Azkaban
Las puertas metálicas de uno de los ascensores del Ministerio se cerraron con un crujido pesado detrás de Alastor Moody, que avanzaba renqueando por el pasillo alfombrado que conducía al ala de Defensa Mágica con su paso desigual pero decidido.
El bastón golpeaba el suelo con un ritmo que imponía respeto, y su capa arrastraba una estela de humedad del aguacero que caía en Londres. Su ojo mágico giraba con inquietud dentro de la órbita, registrando a todos los presentes incluso antes de que ellos se dieran cuenta de que él estaba allí.
Había oído rumores, y tenía una idea.
Una corazonada, quizás… pero de las que solían llevarlo por el camino correcto.
Atravesó la puerta del Departamento de Aurores sin saludar a nadie.
Cuando llegó a la puerta del despacho de Dawlish, no se molestó en llamar: la abrió de un empujón seco con el bastón y entró como una tormenta.
El auror, impecable como siempre, apenas alzó una ceja.
“¿Quién podía ser?” se preguntó con sarcasmo.
—Alastor —dijo, intentando fingir sorpresa—. Qué honor.
Moody no respondió.
Se plantó frente al escritorio, cruzó los brazos y le clavó ambos ojos.
—¿Qué me puedes decir sobre los últimos movimientos de los imitadores de mortífagos?
Dawlish frunció el ceño, apenas perceptiblemente.
—Todo lo que sepas — insistió Moody.
Aunque le disgustaba su teatralidad, Dawlish no podía negar que el viejo auror imponía. A su manera, seguía siendo un referente.
Se tomó unos segundos antes de responder, como si organizara los datos mentalmente. Después juntó los dedos delante de su barbilla y empezó.
—Desde la Copa Mundial de Quidditch ha habido un aumento notable de actividad. Pero, aunque los que sembraron el caos en la copa fueran mortífagos, estos que te digo, no lo son.
Hizo una breve pausa, dejando que sus palabras se asentaran.
—Son críos. Copiones. Grupos de magos y brujas que se disfrazan, lanzan Maldiciones Imperdonables mal hechas, destrozan jardines. El vandalismo de siempre, pero disfrazado con máscaras y capas de mortífagos.
Moody no dijo nada.
Su ojo mágico dio una vuelta completa, un gesto que siempre incomodaba a Dawlish. Más bien le repugnaba. Desvió la mirada antes de seguir.
—Aunque… últimamente la cosa ha cambiado. Ya no son cuatro idiotas haciendo pintadas. Empiezan a parecer organizados. Más rápidos, más conectados. Ya no se conforman con asustar. Amenazan, roban… y luego venden lo que consiguen en el mercado negro. Varitas, ingredientes de difícil acceso, artefactos prohibidos. Cada vez más. Aprovechan el miedo para hacer negocio.
Moody entrecerró el ojo natural.
—¿Y?
—Recibimos un aviso en una zona residencial al norte. Amenazas anónimas, símbolos en las paredes, una señora mayor que juraba que su gato hablaba con voz humana. Estuvimos haciendo guardia varias noches. Finalmente, en una redada, conseguimos atrapar a tres chavales.
Se detuvo un segundo.
—Dos de ellos tenían antecedentes menores. Allanamientos, hurtos, lo típico. Los interrogamos hace un par de días.
—¿Y qué soltaron?
—Nada sólido. Dicen que no actuaban solos, pero se contradecían todo el tiempo. Un par de nombres sueltos, frases inconexas. Parece que siguen alguna especie de jerarquía, pero nadie admitió nada concreto. Los dejamos en libertad bajo vigilancia mágica.
Moody lo miraba en silencio, expectante. Dawlish chascó la lengua
—El tercero es otra cosa. Se hace llamar “Kaleg”, aunque su nombre real es Trevor Fenwick. Tiene antecedentes por extorsión y violencia con magia agravada. Estuvo implicado en un caso de chantaje a una familia de sangre limpia en 1992, y se le relacionó con un grupo radical en Knockturn. Nunca pudimos demostrar nada, pero ya estaba en el radar.
Moody gruñó, apenas audible.
—A ese lo enviamos directamente a Azkaban. Solo de forma preventiva —añadió Dawlish, anticipándose a la objeción—. Quiero ver si el frío y los dementores le sueltan la lengua. Estoy convencido de que sabe más de lo que dice.
Moody inspiró hondo, muy despacio.
—¿Tienes idea de lo que hay detrás de todo esto?
Dawlish soltó una breve risa, sin humor, y apoyó los codos sobre el escritorio.
—Sí —respondió, con una sonrisa contenida—. Pánico.
Se levantó para ponerse a la altura de Moody
—La gente está tan desesperada con la nueva actividad delictiva que ven mortífagos en cada sombra. Pero como te digo, no lo son.
Moody no dijo nada, pero su ojo mágico se clavó en él como si pudiera desollarle el alma.
Dawlish lo notó, pero no se dejó achantar. En su lugar, entrecerró los ojos, devolviendo una mirada igual de fulminante al veterano.
—Mira, Alastor —añadió con voz controlada—. Sé que crees que el Señor Tenebroso ha vuelto. Tú, Dumbledore, Potter… toda esa línea de pensamiento. Que lo del chico de Diggory no fue un accidente. Pero los hechos dicen otra cosa. Nadie lo ha visto. No hay cadáveres, no hay marcas tenebrosas. Solo un chico traumatizado tras un torneo brutal, un Ministerio deseando calmar los ánimos, un grupo de rateros que se aprovechan del momento y la prensa, como siempre, hambrienta de sangre.
Moody se mantenía inmóvil, con la mandíbula tensa.
—No hay Lord Voldemort —continuó Dawlish—. Solo paranoia y oportunismo. Esto empezó con el susto del Mundial. Desde entonces, los imitadores se han multiplicado. Pero eso no los convierte en mortífagos. Solo en delincuentes.
—Y aun así… algo me huele mal —dijo Moody en voz baja, como si hablara más consigo mismo que con Dawlish.
—Siempre te huele mal todo —replicó Dawlish, dejando caer la espalda contra el respaldo de la silla, cansado del mismo debate de siempre.
Moody se giró hacia la puerta, sin molestarse en despedirse.
Dio un paso y luego otro, ayudándose con el bastón. Al llegar al umbral, habló sin mirar atrás:
—Iré a interrogarle.
Dawlish no respondió. Asintió apenas, con un gesto tenso.
“Lo que tú digas, Alastor”, pensó con irritación. “Haz lo que te dé la gana. Como siempre.”
Y la puerta se cerró tras él con un golpe seco.
Moody salió del despacho con la misma energía con la que había entrado.
Cruzó la oficina sin detenerse, esquivando escritorios, montones de informes y aurores despistados.
Al llegar a la zona de descanso, el ambiente cambió.
El olor a café recién hecho y galletas de vainilla flotaba en el aire, y por un instante, la escena parecía sacada de una cafetería cualquiera. Tonks y Kingsley estaban sentados junto a una pequeña mesa redonda, compartiendo una charla distendida.
Moody se plantó frente a ellos, igual que había hecho frente a Dawlish. Como una tormenta.
—Chica —gruñó, con ese tono seco que no admitía bromas—. Tenemos que hablar.
Tonks alzó la mirada y parpadeó, sintiendo como la calma de la sala de descanso se disipaba.
Buscó la mirada de Kingsley, que le devolvió una expresión seria, distinta de la que tenía segundos antes.
—¿Qué pasa? —preguntó Tonks, incorporándose de inmediato con un gesto automático—. ¿He vuelto a dejar huellas de barro por toda la oficina?
Intentó sonar ligera, pero la tensión en su voz la traicionaba.
Moody no se molestó en responder con humor.
—Algo peor —dijo simplemente—. Prepárate.
Hizo una pausa.
—Vamos a Azkaban.
El silencio que siguió fue tan denso como una celda sin ventanas.
…………………………………………………………………………………………………………………
Tonks sintió un escalofrío apenas sus botas pisaron la roca húmeda y resbaladiza.
Una cortina de lluvia fina y cortante les golpeó el rostro como una advertencia muda de lo que les esperaba.
Alzó la vista.
Y allí estaba.
Azkaban.
Se alzaba en la lejanía, coronando un peñón desolado, como un coloso de piedra ennegrecida, muros sólidos hendidos por grietas y recovecos que no parecían hechos para contener la libertad, sino para albergar sombras eternas.
Una bruma espesa y mortecina la envolvía, como un aura espectral, un aliento que no pertenecía a este mundo.
Y es que no era solo la niebla del Mar del Norte. Aquello no tenía nada de natural. Era un velo pegajoso, sucio, que parecía rezumar de entre las rocas, el suelo y las entrañas mismas de la prisión.
Y entre esa la niebla, los vio.
Los dementores.
Flotaban en la oscuridad, con sus capas negras azotadas por fiero viento, succionando cualquier atisbo de calidez, esperanza o felicidad en el aire.
Silenciosos. Inmortales. Y siempre expectantes.
La única forma—al menos, la única segura—de llegar a Azkaban era mediante aparición.
Había una zona específica destinada a ello.
Una pequeña construcción de cemento junto al mar, baja y tosca, que recordaba vagamente a un puerto. Aunque allí no atracaban barcos.
También había una caseta, fea, pequeña, poco más que cuatro paredes y un techo. Tonks sospechaba que servía para guarecerse unos minutos, si la lluvia arreciaba con fuerza, antes de marcharse de nuevo, antes de desaparecerse, destino a cualquier otro lugar.
Era el único punto donde los magos podían materializarse sin correr el riesgo de acabar atrapados en aquella maldición etérea que envolvía la fortaleza. Porque aquella niebla no era solo un fenómeno natural o antinatural, ni siquiera una barrera.
Era una trampa mortal, sin forma, sin piedad. Y sin escapatoria.
Justo al lado, una playa angosta de rocas oscuras, castigadas por el fuerte oleaje y cubiertas de algas viscosas, se extendía hasta el punto en que comenzaban a alzarse los acantilados del peñón y el sendero retorcido que conducía hacia la entrada del bastión.
—Bienvenida al paraíso —gruñó Moody, ajustándose la capa antes de ponerse en marcha.
Ella no respondió. No podía, pero tampoco habría sabido qué decir.
La sensación de aquel lugar era peor de lo que recordaba.
Como aprendiz, había estado allí un par de veces con otros cadetes, pero entonces la experiencia había sido distinta. Siempre había alguien que rompía a llorar. Otro que se desmayaba sin previo aviso. Y no era para menos.
Ahora, sin embargo, no tenía el lujo de tambalearse. Ni apartar la mirada.
Ahora estaba allí en misión oficial.
Seguía de cerca a Moody, que avanzaba cojeando, apoyado en su fiel bastón que golpeaba el camino de piedra mojada con el mismo ritmo seco y constante.
Frente a ellos, la prisión abría su entrada, que no era más que una grieta en la montaña.
Cruzaron el umbral.
Y la noche los tragó.
No había luna. No había estrellas.
El aire apestaba a humedad y moho, a piedra antigua y desesperación rancia.
El frío no era una sensación. Era una presencia casi tangible que se clavaba como cuchillas en su piel y calaba hasta los huesos.
A cada paso, la oscuridad se volvía más densa.
Tonks alzó la mirada y no vio el techo. No supo si era por la altura o porque la negrura, que lo devoraba todo, no le permitía ver más allá que sus propias manos.
Sentía que caminaban por las entrañas de una criatura, una bestia inmensa y muda, que los dejaba avanzar solo porque aún no había decidido devorarlos.
Cuando sus ojos se acostumbraron a las tinieblas pudo verlos.
Desde las celdas, algunas figuras harapientas les observaban con miradas huecas. Casi como si ya no tuvieran ojos, solo cuencas vacías, hundidas, cuyas pupilas se clavaban en la nada.
Otras murmuraban frases ininteligibles, atrapadas en un bucle de palabras rotas, presas de delirios que nadie escuchaba.
Y las peores eran las que no se movían.
Permanecían en el suelo, encogidas, temblorosas.
O completamente quietas.
Como si su cuerpo ya no supiera que estaba vivo.
Tonks tragó saliva.
Sentía el hielo mordiéndole la cara y un temblor persistente en las piernas que trataba de disimular. O más bien, que intentaba ignorar por miedo a que, si se detenía, probablemente no podría seguir caminando.
El vacío se colaba por las rendijas de su mente y le enturbiaba los sentidos, apagándolos uno a uno.
Apretó su varita con más fuerza de la necesaria, inspiró hondo y susurró.
—Expecto Patronum…
Nada.
Volvió a intentarlo, más tensa, más desesperada por huir de aquella oscuridad que se cerraba entorno a ella.
—¡Expecto Patronum!
Un destello grisáceo brotó de la punta de su varita, inestable y débil que se apagó al momento, como si fuera absorbido por aquella atmósfera asfixiante.
Como si Azkaban se hubiese tragado incluso su magia.
Tonks se quedó inmóvil. Sus piernas amenazaron con flaquear.
La sensación de impotencia la golpeó como un puñetazo en el estómago. Allí estaba, aurora titulada, con su uniforme y su varita. Sin poder ni siquiera protegerse.
No sentía calor. Ni miedo. Ni rabia.
Solo un vacío denso, inerte, la ocupaba entera.
Como si toda la luz que alguna vez la habitó se hubiera quedado atrapada al otro lado de esas paredes.
Y ella solo pudiera descender.
Caer en el abismo.
Más y más hondo, hacia un lugar del que no sabía si salir entera… o simplemente, si saldría.
Y entonces, cuando sus párpados empezaban a cerrarse, un sonido retumbó en las paredes.
Un bramido metálico.
De la penumbra frente a ella, se acercaba hacia ella una figura deslumbrante.
Un jabalí colosal y plateado, cuya piel centelleaba como una armadura bajo la luz de una tormenta.
Su lomo, ancho y musculoso se alzaba como una montaña, dándole una apariencia feroz. Los colmillos, curvados como sables brillaban con una intensidad sobrenatural, y de sus ojos firmes emanaba una luz blanca y decidida, implacable, inquebrantable.
Avanzaba, golpeando el suelo con sus poderosas pezuñas, como si nada pudiera detenerlo.
El Patronus de Moody.
La criatura llegó hasta ella sin apuro, y dio dos vueltas lentas a su alrededor, como si marcara su espacio de seguridad.
El aire a su alrededor se volvió más ligero, más cálido.
Cada pisada provocaba una vibración sorda, casi telúrica, y su sola presencia bastó para que los dementores —que se habían acercado en silencio desde todas direcciones— retrocedieran, replegándose de nuevo hacia las sombras.
Ella miró al Patronus, sin saber si darle las gracias o echarse a llorar.
El enorme jabalí resopló con fuerza, como si aprobara su esfuerzo a medias, en un gesto que le recordó al propio Alastor Moody.
Entonces giró con paso firme y se colocó delante de ella, abriéndole camino.
Tonks se apresuró a seguirlo.
Apenas unos metros por delante, Moody no se detuvo.
Avanzaba sin dudar, como si conociera de memoria cada curva de aquel infierno helado.
Finalmente, se paró frente a una celda.
—Kaleg —gruñó el auror, golpeando el suelo con el bastón—. Tenemos cosas de las que hablar.
Tonks se quedó a un lado, junto a la pared, con los brazos cruzados para disimular el temblor que aún no había abandonado su cuerpo.
La conversación entre Moody y el prisionero llegaba a ella como un murmullo amortiguado, fragmentado, difícil de seguir. En algún momento creyó oír su nombre.
O quizá solo lo imaginó.
Después, una carcajada seca, áspera.
La voz de Kaleg era pastosa, irritante, con ese deje arrogante de quien se siente invencible simplemente porque sigue respirando.
La de Moody, en cambio, era firme.
Grave. Precisa.
Las palabras se desvanecían. Tonks no era capaz de mantener la concentración.
Las paredes parecían moverse, acercándose a ella. Podía sentir la humedad putrefacta que la rodeaba. Notaba los dedos agarrotados alrededor de su varita, que colgaba inútil de su mano.
Una gota cayó de alguna parte y le resbaló por la nuca. Un estremecimiento le recorrió la columna.
Notó la presión invisible de los dementores flotando sobre ella otra vez.
Su respiración se volvió errática y el temblor se apoderó por completo de su cuerpo. El hedor, el frío, la sensación de ojos acechándola desde la penumbra… todo regresó de golpe, volviéndose contra ella.
Se llevó una mano a la frente, sintiendo que le faltaba el aire, que el mundo se volvía difuso a su alrededor. Opresivo. Asfixiante. Vacío.
Y entonces, calor.
El jabalí plateado había vuelto junto a ella, sólido como la roca, observándola con esos ojos luminosos y penetrantes, como si la guiara a encontrar de nuevo el camino entre tanta oscuridad.
Alzó la vista un poco más y encontró otra mirada fija en ella: la de Moody. Un ojo normal, un ojo mágico. Igual de firmes y penetrantes que los de su Patronus.
—Nos vamos —anunció su mentor.
Sin más, se giró y echó a andar por el pasillo.
Tonks exhaló un aliento tembloroso y le siguió sin mirar atrás. El patronus la escoltaba en silencio, esta vez más cerca, manteniendo un círculo de luz a su alrededor.
Mientras avanzaban por el corredor, la voz de Moody rompió el silencio. Sonó más baja que de costumbre, pero no menos segura.
—Bien, chica —dijo con una leve inclinación de cabeza—. No pensaba que aguantarías tanto.
Tonks sintió un atisbo de orgullo en su pecho. Intentó sonreír, pero no lo consiguió.
Caminaba, con los hombros tensos y el estómago revuelto. Demasiado concentrada estaba en no desmayarse.
Cuando por fin salieron, el aguacero —que seguía cayendo sin piedad sobre el peñón— los recibió con fuerza.
A Tonks, el aire libre le supo a gloria. Ya no podía sentir más frío.
El mar rompía contra las rocas con una furia gris y constante, ajeno a todo el mal que se arremolinaba en la prisión.
Deshicieron el camino hasta el punto de aparición.
Allí, en medio del vendaval y la lluvia, Moody se volvió hacia ella.
Por un instante, su expresión se suavizó.
—Vamos —dijo, simplemente.
Le ofreció el brazo, sin más ceremonia.
Tonks lo miró, y por primera vez en toda la jornada, dejó caer los hombros.
Agradecida, se aferró a él. No sentía capaz de desaparecerse ella sola.
Él la sostuvo con cuidado.
Y juntos caminaron los últimos pasos hasta el embarcadero.
Entonces, un parpadeo.
Un giro brusco del viento.
Y desaparecieron, envueltos en un chasquido seco, de vuelta al Ministerio.
……………………………………………………………………………………………………………..
Tonks cruzó el umbral de Grimmauld Place 12 aún con pasos inseguros, como si el frío, la humedad y la desolación de Azkaban se hubieran instalado en ella.
Se frotó los brazos, intentando sacudirse el temblor que persistía en sus manos. Su cabello se había tornado de un tono gris apagado, como consecuencia de aquella ardua jornada laboral.
Mientras subía las escaleras, un sonido inesperado la detuvo.
Unos acordes suaves, pausados, se derramaban por el pasillo, envolviéndolo con una calidez inesperada.
El piano.
Su primer pensamiento fue Sirius, pero no le parecía una melodía del estilo de su primo.
Era más serena.
Y pausada.
Cuando se acercó al salón y miró a través de la puerta entreabierta de la pequeña sala de música, la imagen que encontró la dejó inmóvil.
Lupin.
Estaba sentado frente al piano, con el torso levemente inclinado hacia las teclas, y los dedos deslizándose con naturalidad sobre el marfil envejecido. La luz del atardecer entraba por la ventana, tiñendo su cabello entrecano con reflejos dorados, como si las últimas llamas del día se hubieran posado en él. Su expresión era tranquila, ajena a todo, destilando una suavidad que Tonks no recordaba haberle visto antes.
Era un hombre que siempre parecía cansado, marcado por la vida. Pero en ese momento, en la penumbra dorada de la sala, se le veía en paz, como si la música le ofreciera un refugio donde podía olvidar las cicatrices, los miedos, su maldición y sus demonios.
Tonks se quedó quieta en el umbral, incapaz de interrumpirlo.
Se apoyó en el marco de la puerta, cerrando los ojos. La melodía la arropaba, la mecía como una brisa tibia, derritiendo poco a poco el hielo que llevaba arrastrando durante todo el día.
El acorde final resonó con suavidad en la madera y el silencio cayó sobre la estancia.
Tonks apenas se dio cuenta.
— ¿Cuánto hace que estás allí?
La voz de Lupin la sacó de su ensoñación.
La auror se irguió de inmediato, sintiéndose como si la hubieran pillado espiando, pero él solo la observaba con una leve sonrisa en los labios.
—Oh… no mucho —balbuceó —. No sabía que tocabas.
Lupin se encogió de hombros con modestia.
—Solía hacerlo… hace tiempo.
No dijo nada más.
Tonks dio un paso hacia la sala.
Apenas cruzó el umbral, Lupin notó que su rostro lucía más pálido de lo habitual. Y su cabello, más oscuro.
Su expresión serena se transformó en una preocupación sutil. Sin pensarlo, se levantó del taburete y se dirigió hacia ella.
—¿Estás bien? —preguntó, bajando la voz.
Tonks dejó escapar un suspiro e intentó sonreír.
—He estado en Azkaban con Moody —dijo con voz tensa, poco habitual —No ha sido una experiencia… muy buena.
Lupin asintió lentamente, como si no necesitara más explicación.
Simplemente la tomó de la mano y la guió hacia un sofá al lado de una ventana, como si temiera que en cualquier momento fuera a desplomarse.
—Dice que me acostumbraré — dijo ella, dejándose caer entre las almohadas —Pero no sé cómo alguien puede acostumbrarse… a eso.
El silencio se instaló entre ellos por un momento.
Tonks jugaba con un hilo suelto de su manga, sin mirarle.
Lupin se acomodó a su lado, apoyando un codo en el respaldo del sofá, observándola con atención.
—¿Qué ha pasado? —inquirió con calma.
Ella titubeó.
Miró hacia otro lado, apretando los labios, como si no quisiera decirlo en voz alta. Porque su orgullo profesional no le dejaba admitirlo.
Pero al encontrarse con los ojos tranquilos de Lupin, se permitió bajar la guardia.
—Al entrar en la prisión, intenté conjurar mi Patronus — confesó —. Y… no pude. No salió. Ni una luz. Nada.
Lupin la escuchaba sin interrumpirla.
Esperó, dejando espacio.
—Me sentí inútil —añadió, avergonzada—. Completamente indefensa. Como si no sirviera de nada todo lo que he entrenado.
Él se tomó un momento para darle espacio para respirar y pensar su respuesta con calma antes de hablar. Finalmente, suspiró y dijo:
—Tonks… invocar un Patronus en Azkaban no es como hacerlo en ningún otro sitio. Ni en una batalla, ni siquiera frente a un dementor aislado o diez. Allí hay es su guarida. Hay cientos, quizás miles. El aire está tan cargado de desesperanza que ni siquiera la magia responde igual.
Ella asintió procesando sus palabras, aunque su ceño seguía fruncido.
—La próxima vez —continuó él—, no esperes a necesitarlo. Intenta invocarlo en cuanto pongas un pie allí. No dejes que el frío te alcance primero. Llévalo contigo desde el principio. Como una barrera. Como un escudo.
Tonks buscó su mirada. Después sonrió.
—De acuerdo, profesor — dijo ella, recuperando algo de su chispa — Seguiré tu consejo.
Lupin no respondió. La miró por unos segundos; aún seguía pálida.
Sin decir nada, se levantó y salió de la sala.
Tonks suspiró, cerrando los ojos un momento y apoyando la cabeza en el respaldo.
El calor que se filtraba por el cristal, el olor a madera y libros viejos, el eco apagado de la música aún flotando en el aire… Por fin sentía que su cuerpo dejaba de temblar.
Cuando Lupin regresó, traía algo en la mano.
Una tableta de chocolate.
Tonks alzó una ceja, desconcertada.
—¿En serio?
Lupin le ofreció una sonrisa cómplice, sin decir una palabra, y partió una onza con cuidado, tendiéndosela.
—Créeme, ayuda —dijo, con un tono que sugería que sabía de lo que hablaba.
Ella la aceptó con cierto escepticismo y el estómago cerrado, pero en cuanto el chocolate se deshizo en su boca, una calidez inesperada comenzó a extenderse por su cuerpo, lenta y reconfortante.
Extrañamente, le apetecía.
No era solo el sabor: era el contraste con el frío que aún seguía pegado a los huesos.
Lupin se sentó de nuevo en el banco del piano y partió otro trozo para él.
—¿Habéis conseguido algo útil? —preguntó con suavidad.
Tonks se quedó pensativa unos segundos, como si le costara recordar con claridad lo ocurrido.
—Moody me lo ha contado después —dijo al fin —. Cuando ya estábamos de vuelta. Creo que me lo explicó entre la segunda y la tercera taza de té caliente.
Lupin sonrió apenas, esperando que ella continuara.
—Kaleg no ha soltado prenda —explicó ella —. Moody ha intentado presionar. Incluso permitió que los dementores se acercaran más de la cuenta, para ver si le hacía efecto… pero nada. Ese tipo tiene aguante.
Tonks se interrumpió.
Un comentario le rozó la lengua, uno ácido, del tipo que habría soltado con facilidad en otra situación. “Más aguante que yo”, pensó. Pero no dijo nada. No sonaba gracioso, ni en su cabeza.
Suspiró en cambio, y Lupin se reacomodó levemente en el banco.
No hablaba, pero la observaba con la atención tranquila de quien entiende sin necesidad de preguntar.
—Volveremos en unos días —añadió Tonks, alzando de nuevo la vista—. Moody cree que la presión de Azkaban acabará por quebrarle. Que tarde o temprano hablará.
Sus palabras se apagaron en el aire.
Un estremecimiento le recorrió la espalda al pensar de nuevo en ese lugar.
Dormir allí, vivir entre aquellas paredes… Solo imaginarlo bastaba para hacerle sentir un vacío en el pecho.
Durante un largo instante, no dijeron nada.
Un silencio tenso parecía haberlo impregnado todo, espeso como la niebla de Azkaban. Era la sombra de la prisión, su neblina, su oscuridad que, implacable, se cerraba sobre ellos.
Y entonces, como si intentara cambiar el color del aire, Lupin, con despreocupación, tomó la palabra:
—¿Sabes? Hace mucho que no tocaba. — explicó, señalando el viejo piano — Aprendí de niño. Mi madre tocaba bastante bien. Un vecino tenía un piano viejo, desafinado. Cuando ella iba a visitarlo, me llevaba con ella y me enseñaba un poco. Con el tiempo, aquel hombre nos dejaba ir casi cada tarde.
Sus ojos se perdieron en el horizonte al hablar, como si el recuerdo perteneciera a una vida diferente, muy alejada de la actual.
Tonks dejó escapar una pequeña sonrisa. Aún tenía el rostro pálido, pero la rigidez de su expresión empezaba a disolverse.
—Pues parece que aprendiste —dijo, inclinándose ligeramente hacia él, como si ese simple gesto pudiera alejarla un poco más de las garras de Azkaban.
Lupin respondió con una leve curvatura en los labios.
—Es algo que hago para despejar la cabeza. No practico mucho, pero hoy… hoy me apetecía.
Tonks lo observó, curiosa.
—¿Cómo se llamaba la melodía que estabas tocando?
Lupin se tomó un momento, como si saboreara el nombre antes de decirlo.
—Es un arreglo de una pieza antigua, que se llama Sendero bajo la luna. Se supone que transmite la sensación de un refugio.
Tonks sonrió de lado.
—Pues lo consigue —murmuró, casi para sí.
Lupin la miró con interés, pero dijo nada. En cambio, partió otra onza de chocolate y se la ofreció en silencio. Tonks la aceptó, agradecida.
—¿Sabes? —dijo mientras giraba el trozo entre los dedos—. Me doy cuenta de que me estás dando conversación a propósito. Para distraerme.
Lupin ladeó la cabeza, con fingida inocencia.
—¿De verdad? No tenía ni idea.
Tonks soltó una risa breve, incrédula, y negó con la cabeza.
—Eres bueno en esto.
—¿En qué?
—En hacer que la gente se sienta mejor.
Él la observó un instante, como calibrando el peso real de sus palabras. Finalmente, su sonrisa se hizo más tenue, más sincera.
—Me alegra oírlo.
Tonks bajó la mirada al trozo de chocolate entre sus dedos, y luego volvió a alzarla con una expresión más suave.
—Gracias, Remus.
No respondió de inmediato, pero cuando lo hizo, su voz fue cálida, casi un susurro.
—Cuando quieras, Tonks.
Ella sintió algo ligero y cálido expandiéndose en su pecho. Por fin desde que había pisado Azkaban, el frío desapareció del todo. Incluso le parecía que podía respirar con más facilidad. Como siempre.
En la penumbra acogedora de la sala de música, se sorprendió al sentirse… feliz.
Sin darse cuenta, las puntas de su cabello adquirieron un sutil tono rosado.
Lupin no dijo nada, pero la expresión de satisfacción en su rostro indicaba que lo había notado.
Tonks se acomodó en el sillón, con el chocolate aún en los dedos, y buscó su mirada con una tímida sonrisa.
—¿Volverías a tocar un poco más?
Lupin arqueó una ceja, sorprendido por la petición. Pero no preguntó nada. Solo asintió con suavidad y regresó al piano.
Los primeros acordes fueron más tenues, casi como un susurro.
Tonks cerró los ojos, dejándose envolver por la música.
La tela rasposa del sofá viejo de pronto parecía más apacible, la luz del atardecer más dorada, y el peso del día se volvió apenas un murmullo lejano.
Mientras se terminaba la última onza de chocolate se dio cuenta de que no pensaba.
Ni en Kaleg, ni en Azkaban. Ni siquiera en el día siguiente.
Solo sentía lo que tenía delante:
Una habitación tranquila.
Un atardecer dorado.
Una melodía que flotaba en el aire.
Y una sensación de calidez que no venía de ningún hechizo, sino del simple hecho de no estar sola.
……………………………..……………………………..……………………………..……………………………..……………………………………………………………………..……………………………..……………………………..……………………………..……………………………………………………………………..…………………………
NOTA DE AUTORA:
Me ha tomado tiempo, lo sé.
Y es porque literalmente me he estado exprimiendo el cerebro, ya no tanto por escribir este capítulo – que de por sí me ha dado un montón de trabajo – sino para asegurarme que, más adelante, todos los arcos que estoy construyendo fluyan y tengan sentido. Los que os dediquéis a escribir entenderéis bien lo que quiero decir.
Ha sido un capítulo difícil, más de lo que esperaba. Quería que fuera muy sensorial, casi físico, pero sin que se quedara solo en atmósfera. Por eso era importante la conversación entre Moody y Dawlish, el interrogatorio a Kaleg. Para dar algo de trama, suspense, una historia que seguir.
Y luego, pasamos a la parte de la descripción sensorial de Azkaban. A parte de su atmósfera de dementores y maldad, no sé si alguna vez os habéis parado a pensar físicamente en cómo es. Yo me lo imagino como una especie de Rocadragón, como en GOT. Un peñasco azotado por el mar, lleno de acantilados, y coronado por la fortaleza.
Y, en contraste con ese infierno helado, necesitaba un refugio. Un pequeño paraíso de música suave, polvo suspendido en el aire, luz dorada y chocolate. Muy Lupin todo.
No sé si en Potterhead o en algún rincón del canon existe un Patronus oficial para Moody, pero me da igual: yo le he asignado un jabalí. Fuerte, robusto, iracundo, sin miedo. Para mí, es la personificación animal perfecta de Alastor Moody.
En fin.
Dejadme comentarios. Decidme qué os parece mi versión de Azkaban, qué pensáis del Patronus de Moody… o de la vida en general. Lo que queráis. De verdad. Dadme feedback, porque escribir sin opiniones es un poco como hablarle a una pared.
Podéis ver la ilustración del capítulo en mis redes —pasad por Instagram, TikTok o Tumblr.
Os dejo todos mis links aquí:
👉 https://lagatakafka.com/links/
Deja un Comentario