CAPÍTULO 35

La luna. Llena. Blanca. Despiadada. Soberana.

Sirius apoyó la frente contra el cristal helado de su antigua habitación.

Fuera, la gente empezaba a colgar los primeros adornos de navidad.

En el suelo, Buckbeak miraba también al exterior, inmóvil, como si todo lo que deseara en aquellas fiestas fuera ser libre.

Como él.

Bueno… y como Lupin, en el fondo.
Porque si él anhelaba ser libre de su encierro, Remus solo quería ser libre de sí mismo. Bueno, tal vez lo tuviera más difícil.

Sirius cerró los ojos.

Y recordó.

Fue por aquellas fechas, muchos años atrás, cuando James, Peter y él descubrieron el secreto de Remus Lupin.

Aquella tarde, la lluvia golpeaba los cristales con un ritmo constante, como si intentara colarse dentro de los muros del castillo. 

Sirius apartó la frente del cristal helado, que contrastaba con el calor del interior.

James y Peter se encontraban sentados en sus camas, cada uno absorto en sus pensamientos.

Desde la sala común subían murmullos lejanos, conversaciones y risas apagadas por la distancia, pero en el dormitorio de los chicos de primer curso de Gryffindor, la atmósfera era diferente.

No compartían la charla animada de siempre, las bromas sarcásticas de Sirius no tenían la chispa habitual y ni siquiera los quejidos de Peter – que hacían reír tanto a James –, podían romper el silencio de la habitación.

Los tres estaban apagados, como si una sombra invisible hubiera invadido el lugar.

Y todo porque, una vez más, Remus Lupin había desaparecido.

Otra vez, otra noche que no estaba allí con ellos.

Sin una explicación, sin un motivo claro.

Y aunque ninguno de los tres había vuelto a preguntarle sobre su salud —como la profesora McGonagall les había pedido semanas atrás—, el peso de la incertidumbre se hacía cada vez más presente.

Peter fue el primero en hablar, con voz baja, como si temiera la respuesta a la pregunta que quería hacer.

—No puede ser nada malo, ¿no?

Su mirada se deslizó hacia la cama vacía, como si esperara que el propio Remus apareciera para tranquilizarlos. Pero aquello no sucedió.

Sirius se sentó en su cama y se puso a jugar distraídamente con el borde de su sábana. Su expresión, normalmente confiada y desafiante, mostraba una sombra de preocupación.

—Pero si no fuera nada malo… —su voz titubeó ligeramente—, ¿Creéis que se ausentaría tanto? Quiero decir…no es normal ¿verdad?

James estaba callado, con los ojos fijos en la mesa al pie de su cama. Su mente, sin embargo, estaba lejos de allí.

Sirius sabia en qué pensaba: En las palabras de McGonagall, en su mirada seria cuando les pidió que no presionaran a Remus, en el brillo sutil de preocupación que se había asomado en sus ojos. La profesora había sido amable, pero había algo en sus palabras que los había inquietado.

Algo no encajaba. Algo estaba ahí, pero no lo veían.

Finalmente, Sirius rompió el silencio.

—James… —dijo, con tono suave pero inquieto—. ¿Tienes alguna idea de qué podría estar pasando?

Su amigo no respondió inmediatamente. Sirius no dijo nada, como si no quisiera interrumpir sus pensamientos. 

Peter miró el calendario que tenía colgado al lado de su cama y frunció el ceño, dándose cuenta de algo.

—Cada mes… —murmuró.

Los otros dos se volvieron hacia él.

—¿Qué has dicho? —preguntó Sirius.

—Cada 28 días —repitió Peter, tragando saliva—. Remus se ha ido cada 28 días.

Señaló una marca en el calendario.

— Me acuerdo del último día porque sé que hicimos el examen de encantamientos por la mañana.

Sirius se levantó de la cama y se acercó al calendario.

—Y antes de eso… —susurró, pasando una hoja hacia atrás y señalando otra casilla —. Aquí. Me acuerdo porque esa mañana recibí una lechuza de mi madre, reprendiéndome por haber sido castigado por Slughorn.

James también se acercó en silencio, procesando aquella nueva información. Sirius carraspeó.

—¿Dónde va? —preguntó, con un tono cargado incertidumbre.

—Yo no creo que vaya a la enfermería, Sirius —dijo James, con voz grave. Se rascó la cabeza, evitando mirar a sus amigos mientras hablaba—. El mes pasado, me acerqué con la excusa de que me dolía la cabeza, ¿sabes? Quería ver si estaba allí. Y no estaba. Ni él ni Madame Pomfrey.

Sirius se rascó la nuca, incómodo y miró a sus amigos.

—¿Creéis que sale del colegio? —preguntó casi en un susurro.

—¿Pero para ir a dónde? — preguntó James — ¿A Hogsmade?

Peter, visiblemente nervioso, se inclinó hacia adelante, con la mirada inquieta.

—Espero que no —dijo, y después miró hacia la ventana, como si esperara encontrar alguna respuesta en la tormenta. Sus siguientes palabras fueron aún más temblorosas—. ¿Habéis oído los rumores?

James y Sirius le miraron con atención.

—Los rumores sobre los gritos que se oyen en aquella casa destartalada de Hogsmeade… La gente ha pasado a llamarla la Casa de los Gritos, ¿sabéis? Qué miedo. Dicen que hay algo ahí. Algo que no es humano. Nadie se atreve a acercarse.

Un escalofrío recorrió el dormitorio, y el silencio que siguió a las palabras de Peter fue tan pesado que parecía que el aire se volvía más espeso. Sirius se mordió el labio, mirando a sus amigos, cada vez más inquieto.

—Eso… no puede ser bueno —murmuró James, su voz apenas audible. De repente, una idea se formó en su mente, casi sin quererlo, pero con una claridad que lo aterrorizó.

Peter, al ver que ni Sirius ni James no decía nada más, añadió con una risa nerviosa:

—Oye, no puede ser tan malo… No creo que Remus se vaya a ir… ¿verdad? —pero la pregunta quedó flotando en el aire, no tan segura como debería.

Sirius, que volvía a mirar la lluvia caer, de repente se fijó en algo.

Las nubes se abrían lentamente, dejando entrever una luz plateada.

Un sudor frío le recorrió la espalda. De repente, una certeza se apoderó de él.

—No… —musitó, casi sin voz. Su rostro palideció al instante, y sus ojos se agrandaron, como si todo encajara de golpe.

Se acercó a la ventana de nuevo con pasos rígidos. Apoyó la mano en el cristal y volvió a mirar hacia fuera.

Allí brillaba la luna. Llena. Blanca. Despiadada. Soberana.

Sirius se giró para mirar a sus dos amigos. James estaba muy serio y Peter casi temblaba.

—Es luna llena… —dijo en un murmullo helado—. ¿No es obvio?

Sirius respiró hondo, consciente de que lo que iba a decir podía cambiarlo todo. Pero, en realidad, sabía que todos lo pensaban.

—Remus… es un licántropo.

La lluvia seguía golpeando los cristales mientras el mundo dentro de la habitación se detenía.

……………………………..……………………………..……………………………..……………………………..……

Remus Lupin estaba tumbado boca arriba con la mirada fija en el techo de su habitación.

La manta le cubría hasta el pecho, aunque hacía rato que no sentía frío. Se frotó las sienes con suavidad, como si pudiera borrar así el zumbido persistente en su cabeza, último vestigio de su transformación más reciente.

La verdad era que se sentía mejor.

Se había recuperado más rápido de lo que había esperado. 

Cerró los ojos.

El silencio de Grimmauld Place lo envolvía todo.

Un silencio denso, antiguo, que se colaba por las paredes como la humedad. Afuera, el día se deshacía con desgana, nublado y frío, como si también le costara abandonar la cama.

Remus respiró hondo.
La calma era engañosa.
El cuerpo parecía sanar más rápido que la mente.

Pasó una mano por la manta, jugando con el ribete amarillo medio deshecho en una esquina.

Sabía que Sirius estaba al otro lado de la casa. Podía sentirlo.

De alguna forma, podía imaginarlo frente al cristal, igual que entonces.

Entonces.

Cuando todo era más fácil. Aunque la luna ya pesaba sobre sus hombros.

Sin ser plenamente consciente de si recordaba o soñaba, la imagen de la sala común de Gryffindor se apareció en su mente.

Se vio sentado en uno de los grandes sillones de la estancia, con un libro entre las manos, hojeando un libro. Aunque sus ojos recorrían las líneas, no se concentraba en leer.

Había algo en el aire esa vez, algo en la actitud de sus amigos, que lo hacía sentirse incómodo.

James, que solía irradiar una despreocupación contagiosa, estaba inusualmente serio.

Sirius, siempre tan seguro y animado, tenía el ceño ligeramente fruncido, y miraba por la ventana en silencio.

Peter, sentado frente a él fingía estar relajado, jugueteando con un lápiz entre los dedos, pero sus ojos se movían inquietos, delatándolo.

Cansado de aquel silencio rancio, Remus cerró su libro lentamente y alzó la vista hacia sus tres amigos.

—¿Qué pasa? —preguntó, intentando sonar casual, pero su propia voz traicionó su nerviosismo.

James fue el primero en moverse.

Se acercó y se dejó caer en el sillón junto a él, apoyando los codos en las rodillas, como si estuviera eligiendo con cuidado sus palabras. Sirius se cruzó de brazos y se recargó contra la pared, con la mandíbula apretada. Peter, aún en la mesa, tamborileaba los dedos sobre la madera, incapaz de quedarse quieto.

Finalmente, Sirius se volvió hacia él y rompió el silencio. Cuando habló, su voz sonó grave, mucho más de lo que era habitual.

—Remus —comenzó, mirando fijamente a sus ojos—, sabemos lo que pasa. La razón por la que desapareces cada mes.

Recordó cómo su corazón se detuvo.

—Sirius… —murmuró, temblando sin querer.

No podía creerlo.

Nadie debía saberlo.

Nadie debía verlo como lo que era.

Se había esforzado tanto en mantener el secreto y al final, no había servido para nada. Sus amigos estaban frente a él mirándolo con una certeza que no dejaba lugar a dudas.

Remus se levantó sin decir nada. Sus piernas se sentían débiles, como si el suelo bajo él se hubiese vuelto inestable.

—¿Dónde vas? — preguntó Peter, inquieto

—Voy a recoger mis cosas —respondió Remus, sin mirarlos—. Mañana me habré ido. No os preocupéis.

No podía soportarlo.

No podía quedarse a mirar cómo el miedo aparecía en sus ojos.

Tenía que marchar antes de que llegara la lástima, o peor, el rechazo.

Pero antes de que pudiera dar otro paso, una mano firme se posó en su hombro.

James.

Cuando se giró, lo encontró mirándolo con una seriedad que nunca antes había visto en él.

—No —dijo él con voz pero firme—. No te vas a ir. No queremos que te vayas.

Remus parpadeó, desconcertado.

—Lo que te estamos diciendo es que lo sabemos —continuó James—, y que no nos importa.

Las palabras chocaron contra su mente, pero no lograban abrirse paso.

Peter asintió rápidamente, su tono más suave, aunque con un leve temblor en la voz.

—Sigues siendo nuestro amigo, Remus. No vamos a dejarte solo.

Remus sintió la garganta cerrarse aún más. Su corazón golpeaba su pecho, incrédulo.

¿No lo rechazaban? ¿No lo miraban con asco, ni con piedad, ni con horror? ¿De verdad seguían allí?

Sirius dio un paso adelante, deteniéndose justo frente a él. Sus ojos lo buscaron con una intensidad que hizo que Remus sintiera un nudo en el estómago.

—No te vamos a dejar —dijo, con una seguridad inquebrantable—. Nunca.

Remus entreabrió los labios, pero ninguna palabra salió de ellos. Su mente estaba en caos, atrapada entre el miedo de toda una vida y el calor inesperado de aquella aceptación.

—Pero… —murmuró—. ¿Y si os asustáis de mí? ¿Y si os dais cuenta de que es un error? No quiero que me miréis como si fuera… diferente.

James negó con la cabeza, su mano aún sobre su hombro.

—No lo haremos. Eres uno de nosotros. Desde el primer día.

Sirius, conmovido por la vulnerabilidad en la voz de Remus, sonrió y le dio una palmada en el hombro, fuerte pero sincera. Peter, más contenido, se acercó también, con la misma firmeza en su mirada.

Pero antes de que pudieran decir algo más, un sonido detrás de ellos interrumpió el momento.

Un leve carraspeo.

La profesora McGonagall.

Su expresión era indescifrable, pero sus ojos reflejaban que había oído lo suficiente.

—Vamos —dijo con su tono firme, aunque sin dureza—. Todos ustedes, al despacho de Dumbledore. Ahora.

El aire se volvió pesado mientras la profesora los conducía a través de los pasillos. El único sonido que rompía el silencio era el eco de sus propios pasos.

Cuando llegaron a la imponente puerta del despacho del director, esta se abrió con un suave crujido, como si Dumbledore ya los estuviera esperando.

Y lo estaba.

Frente a ellos, de pie tras su escritorio, Dumbledore los observaba con su característica serenidad, la mirada resplandeciendo tras las lentes de media luna.

—Ah, buenas tardes, mis jóvenes alumnos —saludó con esa voz pausada y amable que parecía capaz de calmar hasta la tormenta más feroz—. La profesora McGonagall me ha hablado de vosotros. Al parecer, tenéis algo que contarme.

Dumbledore recorrió con la vista a cada uno de ellos.

James jugueteaba con los bordes de su túnica, mientras Sirius se rascaba la nuca con evidente incomodidad. Peter, quien normalmente sería el primero en romper el silencio con una broma, permanecía callado, mirando el suelo con ansiedad.

Remus se quedó de pie, mirando a sus amigos, y preguntándose qué haría Dumbledore. No había cumplido su cometido, y el secreto se había descubierto, de hecho, mucho antes de lo que pensaba.

Finalmente, James fue el primero en hablar, sin poder disimular el miedo que se reflejaba en su voz.

—¿Entonces… qué va a pasar? —se atrevió a preguntar, la tensión en su voz palpable—. No le van a… expulsar, ¿verdad?

—¿O encerrarlo en algún sitio? — preguntó Sirius con un tono más sombrío de lo habitual, sin atreverse a mirar a Remus.

Peter tragó saliva, y cuando habló, su voz era apenas un hilo entrecortado por la ansiedad.

—¿Le van a hacer daño? —susurró—. No quiero que le hagan nada malo…

A sus espaldas, McGonagall esbozó una sonrisa fugaz, casi imperceptible.

Dumbledore los escuchó con paciencia, sin interrumpir, como si les estuviera dando la oportunidad de liberar todas sus preocupaciones antes de responder. Luego, levantó ambas manos en un gesto tranquilizador.

—No, no os preocupéis —dijo con su tono sereno, aunque firme—. Ni expulsar a Remus, ni encerrarlo, ni hacerle daño. No hay razón para ello. Remus es un estudiante tan valioso para mí como cualquiera de vosotros.

Y entonces, el director sonrió.

James dejó escapar un suspiro entrecortado a la vez que relajaba sus hombros. Sirius, con una expresión que oscilaba entre el alivio y la incredulidad, resopló suavemente, como si acabara de liberarse de una presión insoportable. Peter parecía a punto de desmayarse.

—¿Entonces…? —James comenzó a preguntar, todavía dubitativo.

Dumbledore se acercó un paso más, y en su mirada apareció un destello de complicidad.

—Lo que quiero decir —continuó con una leve sonrisa— es que es admirable ver cuán rápido os habéis dado cuenta de la condición de vuestro amigo. No era fácil de adivinar.

Sirius, James y Peter intercambiaron miradas nerviosas. No estaban seguros de si aquello era un halago o una advertencia.

—¿Pero…? —Sirius rompió el silencio, con cautela—. ¿Cómo es posible? ¿Lo sabe todo el mundo?

—Todo el mundo, no —intervino McGonagall, dando un paso al frente—. Solo el claustro de profesores y Madame Pomfrey. Y ahora, vosotros.

Dumbledore inclinó ligeramente la cabeza, observándolos con atención.

—Supongo que ya entendéis la importancia de mantenerlo en secreto —añadió con un tono más serio, aunque sin perder la calidez en su voz.

Los tres asintieron al instante, sin necesidad de pensarlo.

—¿Y… no nos va a castigar? —preguntó James con un atisbo de osadía, aunque en su voz quedaban rastros de incertidumbre.

Dumbledore se encogió de hombros, con una sonrisa que parecía contener un sinfín de misterios.

—No. Al contrario —dijo—. Creo que habéis demostrado un gran valor, no solo por descubrir la verdad, sino por aceptar a Remus sin reservas. Eso, mis queridos alumnos, es algo digno de admiración, y la razón por la que os he hecho venir a mi despacho hoy.

Peter parpadeó varias veces, como si aún no pudiera creérselo.

—¿Entonces… está bien? —preguntó en voz baja—. ¿Nos va a dejar que sigamos juntos?

Dumbledore asintió, con la mirada cargada de afecto.

—De hecho, ahora que lo sabéis, vuestra tarea será proteger a Remus, como los amigos que sois. Porque, al final, la verdadera magia radica en eso.

—¡Por supuesto, profesor! —exclamó Sirius de inmediato, dándose un leve golpe en la frente, como si fuera ridículo siquiera dudarlo. James y Peter asintieron con la misma convicción.

Remus los miró, aturdido. Nunca había esperado algo así. Nunca había creído posible… esto.

Entonces, los ojos de Dumbledore se posaron en él, con esa sabiduría antigua que parecía atravesarlo todo.

—Te dije que encajarías, Remus —murmuró con suavidad— ¿Recuerdas? Te dije que encajarías en Hogwarts.

Remus sintió como si un peso se levantara de su pecho. Sonrió, una sonrisa temblorosa pero sincera.

—Gracias —susurró, sin saber si aquella simple palabra bastaba para expresar todo lo que sentía.

Pero era lo único que podía decir.

Gracias.

Porque ahora sabía, con absoluta certeza, que no estaba solo.

……………………………..……………………………..……………………………..……………………………..……

Remus Lupin abrió los ojos y se quedó quieto un momento, escuchando el silencio.

Miró de nuevo el techo de su habitación de Grimmauld Place. Los últimos rayos del sol se colaban por la ventana.

Se incorporó lentamente, sintiendo cómo los músculos, por fin, no protestaban.

Se puso una chaqueta remendada sobre una camisa arrugada y bajó los desgastados escalones con paso tranquilo.

El salón estaba en penumbra.

La chimenea crepitaba suavemente y, frente a ella, Sirius permanecía sentado, con la espalda encorvada y una taza entre las manos. El vapor del té se había disipado hacía rato, pero él no parecía haberlo notado.

Miraba las llamas como si buscara algo en su interior.

—¿Pensando en la vida? —preguntó Lupin, con una media sonrisa cansada, mientras tomaba asiento en el sofá contiguo.

Sirius no apartó la mirada del fuego. Dejó escapar un suspiro y se encogió ligeramente de hombros.

—Algo así —murmuró, con voz grave—. Supongo que hay días en los que no se puede evitar.

Lupin asintió despacio. No hacía falta más.

—Ya… yo también —admitió en voz baja.

Su mirada fue a posarse a la montaña de chocolate, más pequeña, pero aún exagerada, que Tonks había vaciado de su bolso aquella mañana.

Sirius lo observó con atención, sabiendo que su amigo no compartía sus pensamientos a la ligera. Entonces, con un aire juguetón, dijo:

—¿Sabes? Pensé que te enfadarías porque dejé que Tonks subiera a verte – confesó Sirius, apoyando su barbilla en una mano – pero no podía decirle que no. Traía una tableta de chocolate. Bueno, varias.

Remus negó con la cabeza mientras una sonrisa se dibujaba en su rostro.

—No, en absoluto. —dijo. Después ladeó la cabeza, y su tono se volvió más reflexivo —. Supongo que no me esperaba… sentirme tan cómodo compartiendo mi situación con alguien. Quiero decir, con alguien más allá de vosotros, James, Peter y tú. O de Lily.

Sirius alzó ambas cejas, curioso.

—Lily, ¿eh?

Remus asintió, sintiendo el peso de sus pensamientos.

—Pienso mucho en ella últimamente —confesó—. No sé si es porque Tonks está cerca y me la recuerda, o porque todo esto me hace pensar en los tiempos en los que aún teníamos algo por lo que luchar sin perder tanto…

Suspiró y apoyó la cabeza en el respaldo del sillón.

—¿De verdad Tonks te recuerda a Lily? —preguntó Sirius con un tono suave, poco habitual en él.

Remus se encogió de hombros.

—Supongo que es por su energía, su incansable optimismo, la forma en que llena la habitación.

Sirius giró su taza en silencio mientras Remus bajaba la vista hacia sus manos, como si ahí se escondieran las respuestas.

—Pero hay algo más. Cuando le conté a Lily lo de mi maldición —explicó —, esperaba que se alejara, que me mirara diferente. Pero Lily solo se cruzó de brazos, me llamó idiota por pensar que eso importaba… y me abrazó. Luego se lanzó a hacer preguntas sobre la licantropía como si fuera un trabajo escolar. Como si fuera…

—Normal —completó Sirius en voz baja.

—Sí —repitió Remus, con una sonrisa apagada—. Normal

Se hizo un breve silencio.

—Cuando se lo conté a Tonks…

Sirius entrecerró los ojos, atento. Remus esbozó una sonrisa ladeada.

—Solo dijo «vaya».

Sirius soltó una carcajada ronca.

—Qué propio de Tonks.

Remus se unió a su risa, pero luego su expresión se tornó más pensativa. Y, a ojos de Sirius, más tierna.

—No es tanto por el «vaya» en sí…

Jugueteaba con un remiendo de su chaqueta mientras buscaba las palabras.

—Pensé que, cuando lo soltara, pasaría lo de siempre. Igual que temí que Lily. Pero no. Solo lo aceptó, sin más. Como si no cambiara nada.

Sirius frunció ligeramente el ceño. No había duda de que la expresión de Remus se suavizaba al hablar de Tonks.Estaba claro que él aún no se daba cuenta de lo que eso significaba.

Pero Sirius sí.

Lo veía en su voz, en sus gestos, en la forma en que su mirada se perdía cada vez que mencionaba su nombre.

—Eso te recordó a Lily. — dijo simplemente.

Remus asintió. 

Sirius dejó la taza vacía en una mesa frente a él y se cruzó de piernas.

—En realidad, últimamente pienso mucho en Lily yo también, y en James y Peter, y en nosotros. Fueron los mejores años de mi vida.

Remus volvió a asentir, con la mirada perdida en el fuego.

—Supongo que contarle todas nuestras viejas historias a Tonks me hace recordar —dijo Sirius—, pero no quiero ponerme sentimental.

Antes de levantarse, esbozó una media sonrisa torcida.

— Sea como sea, tienes que dejar de poner esa cara cuando la ves, Lunático. Se te va a notar.

Remus frunció el ceño, desconcertado.

—¿De qué hablas?

Sirius se reclinó en su asiento, y le dedicó una mirada pícara.

—De Tonks. Te ríes con ella. De verdad. No con esa mueca triste que haces conmigo cuando te hago un chiste malo. Ríes de verdad.

Hizo una pausa breve, como si calibrara lo que estaba a punto de decir.

—Nunca te he visto reír así. Ni siquiera con Lily.

Remus abrió la boca para replicar, pero no lo hizo. Sirius lo miró, más serio por un instante.

—¿Y sabes qué? No está mal. Que alguien te desarme un poco. A veces creo que te has pasado la vida escondida detrás de tus muros, como si no merecieras estar aquí. Pero ella… ella no te deja esconderte.

Sonrió.

— De hecho, lo que hace es tomarte de la mano y sacarte de ahí, como si supiera que tú no puedes hacerlo solo. Y lo mejor es que tu ni te das cuenta.Y eso es bueno.

Con eso, finalemente se levantó, recogió la taza vacía y la tetera.

—Haré más té —anunció, y desapareció escaleras abajo.

Remus se inclinó y cogió un bombón de chocolate. Lo saboreó despacio, mientras pensaba en las sensaciones que Tonks le despertaba últimamente.

Sí, era cierto, Tonks le recordaba a Lily.

Como ella, era insistente en su cariño. Protectora. Incluso tozuda. No se achantó cuando supo la verdad. Y tampoco se había dejado alejar. 

De hecho, había sido al revés: cada vez que él intentaba tomar distancia, ella daba un paso más cerca, atravesando uno a uno los muros que él había tardado años en construir.

Como Lily.

—Lily y yo… estábamos muy unidos — murmuró, como si el fuego pudiese escucharle.

La calidez de la llama reflejaba su nostalgia, mientras el humo se enroscaba en el aire como si intentara llevarse sus recuerdos.

Pero Tonks no era Lily. Ylo que sentía ahora… tampoco.

Eso era lo que le inquietaba, lo que no le había contado ni siquiera a Sirius. Lo que en el fondo sabía que no podía contar a nadie.

Las imágenes que le habían acechado las noches cercanas a la luna llena, el hambre de lobo que tanto lo había consumido y el deseo irrefrenable por la piel de Tonks. Y, aunque seguía convencido que todo aquello era por culpa de la luna llena… Eso nunca le había pasado con Lily.

Una ola de confusión lo abrumó mientras empezaba a notar las diferencias entre ambas.

Tonks lo miraba de una manera distinta, con una intensidad que le hacía sentirse expuesto, vulnerable, pero también increíblemente vivo. Con cada sonrisa suya, con cada palabra y cada gesto lleno de significado, parecía ofrecerle algo más profundo. Algo que nunca había experimentado.

Y él también tenía que reconocer que la veía de otra forma.

Con Lily, todo había sido transparente, seguro. Nunca hubo confusión. Se habían querido desde la confianza más pura, sin ambigüedades. Y jamás habían cruzado la frontera del amor romántico.

—Lily y yo… estábamos hechos para entendernos, no para estar juntos —susurró.

Y al decirlo en voz alta, lo comprendió.

La distancia entre sus sentimientos por Lily y los que empezaba a experimentar por Tonks se hacía cada vez más evidente.

Remus no pudo evitar preguntarse si lo que estaba construyendo con la auror iba más allá de una buena amistad.

Las conversaciones que no quería que acabaran.
Las miradas robadas.
Los paseos bajo el sol o la luna.
La complicidad que compartían.

Y lo que más le gustaba: la sensación de paz que lo invadía al estar a su lado.

Como si el universo le dijera, sin palabras, que ese era su lugar.

Y sí, era cierto que le hacía reír. Mucho, de hecho. Y sí, se había dado cuenta que Tonks era capaz de sacarle de sí mismo. De su oscuridad, su tristeza y su soledad. Y ver la vida con otros ojos.

Todo apuntaba a algo más intenso, más íntimo y, por qué no, bonito.

Algo que abría un mundo de posibilidades que lo aterrorizaban como lo fascinaban a partes iguales.

Y no. No podía culpar a la luna.
Esto no venía del lobo.
Venía de él. Una emoción que brotaba desde lo más profundo de su alma humana.

Algo que nunca pensó que sentiría. Y que lo invitaba, con la misma calidez que la sonrisa de Tonks, a abrir una puerta que él mismo había cerrado años atrás. Una parte de sí mismo que había evitado descubrir.

Se frotó las sienes, intentando disipar la sensación de vértigo que sentía en su cabeza.

—No es lo mismo —pensó—. No es lo mismo en absoluto.

…………………………………………………………………………………………………

Tonks apoyaba el codo en una barandilla flotante mientras observaba, sin demasiado entusiasmo, cómo un planeta trazaba lentamente su órbita por enésima vez.

Consultó su reloj de pulsera. Suspiró.

—Por más que lo mires, no va a pasar más rápido —comentó Booth, rodando los ojos.

—Por mirar no se pierde nada —replicó ella, con tono inocente.

Booth ladeó la cabeza con media sonrisa burlona.

—Cualquiera diría que tienes prisa por encontrarte con tu novio…

Tonks no respondió. Pero no hacía falta. El silencio, para Booth, fue más elocuente que cualquier palabra.

La sala del universo tenía una gravedad peculiar: parecía aligerar el cuerpo, como si flotara levemente, pero al mismo tiempo densificaba los pensamientos, como si cada reflexión pesara más de la cuenta.

A su alrededor, los cuerpos celestes giraban en completo silencio, sostenidos por encantamientos que replicaban con precisión los movimientos del cosmos. Saturno, con sus anillos resplandecientes, se deslizaba en un arco lento y majestuoso; Júpiter, con sus lunas danzando alrededor, parecía mirar desde lejos como un ojo antiguo y sabio.

Tonks miró hacia arriba.

La sala era inmensa, como una cúpula sin límites. En teoría, había un techo sobre ellos, pero nunca había logrado verlo. Solo oscuridad, profundidad y estrellas flotantes, como si el Departamento de Misterios albergara su propio cielo.

Por momentos, se sentía abrumada.

Por otros, claustrofóbica.

Era una contradicción extraña: estar rodeada por la vastedad y, sin embargo, saberse enterrada a muchos metros bajo tierra.

Booth, concentrado, tomaba notas en un trozo de pergamino, apoyado en su carpeta, completamente concentrado.

—¿Sabes? —dijo Tonks al fin, sin apartar la vista del cosmos—. Creo que ya he visto suficientes órbitas para una vida entera.

Booth soltó una risa suave, sin dejar de escribir.

—¿Te cansan los planetas?

—No me cansan —contestó ella, arrastrando las palabras—. O, al menos, no me cansaban hace dos semanas.

Se separó de la barandilla y caminó unos pasos, con la vista fija en el cielo artificial. Se detuvo bajo el trayecto de un asteroide que cruzaba lentamente la sala, dejando tras de sí un rastro de chispas doradas.

Se giró hacia su compañero.

Él, sentado en el suelo, estaba terminando un dibujo muy preciso sobre la posición de Marte respecto a Saturno y Capricornio aquella noche. Tonks se inclinó para mirar.

—Guau. Qué pasada —murmuró.

—Gracias —respondió Booth, sin levantar la vista.

Booth era un apasionado de la astrología, y Tonks sabía que, para él, estar allí era casi un privilegio.

Observó el esmero con que delineaba los cráteres de la Luna, las órbitas, los nombres escritos en letra diminuta.

—Aunque reconozco que tenías razón y que la visita al Departamento de Misterios es interesante… creo que, en parte, Moody también tenía razón. Esto empieza a ser una pérdida de tiempo.

Booth no respondió.

Solo siguió dibujando, con la misma calma de siempre.

—Solo es que me frustra no saber qué se supone que estamos aprendiendo —dijo—. Ya entendí que el tiempo es peligroso, que el alma es un misterio y que el universo nos queda grande. ¿Y ahora qué? ¿Seguimos viniendo hasta que me ilumine una constelación? ¿No hay nada con más… acción, fuerza… vidilla?

Booth se encogió de hombros con su habitual serenidad, como si eso no le molestara en lo más mínimo.

—Yo creo que justo de eso se trata. No de aprender, sino de aceptar que no lo sabemos todo.

Tonks lo miró de reojo, arqueando una ceja.

—Magnífico. La mejor formación de auror del siglo: hacerte sentir como un insecto mirando al cielo.

Booth sonrió, con una mezcla de resignación y humor, pero no dijo nada.

Como si, en el fondo, estuviera de acuerdo.

Al menos, en parte.

Un cometa azul cruzó la sala en diagonal, dejando tras de sí una estela que parpadeó como una herida luminosa. Tonks lo siguió con la mirada.

Aquella sala le recordaba a Remus.

Él era como aquel universo frente a ella: visible, tangible… y aun así, completamente misterioso. Como a ella le gustaba. Sonrió apenas, para sí misma. Últimamente le sentía más cerca que nunca, y aquello tenía que ser algo bueno.

Tal vez, si no se demoraba demasiado en salir, llegaría puntual al cuartel, justo antes del inicio de la reunión. Y si tenía suerte —mucha suerte—, tal vez Remus estaría allí. Podrían compartir una taza de té, una vaso de Whiskey, una conversación.

Un rato a solas.

—Eh, Tonks —la voz de Booth rompió el silencio, con sorna—. Que se te escapa la fuerza por la boca.

Tonks parpadeó. Se había quedado sonriendo sin darse cuenta.

Booth se había levantado, y se acercó hacia ella, con la carpeta en las manos. Sin decir nada, le dio un suave empujón.

—¿Qué haces? —  gritó ella, precipitándose por la barandilla.

Pero no cayó. Claro que no. Nada “caía” en esa sala.

Dio la vuelta sobre sí misma y se quedó flotando, mirando a Booth fingiendo indignación.

—¿Por qué has hecho eso?

Booth rió y saltó por la barandilla. Se colocó a su lado suspendido entre planetas, como si tal cosa.

—¿No estamos aquí para maravillarnos ante los misterios del Departamento? —preguntó, chinchándola—. Venga, maravíllate. Y deja de pensar tanto. Vaya a ser que te suspendan la rotación y tengas que volver a empezar.

—Por Merlín, no —dijo Tonks, pero se reía.

Booth dio una voltereta lenta, quedando boca abajo mientras se deslizaba suavemente a su lado.

—Así que, cuéntame —susurró con fingida inocencia—. ¿Quién es ese galán que te tiene levitando más que la gravedad cero?

Tonks resopló, divertida.

—¿Qué dices?

—Vamos, Tonks… que no se te puede mirar sin gafas de sol últimamente. Tienes esa sonrisilla boba, esa mirada perdida… estás que flotas. Más de lo normal, quiero decir.

Ella se cubrió el rostro con una mano, entre la risa y la vergüenza.

—Vale, veamos —continuó él, con gesto pensativo—. ¿El del carrito de cafés, ese que canta mientras prepara los cortados?

Tonks soltó una carcajada, pero no dijo nada.

—¿No? Pues entonces debe de ser el tipo del control de varitas. Ya sabes, cara de sapo, pero seguro que besa como un príncipe. Aunque claro… demasiada baba. —añadió, con tono exageradamente serio.

La auror negó con la cabeza, pero una sonrisa traicionera seguía en sus labios.

—Estás fatal.

—Ah, ya sé. —Booth chasqueó los dedos, como si acabara de resolver un acertijo—. Te van los cerebritos. Seguro que es un bibliotecario cañón. De esos que no dicen ni mú pero lo saben todo de memoria.

Tonks se tapó la cara con ambas manos, roja hasta las orejas.

Booth la miró con los ojos entrecerrados, divertido.

—O… espera… —ladeó la cabeza, como si conectara los puntos—. ¿Será que te va lo prohibido? ¿Quizá… algún profesor?

Tonks se quedó muy quieta. Demasiado.

—Es un profesor, ¿verdad?

Se incorporó un poco y la señaló con gesto acusador.

—Seguro que te gusta de esos que llevan chaquetas de tweed, huelen a biblioteca antigua y tienen voz grave de comentarista de radio.

Booth la miró de reojo, desconfiando de su silencio.

—¿Tonks?

Ella se giró, disimulando fatal.

—¡No es mi novio! —saltó al fin, como si toda su sangre hubiera explotado de golpe en las mejillas. Y en su pelo.

Booth alzó las cejas, encantado consigo mismo.

—Ajá. Me encanta tener razón.

Tonks resopló, y con un gesto dramático se echó la capucha sobre el cabello de color fuego, como si así pudiera esconderse del universo entero.

—Desaparezco —murmuró teatralmente—. Me disuelvo en la Vía Láctea.

Booth soltó una carcajada.

—Por favor, no te disuelvas todavía. Sería una pena que te evaporaras justo antes de que el profesor cayera rendido a tus pies.

Tonks acabó de dar una vuelta sobre sí misma y buscó los ojos de su compañero, que aun brillaban de diversión. Pero, por suerte, sabía devolver los golpes. Con una sonrisa ladina, se desplazó a su lado.

—Y tú, Buzzi, ¿qué tal con la nueva cadete del equipo Dawlish? — preguntó, afilada — ¿La de piernas interminables y sonrisa de portada?

La risa se le congeló a Booth en la cara.

—¿Eh?

—¿Ya ha caído? ¿O eso solo es teoría? —insistió ella, señalando con malicia la carpeta que él apretaba contra el pecho.

Booth se puso como un tomate y empezó a tartamudear.

—No es… teoría, o sea… en teoría no, o sí, pero…

Se detuvo, recuperando su dignidad. O toda la dignidad que se puede tener con un asteroide orbitando a tu alrededor.

—Aún estamos en fase de observación empírica.

—Ajá. Aritmancia exacta —asintió Tonks con solemnidad—. Pues suerte con la práctica. Que no te explote en el caldero.

Y sin previo aviso, le empujó un pequeño satélite flotante, que rebotó en Booth como una pelota mágica. Él fingió escandalizarse y salió disparado tras ella.

Y así, entre órbitas, planetas, lunas y pullas con mala leche, el tiempo se les pasó más rápido.

Cuando por fin salieron de la sala del universo —algo más tarde de lo necesario, porque se habían entretenido lanzándose lunas como si fueran pelotas de playa y discutiendo si Plutón debía ser considerado o no un planeta—, aparecieron de nuevo en la sala circular.

La puerta se cerró tras ellos con su característico clic, y el espacio volvió a girar.

Tonks se detuvo en seco, justo en el centro, con las manos en la cintura. Las doce puertas comenzaron a girar lentamente a su alrededor, idénticas, lisas, sin pomo ni letrero. Como siempre.

—Vale, esto me mata —dijo.

Booth parpadeó.

—¿El qué?

Tonks señaló el giro con un gesto vago de la mano.

—Esto. Las puertas. El mareo. ¿Cómo hacen los que trabajan aquí para no perderse? Porque te juro que un día vi a uno entrar sin titubear. Ni una duda. Fue directo a una puerta y desapareció.

Booth ladeó la cabeza, pensativo.

Rebuscó en su carpeta, sacó una nota doblada y leyó:

—«La sala circular está diseñada para responder a la intención del usuario. Colóquese en el centro, visualice con claridad la sala deseada. La puerta correspondiente se alineará frente a usted.» —Alzó la vista, satisfecho—. Magia direccional. Pura y dura.

Tonks frunció el ceño.

—¿Eso es todo? ¿Solo pensar “quiero ir a la sala de los planetas” y ya?

Booth asintió.

—Sí, pero tiene truco. Tienes que pensarlo con muchísima claridad. Si dudas, si barajas varias salas a la vez, o si estás disperso, la sala se confunde. Y tú también.

Tonks dio un paso hacia el centro, mirando cómo las puertas giraban. Le recordaban a las compuertas de un templo olvidado. O a las ruedas de un reloj sin agujas.

—¿Y si nos equivocamos y cruzamos por donde no toca?

Él se encogió de hombros.

—No deberías cruzar ninguna si no eres inefable. Para el resto, si traspasas la puerta sin estar autorizado… suenan las alarmas. Literalmente.

—Maravilloso —refunfuñó Tonks.

Se quedó en el centro un momento más. Cerró los ojos. Sala del universo, pensó. Las puertas ralentizaron su giro. Una de ellas se detuvo frente a ella con un clac seco y perfecto.

Tonks abrió un ojo.

—¡Funciona!

Booth se acercó, asintiendo con aprobación.

—¿Ves? Lo tienes.

—O eso creo —dijo ella, con sarcasmo—. Porque estaría bien poder comprobarlo. Pero claro, no podemos cruzar.

Booth rodó los ojos.

—Pues sí. No. —Se corrigió, con tono serio—. Y no me apetece tener que explicar que solo estábamos probando cómo suenan las alarmas.

Tonks levantó las manos en gesto de rendición. Dio un paso atrás.

—Vale, vale. Me comporto.

No. Por nada del mundo quería volver a oír esas alarmas nunca más en la vida.

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NOTA DE AUTORA:

Y hasta aquí el capítulo de hoy.

Como veis, esta vez los Merodeadores se han colado en el centro del escenario. Tenía muchas ganas de contar MI VERSIÖN de cómo James, Sirius y Peter encajan las piezas… y de ponerle palabras a ese momento exacto en el que la realidad cae como un portazo: la luna, el calendario, los silencios, la certeza. Espero que os convenza mi reconstrucción de los acontecimientos —yo la siento muy “ellos”: curiosos, inquietos, tercos… y, al final, increíblemente leales.

Además, por fin os enseño una de las salas del Departamento de Misterios que más me obsesiona: la Sala del Universo. En mi cabeza es como un planetario interactivo gigante, pero con esa magia absurda y preciosa del mundo de Rowling: gravedad rara, cometas cruzando el aire, planetas orbitando a tu alrededor… y una sensación que es mitad “wow, qué maravilla” y mitad “me estoy volviendo loca aquí dentro”. Y sí: también me la imagino un poco como una piscina de bolas, de esas que te flipaban de peque… y que, sinceramente, de adulta flipan incluso más (porque ahora aprecias lo terapéutico que es tirarte a lo absurdo y dejar de pensar cinco minutos). Así que Booth y Tonks jugando entre órbitas era inevitable.

Si os ha gustado, me encantará leeros en comentarios: ¿qué parte os ha pegado más fuerte, el descubrimiento de los Merodeadores o el caos cósmico de Tonks flotando por ahí? Sé que desearíais estar allí, creedme, leo vuestras mentes ;D

Si el capítulo te ha gustado, cualquier interacción —un like, un comentario, compartirlo— marca la diferencia. A mí me ayuda más de lo que imagináis y me anima a seguir escribiendo.

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