Capítulo
Verano eterno
La sala de reuniones del Ministerio estaba en un silencio tenso, solo interrumpido por el roce de plumas contra pergamino y el murmullo ocasional de los aurores presentes.
Los dos magos rusos habían regresado, esta vez con una postura aún más firme que en su primera visita, portando un maletín lleno de documentos que habían colocado sobre la mesa con autoridad.
El Ministro de Magia británico estaba presente, al igual que el superior de Emmeline, quien observaba con gesto serio mientras ella traducía con precisión y calma cada palabra de la conversación que se desarrollaba entre Kingsley, Moody y los rusos.
Tonks observaba en silencio con os brazos cruzados en un intento de concentrarse en su trabajo.
Pero sus ojos se iban a Emmeline.
La forma en que hablaba, con aquella dicción perfecta, pasando del inglés al ruso con fluidez, su tono firme pero siempre cortés.
No tartamudeaba, no se enredaba en las palabras, no tropezaba con su propia torpeza. Era exactamente lo contrario a ella.
Tonks tragó saliva y apartó la vista, fingiendo que prestaba atención al documento que uno de los rusos acababa de deslizar por la mesa.
—Aquí está la orden de repatriación oficial, firmada y sellada —anunció Emmeline, después de intercambiar unas palabras en ruso con los enviados.
El superior de Emmeline revisó el documento con ojos críticos antes de asentir.
El Ministro de Magia británico hizo lo mismo, estampando su firma en la última página con un movimiento certero de la varita.
—Todo está en orden —confirmó Kingsley.
Moody gruñó en aprobación.
Uno de los rusos—el más alto y de semblante imperturbable—sacó de su túnica un pergamino con un sello lacrado y lo entregó a Kingsley con un gesto solemne.
—Una copia oficial para los archivos del Ministerio británico —tradujo Emmeline con tono neutral.
Kingsley tomó el documento y lo guardó con un leve asentimiento.
Tonks dejó escapar el aliento que no había notado que estaba conteniendo al ver que, finalmente, todo fluía.
Minutos después, Mirov fue sacado de su celda provisional y escoltado hacia una sala con una enorme chimenea. Llevaba las muñecas inmovilizadas con unas gruesas cuerdas mágicas y su varita, custodiada por sus compatriotas. No dijo nada, no opuso resistencia. Simplemente levantó la barbilla y dejó que los aurores lo rodearan, asumiendo su destino con una calma inquietante.
Mientras Emmeline estrechaba las manos de los emisarios rusos con su compostura impecable, el más joven de ellos se quedó rezagado unos segundos, con la mirada fija en Tonks. No era la primera vez que la observaba aquella tarde, pero esta vez, su expresión se tornó levemente intrigada, como si acabara de notar algo que le resultaba inusual.
Entonces, con un gesto casi pensativo, dijo algo en su idioma, sin apartar los ojos de ella.
Tonks frunció el ceño, sin entender una sola palabra.
Emmeline, aún con su amabilidad diplomática, sonrió antes de traducir:
—Está admirado por tu metamorfomagia.
Tonks se sorprendió. No había hecho ningún cambio consciente en su aspecto desde que había llegado. ¿Por qué le habría llamado la atención su habilidad?
Pero justo cuando apartó la vista, su mirada se encontró con su propio reflejo en una ventana cercana.
Su cabello, que aquella mañana lucía azul eléctrico – al menos, hasta que habían llegado los rusos y había iniciado la reunión – se había deslavado a un tono grisáceo, apagado, como si algo dentro de ella se hubiera drenado poco a poco.
El estómago se le encogió.
Apartó la vista con rapidez, justo cuando la chimenea de la sala se iluminaba con llamas verdes. Uno de los magos rusos pronunció unas palabras en su idioma y, con un último asentimiento cortés, guió a Mirov al interior de la red Flu. En cuestión de segundos, todos los extranjeros desaparecieron.
Tonks cerró los puños.
Sintió una punzada de fastidio consigo misma.
No tenía por qué sentirse así.
Tras terminar con toda la montaña de papeleo respecto el malvado mortífago ruso, Tonks estaba sentada en la sala de descanso, con los pies apoyados en el brazo del sofá y el libro de Remus en las manos.
Pasaba las páginas distraídamente, sin concentrarse del todo en la historia.
En realidad, lo que más le entretenía no era el libro en sí, sino la idea de que Remus lo hubiese escogido para ella. Que se hubiera tomado el tiempo de buscarlo, de pensar que le gustaría. Era un pensamiento reconfortante.
Pero al mismo tiempo, seguía sintiendo esa punzada molesta cada vez que pensaba en Emmeline Vance, algo que le hacía fruncir el ceño y preguntarse qué historia había en realidad entre ellos.
—¿No te cansas de leer? —bromeó una voz a su lado.
Tonks levantó la mirada y vio a Emmeline sonriéndole con naturalidad. Su tono era relajado, amistoso, como si no notara la tensión que a ella le estaba revolviendo el estómago.
Antes de que pudiera responder, Emmeline se inclinó con una sonrisa suave, miró el libro en sus manos y soltó una carcajada breve y nostálgica.
—Ese libro me recuerda a Remus Lupin.
Tonks sintió que se le encogía el pecho.
—¿Ah, sí? —preguntó, intentando sonar casual.
Emmeline se sentó en el sofá a su lado, con expresión cómplice.
—Sí, lo recuerdo bien. Remus Lupin se lo regaló a Lily Evans.
Hizo una pausa, observando la portada con una leve sonrisa
—Lily y yo éramos muy amigas en Hogwarts. Y recuerdo perfectamente como ella siempre llevaba este mismo libro a todas partes.
Tonks parpadeó. Por un instante, su mente se quedó en blanco.
—¿Lily Evans? —repitió, perpleja.
—Sí. —Emmeline asintió con suavidad—. Se lo regaló Remus en el último año de Hogwarts. Lily me dijo que era un libro muy especial para ella. Creo que era algo que los dos apreciaban y compartían. Ya sabes. Algo solo suyo.
Tonks no supo qué decir.
Así que Remus no le había regalado ese libro a Emmeline.
Se lo había regalado a Lily Evans.
A Lily Evans, que estaba enamorada de James Potter.
James Potter, que estaba locamente enamorado de Lily Evans. Los padres de Harry.
No tenía ni idea de qué significaba eso, pero de alguna manera, hacía que todo tuviera aún menos sentido.
Emmeline, ajena a la tormenta de pensamientos que arrasaba la mente de la auror, miró su reloj y suspiró, poniéndose de pie.
—El deber me llama —dijo con un deje de resignación, aunque con una sonrisa en los labios.
Tonks la miró sin entender del todo, todavía atrapada en su cabeza. Pero antes de que pudiera preguntar nada, Emmeline sacó algo de su túnica y se lo mostró.
Era una fotografía. En ella, Emmeline aparecía de pie junto a un hombre de expresión afable y cuatro niños, todos vestidos con el mismo jersey de lana, probablemente tejidos a mano.
—Ser madre, trabajar en el Ministerio y en la Orden es agotador —comentó con un tono ligero, aunque sus ojos brillaban con orgullo.
Luego le dirigió una mirada traviesa y añadió:
—Y, además, esta noche tengo una cena romántica con mi marido, así que quiero tener tiempo para arreglarme.
Tonks la observó en silencio. Emmeline tenía cara de cansada, pero también se veía feliz. Como si realmente adorara cada parte de su vida. Y entonces no le pareció tan perfecta. Solo humana.
—¿Tu marido? —preguntó Tonks al fin, algo torpe.
Emmeline sonrió con calidez.
—Sí, llevamos juntos desde Hogwarts. Él era el prefecto de Ravenclaw, del mismo curso que Sirius, Remus, Lily, James y yo. —Se encogió de hombros—. Supongo que el destino tenía otros planes para mí.
Tonks arqueó una ceja, sin entender del todo lo que quería decir.
Emmeline la miró con un brillo divertido en los ojos.
—Remus fue mi primer amor —confesó sin dramatismo, casi con ternura—. Pero hay cosas que simplemente no son. Y, en realidad, gracias a que aquello no ocurrió, terminé acercándome a mi marido. Y esta noche cumplimos veinte años juntos.
Tonks sintió que algo en su interior se desmoronaba y se reconstruía al mismo tiempo.
—Toda una vida —murmuró, sin saber muy bien por qué.
Emmeline se acomodó la túnica con un gesto pausado. Antes de irse, volvió a girarse hacia Tonks, con los ojos aún llenos de calidez.
—Si Remus Lupin te ha regalado esto, debe de ser que eres importante para él. Habla mucho de ti, ¿sabes? Parece tenerte en gran aprecio.
Le dedicó una última sonrisa, le guiñó un ojo con complicidad y se alejó con paso tranquilo.
Tonks se quedó inmóvil, con el libro entre las manos.
Sus dedos acariciaron el lomo gastado casi sin darse cuenta.
Se quedó mirando la puerta por la que Emmeline acababa de salir.
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Tonks llegó al cuartel con el libro bajo el brazo, aún sumida en sus pensamientos. No sabía por qué, pero sentía la necesidad de estar allí. Tal vez, sin darse cuenta, buscaba respuestas.
Al cruzar la puerta de la cocina, se encontró con Sirius y Remus sentados a la mesa, compartiendo un té. Ambos alzaron la vista al verla entrar.
—¡Nymphadora! —saludó Sirius con una media sonrisa.
—Tonks —corrigió Remus, con un tono más tranquilo, y dedicó a la auror una sonrisa cómplice.
Ella les devolvió un saludo distraído mientras dejaba su túnica sobre una silla y el libro sobre la mesa. Sirius lo miró con curiosidad y lo cogió entre las manos. Soltó un leve silbido.
—Vaya, vaya… ¿y esto? —preguntó Sirius, hojeando el libro con una expresión de sorpresa. Después de unos segundos, lo giró hacia Remus, con una ceja arqueada y un brillo divertido en sus ojos—. Ha sido cosa tuya, ¿verdad?
Remus rodó los ojos, pero una sonrisa se le escapó mientras asentía levemente con la cabeza.
—No es tan sorprendente, Sirius. Es un buen libro.
—Oh, sí, un libro estupendo —replicó Sirius con sarcasmo, apoyándose en el respaldo de la silla y cruzando los brazos—. No hay duda de que te marcó… a ti y a Lily.
Sirius hizo una mueca fingiendo exasperación y miró hacia Tonks, que observaba a sus dos compañeros con una sonrisa expectante.
—Todo séptimo curso estuvieron obsesionados con este libro. No hablaban de otra cosa —explicó Sirius mirando a Remus.
Tonks miró a Remus, buscando respuestas, pero él simplemente se encogió de hombros, como si no pudiera entender por qué su amigo nunca había leído el libro a pesar de su insistencia.
—Charlando, debatiendo, razonando… —seguía Sirius, gesticulando con exageración—. ¿Y no te acuerdas de cómo Lily lo llevaba a todas partes? Recitaba sus frases como si estuviera en un teatro, con aquella mezcla de drama y gracia tan suya.
Remus sonrió al recordar aquellos días, su mirada perdida en el pasado, donde todo parecía más simple y lleno de posibilidades.
—Lo que no me esperaba es que a Lily le gustara tanto o más que a mí.
Sirius soltó una carcajada. Tonks sonrió al mirarlos.
—Tonks, creo que no lo entiendes —dijo Sirius, inclinándose un poco hacia ella—. Lily y Remus eran algo así como almas gemelas. Podían pasar horas, días, meses, lo que fuera, hablando de cualquier cosa, entre ellas, este libro.
Tonks sintió un extraño vacío en el estómago.
—¿Almas gemelas?
—Sí, pasaban largos ratos juntos, caminando por el lago, debatiendo sobre mil cosas, filosofando sobre la vida y la magia… —Sirius hizo un gesto con la mano—. A veces eso crispaba los nervios de James.
Remus bufó con diversión.
—No sé por qué.
Sirius le lanzó una mirada incrédula.
—Remus, por favor. Eras el novio ideal. Sereno, reflexivo, atractivo, prefecto… Y James era un atolondrado y un loco.
Remus sonrió sin culpa, pero su expresión se tornó más nostálgica.
—Y era lo que Lily necesitaba.
Tonks los observó en silencio. Había algo en la forma en que Remus hablaba de Lily que le hizo comprender lo especial que ella había sido para él.
Remus volvió los ojos hacia ella. Pareció que estuviera valorando si decir algo o no. Finalmente se encogió de hombros y con una sonrisa, dijo:
—A veces me recuerdas a Lily, Tonks.
El corazón de Tonks se encogió. No se esperaba aquel comentario. No supo si aquello era bueno… o no tanto.
Sirius miró a su amigo alzando una ceja. No era propio de Remus decir algo así, tan directo. Entrecerró los ojos, como considerando el comentario, y miró a Tonks con traviesa curiosidad.
—Así que Lily, ¿eh? Veamos… Carácter fuerte, sí… determinación, también… Terquedad, sin duda… —iba contando con los dedos mientras Remus asentía.
Tonks los observaba con una expresión tensa, descolocada por la posición que parecía ocupar en la vida de Remus.
¿De verdad la veía como a su mejor amiga?
—¿Gracia? Bueno, lo intentas — añadió Sirius con una carcajada,
Tonks le lanzó una mirada asesina y movió el brazo para alcanzarlo.
En el gesto, golpeó la tetera. El té se volcó por la mesa con un golpe sordo y se derramó por todas partes. Sirius se apartó justo a tiempo para no escaldarse.
—Vale, eso no me recuerda a Lily — dijo él, con ligereza
Remus, sin inmutarse, agitó la varita y el desastre desapareció al instante.
Después buscó la mirada de Tonks – que se había ruborizado un poco – y se la sostuvo un segundo más de lo habitual. Como si intuyera que algo en sus palabras había despertado una incomodidad que ella no sabía cómo gestionar.
Sus ojos se ablandaron y, por un momento, su mente volvió al pasado.
A su yo más joven, una tarde, a principios de otoño en los terrenos de Hogwarts.
El lago Negro respiraba despacio bajo la luz de septiembre.
El aire era templado, todavía cálido, pero con esa insinuación de otoño que hacía que el cielo pareciera más alto.
Se recordaba apoyado contra el tronco de un haya, con la espalda acomodada en su corteza.
Llevaba la corbata ligeramente aflojada, el cuello de la camisa abierto un botón de más y e jersey, arrugado por la postura, marcaba pliegues irregulares a la altura de los codos. Los zapatos negros, nuevos aún y un poco traicioneros, descansaban a un lado sobre la hierba.
Tenía las piernas extendidas y sostenía un libro abierto sobre el muslo.
No leía con prisa.
Pasaba una página, se detenía, regresaba un verso atrás. A veces murmuraba una línea en voz baja, dejándose llevar por la cadencia. El viento levantaba mechones de su cabello y desplazaba las sombras sobre su rostro, obligándolo a entrecerrar los ojos cuando el sol lograba colarse entre las hojas.
Se estaba bien allí. Con el murmullo del agua, el rumor del viento y el calor dorado de los últimos días de verano.
—¡Remus!
Abrió los ojos y se encontró con la figura de Lily inclinándose sobre él, el cabello rojo encendido por la luz.
—Te estaba buscando. Reunión de prefectos en una hora. Y te conozco: si te quedas aquí, te olvidarás del mundo.
Se incorporó un poco mientras ella se dejaba caer a su lado, cruzando las piernas con naturalidad.
—No me extraña que te guste este lugar —dijo, observando cómo el calamar gigante asomaba perezosamente al otro lado del lago.
Remus sonrió con esa inclinación mínima de labios que solo aparecía cuando estaba realmente tranquilo.
—Solo estaba leyendo.
—Ya lo veo
Con una sonrisa pícara, Lily le arrebató el libro y miró la portada.
—Los sonetos de Shakespeare…
Fue hasta la página marcada. El viento levantó una esquina y ella la sujetó con los dedos. Leyó en silencio. Sus ojos avanzaban rápidos, pero se detuvieron un instante. Frunció levemente el ceño.
Remus lo vio.
Y bajó la mirada
Había algo en ese soneto —en la forma en que hablaba de deuda, de insuficiencia, de no estar a la altura— que le resultaba demasiado familiar.
Lily pasó la página. Y otra. Y otra. Hasta detenerse.
Una sonrisa pequeña, casi imperceptible, curvó sus labios.
—Este me gusta más.
Se puso en pie con teatral solemnidad. Se aclaró la garganta con exageración, alzó un brazo como si invocara un público invisible:
—Shall I compare thee to a summer’s day? —declamó, señalando el cielo azul sobre ellos— Thou art more lovely and more temperate.
Remus soltó una risa suave.
Lily continuó, avanzando un par de versos más, con esa convicción despreocupada que hacía que incluso Shakespeare sonara como una travesura.
La brisa agitó su falda y movió su cabello, rojo como el sol de verano.
—But thy eternal summer shall not fade… —prosiguió ella.
Una franja de luz cruzó el rostro de Remus, iluminándole los pómulos, el borde del cabello despeinado, la expresión medio divertida medio incrédula.
La pronunciación de Lily no era perfecta, pero tenía convicción. Y una chispa difícil de ignorar.
Cuando terminó, cerró el libro con un golpe ligero y se arrodilló a su lado.
Lo miró unos segundos, evaluándolo como si realmente estuviera comparándolo con algo.
Sonrió.
—“thy eternal summer “— Lily sonrió —Así es como te veo yo, precisamente ahora mismo.
Remus, con la corbata torcida, el jersey arrugado y los pies descalzos sobre la hierba, soltó una risa baja.
—Evans, estás delirando.
—En absoluto.
Los dos se echaron a reír, como los dos adolescentes que eran. Entonces, ella se levantó y le tendió la mano.
—Vamos. Antes de que tu “eternal summer” nos haga llegar tarde a la reunión.
Remus tomó su mano. Sintió cómo ella tiraba de él, ayudándolo a levantarse, a salir de la sombra hacia el claro luminoso de la tarde.
—¡Vamos, Remus! —gritó Lily unos pasos por delante.
Él sonrió mientras se calzaba los zapatos a toda prisa y se arreglaba la corbata.
La hierba quedó aplastada donde había estado apoyado. El libro volvió a su cartera.
Por un instante, bajo aquel árbol y aquella luz que parpadeaba entre las hojas, se sintió como un muchacho normal bajo un árbol, con un libro, una buena amiga y una tarde entera por delante.
Echó a correr tras Lily, que se alejaba hacia el castillo, con su melena bailando al viento.
Y mientras corría, le vinieron a la mente los últimos versos:
“So long as men can breathe or eyes can see,
So long lives this, and this gives life to thee.”
“Mientras los hombres respiren y los ojos puedan ver,
vivirá este poema, y tú vivirás en él.”
— Sí, te pareces a Lily… en algunas cosas — concluyó Sirius, sacando al Remus adulto de su trance.
— Pero tú siempre serás tú, Tonks.
Y tras decir esto, Remus la miró con una sonrisa suave. La misma que había dedicado a Lily aquella tarde de sol, tantos años atrás.
Ella no supo si fue la forma en que lo dijo, el modo en que la miró, o simplemente la charla amena de un día cualquiera. Pero no sintió que la comparara. Ni que intentara sustituir a nadie.
Al contrario.
Por primera vez en días, se sintió bien. Vista.
—Te ves distinta — añadió Remus, con tono suave, apenas audible—. Ese color te sienta bien. Es bonito.
Tonks se sorprendió. No llevaba nada especial. Solo un vestido de lana oscura que había rescatado del fondo de su armario después de mucho descartar. De la misma forma, su cabello lucía un rosa pálido que tampoco había elegido. Se había despertado así. Como si su magia tampoco supiera cómo se sentía del todo.
—Vaya — dijo, un poco más baja de lo normal. — Gracias
Bajó la vista, fingiendo que su taza vacía era interesantísima. Una sonrisa suave se le dibujó en el rostro, sin que tuviera que forzarla.
Cuando volvió a mirar a Remus, él ya había desviado la mirada, tomando su taza con aire distraído, como si todavía pudiera sentir la luz del verano eterno de su juventud.
Sirius, desde el otro lado de la mesa, lo había visto todo en silencio.
Apoyó un codo en el respaldo de la silla, divertido.
No había pasado por alto el brillo en los ojos de Remus ni la expresión serena de Tonks, como si por fin pudiera respirar tranquila.
No dijo nada. Pero estaba encantado.
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NOTA DE AUTORA:
A ver qué os parece este arco que incluye al personaje de Emmeline Vance, un personaje prácticamente inexistente en los libros —apenas un nombre, una muerte y poco más— y que aquí se ha convertido en una pieza del pasado de los Merodeadores… y, sobre todo, en un espejo para la inseguridad de Tonks.
Voy por partes:
-Sé que todos estaréis pensando. “Pero si Tonks es una tía muy directa. Ella iría frente a Remus, le plantaría un beso y le diría lo que siente. No sin tropezarse con ella misma antes, claro”.
Sí, yo también creo que Tonks es así… con los crushes.
Pero con Remus no es un crush. Es amor. Y cuando el amor es real, uno no actúa como siempre. Tonks conoce a Remus. Sabe que es reservado, que se protege, que se siente en deuda con el mundo. Y cuando sabes lo que te juegas, no fuerzas. Esperas. Observas. Mides. No por debilidad, sino por cuidado.
-Los sonetos de Shakespeare. Puede sonar pretencioso. Pero es que me encantan. Me encanta ese inglés antiguo (por supuesto, los he leído en ingles, pero con una buena copia traducida al castellano a mi vera) y cómo la sociedad de entonces, o al menos, el autor, veía la vida, el amor, el sexo, el verano… en fin, me parece bonito. No hemos cambiado tanto en medio milenio.
-Lily. Sí, para mí (y no me avergüenza admitirlo), Lily fue una persona muy importante – tal vez, la más importante hasta la fecha de hoy – que se cruzó por la vida de Remus. Sin ser romántica en pan pareja. Solo… Lily. Luminosa, honesta, cómplice, amable. Como yo la imagino. Como Remus dice: “alguien capaz de ver la luz en otra persona que solo ve sus sombras.” Eso marca. Y no tiene por qué competir con nada que venga después.
-Y ahora, Emmeline ¿Cómo la imagináis vosotros?
Yo la imagino como una especie de femme fatale… pero no en el sentido sexualizado del término. No es la mujer misteriosa de vestido rojo y humo de cigarrillo. Es una superwoman. Inteligente. Apta. Inalcanzable. Perfecta… y prefecta. La Ravenclaw destacada. La que siempre sabe qué decir. La que traduce idiomas imposibles sin perder la compostura. La que parece no tambalearse nunca.
Y precisamente por eso era perfecta para representar la inseguridad de Tonks. Porque a veces no competimos contra personas reales, sino contra versiones idealizadas en nuestra cabeza.
— Y sí, Sturgis Podmore, Emmeline Vance, Dedalus Diggle y Hestia Jones tendrán su papel. No como “friend B” decorativo, sino como secundarios con peso propio. Ya sabéis que lo mío son las historias secundarias. Y creo que estos personajes lo merecen.
Gracias por acompañarme en este pequeño arco, que espero que haya sido de vuestro agrado.
Decidme qué pensáis en comentarios, que me encanta leeros.
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