Capítulo 26

Incluso en Azkaban, a veces, se dejaba ver la luz

Tonks aterrizó en la plataforma de cemento con un crujido seco bajo las botas.

El viento azotaba con violencia desde el mar, arremolinando la niebla como si tuviera vida propia.

Alzó la mirada hacia el cielo plomizo: cientos de dementores flotaban en torno a la prisión, como buitres esperando la carroña de los vivos.

El aire era espeso. Cortante.

Como siempre.

La bruma fría empezó a envolverla. El aliento de la desesperación rozó su nuca.

Pero no se dejó arrastrar.

Recordó su entrenamiento, sus largas tardes con Kingsley.

Era consciente de que Moody la observaba. No necesitaba ser perfecta ni brillante. Solo una superviviente.

Cerró los ojos con fuerza.

Se recogió un mechón de pelo rosa tras la oreja.

Y alzó la varita con decisión y, también su voz.

—Expecto patronum

Un hechizo plateado empezó a brotar de su varita, rodeándola y cubriéndola de pequeños brillos dorados y rosas a su alrededor.

Y entonces la vio. Y sonrió.

La loba plateada, su patronus, fuerte y vibrante, orgullosa, con el cuerpo ágil, el pecho alzado y el hocico mirando al cielo.

Tras dar un par de vueltas alrededor de Tonks y ladrar como si le sonriera, ascendió en una carrera contra el viento, dispuesta a imponer su presencia luminosa en aquel rincón de tinieblas.

De sus fauces surgió un aullido claro, etéreo, ligero, pero lo suficientemente alto para que los dementores – que ya se cernían sobre Tonks – recularan.

Moody, unos pasos detrás, la observó con los brazos cruzados, sin sonreír, pero claramente satisfecho.

—Bien, Nymphadora —gruñó con tono seco—. Sabía que, si te apretaba un poco, lograrías mantenerte en pie por ti misma.

—Es Tonks —replicó ella, bajando la varita, aunque una chispa luminosa le bailaba en la mirada.

Moody carraspeó, como si fuera a replicar, pero solo esbozó un ruido divertido por lo bajo.

Comenzaron a ascender por el camino de piedra, que serpenteaba entre acantilados camino a la prisión.

La loba de Tonks caminaba a su lado, iluminándola. Y, por primera vez, el pasillo no parecía tan oscuro. Ni tan maligno. Solo era piedra, humedad y musgo. Solo era un pasillo.

No tardaron en llegar a la celda de Kaleg.

El prisionero ya los esperaba.

Estaba más delgado, más andrajoso que la última vez. La barba descuidada y el rostro curtido por el frío traducían su resignación. Se agarró a los barrotes con una fuerza que no tenía, y que hablaba de su desesperación.

—Hemos dado con Baltasar —dijo Moody, sin rodeos—. Gracias a tu información.

Kaleg asintió en silencio. Las palabras no parecían necesarias.

—Hablaré con Dawlish —aseguró Moody—. A ver si podemos conseguirte un juicio justo. Y sacarte de este sitio.

—Gracias —susurró Kaleg, apenas audible, y volvió los ojos hacia Tonks.

Ella asintió, sin decir nada. Lanzó una última mirada a su excompañero de aulas… y siguió a Moody por el pasillo.

El patronus seguía a su lado, fiel, luminosa, guardiana silenciosa de las emociones de su bruja.

Apenas habían avanzado unos pasos cuando una voz rasposa y rota se filtró entre los muros.

—Alastor Moody.

Moody se detuvo con un gruñido. Carraspeó, y cambió el rumbo.

Tonks se volvió.

La celda al fondo del corredor era una grieta más en la piedra. Dentro, encorvado en el rincón, había un hombre harapiento, de barba rala, pelo enmarañado y con la piel pegada a los huesos.

Los ojos, sin embargo, estaban despiertos.

Y envenenados.

Con una agilidad impropia, el hombre se aferró a los barrotes y se irguió, como si quisiera demostrar su fortaleza.

—Rodolphus Lestrange —dijo Moody, con un dejo de desprecio—. Veo que la prisión te ha sentado bien.

Lestrange rió.

Un sonido hueco, muerto, grave, que se coló en la cabeza de Tonks como un témpano de hielo. Su loba, atenta, se acercó más a ella, desprendiendo más calor contra la energía de la amenaza.

—Todo gira, viejo —susurró Lestrange—. Vendrá el día en que me buscaréis para pedir clemencia. Y ninguno de vosotros… ninguno será digno.

Tonks sintió el estómago encogerse.

Sabía quién era. Sabía qué había hecho. Y sabía lo que eso implicaba. Sabía que, tal vez, a pocos pasos de allí, otra celda albergaba a su esposa. Una mujer que, previamente a adoptar el apellido de su marido, se había nombrado Black.

Sintió el impulso de mirar. De buscarla.

Pero no lo hizo.

Moody no se inmutó.

—Ya nos veremos, Lestrange —dijo con calma, dándose la vuelta.

Tonks lo siguió, con su loba bien cerca.

Deshicieron el camino en silencio, de vuelta a la plataforma de cemento. Solo el eco lejano de las olas y el crujir de sus botas sobre la roca húmeda rompían la quietud.

La niebla empezaba a disiparse en jirones pálidos. Incluso el mar parecía más calmado.

Entre las nubes, algunos rayos de sol se colaban como dedos dorados, dibujando manchas de luz sobre el sendero de piedra, las algas desgastadas y los charcos que salpicaban la playa.

Por unos minutos pareció que incluso el inhóspito clima del Mar del Norte les daba una tregua. Incluso en Azkaban, a veces, se dejaba ver la luz.

Moody se desvió del camino y, bien amarrado a su bastón, bajó por un par de rocas hasta llegar a la playa. Tonks le siguió.

El viejo auror no dijo nada al principio. Solo miró hacia el mar, hacia el horizonte. Una ola rompió en la orilla, y una mezcla de gotitas de agua con olor a salitre cayó sobre sus rostros y su cabello. Tonks cerró los ojos por un momento, disfrutando de aquel momento tan extraño.

Entonces, su mentor habló.

—La vida de auror es fácil de idealizar —dijo en voz baja, sin girarse—. Misiones apasionantes. Luchar por el bien. Viajes a lugares exóticos… Suena glorioso, ¿no?

Tonks no respondió. Solo avanzó hacia su lado y miró hacia el mar con su cabello rosa agitándose contra el viento.

—Pero la realidad es otra —continuó Moody—. Horas de oficina. Entrenamiento. Guardias interminables. Informes… un montón de informes.

Soltó una risa seca, sin alegría ni autocompasión. Solo la verdad desnuda.

—Y luego está esto —añadió, con un leve movimiento de cabeza hacia la prisión que se alzaba tras ellos —. Nadie se imagina esto cuando sueña con ser auror. Nadie se ve a sí mismo… sobreviviendo aquí. O peor aún. Perdiéndose en sus propios miedos.

Tonks miró a su mentor. Lo vio de perfil, recortado contra el cielo gris, bruma salpicando su abrigo y la luz incierta del sol iluminándole las cicatrices. Por un momento, no le pareció invencible. Solo humano.

—¿Sabes, Tonks? —dijo, bajando la voz— No siempre tuve estas cicatrices. Ni este ojo.

Ella se quedó inmóvil.

—Los mortífagos me las dieron —siguió—. Algunas en combate. Otras… cuando creyeron que podían doblegarme. Y otras, cuando ya lo habían hecho.

Tonks tragó saliva. Nunca pensó que él le contaría algo así.

—Pero aquí sigo —gruñó Moody con una media sonrisa torcida—. Y aquí seguiré hasta que me muera. No porque sea más fuerte que nadie. Sino porque creo en esto, en la justicia y en Dumbledore. Y porque me niego a dejar que ellos ganen.

Una ola más alta rompió cerca y les llenó de gotas heladas.

Moody no se inmutó. Solo la observó en silencio. Y luego asintió, con lentitud, como si viera algo en su pupila que ella aún no sabía que poseía.

—Es un trabajo duro —murmuró—. De por vida. Pero es un trabajo que vale la pena.

Volvió a mirar el mar. El viento volvía a arreciar y traía el eco del canto de las gaviotas a los lejos.

—Y aunque haya días en que no lo veas. Aunque pienses que esto te supera… —hizo una pausa— Piensa en mí diciéndote esto: vas a ser una gran auror. No tengo ni una duda.

Tonks apretó los labios. Solo asintió y sostuvo la varita con más fuerza.

Moody no esperaba una respuesta.

Solo deshicieron el camino hasta el punto de aparición. La loba dio un par de vueltas, como si gozara de aire fresco antes de desvanecerse.

Ya en la plataforma de cemento, Moody extendió una mano enguantada. Ella la aceptó sin decir palabra.

Y con un chasquido limpio, ambos desaparecieron en la bruma, dejando atrás la roca, la prisión y las nubes que volvían a cubrir el peñón.  ……………………………..……………………………..……………………………..……………………………..……

El piano sonaba con un ritmo pegadizo.

Las notas fluían directamente de los dedos de Lupin hacia el aire, llenando la pequeña sala de música de algo parecido a paz, luz y color. Estaba solo, inclinado sobre las teclas, con los ojos entrecerrados y la expresión serena. Los rayos del sol de la tarde se filtraban por la ventana y acariciaban su perfil, tiñéndolo de oro envejecido.

Cuando el último acorde se extinguió, una voz familiar rompió el silencio.

—Eres peligroso, Lupin. Acabarás robando el trabajo a Celestina Warbeck.

Él alzó la vista, ya con una sonrisa en los labios antes de verla.

Tonks estaba apoyada en el marco de la puerta, con los brazos cruzados y el pelo húmedo y desordenado, pero de su color rosa chicle habitual.

Se la veía algo pálida, pero había una chispa nueva en su mirada.

“Radiante”, pensó él sin querer.

—Supongo que tu última visita a Azkaban no ha sido tan terrible como la anterior —dijo él, arqueando una ceja.

—¿Terrible? —replicó ella, avanzando con paso tranquilo hacia la sala—. Fue encantadora. Dementores, humedad, los rayos del sol entre las nubes, paseos por la playa con Moody… todo lo que una chica sensata puede soñar.

Lupin soltó un bufido y volvió a posar los dedos en el piano.

Tonks se dejó caer en el mismo sofá que unos días atrás, con una gracia perezosa.

Entonces lo vio. Una chocolatina de Honeydukes, cuidadosamente colocada sobre el cojín, como si la estuviera esperando.

La tomó, inquisitiva, y miró hacia su compañero.

—¿Casualidad?

—Previsión —respondió Lupin, sin apartar la vista de las teclas — Come.

Tonks sonrió, rasgó el envoltorio y le dio un mordisco justo cuando él retomaba la melodía, esta vez más suave, casi como si tocara solo para ella.

Durante un rato, no hablaron.

La música flotaba, el chocolate se derretía, y el silencio entre ellos era cómodo. Hasta que el último acorde se apagó en el aire como una vela.

—Me gusta verte así —dijo Tonks suavemente, como si no estuviera del todo segura de si decirlo en voz alta.

Él giró la cabeza para mirarla.

—¿Así cómo? —preguntó

—No sé… —ella se encogió de hombros y se incorporó un poco—. Relajado. Tranquilo. Como si, por un momento, no llevaras el peso del mundo encima de los hombros.

Lo dijo con una sonrisa. Ni sarcástica ni juguetona. Solo tierna.
El cabello rosa le caía sobre los hombros con descuido, atrapando el calor difuso de la tarde, como si absorbiera los últimos rayos de sol.
Tenía el cuerpo relajado y una pierna doblada sobre un cojín, pero su mirada, fija e intensa, estaba sobre él.

Lupin parpadeó, sorprendido ante aquella imagen tan serena que le arrancó un latido de más.

Por un segundo, olvidó que era su turno para hablar.

—La música ayuda —murmuró, bajando la mirada a las teclas —. A veces es el único lugar donde las cosas suenan como deberían.

Tonks sonrió de lado.

—Yo no tengo oído para esto. Ni manos. Ni paciencia. Una vez mi madre intentó enseñarme y terminé tocando “Cumpleaños Feliz” a ritmo de funeral.

Él soltó una carcajada breve, como si pudiera imaginar perfectamente la escena.

—Ven —dijo, haciéndose a un lado en el banco—. Vamos a arruinarlo juntos.

Ella lo miró como si no estuviera segura de si hablaba en serio.

—¿De verdad?

—Totalmente — aseguró él, sonriente — No te preocupes; tengo el piano encantado para que no grite si le ofendes.

Tonks dejó escapar una risa, pero se levantó de un salto y se sentó a su lado.

—Muy bien, profesor —bromeó—. ¿Por dónde empiezo?

—Algo simple.

Él le tomó la mano con delicadeza y la guió hasta una tecla. Tonks sintió un pequeño escalofrío con ese contacto inesperado. Él pareció no notarlo, o prefirió no comentarlo.

—Empieza aquí

Ella lo hizo, produciendo un sonido claro.

—¡Mira eso! Soy un prodigio, Beethoven estaría temblando.

—O huyendo —bromeó él.

Jugaron con escalas torpes, dedos que se equivocaban medio en serio y medio en broma, y risas cada vez más fáciles que aligeraban el ambiente.

Tonks se inclinaba sobre las teclas con una concentración cómica, mientras Lupin observaba, sin disimulo, la alegría espontánea que le brotaba por cada sonido.

Después de unos minutos, Lupin dejó que sus dedos recorrieran el piano, y comenzó otra melodía, más pausada y más suya.

Tonks guardó silencio, dejándose envolver. Reconoció enseguida la pieza.

—El sendero bajo la luna

Lupin asintió, sin dejar de tocar.

—Su compositor… se llamaba Adrien Rousseau. Y escribió esta pieza para su esposa.

Tonks le miró curiosa, esperando que continuara.

—Era un mago francés, del XIX. Su esposa, Élise, era muggle. Se conocieron en París y se enamoraron perdidamente. Pero su familia… digamos que no aprobaba la relación.

—Déjame adivinar: sangre pura, prejuicios y demás porquería —resopló Tonks.

—Exacto —suspiró Lupin—. Eran extremos opuestos. Pero no importó: Lo dejaron todo atrás. Se fugaron una noche, viajaron por todo el mundo y, finalmente, se acomodaron en una casa cerca del Loira. Él tocaba esto cada noche, para que ella supiera que, ocurriera lo que ocurriera, él no se arrepentía de nada. Que la elegiría otra vez.

Tonks se quedó en silencio, pensando en aquella historia. Y escuchando la música.

—Vaya — sonrió — Es como si él renovara su voto cada noche. Como si no bastara con decir “Sí quiero” una sola vez. 

Lupin asintió

—Eso… es muy bonito — murmuró ella, inclinándose levemente hacia él.

—Sí —admitió él, con una tristeza leve—. Lo es.

La melodía se detuvo, no de forma abrupta, sino como si simplemente ya hubiera llegado al lugar exacto donde debía terminar.

El atardecer dibujaba sombras largas en el suelo, pero aún quedaba luz suficiente para bañar el rostro de Lupin, sus ojeras, los surcos suaves en su frente y su gesto cansado que, en aquel momento, parecía completamente en paz.

Alzó la vista y se encontró con la mirada de Tonks, igual de intensa que antes. Pero sus ojos estaban llenos de algo distinto. Una calma callada, una comprensión plena, una complicidad palpable que no se podía poner en palabras.

Había algo en el aire, una duda razonable, una pregunta tímida y una respuesta que no se atrevía.

Durante un instante largo, solo existieron ellos, sentados uno junto al otro – tan cerca como siempre, más cerca que nunca –, compartiendo la mirada, el crepúsculo y sostenidos por unos acordes que ya no sonaban.

Y entonces, el golpe seco de unas botas sobre la madera retumbó desde las escaleras, deshaciendo el silencio, la atmósfera y la música silenciosa.

—¡Lunático! —la voz de Sirius resonó por el pasillo—. No me digas que también te ha atrapado la fiebre artística.

El hechizo se rompió. Tonks parpadeó y bajó la vista. Lupin carraspeó suavemente, alejándose de ella.

Sirius apareció en el umbral con una sonrisa ladeada, preparando su siguiente comentario.

Pero se detuvo.

Sus ojos recorrieron la escena: los dos sentados en el mismo banco, codo con codo, el envoltorio de chocolate aún en el regazo de Tonks, el piano en silencio. Y durante una fracción de segundo, vaciló, como si supiera que había interrumpido algo.

—¿Tú? ¿Dando clases de piano? —dijo al fin, con una sonrisa burlona que apenas ocultaba una chispa de ternura—. Lo que me faltaba por ver.

Tonks, notando la tensión del ambiente y la mirada inquisitiva de su primo, alzó la barbilla y sonrió con ligereza.

—No te burles, Black. Estoy a dos clases de destronar a Mozart.

—Claro, claro…

Sirius alzó las manos con fingida rendición mientras cruzaba la sala. En una llevaba una botella de whisky de fuego; en la otra, tres vasos que dejó sobre una mesita auxiliar con un suave clink.

—Antes de que eso ocurra y de que brindemos por ello, cuéntame qué tal en Azkaban ¿Sigue siendo un entorno de ensueño?

Se sentó en el sillón frente a ellos y miró a Tonks. 

Ella le lanzó una mirada traviesa, disfrutando su oportunidad. Se irguió en el banco del piano y se frotó las manos con teatralidad, preparándose para sorprender.

Con gestos desmedidos y un tono de voz perfectamente fingido, exageró la bruma de los dementores, el viento en el peñón y la frialdad de la prisión.  

Mientras hablaba, sus ojos pasaban de Sirius —que asentía y hacía muecas de desagrado — a Lupin. Él no decía nada, pero la escuchaba con esa atención tranquila tan suya.

Habló de Kaleg sin mencionar su nombre verdadero, y de Lestrange sin decir su apellido.

Se guardó las palabras de Moody para sí misma.

Y se calló algo más.

Al terminar la historia, Sirius silbó con aprobación, aplaudiendo, y sirvió los tres vasos con la calma ceremonial de quien conoce el poder del ritual.

—Por la implacable auror Tonks —dijo, alzando su vaso—. Y por los días en que ni siquiera los dementores pueden con nosotros.

Los tres chocaron los vasos.

Tonks bebió de un trago y contuvo la mueca como pudo, pero Sirius la vio. Soltó una carcajada.

—¡Eso es lo que quería! Esa cara vale más que cien galeones. 

—Nunca me acostumbraré a esto —replicó ella, riendo también, mientras se secaba la comisura de los labios con el dorso de la mano.

Miró a Lupin de reojo, aún sentado a su lado, que también reía y charlaba animadamente.

Tonks pensó en lo que había decidido callar.

En su patronus. En por qué había brillado con tanta intensidad.

Sabía que había sido por las duras horas de entrenamiento con Kingsley. Estaba segura.

Pero, inconscientemente, pasó la lengua por los labios, como si aún pudiera sentir el sabor del chocolate y miró un momento por la ventana, esperando ver la silueta de la luna. Tenía los dedos apoyados en el banco del piano y por un momento, casi creyó oír la música que, aunque ya no sonara, seguía allí.

En el aire.

Entre ellos.

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ESCENA EXTRA – SLICE OF LIFE

Molly Weasley volvía de forma recurrente a Grimmauld Place, decidida a instaurar una rutina en la que Sirius aprendiera a cocinar con la misma disciplina con la que enseñó a sus hijos a montar en escoba.

Al principio Sirius rodaba los ojos y buscaba cualquier excusa para seguir solo y perdido en sus pensamientos. Pero, poco a poco, se fue uniendo a la causa y al objetivo.

Ambos sabían que el verdadero objetivo de aquellas lecciones no era la gastronomía. Era sacarlo, aunque fuera un rato, de la tormenta de pensamientos, lamentos y frustraciones que lo atrapaban a diario.

Y por eso agradecía en silencio esos ratos de disciplina impuesta, aprendizaje duro, tarea manual y mucha, mucha práctica. Porque, entre rodajas de zanahoria, guisos con guisantes y cucharones de salsa, su cabeza, por fin, dejaba de hacer ruido.

Aún torpe con el cuchillo, pero con una determinación brillando en sus ojos, lavaba y cortaba patatas con tanto esmero como habría llevado a cabo cualquier misión para la Orden. Intentó recurrir a la magia para agilizar el proceso, pero pronto descubrió que la cocina tenía sus propias reglas y la magia doméstica no era tan sencilla.

—Si sobrevivo a estas lecciones sin perder un dedo, será un milagro — bromeó Sirius un día, examinándose un corte que se había hecho al intentar cortar con dos cuchillos a la vez.

—Ya veremos si sobrevives a esta receta —respondió Molly con picardía.

Ella, como experta en encantamientos culinarios, movía los utensilios a su alrededor como si fueran parte de su cuerpo.

Todo mientras un caldero se limpiaba solo en un barreño, una cuchara removía la salsa en una cacerola con agilidad, y sus fieles agujas tejían lana sin descanso junto a la chimenea.

Sirius resopló. Estaba a años luz de llegar a ese nivel.

Pero estaba contento, incluso motivado. Al menos, tenía un objetivo que cumplir: Aprender a cocinar como un profesional.

Incluso había días que miraba el reloj, con el cuchillo y la tabla de cortar ya preparados, esperando que la señora Weasley hiciera su aparición por la red flu, con su cesto bien lleno de ingredientes.

—Hoy vienes temprano —comentó, sin levantar la voz.

—Y tú no estás bebiendo. Milagro.

—No hace falta. Me he emborrachado cortando cebollas —bromeó, mostrándole un bol repleto.

Molly resopló con una mezcla de exasperación y ternura, y empezó a sacar los productos y alinearlos sobre la mesa.

—Vamos a hacer estofado —anunció, pasándole unas zanahorias.

Y así pasaban los días. Picando, batiendo, mondando, removiendo… y charlando.

No de traiciones ni de guerras, ni de pasados o futuros. Sino de cosas sencillas: de recetas, del tiempo, de la casa, del jardín de la vecina. Del último titular del Profeta, de la próxima luna llena, de las piezas de lana que Molly tejía sin apenas mirar.

Como dos personas corrientes que compartieran un hobby cualquiera.

—¿Ya has puesto el laurel? —preguntó sin saludar, o más bien, como saludo.

—¿Laurel? —repitió él, pestañeando— ¿Eso no era para las pociones de Slughorn?

—Para eso y para que esta delicia no sepa a agua hervida —replicó ella, avanzando hasta la encimera—. Aparta, que lo echo yo.

Sirius obedeció con una sonrisa apenas torcida. Llevaba la camisa remangada hasta los codos y el delantal colgado al cuello, lleno de manchas, pero bien puesto.

—No está mal, Black —concedió Molly tras probar la salsa—. A este paso, serás todo un chef.

—Y entonces podré abrir un restaurante clandestino para fugitivos. «El Caldero del Canuto». Me haré rico.

Molly chasqueó la lengua con una sonrisa y le dio un leve codazo.

En ese momento, la puerta se abrió y apareció Tonks.

Se detuvo un instante al ver la escena, con una sonrisa perpleja en el rostro: ollas y sartenes humeando, ingredientes flotando por el aire, las agujas tejiendo un jersey en un rincón, el olor denso a guiso casero…

Y, en medio de todo eso, su primo, concentrado, cortando patatas a mano, completamente dedicado a su labor.

—¿Qué hacéis? —preguntó Tonks, divertida.

—Sirius está aprendiendo a cocinar —anunció Molly con un deje de orgullo.

—Vaya, vaya… —dijo Tonks, cruzándose de brazos mientras Sirius hinchaba el pecho con teatralidad—. ¿Puedo unirme a la fiesta?

Molly, encantada con la propuesta, agitó la varita y un delantal salió volando hacia Tonks, que se lo puso sin dudar. Tras lavarse las manos, se colocó junto a Sirius, lista para seguir las órdenes de la jefa.

Enseguida, la cocina se convirtió en un caos aún mayor, con la joven metamorfomaga cortando zanahorias con la misma concentración con que enfrentaba un duelo con Kingsley.

—¿Sabes? —comentó Sirius con una sonrisa torcida—. Cocinar contigo me da más miedo que Molly armada con su cuchara de madera.

—Eso es porque nunca has probado mis guisos —respondió Tonks con una risa, agitando su cuchillo en el aire.

En una esquina, Remus, se había acomodado con un libro, tranquilo como siempre.

El bullicio no parecía perturbarlo en lo más mínimo.

Sin embargo, su calma se vio interrumpida cuando Molly, con la cuchara de madera en mano, lanzó una mirada curiosa hacia Tonks, que estaba picando perejil con una habilidad que sorprendía a todos.

—¿No sabías que Tonks cocina sin magia? —dijo Sirius, viendo la expresión de sorpresa de Molly.

—¡Nunca me lo habías contado! —exclamó Molly, dirigiéndose a la joven, que levantó la mirada hacia ella con una sonrisa despreocupada.

Tonks se encogió de hombros.

—Mi padre es de origen muggle. A él le encanta cocinar, y en casa siempre lo hace él. Rara vez usa magia. Dice que le quita la gracia. Mi madre, en cambio… bueno, si no fuera por la magia, se moriría de hambre.

Molly se echó a reír, pensando en cómo sería su vida sin magia en la cocina. Era una idea absolutamente absurda. Sirius no pudo evitar soltar una risa burlona, un poco nostálgica al pensar en Andrómeda.

—¿Y a ti te gusta cocinar, Tonks? – preguntó Molly mientras echaba un vistazo curioso a la auror.

Ella se detuvo un momento, pensativa.

—No me desagrada — dijo finalmente – Pero no suelo hacerlo para mi sola… De hecho, suelo cocinar con mi padre. Es algo que hacemos juntos cuando paso unos días en casa. Además, él es un genio preparando postres.

Molly se iluminó al instante.

—¡Postres! ¿Y qué tipo de postres hace tu padre?

Tonks sonrió con picardía.

—De todo un poco, todo muy buenos. Pero sus galletas de chocolate son… legendarias.

En ese momento, Sirius no pudo resistir la oportunidad de hacer una broma.

—Remus no sabe cocinar – dijo, lanzando una mirada hacia su amigo como si fuera un niño pequeño en la cocina.

Remus, tan concentrado en su libro que apenas había levantado la vista, dejó la página marcada, y con una ceja levantada, respondió con un toque de indignación.

—Claro que sé cocinar – dijo con voz firme – ¿Cómo crees que he sobrevivido todos estos años?

—¡Cocinando no! – replicó Sirius, soltando una risa – Lo que haces es comer lo que yo cocino… o sobrevivir a base de chocolate.

Tonks se echó a reír, encantada con la ocurrencia de Sirius.

—Es un adicto al chocolate — agregó Sirius con una sonrisa cómplice, mirando a Remus como si fuera el peor de los pecados.

Remus dejó escapar un suspiro largo, pero su sonrisa lo traicionó.

Al final, no podía negar la acusación.

Tonks se divertía observando las bromas entre ellos, siempre con el toque de camaradería que solo podía venir de años de amistad.

En ese momento, Molly, con una chispa de picardía en los ojos, miró a Tonks y Remus.

Les señaló una tableta de chocolate que había quedado abandonada sobre la mesa.

—¿Y si os encargáis de preparar el postre? – sugirió, dando a conocer su plan maestro – ¿Por qué no preparáis las galletas de chocolate de tu padre, Tonks?

Tonks miró a Remus, que no parecía muy seguro, pero ella lo animó con una sonrisa juguetona.

—Claro, ¿por qué no? —  respondió la auror, tomando el mando con naturalidad.

Remus lanzó una mirada, mitad recelo mitad vergüenza, pero no fue capaz de negarse ante esa expresión brillante y entusiasta.

—Vamos, te voy a enseñar cómo hacerlo – le invitó ella, ya sonriente, mientras se dirigía a la alacena en busca de los ingredientes que necesitaban. 

Finalmente, él se levantó, algo vacilante.

—No tengo ni idea de cómo se hace esto – confesó en voz baja.

Pero Tonks no le dio espacio para la duda. Parecía encantada con la propuesta de Molly. Remus, aunque inseguro al principio, no se dejó achantar por el desafío.

Tonks le explicó los pasos de la receta con paciencia, seguridad, y siempre con una sonrisa en los labios.

—Bate los huevos, añade el azúcar y la mantequilla… —le iba diciendo, mientras ella misma se lo mostraba con una destreza que a Remus le pareció extraordinaria.

Él la observaba, impresionado y un tanto abochornado por su evidente torpeza.

Pero ella no se rendía. Ni se burlaba. Solo le animaba a volver a intentarlo.

—Prueba otra vez. Esta vez sin que caiga la cáscara dentro del bol, ¿vale?

Con el rodillo en la mano, la auror comenzó a extender la masa sobre la encimera con movimientos firmes y fluidos.

Remus la contemplaba con escepticismo… y con las mangas de su chaqueta aún intactas. Por ahora.

Tonks, sin dejar de trabajar la masa, se giró hacia él, alzando una ceja, inquisitiva.

—Entonces, cuéntame… ¿Qué relación tienes con el chocolate exactamente?

Remus dejó escapar una risa suave, mirando de reojo a Sirius, que canturreaba y fingía estar entretenido con las patatas. 

—Bueno, Sirius tiende a exagerar… pero tiene algo de razón —admitió, cruzando los brazos mientras observaba cómo Tonks manejaba el rodillo con agilidad—. Después de mis transformaciones, mi cuerpo queda… bastante debilitado. El chocolate, en especial el oscuro, ayuda a reponer energía rápidamente. Es casi lo único que puedo tolerar en esas primeras horas.

Tonks enlenteció el giro del rodillo. Su expresión pasó de la diversión a la curiosidad.

—¿De verdad? Nunca lo había pensado… Tiene sentido. El azúcar y todo eso.

—Exacto – dijo Remus con una pequeña sonrisa, como si apreciara su comprensión – No es que sea mi único alimento, pero ayuda mucho. Además… – Su voz bajó ligeramente, como si estuviera compartiendo un pequeño secreto – Es realmente delicioso.

Tonks dejó escapar una carcajada y comenzó a mover el rodillo de nuevo, extendiendo la masa de manera uniforme.

—Entonces, básicamente tienes una excusa médica para comer chocolate. ¡Eso no es justo! Algunos de nosotros tenemos que controlarnos.

Remus se rio, con los ojos brillantes por la diversión.

—Bueno, si eso te hace sentir mejor, mi excusa médica también viene con noches de lunas llenas bastante complicadas. No es un intercambio exactamente justo.

Tonks asintió con un gesto dramático, como si estuviera reflexionando profundamente.

—Vale, vale, supongo que te lo has ganado – bromeó.

Tomó un poco de harina y, de manera deliberada, la lanzó suavemente hacia él, dejando una marca blanca en su chaqueta. Remus miró la mancha en su ropa con una expresión de fingida indignación.

—¿Es así como tratas a un paciente en recuperación?

—Es así como trato a alguien que necesita relajarse un poco – respondió Tonks, guiñándole un ojo antes de tenderle el rodillo. – Vamos, ahora prueba tu.

Remus aceptó el reto con un suspiro resignado y se acercó a la encimera.
Tomó el rodillo con ambas manos, concentrado, y asumió el importante rol de estirar la masa por primera vez.
Tonks no le quitaba ojo de encima, con una sonrisa suave y cómplice que no conseguía esconder del todo.

Y así, poco a poco, ambos se fueron sumergiendo en la tarea, riendo y tropezando de vez en cuando con la masa que se pegaba a sus manos. Pero lo más sorprendente era cómo se avenían. 

Sirius, que observaba la escena con una sonrisa socarrona, no pudo resistir hacer un comentario en voz baja.

—Vaya, qué sorpresa… Sin magia y todo, parece que se les da bastante bien.

Molly lo hizo callar con un simple gesto de la mano. Algo en la forma en que aquellos dos se miraban que le recordaba a tiempos más jóvenes, a miradas furtivas y primeros sentimientos floreciendo en medio del caos.

Cuando las galletas finalmente salieron del horno, doradas y crujientes, el delicioso aroma a chocolate inundó la cocina, envolviendo a todos en una sensación de calidez hogareña.

Molly, con una expresión satisfecha, se acercó a la bandeja y las observó con orgullo.

—Y sin nada de magia. ¡Increíble! —exclamó, cruzándose de brazos con aprobación.

Remus, aún con un poco de harina en la mejilla, miró las galletas con cierta incredulidad, como si no terminara de creerse que él mismo había participado en aquella hazaña culinaria.

Alzó la vista y se encontró con la sonrisa radiante de Tonks, que lo miraba con complicidad.

—¿Lo ves? No ha sido tan terrible —bromeó ella, dándole un leve codazo antes de tomar una galleta y soplarle suavemente para enfriarla.

El dulce aroma del chocolate aún impregnaba la cocina cuando ambos se acercaron al fregadero para lavar los utensilios. Entre carcajadas y salpicaduras de agua, compartían una complicidad natural, como si aquella escena tan simple y cotidiana fuera la primera de muchas.

Apoyado despreocupadamente contra la encimera, con los brazos cruzados, Sirius sonrió para sí mismo. Últimamente, aquel par se llevaban demasiado bien.

Alzó una ceja y miró de reojo a Molly, que parecía pensar lo mismo que él.

—Me da la sensación de que hoy se ha cocinado algo más que galletas —murmuró con sorna.

Molly no respondió.

Se limitó a sacudir la cabeza con una leve risa antes de girarse para continuar con su tarea, pero la chispa en su mirada decía más que cualquier palabra.

Sirius la imitó, dejando más intimidad a aquel par.

No se podía ignorar la forma en que Tonks y Lupin se miraban cuando creían que nadie los veía.  

Cuando Tonks llegaba al cuartel, por más que intentara disimular, siempre le buscaba. Y una sonrisa suave se escapaba de sus labios al verle. Y aunque Remus intentaba ocultarlo, sus ojos brillaban con una emoción que Sirius no le había visto nunca.

Entonces, él alzaba la vista, la saludaba con serenidad y cerraba con calma el libro entre sus manos, regalándole su atención entera. Ella se sentaba frente a él, apoyaba el rostro en las manos y le escuchaba, dejándose envolver por el sonido de su voz, la calidez del te compartido o la serenidad de su compañía.

Ninguno parecía haberse dado cuenta aún de la intensidad del vínculo que estaban forjando. Que la presencia del otro se había convertido en algo necesario, mágico.

Y bonito.

Su relación era de aquellas que no necesitaba gestos grandilocuentes ni muchas palabras, pero que se tejía, sin prisa, entre miradas cómplices, silencios cómodos y galletas deliciosas.

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NOTA DE AUTORA:

¡Buenas!

Como podéis ver, este capítulo hay dos partes muy diferentes:

-Azkaban + Grimmauld Place, con las que cierro (por ahora) el arco de Azkaban, el entrenamiento de Tonks y su Patronus.

-Y una escena extra, más doméstica, estilo slice of life. Sé que a nivel narrativo no aporta gran cosa, y es que no estaba pensada para ser escrita.

Creo que ya os conté que este fanfic no empezó por “mi gran devoción por la escritura”. En realidad, fue por un tema de bloqueo artístico. Lo mío es el dibujo, desde siempre, mi hobby favorito. Hasta que la vida adulta, con sus rutinas, sus horas extra, sus quehaceres y sus facturas de interpuso. Y cuando me di cuenta, me senté frente un papel en blanco, sin ninguna idea que dibujar.

Y así día, tras día, tras día.

Aquello fue tremendamente frustrante para mí. Así que, con el objetivo de recuperar mi creatividad, decidí regresar a las cosas que me gustaban de pequeña.

Releí Harry Potter de pe a pa. Y de verdad os recomiendo que, si lo leísteis de niños como yo, volváis a leerlo de adultos, porque la mirada – al menos, para mí – cambia un montón. Y ahí me enganché a Lupin, a Tonks, al cambio del Patronus… y a la sensación de que su relación tenía muchísimo más potencial del que vimos.

Así que pensé: “Vale. Si yo tuviera que imaginarlo… ¿cómo lo haría?”

Y así fue: Escribir me dio ideas para dibujar. Y, recíprocamente, dibujar, me dio ideas para escribir.

Por eso, esta escena slice of life, en realidad no nació siendo escrita, sino como dibujo de coña que hice un día que me aburría. Me hace feliz imaginar a esta gente respirando un poco en mitad del caos, si os soy sincera. Después escribí la escena y estuve a punto de eliminarla, pero, ¡Qué narices! Prefiero compartirla a que quede muerta en mi portátil.

Podéis ver la ilustración del capítulo en mis redes —pasad por Instagram, Tumblr o TikTok.

Os dejo todos mis links aquí:

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