La cabalgata de media noche
La cocina estaba impregnada del aroma del guiso que Molly removía con esmero, mientras la lluvia repiqueteaba suave en los cristales.
Sentadas una junto a la otra en la mesa de madera desgastada, Hermione y Ginny pelaban zanahorias muy concentradas. A primera vista parecían completamente entregadas a la causa… pero su proximidad y las miradas furtivas delataban una conversación secreta.
Ginny, sin dejar de lado su cuchillo, se inclinó ligeramente hacia Hermione, bajando la voz apenas lo justo para no llamar la atención de su madre.
—¿Te ha escrito?
Hermione parpadeó, como si le costara volver de sus pensamientos, y asintió despacio sin alzar la vista.
—Un par de veces desde que comenzó el verano.
Ginny tomó otra zanahoria del montón y, aprovechando el gesto, se acercó un poco más.
—¿Y qué decía?
Hermione bajó aún más la voz.
—Nada, todo muy formal. Muy Viktor.
Pero no pudo evitar que el rubor le subiera a las mejillas al pronunciar su nombre. Ginny ladeó la cabeza, divertida.
—¿Correcta tipo «te echo de menos» o correcta tipo «mi familia te manda saludos»?
—Ambas —respondió Hermione, con una sonrisa leve. — Me dijo que está entrenando mucho y que me desea un buen verano. Que le gustaría que fuera a visitarlo. Y sí, que me echa de menos.
Ginny reprimió una risa socarrona.
—Vaya… qué romántico. Suena como a esas trágicas historias muggle de amantes separados en espacio y tiempo, ¿no?
Hermione dejó escapar una risita breve, pero enseguida volvió a concentrarse en la zanahoria que pelaba con una meticulosidad exagerada.
—Tú ríete, pero era una carta educada. Formal. Y dulce.
—¿Y vas a escribirle de vuelta?
Hermione dudó, sin apartar la vista de sus manos.
Pero justo entonces, la puerta de la cocina se abrió con un golpe, y Tonks entró, con el cabello alborotado como de costumbre y con un par de gotas de lluvia resbalándole por la túnica.
—¡Hola chicas! —saludó con entusiasmo—. ¡Menudo día! Si vuelvo a tropezarme con el paragüero maldito de la entrada, juro que le lanzo un hechizo explosivo.
Se dejó caer en la silla junto a ellas con la misma elegancia que un saco de patatas rodando por las escaleras.
—¿Cómo van esas zanahorias, Ginny?
—Como ves, sobrevivo a duras penas —respondió Ginny, poniendo los ojos en blanco con una sonrisa.
Tonks rió y se inclinó hacia Hermione, observando cómo sus manos trabajaban con precisión casi quirúrgica.
—¿Sabes, Hermione? Eres tan eficiente que Molly debería contratarte de por vida.
Hermione levantó la vista con una sonrisa discreta, aunque su expresión seguía serena.
—Solo intento ser útil.
—Vaya, con una actitud como esa, deberías venir al Ministerio. ¡Podrías arreglar el desastre que tenemos allí! —Tonks se reclinó en su silla, cruzando los brazos detrás de la cabeza—. Aunque, pensándolo bien, es mejor que no. Mereces algo más emocionante.
Ginny, dejando a un lado las zanahorias, vio su oportunidad de intervenir:
—Lo creas o no, Hermione es la emocionante de las dos. Yo solo soy la hermana pequeña de los revoltosos.
Tonks arqueó una ceja.
—¿Hermione? ¿Qué me he perdido?
Ginny sonrió con picardía y señaló a su amiga con el dedo.
—Ah, no te dejes engañar por esa fachada tranquila —dijo, saboreando cada palabra—. Hermione me estaba contando lo de su novio internacional.
Hermione, que hasta entonces había estado tranquila, dejó caer la zanahoria que tenía en la mano y se apresuró a corregir:
—¡No es mi novio! Solo… solo somos amigos.
—Amigos —repitió Ginny, alargando la palabra con un tono sarcástico mientras miraba a Tonks—. ¡Claro, amigos que se escriben cartas larguísimas constantemente y que planean unas vacaciones en Bulgaria juntos!
Tonks entrecerró los ojos con interés.
— ¿Así que tienes un novio búlgaro? —preguntó, apoyando los codos en la mesa y la barbilla entre las manos, como si esperara el mejor chisme del día.
Hermione se revolvió en el sitio.
—No es como lo está contando Ginny —protestó ella, con las mejillas ahora tan rojas como las zanahorias peladas —. Viktor Krum y yo solo somos…
—¿Amigos? —interrumpió Ginny, disfrutando del momento—. ¿Del tipo de amigos que casi provoca que Ron le lanzara un caldero a la cabeza?
Tonks soltó una carcajada, claramente entretenida.
—¡Víctor Krum! ¿El jugador de Quidditch? Hermione, chica, vaya estándares más altos. ¿Y os escribís con regularidad?
Hermione se acercó con un gesto tímido.
—Sí, bueno… mantenemos el contacto. Es agradable hablar con alguien que no esté constantemente metido en… ya sabes, todo esto — dijo, haciendo un gesto amplio hacia la casa, claramente refiriéndose a la Orden y sus preocupaciones.
Tonks asintió despacio. Se hizo un breve silencio en que la expresión de Hermione se ensombreció.
Ginny, siempre rápida, no dejó que el ánimo decayera. Se inclinó hacia la auror, su nueva víctima.
—¿Y tú, Tonks? ¿Tienes alguien especial?
Ella adoptó una pose exageradamente reflexiva.
— ¿Alguien especial? Hmm… —sonrió con fingido misterio —. Pues no, la verdad. Mi vida amorosa es un desastre. Entre el trabajo como auror y tropezar con todo a mi paso, no sé cómo alguien podría sobrevivir a una cita conmigo.
—Oh, venga, Tonks — insistió Ginny —. ¿Qué tipo de chico te gusta?
Tonks se echó hacia atrás en la silla, mientras hacía rodar una cuchara entre los dedos.
—¿Qué tipo de chico me gusta…? A ver… —frunció los labios con aire pensativo—. Supongo que me van los tipos serios.
Ginny, dejando las zanahorias completamente de lado, se reacomodó en su silla para no perder detalle. Hermione levantó apenas la mirada, incapaz de fingir desinterés.
—De carácter fuerte. Decidido. De esos que mantienen la calma incluso cuando todo explota a su alrededor — siguió enumerando Tonks.
Ginny y Hermione se apoyaron con los codos en la mesa y los rostros entre las manos, mirándola con aire soñador y una sonrisa un poco boba en los labios. Como si imaginaran al novio perfecto, reviviendo los cuentos que marcaron sus infancias: Alto, melena brillante, cuerpo musculoso y voz grave.
Para Hermione, montado en un caballo blanco, con armadura reluciente y estandarte caballeresco;
Para Ginny, sobre una escoba de carreras o un dragón, con una túnica elegante ondeando al viento.
Dos versiones distintas de la misma historia, pero, de cualquier forma, el mismo héroe: un galán con una sonrisa perfecta adornando su bello rostro.
Tonks continuó. En su mente, la versión tenía matices.
—Con un pasado oscuro, muchas cicatrices… y poca paciencia para las tonterías.
Ginny arqueó una ceja. Aquello empezaba a sonarle raro.
—¿Estás describiendo a un exmortífago reformado?
Tonks soltó una carcajada.
—¡Qué va! Más bien alguien curtido, de esos que no necesitan alzar la voz para hacerse ver — e inclinó hacia ellas, con los ojos como platos — Y con mucha personalidad… ¡y estilo! Pelo corto. Bueno… escaso. Desordenado. Que parezca que lleva días sin mirarse al espejo.
Las chicas intercambiaron una mirada perpleja. Daba la sensación de que el príncipe de cuento se había destrozado su hermosa cara al tropezar con una piedra a mitad del camino.
—Hermione, me parece que estamos desmembrando al pobre muchacho —murmuró Ginny, entre divertida y horrorizada.
—Y reconstruyéndolo con trozos de pesadilla —añadió Hermione con sorna.
—Ah, no, chicas. Esperad, que esto mejora — intervino Tonks, conteniendo la risa—. Imprescindible: que cojee un poco. Nada demasiado grave, solo lo justo para darle porte, notoriedad. Y si tiene alguna prótesis interesante… una pata de palo, por ejemplo… eso suma puntos.
Hermione se llevó una mano a la boca, conteniendo un bufido.
—¿Una pata de palo?
—Sí. Y un ojo que gire. Literalmente. Que no se le escape nada. Ah, y nada de narices perfectas, ¿eh? Que tenga media, o torcida, o… lo que quede. Lo importante es que se note que ha luchado, ha ganado y ha sobrevivido.
Ginny miró hacia Hermione, incrédula, y luego hacia Tonks, que hacía grandes esfuerzos por mantenerse falsamente seria.
—¡Espera, espera! —dijo finalmente la pelirroja —. ¡Estás describiendo a Moody!
—Ni confirmo ni desmiento — dijo Tonks, con media sonrisa orgullosa en sus labios.
Ginny tuvo que apoyarse en la mesa para no caerse de la silla, y Hermione, entre carcajadas, apenas podía hablar.
—¡Esto es ridículo! —logró decir entre resoplidos de risa—. No puedo creer que estemos teniendo esta conversación.
—¿Estás diciendo que Alastor OjoLoco Moody es tu tipo ideal? — dijo Ginny, mirando a Tonks con lágrimas en los ojos
Tonks puso cara de fingida sorpresa, con los ojos muy abiertos, como si acabara de confesar el motivo de su existencia.
—¿Yo? No sé de qué habláis…
—¡Vamos! ¡Si solo te falta decir que te gusta que gruña al entrar en una habitación!
—No gruñe —dijo Tonks, alzando la cuchara con solemnidad—. Solo… articula con contundencia.
Las dos estallaron en carcajadas. Tonks rodó los ojos con indignación por un momento, enseguida se sumó al coro de risas.
—Solo digo que Moody tiene su encanto. A su manera… única — añadió.
Ginny se limpió una lágrima de risa y Hermione negó con la cabeza, divertida, olvidando por completo la tristeza que apenas unos minutos antes había empañado sus pensamientos.
Molly – que llevaba un buen rato escuchando las confidencias de las chicas y sonriendo por lo bajo – se giró finalmente desde el caldero, con las manos en las caderas.
—¿Qué está pasando aquí? —preguntó, frunciendo el ceño, con fingida seriedad—. Espero que no estéis desperdiciando el tiempo en tonterías.
Ginny, roja aún por la risa, apenas logró señalar a Tonks.
—¡Tonks dice que Moody es su tipo ideal!
Molly alzó las cejas y, para sorpresa de todas, dejó escapar una carcajada baja, sacudiendo la cabeza mientras regresaba a su guiso.
—Bueno, Nymphadora, supongo que el amor realmente es ciego.
Hermione y Ginny se destornillaron de la risa. Tonks giró la cuchara en el aire con gesto triunfal, como si acabara de ganar una discusión imposible, y la dejó caer sobre la mesa con un clac ceremonioso.
—En fin, chicas —dijo, recostándose en la silla con aire satisfecho—, que, si alguna vez me veis llegar del brazo de Moody, no os sorprendáis.
Ginny volvió a reírse, mientras Hermione, divertida, retomaba las zanahorias.
—Prometemos no juzgarte —añadió Ginny, entre carcajadas—. Mucho.
Hermione sonrió, como si pudiera imaginar perfectamente la escena.
Entonces, una voz llegó desde el umbral:
—Es curioso. Yo siempre he pensado que la mujer perfecta debería tener garras, colmillos… y una devoción particular por la luna.
Las tres se giraron de golpe.
Lupin estaba allí, apoyado en el marco de la puerta, con los brazos cruzados y una expresión tranquila, casi impasible… pero los ojos brillaban con un destello jovial difícil de esconder.
—Supongo que no soy el único que prefiere las pesadillas a los sueños.
Tonks alzó una ceja, inquisitiva.
—Vaya, o sea que me vas a decir que tu tampoco eres de mujeres rubias, exuberantes, de piernas infinitas y buena cabellera — replicó, con sorna.
Lupin se limitó a encogerse de hombros, con una sonrisa apenas insinuada.
—Supongo que hay gustos para todo.
Las chicas volvieron a reír. Molly alzó una ceja hacia él, como quien ya no se sorprende de nada, y siguió removiendo el guiso mientras murmuraba:
—No todo tiene que ser perfecto para ser real.
Tonks, sin poder resistir la tentación, cerró los ojos con fuerza y arrugó la nariz.
Al instante, sus dedos se transformaron en zarpas afiladas, la barbilla se alargó, los colmillos asomaron peligrosos, y una cola larga y peluda emergió tras ella, ondeando con orgullo en el aire.
—¿Algo así? —dijo con voz grave y burlona.
Y aulló, larga y teatralmente, como si respondiera a una luna imaginaria.
Ginny rompió en aplausos. Hermione se mordió una sonrisa.
Lupin no se movió. Solo alzó un poco la barbilla, la recorrió con la mirada de arriba abajo… y, sin cambiar el gesto, la señaló con un dedo muy serio.
—Sí —dijo, fingiendo seriedad —. Algo así.
El buen humor todavía resonaba en el aire cuando, de pronto, un golpeteo firme contra el cristal interrumpió la conversación.
Las tres chicas alzaron la vista justo a tiempo para ver una figura blanca, empapada por la lluvia, aterrizar con elegancia en el alféizar.
—¡Hedwig! —exclamó Hermione, poniéndose en pie de inmediato.
Corrió hacia la ventana, la abrió con rapidez y dejó entrar a la lechuza, que sacudió sus plumas con dignidad antes de extender una pata. Tres pergaminos cuidadosamente enrollados colgaban de ella.
Hermione los desató y fue hasta la jarra de agua para llenar un cuenco. Hedwig, agradecida, se inclinó a beber, mientras las gotas de lluvia caían aún de sus alas extendidas.
Ginny, Lupin y Tonks se acercaron, curiosos. Molly dejó la cuchara apoyada en el borde del caldero y se giró hacia ellos.
—¿Son de Harry? —preguntó Ginny.
Hermione asintió con la cabeza, separando los pergaminos. Uno estaba dirigido a Sirius. Otro, a Ron. Y el tercero a ella. Lo desplegó y comenzó a leer.
Al principio, sus cejas se fruncieron con leve desconcierto. Luego, algo en su expresión cambió: la sorpresa se deslizó hacia la preocupación. Volvió a leer, una y otra vez, las mismas líneas, como si necesitara asegurarse de haber entendido bien.
La risa había desaparecido de sus labios.
Tonks y Ginny intercambiaron una mirada. Molly se acercó un poco más, en silencio. Lupin frunció los labios, anticipándose a los acontecimientos.
Hermione bajó el pergamino lentamente, apretándolo con fuerza entre los dedos.
—Es Harry —dijo en voz baja—. Le han atacado… unos dementores. En Little Whinging.
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La cocina de Grimmauld Place estaba más llena de lo habitual para una reunión de la Orden. Estaban todos: Snape, McGonagall, Kingsley, Hestia Jones, Dedalus Diggle, Moody, Sirius, Lupin… y, por supuesto, Dumbledore.
Pero algo en el ambiente era distinto. Tonks lo notó al instante: la atmósfera estaba cargada, espesa, como si el aire mismo contuviera un regaño inminente.
El director, normalmente tan sereno, estaba visiblemente enfadado, y a su lado, Mundungus Fletcher se encogía en su asiento, tan compungido que casi parecía más un niño reprendido que un adulto curtido.
Dumbledore, con el rostro grave, comenzó a hablar.
—Lamentablemente, debido a un error grave de Mundungus, Harry Potter se vio obligado a defenderse de unos dementores.
Se hizo el silencio.
—No solo invocó un Patronus en plena calle — continuó el director — lo que es un acto de enorme poder en un menor de edad, sino que además fue presenciado por un muggle, lo que provocó una serie de problemas con el Departamento de Control de Magia en Menores
Su mirada se paseó rápidamente por los rostros reunidos, como si quisiera asegurarse de que todos comprendieran la gravedad del asunto
—Harry está citado a una vista oral en el Ministerio. Ya no podemos esperar más. Debemos ir en busca de él, traerlo al cuartel y asegurarnos de que esté a salvo.
El murmullo se expandió por la habitación mientras los miembros de la Orden asimilaban la noticia.
Tonks notó el desconcierto en las caras de algunos, pero pronto la tensión se desvaneció cuando comenzaron a discutir cómo llevar a cabo la misión de recoger a Harry.
—¿Red flu? —propuso Deddalus Diggle, pero Dumbledore negó con la cabeza de inmediato.
—No, no podemos arriesgarnos. Ya hemos sido localizados por esa vía antes. Necesitamos algo más seguro. Y más secreto.
—¿Traslador? —sugirió Bill Weasley, sentado junto a su padre.
—Tampoco —gruñó Moody, mientras su ojo mágico giraba sin descanso, inspeccionando cada rincón—. Los Trasladores están demasiado controlados. Nos dejarían expuestos.
Fue entonces cuando Remus, desde su rincón, tomó la palabra:
—Podríamos volar hasta su casa. Harry sabe montar bien una escoba, y es rápido en el aire. Podríamos llegar sin llamar la atención y traerlo de vuelta volando sin que nadie lo note.
Tonks alzó la vista, sorprendida por la sencillez de la propuesta.
Sus ojos se encontraron por un instante. Él no dijo nada, pero le dedicó una sonrisa discreta, casi cómplice.
Ella sonrió de vuelta y se cruzó de brazos, pensativa. Vaya… así que Harry Potter volaba bien. No le sorprendía.
Llevaba tiempo escuchando historias sobre él a través de Hermione y Ginny, tantas que empezaba a sentir que lo conocía. Le vino a la mente cómo se iluminaban los ojos de Ginny cada vez que hablaba de él, y se permitió una sonrisa.
La idea de volar hasta la casa de los Dursley le pareció perfecta: rápida, eficaz y con un punto de riesgo. Justo el tipo de misión que más le gustaban.
La conversación siguió entre estrategias y discusiones prácticas.
Finalmente, Dumbledore pidió voluntarios para la misión.
Tonks levantó la mano sin pensarlo, como si algo dentro de ella hubiera dado un salto.
Un instante después, la mano de Remus Lupin se alzó también.
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Tonks llegó a Grimmauld Place puntual, tarareando feliz, con paso ligero y una sonrisa brillante, como si la misión fuera más una excursión que un operativo.
Llevaba sus fieles gafas protectoras colgando del cuello y la Cometa 2000 apoyada con orgullo sobre el hombro. Aunque el modelo estaba algo anticuado, era una escoba rápida, ágil y ligeramente temperamental, como ella.
Su pelo, esta vez, era violeta intenso y lo llevaba muy corto y erizado en puntas afiladas, como si se hubiera peleado contra un relámpago… y hubiera ganado él.
Nada más cruzar el umbral de la cocina, vio a Remus Lupin apoyado junto a la chimenea.
También tenía unas gafas protectoras ya preparadas y una escoba a su lado.
Remus alzó una ceja al verla.
—¿Y ese pelo?
Tonks se colocó las gafas en la cabeza a modo de diadema, con una sonrisa traviesa.
—Es más aerodinámico.
Remus soltó una risa suave, ladeando la cabeza. Entonces, Tonks se fijó en su escoba: parecía más bien salida de otro siglo. El mango, de madera oscura y pulida por el uso, tenía marcas de arañazos y leves mellas a lo largo del eje, como si hubiera sobrevivido a demasiados inviernos.
Las varillas de la cola, irregulares y un poco torcidas, parecían rebeldes al alinearse, pero seguían firmemente unidas por un atado artesanal, ennegrecido por el tiempo.
No era una escoba elegante ni veloz, pero sí sólida; del tipo que podía llevarte a cualquier parte si sabías cómo tratarla.
—Vaya… —dijo ella con dramatismo, admirando el modelo—. Me da miedo que tu reliquia no aguante el viaje, Lupin.
Él bajó la vista hacia su escoba, fingiendo ofensa.
—Este modelo era de los buenos —dijo con dignidad contenida—. En su época.
—¿En su época? — repitió ella — ¿Cuándo, exactamente? ¿Antes de la invención de los frenos?
Él se limitó a negar con la cabeza, divertido. Tonks le guiñó un ojo.
Desde el otro extremo de la cocina, Sirius los observaba con atención.
Apoyado contra el aparador, con los brazos cruzados, parecía relajado… pero en su mirada brillaba la nostalgia y una punzada de envidia callada. Lo que habría dado él por volar de noche, por aquella ruta rápida, libre, atravesando campos y cielos abiertos, con el viento golpeando en su rostro que llevaba demasiado tiempo encerrado…
—Solo por si alguien se lo pregunta —intervino, con su tono despreocupado de siempre—: yo habría sido el más rápido.
Tonks se giró hacia él con una sonrisa amplia.
—No dudo que tienes pinta de ser un rival temible. Pero no respondo si mi Cometa te hubiera dejado atrás.
—Por supuesto —bufó él, con una sonrisa torcida—. Una escoba caprichosa y una auror cabezota. Perfecta combinación.
Antes de que ella pudiera replicar, la puerta se abrió de pronto con un golpe seco.
Moody irrumpió como una tormenta, seguido por Kingsley, Hestia y Dedalus. Todos llevaban sus escobas y los rostros marcados por la concentración… pero también por la emoción.
—Cinco minutos para revisar la ruta —gruñó Moody sin preámbulo, clavando su ojo mágico en cada uno—. Y no quiero a nadie charlando en pleno vuelo. Esto es una misión, no es un paseo.
Tonks se giró hacia Remus y, bajando un poco la voz, murmuró:
—¿Has oído eso? Nada de cantar por el camino.
—Qué lástima —respondió él, fingiendo decepción—. Justo hoy que había estado practicando.
Tonks contuvo la risa, pero se irguió al notar el ojo mágico de Moody sobre ella. Sin más dilación, salieron al jardín de Grimmauld Place, con Sirius siguiéndolos de cerca.
Bajo la pálida luz de la luna, el grupo de la avanzadilla ultimaba los preparativos.
El jardín de Grimmauld Place respiraba un silencio tenso, apenas roto por el roce de las capas y el leve zumbido de las escobas flotando sobre el suelo húmedo.
Tonks, incapaz de estar quieta, ajustaba las correas de su túnica por enésima vez, mientras su Cometa 2000 la aguardaba a un lado, suspendida en el aire. De su mango emanaba un leve zumbido, un pulso constante que recordaba los latidos de un corazón contento, entusiasmado e impaciente, listo para lanzarse al cielo.
Remus se acercó unos pasos, colocándose las gafas, y la observó de reojo.
—¿Lista para la cabalgata de medianoche? — preguntó en un susurro, casi confidencial.
—Nacida para esto —respondió Tonks, girándose hacia él, sin poder disimular la emoción en sus palabras.
Hubo un segundo suspendido, como si el aire mismo contuviera la respiración.
Por fin, Moody tomó posición frontal y alzó los brazos.
Las figuras se alinearon en silencio, guardando la formación que habían planificado.
El ojo mágico giró una última vez, escrutando la oscuridad.
Todos se prepararon sobre sus escobas, pendientes de su señal.
Tonks, junto a Lupin, pasó una pierna sobre la Cometa. El viento les meció suavemente el cabello, frío, limpio, invitándoles a alzar el vuelo. Entonces, Lupin inclinó la cabeza con solemnidad burlona y dijo, en voz baja.
—Buen vuelo, Nymphadora.
Tonks parpadeó. Un tic se le activó en la comisura del labio.
—¡No me llames Nymphadora! —exclamó, pero Lupin ya había despegado, ágil, dejando una estela en el aire y esa maldita sonrisa invisible flotando detrás.
—¡Cobarde! — refunfuñó Tonks, montando con ímpetu.
La Cometa 2000 salió disparada tras él, veloz, vibrante, con la risa contenida palpitándole en la garganta.
Desde el suelo, Sirius los observaba partir, con las manos hundidas en los bolsillos y el rostro alzado hacia el cielo abierto.
Miró a la Orden del Fénix alejarse en la noche – altos, libres – hasta que sus siluetas se perdieron en la distancia, como estrellas fugaces en el firmamento.
—Ni una sola nube —murmuró para sí, con una sombra de sonrisa—. Qué buena noche para volar.
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NOTA DE AUTORA:
Y hasta aquí llegamos hoy 🌙
Como os prometí, ya hemos enlazado con el canon. De hecho, la escena que cierra con la aparición de Hedwig y las tres cartas (una para Ron, una para Hermione y una para Sirius) sigue con el capítulo 3 del libro HP y la Orden del Fénix.
He de confesar que este capítulo que os he publicado hoy… no aporta absolutamente nada a la trama xD. Nada. Este capítulo podría no existir. Son tres escenas sueltas “de relleno” que no hacen avanzar la historia, pero con las que me he reído muchísimo mientras las creaba.
Tonks es genial: con sus tonterías, su desparpajo, su elegancia digna de un saco de patatas y esa habilidad casi mágica para esquivar cualquier pregunta personal con carisma, maestría y, sí, su eterna gracia natural.
Me encanta poder desarrollarla en ambientes donde brilla toda su personalidad, su humor y su alegría. A mí siempre me hace sonreír, y espero que a vosotros también os haya contagiado un poquito esa energía.
Y ese final… con Tonks todavía gritándole a Lupin mientras despega y Sirius mirando al cielo, y … ay. Como si los viera, como si me riera de ellos y, de paso, de todo lo que está por venir.
En fin, si os he sacado una sonrisa, el esfuerzo de escribir ha merecido la pena 💛 De hecho, he preparado un minicomic con la parte de Mr Dreamy Moody. Pasad a verla por TikTok o Instagram. Os dejo mis links aquí:
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