¡VIGILANCIA PERMANENTE!
Tonks caminaba distraída por las calles de Londres, intentando ordenar sus pensamientos. Mantenía una distancia prudente respecto a Rookwood, que se mezclaba entre la multitud unos pasos por delante.
Ella – caracterizada como una mujer de mediana edad de rasgos suaves – no apartaba la vista de él.
La vigilancia de aquel día había resultado, otra vez, frustrante.
Había acompañado a Moody con la esperanza de interceptar algún movimiento sospechoso, pero tras horas y horas de paciencia, solo les quedó la monotonía y el tedio.
Tonks había imaginado una operación más tensa, más vibrante. Algo que despertara su instinto de auror y le hiciera sentir la adrenalina. Pero cada día estaba más resignada a perder el tiempo.
Rookwood no se comportaba como un villano, sino como un hombre más entre tantos.
Había salido del Ministerio a su hora habitual, caminado sin prisas por las calles, con la naturalidad de quien no tiene nada que ocultar.
Demasiada naturalidad, tal cual había dicho Sirius. Era como si cada paso suyo estuviera diseñado para parecer anodino.
Finalmente, Moody dio por terminado el turno.
—Este bastardo sabe que lo seguimos. Hoy no habrá suerte — masculló antes de desaparecer entre los muggles.
Pero Tonks decidió seguir a su objetivo un rato más.
No porque esperara encontrar algo nuevo, sino porque necesitaba pensar. Y, al fin y al cabo, caminar sin rumbo por las calles era mejor que volver a casa con la cabeza llena de ruido.
Y fue entonces – cuando empezaba a plantearse marchar a casa –, que algo cambió.
Rookwood se desvió ligeramente de su rumbo, apenas un matiz en su trayecto habitual, pero suficiente para que algo en su instinto se encendiera.
No era casual. Lo supo al instante.
Esa pequeña ruptura en la rutina tenía un propósito.
Se escondió tras una esquina, con el corazón acelerado. Sin perder tiempo, cambió su apariencia otra vez con un parpadeo rápido: oscureció su cabello, endureció sus rasgos, y, en segundos, era otra persona.
Se movió entre las sombras, sigilosa, manteniéndose a distancia mientras Rookwood avanzaba con la misma aparente calma de siempre… aunque ahora, su mirada se desviaba de vez en cuando sobre su hombro, asegurándose de que nadie lo siguiera.
Lo vio cruzar los límites del Callejón Knockturn y detenerse frente a un oscuro almacén.
La fachada estaba deteriorada, con madera hinchada por la humedad y una placa de cobre corroída que apenas dejaba leer las letras. Por la forma en que se deslizó dentro, con un solo movimiento fluido y preciso, Tonks confirmó que no era la primera vez que entraba.
Mordiéndose el labio, se acercó con cautela hacia una de las ventanas laterales, una de las pocas que no estaban tapiadas. Se agazapó, fundiéndose con la oscuridad hasta volverse casi invisible. El frío de la noche le calaba las rodillas, pero no se movió.
Rookwood no estaba solo.
Conversaba con un hombre al que no reconocía.
Ambos estaban tensos, inclinados el uno hacia el otro. Sus voces eran tan bajas que no lograba distinguir palabras. Sin embargo, el lenguaje corporal de Rookwood lo decía todo: su postura rígida, contenida,… parecía estar al borde de la agresión.
Tonks frunció el ceño. Trató de encontrar una mejor posición para escuchar algo, deslizándose apenas unos centímetros.
Entonces, un escalofrío le recorrió la espalda.
Ella tampoco estaba sola.
Sintió una leve oscilación en el aire detrás de ella, apenas un crujido imperceptible en la grava.
Su instinto reaccionó primero. La varita apareció en su mano antes de que su mente tuviera tiempo de procesar el peligro.
Aun así, se obligó a no girarse de golpe. Debía mantener la calma.
—Bien, Nymphadora.
Tonks apretó los dientes. Reconoció el tono de inmediato y suspiró, frustrada.
Se volvió con lentitud y, bajo la luz de una farola lechosa, emergió la silueta inconfundible de Alastor Moody. Su ojo mágico giraba en su órbita con aire perezoso, como si no tuviera prisa alguna.
La auror se cruzó de brazos.
—¡Es Tonks! —bufó, sin disimular su irritación—. Y seguro que llevas aquí un buen rato, solo para darme un susto de muerte.
Moody dejó escapar una risotada satisfecha.
—Por fin estás aprendiendo a moverte en silencio —murmuró—. Pero te has olvidado de…
—La vigilancia permanente —completó ella, rodando los ojos.
Él asintió con gravedad, escaneó los alrededores de un vistazo rápido y se agachó a su lado. Ella quiso fingir indignación, pero una sonrisa se coló en su rostro.
Vale. Su mentor tenía razón. Como siempre.
—Entiendes lo que he hecho, ¿no? —preguntó él en voz baja, mientras ambos volvían a mirar hacia la ventana.
Tonks reflexionó por un momento, pero enseguida lo comprendió.
—Lo hiciste a propósito —murmuró ella. —Cuando nos despedimos antes, te dejaste ver por Rookwood. Y él pensó que eras su único perseguidor… y que te habías cansado. Bajó la guardia.
—Y tú seguiste —dijo Moody, complacido.
—Porque tú sabías que yo lo haría.
Moody asintió.
—Rookwood no tiene ni idea de que esta vez no ha conseguido perder a todos sus fantasmas.
La auror rodó los ojos otra vez.
Moody la conocía bien: sabía que ella no se daría por vencida tan fácilmente.
El auror sacó la varita e hizo un encantamiento desilusionador sobre los dos. Tonks notó cómo la atmósfera a su alrededor se volvía más densa, como si una capa de niebla invisible los cubriera.
Luego, Moody se inclinó hacia la ventana y susurró:
—Ahora centrémonos en lo que este par tienen pendiente…
Un rayo de luz cruzó por un instante el interior del almacén, iluminando el rostro del desconocido.
Fue fugaz, pero suficiente.
—¿Le conoces? —preguntó ella, sin apartar la vista.
Moody entrecerró los ojos. Su ojo mágico giraba en silencio, analizando cada detalle.
—No —respondió al cabo de un momento—. Pero no me gusta. Recuerda su aspecto. Más tarde haremos averiguaciones.
Tonks asintió, esforzándose en grabar en su memoria los detalles de la figura misteriosa: la forma en que se movía, la manera en que ladeaba la cabeza al escuchar, incluso el gesto nervioso con el que se ajustaba la manga de la túnica.
Y entonces lo vio: un destello metálico llamó su atención.
Llevaba un anillo.
No era ostentoso, pero destacaba. Como si no quisiera ser visto… y, a la vez, ser recordado.
Lo más curioso fue que, en cuanto el desconocido se lo mostró a Rookwood, su expresión cambió. Su postura se volvió más receptiva. Como si el anillo significara algo. Como si fuera una contraseña silenciosa. Una garantía.
Los dos aurores se quedaron en silencio hasta que Rookwood y su acompañante se adentraron un poco más en las sombras del almacén, haciéndole achicar los ojos para no perder detalle.
—Ahí dentro no se están contando cuentos para dormir, eso te lo aseguro —gruñó Moody.
Un cosquilleo de emoción recorrió los brazos de Tonks. Su varita volvió a deslizarse entre sus dedos, lista para entrar en acción.
—¿Vamos? —propuso en voz baja, apenas conteniendo la impaciencia.
Moody negó con un leve movimiento de cabeza. Su ojo mágico se detuvo en la puerta del almacén.
—No esta vez. Llamaríamos demasiado la atención —dijo en voz baja—. Si nos descubren ahora, Rookwood sabrá que estamos tras él, y eso lo hará más cuidadoso. No es buena idea entrar a la brava.
Tonks chasqueó la lengua, pero sabía que tenía razón.
—Sigilo, entonces… —murmuró con un deje resignado.
—Exacto —asintió Moody
Tonks volvió a guardar la varita.
—Vale, jefe. Como tú digas.
Unos minutos más tarde, el desconocido sacó una carpeta y se la entregó a Rookwood.
Tonks entrecerró más los ojos, esforzándose por distinguir el emblema que adornaba la portada. Era borroso, pero logró captar el contorno general: una figura circular, con lo que parecían letras estilizadas a su alrededor.
Tras el intercambio, los dos hombres se separaron sin decir palabra.
Pudieron oír cómo Rookwood salía por el mismo lugar por el que había entrado, maldecía algo en voz baja y se encaminaba con paso rápido y seguro, sin mirar atrás. Sus pisadas resonaron contra los adoquines oscuros del callejón Knockturn mientras se alejaba.
Moody y Tonks aguardaron un poco más, por seguridad. Esperaron en silencio, atentos a cualquier sonido, cualquier presencia. Solo cuando todo volvió a quedar en calma, se incorporaron con cautela.
—¿Crees que esa conversación era importante? —susurró Tonks mientras se estiraba con discreción y se sacudía el polvo de las rodillas.
—Lo sabremos pronto —respondió Moody en voz baja, lanzando una última mirada al almacén antes de echar a andar—. Lo importante es no dejar cabos sueltos. Al menos ya tenemos por dónde empezar.
Y, tras una breve pausa, cambió de tono, más grave, pero con una chispa de ironía:
—Hablando de cabos sueltos… ¿me vas a explicar cómo demonios lograste volcar ese termo de café en medio de la reunión de aurores esta mañana?
Tonks soltó una carcajada baja y sacudió la cabeza.
—Los termos no deberían tener doble fondo. Y las mesas no deberían cojear. Y tú no deberías mover mi silla cuando estoy sirviendo una bebida caliente.
Moody refunfuñó algo entre dientes e hizo una mueca, lo que en su rostro curtido equivalía a una sonrisa.
—Eres un desastre, Nymphadora. Suerte que nadie llevaba túnicas caras.
—Admito que no fue mi momento más glorioso —replicó ella con un encogimiento de hombros despreocupado, como si todo hubiera salido exactamente según lo planeado—. Pero al menos Scrimgeour no me echó del cuerpo.
—Scrimgeour es más indulgente de lo que yo sería —gruñó Moody, con ese tono seco que Tonks ya conocía demasiado bien.
—¡Oh, vamos! Fue un accidente… bueno, en parte —añadió con una risita cómplice.
Moody le lanzó una mirada que habría hecho temblar a la mayoría de los reclutas. Tonks aguantó el tipo con el mismo descaro de siempre.
—¿En parte?
Ella se encogió de hombros, con un brillo travieso en los ojos.
—Digamos que quería distraer la atención… Solo que no con una catarata de café hirviendo. Y quizá, solo quizá, aprovechar para fastidiar un poco a Dawlish.
Sacó la lengua, divertida por la expresión entre incrédula y resignada de Moody. Él la observó en silencio durante un largo instante, como si meditara entre regañarla o rendirse de una vez por todas.
Al final, soltó un resoplido que sonó casi a risa.
—Sabes, Nymphadora… algún día vas a meterte en un lío tan grande, que ni yo podré salvarte.
—Ese día no será hoy, jefe —respondió ella con una sonrisa confiada, y le guiñó un ojo antes de adelantarse con pasos ligeros.
Moody la miró un momento más, entre la exasperación y el afecto sincero que ya no se molestaba en disimular. Finalmente, dejó escapar un suspiro y negó con la cabeza… aunque no pudo evitar sonreír.
—Una calamidad —murmuró para sí—. Pero al menos es nuestra calamidad.
Y con eso, ambos se perdieron en la oscuridad de la noche.
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Tonks entró en la oficina con un bostezo mal disimulado y el cabello de un tono violeta suave.
El ajetreo matutino ya se sentía en el aire: pergaminos volaban entre escritorios, tazas humeaban sobre pilas de informes, y un par de aprendices corrían detrás de una rata encantada que alguien había soltado como broma.
Booth fue el primero en verla.
—¡Vaya cara! —exclamó desde su mesa, al verla pasar—. ¿Noche complicada?
—No sé de qué me hablas —respondió Tonks con una sonrisa torcida, alzando las cejas—. No hice nada raro… solo me pasé la noche… estudiando hechizos.
Dawsey, sentado unos escritorios más allá, le hizo un gesto cómplice con la cabeza.
—Mmm, sí, claro… «estudiando». Mira que tú no sabes disimular, Tonks. Seguro que vienes de una intrépida misión nocturna.
—O similar — añadió Booth, alzando las cejas y mirando a su compañera, invasivo.
Tonks soltó una risa baja y avanzó hasta su mesa.
Sabía que aquellos dos disfrutaban especulando: que si había estado en una misión encubierta, que si tenía un amante bandido… que si todo a la vez. Mejor dejarles con la intriga.
Pero el ambiente se tensó apenas un segundo después.
Dawlish pasó junto a ellos, impecable en su túnica planchada al milímetro. Ni una arruga, ni una sonrisa. Ni una mancha de café.
Al ver a Tonks, desvió la mirada como si fuera invisible.
Ella mantuvo la compostura. A esas alturas, ya no le afectaban sus desplantes.
A su lado, apareció Kingsley.
Silencioso, sereno, con su andar imponente. Sus ojos se cruzaron fugazmente con los de Dawlish, pero no dijo nada. La desaprobación estaba en su mirada, clara como un hechizo sin verbalizar.
Luego se volvió hacia Tonks.
—No te olvides —le dijo en voz baja—. Esta tarde, reunión.
Ella asintió con discreción.
—Allí estaré.
Kingsley sostuvo su mirada un instante largo y luego siguió su camino, dejando tras de sí solo el murmullo del trabajo cotidiano.
Tonks soltó un leve suspiro, estiró los hombros y se dirigió a su escritorio.
Se dejó caer en la silla con un leve crujido, tomó la pluma… y se dispuso a rellenar informes como cualquier otro día.
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Por la tarde, llegó temprano a Grimmauld Place.
Aún faltaba un buen rato para la reunión, pero había terminado su turno en el Ministerio antes de lo esperado, así que decidió ir directamente al cuartel.
Al cruzar el umbral, avanzó por el pasillo. El único sonido que rompía la quietud era el de sus botas resonando suavemente sobre la madera gastada.
Esta vez no olvidó el paragüero de pata de troll, esa curiosa pieza que parecía estar allí en medio con el propósito de hacer tropezar al desprevenido.
Recordó con fastidio el incidente con Lupin y, con un movimiento exageradamente cuidadoso, esquivó el peligro antes de dirigirse hacia la cocina.
Por un momento, temió encontrarse con el susodicho.
Pero, para su sorpresa, no había nadie allí.
Sus ojos recorrieron la estancia, intentando encontrar algo de vida o calor entre los tonos apagados y la penumbra.
Pero no había nada
Las cortinas, gruesas y echadas, bloqueaban cualquier atisbo de luz exterior.
Las ollas de cobre, apagadas y cubiertas de polvo, no reflejaban más que su propia opacidad.
Incluso el reloj en forma de serpiente parecía haber dejado de marcar el tiempo.
Se removió en la silla, incómoda. Volvió a tener aquella sensación de familiaridad tan rara. Y, además, otra distinta. La asfixia.
Aquella casa tenía algo opresivo que se filtraba en su ánimo e, inexplicablemente, la afectaba de una forma casi personal.
De hecho, ni siquiera le parecía un edificio.
Le parecía un ser. Un ser antiguo, denso, que la observaba. Que la reconocía. Que la retaba.
Frunció los labios. No iba a estar tranquila si no averiguaba más sobre el lugar.
Y entonces, sin más, se levantó.
Tenía que saber por qué aquella casa despertaba aquellas sensaciones tan intrusivas en ella.
Salió de la cocina.
Volvió a evitar el paragüero en el pasillo y, con paso decidido, comenzó a subir las escaleras.
El aire se sentía más pesado allí, cargado con el aroma de madera vieja y polvo acumulado durante años. Una corriente de aire le erizó el vello de la nuca.
“La respiración de la casa”, pensó. Pero enseguida se obligó a apartar esa idea de su mente.
Cuadros de todos los tamaños llenaban las paredes. Muchos estaban enmarcados en oro apagado o decorados con arabescos recargados, como si compitieran entre sí por el derecho a ser venerados.
Sus figuras, de rostros severos y miradas escrutadoras, parecían seguirla con esa expresión de desprecio silencioso.
Se fijó en unas cortinas densas y oscuras que rozaban el suelo.
Hizo una mueca.
Sabía qué ocultaban. Aquel retrato enorme que le había gritado la vez que tropezó con el paragüero.
Muy concentrada en no rozar, golpear ni tumbar nada que hiciera ruido, Tonks se deslizó frente al lienzo tapado y continuó su aventura.
Pero lo más perturbador que encontró —al menos, en las escaleras— no fue aquel cuadro.
Fueron las cabezas de elfos domésticos montadas como trofeos en la pared, cada una coronada con una placa dorada.
—Vaya, vaya… —murmuró Tonks, con una mezcla de repulsión y fascinación, observando los rostros petrificados, testigos mudos de una historia de servidumbre, crueldad… y orgullo.
Se detuvo y leyó las inscripciones, una por una, antes de continuar.
Reanudó su camino y alcanzó el primer rellano. No parecía haber nadie allí.
Desde el piso superior llegaban ruidos apagados; sabía que allí vivía un elfo doméstico, probablemente deseando que, llegado el momento, su cabeza se uniera a la colección de la pared.
Sus pasos eran amortiguados por una alfombra gruesa y vieja que se extendía por el suelo.
Las puertas que daban al pasillo estaban cerradas o entreabiertas, excepto una al final, que permanecía completamente abierta.
La estancia donde había encontrado a Remus Lupin la noche en que le llevó los pergaminos.
Por un momento, temió encontrárselo allí de nuevo, pero la curiosidad pudo más que ella, y sin pensarlo demasiado, avanzó hasta allí.
La habitación era un salón polvoriento.
La luz pálida que se filtraba a través de unas cortinas raídas iluminaba el polvo suspendido en el aire, creando haces dorados que parecían flotar en un espacio entre el pasado y el presente.
Tonks miró a su alrededor, sin poder evitar un silbido.
Las estanterías estaban abarrotadas de reliquias antiguas, cada una más extravagante que la anterior.
Había artefactos que parecían contar historias de otras épocas; objetos de valor incalculable que exudaban un aura de misterio a la vez que coleccionaban capas de suciedad.
Notó cómo el pulso se le aceleraba sin motivo aparente.
No por miedo, sino por aquella extraña inquietud.
Estaba claro que había algo en ese lugar que ya conocía.
Una conexión sutil, todavía fuera del alcance de su mente.
Entonces lo vio.
A su izquierda, un enorme tapiz cubría casi toda la pared, mostrando un árbol genealógico bordado en tonos verdes, negros y dorados.
Pese al desgaste del tiempo, el tejido aún lucía con orgullo, como si fuera el guardián de la sala, de la casa… y de todo lo que alguna vez ocurrió entre sus muros.
Se acercó, atraída por la belleza del conjunto, por la gravedad callada de sus ramas.
Intuía que allí, entre esos nombres y conexiones, encontraría la respuesta a preguntas que aún no sabía formular.
Pero antes de que pudiera concentrarse en los detalles, un sonido rasposo cortó el aire, seguido de una voz agria.
—Tú…
Tonks se sobresaltó y se giró de golpe.
Una criatura se le acercaba, reptando desde las sombras como un espectro resentido.
El viejo elfo doméstico, con la piel ceniza y cubierto con una funda de almohada raída, la señalaba con un dedo huesudo, cerrando el puño con rabia.
—La traidora a la sangre. La hija de Andrómeda Black… Deberías avergonzarte de pisar este lugar, impura.
Tonks dio un paso atrás, sorprendida por el desprecio con que le escupía cada palabra.
“La hija de Andrómeda Black ¿Cómo podía saberlo?”
Se quedó paralizada por un momento, sin comprender aquella reacción ni por qué aquella criatura, a quien no conocía, le hablaba en ese tono de desprecio.
Su mirada parecía atravesarla, cargada de odio rancio y veneno antiguo. Era casi… como si pusiera la voz que la casa no tenía.
—Como siempre, revolviendo lo que no le pertenece… — continuó el elfo, acercándose más hacia ella — igual que todos los descastados
En el momento en que Tonks abrió la boca para replicar, una voz firme y autoritaria resonó desde el pasillo, rompiendo la tensión.
—¡Kreacher!
Sirius Black se acercaba hacia ellos, con los ojos oscuros brillando de irritación. Con un gesto autoritario, señaló al elfo.
—¡Fuera de aquí! ¡Ahora mismo!
Kreacher torció los labios en una mueca de desdén y, antes de desaparecer en las tinieblas, lanzó a Tonks una última mirada cargada de desprecio.
—Claro, amo Black… Kreacher se retira… a su rincón lleno de desgracias, traiciones y vergüenzas familiares…
Tonks permaneció inmóvil un instante, procesando lo ocurrido, mientras Sirius caminaba hacia ella con los hombros rígidos y el ceño fruncido.
—Lo siento —dijo, con voz grave —. No se puede hacer mucho con ese… es difícil tratar con él.
Tonks, aún con el pulso acelerado, alzó una ceja con resignación.
—No te preocupes. —respondió, con su tono cargado de sarcasmo—. No es la primera vez que me llaman «traidora a la sangre». Y, francamente, dudo que sea la última.
Sirius dejó escapar una breve risa, aliviado de que la joven no pareciera demasiado afectada.
—Kreacher tiene opiniones bastante… singulares sobre casi todo —dijo, ampliando su sonrisa con un toque de indulgencia—. No vale la pena tomárselo en serio.
Tonks asintió. En realidad, no se sentía incómoda por el elfo. Él no era más que otro elemento de la casa, otro órgano de aquel ser ancestral que la hacía sentirse como una intrusa.
Casi de forma automática, la auror desvió la mirada hacia el árbol genealógico que había visto antes.
Sirius no tardó en romper el silencio con una sonrisa ladeada.
—¿Te interesa la decoración de la casa? —preguntó con tono burlón—. ¡Cuidado! Podrías acabar como Kreacher, deseando formar parte de ella.
La broma la hizo reír, aunque de forma algo embarazosa al darse cuenta de que acababa de ser descubierta fisgoneando sin permiso.
—Lo siento… —balbuceó rápidamente—. No quería…
Sirius negó con la cabeza, más divertido que molestio.
—No pasa nada, lo entiendo —respondió con sencillez —. Ya me pareció el otro día que esta casa te llamaba la atención.
Tonks asintió más tranquila, dándose cuenta de que a él no le importaba su pequeño intento de investigación. Miró por un momento a su alrededor, como si dudara en qué decir.
Quizás fue por la presencia embriagadora de Sirius, el desenfado en su postura o por el modo en que sus ojos la miraban sin juicio que se atrevió a hablar.
—Más que curiosidad… me genera incomodidad —admitió—. Es como si me mirara desde cada rincón. Desde cada cuadro. Como si respirara cerca de mí.
Hizo una pausa, tanteando el impulso que la había llevado a decirlo en voz alta.
—Tengo la sensación de que… de alguna forma, esta casa me reconoce.
Apretó los labios, esperando que él se riera o la tachara de paranoica.
Pero Sirius no lo hizo. Solo cerró los ojos unos segundos. Cuando los abrió, su expresión se había tornado más grave.
—Ya… supongo que es normal que lo sientas así. A mí también me pasaba. Esa sensación de… opresión —dijo, mirándola con seriedad — Aunque ya me he acostumbrado tanto que casi lo ignoro. Pero tú… tú creciste lejos de todo esto. Salvo por las historias que te haya podido contar tu madre.
Tonks frunció el ceño, confundida.
—¿Mi madre?
Sirius avanzó un paso más.
—Esto no es una casa cualquiera —dijo en voz baja—. Es la casa de la muy noble y ancestral familia Black. La casa donde creció tu madre. Eres hija de Andrómeda Tonks, antes conocida como Andrómeda Black… ¿no?
Tonks abrió la boca, pero no logró articular palabra.
Un escalofrío recorrió su espalda.
Entonces, como si alguien quitara un velo de sus recuerdos, las piezas encajaron.
—Merlín… —susurró—. ¡Claro que me resulta familiar! Aunque nunca había estado aquí… ¡La he visto en fotos! Muchas de las fotos que guarda mi madre fueron tomadas en esta casa…
Su voz se fue apagando mientras giraba lentamente sobre sí misma, recorriendo la sala con ojos nuevos, ahora con una mezcla de asombro, incredulidad. Y reconocimiento.
El imponente reloj de pie, con su estructura recargada de adornos y rocambolescas filigranas doradas.
La enorme chimenea de mármol algo deslucida que se alzaba, poderosa, en la pared del fondo.
Y, sobre todo, el gran escudo familiar que coronaba el salón.
—Sabía que mi madre se había criado en una casa de magos en Londres —continuó, más para sí misma que para Sirius—, pero nunca supe dónde estaba. Ni siquiera imaginé que… que podría ser esto.
Sirius la observaba con una media sonrisa de complicidad.
—Este lugar forma parte de tu historia, Tonks —dijo finalmente, con una leve sonrisa—. Aunque no lo supieras hasta ahora
Tonks cerró los ojos por un instante, dejando que el peso de la revelación se asentara en su mente.
Con pasos lentos, se acercó al blasón familiar. El mismo que había visto en la puerta de entrada, el que había pasado por alto días atrás, sin percatarse de su verdadero significado.
Sus dedos se extendieron hacia él, casi rozando la superficie gastada por el tiempo.
A pesar de los años, aún podían distinguirse las intrincadas líneas y, en la base, el lema que había leído tantas veces en fotografías.
«Toujours pur.»
—«Siempre puro» —tradujo Sirius tras ella.
Luego rodó los ojos con una mueca cargada de ironía curvó sus labios antes de añadir.
—Bienvenida a tu legado familiar. Aunque, siendo sincero, no creo que esta casa haya sido nunca lo que alguien llamaría un hogar.
Tonks se giró hacia él, esperando una explicación.
Sirius entrelazó los dedos de las manos y comenzó a hablar, con voz grave pero serena.
—Los Black éramos una de las pocas familias de sangre pura que quedaban en Inglaterra —empezó—. Y en la línea principal… se vanagloriaban de una cosa por encima de todas: un árbol genealógico inmaculado, sin mestizos, híbridos, muggles ni squibs. Eso era lo único que importaba. La pureza de la sangre. El linaje.
Hizo una pausa, y sus ojos se perdieron un momento en algún rincón del tapiz.
—Y junto a eso, una lista interminable de valores familiares. Tradiciones. Deberes. Todo revestido de nobleza y honor, claro… pero en realidad eran cadenas. Normas diseñadas no para formar, sino para someter. No premiaban a quien tenía carácter. Al contrario: los que pensábamos por nosotros mismos, los que hacíamos preguntas, los que teníamos personalidad propia… éramos el problema.
Sirius dio un paso hacia ella. Sus ojos, por un instante, se suavizaron.
—Tu madre, Andrómeda Black, era mi prima favorita —dijo con ternura, dejando escapar una sonrisa teñida de nostalgia—. Y yo, su primo favorito, claro. Y los dos… las ovejas negras de la familia.
Tonks levantó la vista. Sentía los pensamientos girar vertiginosamente en su cabeza.
Sirius la observo un momento antes de continuar, como si se intentara leer cuánto conocía ella sobre la historia de los Black.
—Supongo que sabes que tu madre…
Dudó.
Tonks asintió lentamente.
—Sé que se escapó para poder casarse con mi padre —dijo con tono firme, aunque su expresión empezaba a demostrar su fastidio —. Hijo de muggles. Supongo que la relación entre ellos no fue bien recibida por la familia. Y mucho menos lo sería su descendencia.
Se señaló a sí misma con un gesto teatral que no logró ocultar del todo la amargura que le subía por la garganta.
—Exactamente —dijo él, imitando su tono dramático—. No eras bienvenida aquí… hasta ahora.
Tonks dejó escapar una risa breve, casi automática.
—Vaya honor —murmuró.
Sirius, sin perder el humor, le guiñó un ojo.
—Oh, sí. Ahora estás en la sede de la jerarquía Black. Felicidades.
Tonks sonrió, aunque la sensación de asfixia en el pecho aún pesaba.
Sirius la miró de nuevo.
Y en su silencio, ella intuyó que lo peor aún no había sido dicho.
O visto.
Finalmente, volvió a hablar.
—Ven. Quiero mostrarte algo.
Le indicó que se acercara al gran tapiz. Los ojos de Tonks recorrieron, por fin, los detalles.
Nombres trazados con una caligrafía elegante y enredados en finas líneas doradas se desplegaban como un mapa de generaciones, dibujando una red de parentescos y alianzas que abarcaba siglos de historia.
Pero no todo en aquel dibujo era armonía: aquí y allá, cicatrices oscuras rompían la continuidad de la familia. Miró a Sirius, sin entender.
—Aquí, debajo de estas quemaduras, estaban nuestros nombres —dijo él, señalando dos huecos oscuros. El de Andrómeda y el mío. Pero ya ves, nunca fuimos nada para ellos. Todo lo que representábamos se salía del canon de los Black.
Tonks ladeó la cabeza, siguiendo con la vista las marcas. Sintió encogerse su estómago. Aquel vacío en el espacio que debería haber ocupado Andrómeda Black le resultó más imponente que todos los nombres bordados.
Era como si nunca hubiera existido. Como si la sangre que corría por sus venas no hubiera sido suficiente para mantenerla en ese lugar. En esa familia.
—¿Y quién decidió eso? —preguntó, con la voz rota.
Sirius dejó escapar una risa seca antes de señalar un nombre más arriba, justo sobre el suyo.
—Walburga Black, mi madre —anunció, sin emoción alguna.
Tonks se inclinó para ver mejor el retrato.
Una bruja de facciones altivas, mirada implacable, dibujada con hilos mágicos que parecían capturar no solo su rostro, sino su esencia, la seguía con los ojos.
Instintivamente, Tonks pasó la mano por la negra quemadura, siguiendo las líneas que conectaban aquellos nombres con historias, y secretos de los que apenas había sabido nada hasta ese día.
Sirius la observaba en silencio.
—Supongo que pensabas que tu madre se había fugado para casarse con tu padre, ¿no? Que tal vez, un día se discutió con la familia y se fue.
Hizo una pausa. Luego acarició con dos dedos la marca negra en el tapiz.
—Y sí. En parte, fue eso – concedió él – pero también mucho más.
Sirius paró un momento, como si buscara las palabras adecuadas.
—Andrómeda llevaba años reprimida antes de que aquello ocurriera. Años fingiendo que era alguien diferente, alguien que encajara dentro del molde de la familia. Sus opiniones, sus pensamientos, su voz… incluso su metamorfomagia, se vio afectada. En realidad, amar a tu padre no fue el principio de su libertad. Fue el final de su encierro. La gota que colmó el vaso.
Hizo otra pausa. Esta vez más larga.
—Pero no fue ella quien se fue, Tonks. La repudiaron. No es que ella quisiera marcharse…Es que ya no podía quedarse.
Tonks sintió como el corazón se le helaba.
Allí, en esa casa polvorienta y fría, con los cuadros que susurraban insultos y los pasillos llenos de sombras, la voz de Sirius rompía definitivamente todas sus teorías sobre el pasado de su madre.
Como un espejo que se deshace en mil pedazos.
—Supongo que no imaginabas que la realidad fuera tan dura, ¿no?
Tonks negó con la cabeza, sin apartar los ojos de la cicatriz negra.
Sirius se alejó un poco, dándole espacio, consciente de que aquella historia familiar siempre amargaba la vida de cualquiera que la conociera. Tras un minuto de silencio, continuó.
—Pero no todo es tan malo.
Sirius volvió a caminar hacia el tapiz y señaló otro nombre borrado. El suyo.
—Cuando ella dejó todo esto atrás, me enseñó que había otra forma de vivir. Y tiempo después, yo también me escapé.
Tonks se giró hacia él.
Recordaba cómo su madre le había hablado de Sirius con orgullo contenido, describiéndolo como el único Black que tuvo el valor de rebelarse contra las absurdas tradiciones familiares.
—Al principio fue duro, claro. — continuó Sirius, cruzándose de brazos — Te preguntas qué hiciste mal, por qué no puedes ser lo que esperan de ti. Es tu familia, después de todo, ¿no?
Dejó escapar una risa breve y amarga.
—Pero luego… fue liberador. No tenía que fingir más. No tenía que esforzarme por encajar en un lugar que nunca fue para mí.
Se encogió de hombros y la buscó con la mirada.
—Tu madre fue mi referente, y un gran apoyo. Era valiente, más valiente de lo que yo fui a su edad. Y me enseñó que había vida tras estas cuatro paredes. Que podría aspirar a ser la persona que yo quisiera.
Los ojos de Sirius se cerraron, como si buscara en su interior algo que no podía encontrar en el tapiz. O tal vez, como si lamentara la pérdida de algo que nunca podría volver a ser.
Cuando volvió a hablar, su voz se había dulcificado, y una sonrisa nostálgica surgió suavemente, como una llama tenue en la oscuridad.
—Por suerte, creo que nunca estuvimos solos. Tu madre siempre tuvo a tu padre… y a ti. Y por lo que me consta ahora, es tremendamente feliz.
Tonks le devolvió la sonrisa, sin poder evitar que aquellas palabras le calaran más de lo que habría imaginado.
Sirius se apartó un poco y se dirigió hacia el centro del salón con paso tranquilo.
—Yo también tuve una familia —añadió, girándose apenas para mirarla por encima del hombro—. Tres grandes amigos que me apoyaban incondicionalmente.
Esbozó una sonrisa ladeada, casi traviesa, como si intentara desviar la melancolía y se dejó caer con soltura en un sofá desvencijado, hundiéndose entre los cojines.
Luego palmeó el hueco a su lado, invitando a Tonks a acompañarlo. Ella se acercó y se sentó sin dudar, sorprendida por lo fácil que resultaba estar cerca de él.
—Cuando me escapé de esta casa, fui directo a la casa de los Potter. Eran como una segunda familia para mí —dijo Sirius, mirando al frente, pero con una suave sonrisa, como si las memorias de aquellos días fueran a llevárselo de vuelta a otro tiempo.
Tonks se giró hacia él, con una ceja alzada.
—¿El padre de Harry Potter? —preguntó, interesada. Harry Potter era una figura intrigante para ella.
Había leído todo lo que se había publicado sobre él últimamente, pero aún no se había hecho una opinión formada sobre su persona. No había llegado a conocerle. Todavía.
Sirius se acercó con un brillo nostálgico en los ojos.
—James era como un hermano. Arrogante hasta la médula, pero con un corazón enorme. Siempre tenía alguna idea descabellada en la cabeza… y, para qué engañarnos, yo también. Una vez intentamos…
Se interrumpió con un bufido entre dientes, como si acabara de recordar una aventura de juventud demasiado buena para no compartirla.
Entonces, con entusiasmo, le contó a Tonks una de sus travesuras junto a James, un incidente que involucraba una escoba, una poción mal hecha y una sala común llena de humo rosa. Tonks soltó una carcajada, imaginándose la escena con vívidos detalles, casi como si hubiera estado allí.
Sirius se rió con ella, pero luego su tono se tornó más reflexivo.
—No éramos solo James y yo —continuó, y en su mirada apareció una sombra de melancolía—. También estaban Colagusano y… Lunático.
Tonks sintió un escalofrío al escuchar aquel primer nombre.
Lo había oído antes, en la historia que Moody le había contado sobre la noche en que Voldemort había recuperado su cuerpo. El siervo más leal del Señor Tenebroso, el traidor que preparó el brebaje que le devolvió la vida.
No quiso opacar la atmósfera con la mención a esa revelación.
Pensó en el otro nombre… ese no lo reconocía.
—¿Lunático? —repitió con una sonrisa divertida, arqueando una ceja.
Sirius no pudo evitar soltar una risa franca que le recordó a un ladrido, pero iluminó su rostro con un brillo casi juvenil, como si aún estuviera viendo a sus viejos amigos.
—Tú lo conoces como Remus Lupin. Siempre fue el más sensato del grupo, aunque con un humor cambiante. De ahí lo de Lunático. Podías tenerlo absurdamente serio dándonos un buen sermón, y al momento siguiente, estaba tumbado en el suelo riendo como un idiota. Era el equilibrio perfecto entre juicio y locura.
Tonks arqueó una ceja, incrédula. Las palabras de Sirius chocaban con su propia experiencia. Había conocido a Remus, claro, pero lo que más le había mostrado él era indiferencia. No se imaginaba que ese hombre tan reservado, tan sombrío, pudiera ser capaz de hacer algo tan simple como reír sin motivo.
— ¿Remus Lupin? ¿Divertido? No lo creo.
Sirius la miró con una sonrisa comprensiva, como si conociera bien esa reacción.
—Eso es porque es un desconfiado con las caras nuevas —explicó con ligera indulgencia, como si supiera algo que Tonks aún no comprendía del todo—. Pero dale tiempo. Te sorprenderá.
Miró al reloj en un rincón de la sala y se levantó.
—Venga. No lleguemos tarde a la reunión.
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NOTA DE AUTORA:
Capítulo largo e intenso, lo sé. Me ha costado mucho de escribir he de decir, siento si hay muchas palabras o microexpresiones repetidas, he intentado que fueran las mínimas.
Pero… ¡POR FIIIIN!
Una de mis subtramas favoritas ¡La familia Black!! Por Dios, esta historia es oro puro y no fue explotada. Mentiras, misterios, engaños, traiciones, llanto, pena, resignación, esclavitud… es que este linaje lo tiene todo, y lo explotaremos, os prometo que lo llevaremos al límite.
Andrómeda y su trágica historia es un personaje que me encanta. Ya me diréis si os creéis mi versión de los hechos. He intentado que no sea un drama de culebrón, pero tampoco se pase de forma superficial. Espero haber conseguido transmitir el tono correctamente.
Además, el escenario, Grimmauld Place, una casa lóbrega llena de objetos olvidados por generaciones, polvo suspendido en el aire y secretos que se susurran tras sus puertas, me parece demasiado evocador para pasarlo por alto.
Cualquier historia se escribe sola con este ambiente.
De hecho, me recuerda a una película de animación que se llama Monster House. Sí, le he querido dar esta “personalidad” a la casa: Como un ser vivo que, a parte de telón de fondo, es parte de la historia también. Además, este tipo de estética gótica, el olor a cera vieja y las alfombras desgastadas,… uff, es que habla por sí solo. Creo que le sacaremos partido.
En fin. ¡Espero que hayáis disfrutado de la lectura y tengáis paciencia! ¡Os prometo que los Weasley nos pondrán la casa patas arriba bien pronto!
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