, sin perder la compostura, le sostuvo la mirada.
—Sí, claro — dijo, con voz suave — A Rosmerta y a ti.
Sirius parpadeó.
—¿Perdón?
—Bueno —continuó Remus, con un brillo burlón en los ojos—, que si hablamos de alguien que se pasó años intentando conquistar a una mujer con encanto natural y carácter fuerte…
Sirius chasqueó la lengua.
—Touché, Moony.
Pero lejos de retirarse, se reclinó en su sillón con aire satisfecho.
—Lo admito. Rosmerta siempre fue un reto.
—Nunca le interesaste realmente —dijo Remus con fingido desprecio.
—Eso es una mentira descarada y lo sabes.
Tonks soltó una risa y, de repente, el ambiente se sintió ligero otra vez.
Sirius había mordido el anzuelo, y la conversación se desvió sin esfuerzo.
Pero mientras Sirius y Remus continuaban intercambiando comentarios sobre las conquistas pasadas del primero, Tonks no pudo evitar notar la habilidad con la que Remus había esquivado la pregunta original.
Y eso le dejó un nudo casi doloroso en el estómago.
……………………………..……………………………..……………………………..……………………………..……
La sala de interrogatorios del Ministerio de Magia estaba iluminada por una luz mágica cenital que proyectaba sombras alargadas en las paredes.
Kingsley se mantenía de pie junto a la mesa, revisando unos documentos con su acostumbrada calma, mientras Moody gruñía en voz baja sobre las inconsistencias en los testimonios de los detenidos. Tonks tamborileaba los dedos, sin prestar mucha atención a la conversación de sus compañeros.
De repente, la puerta se abrió con un chasquido y apareció Emmeline Vance.
Su andar era seguro, su expresión serena, pero Tonks notó un destello de cansancio en sus ojos.
Detrás de ella, dos magos extranjeros entraron con paso firme.
Eran altos y vestidos con túnicas de un azul oscuro, decoradas con sutiles bordados plateados en los puños. Sus rostros eran impasibles, sus ojos escudriñadores y su aspecto, extranjero.
—Kingsley, Moody, Tonks —saludó Emmeline con un apretón de manos a cada uno antes de volverse hacia sus acompañantes—. Estos son los representantes del Departamento de Cooperación Internacional de Rusia. Han venido para interrogar a Mirov y dar inicio a los trámites para su repatriación.
Uno de los magos rusos, de mandíbula cuadrada y cabello oscuro peinado impecablemente, inclinó la cabeza de manera apenas perceptible.
El otro, más joven, pero con un porte igualmente severo, miró a Tonks por un instante. Su expresión no cambió, pero su mirada se posó en su cabello, que aquella mañana había adoptado un color cereza intenso.
Tonks hizo una mueca, consciente de la evaluación silenciosa a la que la estaban sometiendo.
—El Ministerio de Magia británico ha accedido a cooperar en este asunto —explicó Kingsley, señalando los documentos sobre la mesa—. Pero hay ciertos procedimientos que deben cumplirse antes de la extradición.
Tonks dejó que las palabras fluyeran sin detenerse en ellas. Escuchaba términos legales, protocolos de cooperación internacional, cláusulas sobre prisioneros de guerra,… Nada de eso le importaba.
Su atención estaba fija en Emmeline, en la forma en que hablaba con confianza, en la naturalidad con la que trataba a los rusos, en la sutil elegancia con la que se desenvolvía en un terreno tan árido como el burocrático. Y en la facilidad con la que sonreía cuando hablaba con Remus.
La conversación terminó con un acuerdo para proceder con el interrogatorio. Emmeline, Kingsley y los dos magos rusos se dirigieron a la sala donde Mirov esperaba encadenado a la mesa.
Moody y Tonks se quedaron fuera, observando a través del cristal encantado que les permitía ver sin ser vistos.
—No creas que sólo aquí tenemos problemas con magos oscuros —gruñó Moody tras unos segundos de silencio—. En Siberia y las tierras del Cáucaso hay movimientos preocupantes. Hace unos años, una facción de magos radicales intentó tomar el control de una región entera. Los rusos lograron contenerlos, pero la amenaza no ha desaparecido. Y si Voldemort sigue ganando fuerza aquí, puedes apostar a que muchos de ellos estarán dispuestos a seguirle.
Tonks frunció el ceño.
La guerra contra Voldemort y sus seguidores ya era lo bastante aterradora en Gran Bretaña. Pensar en cómo podía escalar a nivel internacional era algo que prefería no hacer. Sin embargo, la realidad era que el peligro se extendía más allá de lo que imaginaban.
El interrogatorio se prolongó por casi una hora.
Cuando los magos rusos finalmente salieron de la sala, hicieron una última inclinación de cabeza hacia los aurores antes de marcharse por la Red Flu.
Emmeline los observó desaparecer en un resplandor verdoso y, en cuanto la chimenea se apagó, dejó escapar un leve suspiro, como si al fin pudiera relajarse.
Tonks la observaba. Emmeline notó su mirada y le sonrió con cordialidad.
—Ha sido un día largo —comentó Emmeline con ligereza, mientras se quitaba un mechón de cabello oscuro del rostro—. Me vendría bien una taza de té.
Tonks parpadeó. Le costó medio segundo darse cuenta de que le estaba hablando a ella.
—Sí… Supongo que sí —respondió, forzándose a centrado.
Caminaron por el pasillo del Ministerio, reduciendo el paso mientras la conversación avanzaba.
—Espero que no os haya resultado demasiado frustrante todo esto —dijo Emmeline—. Los rusos pueden ser… algo formales en cuestiones burocráticas.
Tonks soltó una risa breve.
—¿Algo? Creí que uno de ellos me iba a lanzar una maldición solo por mirarle el bigote — añadió, mordaz
Emmeline rió.
—En su defensa, lo que más les ha sorprendido ha sido tu cabello.
Tonks respondió.
—Ah, claro… Debería haber apostado por un tono castaño convencional.
—Oh, no —replicó Emmeline con suavidad—. Me pareció que uno de ellos lo encontró bastante interesante.
Tonks la miró de reojo, tratando de descifrar si hablaba en serio o si le estaba tomando el pelo, pero Emmeline solo mantenía su expresión tranquila.
Hablaron unos minutos de trivialidades, de procedimientos ministeriales, de lo agotador que era lidiar con papeleo y con funcionarios testarudos.
Tonks se sorprendió a sí misma disfrutando de la conversación, al menos hasta que, sin previo aviso, un nombre se coló entre las palabras de Emmeline.
—Oh, Remus —dijo con una sonrisa—. Estuvimos en el mismo curso en Hogwarts. Pasamos muy buenos ratos juntos en esos días. Y ahora, en la Orden, ha sido una grata sorpresa reencontrarle.
Tonks sintió un nudo en la garganta. Tuvo que hacer un esfuerzo consciente para que su expresión no delatara la ansiedad que la devoraba por dentro.
—Ah, ¿sí? —logró decir, con un tono lo bastante casual como para no delatarse.
Emmeline asintió, con una mirada ligeramente nostálgica.
—Siempre fue brillante, aunque discreto. Recuerdo que en Defensa Contra las Artes Oscuras destacaba más que nadie… No me extraña que, años después, el propio Dumbledore le pidiera que fuera profesor. — Emmeline entrecerró los ojos, en un gesto casi coqueto — Tiene un talento innato para enseñar, ¿sabes? Estoy segura de que fue el mejor profesor de su año en Hogwarts.
Tonks tragó saliva.
—Sí, bueno… —murmuró—. Ahora es un gran activo para la Orden.
—Sin duda —concedió Emmeline—. Pero no solo por sus habilidades. Es amable, atento y se le da bien conectar con la gente.
Dejó escapar una leve risa, como si recordara algo
Tonks sintió cómo su estómago se encogía poco a poco.
—Sí… supongo que sí —dijo la auror, esforzándose por mantener un tono neutral.
Emmeline no parecía notar su incomodidad, o si lo hacía, no lo mencionó.
—Siempre ha tenido esa forma tan suya de hacerte sentir escuchada, comprendida… Es fácil confiar en él —añadió con una sonrisa suave, casi evocadora.
Tonks apretó los labios. Ahí estaba otra vez ese tono en su voz, ese brillo en los ojos cuando hablaba de él. Era admiración, sí. Pero… ¿solo eso?
—Supongo que sí —repitió sin pensar, y en cuanto las palabras salieron de su boca, se dio cuenta de que ya lo había dicho antes.
Emmeline la miró por un instante más largo de lo necesario antes de añadir.
—Es una gran persona
Por un instante, pareció debatirse entre decir algo más. Su mirada se posó en Tonks, como si estuviera midiendo el peso de las palabras que tenía en la punta de la lengua.
Al final, simplemente le dedicó una sonrisa.
—Bueno, ya llevamos un rato de descanso. Me temo que me vuelvo a mi departamento
—Claro —respondió Tonks, con la mente aún en otro lado.
Emmeline se despidió con un asentimiento amable y se alejó por el pasillo, con sus tacones de aguja golpeando el suelo con la firmeza y la sofisticación que desprendía toda ella.
Tonks la siguió con la mirada un instante más, sintiendo un regusto extraño en la boca.
No podía evitarlo: algo en la forma en que Emmeline hablaba de Remus le hacía sentirse incómoda. ¿De verdad eran solo viejos amigos? ¿O allí se estaba gestando algo más?
Soltó un leve suspiro y pasó una mano por su cabello, que ya había comenzado a oscurecerse sin que ella lo notara.
………………………………………………………………………………………………………………………………
El suelo del su apartamento parecía un campo de batalla.
Túnicas arrugadas, medias agujereadas, camisetas de bandas muggles, pantalones de cuero, botas militares, una chaqueta de terciopelo verde que creía perdida desde el año anterior o el otro…
Todo estaba fuera de lugar.
Todo era un intento.
Y ninguno servía.
Tonks se dejó caer sobre la cama, exhalando un suspiro frustrado mientras su varita rodaba entre las sábanas.
Llevaba puestos unos calcetines desparejados —uno de rayas, el otro negro con un murciélago medio despegado— y una camisa blanca abrochada con prisas, que no terminaba de quedarle bien en ningún sitio. Ni en el cuello, ni en las mangas. Ni en ella.
Se incorporó de nuevo, se puso de pie con desgana y se miró al espejo de cuerpo entero que tenía apoyado contra la pared. La luz era tenue, anaranjada, y hacía que sus facciones se vieran más suaves, más cansadas. Y también más frustradas.
El cabello, que había intentado domar sin éxito, volvía a tener mechones rebeldes. El escote no quedaba elegante, sino forzado. El intento de maquillaje ya estaba casi borrado, y en lugar de sofisticación, lo que veía era torpeza.
“¿Qué estás haciendo, Nymphadora?”, pensó. “No eres ella.”
Emmeline Vance.
Elegante. Serena. Imponente.
Con esa voz segura, esas pestañas perfectas, esa manera de estar en el mundo como si todo estuviera diseñado para hacerla destacar…
Se quedó allí, contemplando su reflejo, con los labios tensos y los ojos un poco húmedos.
Sintió la tentación de quitarse toda esa ropa que se sentía prestada, y esconderse bajo las mantas.
Pero no lo hizo.
Y si….
Tonks bajó la mirada, con las manos en las caderas.
—¿Y si me parezco a ella por fuera… solo un poco? —murmuró, apenas audible.
Sintió la tentación —una tan grande como el hechizo más poderoso— de cambiar.
Podía cambiar. Podía transformarse. Con un leve esfuerzo de concentración, podía alargar las pestañas como las de Emmeline, afinar la nariz, suavizar el mentón, elevar los pómulos, agrandar sus pechos. Podía darle a su piel ese tono uniforme y aterciopelado, hacer que su voz sonara más grave, más segura.
Podía hacer una versión más perfecta de sí misma.
Podía hacerlo.
Podía cambiar.
Lo había hecho antes. Para misiones, para infiltraciones, incluso por diversión.
Solo un poco. Solo para ver si así él…
Pero no lo hizo.
Porque en el fondo, sabía que no serviría de nada.
Porque cambiar su rostro no cambiaría lo que sentía él.
Y porque, en el fondo, lo que más deseaba… era que alguien la viera tal como era. Sin retoques. Sin adornos. Sin mentiras.
Qué irónico, pensó.
Podía transformarse en cualquier persona. Adoptar el peinado, la forma, el color, la estructura que quisiera. Podía hacerse horrenda. Podía hacerse preciosa. Pero también sabía que aquello, la metamorfomagia, solo era una fachada. Un aspecto.
Y Remus no era de los que se dejaban llevar por la apariencia, al menos no lo parecía.
Y aunque lo fuera… Emmeline solo había una.
Una de verdad..
—Claro que se siente atraído por ella —dijo entonces, en voz baja. No con rabia. No con envidia. Solo con la aceptación de algo que parecía inevitable.
Y con un gesto lento, como si el aire pesara más de lo normal, se desabotonó la camisa y la dejó caer al suelo.
Solo entonces, descalza, desnuda y con los restos del maquillaje en su rostro, volvió a parecerse más a sí misma.
Sin transformaciones ni disfraces. Solo una chica con la mirada perdida frente a un espejo.
Se pasó la mano por el cabello castaño oscuro, despeinado.
Y entonces, sí lo hizo.
Se abrazó a sí misma, y, en aquel momento, se permitió deshacerse un poco.
……………………………..……………………………..……………………………..……………………………..……
Tonks subía los escalones de la entrada del cuartel con las manos en los bolsillos y el ceño ligeramente fruncido.
El día había sido largo, como todos últimamente, lo que no la ayudaba a sentirse menos taciturna.
Pero cuando el encantamiento fidelio le dio entrada y cruzó el umbral, el alma se le cayó a los pies. Vio a Emmeline Vance, despidiéndose con una sonrisa amable, y caminando hacia la puerta.
—Tonks —la saludó la mujer con suavidad, antes de pasar a su lado.
—Emmeline —respondió Tonks en el mismo tono cortés, mientras un nudo absurdo se le apretaba en el estómago.
Se cruzaron en el pasillo, y cuando la puerta se cerró detrás de ella, Tonks dejó escapar un suspiro.
Rodó los ojos para sí misma. Sabía perfectamente con quién había estado hablando Emmeline. Y lo peor es que no tenía derecho alguno a sentirse molesta. Estaba siendo ridícula. Y eso la enfadaba y la hacía estar de mal humor.
Sacudió la cabeza, resoplando y llegó a la cocina.
Como ya se esperaba, encontró con Remus Lupin sentado a la mesa, con una taza humeante entre las manos y una sonrisa tranquila en el rostro.
—Tonks —la saludó con calidez—. Qué alegría verte.
Ella intentó corresponderle, pero su sonrisa no alcanzó del todo los ojos.
—Hola.
Remus ladeó la cabeza, observándola con atención, leyendo entre líneas.
—¿Va todo bien?
Tonks bajó la vista a la tetera que humeaba sobre la mesa. Se encogió de hombros con fingida indiferencia.
—Nada importante.
No insistió. Pero ella sintió su mirada sobre ella, escrutadora, paciente, como si ya hubiese detectado algo días atrás.
De hecho, probablemente lo había hecho.
En aquel momento, Tonks no solo se sintió inquieta y ridícula, sino también culpable. Remus no le había hecho nada y no tenía por qué pagar su mal humor con él. Así que, buscando sacudirse aquel peso del pecho, se sentó y apoyó los codos en la mesa, obligándose a cambiar de tema.
—¿Qué tal la misión con los licántropos?
Remus pareció aceptar la distracción.
—Tranquila, de momento. No hay mucho movimiento. Pero están… receptivos, diría yo. No están al margen de los movimientos de los mortífagos.
Comenzó a darle más detalles, con su tono pausado y medido de siempre, pero Tonks apenas escuchaba.
Asentía de vez en cuando, con la vista fija en la taza entre sus manos, sintiendo cómo los pensamientos la arrastraban lejos de aquella conversación.
Hasta que, de repente, Remus pareció recordar algo.
—Oh. Espera un momento.
Se inclinó hacia una bolsa de tela que descansaba a su lado y empezó a rebuscar en su interior.
Tonks alzó la vista, arqueando una ceja.
—¿Qué haces?
—Encontré algo hoy —respondió él sin levantar la vista.
Y entonces, con expresión satisfecha, sacó un libro gastado de la bolsa y lo colocó sobre la mesa, entre ellos.
Tonks parpadeó.
—¿Un libro?
Remus sonrió con nostalgia, deslizando los dedos por la portada desgastada.
—Lo leí cuando era adolescente. Y lo regalé a alguien muy especial.
El nudo en el estómago de Tonks se apretó un poco más.
Ah, claro.
¿A quién iba a habérselo regalado sino a Emmeline Vance?
Su mente se llenó de imágenes: Emmeline, con su porte impecable y su elegancia natural, recibiendo aquel libro de manos de un Remus más joven, quizás sonriéndole con el mismo gesto cálido que ahora le dedicaba a ella.
Remus parecía ajeno a su expresión, o quizás simplemente la ignoraba.
—Llevaba años buscándolo —continuó—. Y hoy, después de la misión, tuve un presentimiento. Pasé por un mercadillo y lo encontré.
Se lo tendió con un gesto amable.
Los sonetos de Shakespeare. Una edición antigua.
Tonks lo tomó con cautela y lo hojeó sin demasiado interés. No era que no le gustaran los libros, pero su mente seguía en otra parte.
Cuando se lo devolvió, esperando que Remus lo guardara de nuevo, él hizo un gesto con la cabeza.
—Es para ti.
Tonks lo miró, desconcertada. Luego miró el libro, como si no estuviera segura de haber oído bien.
—¿Para mí?
Remus sostuvo su mirada con la suya, cálida y serena.
—No sé qué te pasa últimamente, pero te veo muy seria, no pareces tú —dijo con suavidad—. Espero que no sea nada, pero… pensé que esto podría hacerte sonreír, al menos un poco.
Tonks apretó los labios.
Pero sí, finalmente, lo hizo.
Sonrió.
……………………………..……………………………..……………………………..……………………………..……………………………………………………………………..……………………………..……………………………..……………………………..………………………………………………..……………………………..……………
NOTA DE AUTORA:
Buenas a todos!
Me vais a perdonar, pero hoy no estoy inspirada en hacer una nota… estoy muy metida escribiendo el fanfic. Ya en el siguiente, hablamos.
Hasta luego, cocodrilo!
Deja un Comentario