En los ojos de Tonks
Tonks y Dedalus salieron de la cabaña del vidente, dispuestos a comenzar el camino de vuelta. Lupin se rezagó por un momento, aun pensando en la pregunta del adivino, desconociendo por supuesto la respuesta correcta. Justo cuando estaba a punto de seguirlos, Alden se interpuso en su camino, erguido y sereno.
—¿Por qué no amplías tu perspectiva, Lupin? —preguntó el adivino —. ¿Acaso crees que lo sabes todo?
Lupin lo miró con desafío, sintiendo el escepticismo aflorar en su interior.
—Solo creo que hay verdades que es mejor no explorar, pues carecen de certeza.
Alden ladeó la cabeza, estudiándolo en silencio. Luego, con ese tono que parecía surgir de otro tiempo, murmuró:.
—¿Y sobre qué tenemos certeza, en realidad?
Lupin no respondió. Alden volvió a observarlo con su expresión enigmática, como si intentara descifrar algo oculto en el interior de él.
—Piensa en el lobo. Ese que vaga entre sombras y nieve. Cree que su camino está hecho solo de soledad. Pero al final, encuentra un fuego. No uno que lo consume, sino uno que lo abriga.
Remus frunció el ceño y sonrió con sarcasmo
—Eso es solo un poema que habla de la soledad. No una predicción.
Alden sonrió, con ese brillo que mezclaba ironía y sabiduría antigua.
—Eso depende de tu interpretación, Lupin. Lo que parece ser un destino temido puede ser también el hogar que nunca pensaste encontrar.
Con esas palabras resonando en su mente, Lupin sintió una mezcla de inquietud y resignación. El adivino se apartó lentamente, dejando a Remus atrapado en sus pensamientos, mientras el viento aullaba a su alrededor y el cabello rosa de Tonks contrastaba con el negro de la noche.
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Tonks observó a Remus salir de la cabaña con una expresión sombría que ella no alcanzaba a descifrar del todo.
—No te gustan mucho los videntes, ¿verdad? —preguntó ella, en un intento por romper esa nube de pensamiento que lo rodeaba.
Remus negó con la cabeza, con la mirada.
—Mis padres visitaron a montones y montones de curanderos, medimagos, expertos en pociones… y cuando nada funcionó, probaron con adivinos, pitonisas y todo aquel que asegurara tener respuestas. Me propusieron estancias en sanatorios, retiros espirituales, rituales de purificación, …
El tono era bajo, contenido, pero cada palabra dejaba entrever una amargura antigua. Una herida que nunca había terminado de cerrarse. Y que nunca antes había compartido con nadie.
—Mis padres estaban desesperados. Buscaban una cura, estaban dispuestos a todo. No la encontraron. Pero les costó mucho dinero y muchas esperanzas.
Tonks se quedó en silencio.
—Al final, la única certeza que obtuvieron fue que no podían confiar en nadie. Así que dejaron de buscar. Se resignaron. Me escondieron en cada luna llena, hicieron lo que pudieron con lo que tenían. Cuidaron de mí. Aprendieron a vivir con la verdad que nadie podía cambiar.
El silencio se volvió más espeso, como si el bosque entero lo estuviera escuchando.
—Por suerte, Dumbledore apareció un día en el portal de casa — continuó — les propuso a mis padres algo que habían dado por imposible, que es que yo pudiera acudir a Hogwarts. Les explicó lo que tenía planeado para mí. Y aunque no fue una solución… sí fue un camino. Una forma de salir de mi prisión.
Remus suspiró, cruzándose de brazos, como si tratara de encerrar sus recuerdos en un rincón inaccesible de su mente.
Pero Tonks no apartó la vista.
Sus ojos lo observaban con esa mezcla de ternura y lucidez que siempre lograba atravesarlo. Como si fuera capaz de entender más de lo que decía.
—Así que por eso te molesta tanto la gente que vende falsas esperanzas —dijo ella, reflexionando en voz alta —. No es solo escepticismo…, es que viste de cerca el daño que pueden hacer.
Remus asintió lentamente. Tonks bajó la mirada un instante, como si sintiera el peso de todo lo que acababa de escuchar.
Pero cuando la volvió a alzar, lo hizo con una convicción serena, como quien ha aprendido a encontrar belleza en las grietas.
Sin dudarlo, tomó su brazo con suavidad, con un gesto que pretendía ser liviano, aunque en el fondo encerraba una verdad más grande.
—Pues mira, Remus Lupin, mejor que tus padres no encontraran una solución. Porque entonces no tendrías todas esas cicatrices de aventuras —dijo, alzando una ceja—. Y seguramente no serías el hombre increíble que eres ahora.
Remus intentó rebatirlo, pero no halló palabras. Ella siguió:
—Sí, eres un poco gruñón, pero también eres noble, brillante, divertido cuando te da la gana, y valiente como pocos. Y a mí me parece que eso vale muchísimo.
El rubor le subió un poco a las mejillas, aunque intentó disimularlo girando apenas el rostro.
—Imagínate que te hubieran dejado en un sanatorio en manos de un tipo como Alden —añadió Tonks, bajando la voz como si compartiera una travesura—. Seguro que ahora serías una encantadora hada del bosque, en lugar de un académico taciturno. Y en lugar de alimentarte de chocolate y whiskey de fuego, beberías agua del rocío y comerías setas alucinógenas.
Remus, contra todo pronóstico, soltó una carcajada que le hizo sentirse más ligero.
Tonks la recibió con una sonrisa triunfal.
—Eres incorregible —dijo él, aún con la sombra del humor en los ojos.
—Y tú demasiado serio —replicó Tonks, feliz de haberlo sacado de sí mismo, aunque solo fuera un instante.
El viejo vidente y Dedalus seguían charlando animadamente en la entrada de la cabaña, como si ninguno de los dos tuviera prisa por despedirse.
Sus voces se entremezclaban con el sonido de la brisa en los árboles y el leve murmullo de las criaturas del bosque.
—Es increíble que ese par fueran a Hogwarts juntos —comentó Remus, rodando los ojos mientras lanzaba una mirada cómplice a Tonks.
Tonks soltó una risa baja, mirando a aquel par tan peculiar.
—Lo que me parece increíble es que Dedalus no haya venido a vivir aquí con su amigo —replicó, con un brillo travieso en los ojos — ¡Son tal para cual!
Remus no pudo evitar una carcajada, asintiendo de acuerdo.
De pronto, Tonks alzó la cabeza, alerta.
—¿Oyes eso?
El rumor del agua.
Con su curiosidad natural, se giró hacia el origen del sonido, apartándose del sendero y adentrándose en el bosque.
—¿Adónde vas? —preguntó Remus, siguiéndola con la mirada.
Tonks no respondió.
Se adentró un poco más en el bosque, sorteando raíces y helechos hasta que la vegetación se abrió en un claro oculto.
Un destello de luz más adelante captó su atención.
Y entonces la vio.
Una fuente.
Su base de piedra, cubierta de un musgo joven y aterciopelado se curvaba en formas irregulares, moldeado al antojo de la naturaleza. El agua fluía en ondas lentas, atrapando la luz de las estrellas en su superficie con una delicadeza hipnótica. A su alrededor, pequeñas hadas revoloteaban, titilando como luciérnagas en una danza silenciosa.
Tonks, con los ojos abiertos de asombro, se acercó más.
—Es preciosa… —susurró, absorta en la belleza del lugar.
Detrás de ella, Remus apareció en silencio.
Se detuvo al borde de la arboleda, sintiendo cómo la escena lo envolvía por completo.
Parecía robada de un sueño.
Tonks resplandecía bajo la luz de las hadas y el fulgor plateado de la fuente. La magia del bosque parecía intensificarse a su alrededor, como si respondiera a su presencia.
Su expresión de maravilla era pura, sincera.
Remus sintió algo inusual.
Algo cálido, suave…
Un alivio en el pecho. Como si la oscuridad que convivía con él desde siempre hubiera retrocedido un poco, cediéndole espacio para respirar.
Dio unos pasos hacia ella, hipnotizado por esa sensación.
No había sombras allí.
Solo luz.
Las diminutas hadas revoloteaban alrededor de Tonks, atraídas por su energía chispeante y su cabello rosa vibrante.
Ella no pudo resistirse; con un destello de su metamorfomagia, dejó que dos finas antenas luminosas brotaran de su cabeza y su cabello se volviera del color de la luna.
Las criaturas se detuvieron un instante, sorprendidas, y luego se lanzaron a jugar con ella, enredándose en su pelo, trazando destellos dorados, plateados y rosados a su alrededor.
Tonks rió suavemente, girando sobre sí misma, dejando que las hadas la envolvieran en un torbellino de luz y color.
Remus la observaba con una sonrisa leve, aquella que tan pocas veces dejaba ver.
Tonks se volvió y lo vio.
Su sonrisa se ensanchó, cómplice.
—Mira, Remus —susurró, con la voz teñida de risa—. Se piensan que soy un hada también.
—Creo que te faltan unas alas en la espalda —murmuró él.
—Y un vestido bonito —añadió ella, soñadora.
Él soltó una risa baja, sacudiendo la cabeza.
Pero no apartó la vista.
Casi sin darse cuenta, caminó hacia la luz.
Tonks se giró y se encontró con él más cerca de lo que esperaba.
La luz plateada de la fuente dibujaba sus facciones con suavidad.
Sus ojos se encontraron.
Y, bajo el amparo de esos ojos, Remus sintió que el lobo dentro de él se replegaba sin resistencia, como si reconocieran que allí no tenían poder.
Como si el alma de Tonks, radiante y sin miedo, le dictara su rendición.
Como si, a su lado, él pudiera ser —por fin— solo él.
Sin monstruos. Sin culpa. Sin cadenas. Sin el peso de las tinieblas.
Solo un hombre, de pie, frente a una mujer.
No podía evitar que su mirada se deslizara hacia los labios de ella, hipnotizado por la sonrisa que iluminaba su rostro y que tanta paz le transmitía.
Las hadas revoloteaban curiosas, trazando destellos de luz a su alrededor, cada vez más intensos.
—¿Te gusta? —preguntó ella. Su voz era suave, como un canto.
—Es…
Buscó las palabras, pero se deshicieron en su garganta.
—Sí… mucho —consiguió decir al fin, casi en un susurro.
El brillo en la expresión de Tonks lo invitaba a dar el siguiente paso, a cerrar la brecha entre ellos.
Como si ella lo sintiera, avanzó un poco más, entornando los ojos, también hechizada por aquella magia antigua que los envolvía.
Remus sintió su aliento rozar su rostro y comprendió que no estaba soñando.
En aquel instante, el resto del mundo pareció desaparecer.
La fuente.
El bosque.
El murmullo del agua.
Solo quedaban ellos, separados por la distancia de un suspiro.
Tonks entreabrió los labios, como si fuera a decir algo.
Remus sintió el impulso de acercarse un poco más.
—Este bosque protege lo que es puro — dijo una voz tras ellos.
Ambos se apartaron de golpe, casi al mismo tiempo.
Alden Peverell y Dedalus Diggle se acercaban entre los árboles, aparentemente ajenos a lo que acababan de interrumpir.
Tonks y Lupin se miraron por un momento.
Un instante incómodo —y ligeramente abochornado— sustituyó la escena de ensueño.
Remus se aclaró la garganta y miró hacia los dos hombres, como si estuviera muy interesado en la explicación del vidente.
Tonks dio un pequeño paso atrás y, con un leve rubor en las mejillas, fingió observar la fuente con renovado interés.
—La fuente tiene un poder especial — comentó Alden, al llegar a ellos. — Puede aliviar el alma y sanar el corazón. Seguro que os sentís mejor cerca del agua.
Pero Remus sabía que, en su caso, no era la fuente.
Tonks se agachó y llenó un pequeño frasco con el agua brillante.
—Se la llevaré a Sirius —murmuró—. Quizás le ayude a él también.
Alzó el frasco a la luz, y el líquido pareció despertar.
Dentro, brillaban diminutas partículas de polvo de estrellas.
Remus la observó con atención.
Tonks le devolvió la mirada y una sonrisa tímida se dibujó en sus labios.
Y en ese instante, entre la luz de la fuente, las hadas y la paz del bosque, donde todo parecía estar bien, Remus sintió que la verdad estaba justo frente a él.
En los ojos de Tonks.
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El viento arreciaba con fuerza cuando salieron del bosque encantado, arrastrando consigo el aroma húmedo de la tierra y las hojas.
La magia de la fuente había quedado atrás, pero su resplandor seguía latiendo, tenue, en algún rincón del pecho de Tonks.
Se sentía viva. Luminosa.
Y era plenamente consciente de que aquella sensación poco tenía que ver con la fuente del bosque.
Algo molesta porque les habían interrumpido en el momento justo, Tonks se giró hacia Remus. Frunció el ceño.
Él caminaba a su lado en silencio, con la mirada baja, los hombros encogidos, y temblando levemente dentro de un abrigo demasiado fino para el frío que ya se había adueñado de la noche.
Ella no dudó.
Con un gesto sencillo, se deshizo la bufanda de Hufflepuff que siempre llevaba y se la tendió a Remus con una sonrisa.
—Toma.
Remus parpadeó, desconcertado.
—No hace falta. Estoy bien.
—No, no lo estás —replicó ella, alzando una ceja—. Yo llevo un jersey de cuello alto, no la necesito.
Él abrió la boca para protestar, pero ella no le dio oportunidad.
Se acercó más a él, se puso de puntillas, y con suavidad le pasó la bufanda por el cuello antes de que pudiera apartarse. Sus dedos rozaron la piel helada de su mandíbula, y un escalofrío distinto al del viento la recorrió.
Remus permaneció quieto.
No la miró, pero Tonks vio el leve temblor en sus párpados. Sintió la tensión de su mandíbula, la respiración contenida. Y tuvo que morderse una sonrisa.
—No quiero que vuelvas a acatarrarte —murmuró ella, con suavidad.
Él apartó la vista, como si intentara evitar algo que no podía nombrar, pero no se movió mientras ella terminaba de acomodarle la bufanda.
Tonks desvió la mirada hacia el sendero, para asegurarse que Dedalus estuviera lejos.
—Además… seguro que aún estás flojo tras la transformación, ¿no?
Lo dijo con ese tono de preocupación que siempre lo desarmaba.
Así pues, sin más, Remus cerró los ojos un instante y se arrebujo en la bufanda de Hufflepuff que aún conservaba el calor de ella.
El aroma a Tonks lo envolvió como una caricia, suave y reconfortante, que le hizo apretar los dedos alrededor de la tela con más fuerza de la necesaria.
Y entonces lo supo.
Con total claridad.
Aquella sensación no era explicable por la bufanda. Tampoco por la montaña de chocolate ni las galletas caseras.
No era por el sendero entre los árboles, los hongos lumínicos o la fuente tras la cabaña. Y tampoco por las hadas revoloteando en su cabello.
No era el hambre ni la sed de sangre. Tampoco era la sombra de recuerdos antiguos, ni la añoranza de alguien a quien había perdido hacía mucho.
Y por supuesto, no era el lobo. Ni la luna.
Suspiró.
Por mucho que intentara levantar muros firmes entre él y el mundo, por muy legítimas que fueran sus teorías, algo trastabillaba peligrosamente cuando Tonks estaba cerca.
Ella traía luz a rincones que él siempre había mantenido en las sombras. Su calidez era capaz de romper el frío perpetuo que lo envolvía anclado en la oscuridad.
Aquella noche, mientras la luna menguaba y el lobo dormía, lo supo. Algo persistía en su pecho, dolorosamente humano, que no encajaba con ninguna otra explicación.
No había otra palabra, excusa ni argumentación racional que lo disfrazara de otra cosa.
No era camaradería, amistad, ni afecto.
No era admiración, un simple anhelo o deseo urgente.
Era ella, solo ella.
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NOTA DE AUTORA:
Bueno… espero que, aunque haya sido un capítulo breve, os haya gustado. Y sí: parece que por fin Remus empieza a darse cuenta de lo que siente por Tonks… después de 37 capítulos 😅
Confieso que el slow burn se me ha ido un poco de las manos. Pero es que se me iban ocurriendo muchas escenas monas entre ellos y no podía resistirme a añadirlas. Al final, la historia pedía su tiempo.
De hecho, casi podría decirse que este capítulo tiene dos finales: uno que termina “en los ojos de Tonks”… y otro que termina con “ella, solo ella.”
Uno es el momento mágico del bosque; el otro es el momento en que Remus, por fin, entiende lo que siente.
Espero que el slow burn no se os haya hecho demasiado slow… y gracias por seguir acompañándome en esta historia.
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