CAPÍTULO 32

Bienvenidos al inframundo

Tras desenredar el malentendido en la relación entre Remus y Emmeline, Tonks sintió como si un peso enorme sobre sus hombros desapareciera. Su estado de ánimo, que antes era una montaña rusa de emociones, ahora se asemejaba a un río sereno que fluía con una ligereza y un optimismo renovados.

Su risa, más genuina que nunca, iluminaba incluso los días más grises en el Ministerio y en el cuartel.

Canturreaba alegremente mientras trabajaba, tan a menudo que Dawlish se quejó, y ella se vio obligada a ofrecer sus más sinceras y calmadas disculpas, eso sí, luciendo un brillo soñador en los ojos que no podía borrar. Ninguna crítica, reprimenda o mirada despectiva, ni siquiera las que venían de su amargado y autoritario superior, podía robarle esa felicidad.

Al cruzarse con Emmeline en los pasillos, ya no sentía esa punzada de celos o inseguridad.

De hecho, cada vez que se veían, la bruja le dedicaba un guiño cómplice, como si le recordara sus palabras. “Si Remus Lupin te ha regalado esto, debe de ser que eres importante para él”. Esa simple afirmación envolvía su corazón de una ternura que nunca antes había sentido, y la arropaba cada noche antes de irse a dormir con una sonrisa suave dibujada en sus labios.

No siempre encontraba a Remus en el cuartel, ya que él estaba inmerso en sus incursiones en el mundo de los licántropos. Pero esa distancia solo intensificaba el deseo de Tonks de reencontrarse con él en alguna tarde tranquila, compartiendo un brindis, el calor de la chimenea y una amena conversación con Sirius, mientras se robaban miradas y sonrisas cómplices, como si el mundo a su alrededor no existiera.

Se perdía en pensamientos sobre él, apoyando su barbilla en su mano mientras contemplaba el cielo lluvioso del otoño londinense desde la ventana de su oficina, sintiendo su ausencia con nostalgia. Apenas se daba cuenta de que volvía a canturrear, lo que atraía la mirada reprochadora de Dawlish, obligándola a concentrarse en su trabajo.

Y así, todo comenzaba de nuevo, con su sonrisa de boba enamorada adornando su rostro.

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El resplandor de los hechizos iluminaba la sala mientras Tonks desviaba con precisión cada uno de los ataques que Kingsley le lanzaba.

La ráfaga era implacable: un Desmaius que repelió con rapidez, seguido de un Expelliarmus que esquivó con un ágil giro, y un Confringo que detuvo con un escudo brillante.

Kingsley no le daba tregua, pero Tonks mantenía el ritmo, su varita danzando en el aire para conjurar cada protección en el instante preciso. Finalmente, Kingsley lanzó un último ataque, un Stupefy de gran potencia. Tonks alzó la varita con firmeza, y el hechizo chocó contra su escudo con un resplandor azulado antes de disiparse en el aire.

Kingsley bajó la varita y asintió con aprobación.

—Muy bien, Tonks.

Ella dejó escapar un suspiro de satisfacción y bajó la varita también, sonriendo. Sí, ya dominaba el escudo.

Como siempre, Kingsley se acercó y le tendió una botella de agua. Tonks la tomó sin dudar y bebió largos tragos antes de dejarse caer sobre el suelo, todavía sintiendo la adrenalina recorrer su cuerpo. Kingsley se sentó a su lado con su calma habitual.

—Probablemente Ojoloco querrá evaluarte en breve —comentó él, con su tono grave pero relajado.

Tonks hizo una mueca instantánea.

—Genial. Justo lo que necesitaba para que mi semana fuera aún mejor.

Kingsley soltó una breve risa.

—No tendrás problemas. Has mejorado mucho.

Tonks resopló, aunque en el fondo, agradeció el reconocimiento.

Kingsley se puso de pie con su elegancia habitual y agitó la varita con un movimiento fluido. Dos sillas aparecieron frente a ellos. Tonks arqueó una ceja, contrariada.

—Volvamos a la oclumancia —dijo Kingsley.

Tonks dejó caer la cabeza hacia atrás con dramatismo.

—¿Crees que el mejor momento para empezar es después de un entrenamiento extenuante?

Kingsley la miró con escepticismo.

—¿Te piensas que la situación que te exija usar oclumancia será después de que tu agresor te haya permitido echarte una buena siesta, te haya servido una taza de té caliente y una buena magdalena?

—Magdalena, no… —respondió Tonks con tono bromista—. Sabes que yo soy más de galletas.

Kingsley sonrió y le tendió la mano.

—Venga, Tonks. En algún momento hemos de ponernos, y prefiero que practiques quince minutos cada día que dos horas una vez por semana.

Tonks tomó su mano con un gruñido resignado y se puso de pie.

—Está bien, está bien… pero si sobrevivo, te haré invitarme a galletas.

Kingsley negó con la cabeza, divertido.

—Si sobrevives, te las habrás ganado. Ahora, siéntate.

Tonks bufó una última vez, pero se dejó caer en la silla, preparándose para lo que estaba por venir

—¿Has estado haciendo los ejercicios que te indiqué? Vaciar tu mente antes de dormir.

Tonks asintió, aunque no con demasiada convicción. ¿Qué culpa tenía ella si no podía dejar de pensar en Remus Lupin?

Si alguien lograba colarse en su mente, ¿Qué encontraría? ¿Su caos? ¿Sus sentimientos no dichos? ¿Su torpe certeza de que cada vez pensaba más en alguien que no debía?

Por un momento, su corazón dio un vuelco. ¿Acaso Kingsley se daría cuenta de ello? No, no, aquello no podía ser.

Kingsley la observaba divertido. No necesitaba leer la mente de su compañera para notar su incomodidad.

—¿Todo bien, Tonks? —preguntó él—. ¿Has estado vaciando la mente?

—Sí, sí… —respondió finalmente—, pero no me resulta fácil.

Kingsley asintió y se acomodó en la silla.

—No lo es, claro que no. Pero solo la práctica te hará mejorar. Es normal, nos pasa a todos —dijo con un tono suave, sin rastro de condescendencia, como si entendiera perfectamente lo que ella sentía.

Tonks, aún algo insegura, se acomodó en la silla frente a él.

«Vacía tu mente, vacía tu mente», se repetía a sí misma.

Kingsley sonrió apenas.

—Cuanto más lo pienses, menos lo lograrás. Esto no es cuestión de forzarlo, sino de relajarte. Si intentas vaciar la mente a la fuerza, nunca lo conseguirás —explicó con serenidad, como si tuvieran todo el tiempo del mundo.

Tonks intentó hacerle caso. Cerró los ojos por un momento, respirando profundamente. Finalmente, los abrió y se encontró con la mirada oscura, penetrante, de su compañero.

—Legeremens —dijo Kingsley.

Tonks sintió como si algo intentara abrirse paso dentro de ella. Instintivamente, trató de cerrarle el paso, como si empujara con todas sus fuerzas una puerta para mantenerla cerrada. La presión en su cabeza se intensificó, sus músculos se tensaron. Y de repente, el empuje cedió.

Abrió los ojos, sintiendo la cabeza embotada. Kingsley la miraba con calma.

—No lo estás haciendo bien —dijo él—. No luches, no te resistas con rabia. Solo… déjate caer en el vacío. Es justo lo contrario de lo que estás haciendo.

Tonks respiraba entrecortadamente, como si acabara de correr varios kilómetros sin detenerse. Odiaba aquello.

—Ojoloco tampoco es bueno en oclumancia —murmuró con desdén, aun intentando recuperar el aliento.

—A Ojoloco no le hace falta la oclumancia —explicó Kingsley con tranquilidad

Tonks resopló.

—Ya… estoy segura de que habría esposado y encerrado al agresor antes de que tuviera tiempo de parpadear —dijo Tonks, pensando en la legendaria destreza de Moody en combate.

Kingsley ladeó ligeramente la cabeza antes de añadir con un tono más pensativo:

—No lo digo por eso. Ojoloco solo tiene un ojo normal. Es más difícil penetrar la mente de alguien que no tiene ambos.

Tonks parpadeó, sorprendida por la observación.

—¿Eso es cierto?

—Ni siquiera creo que Severus lo consiguiera —añadió Kingsley con un destello de humor en la mirada.

Tonks se quedó callada, reflexionando. Sabía que Kingsley se había formado en oclumancia con Dumbledore y con Severus Snape, y que este último era extraordinario en ese arte. Sin poderse resistir, guiñó su ojo izquierdo e imitó el ojo mágico de Moody con una sonrisa traviesa.

—A mí tampoco me hace falta la oclumancia —declaró con fingida solemnidad mientras hacía rodar su ojo mágico hacia todas direcciones

Kingsley sonrió

—Vamos, Tonks, sabes que te conviene.

Ella suspiró exageradamente y volvió a su semblante normal, aunque su expresión aún conservaba un destello juguetón. Se acomodó en su silla y miró a Kingsley, que había recuperado su aire concentrado.

Tonks cerró los ojos por un momento, respirando profundamente, tratando de seguir el consejo de Kinglsey. Finalmente, los abrió y se encontró, de nuevo, con la mirada oscura, penetrante, de su compañero.

—Legeremens —dijo Kingsley.

Esta vez, en lugar de resistirse, se dejó llevar. No luchó. No tensó su mente como si intentara cerrar una puerta a la fuerza.

En su mente, sintió que caía, pero no con el vértigo del miedo, sino con la ligereza de una hoja que desciende sobre el agua. Una sensación de ingravidez la envolvió, como si su peso se hubiera desvanecido y solo existiera el vacío, sereno y silencioso.

Se imaginó sumergiéndose en un océano oscuro, sintiendo la caricia de las aguas profundas deslizándose sobre su piel.

No había pensamientos.

No había recuerdos.

Solo el vasto y apacible abismo.

Su cuerpo se hundía con suavidad, mecido por una corriente invisible.

Paz.

Nada más. “Casi” nada más.

Cuando volvió a abrir los ojos, ya no estaba en el océano, sino en la sala de entrenamiento. Kingsley la observaba con una media sonrisa, inclinando apenas la cabeza.

—Creo que lo dejaremos por hoy —dijo con su voz serena mientras se ponía en pie con elegancia.

Lanzó una mirada a Tonks, que seguía hundida en su silla, y con un destello divertido en los ojos, le guiñó un ojo.

—Está claro que hay algo —o, mejor dicho, alguien— ocupando tu mente con tanta urgencia que no te deja concentrarte.

El rubor ascendió por el cuello de Tonks como un incendio descontrolado. Y, sin que pudiera evitarlo, su cabello se volvió puntiagudo y escarlata, delatándola con crueldad.

—¡Oh, por favor! —exclamó, irritada, poniéndose en pie de un salto — ¡No es cierto!

Pero Kingsley ya se alejaba con su paso tranquilo y una sonrisa apenas contenida en sus labios.

Ella frunció el ceño y, aún colorada, echó a correr tras él, dispuesta a borrar cualquier malentendido, aunque en el fondo sabía que su compañero había dado en el blanco.

—¡No es lo que piensas! —insistió, acelerando el paso.

Kingsley giró ligeramente la cabeza y, con su tono pausado y socarrón, respondió:

—Anda, vamos a por esas galletas, te las has ganado.

Tonks tropezó torpemente con su propio pie, sintiendo cómo el rubor se intensificaba aún más.

Pero, tras un segundo de fingida indignación, estalló en una carcajada y volvió a correr tras él, jurando para sus adentros que estudiaría oclumancia cada noche.

Cada. Maldita. Noche.

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Tonks volvía de su entrenamiento con una taza de café en la mano, dispuesta a terminar el informe que tenía a medias, no sin maldecir el poco control que tenía en oclumancia. Bueno, y a veces, en su metamorfomagia.

Al pasar por delante del despacho de su mentor, se detuvo. Dos voces discutían tras la puerta entornada. Le pareció oír su nombre.

—Es un procedimiento estándar —decía Scrimgeour con su tono seco de siempre—. Todos los empleadosdel Ministerio deben pasar por el Departamento de Misterios al menos una vez. Es parte de su formación.

—Tonterías —gruñó la voz áspera de Moody—. Tonks no necesita eso. No le hace falta perder el tiempo paseando por pasillos donde el aire se mueve solo.

Hubo un breve silencio, cargado de tensión.

—Precisamente porque el aire se mueve solo —replicó Scrimgeour, más bajo—. Porque ni tú sabes qué hay ahí dentro, Alastor. Por eso se rota.

La auror frunció el ceño. Se disponía a alejarse con disimulo cuando un bramido cortó el aire.

—Pasa, Tonks

Ella apretó los dientes. Estaba claro que Moody la había pillado fisgoneando con su ojo mágico. Entró al despacho con cautela. Scrimgeour la observaba de pie, rígido, como si la esperara.

—Auror Tonks —dijo, directo—. Has sido asignada temporalmente al Departamento de Misterios como parte del protocolo de inmersión institucional.

Tonks parpadeó. Miró a Moody, que mantenía la mandíbula apretada.

—¿Y eso es obligatorio? —preguntó ella, con cautela.

Moody bufó, sin apartar la vista de Scrimgeour.

—Tú sabes lo que opino —dijo, y bajó el tono—. Pero sí. Lo es. Para todos.

Tonks los miró a ambos.

Entendió. Aquello no era idea de Moody. Y tampoco parecía una orden directa de Scrimgeour. Solo una formalidad impuesta desde más arriba. Una de esas decisiones que nadie cuestiona, pero todos cumplen.

—¿Cuándo empiezo? —preguntó simplemente.

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Tonks resopló al mirar la cantidad absurda de tarjetas identificativas que colgaban de su cuello.

Aparte de su muy querida placa de auror – bien reluciente en el pecho –, cargaba con un montón de otras acreditaciones.

Su convocatoria de asistencia. Su permiso de prácticas. Su solicitud de rotación – firmada por Moody a regañadientes –, con trazos tan enfadados y cargados de tinta que casi rompió la petición, como muestra de su total desacuerdo.

Ah, y un formulario que había tenido que rellenar y firmar no menos de diez veces.

«Juro solemnemente que no hablaré de lo que vea, no preguntaré lo que no me sea explicado, y no intentaré averiguar por mi cuenta más de lo necesario.»

No pudo evitar alzar una ceja, sarcástica, al leer el mantra con que finalizaba el interminable pergamino. Básicamente, una promesa de mirar sin ver, y de aprender sin enterarse de nada.

—Pero si ni siquiera puedo hacer preguntas… —murmuró para sí, cruzando los brazos—. Moody tenía razón. Vaya estupidez.

Estaba de pie frente a una garita que daba acceso a un ascensor que baja a las profundidades del ministerio, donde estaba ubicado el Departamento de Misterios.

Tonks bufó, mirando la puerta, asegurada con no menos de cuatro candados mágicos. Una puerta al infierno. Una clara invitación a entrar y disfrutar de las vistas.

“Por supuesto, un lugar llamado Departamento de Misterios no podía estar en una reluciente playa de arena blanca… No. Mejor localizarlo en las entrañas del mundo mágico.”

Había tenido que entregar su varita a un funcionario de expresión marmórea que parecía llevar más años encerrado en aquella garita subterránea que la propia existencia del Ministerio.

Tenía la piel tan pálida que parecía hecha de cera. Tonks se contuvo para no reír: juraría que si le sostenía a contraluz podría leerle a través del cráneo el lema que colgaba sobre la puerta sellada:

“Por el bien de la comunidad mágica.”

En letras doradas, firmes, limpias.

Como una advertencia. O una oración.

Tonks suspiró “Más bien, podría poner Bienvenidos al inframundo”.

El hombre extendió la mano sin mirar, y Tonks recuperó su varita como si se la estuvieran devolviendo en una prisión de máxima seguridad. Luego el burócrata repasó por tercera vez sus identificaciones, pasando cada tarjeta por una ranura que emitía un pitido distinto.

Ninguno agradable.

—¿Podemos empezar ya? —preguntó ella, notando cómo el tono de su voz se volvía un poco más agudo de lo que le gustaría.

El hombre no levantó la vista.

—Esperaremos a que llegue su compañero de rotación.

—¿Mi compañero…? —empezó a decir Tonks, pero entonces lo oyó.

Unos pasos apresurados rebotaban contra las losas del pasillo.

Se giró justo a tiempo para ver aparecer una figura familiar, con el abrigo ligeramente descolocado, el pelo alborotado, unas gafas que le hacían los ojos graciosamente enormes y una carpeta que casi se le caía de las manos. La campanilla que siempre llevaba al cuello tintineaba al son de sus botas.

—¡Perdón! ¡Perdón, llego tarde! El ascensor se quedó atascado entre el nivel ocho y el nueve, y había un letrero pegado en el cristal que decía “No mires fijamente a los símbolos”, pero por supuesto los miré, y…

—Booth —lo interrumpió Tonks, con una sonrisa que no pudo evitar.

Él la miró. Ella lo miró.

El burócrata lo fulminó con la mirada como si llegar tarde fuera un crimen contra el universo mágico.

—Varita —ordenó con la voz hueca de quien ha olvidado el concepto de alegría.

El auror se la entregó a toda prisa, y el funcionario comenzó a revisar sus identificaciones, una por una, con la lentitud meticulosa de quien considera que cada trámite es sagrado.

Tonks volvió a resoplar, resignada.

Tendría el placer de contemplar al burócrata haciendo burocracia durante media hora más.

Al menos ya no estaba sola.

—Venga —dijo, más para sí misma que para él, en cuanto el funcionario le entregó la varita de vuelta a Booth —. Al inframundo no se entra todos los días.

Su compañero asintió con una medio sonrisa a la vez que el burócrata los fulminaba con la mirada a los dos y empezaba a abrir, con desgana, los candados que protegían el acceso a la que sería la rotación más extraña de toda su carrera. 

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Tonks no sabía cuántos pisos estaban bajo tierra, pero sospechaba que… muchos.

Más de los que el Ministerio admitiría por escrito, desde luego.

Caminaban en silencio por un corredor vasto y solemne, tras el burócrata de piel traslúcida que no les había vuelto a dirigir la palabra desde que entregó a Booth su varita y revisó sus identificaciones por quinta vez.

El eco de sus pasos resonaba entre las paredes de mármol negro que se alzaban altísimas, con columnas anchas que se curvaban en arcos pesados sobre sus cabezas. Las antorchas, colocadas a intervalos regulares, proyectaban una luz ámbar que parpadeaba en la superficie pulida de las losas, haciendo que todo pareciera moverse en silencio, como si el propio pasillo respirara con ellos.

Era como una catacumba ceremonial.

Una diseñada no para enterrar muertos, sino para custodiar secretos.

A su lado, Booth caminaba sin despegar los ojos de una carpeta abollada, llena de notas garabateadas y hojas dobladas con esquinas marcadas.

—¿Acaso has estudiado para esta rotación? —preguntó Tonks en voz baja, arqueando una ceja con escepticismo.

—Tanto como estudiar no… —respondió Booth, sin levantar la vista—. Pero me he documentado.

Tonks sonrió. Para Booth, “documentado” era lo más cercano al estudio intensivo que alguien podía hacer. Sin convertirse en un académico taciturno, claro.

—Creo que puede ser… interesante — murmuró él

—Moody dice que esta rotación es una estupidez —comentó Tonks, con algo de desdén—. Que no me servirá de nada.

Booth terminó de leer una nota escrita a mano antes de hablar.

—No. No te servirá de nada… si vas con esa actitud.

Tonks se detuvo y lo observó, perpleja. Pero Booth no bromeaba. Cerró la carpeta y la sostuvo bajo el brazo antes de clavar en ella una expresión seria.

—Mira, Tonks. Ya que tienes que hacer esta rotación, al menos sácale algo de provecho. Aprende algo, aunque sea por llevarle la contraria a Moody.

Tonks resopló y puso los ojos en blanco antes de retomar el paso. Odiaba que la trataran con condescendencia. Y también cuando Booth se ponía en plan Ravenclaw sensato y responsable.

Como si se diera cuenta de que había sonado más severo de lo que pretendía, su compañero se giró hacia ella. Tonks alzó la vista, mosqueada. Pero encontró en él lo de siempre: una chispa cómplice, más divertida que crítica.

—Venga, ¿cuántas veces nos permitirán meter las narices hasta los confines del Departamento de Misterios? — le dio un codazo amistoso — Vamos a disfrutarlo.

Tonks lo miró un segundo más. Luego, por primera vez desde que bajaron a aquel mundo de piedra y susurros, sonrió de verdad.

—Vale —dijo—. Vamos a disfrutarlo.

Y siguieron caminando tras el burócrata, cuyas pisadas ya se perdían en el siguiente pasillo.

……………………………..……………………………..……………………………..……………………………..……………

Aquella misma tarde, al cruzar la puerta del cuartel, el corazón de Tonks dio un pequeño salto.

Reconoció la voz grave de Remus conversando con Sirius en la cocina.

Giró sobre sí misma —casi tirando el paragüero de pata de trol— y se alisó el pelo, estirando con los dedos los mechones más rebeldes antes de cruzar el umbral con la mejor de sus sonrisas.

Allí estaba él, con el cabello desordenado y esa luz fugaz en los ojos que parecía brillar solo para ella.

Una idea se coló en su mente: ¿me habrá echado de menos también?

El pensamiento le provocó un cosquilleo casi infantil en el estómago.

Abrumada por sus propios sentimientos – y deseando por Dios no volver a convertirse en aquel puercoespín escarlata otra vez – , desvió rápidamente la mirada hacia Sirius, que la saludó desde la esquina mientras rebuscaba en un aparador.

—¡Eh, Tonks! —gritó Sirius, con su característica despreocupación—. Nos acompañas con un poco de whisky, ¿no?

—¿Desde cuándo preguntas? —respondió ella, encantada.

Sirius rió y sacó una botella medio vacía del fondo del estante. Sirvió tres vasos sin mucha ceremonia.

—¿Y bien? ¿Qué tal tu semana de auror estrella?

Tonks se dejó caer en una silla con un bufido teatral.

—Me han asignado una rotación en el Departamento de Misterios.

—¿Ah, sí? Eso suena…formativo.

—No sé si formativo —repitió ella con ironía—. Pero, desde luego, obligatorio. No sé ni qué se supone que haré ahí todavía. A mí me suena más a “firma necesaria para poder seguir trabajando en el ministerio”.

Hizo una pausa, recordando las palabras de Booth.

—Pero bueno… supongo que podría ser interesante. O al menos, raro. Y ya con eso me vale.

Remus había alzado la vista. Tonks le sostuvo la mirada un instante, divertida, y sonrió con suavidad.

—Seguro que tú irías encantado —añadió, con media risa—. Un paseo guiado por los secretos del Ministerio… Suena bastante a tu estilo, ¿no?

Remus ladeó apenas la cabeza, como si lo estuviera considerando de verdad.

—Sí —dijo, tras un segundo—. La verdad, suena fascinante. Siempre que no te borren la memoria al salir.

Tonks soltó una carcajada, y Sirius levantó su vaso.

—Venga, entonces —dijo—. Por las formaciones inútiles pero interesantes.

—¡Por las formaciones inútiles! —repitió Tonks entre risas.

Los vasos chocaron con un leve tintineo.

Tonks miró a Remus. Él también había participado del brindis, pero parecía más por automatismo que por intención. Su expresión era distante, como si no estuviera realmente entre ellos. Sirius lo notó enseguida.

—¿Y tú, lunático? ¿Todo bien?

—He estado con los licántropos —respondió Remus, apoyándose en la encimera—. Intentando recopilar información.

—¿Algo nuevo?

—Algunas cosas. Pero es lento.

El tono era bajo, y en él se deslizaba algo más que simple cansancio. Tonks lo sintió. Había algo tenso en él, velado, como si bajo aquella calma de siempre se escondiera una tormenta.

Un golpe sordo en el pasillo rompió el momento. Se oyó el murmullo de quejas apagadas y el sonido de algo cayendo.

—No puede ser —gruñó Sirius—. Ese elfo va a volverme loco.

Se levantó y salió de la cocina. La puerta quedó entreabierta.

Remus y Tonks se quedaron solos. El juego de luces y sombras, el aroma a madera quemada y el suave crepitar de las llamas en la chimenea creaban un ambiente íntimo que parecía cargar el aire.

Por un instante, reinó un silencio cálido.

Tonks jugueteó con el vaso entre los dedos, sin atreverse a mirarlo.

—Me alegro de verte —dijo al fin, con una sonrisa que quiso sonar casual.

Remus levantó los ojos. La miró un segundo, dos. Luego asintió, apenas.

—Y yo a ti.

Tonks frunció el ceño. Había algo en su expresión: una leve inquietud, un temblor apenas perceptible, que lo hacía parecer más vulnerable aquella noche.

—¿Estás bien? —preguntó Tonks suavemente, inclinándose hacia él.

Remus pudo vislumbrar la suave piel del cuello y el escote de Tonks, que se dejaba ver entre el final de la bufanda y el principio del jersey de punto que lucía aquel día y que favorecía escandalosamente su figura.

Un impulso salvaje, instintivo, de lobo, lo atravesó como un zarpazo.

—Sí, claro. Solo… ha sido un día largo — dijo, intentando espantar las imágenes que se formaban en su mente.

Al ver que Tonks no apartaba la vista, se acomodó en su silla, intentando pensar en otra cosa.

—No es fácil tratar con los licántropos, ¿sabes? No confían en nadie, ni siquiera en ellos mismos.

Tonks asintió sin decir nada.

Terminó su whiskey y se inclinó ligeramente hacia la mesa para alcanzar la botella. En el proceso, su mano rozó la de Remus, que descansaba cerca de su vaso vacío.

Fue tan breve que podría haber pasado desapercibido, pero en el instante en que sus dedos se encontraron, el corazón de Remus dio un vuelco inesperado, traicionando la calma que intentaba mantener.

Sintió cómo un calor implacable subía por su cuello, encendiéndole por dentro, y supo que no tenía nada que ver con el whisky de fuego.

—¿Más? —preguntó ella, alzando la botella mientras lo miraba su chispa traviesa tan característica.

—Ah… claro, gracias —respondió, esforzándose por mantener un tono casual.

Tonks llenó su vaso con cuidado. Su sonrisa se amplió un poco, como si hubiera percibido algo más en el aire, aunque no dijo nada.

Remus, por su parte, se centró en la llama titilante de la lámpara sobre la mesa, como si eso pudiera apaciguar el revoloteo en su pecho y la tormenta de su mente.

Tragó saliva e intentó seguir hablando, aferrándose a la conversación.

—No sé qué pretende conseguir Dumbledore. No creo que se nieguen a compartir información porque no quieran. Simplemente… no la tienen. Todo esto empieza a sentirse como una pérdida de tiempo.

Él la miró. Pero fue un error. Los ojos de ella brillaban con una ternura que desarmaba. Y su sonrisa también.

—¿Pérdida de tiempo? —repitió ella, y entonces apoyó su mano sobre la de él en un gesto natural, destinado a ofrecer consuelo.

Sin embargo, en el instante en que sus dedos su piel, Remus sintió de nuevo aquel latigazo incómodo que avanzaba por su sangre con un ímpetu abrumador. Su cuerpo reaccionó de inmediato, y tuvo que recurrir a toda su fuerza de voluntad para no dejar que esa agitación se reflejara en su rostro.

Se obligó a concentrarse en la luz que danzaba en la lámpara frente a él.

—Pero, Remus… haces un trabajo increíble. Más de lo que muchos de nosotros podríamos hacer.

Las palabras llegaban hasta él, aunque parecían atravesar un velo. La mano de Tonks permanecía sobre la suya, trazando suaves movimientos que parecían destinados a tranquilizarlo,… pero lejos de calmarlo, intensificaban la lucha interna que libraba.

Finalmente, después de unos segundos eternos, Tonks retiró la mano con cuidado.

El gesto fue tan delicado como el contacto inicial, pero el vacío que dejó dolía más.  

—Y no pongas esa cara, ¿eh, Remus? —dijo Tonks, con su energía habitual —. Estamos cerca de Navidad, ¡y las fiestas siempre son un buen motivo para celebrar!

— ¿Cerca de Navidad? —interrumpió Sirius, entrando nuevamente en la cocina con una ceja levantada—. Pero si falta como un mes, Tonks.

La risa de ella llenó la estancia, ligera y musical.

Remus sonrió, aliviado, agradecido por la presencia de Sirius. No sabía si habría resistido otro minuto a solas con ella.

Tonks, ajena a los pensamientos y emociones que provocaba en él, levantó de nuevo su vaso de whisky de fuego con un gesto firme y decidido.

—¡Por la Navidad!

Sirius se unió al brindis con un bufido divertido, siguiéndole el juego. Remus alzó su vaso también, intentando mostrar indiferencia, pero su cuerpo seguía recordando el calor de su contacto.

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Tonks cerró la puerta de su apartamento con un leve empujón y dejó escapar una risa entrecortada, aun perdida en sus pensamientos.

Su abrigo cayó sobre el sofá con un movimiento descuidado, y sus botas quedaron abandonadas junto a la puerta. Sus pasos la llevaron a la cocina casi sin pensar, con el cuerpo encendido por la emoción del reencuentro.

Sirvió una copa de vino y la sostuvo entre sus dedos, observando el reflejo profundo del líquido. Dio un sorbo, dejando que el calor se expandiera por su garganta mientras su mente se aferraba Remus. A su sonrisa esquiva, a la profundidad de su mirada, a su voz serena y a la calidez de sus manos.

Suspiró, cerrando los ojos un instante.

Se dejó caer en el sofá, su cuerpo rendido a la marea de deseo que la recorría. Se acomodó contra el respaldo, separando las piernas con un leve temblor involuntario.

Sus dedos buscaron el calor entre sus muslos, deslizándose bajo la tela de sus braguitas, y un jadeo escapó de sus labios al tocar su humedad, respuesta inevitable de su propio deseo.

Remus.

Su respiración se volvió más profunda cuando se permitió pensarlo más cerca.

Cerró los ojos al imaginar sus manos, su cuerpo cubriendo el suyo, sus aliento mezclados. Su piel ardía bajo sus propias caricias, cada movimiento guiado por el anhelo que él había encendido en ella sin saberlo.

Y lo único que podía hacer era dejar que su cuerpo lo recordara, que su piel lo imaginara y sus manos lo recrearan mientras su voz ahogada pronunciaba su nombre al acercarse al clímax.

Quería sentirlo.

Quería perderse en él. En su cabello, su respiración, en el peso cálido de su cuerpo.

Remus.

Sus dedos se movieron una y otra vez mientras un gemido escapaba de su garganta y su espalda se arqueaba, perdida en la intensidad de su propio deseo.

Tonks dejó escapar un último suspiro, con el cuerpo aún tembloroso.

Permaneció inmóvil por un instante, con los ojos entrecerrados, sintiendo cómo el calor se disipaba lentamente, dejando tras de sí un dulce estremecimiento.

Sonrió, satisfecha, y deslizó una mano sobre el vientre, como si quisiera retener la sensación que su pensamiento le había dejado un poco más. El nombre de Remus aún danzaba en su mente, enredado en cada latido pausado de su corazón.

Con pereza, se incorporó del sofá, su piel aún tibia, su respiración retomando su ritmo natural. Se pasó los dedos por el cabello alborotado y caminó descalza hasta la cocina, donde su copa de vino la esperaba, olvidada sobre la encimera.

La tomó entre sus manos y bebió un sorbo lento, sintiendo el calor del licor mezclarse con el que aún ardía en su piel. Apoyó un codo en la mesa y jugueteó con la copa entre los dedos, su sonrisa ampliándose, traviesa, mientras su mente seguía enredada en la idea de él.

Si todo salía bien…

Se mordió el labio, sintiendo un cosquilleo recorrerla.

Si todo salía bien, la espera valdría la pena. Las noches solitarias se convertirían en madrugadas compartidas, sus deseos reprimidos en caricias susurradas en la penumbra. Se imaginó a Remus cediendo a lo que tanto intentaba negar, dejándose llevar, dándole todo lo que en secreto sabía que también anhelaba.

Tonks soltó una risita y dio otro sorbo de vino, sintiéndose ligera, satisfecha… enamorada.

………………………………………………………………………………………………………….……………

Esa noche, en la penumbra de su habitación, Remus Lupin se dejó caer pesadamente sobre la cama. Un suspiro, hondo y áspero, escapó de su pecho como arrancado de lo más profundo de su ser.

Cerró los ojos con fuerza.

El tumulto de sensaciones que le había asaltado aquella tarde aún vibraba en su cuerpo y se removía bajo su piel con una intensidad difícil de ignorar.  

Pero, por suerte o por desgracia, aquello no era nada nuevo. Ya lo había sentido antes: la energía desbordante, el apetito voraz, la irritabilidad, la pérdida de todo raciocinio y la sumisión completa a los instintos más animales.

Incluso se había permitido ponerle un nombre.

“Hambre de lobo”.

Sí, creía que la denominación hablaba por sí sola.

Se trataba de una inquietante sensación, una mezcla de deseo carnal e instinto primitivo. Tan lujurioso como fiero, tan placentero como oscuro. Pero no solo eso. Era desgarrador, peligroso… y sangriento.

Lo sentía en cada fibra de su ser, como un eco sombrío que resonaba en su interior. El lobo escarbaba, gruñía y aullaba, intentando hacerse con el control de su mente y las riendas de su cuerpo. Trataba de imponer su presencia, su ferocidad… y su hambre.

Odiaba sentirse así, tan influenciado por la proximidad de la carne… le hacía sentir tan monstruo, tan lobo y… tan poco humano.

Se daba cuenta de que la cercanía de Tonks, su presencia, tenía la capacidad de despertar aquel anhelo feroz que tanto conocía y tanto detestaba de sí mismo.

Avergonzado, llevó una mano a su rostro, apretando los dedos contra las sienes, como si así pudiera borrar el recuerdo de aquel instante en que temió dejar de ser el dueño de su propio cuerpo.

Tonks.

El nombre se deslizó en su mente antes de que pudiera detenerlo.

Sacudió la cabeza, como si el mero acto pudiera desalojar su imagen. No era más que una amiga. Una persona brillante, leal, divertida. Sí, objetivamente atractiva, pero eso no significaba nada.

Lo que había sentido no era deseo. No era ternura. No era amor, y por supuesto, no era suyo. No era ni siquiera humano.

Era su naturaleza lobuna jugando con su mente, despertando instintos que no tenían cabida en su vida real.

Intentó explicárselo a sí mismo.

Todo aquel apetito y frenesí que se habían desatado tan de repente era, simplemente, el influjo de la luna.

La luna que, justo ese mes, se acercaba demasiado a la Tierra, despertando al lobo casi dos semanas antes del plenilunio.

Eso era todo. No había sido más que una reacción física provocada por la cercanía de una luna llena demasiado poderosa hacia una compañera, una mujer, que, por casualidad, se había acercado demasiado ese día.

Un fenómeno puramente biológico.

Nada más.

Aunque lo entendiera racionalmente, eso no le quitaba el miedo. Porque sí, ese impulso salvaje le había hecho estremecer, le había hecho dudar de sí mismo. No sabía si había querido besarla… o morderla.

Y ese miedo… ese miedo sí era real.

Casi sentía el aliento del lobo en su nuca. Latente. Expectante.

Pero, al fin y al cabo, finito.

Se dio la vuelta en su cama y miró la luna creciente.

Cuando terminara aquel ciclo todo volvería a la normalidad.

Solo tenía que resistir, ser paciente… y mantenerse alejado.

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NOTA DE AUTORA:

Bueno… esta es la primera escena de sexo que escribo en toda mi vida.

Y no os miento si os digo que me he pasado HORAS. ¡DÍAS! en realidad. Releyendo, reescribiendo, cuestionando cada palabra. Resulta que escribir tensión emocional es una cosa… pero escribir deseo es otra muy distinta.

Quizá debería empezar a leer algo de literatura erótica con fines de investigación. Nunca he leído Cincuenta sombras de Grey, tal vez me vendría bien como inspiración. Quién sabe.

Bromas aparte, espero que hayáis disfrutado la escena. Y, sobre todo, que hayáis captado el matiz: el espejo entre lo que siente Tonks y lo que experimenta Remus ante la misma emoción.

A partir de aquí habrá varios momentos construidos así: reflejos el uno del otro, dos personas viviendo el mismo sentimiento a través de lentes completamente distintas.

También me he permitido ampliar un pequeño aspecto del lore relacionado con la condición de Remus. Me parece bastante evidente — o incluso inevitable — que si la luna está más cerca de la Tierra, los instintos del lobo se despierten antes y con más fuerza. Eso es lo que él sabe — o cree saber — que está ocurriendo… y, en parte, no está del todo equivocado.

Espero que disfrutéis atravesando esos espejos con ellos y conmigo.

Podéis ver la ilustración del capítulo en mis redes —pasad por Instagram, Facebook, Tumblr o TikTok.

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