Capítulo 16

Profesor Lupin

El callejón estaba en silencio.

O, mejor dicho, en ese silencio viciado y expectante que precede a una redada.

Un goteo constante caía desde una canaleta oxidada, marcando el ritmo sobre los adoquines mojados. El aire tenía ese olor denso y agrio de los barrios olvidados, una mezcla de alquitrán, humo tóxico, aceite quemado y restos orgánicos descomponiéndose bajo la lluvia.

Estaban en un distrito industrial, a las afueras de la ciudad.

Tonks apoyó el hombro contra una pared desconchada.

Iba bajo un encantamiento desilusionador que la fundía con el entorno, aunque aún podía oír su propia respiración amortiguada.

Y su impaciencia.

Algo alejado, pero a su derecha, Dawsey miraba al cielo, concentrado, esperando indicaciones, y Booth a su izquierda, se entretenía haciendo girar su varita de repuesto entre los dedos como si estuviera en una fiesta aburrida.

Junto a ellos, los cadetes noveles, cada uno con su desilusionador activo – algunos mejor ejecutados, otros más justos –, murmuraban nerviosos en la oscuridad. Algunos apenas sabían mantenerse quietos.

Tonks resopló, mirando al almacén destartalado que tenían en frente, el lugar al que tenían que acceder cuando recibieran la señal.

“¿Qué hago yo aquí?”

La pregunta flotaba en su cabeza como una nube de niebla pesada.

El operativo consistía en una incursión sencilla, casi de manual.

Se trataba de capturar un grupo de «imitadores de mortífagos»: rateros con capa y máscara, oportunistas sin Marca que explotaban el miedo para saquear, chantajear o causar caos. Aquellos delincuentes de los que había hablado con sus compañeros tras la Ceremonia de graduación de unos días atrás.

Gente rastrera, sí, pero no letal.

No era exactamente una misión peligrosa.

No había motivo real para estar allí.

Bueno, sí. Como los recién graduados no tenían experiencia de campo, Dawlish había organizado el operativo y exigido supervisión.

No de aurores expertos, claro, sino intermedios.

Lo suficiente como para saber defenderse o al menos correr si algo salía mal.

Como Tonks no tenía aprendices, pues… la habían colado en el grupo. Más bien, la habían obligado a unirse.

Miró el reloj. La Operación coincidía justo con una reunión de la Orden del Fénix, que vale, aunque era una organización no legalizada y secreta, su misión le parecía mucho más importante que perseguir una pila de tarados con capas.

Booth se agachó a su lado, con una sonrisa contenida.

—¿Aburrida?

—Mucho —murmuró ella, sin ocultarlo—. Pasar la velada entre contenedores de basura, tubos oxidados y criminales de tercera no era mi idea de una noche productiva.

—Anda ya, no te quejes tanto… como si hubiera alguien esperándote en casa.

Tonks le lanzó una mirada asesina. Estaba a punto de replicar cuando…

—¡Eh! —susurró Dawsey, irguiéndose de repente —. ¡La señal!

Todos se movieron.

Accedieron por un lateral, con las varitas en alto y los encantamientos desactivándose uno a uno como sombras que tomaban forma. El interior olía a serrín húmedo, cuero viejo y malas intenciones.

Un pasillo angosto desembocaba en una sala central.
Había muebles cubiertos por sábanas, barriles vacíos, un espejo rajado colgado de forma oblicua… y tres figuras encapuchadas.

Uno hablaba. El otro asentía. El tercero observaba.

Tonks lo notó enseguida: el que observaba no hablaba, no se movía. Solo vigilaba.

—Booth —susurró sin moverse—. Dime que ves lo mismo que yo.

Su compañero entrecerró los ojos.

—¿Un anillo?

Tonks asintió. El anillo con forma de espiral negra. Rubí en el centro. Dedo meñique de la mano derecha. Exactamente el mismo que había visto en la mano del hombre que se reunió con Rookwood.

El estómago le dio un vuelco.

—Lo he visto antes. Ese símbolo…

Pero no terminó la frase.

El encapuchado que hablaba interrumpió su frase al girarse de golpe, como si hubiese olido su presencia.

—¡¡Desmaius!! —rugió Tonks.

El hechizo cruzó la sala como un relámpago.
Y caos se desató.

Un espejo explotó.
Un barril estalló en astillas.
Una cortina de polvo y luces intermitentes llenó el espacio.

Booth se lanzó contra uno de los encapuchados, lo embistió contra un archivador y conjuró un Inmobilus que hizo retumbar el suelo.

Tonks rodó bajo una mesa. Una maldición silbó sobre su cabeza y ennegreció el techo.

—¡Protego!
—¡Expelliarmus!
—¡Stupefy!

Hechizos cruzados, gritos, cristales, pasos. Las varitas volaban.
Los encapuchados retrocedían, mal preparados. Dos de ellos intentaron escapar por una claraboya, pero Booth conjuró una red que los atrapó en el aire.

Tonks giró sobre sus rodillas y apuntó hacia la salida lateral.
El tercero, el del anillo, escapaba por allí. Pasó entre dos cadetes que apenas reaccionaron.

Tonks maldijo en voz baja y lo siguió sin pensar.

El aire exterior la recibió con una ráfaga helada.
El encapuchado corría entre los charcos, deslizándose por las sombras como si conociera cada rincón. Tonks lo persiguió, sus botas salpicando lodo, esquivando cristales, basura y sacos rotos.

En un giro, él alzó la mano. Por un segundo, el anillo centelleó bajo la luz enfermiza de una farola.

Tonks alzó la varita.

Pero un hechizo pasó rozándole el hombro izquierdo desde su espalda.

—¡Atrás! —gritó Booth, que acababa de aparecer por su flanco.

El imitador esquivó con una elegancia maldita, giró sobre sí mismo y se desvaneció en una ráfaga grisácea con un crack apagado.

Solo quedó su risa. Seca. Breve. Como un eco burlón.

Tonks se quedó quieta, jadeando.

Booth suspiró a su lado.

—Bueno, al menos hemos atrapado a un par.

Ella asintió en silencio, aún mirando el punto donde había desaparecido el hombre del anillo.

—¿Qué querías decir con que habías visto antes ese símbolo? —preguntó Booth al fin, mientras caminaban de vuelta.

Tonks negó.

—¿Misiones súper secretas del gran Ojoloco Moody?

—Algo así.

Booth bufó fastidiado, pero no insistió.

Volvieron al interior del recinto.

Dentro, Dawlish ya había tomado el control del lugar, repartiendo órdenes y exhibiendo su habitual suficiencia.

Los dos detenidos estaban en el suelo, atados con cadenas mágicas. Uno miraba al horizonte, sin decir nada. El otro estaba inconsciente, pero respiraba con normalidad. Un chico delgado, de unos veinte años, con restos de maquillaje negro en la cara y capa raída.

Tonks se acercó al momento que Dawlish le retiró la manga izquierda para buscar la Marca Tenebrosa. Nada.

-No tienen marca. Solo el disfraz. Y el miedo que inspiran – dijo Dawlish.

Tonks las manos de los dos hombres. Por si también llevaban aquel anillo. Pero no. Solo lo llevaba el que había escapado.

Ella bajó la vista.

Toby el Tuerto fue un callejón sin salida, no les dio una forma de llegar a Greaves.

Pero tal vez, en aquella redada impuesta por Dawlish, había descubierto un nuevo camino. Un hilo del que tirar.

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Al día siguiente, tras una jornada agotadora de papeleo y trámites sin fin, Tonks salió del Ministerio y apareció directamente frente al número doce de Grimmauld Place.

Necesitaba hablar con Sirius.

El anillo no se le quitaba de la cabeza.

Al entrar, encontró la cocina ocupada por una Molly concentradísima en la cena.
O tal vez era la guerra. No se sabía.
La encimera parecía una trinchera, y las ollas, armas de destrucción masiva.

—¿Sirius? —preguntó Tonks, asomándose.

—Con los chicos —respondió Molly sin dejar de remover—. En el tercer piso. Están descontaminando una de las habitaciones.

—Oh, ideal —murmuró Tonks—. Qué planazo.

Subió las escaleras de dos en dos, notando cómo el aire se volvía más cargado y polvoriento a medida que se acercaba al tercer piso.

Al pasar por el rellano, algo le llamó la atención.

Uno de los cuadros colgados junto al ventanal mostraba una oveja gris, pastando plácidamente en una pradera.
Nada raro… salvo que, durante un segundo, juraría que la había visto levantar la cabeza y mirarla fijamente.

¿Una oveja? ¿En serio?

Tonks se detuvo, entrecerró los ojos y se volvió hacia el retrato.
La oveja seguía ahí, con la boca llena de hierba, tan tranquila.

Resopló por la nariz, medio divertida, medio incómoda.
—Estoy fatal —murmuró.

Y siguió su camino escaleras arriba.

Al llegar, escuchó voces y un estruendo leve tras una puerta entreabierta.

Fue recibida por Fred, George y Ginny, que estaban inmersos en plena operación limpieza y desarme de objetos malditos. Cajones abiertos, papeles volando, trastos por todas partes.

—¡Ese armario se mueve solo!
—¡No, George, es una polilla enorme!
—¡Eso no era una polilla! – gritó el gemelo – ¡es la lengua con patas que acabamos de inventar! No deja moverse…

Ginny rodó los ojos. Llevaba la larga cabellera pelirroja recogida hacia atrás, y sostenía su varita iluminada frente a ella, examinando con atención un mueble cerrado con clavos.

Al fondo, sentado en una silla desvencijada, Remus Lupin revisaba el contenido de una cómoda polvorienta a la vez que supervisaba a los chicos con esa mirada entre paciente y levemente irónica que Tonks empezaba a identificar como marca de la casa.

Cuando sus ojos se cruzaron, él le dedicó una sonrisa leve. Ella le respondió con otra más amplia de lo que había planeado.

—¿Vienes a salvarnos? —preguntó Ginny desde el suelo, luchando con una caja que parecía rechinar en un idioma antiguo.

—No, solo a daros ánimo —respondió Tonks, y volvió a mirar a Remus —. Buscaba a Sirius.

—Está en el altillo, con Harry, Ron y Hermione — dijo él — Han dicho que hacían una revisión preliminar allí, y que bajarían enseguida.

Tonks asintió y se acercó despacio hacia su compañero.

Lupin se había agachado frente al último cajón, con las mangas de una camisa —que, aunque pulcra, parecía más vieja que él— arremangadas hasta los codos.

El cabello, algo revuelto, le caía en mechones sobre la frente, como si se lo hubiera despeinado él mismo a lo largo del día.

Cuando los chicos volvieron a enfrascarse en su lucha mágica contra el mobiliario, Tonks se sentó en el suelo, a su lado. Lupin dejó de lado su labor y se giró hacia ella.

—¿Cómo es que no viniste a la reunión de anoche? —preguntó en voz baja.

Tonks rodó los ojos dramáticamente.

—Redada obligatoria. La captura de un peligroso grupo de imitadores.

Él alzó las cejas, intrigado.

—¿Imitadores?

—Sí.

La auror resumió brevemente lo que sabían de los imitadores de los mortífagos.

—Los típicos ladrones de toda la vida, vaya, pero ahora, aprovechando la situación.

Hizo un gesto vago con la mano

—Capas negras, máscaras… uno incluso llevaba maquillaje. Maquillaje, Remus. Me sentí como en un desfile de carnaval con trauma generacional.

Lupin ladeó la cabeza y sonrió con la comisura, un gesto que, para Tonks, empezaba a sentirse como un premio inesperado. 

De repente, se puso más seria.

—Pero… —bajó más la voz— no fue del todo inútil para la Orden.

Lupin miró de reojo a los chicos, que estaban charlando entre ellos, ajenos a la conversación entre los dos adultos. Después, se dirigió hacia su compañera, curioso.

—¿Ah, no?

Ella negó con la cabeza, y se acomodó, sentándose un poco más cerca de él.

—Vi algo —susurró—. El anillo. El mismo que vi en la mano del hombre que intercambiaba información con Rookwood. Lo vi otra vez. Ayer. En uno de los imitadores.

Lupin frunció el ceño, y también se inclinó hacia ella.

Los rayos del sol que entraban por la ventana a su espalda le acariciaban el perfil con suavidad, atravesando el polvo suspendido en el aire. Tonks se dio cuenta entonces del tono ámbar claro de sus ojos.

No los había visto así antes.

Tranquilos, profundos.

Llenos de una luz silenciosa que le pareció, de pronto… mágica.

—¿Quieres decir que… podrían estar conectados? – preguntó él, rompiendo el silencio.

Ella salió de su ensimismamiento y se recogió un mechón de cabello tras la oreja, tratando de recuperar el hilo de la conversación. 

—Que tal vez los falsos mortífagos no son tan espontáneos. Que hay alguien detrás. Y que ese alguien podría ser el mismo que vimos con Rookwood.

Lupin murmuró apenas:

—¿Greaves?

Tonks asintió.

Estaban tan cerca que casi compartían aliento.

Ambos se dieron cuenta al mismo tiempo. Ninguno habló.

Durante un segundo, los ojos de Lupin buscaron los de ella, como si él también hubiera encontrado algo ahí, en aquel tono oscuro que solía pasar por alto.

Y entonces, algo estalló en el otro extremo de la habitación.

—¡AAAAAAAAH! —gritó Fred, cayendo de espaldas con un libro que humeaba en las manos. Su cara quedó cubierta de polvo plateado, y sus cejas se erizaron como escobas.

Ginny estalló en carcajadas.

—¡Te dije que ese libro escupía maldiciones!

Tonks se echó a reír, y Lupin también, bajando la mirada con una sonrisa abierta

Fred se levantó, farfullando.

—Ríete tú, Tonks, pero eso te lo llevas para analizarlo.

—Ni loca —respondió ella, entre risas. — ¿Acaso quieres que me despidan?

Mientras el resto del grupo se concentraba en revisar un vestidor al otro lado de la habitación, un ruido extraño llamó la atención de la auror.

Un susurro suave. Luego un golpeteo metálico.

Frunció el ceño y, sin pensar mucho, se acercó a una pila de muebles viejos que bloqueaban la entrada a un pequeño baño contiguo.

-¿Hola…? – susurró ella

Pero no obtuvo respuesta.

Entonces, un estruendo repentino, seguido de una maldición bastante sonora, hizo que todos dieran un respingo.

Con Lupin al frente, el grupo se apresuró a cruzar la estancia.

La escena que encontraron al abrir la puerta del baño fue… peculiar.

Tonks, cubierta de polvo de pies a cabeza, con el cabello ahora de color rojo fuego, discutía a voces con un espejo parlante que le devolvía insultos con voz nasal y tono indignado.

—¡¿Pero qué te pasa conmigo?! —gritaba Tonks, varita en mano, frente al cristal maleducado—. ¡Te he dicho que me encanta mi color de pelo!

El objeto, por supuesto, discrepaba con vehemencia, y comenzó a soltar comentarios sarcásticos sobre su falta de gusto, lo que solo enfurecía más a Tonks.

—¡Delito estético! —respondía con arrogancia—. Absolutamente inadmisible.

El resto del grupo, ya recuperado del susto, se asomaba tras Lupin, intentando contener la risa. Él observó un momento más a la auror, con una mezcla de ternura y resignación divertida.

—¿Te encuentras bien, Tonks? —preguntó finalmente, alzando una ceja.

Tonks se giró, con toda la dignidad que pudo reunir y llena de polvo hasta las pestañas.

—Sí, sí. Todo bajo control —aseguró—. Solo estoy en medio de una charla constructiva sobre mi peinado con este misántropo pedazo de cristal.

—¡Inaceptable! —gritó el espejo nuevamente.

Tonks miró su reflejo con una ceja alzada. Se le había ocurrido algo.

Con un gesto de desdén, dejó que su adversario siguiera quejándose mientras avanzaba más hacia el interior del baño. Llegó hasta un biombo carcomido, y se inclinó para mirar tras él, con la varita preparada. Entonces se detuvo en seco.

—¡Ahá! — exclamó, triunfal

De entre un cúmulo de sábanas viejas, asomó una cabeza rugosa y verdosa con expresión asesina.

—Te encontré, cobarde crítico de personalidad

El ghoul chilló, un sonido entre chivo y caldera, y se abalanzó hacia ella. Tonks respondió con un hechizo rápido, que, en su frenesí, derribóuna lámpara y dos veladores.

—¡Cuidado! —gritó Ginny, justo cuando un candelabro encantado salía volando por los aires.

Lupin, que hasta entonces observaba atento, alzó la varita y lanzó un hechizo de contención hacia el ghoul. Este rebotó como una pelota entre dos paredes, gritando todavía más fuerte.

Y justo entonces, Sirius apareció en la puerta, con una jarra de cerveza de mantequilla en una mano y expresión de “qué me he perdido ahora”. Harry, Ron y Hermione lo seguían con cautela.

—¿Nos podemos sumar a esta fiesta? —dijo, apoyándose en el marco.

Pero el ghoul, más furioso que nunca, lanzó un escupitajo de baba verdosa. Tonks lo esquivó, pero Sirius no tuvo tanta suerte: el proyectil golpeó su hombro, la jarra voló y se estrelló contra una alfombra enrollada en la pared.

La alfombra comenzó a temblar violentamente y a farfullar insultos en francés.

Non non non, sacrebleu de misère, espèce de crétin!

—¡No! —gritó Sirius—. ¡Era mi cerveza!

Ron soltó una carcajada incontenible.

—¡Eso fue épico! —exclamó, observando al ghoul que, por un breve momento, parecía ofendido por la insolencia de la alfombra.

Finalmente, tras una serie de hechizos mal coordinados y algún que otro percance, consiguieron reducir y encerrar al ghoul, que bramó una última vez antes de rendirse y dejarse caer en un rincón de su jaula.

—¿Se puede considerar esta habitación como “descontaminada”? —preguntó Ron, aún con la varita en alto.

—Técnicamente, sí —respondió Lupin, todavía con una sonrisa en los labios.

—A mí me parece mejor que una clase de Defensa —añadió Harry, acercándose con curiosidad a la criatura.

Hermione lo siguió de cerca, algo más cautelosa, con esa mezcla de concentración y fascinación que adoptaba cuando pasaba de la teoría a la práctica.

Los Weasley estaban acostumbrados a este tipo de criaturas, pero Harry y Hermione —criados en ambiente muggle— la veían por primera vez.

No era mucho más grande que un elfo doméstico, aunque su postura encorvada lo hacía parecer aún más pequeño. Llevaba unos harapos desgastados que colgaban como trapos húmedos de su cuerpo rechoncho, y tenía una pequeña tripa flácida que se hinchaba y deshinchaba con cada resoplido. Su piel era verdosa y pálida, salpicada de granos, durezas y mechones de pelo colocados al azar.

En el rostro destacaban unos ojos amarillentos, medio velados, que se movían nerviosos, escaneando a los presentes con suspicacia.

—Profesor Lupin —empezó Hermione, con el mismo respeto que usaba en clase—, ¿es común que los ghouls se escondan en lugares tan sucios?

Lupin sonrió levemente ante el uso del título y respondió con su tono académico habitual.

—Sí, es bastante común. Los ghouls no son especialmente peligrosos, pero tampoco son criaturas sociables. Suelen elegir lugares apartados, donde puedan vivir tranquilos: sótanos, desvanes, tuberías abandonadas… habitaciones como esta —añadió, mirando a su alrededor.

Harry, Ron y Ginny se giraron hacia él, atentos a cada palabra. Hermione asintió, absorbiendo la información como si fuera parte de una clase espontánea.

 —No les gusta que se les moleste —continuó Lupin—. Y aunque no son agresivos por naturaleza, pueden volverse bastante irritables si sienten que alguien ha invadido su territorio.

El ghoul soltó un bufido y miró al profesor, como si le diera la razón.

—Muchos desarrollan un vínculo con objetos inanimados que forman parte de su entorno, casi como si los poseyeran: armarios, cómodas, tuberías… incluso espejos, como ya hemos comprobado.

Tonks, apoyada en la pared junto a Sirius, rodó los ojos con teatral indignación.

—Es una forma de protegerse —prosiguió Lupin—. Ocupan esos espacios y luego emiten sonidos extraños: chirridos, golpes, susurros. Tratan de provocar inquietud en los habitantes para que los dejen en paz. Por eso, en el mundo muggle, muchas “casas encantadas” tienen en realidad un ghoul como inquilino no declarado.

—¿En serio? —preguntó Hermione, con los ojos abiertos—. ¿Entonces todas esas historias de casas que crujen por la noche…?

—Es muy probable que detrás haya un ghoul aburrido —respondió Lupin, con una sonrisa aprobatoria.

—O con opiniones inadecuadas sobre aspectos ajenos —murmuró Tonks.

Los gemelos rieron.

Lupin bajó la vista hacia ella, divertido, y ella no puedo evitar una sonrisa satisfecha

Los chicos volvieron a mirar al ghoul, que hasta parecía satisfecho ante aquella descripción tan detallada.

Tonks no dejaba de observar a Lupin. Lo miraba mientras seguía respondiendo preguntas, explicando, aportando datos con ese estilo suyo, tranquilo, que convertía cada respuesta en algo fascinante.

No le sorprendía que supiera tanto —lo había visto demasiadas veces acompañado de un libro—, pero sí el modo en que lo compartía.

Se notaba que le gustaba aquello. Su pasión y su entusiasmo se colaban entre las palabras y se quedaban resonando en el aire.

Además, había cazado al vuelo algo que le cosquilleaba en la mente con cierta curiosidad.

—Creo que hemos hecho suficiente por hoy —comentó Sirius con voz tranquila, estirándose mientras salía de la habitación.

Uno a uno, comenzaron a bajar las escaleras.

Tonks aprovechó para acercarse a Lupin.

—¿Por qué te llaman «profesor Lupin»? —preguntó, ladeando un poco la cabeza hacia él—. Se lo he oído a Hermione… ¿Desde cuándo tienes ese título tan rimbombante?

Lupin soltó una risa breve, algo sorprendido, y le dirigió una mirada de soslayo.

—Desde hace un par de años —respondió—. Enseñé Defensa Contra las Artes Oscuras en Hogwarts durante un curso. El tercero de Harry y los demás.

Tonks arqueó una ceja, con aire escandalizado.

—¿Y eso nunca salió en nuestras conversaciones? Eso es información clave si quiero ir armando tu perfil.

Lupin sonrió, divertido por su tono inquisitivo.

—Solo estuve un año —explicó con sencillez—. Las circunstancias fueron… complicadas. Pero fue un buen año. Los chicos querían aprender, aunque no siempre me lo pusieron fácil. Aun así, creo que algo les quedó.

El tono melancólico que acompañaba sus palabras no pasó desapercibido para la auror, pero también se percibía la emoción con la que hablaba.

—¿Y tú crees que eras de los profes que los alumnos adoran o de los que provocan pesadillas? —preguntó con fingida inocencia, mirándolo de reojo con una sonrisa.

—Depende a quién preguntes —replicó él, encogiéndose de hombros con una sonrisa discreta—. Me preocupaba más enseñarles a defenderse que imponer disciplina. Creo que mi estilo… digamos, más relajado, hizo que algunos se sintieran más cómodos.

Tonks asintió, con los ojos brillando de complicidad, convencida de que, para Lupin, ganarse el cariño de los estudiantes no había sido difícil.

—Estoy segura de que fuiste el profesor favorito del año —dijo, sin poder evitar sonreír al imaginarlo.

Lupin no respondió de inmediato. Su sonrisa se volvió más suave, y por un instante, Tonks tuvo la impresión de que sus pensamientos habían regresado a aquel tiempo.

Terminaron el tramo de escaleras y siguieron por el pasillo del segundo piso.

—No sé si fui el favorito —dijo al fin, bajando un poco la voz—. Pero para mí, fue un año muy bonito.

Tonks lo miró en silencio un segundo más largo de lo habitual, antes de darle un empujón leve con el hombro.

—Pues eso suena a favorito, quieras admitirlo o no. Y sea como sea —añadió, señalando a los chicos, que se acomodaban en el salón dispuestos a jugar una partida de cartas—, está claro que ellos no te han olvidado.

En ese momento, Sirius se acercó, cruzando los brazos con una sonrisa traviesa.

—¿A qué viene esta conversación sobre el “profesor Lupin”? —preguntó, arqueando una ceja.

Tonks no dudó en responder, con una sonrisa divertida.

—Lupin me estaba contando su época de profesor en Hogwarts. Me estoy documentando.

Sirius soltó una carcajada, encantado con la escena.

—Ah, los profesores legendarios. Imposible olvidarse de ellos, ¿no? —bromeó, mirando a Remus con picardía.

Remus suspiró con resignación, pero en sus ojos brillaba esa paciencia infinita de quien ya está acostumbrado a las pullas de su amigo.

—No creo que fuera para tanto

Tonks, disfrutando de la interacción, añadió, fingiendo seriedad:

—Estoy de acuerdo en que los chicos siguen viéndote como el «profesor ideal». Aunque claro… no me extraña, con esas perlas de sabiduría que sueltas de vez en cuando.

Sirius se inclinó hacia ella, como si compartiera un secreto.

—Sí, eso debe de ser. Aunque, entre tú y yo… no es solo sabiduría. Es ese toque de misterio que siempre le acompaña. ¿Quién puede resistirse a eso?

Lupin negó con la cabeza, sonriendo, mientras bajaban los últimos escalones.

Tonks volvió a fijarse en el tono ámbar de sus ojos, y descubrió que le gustaban más así, cuando se reía con la mirada.

Sirius los tomó a los dos por los hombros, uno a cada lado.

—Venga, vamos a tomarnos una cerveza de mantequilla bien fría, que por tu culpa —dijo, apretando el hombro de la auror— me he quedado sin la mía.

Tonks soltó una carcajada.

—¿Pretendías que me interpusiera entre tú y aquel escupitajo asqueroso para salvar tu bebida?

—No solo lo pretendía… —replicó Sirius, con fingida indignación—. ¡Me lo esperaba completamente!

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NOTA DE AUTORA:

Decidme en comentarios, qué os parece mi teoría del ghoul y los extraños ruidos y susurros en las casas abandonadas muggle.

Os dejo un regalo de Halloween atrasado: He de decir que tengo una escena epílogo en este capítulo. En realidad, el devenir de los acontecimientos era la “batalla contra el ghoul” y justo después la ”escena epílogo”, que era el final que tenía previsto inicialmente… pero luego me vino a la cabeza la conversación sobre “El profesor Lupin” y el final, con Sirius diciendo que esperaba que Tonks se interpusiera entre él y el escupitajo del ghoul ya me sonaba a final de capítulo. Así que eliminé la escena epílogo por ser un “segundo final”… pero me gusta, y no he podido borrarla.

En fin, os la dejo a continuación, a ver qué os parece, qué final de capítulo os convence más… o, como a mí, ¡¡los dos!!

Podéis ver la ilustración del capítulo en mis redes —pasad por Instagram o TikTok.

Os dejo todos mis links aquí:

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EPÍLOGO – segundo final:

Todo había empezado con un comentario de Ginny.

—¿Y qué haremos ahora con el ghoul? —preguntó la chica al cabo de un rato, mirando con cierta lástima a la criatura aún encerrada.

Remus y Sirius se miraron, dubitativos.

—Bueno… no podemos volver a soltarlo aquí. Se atrincheraría en alguna habitación otra vez —refunfuñó Sirius.

—Y tenerlo encerrado no es lo ideal —añadió Remus, pensativo—. Habría que llevarlo a algún sitio…

—Yo conozco el lugar perfecto —intervino Tonks, esbozando una sonrisa traviesa.

………………………….

—¡Pero mamá… ya que hemos asistido…!
—Muy concentrados —añadió George.
—Sí, muy concentrados en la lección sobre los hábitos y costumbres del ghoul. Ahora no podemos perdernos la parte práctica.

—¿Y la parte práctica consiste en ir a soltarlo a una zona industrial muggle, llena de peligros y malhechores? —inquirió la señora Weasley, alzando una ceja.

—Yo también quiero ir, mamá —dijo Ginny, suplicante—. No me dejaste quedarme en la reunión de la Orden cuando todos se quedaron… me lo debes. Además, hace mucho que no tomamos el aire fresco.

Molly la miró con severidad, pero los ojos color caramelo de su hija pequeña eran su debilidad. George se apresuró a intervenir:

—Y yo voy con ella, como buen hermano mayor que soy. Debo asegurarme de que aprovecha la experiencia y está a salvo —dijo con gesto solemne.

En ese preciso instante, una lengua con patas —sospechosamente parecida a la polilla gigante de esa tarde— se posó sobre la cara de la señora Weasley.

Con un rápido movimiento de varita y una mueca de asco, Molly la espantó sin miramientos.

—Fred, acompaña a tu hermana. George, estás castigado.

Desde el tramo superior de la escalera, Lupin y Tonks bajaban cargando la jaula del ghoul. Habían escuchado la escena casi entera.

—¿Castigado por culpa de una broma inofensiva? —murmuró Lupin, con sarcasmo.

—No te metas con la autoridad materna, Remus —replicó Tonks, entre risas — que saldrás escaldado.

………..

Ya de noche, el pequeño grupo salió sigilosamente por la puerta trasera de Grimmauld Place: Tonks, Lupin, Fred y Ginny, escoltando la jaula como si se tratara de una misión súper secreta de La Orden.

El ghoul, aún algo renuente, dejaba escapar algún que otro bramido apagado, como si se quejara del transporte o los transportistas.

Tras cruzar varias calles desiertas, llegaron por fin a la zona industrial donde, hacía apenas unas horas, Tonks había participado en la redada.

Los almacenes abandonados, las vallas oxidadas y las estructuras corroídas formaban un paisaje desolado… y, para un ghoul, probablemente ideal.

Remus se agachó frente a la jaula, observó al ghoul con una leve inclinación de cabeza y abrió el candado con un clic suave.

—Estoy seguro de que encontrarás un rincón cómodo donde vivir —dijo, casi como si se despidiera de un viejo compañero.

El ghoul lo miró durante unos segundos, y luego, con un resoplido desdeñoso, salió de la jaula y se giró hacia Tonks.

—No me mires así —masculló ella—. No fui yo quien decidió sacarte de la casa. de todos modos, mira a tu alrededor. Puedes elegir la morada más afín a tus gustos, sin duda, exquisitos – añadió con sorna.

Lupin se mordió una sonrisa. El ghoul soltó un bufido ofendido y, sin más, se adentró en la oscuridad, fundiéndose con las sombras metálicas del lugar.

El profesor se enderezó y miró a los chicos.

—Probablemente se asentará en algún almacén o caseta vacía —reflexionó—. Y por las noches hará tronar las paredes y gruñir las tuberías. Los muggles empezarán a inventar historias… leyendas urbanas. Apostaría a que más de una expedición de niños se acercará a investigar.

El perfecto Halloween muggle —murmuró Fred, con una sonrisa.

Ginny asintió, divertida.

Tonks miró a Remus, aún con esa sonrisa suya a medio camino entre la ternura y la ironía. Había algo en su manera tranquila de preocuparse, cuidar… incluso de buscarle un lugar incluso a una criatura marginal que le parecía profundamente suyo. Y tierno.

No pudo evitar reír por lo bajo.

Lupin la miró, curioso.

Ella alzó el rostro hacia él, con un brillo juguetón bailando en los ojos.

—¿Sabes que eres insoportablemente adorable a veces? —dijo, con sorna — A veces no sé si abrazarte o darte una colleja. No he decidido cuál.

—¿Eso es un cumplido? —replicó él, alzando una ceja con humor.

—No te acostumbres —dijo ella, dándole un codazo suave.

Ginny, que llevaba un rato observando de reojo a los dos mayores, se giró hacia su hermano.

Fred, que parecía pensar lo mismo, se llevó dos dedos a la boca y fingió una arcada silenciosa.

Ginny contuvo una risita.

—Qué raros son los adultos.

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