Así el como se pierden las guerras. A trozos.
Tonks no se había equivocado al decir que bajarían al inframundo.
El Departamento de Misterios era… enorme.
Y lo que más le inquietaba: profundo.
Sinceramente, no sabía hasta dónde se extendía. Habría dicho que le llegaba incluso el olor del mar… pero eso no tenía sentido. Londres estaba lejos del mar.
Si es que seguían estando allí, claro.
Repasaba distraída un manual que le habían entregado con las normas del departamento y sus objetivos de formación. El objetivo principal se resumía en una frase vaga: “Formación básica en entornos mágicos altamente clasificados”.
—¿Qué demonios quiere decir eso? —murmuró Tonks.
A su lado, Booth, con el manual ya doblado en un bolsillo, susurró:
—Venid, mirad… pero no demasiado.
Tonks dejó su manual sobre una mesa. Era una mesa larga, larguísima, de la que apenas veía el final, en una sala igual de vasta. Y alta.
Estaban en una biblioteca. Pero no una biblioteca cualquiera.
Era una sala colosal, de techos imposibles y arcos de piedra negra que se perdían en la penumbra.
Las estanterías, construidas en mármol oscuro y hierro, se elevaban como torres, desafiando las leyes de la arquitectura misma. Algunas estaban encadenadas. Otras vibraban levemente, como si los libros dentro de ellas aún respiraran.
Había libros que susurraban.
Libros que sangraban.
Libros que brillaban por dentro, como si tuvieran un corazón.
Tonks leyó algunos títulos y se arrepintió al instante.
Al fondo, encadenados a atriles, reposaban grimorios de nigromancia, manuscritos de magos oscuros, traducciones perdidas de runas antiguas, fragmentos de códices mágicos indescifrables… Algunos libros, intuía, intentaban leer al lector. Otros estaban protegidos con sellos que sólo podían romperse con autorización del mismísimo director del Departamento.
Tonks no pudo evitar pensar:
—Remus alucinaría aquí.
Y ese pensamiento le hizo fruncir el ceño.
Desde aquella última tarde en la cocina con Sirius, Tonks había notado un cambio en Remus.
Su presencia en Grimmauld Place se había reducido a su mínima expresión.
El tema era que, entre las incursiones de él y la estancia de ella en el Departamento – que le ocupaba más horas de las que realmente creía necesarias –, apenas se cruzaban.
Pasaba las tardes con Sirius, esperando que apareciera con alguna de sus historias o, al menos, con una sonrisa y una botella de whisky en la mano. Pero nada de eso ocurría.
Sí, Remus estaba profundamente implicado con su misión entre los licántropos. Estaba ocupado. Lo sabía. Era peligroso, delicado. Requería dedicación y paciencia. Era normal que pasara largas jornadas y eternas noches fuera.
Pero una parte de ella no podía evitar preguntarse si realmente era solo una casualidad o si, tras esas interminables jornadas había algo más.
Una decisión consciente. Un esfuerzo por mantenerse alejado.
Tonks suspiró.
Lo había visto en su mirada. Remus se estaba apartando, reconstruyendo sus muros piedra a piedra.
Sabía que Remus no era una persona fácil, que su vida estaba llena de sombras y secretos.
Con cada día que pasaba, esa cercanía que habían alcanzado se desvanecía, y Tonks se sentía impotente para remediarlo.
Esa distancia la afectaba tremendamente, incluso veía como su impotencia la convertía en alguien impaciente, irritable, alguien a quien no reconocía. Como una niña caprichosa a la que le negaran un simple dulce.
¿Qué había pasado? No lograba comprenderlo.
En sus noches solitarias, en su pequeño piso, se quedaba mirando el techo, preguntándose si llegaría a entender la verdad detrás de esa distancia. Se cuestionaba si alguna vez tendrían la oportunidad de ser algo más que amigos o compañeros, o si esa posibilidad se desvanecería irremediablemente en lo no dicho.
Y, sin quererlo, cada vez que ese pensamiento la asaltaba, sus ojos se desviaban hacia la luna que asomaba entre las nubes. Como si aquel astro pudiera conectarla, de alguna manera, con él.
Traerle de vuelta.
Un leve resplandor atrajo su atención.
Justo frente a ella, sobre uno de los atriles encadenados, reposaba un libro cerrado. La tapa, de cuero agrietado, mostraba un símbolo antiguo, de forma redonda, que parecía cambiar ligeramente según el ángulo de la luz.
Tonks lo observó durante unos segundos, con una sonrisa triste.
—Hasta los libros me lo recuerdan —murmuró.
—¿Decías algo? —preguntó Booth desde el otro lado de la mesa, alzando apenas la voz.
Tonks parpadeó.
—Nada. Solo… hablando con la luna.
Booth la miró con curiosidad, pero no preguntó más, como si aquello no le pareciera raro en su compañera.
Cerró con delicadeza la carpeta de notas que tenía frente a él.
—Ya nos podemos marchar
Tonks se giró hacia él, consultando el reloj
—¿Ya? —preguntó ella
Booth soltó una risa suave
—¿Acaso se te ha pasado rápido?
Ella negó con la cabeza
—Vámonos de aquí.
Tonks hizo ademán de dirigirse hacia la misma entrada por la que habían llegado horas antes, la que daba a los interminables pasillos del departamento. Pero Booth la detuvo y le enseñó otra puerta en lo que parecía ser el atrio principal de la biblioteca. Tonks le siguió.
Cruzaron por allí y salieron a una sala circular. La famosa sala circular del Departamento de Misterios.
Un movimiento lento y perpetuo los envolvió. Las puertas, todas idénticas, se deslizaban ante ellos como si esperaran ser elegidas.
—Es como una ruleta —murmuró Tonks—. O un truco de prestidigitación.
Booth, apoyado contra una de las paredes, soltó una risa nasal.
—Y lo peor es que, aunque eligieras bien, no podrías entrar.
Tonks ladeó la cabeza.
—¿Cómo que no? Pero si acabamos de…
—Sí, salir — afirmó su compañero — Pero entrar es diferente. Las puertas solo se abren para los altos cargos. Alta cumbre, inefables veteranos, burócratas con acreditación triple, y alguno más. Si tú o yo intentamos forzarlas, saltan las alarmas.
Tonks alzó las cejas.
—¿Y entonces, la única forma de acceder…
Booth asintió
—Por los pasadizos, como hacemos cada día. Te acreditas en la garita —sí, esa donde el tipo de piel cenicienta siempre te mira como si fueras un ladrón—, bajas en el ascensor del inframundo y das la vuelta por los corredores del perímetro.
—Qué práctico —ironizó ella.
—Sí. Todo esto está diseñado para que sientas que no perteneces. Que solo estás rozando el borde de algo.
Booth le dio un golpecito con el dedo a una de las puertas. No se movió.
—Es el sitio más cerrado del mundo. Y sin embargo… —bajó la voz— a veces parece que las salas mismas quieren que entres.
Su tono era sarcástico, pero a Tonks le sonó… reverencial.
No dijeron nada más.
Abandonaron la sala circular. Tonks echó una última mirada hacia atrás con desconfianza, hacia las puertas que seguían girando lentamente a su alrededor.
Casi como si la invitaran a cruzarlas. O la retaran a intentarlo.
………………………………………………………………..……………………………..……………………………..
La puerta de su pequeña habitación se cerró con un chasquido seco.
Remus apoyó la espalda contra la madera y cerró los ojos, intentando ignorar la sensación que lo consumía desde hacía horas.
Cada día que la luna llena se acercaba, estar cerca de Tonks se volvía más difícil. La tensión le crispaba los nervios, y el peso del autocontrol era cada vez más insoportable.
Se obligaba a alejarse, consciente de que sus propios instintos podían convertirse en un peligro. Lo último que quería era que Tonks se diera cuenta de cómo le hacía sentir, cómo su sola presencia encendía aquella hambre. Y, sobre todo, temía no poder contenerse, perder el control y hacerle algo irreparable.
Sobre todo, daño.
Pero Tonks no se lo ponía nada fácil.
Se sentía inquieto desde que la había visto esa tarde en la reunión de la Orden. Su forma de hablar, de moverse, de reír con Deddalus… Todo en ella lo llamaba. Todavía sentía la punzada en los puños, adoloridos de tanto apretarlos al escuchar su risa melodiosa tras un comentario divertido de Deddalus Diggle.
Después de la sesión, sus miradas se habían cruzado. Ella había dicho su nombre con suavidad, casi como un susurro, como una invitación a pasar un rato juntos. Como habían hecho hasta entonces.
Remus no había podido soportarlo más; No podía luchar contra sí mismo ante aquella mirada de ella, que le alentaba a dejarse llevar. Así que, incapaz de soportar la intensidad de esos sentimientos, había encontrado una excusa y se había marchado antes de que fuera demasiado tarde y el lobo decidiera que era el momento de abalanzarse sobre ella.
Remus podía comprender que Tonks no entendiera nada, no supiera por qué él se alejaba. Y que estuviera preocupada, incluso decepcionada o enfadada. Pero cualquier cosa era mejor que la verdad. Ella no debía saber nunca la oscuridad que despertaba en él.
Se sentó en el borde de la cama, los codos apoyados en las rodillas, las manos entrelazadas. Su cuerpo entero estaba tenso, como un lobo enjaulado que rasguñaba las paredes de su autocontrol.
Suspiró y se pasó una mano por el rostro, sintiendo el ardor en su piel. No podía seguir así.
Trató de pensar en otra cosa.
Pero ella volvía. Acompañada de esa sensación conocida, punzante, que tensaba la tela de sus pantalones y le recorría el bajo vientre con un hormigueo insoportablemente agradable.
Su voz, su risa.
La imagen de su cuerpo moviéndose al caminar. Sus gestos exagerados al hablar con esa confianza natural que lo volvía loco. Y en la eterna sonrisa que se dibujaba en sus labios cuando pronunciaba su nombre. Podía cerrar los ojos y, en un instante, volver a verla, olerla, sentirla… e imaginarla.
El deseo apretó con fuerza, tan físico que dolía. Tan mental que se imponía a toda razón.
¿Y si ella…?
Tonks. Su sonrisa traviesa. Sus labios entreabiertos, con las mejillas encendidas y la respiración agitada, pensando en él. Imaginó su cuerpo entregado y tembloroso bajo el éxtasis, y su voz, quebrándose al pronunciar su nombre justo antes de perderse por completo.
El lobo rugió. Y el humano apretó los dientes.
Su garganta se cerró y su cuerpo reaccionó al instante, grande, ardiente, imposible de ignorar.
No.
No debía pensar en eso. Inspiró hondo y su mente trató de aferrarse a la culpa, a la noción de que esto no era correcto, que solo empeoraría la situación.
Pero ya era demasiado tarde. Su cuerpo ya había decidido por él.
La necesidad era cruda, feroz, casi violenta. Una lucha desigual entre su voluntad y su instinto. Cada caricia sobre su piel no hacía más que avivar un incendio que todo lo consumía y alimentar al lobo, que exigía liberación.
Aun así, no podía parar.
Y, en el fondo, no quería.
No quería frenar el placer que sentía.
El frenesí que lo devoraba.
Ni la imaginación que lo avivaba.
Y en su mente solo existía ella.
No había ternura.
Solo hambre.
Solo piel y sudor. Y aquella maldita sonrisa.
El ritmo se volvió más intenso, más desesperado, a la vez que el fuego en su cabeza nublaba el poco juicio que le quedaba y la velocidad de sus latidos se duplicaba.
Igual que cuando el lobo corría libre por el bosque.
Igual que cuando el humano contenía el deseo carnal y sangriento. Hasta que no podía más.
Hasta que su respiración se quebró.
Un gemido bajo se le escapó entre los labios, contenido, como si incluso en su soledad temiera ser escuchado. La tensión creció, se endureció hasta el filo entre el placer y el dolor, y el control se rompió en un estremecimiento violento que lo atravesó por completo y le obligó a dejarse caer en el colchón con un suspiro tembloroso.
Miró el techo.
No había nada. Solo silencio.
Cerró los ojos.
No había nada. Solo su pulso desbocado. Solo su pecho subiendo y bajando. Solo el recuerdo culpable de su propio deseo… y el gruñido del lobo, que satisfecho, por ahora, volvía a dormirse.
……………………………..……………………………..……………………………..……………………………..……
El silencio del Ministerio a esas horas siempre le había parecido más sospechoso que tranquilizador.
Tonks estaba de guardia con Kingsley esa vez. Mientras él patrullaba por el atrio, ella se había quedado en el despacho de Moody, vigilando.
Se había sentado en el borde del escritorio, con los pies colgando, y el mapa del Ministerio desplegado sobre sus rodillas, extendido como una piel recién despellejada.
Los puntos se movían lentamente por los bordes superiores: dos guardias de seguridad en la sexta planta, una archivista que acababa de fichar su salida, algunos empleados de la limpieza,…
Y nada más.
Cero actividad en la novena planta.
Perfecto.
Se llevó una mano al cuello para estirarse cuando una nueva marca apareció en el mapa.
Rookwood, A.
—No. No no no…
El corazón le dio un vuelco. Se incorporó de golpe, sacó la varita y la apuntó al suelo.
—Expecto Patronum.
La loba plateada surgió de su varita con una rapidez vibrante. Tonks se inclinó sobre ella.
—Kingsley. Alarma en el Departamento de Misterios. Rookwood. Bajo ya.
El Patronus salió disparado por la rendija de la puerta como una exhalación.
Ella, sin perder el tiempo, se lanzó hacia la percha donde Moody siempre dejaba su Capa de Invisibilidad, la sacudió, se la echó sobre los hombros, y salió corriendo por el pasillo desierto.
El Ministerio parecía muerto. Solo su respiración agitaba el silencio. Intentó calmarla. No quería ser ella la descubierta.
Ding. Piso nueve.
La puerta del Departamento de Misterios se abrió sin resistencia. La sala circular giratoria giraba lentamente, como si adivinara su llegada. Una de las puertas se acababa de cerrar, con un chasquido. Tonks pudo oír como los pestillos tras ella se deslizaban, impidiendo el paso del personal no autorizado. Recordó las palabras de Booth.
“Tsk, no podré entrar por aquí” murmuró, y se dio la vuelta para dirigirse a los pasillos secundarios.
Volvió hacia la entrada para visitantes. La garita estaba cerrada, el vigilante no estaba allí. Murmuró un conjuro para desbloquear la entrada al ascensor y bajó hacia el inframundo.
Los pasillos largos y oscuros se abrieron frente a ella. Parecían más amenazadores… incluso vivos. Pero no se achantó. Comenzó a caminar con paso firme.
Solo el eco de sus pasos rompía el silencio. Solo el temblor de su respiración.
Rookwood.
Tenía que estar allí.
Giró a la derecha. Luego a la izquierda. Se detuvo. Escuchó.
Nada.
Un ruido a la espalda y giró en seco, varita en alto—pero era Kingsley. Se detuvo justo a tiempo de no maldecirlo.
—¡Casi te lanzo una maldición!
—¿Estás bien? ¿Dónde lo viste?
—Aquí. Entró por esa puerta. Lo vi en el mapa, Kingsley, no hay duda.
—¿Estás segura?
Ella asintió, jadeando.
—El mapa de Moody no miente.
Buscaron.
Corredores vacíos.
Puertas que se abrían a estancias silenciosas, cada una más extraña que la anterior. Y puertas que no se abrían, bloqueadas por hechizos de identificación mágica.
Tonks pateó el suelo, frustrada.
Rookwood estaba allí dentro, en la sala catorce, lo sabía, pero… ¿Cómo llegar hasta él?
Entonces lo vio. Una de las entradas laterales a la Sala Catorce, la de las profecías, estaba entreabierta.
—Tenemos que atraparlo, Kingsley — gritó ella, y se lanzó hacia la entrada.
—Tonks. Espera.
Pero ella ya empujaba la puerta, que se abrió del todo con un leve crujido. Una corriente de aire frío la envolvió.
Y entonces, sonó.
Una vibración profunda. Una alarma. Un estruendo sordo y antinatural que recorrió el suelo como un rugido antiguo.
Y segundos después, todas las alarmas empezaron a sonar.
Kingsley la alcanzó y murmuró, con un tono bajo, denso, definitivo:
—Esto nos va a dar problemas.
………………………………………………………………..……………………………..……………………………..
El despacho no tenía ventanas, solo dos hileras de lámparas flotantes que zumbaban con un parpadeo constante.
Tonks, ojerosa y despeinada tras la guardia nocturna, estaba sentada en una silla baja, con los codos apoyados en las rodillas y la mirada perdida en el suelo. Kingsley Shacklebolt permanecía de pie junto a ella, con los brazos cruzados y el rostro impasible, esperando a que alguien dijera algo más que un “hmm”.
Al otro lado de la mesa, Amelia Bones los observaba en silencio con los dedos entrelazados bajo el mentón, como si no supiera qué pensar de todo aquello.
A su lado, Rufus Scrimgeour repasaba un pergamino con expresión ceñuda.
Ese pergamino era la versión oficial de lo que había ocurrido apenas unas horas atrás.
En él se afirmaba que Tonks y Kingsley – los aurores en turno de guardia la noche de los hechos – , estaban patrullando por el atrio cuando vieron a Rookwood entrar en el ascensor que bajaba a la novena planta. Que, al tratarse de un movimiento sospechoso a esas horas, decidieron seguirlo y eso los llevó hasta la Sala Catorce ubicada en el Departamento de Misterios.
En realidad, no habían “visto” a Rookwood con sus ojos… Tonks había leído su nombre en el mapa de Moody. Mapa que, por cierto, no se mencionaba en ningún sitio.
Mejor así. Era detallado, fiable y útil. Pero ilegal y, por tanto, un secreto. Un artilugio que Moody llevaba años usando con el único objetivo de tener bajo control la seguridad del ministerio. “Uso las herramientas que creo necesarias para cumplir con mi labor y ya está”. Así se defendía él.
El mapa estaba ahora bajo llave en su despacho. Y Tonks sabía que, mientras Moody respirase, nadie salvo ellos mismos tendrían acceso a él.
Entonces, la puerta del despacho se abrió con teatralidad.
Lucius Malfoy entró con paso firme, con su túnica negra ondeando tras él como una bandera imperial. Llevaba el bastón en la mano izquierda, la barbilla en alto y la mirada afilada como una daga. Sus ojos se detuvieron en Tonks un instante, fríos y desdeñosos.
Como si dijera sin palabras: ¿En qué lío te has metido esta vez?
Justo detrás de él apareció Cornelius Fudge, que entró con expresión incómoda, el sombrero de color lima entre las manos y una sonrisa tensa en los labios. Como si se preguntara qué hacía él allí.
Malfoy tomó asiento con parsimonia, y empezó a hablar.
—No sé qué está ocurriendo en la División de Aurores, pero esto, desde luego, es inadmisible —dijo con voz suave, medida—. Dos agentes entran en el Departamento de Misterios sin autorización. Una sala activada. Todas las alarmas sonando. Esto debería acarrear una suspensión inmediata de licencias y la eliminación del conjuro de desbloqueo del ascensor.
Tonks levantó la cabeza, con los ojos encendidos de rabia.
—Yo estaba de guardia. Vi un movimiento sospechoso y actué. Solo hice lo que se supone que debo hacer.
Malfoy arqueó una ceja, con desprecio.
—¿Y se supone que entrar en la Sala Catorce forma parte de tus competencias?
Tonks se irguió en la silla.
—Si las guardias no sirven para vigilar movimientos sospechosos, ¿qué estamos haciendo, señor Malfoy? ¿Para qué estamos aquí si no es para defender las…
Estuvo a punto de añadir algo más.
Una palabra concreta, la palabra, ya en la punta de la lengua. Pero en ese momento, una mirada fugaz de Kingsley bastó para detenerla.
—…las salas que con tanto celo custodian ustedes — terminó, con simpleza.
Malfoy no le quitaba ojo de encima.
Ella le sostuvo la mirada, intentando no parpadear, no mostrar nada. Neutralidad fingida.
Una fachada de indiferencia cuidadosamente calculada.
Fue Malfoy quien apartó la vista.
Entonces, Tonks lo vio con absoluta claridad:
No. No debía mencionar las profecías.
No oficialmente.
Se suponía que no sabían lo que contenía la Sala Catorce.
Y si lo sabían, eso podía ponerlos en una situación todavía peor.
El silencio fue breve, pero denso.
Malfoy la fulminó con la mirada, pero no respondió.
Kingsley dio un paso adelante.
—Vimos a Augustus Rookwood bajar al Departamento a horas intempestivas y acceder a la Sala 14, sala que, como usted sabrá, es de las de acceso más restringido. No tenía ningún sentido que Rookwood estuviera allí sin notificar su presencia. La puerta estaba abierta. La auror Tonks actuó con rapidez, y si no lo hubiera hecho ella, lo habría hecho yo.
Malfoy se encogió de hombros con elegancia.
—Rookwood es un empleado de alto rango del Departamento. Su entrada está siempre autorizada.
Kingsley alzó las cejas, incrédulo.
—¿Entonces por qué no registró su entrada? ¿Por qué no notificó su ingreso?
Una voz rasposa interrumpió desde la puerta.
—Porque su intención no era buena.
Alastor Moody entró cojeando, envuelto en su túnica raída. Su ojo mágico giraba sin cesar, pero el real se fue a buscar directamente a Scrimgeour.
—Espero que no estés reprendiendo a los miembros de mi equipo por hacer bien su trabajo —gruñó.
Luego giró la cabeza y lanzó una mirada asesina a Malfoy.
Tonks resopló suavemente. La misma batalla de siempre.
Para los mandamases del Departamento de Misterios, todo lo que ocurría dentro de sus confines les pertenecía. Incluso la seguridad. Algo con lo que el Departamento de Aurores nunca había estado de acuerdo.
Las batallas territoriales eran frecuentes. Como si estuvieran constantemente midiendo la envergadura de sus varitas.
Cornelius Fudge carraspeó, rompiendo el silencio.
—Bueno, bueno… No queremos sacar las cosas de quicio. Estoy seguro de que todo tiene una explicación perfectamente razonable,…
Unos golpecitos discretos en la puerta interrumpieron la tensión.
Un joven —de rostro inexpresivo y túnica sin insignias— asomó la cabeza y se dirigió a Amelia Bones. Era un trabajador del departamento de misterios.
— Confirmado: Sala Catorce sin alteraciones.
El joven cerró la puerta con la misma neutralidad con la que había entrado.
Amelia tomó el informe de Scrimgeour y lo repasó sin levantar la vista.
—La intervención de los aurores ha sido pertinente —dijo finalmente, en tono seco—. Están autorizados a acceder a cualquier zona del Ministerio si lo encuentran oportuno, bajo su criterio profesional.
Lucius Malfoy no dijo nada. Se levantó con la misma lentitud con la que había entrado y se marchó sin mirar atrás.
Fudge vaciló un segundo, como si quisiera quedarse pero no supiera cómo. Finalmente, se ajustó el sombrero y murmuró:
—Hay… asuntos delicados en juego. No conviene avivar el miedo.
Y sin esperar más, siguió a Malfoy fuera del despacho.
Amelia Bones lo siguió con la mirada hasta que la puerta se cerró.
—¿Y si fue… la llamada de la Sala? —murmuró la bruja, inquisitiva.
Un nuevo silencio.
Moody, en su rincón, soltó un bufido.
—Ya estamos otra vez con el “llamado de las salas”.
—No es tan distinto del caso Graves —dijo Amelia con voz baja—. Y todos sabemos cómo acabó eso.
Moody apretó los dientes.
—No. Graves buscaba conocimiento prohibido. Pero esto es distinto. Rookwood estaba intentando robar algo que no le pertenecía. Y sabemos para quien.
Scrimgeour clavó sus ojos duros en él.
—¿Y cuál sería tu hipótesis? ¿Que el Señor Tenebroso se esconde en una casita de campo y se dedica a coleccionar baratijas mágicas y otros tesoros para su colección privada? No me hagas perder el tiempo, Alastor.
Moody no dudó.
—Mi hipótesis es que alguien ha enviado a Rookwood a por algo contenido en la Sala Cartoce.
Clavó en él los dos ojos —el real y el mágico— antes de continuar.
—Alguien a quien tú y yo conocemos muy bien, Rufus. Y sí, tal vez su objetivo sea montar un mercadillo de antigüedades… pero casi apostaría mi ojo mágico a que busca algo muy concreto. Y la próxima vez, tal vez no estemos allí para impedirlo.
Miró a Tonks y a Kingsley. Amelia desvió la mirada. Scrimgeour cerró los puños con fuerza. Se hizo un silencio largo.
Inestable.
Finalmente, Amelia cerró el expediente con un suspiro.
—Lo pondremos bajo vigilancia. A Rookwood.
Moody dio un paso al frente, golpeando el suelo con su bastón.
—¿Bajo vigilancia? ¡Tendría que estar en Azkaban!
—¿Y decirle al mundo que enviamos a un alto cargo del Departamento de Misterios a Azkaban sin haberlo capturado y sin pruebas? —replicó Amelia, sin alzar la voz—. No podemos permitir que cunda el pánico. Ni tú ni yo queremos ver el Profeta lleno de titulares sobre el Departamento de Misterios. Otra vez.
Tonks tragó saliva.
No se dijo el nombre de Sturgis Podmore, pero su presencia flotaba en el aire denso de la habitación.
Era cierto.
A Rookwood no le habían pillado in fraganti en una sala a la que no tenía acceso… No como a Sturgis. A él sí le detuvieron dentro de la sala, de madrugada y sin autorización alguna.
De hecho, es que nadie que supiera que estaba allí en misión de vigilancia para la Orden — organización también ilegal, por cierto —, podría encontrar otra razónn para justificar su presencia… o las explicaciones que pudieran encontrar serían, como poco, sospechosas. Tal vez, por eso Sturgis decidió callar, y no empeorar aún más su situación.
En realidad, el único “crimen” que había cometido Rookwood había sido no marcar su acceso, como tantas veces Tonks olvidaba fichar. Además, nada había sido sustraído.
Estaba claro que no tenían suficiente para detenerle.
La auror miró hacia su compañero.
Kingsley bajó la mirada con los hombros tensos. Él aún sentía más frustración porque ya había vivido eso antes.
“Así es como se pierden las guerras”, pensó. “A trozos”.
Con excusas razonables.
Con silencios incómodos.
Y corriendo un tupido velo con el único objetivo de tapar la verdad.
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NOTA DE AUTORA:
La escena autocomplaciente de Remus es, deliberadamente, el espejo de la que vimos con Tonks en el capítulo anterior. Dos formas distintas de vivir la misma emoción: ilusión frente a culpa; entrega frente a contención.
También seguimos abriendo puertas —literalmente— en el Departamento de Misterios. Espero que os esté gustando el lore que estamos construyendo ahí dentro. Y me interesa especialmente saber qué pensáis de la pequeña incursión de Tonks y Kingsley, de la posición del Ministerio y el ministro, de Amelia Bones y su neutralidad burocráticamente ensayada y de esa eterna guerra territorial entre Malfoy y Moody.
En fin, ya me diréis qué os ha parecido. El fanfic me sorbe toda la imaginación, así que las notas de autora siempre acaban siendo más breves de lo que planeo.
Si el capítulo te ha gustado, cualquier interacción —un like, un comentario, compartirlo— marca la diferencia. A mí me ayuda más de lo que imagináis y me anima a seguir escribiendo.
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