El salvador de los oprimidos por la literatura
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NOTA DE AUTORA:
¡Buenos días a todos!
Asumiendo que habéis ido leyendo HP y La Orden del Fénix a la vez que el fanfic, ahora os tocaría leer el resto del capítulo 7 y el 8 entero, que es la vista oral.
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HP capítulo 9: Desde el inicio hasta que Harry llega a Grimmauld Place y la señora Weasley ruge, por tercera o cuarta vez, a Ginny, Fred y George que se callen. Y a partir de aquí, ¡ya sigo yo!
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Desde la vista oral, el ambiente en Grimmauld Place había cambiado radicalmente.
Harry estaba de mejor humor, mucho más ligero, dado que al fin se había quitado un peso de encima.
Participaba en las tareas de limpieza con una energía inesperada, a veces incluso bromeando, y eso bastaba para que el resto respirara con más calma.
Molly Weasley lo había comentado en voz baja a su marido, mientras doblaba servilletas con ese gesto suyo tan maternal:
—Hace mucho que no le veía sonreír así.
Y no era solo Harry.
El alivio se percibía en todos.
La resolución de la vista había traído consigo una sensación de tregua, de que, al menos por ahora, Dumbledore seguía teniendo la sartén por el mango.
Incluso la casa parecía haberse rendido un poco.
El viejo 12 de Grimmauld Place, que hasta entonces había resistido ferozmente a sus nuevos inquilinos, empezaba a ceder terreno.
Las sombras ya no parecían tan densas, las ventanas dejaban pasar algo más de luz —aunque nadie recordara haberlas limpiado— y los retratos vociferaban con menos ímpetu. Era como si la mansión, a regañadientes, comenzara a admitir que no podía ganarles la batalla.
Tonks, por su parte, pasaba por el cuartel casi todas las tardes.
A veces traía informes o asistía a reuniones de la Orden; otras, simplemente se dejaba caer para charlar, echar una mano con la limpieza o compartir un rato con los demás.
Le gustaba el ambiente de la casa: las conversaciones con Molly, las bromas interminables de los gemelos, la presencia reconfortante de Sirius, los cotilleos con Ginny y Hermione.
Sin embargo —aunque no lo reconociera—, sus ojos solían buscar los de Remus Lupin.
Fuera en una sala atestada o al doblar un pasillo, había en ella una especie de expectativa muda, una pequeña ilusión que crecía con cada visita, cada mirada y cada sonrisa. Y es que su compañero comenzaba a estar más presente en sus pensamientos de lo que ella estaba dispuesta a admitir.
Pero alguien más estaba decidido a intervenir en su vida social.
Molly Weasley parecía encantada con la presencia de Tonks, con su carácter abierto, su humor chispeante y su actitud positiva Pero lo que realmente iluminaba el rostro de la señora Weasley era la posibilidad de que su hijo mayor, Bill, encontrara en Tonks algo más que una simple conversación.
Estaba claro que Molly no había olvidado las confesiones de Tonks sobre su deseo de encontrar el amor, y algo le decía que su hijo mayor y la joven auror formarían una pareja ideal.
Tonks lo había notado desde hacía un tiempo: Cada vez que aparecía por Grimmauld Place, Molly encontraba alguna excusa para sentarla junto a Bill o sugerirles actividades compartidas con una inocencia demasiado ensayada. Comentarios sobre «lo bonito que estaba el día para un paseo» o lo «el punto de vista tan interesante con que Tonks hablaba de tal asunto» se habían vuelto parte de su repertorio habitual.
Aquella tarde, durante la merienda, la situación alcanzó un nuevo nivel.
En un momento de silencio tranquilo, Molly dejó caer la cucharilla del té con un estrépito innecesario. Entonces se encogió de hombros con una sonrisa que Tonks ya conocía demasiado bien y se inclinó ligeramente hacia su hijo mayor.
—Vaya, Bill, ¿no crees que hace un día perfecto para dar un paseo por el campo? —dijo con un entusiasmo cuidadosamente calculado—. Tonks ha estado tan ocupada con su trabajo últimamente, seguro que un poco de aire fresco le vendría bien. Podrías acompañarla, ¿no te parece?
Tonks, que acababa de acomodar su taza en el platillo, contuvo una sonrisa, anticipando la reacción de Bill. Él levantó la vista de una carta que había estado leyendo y miró a Tonks poniendo los ojos en blanco, con una mezcla de complicidad y resignación.
—No creo que sea necesario, mamá —respondió él con amabilidad ensayada, girándose hacia Tonks para incluirla en su salida diplomática—. Tonks, ¿tu té está bien o necesitas más azúcar?
Tonks le devolvió la sonrisa, esta vez genuina pero también apresurada, como quien busca cortar el asunto de raíz.
—Perfecto, gracias, Bill. —Y añadió con tono ligero—. La verdad es que adoro el aire libre, pero suelo preferir ir sola.
Molly exhaló un suspiro apenas audible y, frustrada, cruzó los brazos, lanzándoles una mirada que parecía decir no puedo hacer más. Acto seguido, comenzó a farfullar algo entre dientes mientras se dirigía a la alacena, lo cual hizo que Tonks arqueara una ceja con diversión.
Bill se levantó con calma, ajustándose la coleta como si nada hubiera pasado, y se acercó a la auror con una sonrisa cómplice.
—Debo irme. Nos vemos luego, Tonks.
—Claro, Bill —respondió ella, igualmente divertida—. Hasta luego.
Tonks observó cómo Bill salía de la cocina con aquella calma característica, escuchando el suave crujir del suelo bajo sus botas.
La calma despreocupada del chico era casi contagiosa, pero apenas desapareció tras la puerta, el inconfundible sonido de Molly Weasley trasteando con las ollas la devolvió a la realidad. Tonks sonrió para sí, imaginándola con el ceño fruncido y las manos firmemente plantadas en las caderas, como si aquel gesto pudiera doblegar el destino de su hijo mayor.
Era evidente que Bill tenía a alguien en mente, y Tonks no necesitaba ser auror para deducir que se trataba de alguien de su entorno laboral. Al parecer, la afortunada no solo tenía el terreno allanado, sino que Bill tampoco hacía grandes esfuerzos por ocultarlo; era difícil no notar cómo se le iluminaba el rostro cada vez que mencionaba el trabajo.
De todas formas, Tonks no podía culpar a Molly por sus intentos. La situación, aunque un tanto incómoda, le resultaba más entrañable que molesta.
Al fin y al cabo, como bien había dicho Remus, Molly solo quería ver felices a los suyos, incluso si, esta vez, su intervención no daba resultado. Y de alguna manera, se sentía halagada de ver que la señora Weasley la considerara una buena pareja para un hijo suyo.
Tonks rió en voz baja y negó con la cabeza, divertida ante la idea.
Aun sonriendo, se incorporó con un leve suspiro y se dirigió hacia la puerta, abandonando el calor de la cocina.
Al descender las escaleras hacia el subterráneo, donde se encontraba la biblioteca, empezó a oír risas apagadas, un par de exclamaciones indignadas —¿¡Fred, eso era un hechizo de descompresión o de combustión!?— y algún que otro golpe seco.
Tonks alzó una ceja, ya anticipando el caos que habría ahí abajo.
Fue entonces cuando notó algo extraño: un leve movimiento en el rabillo del ojo.
Al girarse, creyó ver un gato… o más bien, un retrato de un gato, que saltaba ágilmente de marco en marco, siguiendo su avance por el pasillo como si jugara a espiarla.
Se detuvo un momento. El felino, pintado con un pelaje oscuro y ojos casi humanos, se hacía el desentendido, lamiéndose una pata con aire inocente.
Sonrió con sorna.
—Otro de los interminables misterios de la muy noble y ancestral casa Black —murmuró para sí.
Pero, al menos, no venía acompañado de esa incómoda y angustiosa sensación de opresión que le había causado la casa al principio.
Suspiró, y siguió su camino.
Tras ella, el gato bostezó y se deslizó con elegancia al siguiente cuadro, desapareciendo justo cuando ella empujaba la pesada puerta de la biblioteca.
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La desinfección de la biblioteca de Grimmauld Place seguía su curso, ahora con la inestimable —y ligeramente temeraria— colaboración de Fred y George Weasley.
Sirius, Lupin y Tonks ya habían apartado los libros más sospechosos de intentar estrangular, envenenar o poseer a alguien. Solo les quedaba por revisar la parte del fondo de la sala: la más oscura, la más polvorienta, y, por supuesto, la más potencialmente letal.
Mientras tanto, los gemelos, bajo la estricta comandancia del sargento Molly Weasley, se encargaban de limpiar las estanterías ya revisadas.
La presencia de los gemelos Weasley en la biblioteca era tan caótica como cabría esperar. Entre libro y libro que examinaba, Tonks no podía evitar distraerse con sus susurros y risitas.
Cada pocos minutos, encontraban algún tomo «inofensivo» que, según ellos, merecía una inspección más detallada.
—Eh, George, ¿crees que este libro nos maldeciría si lo usamos como manual para nuestras bromas? —preguntó Fred, sosteniendo un volumen polvoriento que a sus ojos parecía titularse “Hechizos para arruinarle el día a tu enemigo”.
—Mmm… No sé, me tienta. Pero puede que nos falten voluntarios.
—Voluntarios no, lo que sobra es ética. Ginny siempre dice que Ron haría cualquier cosa por un galeón.
Ambos rieron por lo bajo, hasta que la puerta de la biblioteca se abrió y Molly asomó la cabeza.
En una sincronización tan perfecta que rozaba la telepatía, los gemelos se pusieron a trabajar como si fueran los empleados del mes de Flourish & Blotts, frotando estanterías con tanta energía que hacía temblar los cimientos de la antigua biblioteca.
Sirius soltó una carcajada y Lupin negó con la cabeza, sin alzar la vista de los libros.
—Debería aprender de esa indiferencia —murmuró Tonks—. Me serviría para cuando Dawlish me echa la bronca en el curro.
Sirius le guiñó un ojo.
—Lo que necesitas es aprender a poner cara de santo.
—¿Cómo la tuya?
—Exacto —respondió él con absoluta desfachatez.
Tonks puso los ojos en blanco y se volvió hacia la estantería.
Se estiró para alcanzar un tomo especialmente empolvado de la balda de más arriba.
En cuanto lo sacó de su sitio, un crujido reverberó por la biblioteca.
El aire pareció cargarse de electricidad justo antes de que los libros explotaran en una ráfaga de movimiento. Como si hubieran despertado de un largo letargo con sed de venganza, los volúmenes se arremolinaron en el aire y se lanzaron sobre Tonks con una velocidad espeluznante.
—¡AH! —gritó, tropezando hacia atrás.
—¡El conocimiento ataca! —exclamó Fred con dramatismo.
—¡Es una emboscada literaria! —añadió George, agachándose justo cuando un diccionario de latín pasó zumbando por encima de su cabeza.
Los libros no solo atacaban, parecían tener un plan.
Mientras unos golpeaban con sus tapas, otros se abrían y se aferraban a su cabello o a su ropa. Un tomo especialmente horrible, titulado “Bestiario de las Criaturas Peligrosas”, se cerró con un chasquido alrededor de su brazo.
—¡Lupin, Sirius, haced algo antes de que me convierta en una enciclopedia con patas! —rugió Tonks, mientras otros libros intentaban enredarse en sus piernas.
Sirius y Remus ya habían sacado sus varitas.
—¡Depulso! —bramó Sirius, lanzando un libro particularmente agresivo contra la pared, donde rebotó con un ¡Paf! y cayó al suelo como un pájaro aturdido.
—¡Protego! —Remus conjuró un escudo justo a tiempo para desviar una ráfaga de manuales que se dirigieron hacia él, Fred y George.
La biblioteca se convirtió en un campo de batalla de papel y cuero. Tonks forcejeaba con el bestiario aún enganchado a su brazo, mientras esquivaba volúmenes que volaban como bandadas furiosas.
—¡No puedo creer que estemos luchando contra libros! —bufó Sirius.
—Se nota que nunca fuiste un lector aplicado —respondió Lupin, mientras alzaba la varita de nuevo —. Finite Incantatem.
La magia se expandió como una onda, y, de pronto, todos los libros cayeron de golpe al suelo.
El silencio volvió, interrumpido solo por el sonido sordo de páginas y tapas aterrizando.
Tonks yacía de espaldas en medio del desastre, despeinada, con trozos de pergamino pegados a la cara y el Bestiario aún colgando de su brazo.
Resopló, apartándose un folio que le cubría un ojo.
—Bueno —murmuró—. Al menos ahora tengo la cabeza llena de conocimientos. Kingsley no podrá decir que no estudio.
Sirius soltó una carcajada y le tendió la mano para levantarla mientras Fred y George rompían en aplausos, encantados con el espectáculo.
—No te preocupes —dijo Sirius con una sonrisa burlona—. Seguro que los libros te invitan a repasar con ellos cuando quieras.
Tonks le lanzó una mueca.
A su alrededor, la biblioteca estaba hecha un desastre: polvo, libros abiertos, sillas patas arriba, cuadros caídos, ella del revés… pero por primera vez, sin magia oscura acechando en cada rincón.
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Lo único bueno de aquel ataque… era que había sido el último.
Después de incontables encantamientos de limpieza, exorcismos improvisados y alguna que otra batalla campal contra muebles con malas pulgas, la casa por fin estaba libre de amenazas mágicas.
Para celebrar la victoria, Molly Weasley había decidido preparar un banquete.
La cocina olía a galletas recién horneadas.
El fuego chisporroteaba alegremente, y sobre la mesa se acumulaban tazas de té, platos de bollos y una montaña de dulces, esperando a los hambrientos vencedores.
Tonks entró arrastrando los pies y se dejó caer dramáticamente en una silla, como si acabara de regresar de la guerra. Por supuesto, su pequeño accidente ya era conocido por toda la Orden.
Y no iba a desaprovechar su momento de gloria.
Se llevó una mano a la frente con dramatismo, a la vez que miraba hacia Arthur Weasley, a su lado.
—Nunca olvidaré lo que he vivido ahí dentro… —murmuró, llevándose una mano a la frente—. Tomos que susurraban amenazas, enciclopedias vengativas… Y lo peor —añadió con tono lúgubre—, un diccionario que me corregía la gramática mientras intentaba estrangularme.
Él, que ya estaba acomodado con una taza de té, le ofreció una galleta con una sonrisa.
—Anda, valiente soldado. Te lo has ganado.
Tonks resopló, llevándose la galleta a la boca con aire de mártir.
—Gracias —respondió la auror —. Al menos he conseguido escapar sin que me transformaran en una enciclopedia con patas.
Arthur sonrió a la vez que Fred – o George – se asomaba en la conversación con una expresión traviesa.
—Tonks… —empezó
—Nos gusta cómo piensas —terminó el otro gemelo, dándole una palmada en el hombro.
Sirius, con una mezcla de resignación y diversión, suspiró y se volvió a llevar la jarra a los labios.
—Espero que nadie en el Ministerio se entere de que estás inspirando a estos dos.
—¡Eh! ¡No es culpa mía! —protestó Tonks, pero Fred y George ya discutían sobre títulos de posibles tomos animados que perseguían a sus víctimas citando fragmentos de “Historia de la Magia” imitando la monótona voz del profesor Binns.
Sirius aún reía entre sorbos de su bebida cuando Bill se inclinó hacia Tonks con una sonrisa ladeada.
—No te preocupes —dijo en tono tranquilizador—, sobreviviste a la Gran Batalla contra el Ejército de Los Libros Insurgentes. Estoy seguro de que pronto te darán una medalla. Con ceremonia oficial y todo. Tal vez hasta OjoLoco te la entregue en persona.
Tonks rodó los ojos con exageración.
—¡Oh, no, Ojoloco! —exclamó llevándose teatralmente una mano al pecho, como si fuera a desmayarse—. Seguro que, en cuanto se entere, me dará otro de sus discursos inspiradores sobre la importancia de la vigilancia permanente… ¡hasta con los separadores de libros!
Dicho esto, su ojo izquierdo cambió de forma, imitando a la perfección el ojo mágico de Moody girando frenéticamente en todas direcciones. Ginny soltó una carcajada.
Bill asintió con fingida gravedad.
—Nunca se sabe. Puede que uno de ellos esté espiándonos en este mismo momento.
Tonks fingió observar con horror la estantería más cercana, entrecerrando los ojos con suspicacia, antes de resoplar y lanzarle un trozo de galleta a Bill, quien lo esquivó con una risa.
Mientras tanto, Arthur masticaba galletas con aire de satisfacción, disfrutando del caos a su alrededor. Fred y George tramaban nuevas ideas entre risitas y Sirius, que bebía cerveza de mantequilla, conversaba animadamente con Harry, Ron y Hermione.
Desde su rincón de la sala, con la taza de té entibiándole las manos, Remus observaba la escena con una media sonrisa. Aquel bullicio le resultaba reconfortante, pero se daba cuenta de que su atención se desviaba hacia Tonks.
La miraba con una mezcla de asombro y ternura silenciosa.
Era como si esa energía suya —su risa cantarina, sus movimientos ligeros y su permanente buen humor — le resultara tan ajena como fascinante. En un sitio como aquel, donde cada objeto parecía arrastrar una historia oscura y desgraciada, ella era una nota discordante. Un estallido de color, de vida, de algo que no debería estar allí y, sin embargo, encajaba.
Tonks, con su cabello rosa, su voz alta y clara, y su eterno buen humor.
Remus apartó la vista, removiendo su té con fingido interés.
Sabía que no debía mirarla tanto, pero cada vez que intentaba distraerse con otra cosa, fracasaba rotundamente.
Lo que le desconcertaba no era la atención que le prestaba, sino la facilidad con la que Tonks se había colado en su día a día.
Él siempre había construido su vida sobre la soledad, sobre la idea de que era mejor para todos si él permanecía al margen. Se había acostumbrado a la barrera invisible que mantenía al mundo a raya. Era más fácil así. Más seguro.
Pero Tonks… Tonks no entendía de barreras.
De alguna manera, ella había conseguido acercarse más de lo que nadie había logrado en mucho tiempo, y lo había hecho sin esfuerzo aparente, con una naturalidad tan arrolladora que le costaba de asimilar.
Y lo peor—o quizás lo mejor—era que, aunque una parte de él gritaba que debía alejarse, otra, cada vez más grande, no quería hacerlo.
Al contrario.
Quería permitirlo.
Quería dejarla entrar y permitir que pusiera su vida patas arriba con su desparpajo habitual y esa sonrisa que ya empezaba a conocer demasiado bien.
No sabía qué le ocurría.
Quizá era porque ella era todo lo opuesto a él: joven donde él, aunque no era tan mayor, se sentía viejo, vivaz donde él siempre estaba cansado y parecía enfermo, colorida y alegre donde él solo conocía lo gris y lo lúgubre, el silencio y la soledad. Era como si sus dos personalidades chocaran en un contraste tan abrumador como magnético.
Y en momentos como aquél, se permitía preguntarse: ¿Qué habría sido de él si no le hubiera mordido el licántropo?¿Qué habría sido de él si hubiese crecido sin esa sombra oscura nublando su cabeza?
¿Tal vez entonces las personas le verían como él veía Tonks en ese momento?¿Habría sido tan vivaz y alborotado como ella?
¿Tan atrevido y confiado como James o Sirius?
¿O tan travieso y bromista como los gemelos Weasley?
A veces, cuando miraba a Tonks, sentía una extraña mezcla de admiración y, por qué esconderlo, cierta envidia.
Admiraba su capacidad de ser feliz, de no dejar que el mundo la aplastara, de no permitir que las sombras de la vida se apoderaran de su personalidad. Envidiaba su habilidad para ser siempre tan positiva, tan abierta, tan… tan completa.
Tonks levantó la vista en ese momento, atrapándolo en su escrutinio.
Su sonrisa surgió con la calidez de siempre antes de volver a su conversación, como si fuera lo más natural del mundo. Remus desvió la mirada, incómodo, como si el solo hecho de que lo viera pudiera exponer lo que estaba pensando en ese momento.
Era absurdo imaginar posibilidades, absurdo pensar en lo que podría haber sido si su vida hubiera tomado otro camino.
No podía huir de lo que era.
La maldición estaba grabada en su piel, en su sangre. Era parte de él, le gustara o no.
Se preguntaba si aquel hombre lobo que vivía dentro de él había moldeado su carácter, apagando la chispa que alguna vez podría haber existido. O quizás siempre había sido así, un alma seria y melancólica por naturaleza. De todos modos, nunca lo sabría.
Además, por encima de todo, se preguntaba otra cosa: ¿Habría sido feliz? ¿Tal vez ahora estaría casado, con una esposa alegre que le preparara deliciosas comidas, calentara su lecho, y le hubiera dado tantos hijos como cabezas pelirrojas podía contar en la sala?
Y cuando se daba cuenta del viaje que estaba dando su mente, se recordaba lo que era. Y recuperaba su expresión lúgubre y taciturna de siempre.
Remus suspiró y cerró los ojos un instante, intentando ahuyentar aquellos pensamientos que siempre volvían a él cuando menos lo deseaba.
No servía de nada pensar en lo que podría haber sido, en vidas que nunca tendría. Y, sin embargo, a veces, no podía evitarlo.
Pero entonces, antes de que pudiera seguir hundiéndose en su propio ensimismamiento, una presencia a su lado lo sacó de golpe de su cavilación.
—Menos mal que me has salvado de los libros, Lupin —canturreó Tonks, dejándose caer en el sillón junto a él—. Si no, ¿qué habría sido de mí?
Remus entreabrió los ojos y le dedicó una mirada inquisitiva, aunque no pudo evitar esbozar una leve sonrisa.
—No estoy seguro de que necesitases rescate. Parecías estar manejando la situación… más o menos.
—No me subestimes —respondió ella con picardía, apoyando el codo en el respaldo del sillón y mirándolo con diversión—. He enfrentado muchas cosas en mi vida, pero una tarde entera sumergida en textos viejos… eso es otro nivel.
Una oleada de carcajadas llenó el silencio. Remus la miró de reojo, entre divertido y cauteloso.
—Estaban a punto de devorarme. O peor, de aburrirme hasta la muerte. Pero nuestro querido Lupin aquí presente acudió a mi rescate.
Fred y George, incapaces de contenerse, le siguieron el juego.
—¡Qué valiente! —exclamó Fred, llevándose teatralmente una mano al pecho.
—¡Qué heroico! —añadió George, con fingida emoción
—¡El salvador de los oprimidos por la literatura! —comentó Arthur Weasley, que, cuando los gemelos se envalentonaban, encontraba casi imposible no sumarse a su entusiasmo.
—Menos mal que tenemos a Sir Remus Lupin, nuestro brillante caballero de reluciente armadura —se burló Sirius, sirviendo más cerveza en los vasos con una sonrisa pícara.
Remus puso los ojos en blanco, aunque el calor de la camaradería le hizo sentir menos incómodo de lo que esperaba.
—No exageréis.
—¡Exagerar es nuestro segundo apellido! —dijeron Fred y George al unísono, lo que volvió a ganarse las risas del público.
Lupin se acomodó en el sillón y acercó la cabeza hacia Tonks, que, con una expresión traviesa, no le quitaba ojo de encima.
—Y, aunque no necesitaras que te rescatara… ¿Qué compensación me corresponde por semejante hazaña? —preguntó en voz baja, con fingida gravedad.
Ella se llevó una mano al mentón, como si lo meditara profundamente.
—Mmm… te concedo el privilegio de mi compañía, que vale su peso en oro—respondió, con una sonrisa que le encendía los ojos—. Y un brindis.
Remus abrió la boca para protestar, pero ya era demasiado tarde.
—¡Propongo un brindis! —exclamó Tonks, poniéndose en pie con solemnidad y alzando su vaso de cerveza de mantequilla—. Por el exprofesor Lupin, el actual héroe de Grimmauld Place 12.
—¡Por Lupin! —corearon todos, levantando sus vasos con entusiasmo.
Remus se cubrió la cara con una mano, soltando un suspiro de resignación.
Pero cuando bajó la mano, una sonrisa—pequeña, pero genuina—se dibujó en su rostro.
Tonks sonrió con satisfacción, como si supiera que, poco a poco, estaba consiguiendo lo que quería: hacer que Remus saliera de su escondite. De sus muros.
Y por un instante, él se preguntó si realmente le molestaba tanto la idea.
Allí estaba ella con su cercanía, su energía y su honesta manera de ser, traspasando con facilidad las barreras que él había levantado con tanto cuidado.
Era como si Tonks no supiera lo que hacía, o como si, sabiéndolo, decidiera que le daba igual.
Y esa facilidad, esa naturalidad con la que ella conseguía arrancarle de las sombras que siempre se lo comían, de esas paredes donde se había acostumbrado a vivir, le asustaba.
Pero a la vez, le gustaba más de lo que quería admitir.

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NOTA DE AUTORA:
Bueno, hoy os dejo un capítulo cortito y del estilo slice of life, pero es que si continuaba, me quedaba demasiado largo y se hacía pesado. Espero que os parezca bien así. Intentaré colgar el siguiente relativamente rápido (en cuanto acabe de traducirlo al inglés, que claramente, es mi kryptonita…).
Me gusta mucho el escenario de Grimmauld Place, creo que ya os habréis dado cuenta. Es un escenario totalmente infrautilizado tanto en los libros como en las películas. Sobre todo, en las películas. De todos modos, entiendo que Rowling quisiera tirar por la tangente porque es un libro largo y Harry tiene mucha traca en esta historia. Pero lo dicho, no me quejo. Solo lo menciono. Y lo uso a mi favor.
Espero que os vaya gustando la historia tal cual la voy engranando. Creo que la gracia precisamente de Tonks y Lupin es que son muy lentos a la hora de darse cuenta de la química entre ellos. Y eso me gusta. Ade`más, ya veis que me gusta recrearme en armar lore. Es un universo que da para mucho, y os aseguro que los vamos a seguir aprovechando.
Podéis ver la ilustración del capítulo en mis redes —pasad por Instagram, TikTok o Tumblr.
Os dejo todos mis links aquí:
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