Más humano… menos lobo.
Tonks recorría los pasillos del Ministerio de Magia sin ganas, arrastrando los pies como si cada paso le costara más que el anterior.
El día se preveía interminable.
Aquella mañana le había tocado rotar por el Departamento de Misterios. Otra vez.
Había estado en la sala del Tiempo con Booth, sentados frente a los relojes encantados que medían ritmos biológicos y ciclos lunares. Un aburrimiento soporífero.
Sobre todo, para ella.
Aunque Booth intentara disimularlo hojeando su carpeta con cara de interés, Tonks sabía que también estaba deseando largarse.
Al fin salieron de la sala, desperezándose, dispuestos a regresar a un trabajo que, al menos, tuviera sentido. Y fue entonces cuando lo vieron.
Augustus Rookwood.
Caminaba por el pasillo en dirección contraria, elegante y frío como un cuadro de otra época. Apenas le dedicó una mirada a Booth. Pero sus ojos se detuvieron en Tonks.
Ella no apartó la vista.
Y durante unos segundos, el pasillo pareció helarse.
Rookwood no dijo nada. Simplemente giró al final del pasillo y desapareció entre las sombras, como si la oscuridad le perteneciera.
Tonks soltó el aire sin darse cuenta de que lo había contenido.
Siguieron caminando. Booth volvió a su carpeta. Ella a sus pensamientos.
Pasaron frente a una puerta sellada de metal negro con un número grabado: Sala Catorce.
Tonks la miró de reojo. La misma puerta por la que había intentado colarse unas noches atrás. La que había hecho saltar todas las alarmas.
—Hay unas cuantas salas, las restringidas, que se denominan por número y no por nombre —comentó Booth sin levantar la vista de los papeles—. Me pregunto qué debe haber aquí.
Tonks no respondió. Ojalá no lo supiera.
De vuelta a oficina de los Aurores, el ambiente era el mismo de siempre.
Kingsley revisaba informes con su calma imperturbable, mientras Moody, con su ojo mágico girando en todas direcciones, gruñía entre dientes sobre la incompetencia de los nuevos reclutas.
—Llegas tarde, Tonks —soltó Moody sin siquiera mirarla.
—Solo un poco, OjoLoco —replicó ella, intentando sonar desenfadada. Pero su voz salió más seca de lo que pretendía.
Forzó una sonrisa, esperando que al menos eso suavizara su tono, pero Moody ni siquiera levantó la vista.
Kingsley, en cambio, dejó escapar una sonrisa burlona antes de decir con su tono pausado:
—Un día de estos, llegarás puntual. Tal vez incluso con el cabello peinado.
Tonks chasqueó la lengua.
—¿Y perder mi encanto? Ni hablar.
La respuesta le salió automática, casi sin pensar, como un intento de aferrarse a la ligereza de siempre. Pero ni la broma ni la sonrisa que la acompañó lograron disipar el nudo en su pecho.
Se dejó caer frente a su escritorio, que estaba tal cual lo había dejado el día anterior.
Y el otro y el otro.
Desordenado, lleno de papeles por todas partes y con un mapa gigante encima de todo, sujeto con pisapapeles en las puntas para que no se enrollara.
El simple hecho de verlo le dio migraña.
Llevaba toda la semana cotejando informes y elaborando aquel galimatías… y mientras más le dedicaba, menos útil le parecía. Además, su concentración estaba al mínimo, lo que dificultaba proseguir con la tarea.
—Ese mapa, Tonks —interrumpió Moody de pronto, enfocándola con precisión con su ojo mágico—. ¿Ya comprobaste si coincide con las ubicaciones que te di ayer?
—Lo estoy revisando, OjoLoco —respondió ella, esforzándose por sonar paciente. Sin embargo, su voz arrastraba una irritabilidad que no podía disimular.
Sin más, Tonks se obligó a fijar los ojos en el mapa y centrarse en él, pero su mente se fue volando a otro día, otro lugar, otro recuerdo.
Fue tras aquella fatídica guardia.
Tonks fue con Moody a Grimmauld Place esa misma tarde.
La casa estaba envuelta en su característico silencio opresivo, como si contuviera el aliento.
Ni una voz. Solo el crujido de la madera bajo sus pasos, como si los muros supieran que algo no iba bien. Lo extraño era que había una reunión convocada.
Tonks se quitó el abrigo y lo dejó caer sobre una silla, dejando que su mirada recorriera rápidamente la estancia. No tardó en dar con los ojos de Sirius, el único presente.
—¿Solo tú? —preguntó Moody, extrañado por la ausencia de más personas en la sala.
Sirius levantó la cabeza y esbozó una sonrisa forzada.
—¿Novedades?
—Novedades — afirmó Moody — Ha habido… “problemas” durante la última guardia.
Sirius frunció el ceño, serio al instante, y miró a su prima. Tonks resopló, dejándose caer en una silla con un gesto derrotado. Sirius, sin decir palabra, se levantó y le sirvió un vaso de whisky, como si supiera de antemano que lo necesitaría.
Moody explicó brevemente la situación con Rookwood y con los mandamases del Ministerio, que insistían en que no había nada raro.
—En resumen — dijo Tonks, removiendo su vaso de Whiskey — Que nos han dado una palmadita en la espalda y otra en el culo.
Sirius sonrió por la frase, pero no había humor en su mirada.
—No han mencionado nada en El Profeta, ¿no?
—No les interesa mencionar nada. Lo habían silenciado todo antes de que nadie pudiera preguntarse si pasaba algo. Como siempre.
—¿Y cuál es la versión oficial?
— Que lo imaginamos. Que fue el cansancio.
Repitió Tonks, sin emoción, tomando el vaso que le pasaba su primo.
— Que el Departamento de Misterios confunde a la vista —añadió, con sorna—. Que a veces parece que hay alguien, pero no hay nadie. Que los locos somos nosotros. Y que Augustus Rookwood, aunque no estaba allí, si hubiera estado, tiene derecho a campar a sus anchas.
—¿Y qué dice Bones? — preguntó Sirius mirando a Moody — Ella nunca ha sido parte de la Orden, pero siempre ha estado a favor de Dumbledore, ¿no?
—Lo mismo de siempre — dijo Moody, sirviéndose un vaso de Whiskey para él —. Que no hay pruebas. Que no pueden crear alarma. Que ya hay suficientes titulares… y que su posición es demasiado buena para arriesgarla. Igual que Rufus, igual que Cornelius.
El auror dio un trago largo y dejó caer el vaso sobre la mesa antes de añadir.
—Eso no lo ha dicho ella, lo digo yo. Pero es así. Es más fácil negar la verdad que prepararse para lo que viene.
Sirius se acercó, apoyó la copa en la mesa, y se cruzó de brazos.
—Esto ya lo he visto. Así empezó todo, la primera vez.
—Sí. Y esta vez es incluso peor —contestó Moody—. Porque ahora el enemigo no lleva máscaras. Está dentro. Sentado en despachos. Con apellidos importantes.
Hubo un silencio.
—La verdad es que pensaba que, la situación que vivimos, el ambiente social, político… era por la incertidumbre —reflexionó Tonks—. Pero es peor. No es desconocimiento. Lo que hay es negación activa.
Miró a sus compañeros antes de continuar.
—Todos saben que algo no cuadra. Pero si lo aceptan… tienen que actuar. Así que es más fácil desacreditar a los testigos, silenciar a Dumbledore… cerrar filas alrededor de Fudge…
—Dejarnos a nosotros aislados —añadió Sirius.
—Y usar el desprestigio como control —remató Moody—. Ya lo han hecho contigo, Sirius. Con Harry. Con Albus. Y ahora lo intentan con nosotros.
Se hizo el silencio por un momento. Tonks suspiró y tomó la palabra de nuevo.
—Lo más frustrante de todo no es que nieguen el retorno de QuiénYaSabéis…
Alzó los ojos, buscando los de su mentor.
—Es ir contra el sistema — dijo, con resignación — Un sistema que está completamente podrido por dentro
Moody soltó un bufido
—Y esto no es nuevo, chica. Siempre ha sido así con el departamento de misterios
Tonks se escandalizó. ¿Cómo podía ser aquello normal?
—¿Por qué? ¿Por qué hay doble rasero?
Moody se encogió de hombros.
—Piensa en quiénes son los que mandan en esa sección — dijo Sirius, paciente.
Tonks no respondió. Pero lo sabía.
Claro. La flor y nata del mundo mágico. Familias como los Malfoy. influyentes en todos los círculos de la alta sociedad.
Tonks volvió a mirar a Moody, que explicó:
—Nadie quiere saber qué se cuece ahí abajo. Son intocables, incuestionables. Como si fueran los altos sacerdotes de una religión antigua que han tejido al sistema desde dentro. El Departamento de Misterios no es solo un centro de investigación; Es la cima del poder mágico. Y del político. Y nadie se atreve a mover una piedra sin que tiemble el castillo entero.
—“Por el bien de la comunidad mágica” — murmuró Tonks, con la mirada perdida.
Sirius hizo una mueca
—Perfecto. Así que hay una planta entera del Ministerio regida por un culto de iluminados… y la única medida de seguridad es mirar hacia otro lado.
—Nadie se arriesgará a ir en contra de ellos — dijo Moody —. Pueden perder su empleo o a sí mismos… mira a Sturgis.
Se hizo el silencio un momento mientras Tonks digería todo aquello.
—De nuevo, lo único que podemos hacer es seguir vigilando — concluyó Moody
Tonks bufó
— Ya, como si eso sirviera de algo, jefe
Moody negó con la cabeza
—No, no. ¿No te has fijado en la expresión de Malfoy? Estaba completamente disgustado, aunque intentara fingir indiferencia.
El auror se detuvo un instante, esperando que su pupila le mirara.
—Casi me alegro que sonaran todas las alarmas. Estoy seguro que interrumpisteis lo que fuera que estuviera haciendo Rookwood.
Tonks se irguió un poco, pero no interrumpió.
—Lo que hay que hacer es ir ganando progresivamente terreno — continuó el viejo auror — Estrechar el cerco en torno al departamento de misterios. Que no se pienses que se saldrán con la suya esta vez. Que se pongan nerviosos. Que se precipiten. En algún momento cometerán un error. Estoy seguro.
Tonks asintió. Sí, ella quería creer eso. Necesitaba creer eso.
Al finalizar la reunión, Moody se despidió rápido, como siempre.
Tonks aprovechó el momento para acercarse a Sirius, intentando sonar despreocupada, aunque su inquietud era evidente.
—Por cierto, Sirius… ¿has visto a Remus? —murmuró —. Hace días que no sé de él…
Sirius la miró. No parecía sorprendido por la pregunta.
—Está de misión. Salió hace unos días.
Tonks bajó la mirada.
— No te preocupes, Tonks. Entre licántropos es donde mejor se mueve —añadió Sirius, intentando sonar tranquilizador—. Sabes que es un tipo precavido. Estará bien.
Un portazo la sacó de golpe de sus pensamientos.
Parpadeó, regresando al presente. Estaba en el Ministerio. Sentada en su escritorio. Mirando fijamente un pergamino que no había leído.
Kingsley le lanzó una mirada preocupada.
—Estás muy callada, Tonks —comentó, arqueando una ceja—. ¿Todo bien?
—Perfectamente —mintió ella con una sonrisa rápida.
Desde su escritorio, Moody gruñó.
—Si tienes tiempo para distraerte, Tonks, tienes tiempo para revisar ese mapa otra vez.
—Sí, sí, OjoLoco —respondió, intentando sonar ligera, pero su voz salió más apagada de lo que habría querido.
Bajó la vista al mapa, pero no lo veía. No realmente.
En realidad, había otra razón por la que se sentía tan irritable. Y no tenía que ver con las guardias, las interminables horas de rotación o la política sin sentido.
Hacía casi dos semanas que no veía a Remus. Se decía que no debía estar así, que no tenía derecho a sentirse tan nerviosa por su ausencia.
No lo podía evitar.
Al final del día, solo quería una cosa.
Verle. Saber que estaba bien. Estar con él.
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Aquella tarde, antes de irse, Tonks vio a Moody preparándose para marchar. Ya tenía la capa echada sobre los hombros y un fajo de documentos bajo el brazo.
—¿Dónde vas, Alastor?
Moody alzó los papeles.
—Voy al cuartel. A dejar esto para Lupin.
Fue un impulso. En realidad, una decisión que ya llevaba horas tomada. Tonks se acercó y alargó la mano hacia su mentor.
—Voy yo, Alastor. Tú vete a casa.
El auror la escrutó por un momento, pero no dijo nada. Solo asintió y le entregó los informes.
Tonks, sin darle oportunidad a añadir nada más, salió por la puerta del despacho mientras se colocaba la túnica sobre los hombros.
No pensó en si era sensato. No pensó en si estaba siendo demasiado evidente. Ni siquiera pensó en si iba a encontrarlo.
Solo sabía que ya no podía soportar una noche más con esa duda enquistada en el pecho.
Solo quería saber qué pasaba con Remus. Porque ya estaba cansada de imaginar.
La casa estaba en silencio. El recibidor, lúgubre. La cocina, vacía.
Subió las escaleras, decidida. Sirius estaba frente al fuego. Solo. Otra vez. Levantó la mirada al verla.
—Eh, Tonks, ¿qué haces aquí?
—Vengo a traer estos informes para Lupin —dijo, dejando los pergaminos sobre una mesita, al lado de una botella de whisky de fuego—. ¿Dónde está? Hace tiempo que no le veo.
Tonks lo dijo demasiado rápido para sonar casual, pero no le importó.
—¿Sigue de misión?
Sirius la miró con una expresión que no supo descifrar y, por un momento, no dijo nada. Después, en lugar de responder, giró la cabeza y señaló la ventana.
Tonks siguió su gesto y lo comprendió al instante.
La luna llena dominaba el cielo nocturno y, aunque parcialmente oculta tras las nubes, su significado era imposible de ignorar.
Él no estaba lejos. Estaba allí mismo.
Pero ya no era él.
—Está enfermo —murmuró Sirius en una voz grave, como si las palabras tuvieran peso.
Tonks se sintió tonta. Entre las interminables horas de trabajo, las guardias, el Departamento de Misterios y sus propias cavilaciones que no había reparado en la fase lunar. Entre tanto ruido, se le había olvidado mirar al cielo.
—Ya… —logró articular.
Era una respuesta tan insignificante frente a lo que sentía que casi le parecía una burla.
Sus ojos se desviaron hacia Sirius de forma furtiva, intentando descifrar si él había captado el verdadero trasfondo de su interés por Remus. Sirius, que parecía leerla con facilidad, no tardó en reaccionar. Se inclinó hacia la mesita y le sirvió un vaso de Whiskey.
—Tómalo, te vendrá bien —dijo con suavidad
Tonks aceptó el vaso con un gesto de agradecimiento y bebió un sorbo lento.
—No te preocupes demasiado, Tonks —dijo con una leve sonrisa y un tono más ligero, aunque en sus ojos se leía una sombra de preocupación—. Ya sabes cómo es Remus. Siempre vuelve entero. Más o menos.
El silencio que siguió no fue incómodo, pero sí denso, lleno de pensamientos que ninguno de los dos puso en voz alta.
Afuera, el viento silbaba suavemente, acompasado con sus reflexiones.
Sirius, con la barbilla apoyada en una mano, observaba de reojo a Tonks. Había algo en la forma en que ella miraba por la ventana, con una vulnerabilidad que no lograba disimular, que le hizo reflexionar.
Remus era un idiota con suerte.
¿Qué hombre en su sano juicio podría tener a alguien como Tonks preocupándose por él y no corresponder?
Una sonrisa ligera, apenas perceptible, se dibujó en sus labios. Tras unos segundos, decidió que el silencio había durado suficiente. Se reacomodó en la silla y buscó la mirada de su prima.
—¿Sabes? Hay algo que puedes hacer…
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La luna llena, oculta tras densas nubes, cedía su reinado a los primeros destellos del amanecer que se filtraban tímidamente por las ventanas del salón.
Lupin se encontraba solo, reclinado en un sillón frente a la chimenea y envuelto en su capa más gruesa, aunque esta apenas lograba ofrecerle consuelo frente al agotamiento que lo invadía.
Su cuerpo, dolorido y pesado, parecía el de alguien que salía de una enfermedad larga y cruel. Era el precio de cada transformación.
En la mesa frente a él descansaba una copa vacía con restos viscosos, reflejando la tenue luz del fuego. Lupin la miró con desagrado antes de apartar la vista.
La poción matalobos de Snape, habitualmente, conseguía controlar – la mayoría de veces, bastante bien – tanto el instinto asesino como las consecuencias tras la luna llena. En el mejor de los casos, le permitía mantener el control, aunque se transformara parcial o completamente. Incluso, en alguna ocasión, le había eliminado o aliviado el dolor y la fatiga. Pero no aquella vez.
No con aquella luna tan cercana a la Tierra. Ya lo había anticipado, al ver sus instintos despiertos de forma tan intensa a medio ciclo.
Resopló y se giró, mirando la chimenea.
Cada mes, la misma rutina: la luna, poción, y la inevitable transformación. Cada mes, pedía a Sirius que lo encerrara en el sótano, a pesar de los resoplidos de su amigo, que insistía en que no era necesario. Pero Remus no se dejaba convencer. Su terquedad acababa ganando la discusión.
Al final, su amigo cedía con una mezcla de resignación y preocupación, y la puerta del sótano se cerraba para dar paso a otra larga noche de aislamiento. Remus no salía de allí hasta que él le juraba y le perjuraba que la luna ya no se veía en el cielo.
Solo entonces, se disponía a salir, siempre cauto, evitando las ventanas. Y después, se dejaba caer en el sofá, cerca de la chimenea que Sirius había mantenido encendida para él.
Acomodó las almohadas y trató de envolverse mejor antes de cerrar los ojos. El calor del fuego y el peso del cansancio lo llevaron a un sueño ligero, una tregua breve pero necesaria tras la batalla que era su propia existencia cada luna llena
Al cabo de unas horas, se despertó temblando.
El fuego de la chimenea había menguado hasta convertirse en un puñado de brasas que apenas emitían calor. Lupin, acurrucado en el sillón, no parecía encontrar alivio ni en el calor del fuego ni en la aspereza de su capa que alguna vez fue suave.
Se movió con esfuerzo, entornando los ojos cuando un rayo de sol atravesó las cortinas y le iluminó el rostro. A pesar de sus intentos, su cuerpo se negaba a enderezarse del todo. Seguía encorvado, cargando con la pesadez que cada transformación dejaba tras de sí.
Mientras permanecía allí, con las manos apoyadas en sus rodillas y la mirada perdida, un pensamiento recurrente empezó a resonar en su cabeza: Tonks.
Desde hacía días, se había esforzado en evitarla, consciente del efecto de ella sobre su cuerpo y sus instintos.
Al principio, había intentado actuar con normalidad, pero cada vez que sus ojos tropezaban con los de ella el hambre de lobo lo golpeaba de forma tan intensa que le resultaba incluso vergonzoso de admitir.
La decisión de apartarse había sido necesaria: poner distancia hasta que pasara la luna llena y su cuerpo volviera a ser suyo por completo. Era la única manera de protegerse de ella – o de protegerla a ella de él.
Y ahora, aunque podía sentir aún el aliento cálido del lobo dentro de él, por fin, había terminado el ciclo lunar.
Por fin, todo volvería a ser normal.
Unos golpes suaves en la puerta lo hicieron girarse, pero antes de que pudiera responder, la susodicha ya se había colado en el salón.
Su sonrisa habitual estaba ahí, aunque su ceño levemente fruncido denotaba algo de preocupación. Lupin sintió que su corazón daba un vuelco traicionero.
—¡Buenos días! —saludó alegremente.
Él se removió, incómodo.
—Tonks… —murmuró, intentando incorporarse con torpeza—. No deberías verme así.
“El lobo”, pensó con alarma. “El lobo aún está conmigo”.
—¿Por qué no? ¿Aún eres peligroso? —preguntó ella, ignorando su advertencia con toda la intención del mundo.
Al acercarse, tropezó levemente. El aire cargado de tensión se resquebrajó, y Lupin, a pesar de sí mismo, sonrió. Era imposible no hacerlo.
—Esta alfombra conspira contra mí —bromeó Tonks, fulminando el suelo con fingida indignación antes de alzar la vista y regalarle otra sonrisa. Como si nada pudiera perturbar su día.
Sin esperar invitación, se dejó caer en un sillón cercano, con esa naturalidad y desenfado que siempre la acompañaba.
Lupin alzó la mirada hacia ella. Tonks lucía unas medias negras con destellos brillantes, una falda raída que le daba un aire juvenil y una sudadera plateada con un dibujo en el centro que no supo identificar. La luz tenue que se filtraba entre las cortinas hacía brillar su cabello rosa, siempre alborotado, rebelde.
Estaba muy guapa y le sonreía.
Dio gracias a que su lobo interior ya estuviera dormido. Aun así, mantenía las manos aferradas con fuerza al reposabrazos del sofá, como si aquello pudiera contener a la bestia.
Tragó saliva y, casi sin darse cuenta, se pasó una mano por el cabello y por la barba, sintiéndose repentinamente incómodo.
¿Qué impresión debía de estar dando? Allí estaba, tirado en el sofá con su capa más vieja a modo de manta, vestido con ropa de estar por casa y más desaliñado que nunca. Muy lejos de la elegancia desordenada que Tonks lucía sin esfuerzo.
Pero a ella no parecía importarle.
Lo miraba con atención, con esa preocupación honesta que no puede fingirse.
—¿Cómo te encuentras? —preguntó con suavidad.
Lupin suspiró y se encogió de hombros. Tonks desvió la vista hacia la copa sobre la mesa.
—¿Qué es eso?
—Poción Matalobos —respondió él
—¿Poción Matalobos? —repitió, inclinándose con curiosidad
Lupin asintió lentamente. Seguía agarrado al sofá, sin terminar de confiar en sí mismo.
—Es algo que se descubrió hace unos años. Sirve para paliar los efectos de la luna llena.
Tonks frunció el ceño… y entonces sus ojos se agrandaron, sorprendida.
—¿Pero eso es genial, no?
Pero bastó una mirada a su rostro para saber que no.
Si lo fuera, él no tendría aquel aspecto demacrado, ni esas ojeras, ni estaría envuelto en su capa como si aún sintiera frío.
Su expresión cambió de inmediato.
“Qué fácil es decir tonterías cuando quieres que todo salga bien”, pensó, avergonzada.
Lupin bajó la vista. Durante un instante, su mirada se endureció.
Tonks apretó los labios.
—Perdona. Me dejé llevar…
Él negó suavemente con la cabeza y esbozó una sonrisa cansada.
—No pasa nada. Es fácil pensar que una poción lo arregla todo… pero no es tan simple.
—La poción me ayuda, pero no me hace inmune —explicó Lupin, con la mirada fija en la copa—. Controla la transformación, sí. Y alivia el dolor. En teoría. Pero no siempre es así.
Tonks ladeó un poco la cabeza, sin interrumpir.
—Es una poción difícil de elaborar, muy inestable. Su efecto es… impredecible. Y cada ciclo lunar es distinto. La luna cambia de posición, de intensidad. A veces funciona muy bien: controla al lobo, amortigua los síntomas físicos.
—Pero cuando falla… —hizo una pausa, buscando las palabras— me deja como si hubiera pasado una fiebre feroz. Agotado. Como si el cuerpo hubiera librado una batalla interminable. Y cuanto más cerca está la luna de la Tierra, peor.
Se pasó una mano por la nuca, nervioso. Cerró los ojos un instante, recordando.
La última vez que estuvo cerca de ella.
La forma en que el lobo despertó con furia.
El hambre.
El miedo.
Tonks lo observaba en silencio, sin saber muy bien qué decir. Así que no dijo nada.
Solo extendió la mano y la apoyó con delicadeza sobre la de él, aún tensa sobre el reposabrazos.
—Debe ser agotador… —murmuró.
No era condescendiente. Era comprensiva. Lupin la miró de reojo, sin moverse.
Esperando. Temiendo sentir ese zarpazo oscuro que ya conocía.
Esa ferocidad que lo había obligado a apartarse de ella.
Pero aquello no ocurrió.
Al contrario.
No había rastro del frenesí del lobo. Solo consuelo.
El contacto era cálido. Humano.
Nada que ver con el abrigo del fuego o el de su capa remendada.
Ella lo notó. Movió los dedos con suavidad y los entrelazó con los suyos, sin presión, sino como una ofrenda silenciosa de apoyo y afecto.
Él levantó la mirada y se encontró con sus ojos. Una expresión de asombro se formó en su rostro. Había pasado la noche encerrado, temiendo al monstruo en su interior. Y ahora, ella estaba allí. Sin miedo. Como si no viera al lobo. Como si aún pudiera ver al hombre.
Sintió que algo en su interior se aflojaba, pero la incomodidad volvió tan rápido como se había ido. Retiró la mano, como si aún no estuviera seguro de permitirse ese gesto. O como si no supiera cómo sentirse.
—Lo es… —admitió—. Pero hay días como este en los que una conversación ayuda más de lo que imaginas.
Tonks le dedicó una sonrisa tenue, distinta, pero igual de cercana.
—Entonces seguiré pasando por aquí para asegurarme de que no te falte.
Había un matiz tímido en su voz, inusual en ella. Lupin soltó una breve risa.
—Eres más persistente de lo que aparentas —murmuró, inclinándose apenas hacia ella, con un atisbo de humor.
—Y tú más difícil de lo que pareces —replicó ella, con sorna, aunque en sus ojos brillaba un destello divertido.
No respondió.
No hacía falta.
Algo en el aire había cambiado, disipando poco a poco las tinieblas que lo habían envuelto apenas media hora antes.
No podía negarlo: se sentía mejor a su lado.
Tonks tenía esa habilidad extraña —y casi mágica— de hacer que todo se volviera un poco más liviano. Como si los problemas pudieran esperar un rato más.
El silencio que se instaló entre ambos no fue incómodo, sino sereno, como un respiro compartido.
—¿De dónde sacas la poción? —preguntó Tonks finalmente, mirando de nuevo la copa vacía.
—Severus me la prepara.
Su voz se tornó grave y reservada, como si no quisiera hablar más de aquello. Tonks captó el matiz y se encogió de hombros con ligereza.
— ¿Quién no tiene historias de rencor o rabia con Severus Snape, ¿verdad? —bromeó mientras se acomodaba en el sillón
Lupin levantó una ceja, intrigado, pero sin poder evitar que una pequeña sonrisa se asomara a sus labios. Tonks, imparable, siguió.
—Yo era un desastre en Pociones —dijo con un aire de falsa gravedad—. Una vez… confundí polvo de cuerno de bicornio con azúcar. ¡Azúcar! Casi hago estallar el aula. Y otro día… casi quemo la corbata. ¡Con el fuego del caldero! No sé cómo lo hice, pero pasó… Bueno, en realidad no sé cómo se salvó la corbata.
Lupin dejó escapar una carcajada. Un sonido tan inesperado, tan lleno de vida, que pareció sorprenderle incluso a él mismo, pero que devolvió algo de color a sus mejillas.
—Me sorprende que no te expulsara —dijo, aun sonriendo débilmente.
—No sería por falta de ganas —respondió Tonks, rodando los ojos fingiendo orgullo herido.
Remus se acomodó con dificultad en la mullida butaca. Aunque se sentía mejor, no podía ignorar lo obvio: cada articulación protestaba con un dolor sordo, sus músculos protestaban al menor movimiento, y la fatiga pesaba sobre él como una losa.
Entonces, como si se hubiera acordado de algo, Tonks comenzó a rebuscar en su bolso hasta que sacó una tableta de chocolate envuelta en un papel brillante, que sostuvo en gesto triunfal.
—Me acordé de que esto te ayuda a recuperarte —comentó, ofreciéndosela como si fuera oro en paño.
Lupin tomó el chocolate.
—Gracias.
Rompió el envoltorio con cuidado y partió una onza con un gesto automático, casi ritual. Ofreció un trozo a Tonks antes de llevarse el suyo a la boca. El dulce sabor del chocolate, su más antiguo y fiel aliado en días como aquel. Y más poderoso que cualquier poción que Snape pudiera preparar.
—¿Mejor? —preguntó ella con suavidad
Lupin inclinó levemente la cabeza y, casi sin darse cuenta, una pequeña sonrisa se formó en sus labios.
—Siempre ayuda —admitió.
Tonks lo observó con satisfacción, pero de repente, sus ojos se iluminaron con un brillo travieso.
Sin previo aviso, volvió a sumergir la mano en su bolso y empezó a sacar más chocolate. Primero, otra tableta. Luego, otra. Y otra más. y después, todo el resto de productos de HoneyDukes: Bombones envueltos en dorado, ranas de chocolate saltando en su regazo, barras con menta, chocolate blanco con pistacho, chocolate con nata y fresa, con caramelo y sal…
Hasta que un auténtico alud de dulces cubrió la mesa frente a ellos.
Remus alzó las cejas, atónito.
—¿Pero cómo…?
Ella se echó a reír.
—Igual me he pasado un poco.
En ese momento, Sirius apareció en la puerta con su característica sonrisa torcida, pero al ver la escena se detuvo en seco.
Tonks, abrazándose el abdomen, riéndose a carcajadas en medio de la montaña de chocolate. Remus, cubierto con su capa, despeinado y pálido, pero con una expresión de absoluta perplejidad.
—¿Qué demonios ha pasado aquí? —exclamó, alzando una ceja mientras se acercaba a ellos —. ¡Tonks! Te pedí que trajeras una tableta de chocolate, ¡una!
Ella le dedicó una mirada inocente, pero con un brillo pícaro en los ojos.
—No me dijiste cuál —respondió con descaro, guiñándole un ojo a Remus.
Sirius negó con la cabeza, riendo con incredulidad.
Se sentó junto a ellos con un bufido teatral y miró de reojo a su amigo. Esperaba encontrar esa mirada de reproche por haber permitido que Tonks subiera a verle, pero no. Remus no parecía molesto. De hecho, Sirius habría jurado que, por primera vez en días, lo veía…tranquilo. Contento. Sonriente.
Con un gesto de varita, apuntó a las brasas de la chimenea, avivándolas. Luego, tomó una tableta y la rompió.
—Bueno, ya que estamos aquí, habrá que probarlos todos, ¿no? Aunque con tanto chocolate, Remus, vas a engordar — añadió, con un tono reprendedor que no engañaba a nadie —. A este paso, en la próxima luna llena en lugar de un lobo te convertirás en un cerdo.
Remus le lanzó una mirada de fingida indignación.
—No podría. Los cerdos son demasiado alegres para mi personalidad
Pero ni siquiera él pudo evitar reírse cuando Sirius le dio una palmada en el hombro.
Lo que siguió fue una tarde inesperadamente amena.
Entre bromas y debates sobre cuál era el mejor chocolate de la colección, la convalecencia de Lupin se tornó más llevadera. Incluso él terminó doblado de risa cuando Sirius intentó comerse una rana de chocolate y esta le saltó a la cara.
Por un rato, Remus logró olvidar la losa que llevaba encima.
El dolor de la transformación parecía más lejano, y el eco de la bestia dentro de él, más silencioso. Aquella compañía le hacía sentir menos lúgubre, menos enfermo, más humano… menos lobo. Y mucho más feliz.
De reojo, observó a Tonks. Su sonrisa iluminaba la habitación, y sus ojos brillaban llenos de vida mientras bromeaba con Sirius. Algo en su risa desvanecía el frío que él llevaba clavado en los huesos.
No recordaba la última vez que se había sentido así. Pero sí recordaba los tiempos en que el día después de la luna llena era así de llevadero: Cuando James y Sirius se escabullían a la cocina para traerle chocolate caliente, cuando Peter le cubría en clase si estaba demasiado agotado, cuando Lily le miraba con el ceño fruncido, exigiendo que se quedara en cama hasta que se le pasara el mareo.
Su mirada volvía sin querer a Tonks, como si fuera un reflejo. Ella lo pilló en pleno gesto, girándose hacia él con una sonrisa traviesa, sus ojos brillando con un destello juguetón.
—¿Qué? —preguntó ella, divertida.
—Nada —respondió Lupin rápidamente, aunque esta vez, sin esconder la sonrisa que se le había escapado.
Una sonrisa de verdad.
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NOTA DE AUTORA:
Bueno, hasta aquí por hoy. Espero que os haya gustado. Es uno de mis capítulos favoritos 😀
La escena en la que Tonks apoya su mano sobre la de Remus está escrita a propósito como un espejo de la que vimos hace unos capítulos que decía así:
“—¿Pérdida de tiempo? —repitió ella, y entonces apoyó su mano sobre la de él en un gesto natural, destinado a ofrecer consuelo. Sin embargo, en el instante en que sus dedos su piel, Remus sintió de nuevo aquel latigazo incómodo que avanzaba por su sangre con un ímpetu abrumador. Su cuerpo reaccionó de inmediato, y tuvo que recurrir a toda su fuerza de voluntad para no dejar que esa agitación se reflejara en su rostro.”
Hoy vemos el mismo gesto, la misma intención de consuelo, pero una reacción completamente distinta. Entonces fue un latigazo incómodo, instinto, carnal, animal. Aquí, por fin, es calma, presencia y un “no pasa nada” dicho sin palabras. Y quizá también un pequeño “te quiero” 😛
Ya sabéis que me gusta construir escenas “espejo” que dialogan entre sí. A ver si sois capaces de ir detectándolas.
Además, os comparto por fin una de mis escenas favoritas del libro: la aparición de Tonks en la convalecencia de Lupin y la legendaria montaña de chocolate. Tenía muchísimas ganas de llegar a este momento. espero que os haya hecho sonreír como a mi cuando lo escribí.
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