CAPÍTULO 36

El vidente

La cocina del número doce de Grimmauld Place estaba llena de murmullos cuando Tonks entró tras Moody, con el cabello rosa habitual brillando bajo la luz temblorosa de las velas.

Sus ojos barrieron la sala automáticamente.

Sirius, recostado en su silla con los brazos cruzados, le dedicó una mirada cómplice. Más allá en la penumbra, Remus Lupin alzó la vista hacia ella. Sus ojos se encontraron por un instante en que él le sonrió con esa timidez natural que Tonks encontraba tan encantadora.

Ella le devolvió el gesto y desvió la mirada, satisfecha, y se centró en Moody, quemostraba ya signos de impaciencia.

—Como sabéis, hace unas semanas hablamos con Baltasar Greaves —comenzó con tono grave, adoptando la gravedad de la situación—. Parece que la Sala Catorce del Departamento de Misterios no es una sala parlante, como creíamos al principio. En realidad, guarda algo llamado profecías.

Se inclinó ligeramente hacia adelante, como si quisiera asegurarse de que todos prestaban atención.

—Desde entonces, he intentado hablar con Dumbledore. Varias veces. Pero ya lo sabéis: tiene demasiados asuntos en marcha, y este no es claramente su prioridad. Así que me veo obligado a continuar la investigación sin él.

Hizo una pausa.

—No me hace gracia… pero si Rookwood está detrás de esto, no podemos simplemente hacer guardias porque, claramente, aunque le pillemos con las manos en la masa, no servirá de nada.

Miró a Tonks antes de seguir.

—Tenemos que usar esta información a nuestro favor: Saber por qué les interesa a los mortífagos. O a Voldemort. Y adelantarnos.

Golpeó la mesa suavemente con los nudillos, marcando cada palabra con gravedad.

—Así que os pregunto ahora: ¿Alguien sabe algo más sobre las profecías?

Un murmullo recorrió la mesa, acompañado de miradas de desconcierto.

—¿Pero las profecías no son… bueno, ¿cuentos? —preguntó Molly, frunciendo el ceño, recordando los relatos de Beedle el Bardo que solía leerles a sus hijos—. Como las Reliquias de la Muerte o el País del Cielo Sobre las Nubes.

Bill frunció el ceño, como si pensara lo mismo. Tonks también recordó aquel libro de cuentos que su madre le leía cada noche.

—Pero… qué es exactamente una profecía? — preguntó Emmeline.

Como si hubiera estado esperando esa pregunta, Dedalus Diggle se removió en su asiento con entusiasmo.

—Una profecía es una predicción corpórea hecha por un vidente sobre un acontecimiento futuro. Es un eco del destino, manifestado en palabras. —explicó, mirando expectante a sus compañeros, como si esperara una reacción entusiasta — ¿En serio? ¿Nadie sabía esto?

Su sombrero violeta, ladeado como siempre sobre su abundante cabello canoso y encrespado, daba a su figura un aire más excéntrico de lo habitual. O tal vez fuera por sus ojos desorbitados, iluminados, como si no cupiera en sí de gozo por poder aportar conocimiento.

Hestia Jones rodó los ojos con paciencia.

—Ya estamos con la adivinación —bufó—. Ya sabes lo que opino, Dedalus. Toda esa… rama de “conocimiento” … son pamplinas, ¿no?

La auror miró a su alrededor, esperando apoyo.

—Pues yo te digo que no —replicó él, alzando la barbilla—. No aprobé el ÉXTASIS, vale, pero aprendí a respetar el arte. A entender que hay cosas que no caben en una fórmula ni pueden medirse con un matraz.

—Sí, sí —murmuró Hestia, cruzándose de brazos—. Y seguro que también te leyeron el futuro en las hojas de té.

—Vale, vale —interrumpió Emmeline—. Sea lo que sea, ¿por qué están guardadas en el Departamento de Misterios? ¿Por qué tanto secretismo? ¿Tan importantes son?

Sirius se inclinó hacia la mesa.

—Eso es lo que quiero saber. ¿Son cuentos o no?

—¡No son cuentos! Ni paparruchadas, ni ridiculeces —saltó Dedalus, indignado—. Son una ventana al futuro.

Los reunidos parecían debatirse entre el escepticismo pragmático de Hestia —probablemente compartido por muchos— y el misticismo ardiente de Dedalus.

Lupin, reflexivo como siempre, intervino. 

—Es cierto que las profecías no solo aparecen en los cuentos de Beedle el bardo — dijo, mirando a los presentes — Hay registros en antiguos textos de magia sobre su existencia. Siempre supuse que se habían extinguido. No quedan muchos videntes hoy en día.

—Es que antes había demasiados… Y eran todos unos charlatanes — espetó Hestia.

Dedalus la fulminó con la mirada. Sirius se giró hacia Moody, Lupin y Tonks.

—¿Estáis seguros que Greaves no os tomó el pelo? — inquirió él. 

Tonks se cruzó de brazos, frunciendo el ceño.

—Greaves puede ser muchas cosas — dijo, pensativa —, pero apostaría a que no está loco

—Tonks tiene razón. — dijo Lupin, con total convicción — No está loco, y no nos tomó el pelo.

Sirius lo miró suspicaz.

—¿Y cómo estás tan seguro?

—Solo lo sé. Créeme. No me equivoco.

Una tensión cargada de posibilidades se hizo con la sala. Demasiadas preguntas, ninguna respuesta. Y en el centro de todo, el enigma de las profecías, oculto tras las puertas del infranqueable Departamento de Misterios.

—Entonces, ¿por qué un alto mando del Departamento de Misterios como Rookwood —empezó Sirius— tiene que vérselas con un exempleado de fama dudosa y amigo de los bajos fondos para conseguir información de una sala que, en teoría, está bajo su control?

—Porque esa sala no está bajo su control – explicó Kingsley – hace muchos años, se reforzó la seguridad del departamento de misterios. Ni siquiera todos los altos cargos pueden entrar libremente a todas las salas.

—Especialmente ellos – apuntó Moody – es para proteger los secretos que encierran, que serían susceptibles de usarse por los más influyentes en la sociedad mágicas. Es para evitar tentaciones. Y los empleados que trabajan allí lo hacen bajo el más estricto secreto, y su función es confidencial. Por eso, cuando uno de ellos se sale del redil… lo borran.

—Por eso tanta censura con los archivos sobre Baltasar Greaves… – razonó Tonks.

Moody asintió.

Tonks reflexionó. Durante su estancia en el Departamento de Misterios, había estado merodeando junto a Booth en cinco o seis salas. Salas con nombres concretos, como la del Cosmos o la Biblioteca. Pero también había otras que – como le había hecho notar su compañero –, no tenían nombre.

Solo número.

La Dos. La Once… y por supuesto, la Catorce.

Su entrada estaba sellada y celosamente protegida por un montón de alarmas, como ella misma había podido comprobar.

—Siendo prácticos, e independientemente de nuestras creencias — intervino Kingsley, con su voz grave y pausada, mirando a Hestia y a Dedalus — Si apenas unos pocos conocen de la existencia de las profecías, si están guardadas en secreto en el Departamento de Misterios y muy pocos tienen acceso a ellas… por algo debe ser.

Emmeline Vance y Remus intercambiaron una mirada inquisitiva. Un silencio denso se apoderó de la cocina hasta que Moody lo rompió con su tono áspero.

—Sí, eso es cierto —concedió, cruzando los brazos sobre la mesa—, pero nosotros tampoco tenemos acceso. Y si ni siquiera Dumbledore nos ha hablado de ellas, es que no sabemos qué implican realmente.

—No significan nada —soltó Hestia Jones, exasperada—. Solo significan lo que nosotros queramos que signifiquen. Como toda la adivinación.

—Tal vez Rookwood o Quien-Ya-Sabéis piensan que pueden usarlas para cambiar el futuro —aventuró Arthur Weasley.

Lupin se frotó el mentón, pensativo.

—Si las profecías realmente contienen información sobre eventos futuros, podrían ser utilizadas para manipular el curso de la historia — reflexionó Lupin—. Imagínate si Voldemort tuviera acceso a ellas. Podría evitar amenazas antes de que sucedieran o, peor aún, hacer que las profecías se cumplan a su favor.

Se hizo un silencio reflexivo. Molly apretó los labios, intranquila.

—No tenemos pruebas de que funcionen así —objetó Kingsley, su voz impregnada de escepticismo—. Tal vez son solo registros sin relevancia real. Si fueran infalibles, ¿por qué nadie ha cambiado la historia con ellas hasta ahora?

—Oh, pero tal vez lo han hecho.

Todos giraron la cabeza hacia Dedalus Diggle, que los observaba con una sonrisa enigmática y su peculiar brillo en los ojos, como si disfrutara al ver que, poco a poco, iban aproximándose a su argumento.

Moody rodó los ojos… ambos ojos.

—Vale, Diggle… te escuchamos —concedió el auror con resignación, apoyando su peso sobre la mesa.

La expresión del mago oscilaba entre la fascinación y la solemnidad, como si estuviera a punto de revelar un gran secreto que fuera a cambiarlo todo.

Hestia bufó y cruzó los brazos, como si ya supiera dónde iba a acabar aquella conversación.

Tonks, divertida, se mordió el labio para contener la risa al ver la exasperación de Moody, la paciencia cada vez más delgada de Hestia y la emoción en el rostro de Dedalus que, claramente, se consideraba el vencedor de aquel debate. 

—Los registros sobre profecías son escasos —dijo Dedalus con voz más seria de lo habitual—, pero existen historias. Historias más antiguas que Hogwarts mismo. Hablan de reyes que evitaron guerras, de magos que huyeron de su destino… y de otros que lo enfrentaron.

—Eso suena más a leyenda que a evidencia —interrumpió Kingsley, con su tono grave y escéptico.

—Tal vez —concedió Diggle, girando su sombrero entre sus manos—. Pero dime, Kingsley, ¿cuántos de nosotros habríamos creído en la Piedra Filosofal antes de que Nicholas Flamel la trajera a la luz?

Kingsley no respondió.

—Muchos creen que las profecías son solo palabras vacías, por supuesto —admitió Dedalus —, pero en los círculos menos ortodoxos se dice que algunas son demasiado peligrosas para ser conocidas.

—O tal vez solo contienen tonterías y el Ministerio no quiere que se les rían en la cara —terció Hestia, rodando los ojos.

—Si fueran tonterías, Voldemort no perdería su tiempo en ellas —señaló Lupin con calma.

El silencio que siguió a sus palabras pareció asentarse con más peso en la habitación.

—Exacto —afirmó Emmeline, enderezándose—. Quizás no sepamos cómo funcionan, pero si Él las quiere, es porque tienen valor. Al menos para él. Y eso debería preocuparnos.

Hubo un asentimiento general, aunque la inquietud seguía flotando en el ambiente. Sirius tamborileó los dedos en la mesa y lanzó una mirada a los demás.

—Hay algo en la sala 14. Algo que Voldemort cree que puede darle ventaja.

—O algo que teme —susurró Tonks, más para sí misma que para el resto.

Lupin la miró de reojo y asintió levemente.

—De cualquier forma, estoy de acuerdo en que tenemos que averiguar más —dijo Kingsley finalmente—. No podemos arriesgarnos a que los mortífagos tengan una información que nosotros desconocemos.

—Y por eso necesitamos ayuda —dijo Dedalus con un brillo en los ojos—. Conozco a alguien que nos puede ayudar. Alguien que ha estudiado más sobre profecías que cualquier investigador del Ministerio.

Moody gruñó.

—No me digas que es otro de tus fanáticos.

—Fanático o no, puede darnos respuestas —insistió Dedalus, alzando ligeramente la barbilla—. Porque, queráis o no, amigos, las profecías no son solo historias grabadas en vidrio. Son ecos del futuro, atrapados en el tiempo.

Al decir esto, giró la cabeza hacia Hestia y le dedicó una mirada cargada de satisfacción, levantando las cejas con aire triunfal. Hestia entornó los ojos, pero no replicó.

El silencio que siguió fue más tenso que los anteriores.

Moody chasqueó la lengua.

—Pues vamos a buscar respuestas.

……………………………..……………………………..……………………………..…………………………

Tonks y Dedalus Diggle esperaban en un callejón poco transitado, resguardados de las miradas curiosas.

Moody les había citado allí, en misión secreta.

Tonks imaginaba en qué consistía esa misión secreta, y sonrió.

La idea de un vidente colaborando con la Orden le parecía tan absurda como fascinante.

Además… Alastor creyendo en videntes.

Y ella que creía que ya lo había visto todo.

A su lado, Dedalus estaba de excelente humor, balanceándose ligeramente sobre los talones y canturreando una melodía incomprensible.

Estaba claramente emocionado, y no dejaba de soltar comentarios que, a su pesar, empezaban a contagiarle el entusiasmo.

—Imagínatelo, Tonks —decía, bajando la voz con dramatismo—: ¡un oráculo! ¡Un verdadero oráculo escondido en un bosque entre las montañas! ¿Cuántas veces en la vida se tiene una oportunidad así?

Ella resopló, divertida.
—¿Y no podríamos haber quedado con tu oráculo en una terracita de Hogsmeade? Solo por variar.

—Bah, bah, eso le quitaría emoción —replicó él, como si su respuesta fuera obvia —. Los oráculos se nutren de la magia del ambiente… ¡los verdaderos!… y este no está loco. Solo habla otro idioma. ¡El idioma del destino!

Tonks alzó una ceja, pero no respondió.
Porque sí, era un disparate.
Y sí, era una locura.
Pero maldita sea, quería creer.

El sonido seco del bastón de Moody golpeando el suelo la sacó de sus pensamientos.
El viejo auror apareció desde el otro extremo del callejón, envuelto en su capa raída, y les lanzó una mirada severa antes de hablar.

Como si les dijera “Vamos, centraos”.

—He estado pensando —gruñó, cruzando los brazos—. Si hay algo que no me gusta, es perder el tiempo con farsantes.

Tonks alzó una ceja y Dedalus chasqueó la lengua, anticipando lo que vendría.

—Pero —continuó Moody con reticencia—, toda información que podamos conseguir debe ser valorada… aunque venga de un vidente.

Dedalus sonrió ampliamente, triunfante.

—Sabía que verías la luz, viejo amigo. Este hombre puede parecer excéntrico, pero ha sabido cosas antes de que pasaran.

Moody bufó, claramente receloso.

—¿Quién es exactamente este vidente? —preguntó Tonks, inclinándose un poco hacia Dedalus, intrigada.

—Oh, una mente fascinante —respondió Diggle con aire misterioso—. Se llama Alden Peverell, aunque dudo que ese sea su verdadero apellido. Y su verdadero nombre.

Carraspeó y se colocó bien el sombrero lila.

—Vive en un bosque encantado, un lugar donde la magia es más vieja que el ministerio.

Tonks no pudo disimular su entusiasmo.

—¿Un bosque encantado? —preguntó con los ojos brillantes—. Eso suena fantástico.

Moody resopló.

—Suena a cuento chino.

Dedalus ignoró el escepticismo, al que ya estaba acostumbrado.

—Alden tiene una manera muy particular de ver las profecías. Sabe cosas que no aparecen en los libros y ha recopilado fragmentos de predicciones que ni el Departamento de Misterios ha logrado descifrar.

—Con que un ermitaño iluminado —gruñó Moody.

Miró a su alrededor como si esperara a alguien más. De repente, su ojo mágico se movió rápidamente y su boca se torció en algo que tal vez era una sonrisa.

—Ah. Por fin.

Tonks se giró y, al reconocer la figura que se acercaba, sintió que su corazón se aceleraba un poco.

Lupin avanzaba con pasos tranquilos, con su habitual aire sereno.

—Lo siento —dijo él con tono grave—. Estaba con algo que me tomó más tiempo del esperado, pero estoy listo para partir.

La sonrisa de Tonks apareció sin que pudiera evitarlo, y para su sorpresa —y deleite—, Lupin no tardó en devolvérsela. Aunque enseguida recuperó la seriedad.

—Pensé que Lupin sería de ayuda. Es decir… —Moody miró a Dedalus, luego a Lupin y finalmente a Tonks—. Un creyente, un académico y un auror. No podía haber mejor equipo.

—Esto parece el principio de un chiste malo—comentó ella con un deje juguetón, aunque el brillo en sus ojos delataba su auténtica alegría al verse de nuevo en misión con Lupin.

—Menos habladurías y más movimiento —interrumpió Moody—. Si este vidente sabe algo que valga la pena, mejor que os pongáis en marcha antes de que alguien más lo haga.

Tonks, Lupin y Dedalus asintieron.

Mientras se preparaban para partir, Tonks no pudo evitar aplaudir por dentro.

Cualquier misión con Remus era, sin duda, mucho mejor.

……………………………..……………………………..……………………………..…………………………

Se aparecieron a las afueras de un pequeño pueblo de montaña, donde el aire frío los recibió con una bofetada helada.

Tonks se envolvió mejor con su bufanda y se abotonó la túnica hasta el cuello, sintiendo cómo el viento helado intentaba colarse entre las costuras.

—Por Merlín, esto es un congelador —murmuró, frotándose las manos con fuerza.

Lupin hundió las manos en los bolsillos de su abrigo, en silencio, mientras Dedalus, emocionado como un niño en víspera de Navidad, tomó la delantera con pasos ágiles, completamente ajeno al frío.

—Vamos, vamos, es por aquí —dijo con entusiasmo, señalando un sendero estrecho que se perdía entre la arboleda.

Tonks y Lupin intercambiaron una mirada fugaz antes de seguirlo.

El suelo crujía bajo sus pies, cubierto por una fina capa de escarcha que brillaba bajo la luz dorada del atardecer. El aire olía a madera húmeda, pino y algo más: un perfume antiguo que no supieron identificar, como si el bosque guardara secretos entre sus raíces.

Lupin se acercó a Tonks, ajustando el paso para caminar a su lado.

—¿Qué sabes de este vidente? —preguntó en voz baja, como si temiera quebrar la quietud del bosque.

—Dedalus dice que se llama Alden Peverell. Bueno, al menos es el nombre que usa —respondió Tonks con las mejillas enrojecidas por el frío y la emoción—. Vive aquí, aislado

Lupin arqueó una ceja, escéptico.

—¿Y qué tan confiable es?

—Parece que ha predicho cosas antes de que ocurrieran —respondió Tonks—. Diggle dice que el Ministerio no lo toma en serio, pero que ha descifrado más fragmentos de profecías que nadie. Ni siquiera el Departamento de Misterios sabe tanto como él.

Antes de que Lupin pudiera replicar, el paisaje se transformó.

El bosque se abría ante ellos con una belleza mágica e inusual.

Se internaron en un claro rodeado de árboles altísimos cuyas copas parecían rozar el cielo.

Las hojas parecían susurrar suavemente al dejar pasar el viento.

La luz del atardecer filtraba tonos dorados entre las ramas, tiñendo la vegetación de sombras alargadas y reflejos cálidos.

Tonks avanzaba con pasos ligeros, girando la cabeza de un lado a otro, completamente fascinada.

Sus botas crujían sobre la hojarasca, y cada tanto se detenía a observar un tronco nudoso o una enredadera que parecía moverse por voluntad propia.

—Nunca había visto árboles así —dijo con una mezcla de asombro y respeto, apoyando la mano sobre la corteza rugosa de un roble enorme—. Es como si… estuvieran vivos de verdad. Como si tuvieran alma.

—Lo están —afirmó Dedalus con una sonrisa—. En un bosque encantado, todo vive y respira magia.

Tonks rió suavemente, inclinándose para observar un grupo de setas de tonos azulados y figuras caprichosas que parecían emitir un resplandor sutil.

Tocó una con la yema del dedo, y la seta destelló levemente antes de volver a su color original.

—Remus, ¿has visto esto? —preguntó, girándose hacia él con los ojos brillantes de emoción.

Lupin se acercó con curiosidad.

—Es un tipo de hongo lumínico —dijo en voz baja—. Sólo crecen en lugares con magia antigua.

Tonks sonrió satisfecha y siguió caminando, rodeada por la espesura del bosque. El aire se volvía más denso, impregnado de una fragancia floral y mágica, como si las plantas mismas exhalaran un hechizo dulce.

De repente, algo diminuto y brillante surcó el aire delante de ellos.

Tonks se detuvo en seco.

—¿Qué fue eso?

Lupin frunció el ceño, buscando con la mirada. No tardaron en ver otra luz fugaz, un pequeño destello azul que se desvaneció entre las hojas.

—Hadas —murmuró Dedalus reverente —. Mirad bien.

Una tercera luz apareció, flotando un instante entre las sombras de los árboles antes de desaparecer.

Luego otra. Y otra más.

Tonks dejó escapar una risa ligera, casi infantil, cuando de repente docenas de pequeñas hadas comenzaron a revolotear a su alrededor, emitiendo destellos de luz azulada, trazando caminos fugaces en el aire como estrellas errantes.

Sus alas vibraban con un sonido apenas perceptible, como un susurro de viento en miniatura.

—¡Mira eso! —exclamó, completamente maravillada.

Se adelantó un par de pasos, extendiendo la mano con cuidado cuando una diminuta hada se posó fugazmente en la punta de su dedo.

Era translúcida, parecía frágil, como el hielo, y despedía una luz tenue que palpitaba al ritmo de sus alas y de las antenas que lucía en la cabeza. Como una mariposa.

Tonks apenas tuvo tiempo de sonreír antes de que la pequeña criatura saliera volando de nuevo.

—Nunca había visto tantas hadas —murmuró, con los ojos brillando de pura admiración.

—Es una señal de que este lugar está bien protegido —comentó Dedalus con su característico misticismo —. Los magos poderosos suelen atraer criaturas mágicas.

Lupin caminaba ligeramente detrás de ellos, observando de reojo a Tonks.

Su forma de ver el mundo lo desarmaba. El brillo curioso en sus ojos, la risa sincera que parecía armonizar con los susurros del bosque, la manera en que se integraba con el entorno como si perteneciera allí.

A un lugar onírico, perfecto. Y bonito. Donde todo podía hacerse realidad.

Su expresión se enterneció sin darse cuenta.

Entonces ella se volvió y lo sorprendió mirándola.

—¿No es precioso? —preguntó, con la luz de las hadas reflejándose en su cabello rosa.

Lupin carraspeó, sorprendido, y asintió con una sonrisa leve.

—Sí. Lo es.

Pero no estaba seguro de si hablaba de las hadas, del bosque… o de ella.

……………………………..……………………………..……………………………..…………………………

Finalmente, llegaron a una cabaña que se alzaba entre los árboles retorcidos y antiguos, como un refugio olvidado por el tiempo.

La estructura, de madera vieja y piedras, estaba recubierta de musgo y enredaderas. Del tejado colgaban campanillas plateadas que tintineaban suavemente, como si anunciaran la llegada de aquellos que buscan respuestas. Una espiral de humo azul escapaba de la chimenea, perfumando el aire con especias y algo más profundo, una fragancia de nostalgia y misterio que evocaba recuerdos de sueños lejanos.

La puerta, entreabierta, se movía ligeramente, como si la cabaña misma estuviera esperándolos.

Tonks, Lupin y Dedalus se acercaron, sintiendo una extraña mezcla de expectación e inquietud.

—Sabía que vendríamos —murmuró Lupin, lanzando una mirada cautelosa al interior.

—Los videntes suelen hacer eso —comentó Tonks, entre escéptica y fascinada.

Sin dudar, Dedalus Diggle empujó la puerta y entró con un ademán grandilocuente, como si fuera un rey en su corte.

—¡Alden, mi buen amigo! ¡Te traigo visitas ilustres!

En el corazón de la cabaña, iluminada por la luz temblorosa de varias velas que danzaban con la brisa, un hombre delgado, de cabello gris y despeinado, los observaba con una expresión impenetrable.

Sus ojos, de un azul tan pálido que parecían cristalinos, brillaban con una intensidad inquietante, fijándose en ellos de tal manera que Tonks sintió un escalofrío recorrer su espalda. Vestía una túnica oscura que parecía absorber la luz, y sobre la mesa, una pila de pergaminos, piedras de adivinación y cartas del tarot envejecidas por el uso se apilaba, como si aguardaran un destino revelador.

—Sabía que vendríais —dijo Alden con una sonrisa enigmática —. Las profecías siempre encuentran la forma de llevar a la gente correcta hasta su verdad.

Los invitó a sentarse en un sofá semicircular. Tonks se acomodó entre sus compañeros, mirando a su alrededor: frascos de cristal con sustancias no identificables, libros antiguos, velas consumidas. En el centro de la sala, frente a ellos, una esfera de cristal opalescente latía con una luz tenue, como si tuviera corazón propio.

—Llegáis con preguntas —dijo Alden, su voz profunda resonando en las paredes—. Y yo tengo respuestas. Aunque dudo que sean las que queréis oír.

Lupin, visiblemente impaciente ante la palabrería excesiva del gremio de los adivinos, tomó asiento frente a él, decidido a ir al grano.

—Queremos saber sobre las profecías —dijo, su voz firme y directa—. Su naturaleza, su historia… y cuánto peligro encierran.

—Paciencia, joven amigo —replicó el vidente, sin prisa, desafiando la impaciencia de Lupin con una calma casi sobrenatural.

Lupin rodó los ojos y se echó atrás en el sillón, esperando a que Alden decidiera el momento preciso para empezar a hablar.

Alden entrelazó los dedos y los observó tranquilamente, como si en su interior estuviera sopesando la magnitud de las revelaciones que estaban a punto de desvelarse. El ambiente se cargó de expectación, y los ecos de lo desconocido comenzaron a resonar en la penumbra de la cabaña, preparando el escenario para lo que vendría.

—Desde que la magia emergió en el mundo, ha existido un selecto grupo de individuos capaces de mirar más allá del velo del presente —comenzó, con un tono sereno pero firme—. Son aquellos que poseen el don de vislumbrar lo que está por venir, aunque siempre de manera fragmentada y misteriosa. Las predicciones han acompañado a la humanidad desde tiempos inmemoriales, susurradas por aquellos pocos capaces de percibir los hilos del destino antes de que se entrelacen en la realidad. En ocasiones, las más poderosas de estas visiones se materializan y se manifiestan en forma del objeto que llamamos “profecía”.

Tonks desvió la mirada hacia Lupin, quien mantenía sus ojos fijos en Alden, como si tratara de desentrañar cuánto era sabiduría y cuánto charlatanería. Dedalus en cambio, parecía completamente absorto en las palabras del vidente.

—Siempre ha habido un intenso debate sobre si estas visiones son señales de un futuro inevitable o meras posibilidades flotantes —continuó Alden, como si compartiera un secreto atesorado—. Algunos sostienen que no son más que supersticiones, mientras que otros creen que pueden, de hecho, moldear el destino de los magos, siempre que se conozcan y se actúe en consecuencia.

—¿Y usted qué cree? — preguntó Remus, intentando sonar neutral, aunque se notaba que él era completamente escéptico con todo aquello.

—Yo no creo — dijo el adivino, simplemente — Yo sé que las profecías tienen el poder de moldear el destino

Tonks, pensativa, cruzó los brazos mientras meditaba sus palabras. Alden la observó con una leve sonrisa, como si entendiera los dilemas de su mente inquieta.

—El futuro no es una línea recta trazada con certeza – prosiguió con una voz suave, casi como un susurro – sino un camino mutable. Cada elección, incluso la más insignificante, puede desviar el curso de los acontecimientos. Las profecías no son certezas, sino advertencias o promesas, revelaciones de lo que podría llegar a ser, si ciertas condiciones se cumplen.

Lupin esbozó una mueca escéptica.

—Entonces, si alguien conoce su destino, ¿no intentaría cambiarlo?

Alden soltó una risa baja, como el susurro del viento entre los árboles.

—Esa es la paradoja inherente a las profecías. A veces, el mero conocimiento de una profecía es lo que evita que se cumpla. La obsesión por un destino profetizado puede hacer que este se deslice como arena entre los dedos. Otros, en su afán por evitarlo, terminan cumpliéndolo sin siquiera darse cuenta.

Lupin suspiró, como si las palabras del vidente fueran ecos lejanos en un abismo de confusión. ¿Por qué no podían los adivinos ofrecer respuestas más sencillas, un simple sí o no? En ese momento, Dedalus intervino, su entusiasmo contrastando con el recelo de Lupin.

—Por eso fueron ocultadas, ¿verdad? Para que no cayeran en manos equivocadas.

Alden inclinó la cabeza.

—Con el tiempo, los magos comprendieron el peligro de estas visiones del porvenir. Un conocimiento tan poderoso podía torcer voluntades y corromper corazones. Un mago ambicioso podría buscar modificar su destino a cualquier costo, mientras que otro, temeroso de lo que estaba por venir, podría desencadenar la profecía en su intento por evitarla.

Tonks frunció el ceño, sintiéndose intrigada y a la vez inquieta.

—¿Es por eso que las mantienen en el Departamento de Misterios?

Alden asintió lentamente, su gesto sereno y deliberado.

—En parte. Sin embargo, muchas profecías se han perdido a lo largo de los años, y otras han sido destruidas.

Dedalus miró al vidente con asombro.

—¿Destruidas?

Alden se acomodó en su asiento, observando a cada uno de ellos con una calma penetrante antes de hablar.

—Muchas profecías han sido deliberadamente destruidas durante toda la historia. Aquellas que se consideraron demasiado peligrosas para que alguien las escuchara. No todas las verdades están destinadas a ser conocidas.

Dedalus parecía fascinado, mientras Lupin sacudía la cabeza, como si aquella realidad le molestara.

—Eso suena a manipulación —dijo con dureza—. Alguien decidió qué futuros debían quedar en el olvido y cuáles merecían ser preservados.

Alden lo miró con una expresión inescrutable, con sus ojos que parecían destilar una antigua sabiduría.

—Llamadlo como queráis. Pero las palabras tienen poder. Y hay cosas que, una vez escuchadas, no pueden olvidarse. A veces, el mayor acto de protección es el silencio. Pero tú, Remus, pareces escéptico de la adivinación. ¿Por qué te molesta que unos posibles futuros fueran borrados? ¿Acaso querrías conocer tu futuro, si tuvieras la certeza de que es real?

El vidente observó a Lupin con interés, como si notara algo en su ser, un matiz diferente. Un deje no humano. Remus se removió incómodo, carraspeando para romper el hechizo de la atención del anciano. Alden retiró los ojos de él y los volvió hacia Tonks y Dedalus.

—Es cierto que el Departamento de Misterios ha ordenado la destrucción de ciertas profecías a lo largo de los años. Algunas hablaban de futuros tan catastróficos que solo su conocimiento podía hacerlos realidad. Otras contenían información peligrosa sobre ciertos magos.

—¿Magos como quién? —preguntó Tonks, con el ceño fruncido.

—Merlín, Gryffindor, Gellert Grindelwald. Oh, sí, él intentó hacerse con ellas —continuó el vidente, acariciándose la barba—. De hecho, justo después de que Dumbledore lo atrapara, el Departamento de Misterios entró en pánico. Hubo quienes consideraron que la mejor manera de evitar que las profecías fueran usadas con fines oscuros era eliminarlas. De hecho, durante un tiempo, el Departamento de Misterios debatió seriamente si debía erradicarlas por completo. Finalmente, decidieron ser fieles a la historia, y mantenerlas bajo custodia. Eso sí, extremando la seguridad.

—De hecho —prosiguió el vidente—, una de ellas, en particular, hablaba del nacimiento de un mago oscuro que sería tan poderoso, si no más, que el propio Grindelwald. Y así llegó Voldemort, una sombra en el horizonte de nuestro mundo.

El silencio en la cabaña se tornó aún más denso, como si el aire mismo contuviera la respiración.

Afuera, el viento agitó las campanillas plateadas, como si la propia naturaleza reaccionara a sus ominosas palabras.

Alden giró su mirada hacia Lupin, sus ojos profundos reflejando un abismo de misterio.

—Dime, Remus —preguntó con un tono que parecía flotar en la brisa—. Si hubieras sabido que un niño nacería con el destino de convertirse en uno de los magos tenebrosos más poderosos de los últimos tiempos, ¿qué habrías hecho con él?

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NOTA DE AUTORA:

Hay un elemento del mundo mágico que siempre me ha parecido especialmente fascinante: las profecías. Aparecen brevemente en la historia, pero siempre me dio la sensación de que escondían un lore mucho más profundo. ¿Son destinos inevitables? ¿Advertencias? ¿O simples posibilidades que solo se vuelven reales cuando alguien cree en ellas?

Tanto en los libros como en las películas, siento que este tema se menciona solo de pasada, como si fuera una puerta que se abre apenas un poco. Por eso me da curiosidad saber: ¿cómo veis vosotros las profecías en el mundo mágico?
¿Creéis que realmente pueden moldear el destino, o que son solo fragmentos de futuros posibles?

Me encantará leer qué pensáis.

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