NOTA DE AUTORA:
HOLA A TODOS!
HOY NOS MEZCLAMOS CON EL CANON.
OS DARÉ INDICACIONES DE EN QUÉ CAPÍTULO DEL LIBRO HP Y LA ORDEN DEL FÉNIX ESTAMOS (Y EN QUÉ TROZO, SI ES QUE ES NECESARIO) E IRÉ INCORPORADO MIS ESCENAS SEPARADAS DE LINEAS DE PUNTOS.
NO CUADRAN EXACTAMENTE IGUAL PORQUE HE AMPLIADO CAPITULOS Y HE HECHO ALGUNAS MODIFICACIONES – COMO EXPANDIR MOMENTOS Y AJUSTAR DETALLES – , PEQUEÑAS TODAS, PERO QUE SI LEÉIS TODO EL LIBRO DE CABO A RABO SE NOTAN. VAMOS ALLÁ!
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HP5 – Capítulo 3. Desde que Harry se duerme pensando en las respuestas a las cartas hasta que sube con Tonks a su habitación para recoger su equipaje.
……..
Tonks observaba de reojo a Harry mientras él se apresuraba a recoger sus cosas, que estaban esparcidas por todas partes.
Era delgado, de estatura media, con el cabello negro alborotado de forma casi caótica y unas gafas redondas, torcidas y desgastadas. La ropa le quedaba grande, dándole un aire descuidado, y en su rostro había algo que no esperaba: una especie de gravedad silenciosa, como si estuviera acostumbrado a llevar un peso invisible sobre los hombros.
Si no hubiera sido por la cicatriz en su frente, Tonks habría dicho que era un chico completamente normal, uno que podría haberse cruzado con ella en cualquier calle sin llamar la atención. Pero había algo más, algo difícil de definir, algo en su mirada que le hizo entender, en un instante, que Harry Potter no era un adolescente cualquiera.
Había leído tanto sobre él.
Harry Potter siempre había sido un nombre conocido en el mundo mágico, pero desde que su nombre salió del Cáliz de Fuego y se convirtió en el inesperado cuarto campeón del Torneo de los Tres Magos, la presión mediática sobre él había alcanzado otro nivel. Y luego, lo del laberinto…
Tonks no había estado allí, pero podía imaginar la escena con escalofriante claridad. Al principio, emoción y expectación, la multitud conteniendo el aliento. Luego, la repentina aparición de Harry frente un escenario colmado de gente, sujetando la Copa con una mano y un cadáver con la otra. Su voz rasgando el aire con una verdad insoportable: Voldemort ha vuelto.
Debía de haber sido una noche intensa, como poco.
Terror, confusión, incredulidad. Y desde entonces, semana sí y semana también, su rostro había aparecido en la portada de El Profeta y en todas las revistas de alto impacto. Tonks se había imaginado que alguien sometido a semejante atención sería, al menos, un poco arrogante. Creído. Quizá hasta condescendiente, como si sintiera que el mundo entero giraba a su alrededor.
Pero el chico que tenía delante no encajaba con ninguna de esas ideas preconcebidas.
Más bien parecía atolondrado, sorprendido por la repentina invasión de su habitación, y había algo en su expresión, una mezcla de cansancio y alerta, que le llamó la atención.
Aunque, visto lo que acababa de vivir apenas unos días atrás, no le extrañaba… debía de ser desconcertante que, de pronto, un grupo de magos apareciera en su casa sin previo aviso.
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HP5 – Capítulo 3.
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HP5 – Capítulo 4.
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HP5 – Capítulo 5.
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El sonido de las pisadas de los chicos en la escalera se desvaneció en la distancia, dejando tras de sí un silencio tenso en la cocina del número 12 de Grimmauld Place.
Sirius aún permanecía con el ceño fruncido y la mandíbula apretada, aferrado a su punto de vista sobre Harry. Su mirada estaba fija en Molly Weasley, que se mantenía erguida con las manos en las caderas, como si estuviera dispuesta a seguir defendiéndose.
—Esto es un error —gruñó Sirius, con los ojos encendidos de frustración—. Harry ya no es un niño, Molly. Ha pasado por más cosas que cualquiera de nosotros. Merece saber la verdad.
—Merece crecer con la menor carga posible sobre sus hombros —replicó Molly con firmeza —. Lo que necesita es protección, Sirius, no más preocupaciones. Tú mismo dijiste que querías que tuviera una vida mejor que la que tú tuviste.
—Y ocultarle cosas no va a ayudarle —contraatacó Sirius, apoyando ambas manos con fuerza sobre la mesa—. Dumbledore le ha mantenido en la oscuridad durante todo el verano. ¿Cómo crees que se siente? ¿Te parece que eso es protección? De hecho, mira lo que ha ocurrido con los dementores… ¡Es su vida la que está en juego!
—También es la de todos los que estamos en esta casa —intervino Lupin con calma, aunque con una nota de cansancio en la voz—. Harry ya tiene suficiente con lo que ha vivido. Entiendo lo que quieres hacer, Sirius, pero hay una diferencia entre preparar a alguien y cargarlo con el peso de una guerra que no ha elegido.
Sirius soltó una risa amarga y desvió la mirada, negando con la cabeza. Tonks, sentada al borde de la mesa, miraba de uno a otro sin saber muy bien de qué lado estar. Kingsley observaba la discusión en silencio, con los brazos cruzados.
Molly tomó aire, recomponiéndose.
—Ya hemos hablado suficiente por esta noche —zanjó con autoridad—. Me aseguraré de que los chicos se hayan acostado de verdad. No quiero que se queden despiertos cuchicheando sobre lo que han oído.
Sin esperar respuesta, se giró y salió de la cocina, su bata ondeando tras de sí.
Sirius se pasó una mano por el cabello y soltó un suspiro frustrado.
—No voy a quedarme de brazos cruzados mientras Harry sigue a ciegas en todo esto —dijo, sin dirigirse a nadie en particular. Luego, sin más palabras, salió de la estancia, con las manos metidas en los bolsillos y el ceño aún fruncido.
Remus le siguió con la mirada hasta que desapareció en la oscuridad del pasillo. Entonces, volvió la vista hacia Kingsley y Tonks.
—Le está costando más de lo que pensábamos —dijo Kingsley, con su tono grave y sereno—. Estar encerrado aquí, alejado del mundo y de Harry…
Lupin asintió lentamente.
—Pasó doce años en Azkaban, sin nadie. Ahora tiene a Harry, y lo único que quiere es estar para él… pero no puede hacerlo como querría. Es casi como una segunda prisión para él.
Tonks frunció el ceño y miró hacia la puerta por donde Sirius se había marchado.
—Sirius… ¿Ha dicho que es su padrino? —preguntó, volviendo la vista hacia Lupin con sorpresa.
—Lo es —confirmó Remus, con una pequeña sonrisa melancólica.
Tonks asintió lentamente, comprendiendo al fin la intensidad de las emociones de Sirius. Miró la mesa, pensativa.
—Debe ser horrible —murmuró—. Tener a alguien a quien proteger, pero no poder hacerlo como quisieras.
Kingsley asintió en silencio, y por un momento, los tres se quedaron allí, en la penumbra de la cocina, compartiendo el peso de aquella realidad: la de un hombre que había esperado demasiado para ser libre, solo para encontrarse con nuevas cadenas que no podía romper.
………………..
HP5 – Capítulo 6. El trozo en que limpian el salón de doxys, Harry conoce a Kreacher, Sirius le habla del tapiz de la casa Black y Harry le pregunta si, si le expulsan de Hogwarts, podrá ir a vivir con él. Os incluyo la última frase para que lo podáis leer fluido.
………………..
—Kreacher no le tenía tanto aprecio a él como a mi madre, pero la semana pasada lo sorprendí robando unos pantalones suyos.
Sirius metió el anillo en el saco de basura y lo dejó caer al suelo. Molly lo observaba desde la puerta con los labios apretados, mientras Harry fingía no darse cuenta de la tensión que flotaba en el aire.
Desde la discusión sobre cuánto debía saber Harry sobre los movimientos de Voldemort y de la Orden, Sirius y Molly apenas se dirigían la palabra más allá de lo estrictamente necesario.
Sus diferencias eran demasiado marcadas: Molly insistía en que Harry era solo un niño y debía ser protegido a toda costa, mientras que Sirius, viéndolo como su igual y el heredero de la lucha de los Potter, se negaba a tratarlo con condescendencia.
A la mañana siguiente, después de horas de limpieza en el salón, los Weasley, Harry y Hermione estaban agotados. Habían quitado telarañas, sacudido muebles y fregado el suelo hasta dejarlo reluciente, aunque el aire seguía impregnado de polvo y un leve hedor a moho. Molly, con el rostro perlado de sudor, se secó las manos en el delantal y les dedicó una mirada satisfecha.
—Tomad un respiro —les dijo—. Pero nada de meteros en líos.
Los chicos no tardaron en dispersarse.
Ron se dejó caer en un sillón desvencijado con un suspiro de alivio, Fred y George cuchicheaban entre ellos sobre cómo sacar partido del veneno de los doxies que habían atrapado mientras que Harry se apoyó contra la pared, frotándose la nuca, sumido en sus pensamientos.
Ginny, en cambio, se aventuró hacia un rincón del salón que aún no habían limpiado, pero le había llamado la atención.
Abrió una puerta que daba a una pequeña sala auxiliar. En ella, un mueble grande y cubierto con una tela oscura se recortaba contra la pared. Con curiosidad, pasó la mano por la superficie polvorienta.
—¿Qué es esto? —preguntó, frunciendo el ceño.
Hermione, atraída por la pregunta, se acercó. En cuanto recorrió con la vista la silueta del objeto, su expresión cambió.
—Es un piano —dijo con un deje de emoción.
Sin esperar más, retiró la tela con cuidado, dejando al descubierto un piano vertical de madera oscura, aún elegante a pesar del polvo y los años de abandono. Ginny la observó con extrañeza.
—¿Un qué?
—Un instrumento muggle —explicó Hermione con entusiasmo—. Se toca pulsando estas teclas…
Con delicadeza, levantó la tapa, revelando las teclas amarillentas. Ginny arqueó una ceja.
—¿Y sabes tocarlo?
—Un poco —admitió Hermione con un encogimiento de hombros.
—¡Pues hazlo! —insistió Ginny, sonriendo—. ¡Vamos!
Hermione dudó. Miró el piano, luego a los demás. Finalmente suspiró, se sentó en el desvencijado taburete y apoyó los dedos sobre el teclado.
Tomó aire y presionó una de las teclas.
El sonido que emergió no fue una simple nota desafinada, sino un chillido ronco y gutural, como si el propio instrumento estuviera despertando de un largo letargo.
Un instante después, una risa macabra retumbó en la habitación, helando la sangre de todos.
De entre las teclas, un torbellino de sombras tomó forma. La figura espectral se estiró con movimientos erráticos y espasmódicos, abriendo la boca de forma grotesca para iniciar una carcajada interminable. Sus ojos centelleaban como brasas malignas, y su cuerpo parecía alargarse y contraerse con cada risa.
Y entonces, el piano empezó a tocar solo. Las teclas se hundían con violencia, golpeando una melodía disonante y caótica que se mezclaba con las carcajadas del poltergeist. Cada nota más aguda que la anterior, cada acorde más retorcido, marcando el ritmo del desastre que estaba a punto de desatarse.
—¡Por Merlín! —gritó Ron, retrocediendo tan rápido que tropezó con un sillón desvencijado.
El poltergeist lanzó un chillido agudo y, con una pirueta burlona, se elevó por la habitación. Los candelabros comenzaron a girar violentamente en el techo, las puertas de los armarios se abrieron de golpe y los objetos volaron de los estantes como si tuvieran vida propia.
El piano seguía acompañando la destrucción, golpeando notas cada vez más frenéticas que recordaban a un vals distorsionado, macabro, que hacía vibrar el suelo bajo sus pies.
—¡Peeves tiene un primo! —exclamó Fred, mientras esquivaba por los pelos un pesado volumen de tapas de cuero.
—¡Y no es nada simpático! —añadió George, cubriéndose con un cojín mientras una silla se alzaba en el aire y se precipitaba hacia él.
Ginny lanzó un grito cuando el piano comenzó a temblar y su tapa se abrió de golpe, dejando salir una nube de polvo negro que se extendió como un vaho venenoso.
—¡Hermione, apártate! —chilló.
Hermione saltó del taburete justo antes de que este se estrellara contra la pared con fuerza descomunal. Las teclas siguieron moviéndose solas, haciendo sonar una melodía tan aguda que parecía reírse con el poltergeist.
La puerta del salón se abrió de golpe.
Sirius irrumpió con la varita en alto y el rostro desencajado. Apenas un segundo después, Remus entró tras él, escudriñando con los ojos el caos imperante.
—¡Oh, por el amor de…! —gruñó Remus, apuntando directamente al espectro.
—¡Detesto esta casa! —bramó Sirius, blandiendo su varita con furia.
El poltergeist, lejos de amedrentarse, chilló con deleite y se lanzó en picado hacia ellos, provocando que Remus esquivara una lámpara que se desplomó del techo.
—¡Desmaius! —rugió Sirius.
El hechizo atravesó la figura fantasmal sin surtir efecto. El poltergeist se carcajeó y, con un giro vertiginoso, arrojó una nube de polvo plateado que hizo parpadear a Sirius y Remus.
El piano redobló su siniestra melodía, como si celebrara el fracaso del ataque, a la vez que el espectro daba volteretas de júbilo sobre sus cabezas.
—¡Reducto! —bramó Harry, pero su maldición apenas logró que el espíritu se estremeciera y volviera a reír.
Ginny lanzó un chillido cuando una vitrina estalló en mil pedazos y los fragmentos de cristal salieron disparados en todas direcciones. Fred y George se lanzaron al suelo cubriéndose la cabeza, mientras Hermione se aferraba a la varita con los dedos temblorosos.
—¡Es magia anclada en la casa! ¡No puede desvanecerse así como así! —gritó Remus, lanzando un Protego para evitar que una silla voladora golpeara a Ginny.
Sirius apretó los dientes, y su expresión se tornó oscura.
—¡Entonces quemémoslo!
Con un movimiento de varita, conjuró una llamarada azul que se retorció en el aire como una serpiente de fuego. El poltergeist lanzó un chillido agudo, como si finalmente sintiera verdadero miedo. El piano respondió con un acorde violento, una nota prolongada que vibró por toda la casa como un alarido metálico.
—¡Hermione, juntos! —instó Remus.
Hermione tragó saliva y alzó su varita.
—¡Lumos Maxima!
Una luz cegadora estalló desde su punta, iluminando cada rincón de la estancia. El poltergeist aulló de dolor y quedó paralizado en el aire, atrapado por los rayos de las varitas.
Sirius aprovechó el momento y lanzó un hechizo final, concentrando la llama azul en un chorro incandescente que envolvió al espíritu con un resplandor abrasador. El poltergeist lanzó un último alarido desgarrador antes de estallar en un torbellino de cenizas y polvo.
El silencio cayó de golpe sobre la habitación. Las teclas del piano dejaron de moverse, la melodía se apagó en un eco lejano y roto.
El piano, ahora inofensivo, dejó escapar un crujido lastimero.
Los candelabros que seguían girando levemente en el techo, fueron perdiendo su tintineo, como si se apagaran.
Los libros y objetos que segundos antes se movían amenazadores entre los combatientes, cayeron con un ruido sordo.
Todo se sumió en la calma, aunque el aire aun se percibía cargado con el olor a madera vieja, pergamino apolillado y magia chamuscada.
De repente, Molly irrumpió en la sala, con la respiración agitada y la varita en alto. Sus ojos se abrieron como platos al ver los cojines desperdigados, los cristales rotos y los libros deshojados esparcidos por el suelo.
—¿Qué demonios ha pasado aquí?
Ginny, aún temblorosa, se dejó caer sobre un sillón polvoriento.
—Hermione tocó una tecla.
Molly frunció los labios y dirigió una mirada asesina a Sirius, quien alzó las manos en un gesto de inocencia.
—No es mi culpa si el piano de mi familia resultó estar poseído —dijo, esbozando una media sonrisa que pretendía quitar hierro al asunto.
Pero a Molly no le hacía gracia.
—¡No puede ser! —exclamó, llevándose las manos a la cabeza—. ¡No puede ser que en cada rincón de esta casa haya un peligro mortal esperando para saltarnos encima!
Sirius, todavía con la varita en alto, resopló con impaciencia.
—¡Oh, por favor, Molly! Ha sido un poltergeist inofensivo, no un dementor.
—¡Eso no importa! —replicó ella, cruzándose de brazos—. Esta casa necesita una revisión completa. No podemos seguir limpiando y viviendo entre trampas, espectros y quién sabe qué más.
—¡Si tanto te molesta, tira la maldita casa abajo! —estalló Sirius
Antes de que la Señora Weasley pudiera replicar, él giró sobre sus talones y salió de la habitación con pasos furiosos.
Molly bufó, murmuró algo entre dientes y lo siguió con el ceño fruncido, cerrando la puerta con un golpe seco.
Durante un instante, volvió el silencio.
Harry miraba al suelo, tenso. Hermione mantenía los brazos cruzados, como si no supiera qué hacer con tanta incomodidad. Los Weasley se miraban entre sí.
Remus se pasó una mano por la cara con resignación y se acercó a los adolescentes con una sonrisa cansada.
—No os preocupéis —dijo en voz baja—. Sirius y Molly tienen un carácter fuerte.
Harry desvió la mirada hacia la puerta por donde Sirius se había ido, plenamente consciente de que el motivo fundamental de la discusión era él mismo.
—Voy a hablar con ellos —añadió Remus con calma.
Posó una mano breve y reconfortante en el hombro de Harry antes de salir del salón.
Hermione suspiró y, tras un instante, se volvió hacia Ron, Fred y George, que seguían en el suelo entre restos de libros y cojines dispersos.
—Bueno… —dijo Ron, pasándose una mano por el pelo—. Eso sí que ha sido un buen susto.
Fred y George soltaron una sonora carcajada, rompiendo al fin la tensión en la habitación.
…………………..
La tarde empezaba a caer sobre Grimmauld Place.
Harry se detuvo frente a la puerta del cuarto de su padrino. Dudó un segundo antes de alzar la mano y llamar suavemente. No hubo respuesta. La empujó con cautela, y el chirrido de las bisagras rompió la quietud.
Sirius estaba sentado junto a la ventana entornada con el rostro medio iluminado por la luz mortecina del exterior. A su lado, Buckbeak dormía hecho un ovillo, las plumas grises agitándose apenas con su respiración pausada.
Harry dio un paso adelante.
—Hola, Buckbeak —dijo en voz baja, haciendo una reverencia lenta y respetuosa.
El hipogrifo abrió un ojo, lo observó unos segundos y devolvió la reverencia con solemnidad, antes de volver a cerrar el párpado con un leve resoplido satisfecho.
Sirius no se giró enseguida.
—¿Todo bien abajo? —preguntó al fin, sin apartar la vista de la ventana.
Harry se encogió de hombros y se acercó, con pasos algo torpes sobre la alfombra raída.
—Más o menos —dijo—. No quería molestarte, solo… —se detuvo un momento, el peso de las palabras le raspaba la garganta—. Solo quería darte las gracias.
Sirius giró un poco la cabeza, sorprendido.
—¿Por qué?
Harry bajó la vista.
—Por insistir. Por… querer contarme la verdad desde el principio. Sobre…Voldemort. Sé que a los demás les cuesta, pero tu… siempre estás del lado de decirme las cosas.
Sirius soltó una breve risa nasal.
—No he hecho nada especial. Solo lo que creo justo.
Se hizo un silencio breve. Buckbeak abrió un ojo y se desperezó un poco, acomodando mejor su ala.
Sirius se pasó una mano por el cabello y añadió:
—Sé que a veces parezco gruñón o… impaciente. Pero no soporto ver cómo te rodean de medias verdades. Me recuerda demasiado a mi infancia. A esta casa.
Harry asintió con un leve gesto. Se dejó caer en el suelo frente a él y se abrazó las rodillas contra el pecho.
—A mí me recuerda a los Dursley —murmuró.
Sirius lo miró, esta vez con más atención. La sombra de una sonrisa se dibujó en su rostro.
—Vaya par.
Harry sonrió también, aunque apenas un segundo.
—¿Tú crees que vamos a poder con esto? —preguntó, su voz tornándose más seria —. Con lo que viene.
Sirius no respondió de inmediato. Miró el cielo gris, el vuelo distante de una lechuza entre los tejados.
—No lo sé —admitió—. Pero lo que sí sé es que no vas a estar solo. Ni ahora, ni nunca. Mientras respire, estaré contigo.
Al decirlo, le puso una mano firme en el hombro. Harry levantó la mirada y encontró en los ojos de su padrino algo que no había visto en todo el día: una calma extraña, casi reconfortante. Un poco de paz.
Buckbeak resopló con fuerza, como si aprobara las palabras, y se estiró alzando brevemente las alas, antes de volver a enroscarse con dignidad.
Harry sonrió.
—Gracias, Sirius.
—Gracias a ti, James Junior —dijo Sirius, con una media sonrisa torcida, sin tratar de disimular cuánto le recordaba Harry a su padre.
………..……………..
Tonks pasó por el cuartel al salir del Ministerio, sin esperar nada fuera de lo común. Sin embargo, apenas cruzó el umbral, un sonido inesperado la hizo detenerse en seco.
Unos acordes de piano flotaban en el aire, suaves pero nítidos, envolviendo la casa con una cadencia melancólica. Frunció el ceño, intrigada, y avanzó en silencio, dejando que la música la guiara.
Subió las escaleras hasta el pasillo del primer piso y recorrió el corredor hasta el salón. Al entrar, se percató de que la melodía no provenía de allí, sino de una puerta entreabierta en la pared contigua. Con cautela, se asomó al otro lado.
En la pequeña sala iluminada por el crepúsculo, Sirius estaba sentado ante un piano de madera oscura. Sus dedos se deslizaban con una fluidez inesperada sobre las teclas, siguiendo las notas de una partitura amarillenta apoyada en el atril. Tocaba con una mezcla de concentración y rebeldía, como si, a través de la música, estuviera desafiando el peso del tiempo.
Remus, sentado en una butaca cercana, leía aprovechando los últimos rayos del sol que se colaban por una ventana. Aunque su atención parecía centrada en las páginas, sus ojos a menudo se alzaban para seguir la música, dejándose llevar por el suave fluir de las notas, a la vez que disfrutaba de una taza de té.
—¿Qué te parece, Tonks? —preguntó Sirius de repente, levantando la mirada sin dejar de tocar—. He decidido que, cuando todo acabe y sea por fin libre, seré concertista de piano.
Ella se apoyó en el marco de la puerta con una sonrisa divertida.
—Pues tocas muy bien, Black. Yo pagaría por verte.
—Gracias —respondió con satisfacción—. Aunque reconozco que estoy algo oxidado.
—Sí, bueno, es lo que tiene haber pasado doce años en Azkaban —murmuró Remus tras dar un sorbo de su té.
Sirius rodó los ojos con fastidio, pero en lugar de responder, volvió a concentrarse en la partitura.
Tonks lo observó con interés. Se notaba que no había practicado en mucho tiempo, cometía algún que otro error, pero la técnica seguía ahí. Sus manos se movían con soltura, evocando recuerdos de otra época, de un Sirius más joven, ajeno a la prisión y a la guerra, con la cabeza llena de emoción y el corazón colmado de sueños.
Recordó entonces lo que le había contado Moody: cómo, tras su fuga, Sirius Black había burlado al Ministerio transformándose en un perro y viviendo oculto durante meses, invisible para las patrullas de aurores que le buscaban sin descanso. Lo imaginaba escondido entre cubos de basura y cajas en un callejón frío y oscuro. Tonks no sabía cuánto era verdad en todo aquello, pero mirándolo ahora, resultaba difícil concebirlo como una bestia acorralada; había demasiada vida en sus ojos.
—¿Cuánto hace que tocas? —preguntó ella, acercándose a su primo y alejándose de sus pensamientos.
—Un par de horas.
Ella soltó una carcajada.
—No, me refiero a antes de estas dos horas.
Sirius volvió a levantar la vista con una media sonrisa.
—Desde los cuatro o cinco años, más o menos. Creo que este piano es lo único muggle que hay en esta casa.
Hizo una pausa breve y dejó escapar una risa sarcástica.
—A los Black siempre les gustó la música —añadió con evidente desdén—. Despreciaban todo lo muggle… excepto esto. El único “pecado” aceptable. Paradójico, ¿no?
Tonks recorrió la habitación con la mirada, deteniéndose en los estantes repletos de libros de partituras cubiertos de polvo. Curiosa, se inclinó ligeramente hacia Sirius.
—¿Y mi madre también tocaba? —preguntó, observando cómo los dedos de su primo seguían bailando sobre las teclas.
Sirius, sin dejar de tocar, fingió pensarlo por un momento, como si estuviera buscando la respuesta en la música misma. Luego, negó con la cabeza.
—Bueno, Andrómeda lo intentaba, pero no se le daba demasiado bien —dijo con una pequeña sonrisa burlona—. Al final, acabó dedicándose a pintar. Mucho mejor para ella, la verdad. Y para el resto de nosotros.
Luego, con un destello de ironía en los ojos, añadió:
—Todos los Black tenían que aprender. No importaba si te gustaba o no, era una cuestión de orgullo familiar. Como si la música pudiera ensalzar todavía más su sangre pura.
Hizo un gesto con la cabeza hacia la partitura, con su sonrisa ladeada cargada de burla.
—Así que aquí me tienes: el rebelde de la familia, pero con un legado Black que no puedo quitarme de los dedos.
Tonks sonrió ante la respuesta, mientras Sirius daba un par de acordes rápidos, terminando la pieza con cierto dramatismo antes de soltar un suspiro satisfecho y acariciar con una mano la superfície del piano.
—Ah, qué ganas tenía de recuperar esto —murmuró, casi con cariño—. Pero vaya susto… menos mal que hemos espantado al poltergeist que vivía dentro.
Tonks parpadeó, incrédula.
—¿Había un poltergeist en el piano?
Remus dejó escapar una risa breve, apoyándose contra el respaldo del sillón.
—Sí. Se manifestó cuando Hermione intentó enseñarle a Ginny a tocar. Una historia curiosa y, por suerte, resuelta sin incidentes.
—Por suerte —repitió Sirius, con su sonrisa desvaneciéndose. Respiró hondo antes de volver a tocar, como si la música le ayudara a relajarse.
Tonks se dejó caer en una butaca junto a Lupin, esperando una explicación más detallada.
—Bueno, sin incidentes… —dijo Lupin en voz baja —, Molly y Sirius se han peleado.
—¿Peleado?
—Sí —respondió Sirius sin dejar de tocar—. Al parecer, es mi culpa que esta casa quiera atacar a cualquiera que se acerque a sacudirle el polvo.
Lupin rodó los ojos, exasperado.
—Vamos, Sirius, sabes que eso no es así. Lo que pasa es que todavía estáis tensos por vuestras diferencias respecto a Harry.
La melodía de Sirius dio un crescendo exagerado, al igual que la rabia que parecía emanar de él, pero no se detuvo. Fue incluso bonito.
Tonks escuchó en silencio hasta que Sirius terminó, y cuando por fin se giró hacia ellos, no pudo evitar soltar la pregunta que le había estado rondando por la cabeza.
—Entonces… ¿padrino de Harry?
Él asintió despacio, con un destello fugaz de emoción en la mirada. Apoyó los codos en las rodillas y entrelazó las manos frente a él, como si estuviera recordando algo que aún dolía, pero que atesoraba.
—James y Lily me lo pidieron poco antes de morir —dijo, con una voz más suave de lo habitual. Su mirada se perdió momentáneamente en la nada —. Fue uno de los mayores honores de mi vida. James siempre decía que, si algo les pasaba, yo sería quien debía cuidar de Harry.
Remus rodó los ojos con una sonrisa y tomó de nuevo su taza de té.
—Por supuesto, encarnas el epítome de la responsabilidad y la madurez —comentó en tono seco.
Tonks se echó a reír, y hasta Sirius dejó escapar una carcajada, pero no tardó en continuar con la conversación.
—Claro que, lo que ni James ni Lily imaginaron, es que terminaría huyendo de Azkaban, escondiéndome de los dementores y montando un hipogrifo robado para escapar de la torre de astronomía de Hogwarts.
Tonks parpadeó un par de veces antes de soltar una carcajada.
—¡Un hipogrifo! —preguntó, alzando las cejas, sin entender cómo una cosa casaba con la otra —. ¿Espera, espera? Necesito más detalles.
Sirius se acomodó en su silla con aire de suficiencia, claramente disfrutando de la atención. Remus, que hasta entonces había estado leyendo, cerró el libro y tomó su taza de té, dispuesto a disfrutar una vez más del relato de su amigo.
—Fue durante el tercer año de Harry en Hogwarts —empezó Sirius, gesticulando con las manos—. Yo estaba escondido, intentando poner mi vida en orden y encontrar la manera de proteger a mi ahijado… y capturar a Peter, ese asqueroso traidor…
Tonks frunció el ceño de inmediato, pero antes de que pudiera interrumpir, Sirius alzó una mano teatralmente.
—Es una historia larga, Nymphadora, ya te la contaremos. El caso es que Harry, Ron y Hermione, esos pequeños genios, me salvaron de un destino peor que la muerte.
—¿Qué destino? —preguntó Tonks, inclinándose hacia adelante, ya atrapada por la narración.
—El beso de un dementor —respondió Sirius con gravedad, aunque sus ojos brillaban con picardía.
Tonks soltó una exclamación de asombro, llevándose una mano al pecho.
—¡Merlín! ¿Y cómo se las apañaron para salvarte?
—Oh, ya sabes, lo típico —respondió Sirius con una expresión de fingida indiferencia—. Colarse en Hogwarts, usar un giratiempo, liberar a Buckbeak de una ejecución inminente… cosas de un martes por la tarde cualquiera para ellos.
Tonks abrió los ojos de par en par, mirando a Remus con incredulidad.
—¿Está hablando en serio? —preguntó, entre la risa y el asombro, buscando en él algún indicio de que Sirius se lo estuviera inventando.
Remus tomó un trago de té, contuvo una sonrisa, y asintió lentamente.
—Cada palabra es cierta, aunque la historia contada por Sirius siempre suena un poco más… extravagante.
Tonks se rió, sacudiendo la cabeza.
—Definitivamente, mi vida de auror es mucho más aburrida que la vuestra — concluyó ella, echándose hacia atrás en su asiento. — ¿Pero… escapaste de la Torre de Astronomía… de Hogwarts?
—Monté a Buckbeak y salimos volando —narró Sirius, poniéndose de pie con entusiasmo desbordante.
Extendió los brazos como si fueran alas, haciendo un gesto tan dramático que por poco tumbó el libro de partituras que aún descansaba sobre el atril del piano
—¡Fue una noche espectacular, Nymphadora! — dijo con emoción, girándose hacia ella — No te rías, pero creo que hasta lloré.
Tonks estalló en una carcajada tan fuerte que tuvo que sujetarse los costados. Remus observaba la escena con una sonrisa divertida, disfrutando del espectáculo que era ver a los dos primos Black juntos.
—¡Increíble! —dijo Tonks al fin, secándose las lágrimas que le habían brotado de la risa—. Y… ¿qué hicisteis con el hipogrifo después?
Sirius y Remus intercambiaron una mirada cómplice, con esa sonrisa sincronizada que solo tienen quienes comparten media vida de secretos. Tonks los observó alzando una ceja, sintiendo que algo se le escapaba.
—¿Buckbeak está aquí? —preguntó de repente, enderezándose de repente en su silla.
Sirius esbozó una sonrisa traviesa, como quien está a punto de desvelar la mejor parte de la historia.
—Oh, claro que sí. Vive en el antiguo cuarto de mi madre, en el tercer piso.
Tonks los miró fijamente, tratando de decidir si hablaban en serio. No pudo evitar una risa incrédula.
—Espera, espera… —Se llevó una mano al pecho, tomando aire y saboreando la revelación—. ¿Tenéis un hipogrifo foragido y robado, cómplice de la mayor fuga acontecida en el mundo mágico, escondido en una habitación de la muy noble y ancestral mansión Black?
Sirius se cruzó de brazos, claramente orgulloso.
—Por supuesto. ¿Qué clase de anfitrión sería si no tuviera alguna criatura mágica interesante escondida en alguna habitación?
—Porque, desde luego, el poltergeist no era suficiente —añadió Lupin, mirando a Tonks, que todavía sonreía, sin poder creer lo que oía.
Incluso Sirius soltó una risa ante ese comentario. Tonks volvió a mirar a Remus, esperando encontrar algo de sensatez en él, pero Remus solo dejó escapar una risa entre dientes.
—¿Quieres conocerlo? —ofreció Sirius, inclinándose hacia ella con la picardía de un niño travieso a punto de mostrar un tesoro prohibido.
—¡Claro que quiero! —exclamó Tonks, levantándose de un salto y comenzando a correr hacia las escaleras antes de que alguien pudiera decirle nada más—. ¿Tercer piso, no? —preguntó ya saliendo del salón, rumbo a las escaleras.
—¡Tonks, espera! —llamó Remus, dejando su taza con una sonrisa y poniéndose de pie. Sirius ya iba tras ella, con pasos ligeros.
—¡Oh, vamos! Seguro que me llevo bien con él, tengo encanto natural —respondió Tonks desde lo alto de las escaleras, girándose con una reverencia exagerada… y casi tropezando con el pasamanos.
—Sí, seguro que Buckbeak te apreciará… después de que dejes de golpearte con todo —murmuró Sirius entre risas mientras subía tras ella.
Tonks llegó hasta la puerta que Sirius le indicó, conteniendo apenas su entusiasmo.
—¿Lista para conocer al noble Buckbeak? —preguntó Sirius con dramatismo, tomando el pomo de la puerta con una mano.
Tonks asintió y Sirius abrió la puerta.
Dentro de la habitación, Buckbeak se alzaba con su imponente figura sobre un lecho de paja limpia. Su porte majestuoso parecía consciente de la expectación que había generado, y sus ojos anaranjados brillaban con astucia mientras observaba la puerta. Su pico curvado tenía un aire desafiante, casi como si estuviera evaluando a los recién llegados con cierto regocijo.
—¡Es enorme! —susurró Tonks, con una mezcla de asombro y emoción, dando un leve paso atrás al encontrarse cara a cara con el hipogrifo, que la miraba sin disimulo.
—Bueno, no olvides saludarlo con una reverencia primero —dijo Remus con calma, pero sin poder evitar un tono algo protector mientras observaba a Tonks con atención.
Tonks le lanzó una mirada que revelaba sus dudas, pero tras un respiro profundo, se inclinó con toda la solemnidad que pudo reunir. Buckbeak, con su porte majestuoso, la estudió durante unos segundos eternos antes de carraspear y doblar una rodilla en señal de aceptación, con la misma dignidad con la que un rey concede audiencia.
—¡Lo conseguí! —murmuró Tonks con una sonrisa radiante, incorporándose con cuidado para no tropezar con nada.
—Bueno, bueno… —comentó Sirius con un guiño, claramente entretenido.
Sin poder resistirse, Tonks extendió una mano y comenzó a acariciar las plumas del cuello del hipogrifo. Buckbeak emitió un sonido gutural, profundo y vibrante, casi como un ronroneo satisfecho. Inclinó ligeramente la cabeza hacia su mano, disfrutando de las atenciones con una actitud sorprendentemente dócil.
—Creo que le caigo bien —anunció Tonks, girándose con una sonrisa triunfante hacia Sirius y Remus.
—Tiene buen ojo —respondió Sirius, cruzándose de brazos con una expresión orgullosa—. Es un Black, al fin y al cabo.
—¿Buck… Black? —repitió Tonks, ladeando la cabeza con picardía—. Suena a estrella del rock bruja.
—O de stripper desatada en un club de mala muerte —añadió Remus, que se había acercado también al hipogrifo.
Tonks rodó los ojos y volvió sus atenciones a Buckbeak. Sonrió al darse cuenta de cómo Sirius y el hipogrifo compartían una mirada de comprensión, complicidad… y algo más. Algo instintivo, casi animal, de igual a igual. Había en el aire una chispa de reconocimiento mutuo, un respeto silencioso entre criaturas que conocían demasiado bien la culpa, el encierro y la libertad perdida. Y aún así, no querían dejar de volar.
Al volver los ojos hacia su primo, se dio cuenta que él ya sonreía, como si supiera lo que ella pensaba.
—Por cierto… Moody me contó una vez que no todos los fugitivos de Azkaban se esconden en sótanos —dijo con fingida inocencia—. Algunos prefieren hacerlo en forma de perro gigante.
Sirius asintió, divertido.
—Ah, así que el viejo OjoLoco va ventilando mis secretos por ahí.
—Solo los buenos —respondió Tonks, con una sonrisa traviesa—. Aunque admito que ahora todo tiene sentido.
—¿Cómo? —preguntó Sirius, sin entender lo que quería decir.
—Que tengas esa costumbre de ladrar cada vez que te contradicen —dijo ella, con descaro.
Sirius soltó una carcajada sonora.
—Cuidado, Tonks —replicó, con una sonrisa torcida—. Los perros mordemos.
Remus bufó con una sonrisa resignada, como si hubiera presenciado esa clase de conversación mil veces antes. Al extender la mano para acariciar el lomo de Buckbeak, rozó sin querer los dedos de Tonks. Ambos se miraron brevemente, sin decir nada, y apartaron la mano casi al mismo tiempo, con un gesto mínimo.
Buckbeak – o Buckblack, ya – bufó satisfecho, ajeno a todo. Se había ganado un nuevo apodo y, quizá, un nuevo vínculo. O al menos, alguien más que le rascara el lomo.
Sirius tomó distancia por un momento y los observó en silencio. La escena tenía algo de irreal: la luz dorada colándose por la ventana, el leve crujido de la madera bajo sus pies, el aroma a polvo y paja, y el silencio amistoso que se había instalado entre ellos tres. Bueno, cuatro.
El hipogrifo foragido roncaba con satisfacción sobre su lecho mullido. Criatura mágica mitad ave mitad caballo, símbolo de libertad, guardián de secretos. Cómplice de fuga. Y criminal en búsqueda y captura por parte del Ministerio.
Allí, viviendo en lo que una vez fue la habitación de su madre.
La misma habitación donde se habían guardado reliquias de sangre pura durante generaciones.
La misma madre que le gritó traidor. La misma que le echó a patadas de la familia.
En la misma casa donde le enseñaron a venerar apellidos y a odiar todo lo demás. Por ejemplo, a los dos compañeros que tenía allí mismo.
A su izquierda, Remus Lupin: el licántropo más digno, brillante y sensato que conocía. Condenado a la discriminación y, por consiguiente, al paro eterno porque al mundo mágico no le cabía la decencia en la cabeza si venía con colmillos una vez al mes.
A su derecha, Nymphadora Tonks: prima segunda reencontrada, auror vocacional con doble trabajo y horas extra para aburrir, metamorfomaga con control pero de emociones impredecibles, torpe como ella sola, pero con el corazón más en su sitio que el Ministerio entero.
En una casa que solía oler a cárcel, odio y represión, y que ahora olía a té, estofados calientes, plumas de hipogrifo y a algo parecido al hogar.
«Menuda familia de tarados», pensó.
Pero por primera vez en mucho tiempo, no lo pensó con rencor.
De hecho, Sirius no recordaba la última vez que se había sentido tan cómodo en su propia casa. Igual era la primera vez en toda su vida.
Quizá, pensó, esa era su familia ahora.
Y si Remus, Tonks y Buckblack tenían cabida, entonces tal vez Molly —la sargento Molly Weasley -, también la tenía.
La mujer que impregnaba la casa con aromas deliciosos, que se desvivía por todos sin pedir permiso, que quería a Harry como un hijo y que plantaba cara a la oscuridad con un ejército de cucharones, una sarta de gritos y un montón de recetas de sopa.
Sí, seguramente ella también formara parte de aquél zoológico.
No porque se llevaran bien. Ni porque se entendieran siempre. Sino porque luchaban en el mismo bando.
Sirius suspiró y se apoyó en el marco de la puerta, con los brazos cruzados. Se mordió una sonrisa al pensar en su alter ego canino, su amigo el lobo, el poltergeist del piano y el hipogrifo en la habitación.
—Lo dicho —murmuró, mirando a su alrededor—: Esto no es una casa. Es una protectora de especies mágicas, con té y pastas gratis, una causa loable y muchos traumas compartidos.
Buckbeak emitió un suave resoplido, como si disfrutara de su sarcasmo. Remus le lanzó una mirada de reojo. Tonks se rió por lo bajo.
Sirius sonrió.
—Y aún así… —añadió con una ceja alzada—, la ironía de todo esto es que no me iría a vivir a ningún otro sitio. Ni loco.
…….
Tras despedirse de Tonks, Sirius se acercó a la cocina con las manos en los bolsillos y la cabeza hecha un lío. No le gustaba ceder, pero tampoco quería más tensiones en la casa. Cuando cruzó el umbral de la puerta vio a Molly de espaldas, removiendo algo en una cacerola con más energía de la necesaria.
Ella se giró al sentir su presencia, y por un momento, el aire pareció cargarse con algo incómodo, algo que ambos habían estado evitando.
Molly fue la primera en hablar, como si ya hubiera estado considerando hacerlo.
—Lo siento —dijo, sin rodeos—. Sé que no es culpa tuya que hay aun poltergeist dentro de un piano.
Su voz no tenía reproches, solo un cansancio sincero. Sirius se apoyó en el respaldo de una silla y la miró con una expresión más relajada que la del día anterior.
—Sí… bueno —carraspeó—. Tampoco ha sido mi mejor momento.
Molly arqueó una ceja, pero no dijo nada.
—Sé que te preocupa Harry —continuó Sirius, esta vez con más seriedad—. Y tienes razón en muchas cosas. Esta casa es un desastre, y hay peligros por todas partes. No quiero que pienses que no me importa la seguridad de los chicos.
Molly pareció sopesar sus palabras antes de asentir.
—Sé que quieres lo mejor para él —dijo—. Y yo… no quiero que sientas que estoy intentando quitarte tu lugar.
Sirius sonrió un poco, con cierta melancolía.
—Harry no es James —dijo, bajando la mirada—, pero a veces me cuesta recordarlo.
Molly suspiró y, con un gesto inesperado, le tendió la mano.
Sirius la miró por un segundo, sorprendido, pero luego la estrechó con firmeza.
Molly sonrió un poco, y él también. No habían resuelto todas sus diferencias, pero al menos, en aquel momento, decidieron enterrar el hacha de guerra.
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SI HABÉIS IDO LEYENDO EL LIBRO JUNTO AL FANFIC, VERÉIS QUE QUEDA UN TROZO DEL CAPÍTULO 6. LO HE IGNORADO PORQUE LO HE REESCRITO PARA QUE SEA MÁS DETALLADO, A NIVEL DE SLICE OF LIFE DE LA ORDEN DEL FÉNIX. ENLAZAREMOS DE NUEVO CON EL CANON PARA EL CAPÍTULO 7, QUE ES EL DEL MINISTERIO. YO OS AVISO 😉
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🌙 NOTA DE AUTORA
Bueno, espero que no haya sido mucho lío lo del fanfic y la mezcla con el canon.
Este capítulo he querido enfocarlo en Sirius, un personaje que me fascina tanto como me parte el alma.
Pensad en él. Su historia es realmente trágica. Un chico joven, con ansias de futuro, buen apellido, carismático, atractivo, atrevido, que se ha visto obligado a huir de su familia para poder ser fiel a sí mismo… y acaba en las garras de una guerra que no ha pedido, traicionado por uno de sus mejores amigos a la vez que inculpado por un crimen que no ha cometido, con los cuerpos de James y Lily aún calientes. Y ocupando una de las lóbregas, frías e insalubres celdas de Azkaban por nada más y nada menos que doce años (o trece? ahora dudo) para terminar viviendo otro encierro en Grimmauld Place.
Yo me imagino a sirius como un superviviente, marcado por un pasado oscuro pero no rendido; sarcástico, con hambre de libertad y una vida entera latiéndole en los ojos. Aquí le regalo música, risas, y también esa tensión con Molly que esconde cariño y miedo a partes iguales. En fin, este capítulo está dedicado a su personaje. Bueno, y un poco a Buckbeak (BuckBlack?), que, por cierto, nadie mencionó al elefante en la habitación… o sea, al hipogrifo en la mansión.
Tonks sigue siendo mi brújula: caótica, luminosa, elegante “como un saco de patatas” y con talento innato para esquivar cualquier pregunta personal con humor y encanto. Y Remus… bueno, Remus sostiene la sala con una calma que también se quiebra.
Si os he sacado una sonrisa (o un ay), el esfuerzo mereció la pena 💛
Estoy subiendo ilustraciones y más historietas tipo comic en redes sociales.
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