La auror Tonks en la cocina lúgubre con su media melena rosa, preguntándose cómo ha acabado en el cuartel general de la Orden del Fénix.
La noche era oscura y pesada en el número 12 de Grimmauld Place.
Alastor Moody había convocado una reunión, y los miembros iban llegando uno a uno, saludándose con breves asentimientos.
Entre ellos estaba Nymphadora Tonks que lucía su media melena rosa, brillante y alborotada, que contrastaba drásticamente con la penumbra de la cocina en la que se encontraban.
Era su primer día en la oficina —o más bien, su primera reunión oficial con la Orden del Fénix — y, aunque se esforzaba por mantener la compostura, no podía evitar sentirse emocionada.
Echó un vistazo de reojo a su mentor, OjoLoco Moody, sentado a su izquierda.
Habían pasado el día juntos en una operación de vigilancia encubierta, patrullando los barrios céntricos de Londres en busca de artefactos malditos. Pasaron horas disfrazados, ocultos tras encantamientos, muertos de aburrimiento, cuando decidieron dar por finalizada la vigilancia.
Nada hacía presagiar un giro de guion.
Pero al entregar el informe y salir por una de las puertas traseras del Ministerio, él la detuvo en seco.
—¿Tienes planes esta noche?
Tonks alzó una ceja. La pregunta era tan inesperada que no supo si reírse o ponerse en guardia.
—¿Te refieres a… cena, teatro y paseo bajo las estrellas?
Pero Moody no sonrió.
—Estoy hablando en serio, Tonks.
Ella lo miró con atención. Ese brillo raro en el ojo mágico le indicaba que su mentor no admitía risas ni burlas en ese momento.
—No, no tengo planes —respondió finalmente.
Él asintió y no dijo nada más.
La condujo en silencio varias manzanas hasta que torcieron por un callejón mugriento que desembocaba en una plazoleta.
Era el típico lugar que podría haber sido bonito —tenía árboles, bancos y un parterre preparado para plantar flores—, pero en realidad estaba dejado, sucio y colmado de basura.
Moody le indicó que mirara un conjunto de fachadas grises que flanqueaban aquel rincón deslucido. Entonces, el auror sacó una hoja arrugada del bolsillo interior y se la tendió a Tonks.
—Léelo. Memorízalo. Y quémalo.
En el pergamino había una sola frase:
“La sede de la Orden del Fénix está en el número 12 de Grimmauld Place.”
Tonks la leyó un par de veces, asimilándola. A continuación, susurró “Incendio”, acompañado de un leve gesto de su varita; la nota ardió en una llamarada breve y silenciosa. Las cenizas se dispersaron antes de tocar el suelo.
Después alzó la vista hacia las viviendas frente a ella esperando… algo.
Hasta que lo vio.
Una casa emergió entre dos edificios. La magia era tan densa que la auror sintió cómo se le cortaba la respiración.
—¿Qué es esto? —preguntó en voz baja.
—El cuartel general de la Orden del Fénix—respondió Moody.
Tonks se quedó boquiabierta ante la revelación.
Su mentor no esperó respuesta: cruzó la plaza y comenzó a subir las desgastadas escaleras de la entrada. Ella se apresuró a seguirle.
La puerta se abrió sin tocarla. Lo primero que oyó fue un gruñido detrás de un tapiz. Un crujido seco resonó en el suelo de madera bajo sus botas.
Caminó tras él por un pasillo angosto hasta el final, donde una rendija de luz se filtraba desde una estancia cerrada.
Y allí estaba ahora sentada.
En la Orden del Fénix, de la que tanto había oído hablar.
Aquella agrupación de magos y brujas que, bajo el liderazgo de Dumbledore, habían luchado contra Voldemort y los mortífagos en la Primera Guerra Mágica. Y ahora se habían vuelto a reunir.
Sonrió brevemente.
Al pensar en «la sede de la Orden del Fénix» o «el cuartel general” había dejado volar su imaginación: Un búnker oculto bajo tierra, un castillo con pasadizos secretos y dragones surcando sus cielos… o incluso una cueva aislada en las montañas del norte, con mapas extendidos sobre grandes mesas y hechizos protegiendo cada rincón.
Sí, vale, tal vez sus fantasías se habían desbordado un poco…
Lo que no esperaba en absoluto era una mansión antigua y polvorienta, llena de recuerdos que parecían olvidados por generaciones, escondida entre dos edificios residenciales de un barrio cualquiera del Londres muggle.
Aunque solo había cruzado el recibidor y alcanzado la cocina, todo en la casa sugería que llevaba demasiado tiempo cerrada.
Las paredes no parecían reflejar la luz, sino tragársela.
Las capas de polvo cubrían muebles, candelabros, cornucopias, molduras ornamentadas y retratos encallados en marcos ennegrecidos.
Entre las vigas del techo, las arañas habían tejido unas cortinas plateadas espectaculares, dignas de una casa encantada, y en el aire flotaba ese olor inconfundible a humedad, madera podrida y abandono.
Tonks cruzó las piernas y dejó que su mirada siguiera recorriendo la estancia.
Estaban sentados en unas sillas de madera desgastada, dispuestas alrededor de una mesa igualmente ajada que ocupaba el centro de la habitación.
Aunque el espacio era reducido, rebosaba de detalles cotidianos que le conferían un aire vivido y casi familiar: una tetera algo abollada, una pila de tazas desparejadas, una bandeja con migas olvidadas. Al fondo, la chimenea albergaba un fuego chisporroteante que llenaba la sala de una luz cálida, proyectando juegos de sombras sobre los rostros de los presentes.
Tonks giró ligeramente el cuerpo hacia la derecha y observó a la pareja sentada junto a ella.
Por el tono rojizo del cabello del hombre y la calidez de su sonrisa, dedujo que debía de tratarse de Arthur Weasley. Y la mujer a su lado, claro, tenía que ser su esposa.
Había oído hablar de él en el Ministerio más de una vez, aunque trabajaban en departamentos distintos y sus caminos apenas se habían cruzado.
Todo el mundo conocía a Arthur Weasley: un hombre afable, de esos que siempre estaban dispuestos a echar una mano sin esperar nada a cambio.
Se decía que tenía un talento peculiar para encontrar soluciones en los momentos más inesperados, y Tonks había oído a algunos compañeros bromear sobre su fascinación por los objetos muggles, algo que a otros les parecía una excentricidad, pero que a ella le resultaba divertido.
Sin embargo, más allá de su afición por la tecnología no mágica, Arthur era conocido por su lealtad inquebrantable y su genuino interés por el bienestar de los demás.
Tonks sonrió para sí misma, sabiendo que estaba en buena compañía.
Sin embargo, lo que realmente captó su atención fue el hombre sentado frente a los Weasley, revisando unos informes con gesto concentrado.
Sirius Black.
Si no se lo hubieran dicho, Tonks jamás habría asociado a aquel hombre atractivo, de facciones marcadas y mirada intensa, con el fugitivo que había protagonizado los carteles de Se busca durante años.
La imagen que el Ministerio y El Profeta habían construido de él—la de un asesino despiadado, consumido por la locura—no tenía nada que ver con la persona que tenía delante.
En sus primeros meses como auror, Tonks había formado parte de algunas patrullas destinadas a capturarlo tras su fuga de Azkaban. Recordaba vívidamente las advertencias de sus superiores, las historias que la acompañaban en cada misión: es peligroso, impredecible, letal.
Pero aquello cambió el día en que Kingsley le contó la verdad, apenas un par de días atrás.
Sirius no era un asesino.
No había traicionado a los Potter.
Había sido condenado por un crimen que no cometió, y era un miembro activo en la lucha contra Voldemort.
Sí… Aquella fue también la primera vez que oyó hablar de la Orden. No como un rumor lejano ni como una historia adornada, sino con la crudeza de lo real. Y, siendo justos, la realidad superaba cualquier ficción.
Seguramente Kingsley ya intuía que Moody la reclutaría.
Los ojos de Sirius se alzaron de golpe y la sorprendieron observándolo. Tonks apartó la vista de inmediato, sintiéndose descubierta, pero antes de hacerlo, creyó ver cómo una sonrisa ladeada asomaba en los labios de él, como si su curiosidad silenciosa le divirtiera en lugar de incomodarlo.
Incapaz de volver a mirarle, Tonks optó por desviar la atención hacia el resto de la sala.
Algunos miembros conversaban en voz baja, intercambiando ideas y comentarios, mientras otros observaban las llamas danzantes en la chimenea, sumidos en sus pensamientos.
Frente a ella, reconoció varias figuras familiares.
Sturgis Podmore estaba entre ellos, con su expresión tranquila y su postura ligeramente encorvada sobre la mesa.
Sabía que ocupaba un cargo importante en el Departamento contra la Corrupción, una subdivisión dentro del Departamento de Aplicación de la Ley Mágica. Nunca habían coincidido en ambiente laboral, y lo poco que había oído eran comentarios dispersos sobre su integridad y su meticulosa forma de trabajar.
Su apariencia discreta encajaba con su oficio. Parecía uno de esos hombres que preferían pasar desapercibidos, pero cuya opinión era respetada y sus acciones siempre marcaban la diferencia.
Junto a él se encontraba Emmeline Vance, una bruja de porte elegante y mirada atenta.
Durante un segundo, sus ojos se cruzaron; Tonks se irguió al instante, procurando estar a la altura de aquella presencia.
No la conocía personalmente, pero su fama la precedía: decían que donde otros veían caos, ella encontraba oportunidades. Algo en ella transmitía una sensación de confianza absoluta y seguridad incuestionable.
Parecía el tipo de persona con buen juicio, capaz de resolver cualquier problema, por complejas que fueran sus implicaciones. Una de esas mujeres que no necesita luchar ni alzar la voz; le basta con hablar para que todos presten atención.
Tampoco sabía a qué se dedicaba exactamente, pero sí que tenía cierta presencia en los círculos políticos del mundo mágico y la alta sociedad.
Algo más allá, Dedalus Diggle alzó la mano en un saludo amistoso que Tonks devolvió. Ya se había fijado en él antes, ya que el sombrero de colores vibrantes que lucía contrastaba con el ambiente lóbrego casi tanto como el cabello rosa de la auror.
Siempre le había parecido un personaje pintoresco, con su túnica que jamás combinaba con nada, su barba que parecía tener vida propia y su entusiasmo inagotable. A veces le recordaba a un itinerante de circo, otras a un excéntrico vagabundo que había visto demasiado del mundo y, aun así, conservaba su alegría intacta.
A su lado, Moody carraspeó, interrumpiendo sus pensamientos.
El viejo auror revisaba por enésima vez unos pergaminos llenos de listas y mapas, con su ojo mágico girando en todas direcciones mientras su concentración se mantenía inquebrantable ante el murmullo circundante.
A Tonks le dieron ganas de reír, pero se contuvo de inmediato. Se recompuso con rapidez y apartó la mirada, intentando no parecer poco profesional.
Su atención se desvió entonces hacia un hombre sentado en un rincón, parcialmente tragado por las sombras.
Irradiaba una autoridad tranquila, una que no busca imponerse y aun así, se hace notar.
No parecía ansioso por llamar la atención. Se limitaba a asentir con cortesía cuando alguien le dirigía un saludo, sin intentar adentrarse en las conversaciones que empezaban a llenar la sala.
No era esquivo, pero tampoco parecía estar completamente allí. Había en él algo que lo mantenía aparte, contenido, como si habitara en un espacio a medio camino entre la compañía y la soledad.
Tonks frunció ligeramente el ceño.
Era la única persona en la habitación que no ubicaba.
¿Un empleado del Ministerio, quizás?
Su aspecto era discreto, ajeno a cualquier indicio de burocracia, pero tampoco tenía el aire de un forajido.
¿Quién era él?
¿Y cómo encajaba en la Orden?
La puerta se abrió de golpe y Tonks desvió la vista del hombre misterioso justo cuando Kingsley Shacklebolt irrumpía en la cocina, llenando el aire con su porte imponente.
Saludó a los presentes con su aplomo habitual y le dedicó un guiño, que ella correspondió.
Kingsley era la mano derecha de Alastor Moody y, para la auror, el mejor compañero que podía tener dentro de la jerarquía.
En cuanto lo vio tomar asiento, Moody rompió por fin su silencio. Se aclaró la garganta y dio inicio a la reunión.
— Rookwood — gruñó, golpeando la mesa con un dedo nudoso.
Kingsley intervino con su tono calmado y seguro.
—Rookwood es nuestro objetivo a investigar. Trabaja en el Ministerio, en el Departamento de Misterios.
Mientras hablaba, sacó un fajo de pergaminos y comenzó a repartirlos entre los miembros de la Orden
—Aquí hay información básica sobre él: registros, actividades recientes, posibles conexiones.
Un murmullo recorrió la mesa mientras los presentes leían las notas.
Sturgis, sosteniendo la fotografía de Rookwood con expresión severa, fue el primero en hablar.
—Él dice que se equivocó, que se arrepiente profundamente de haber sido un mortífago —dijo con una mueca de desagrado—Pero no me fío de él. Nunca lo hice.
— ¿Sabemos si sigue en contacto con ellos? — preguntó Emmeline con un tono profundo y medido, observando a Moody con interés.
—Lo sospechamos —respondió él con su ojo mágico girando inquieto.
Sturgis asintió y añadió:
—Hay irregularidades en los archivos que gestiona dentro del Departamento de Misterios.
Cruces de acceso que no están registrados, movimientos sin justificación clara, y… — pasó una página con el ceño fruncido—, transferencias bancarias fuera de lo habitual. Nada que pruebe nada. Pero tampoco es limpio.
—¿Y, viendo esas anomalías, no hay posibilidad de interrogarle? — aventuró Deddalus
Kingsley negó con la cabeza.
— Es un alto cargo del Departamento de Misterios… y está muy protegido.
—Fudge cree que es un hombre reformado, ¡ja! —resopló OjoLoco con desdén—. No lo atraparemos tan fácilmente, pero vamos a seguirlo. Quiero cada uno de sus movimientos vigilados. Hay que ser cuidadosos: Es astuto, y si nota algo raro, desaparecerá en las sombras del Ministerio antes de que podamos atraparlo.
Tonks examinó la foto de Rookwood con atención y repasó mentalmente lo que sabía de él, que era poco.
Moody carraspeó de repente, como si acabara de recordar algo, y giró su rostro pétreo hacia el resto.
— Ah, y por cierto… — señaló con la cabeza a la auror a su lado sin mucho entusiasmo—. Ella es Tonks.
Se hizo un breve silencio mientras ella se enderezaba, sorprendida por lo abrupto de la presentación.
— Trabaja en mi equipo, es de confianza, y ya está. Sigamos.
Tonks parpadeó, un poco avergonzada por la falta de ceremonia, pero sonrió con entusiasmo mientras sus ojos recorrían a los presentes.
Arthur Weasley le dedicó una inclinación amable; su esposa la miró con calidez. Kingsley le lanzó una mirada cómplice que la hizo sentirse más cómoda.
—Tú y yo vamos a seguirlo —dijo Moody, mirándola directamente—. Vamos a ver qué hace, a dónde va y con quién habla. Sin errores, sin que nos vea.
Tonks asintió con firmeza, sintiendo la responsabilidad caer sobre sus hombros.
Se preparó mentalmente: seguir a un hombre como Rookwood requeriría astucia, paciencia y, sobre todo, discreción. Era su primera gran misión con la Orden y no pensaba fallar.
Cuando OjoLoco dio por concluida la reunión, se acercó cojeando hacia Sirius para discutir los turnos de vigilancia sobre Rookwood.
Tonks aprovechó la oportunidad para acercarse a Kingsley y Arthur, quienes la recibieron con una sonrisa y un apretón de manos firmes.
—Bienvenida a la Orden —dijo Kingsley con su tono profundo y esa sonrisa tranquila que ella conocía tan bien.
—Esta es mi esposa, Molly —añadió Arthur, dando un paso atrás mientras la mujer pelirroja se acercaba con expresión afable.
—Encantada de conocerte, querida —dijo Molly, ofreciéndole la mano con calidez.
—Gracias, es un placer estar aquí —respondió Tonks con entusiasmo.
Molly la estudió con una mirada rápida pero bondadosa.
Su sonrisa, amplia y genuina, tenía algo reconfortante, como si supiera exactamente lo que la auror necesitaba para sentirse en casa.
Poco después se unieron Sturgis Podmore, Emmeline Vance y Dedalus Diggle, cada uno aportando unas palabras breves, pero suficientes para que Tonks captara el ambiente: compromiso, respeto y esa cercanía silenciosa que solo existe entre quienes luchan por una causa común, aunque fuera desde la sombra.
Mientras charlaba con ellos, un movimiento llamó la atención a su izquierda.
El hombre que había permanecido medio oculto en las sombras durante la reunión se acercaba ahora con paso tranquilo.
Su rostro era delgado, marcado por una serie de cicatrices que parecían antiguas, y por unas ojeras que hablaban de noches de insomnio. Su cabello era de un tono castaño claro con destellos plateados en las sienes, testigos de la presencia de canas prematuras.
Vestía un jersey de tonos apagados, un pantalón oscuro y unos zapatos marrones, de cuero envejecido, con señales claras de desgaste pero aún funcionales.
Aunque su aspecto era pulcro, la ropa gastada y remendada hablaba de alguien humilde, ajeno a la ostentación o la elegancia.
Sus ojos, de un tono ámbar pálido, se encontraron con los de ella. Eran cálidos, sí, pero no del todo presentes. Como si observaran desde una orilla lejana, manteniendo una especie de distancia segura entre él y el resto del mundo.
—Remus Lupin —se presentó con voz suave, tendiéndole la mano.
—Tonks. Solo Tonks —respondió ella, firme y sonriente, tratando de aligerar el peso de la atmósfera que parecía rodearlo.
Remus asintió levemente.
Tonks abrió la boca para decir algo más, pero, al inclinarse sobre la mesa, su codo golpeó accidentalmente una botella de licor.
El líquido pardo se desparramó rápidamente sobre las servilletas, extendiéndose en un charco que amenazaba con alcanzar los pergaminos cercanos.
—¡Ay, por Merlín! —exclamó, tratando inútilmente de contener el desastre con las manos.
Antes de que pudiera empeorar la situación, Molly intervino con rapidez.
Apartó las servilletas empapadas con una sonrisa indulgente, y con un elegante giro de su varita, secó el mantel y dejó todo en orden en un parpadeo.
—No te preocupes, querida. Esta mesa está siempre abarrotada de cosas. Estos accidentes son habituales —dijo con un guiño tranquilizador.
Tonks suspiró, agradecida, pero con las mejillas encendidas. Cuando se giró hacia Lupin para retomar la conversación, descubrió que ya no estaba.
Lo encontró al otro lado de la habitación, inclinado sobre unos pergaminos junto a Kingsley, completamente absorto, como si ella nunca hubiera estado allí.
Frunció los labios, sintiendo una punzada de irritación. No esperaba una charla entusiasta, pero tampoco un desinterés tan evidente.
«Vaya, parece que se cree demasiado importante para hablar con la nueva», pensó con fastidio.
Decidió centrarse en la conversación entre Molly, Arthur y Dedalus Diggle, que siempre estaba dispuesto a dar su particular punto de vista, aunque no tuviera que ver con el tema en cuestión.
—Ah, Sirius —dijo Molly de pronto, mirando por encima del hombro de Tonks.
Al escuchar el nombre, la auror se giró justo a tiempo para ver cómo él se acercaba con paso decidido y una sonrisa ladeada.
—Sirius Black —se presentó, con un tono casi solemne, aunque el brillo en sus ojos delataba su picardía—. Bienvenida al club.
Tonks le estrechó la mano con energía, contagiada por su actitud desenfadada.
—Gracias. Aunque, por lo que veo, todavía me falta el carnet de socio.
—Oh, eso no se imprime. Se lleva en la sangre —respondió él, sin dejar de mirarla.
Ella asintió y lo observó mientras charlaba con Molly.
Se fijó en su porte relajado, su mirada intensa y el sonido de su risa. Se dio cuenta como, en apenas unos minutos, se había desmontado por completo la imagen que los periódicos y los rumores le habían construido sobre él.
Aquel no era el asesino despiadado de los carteles de Se busca, ni el hombre temible del que le hablaron en el Ministerio.
Era otra cosa.
Algo más real, más humano.
Y, definitivamente, mucho más interesante.
Tonks apartó los ojos de Sirius y miró a su alrededor.
La cocina oscura.
La mesa llena de pergaminos, tazas usadas y planos arrugados.
El murmullo de los presentes, el fuego en la chimenea, los rostros de sus compañeros marcados por el tiempo y el miedo. Pero también por la esperanza.
Se recogió un mechón de cabello tras una oreja y sonrió con determinación.
Así que ahora formaba parte de aquello.
La legendaria Orden del Fénix tenía una plaza para Nymphadora Tonks.
Y estaba más que dispuesta a dejar huella.
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Bueno, ahí va el capítulo introductorio.
Primer error: Rookwood, en este punto del canon está en Azkaban. Lo sé. Pero, total, para inventarme un nombre cualquiera, pues ya le uso a él. Se escapará de la prisión a medio libro de todos modos. Por eso, al final, decidí que no me hacía falta inventarme a nadie más.
¡Gracias por haberlo leído! ¡Espero que me acompañéis en el siguiente!
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