Soy una orgullosa oveja negra
En contraste con la diversión de los últimos días, Tonks despertó con el ánimo pesado la mañana siguiente.
No era un mal humor explosivo, de esos que la hacían bufar y soltar alguna maldición entre dientes, sino uno pesado, de los que se pegaban a los huesos y entorpecían los movimientos.
Había dormido mal.
Su sueño había estado interrumpido por un seguido de imágenes inquietantes: los ancestros Black burlándose de ella desde sus retratos, con sus miradas severas y labios finos curvados en sonrisas de desprecio.
En el sueño, ella se había quedado atrapada en una transformación fallida, a medias entre un insecto y un tejón, con extremidades torpes y ojos saltones.
Luego venían las risas: estridentes, burlonas, como un coro cruel que le llenaba los oídos, le cortaba la respiración y le embotaba el cerebro.
Despertó con un sobresalto.
Aunque sabía que era solo un sueño, corrió hasta el espejo, casi temerosa de encontrar algo que no pudiera deshacer.
Pero no había nada raro.
Solo su reflejo de siempre: una chica de rostro anguloso, mandíbula firme y ojos grandes bajo unas cejas expresivas.
Su cabello, sin embargo, se había vuelto de un gris azulado, intentando reflejar ese desasosiego.
No lo cambió. Si su ánimo era gris, su melena también lo sería.
Se alejó del espejo y se dirigió al armario, buscando algo que acompañara ese estado de ánimo, algo que se ajustara a ese color tan poco habitual en ella.
Para empeorar las cosas, tuvo otro encontronazo con Dawlish aquella mañana.
Se lo cruzó en uno de los pasillos del Ministerio: siempre con su sonrisa de suficiencia, ese aire de arrogancia tan perfectamente calculado que lograba sacarla de quicio. Intercambiaron algunas palabras tensas sobre un informe y la manera en que, según él, ella «debería haber gestionado» un caso de vigilancia.
Tonks lo fulminó con la mirada, dándole la espalda antes de que su paciencia llegara al límite. No dijo lo que realmente pensaba, pero le costó contenterse.
—¿Estás bien? —preguntó Kingsley, que había presenciado la escena desde la distancia.
No pudo evitar fijarse en el tono grisáceo y apagado del cabello de su compañera.
—Sí. Claro —respondió ella con una sonrisa que no engañaba a nadie.
Kingsley la miró en silencio.
—¿Es por Dawlish?
Tonks soltó una risa breve, sin humor.
—Ojalá fuera por Dawlish —murmuró.
Él no insistió. Sabía cuándo no presionar. Pero su mirada se quedó con ella unos segundos más, como si intentara descifrar algo que ni ella tenía claro.
Tonks bufó en silencio.
Ni siquiera discutir con Dawlish había servido para distraerla de su malestar. De hecho, aquella situación solo había hecho que la pesadilla regresara a su mente.
¿Por qué siempre tenía que ser así?
Para Dawlish, como para tantos otros, ser sangre pura era lo único que importaba. Lo que le otorgaba el derecho —porque lo creía un derecho— de mirar a los demás por encima del hombro.
Igual que los ancestros Black; desde sus cuadros, con esa misma arrogancia y su coro de risas de desdén.
Como si el valor de una persona se midiera por la sangre en sus venas y no por lo que hacían con ella.
Normalmente, a Tonks todo aquello se resbalaba.
Casi se reía. De los que tomaban demasiado en serio la nobleza de su apellido, de los que creían en la pureza de linaje y en todas esas pamplinas rancias que parecían gobernar los altos círculos de la sociedad mágica.
Le parecía que aquellas creencias eran anticuadas, injustas. Y ridículas.
Desafiaba esas jerarquías con su trabajo duro, con su actitud despreocupada, su risa fácil y su cabello de colores vibrantes.
Pero aquel día, todo le pesaba más.
Como si lo que siempre había conseguido esquivar con optimismo y buen humor se hubiera convertido, de pronto, en una losa que la aplastaba sin remedio.
Y en el fondo, sabía por qué.
Por qué había tenido esa pesadilla, por qué su pelo estaba de un color raro y por qué se sentía tan taciturna aquella mañana.
Era por la historia recién revelada de su linaje, su apellido… y su madre.
Tonks siempre había querido saber más sobre su familia materna.
De pequeña, se escabullía a la habitación de sus padres y, con la ilusión brillando en los ojos, abría el armario. Apartaba pañuelos, sortijas y pequeñas cajas hasta dar con el tesoro escondido en el fondo del último cajón. Entonces, con su sonrisa tierna, de niña, y un grueso álbum en las manos, corría a buscar a su madre para pedirle que le hablara de aquellas personas a las que no había visto nunca pero que conocía tan bien.
Una vez más.
Andrómeda, siempre dispuesta a complacerla, cedía.
Se sentaba a su lado en el sofá del salón, con una taza de té, y juntas empezaban a pasar páginas.
Miraban las fotografías, revivían los nombres, y Andrómeda contaba por enésima vez aquellas mismas historias que Tonks no se cansaba de oír.
Tonks se emocionaba, señalaba, preguntaba por esa familia ausente.
Y su madre, con una caricia, una sonrisa, y esa voz suave —casi un susurro—, respondía. Siempre.
Por supuesto, aunque fuera joven, Tonks lo notaba.
Que había cosas que su madre se guardaba para sí.
Y, aunque nunca fue plenamente consciente de por qué, ella nunca insistió. Tal vez por la oscuridad que ensombrecía sus ojos o la tensión que se le dibujaba en el rostro, que Andrómeda se esforzaba en disimular tan bien.
Así que, en su lugar, Tonks había imaginado. Y mucho.
Una casa antigua, solemne y poderosa.
La magia especial de las familias de sangre pura. Las hermanas misteriosas, el primo incomprendido.
Se había figurado una familia con desavenencias, sí. Con discusiones, distancias y los típicos problemas domésticos.
Pero también había imaginado afecto. Un pasado de cariño que, de alguna forma, justificara el uso de la palabra familia.
Y de la palabra hogar.
Ahora, tras haber pisado Grimmauld Place, su percepción había cambiado.
Al recordar aquellas tardes junto a su madre, casi podía ver – con una claridad meridiana –, la cara que ponía ella al mirar ciertas fotos. Las sonrisas que pintaba en sus labios, pero que no llegaban a iluminar sus ojos. Y los frecuentes, aunque breves, silencios que ocupaban el espacio entre las dos.
Se daba cuenta de que las respuestas habían sido incompletas, las verdades ocultadas y la historia, amortiguada.
Siempre pensó que su madre fue una heroína rebelde que se marchó por elección.
Y no una chica encerrada que no tuvo más remedio que huir para poder ser ella misma.
Y aquella revelación le pesaba mucho más de lo que podía haber imaginado. Tal vez porque nunca había pensado que la realidad fuera tan árida, mucho más que cualquier versión que hubiera querido inventar.
Pensaba que tal vez estaría enfadada con ella por no haberle contado la verdad.
Pero en realidad, entendía por qué no lo había hecho.
Porque dolía.
Porque conocer sus raíces significaba descubrir que esas tradiciones asfixiantes no eran solo parte de un cuento del pasado, sino que se habían cebado sobre sus padres, sobre ella y sobre todo lo que le habían enseñado a amar y respetar.
Habría sido mejor no saberlo.
Habría sido más fácil seguir creyendo su historia de cuento de hadas, y nunca jamás haber intentado averiguar nada sobre los Black.
Podía fingir que no lo sabía. Pero ya no podía deshacer lo descubierto.
Ahora, podía sentir cómo las sombras de la mansión Black se cernían sobre ella.
Aunque detestaba todo aquello, no podía evitar sentirse juzgada, menospreciada y apartada por aquellos ideales que iban contra ella.
Los retratos de mirada severa. El maldito tapiz genealógico. Las quemaduras sobre los descastados. Y… la casa en sí, que no dejaba de recordarle que ella no pertenecía.
No es que lo quisiera.
Pero es que, aunque lo hubiera querido, tampoco habría podido formar parte de ese mundo.
Ya no era solo que cualquier desconocido —como Dawlish— pudiera menospreciarla.
Es que su propia familia lo habría hecho.
Así que, por todo eso, la pesadez del día tenía nombre y apellido: Nobleza. Linaje. Grimmauld Place. Black.
De hecho, una simple “casa”, edificio o vivienda, la estaba haciendo sentir así.
Y si su madre —cuya sangre era tan pura y tan noble— no había importado nada a esa familia…
Si sus opiniones, su vida, su forma de ser no habían cambiado nada…
¿Qué podía esperar ella, su hija de sangre mezclada?
¿Qué podía hacer contra un mundo que aún estaba guiado por esos ideales?
Por primera vez, se preguntó si valía la pena esforzarse.
Ser una buena auror, una buena persona… ¿para qué?
Si al final todo se reducía a sangre, estatus y poder.
Si el mundo no quería cambiar…
¿Por qué seguir luchando?
La intranquilidad la persiguió durante toda la jornada.
Al salir del Ministerio, se encontró caminando sin rumbo fijo, hasta que, casi sin darse cuenta, sus pasos la llevaron frente a Grimmauld Place.
“Tal vez los Weasley me distraigan. O Sirius. Sí… necesito hablar con Sirius.”
Se detuvo en la entrada. Frente a la maldita puerta de la maldita casa.
No pudo evitar apretar los labios en una mueca de desagrado al mirar el escudo familiar deslustrado que coronaba la entrada.
“Toujours pur”
Desde que Sirius le había hecho darse cuenta de lo que significaba aquello, no podía evitar recitarlo mentalmente cada vez que cruzaba la puerta, aunque lo hacía con la misma desgana con la que se repite un viejo chiste que ha dejado de hacer gracia.
“Siempre puro.”
Cruzó el umbral.
Se obligó a sonreír al oír el estruendo en los pisos de arriba: los Weasley seguían manos a la obra, removiendo el polvo y la penumbra con energía inagotable.
Inspiró hondo y subió las escaleras, dispuesta a reunirse con ellos.
A pesar de sus pasos decididos, su mirada se desvió hacia la hilera de cabezas encogidas de elfos domésticos.
La visión le revolvió el estómago.
Las risotadas de sus familiares seguían taladrándole la mente, las sombras de la casa la engullían…
Sacudió la cabeza y apretó el paso.
Al llegar al rellano del primer piso, se cruzó con Kreacher.
El elfo, encorvado y murmurando algo incomprensible, le dedicó una mueca de disgusto antes de desaparecer arrastrando los pies.
Tonks suspiró.
Otra muestra entrañable del cariño familiar. El veneno del elfo.
Al pasar por delante de la puerta del salón, entornada, no pudo evitar detenerse.
Tal vez Sirius estuviera allí.
Entró en la estancia con esa esperanza, pero se encontró con que el interior estaba casi a oscuras, iluminado solo por el fuego de la chimenea y una pequeña lámpara de aceite sobre una mesilla auxiliar.
Remus Lupin estaba sentado en un sillón, con un libro abierto sobre las rodillas.
Al oírla entrar, levantó la mirada. Su expresión era serena, como si nada pudiera alterar la calma que parecía envolverlo como una segunda piel.
—Perdón por la interrupción —dijo Tonks, sintiendo que acababa de alterar la paz de la habitación —. Venía buscando a Sirius.
—No interrumpes nada —respondió Lupin, cerrando el libro con suavidad—. Está arriba. Recorriendo los pisos con Molly y los chicos.
Tonks asintió.
Por un instante se debatió entre marcharse o quedarse.
Pero algo en la quietud del salón la retuvo.
Se quedó allí, con los brazos cruzados, incómoda en su propia piel, observando de reojo la estancia como si intentara encontrar su lugar en ella.
Su mirada, inevitablemente, fue a parar al tapiz genealógico de los Black, con sus nombres bordados en oro y sus cicatrices negras sobre la tela.
La visión le provocó aquel nudo familiar en el estómago, el mismo que le despertaban las cabezas de elfo, el escudo familiar con su lema en la entrada o los retratos que la miraban desde las paredes.
Lupin notó su inquietud. Dejó el libro sobre una mesilla, se levantó con calma y se acercó hacia ella.
—Así que eres parte de esta herencia… —murmuró con suavidad, como si no quisiera alterar el ambiente.
Tonks no respondió enseguida. Solo asintió, despacio, sin apartar la vista del tapiz.
La luz proveniente del fuego en la chimenea titilaba sobre la desgastada tela, realzando los bordados dorados.
Y por un segundo, sintió la tentación de arrancarlo de la pared.
—Sirius me contó que sois parientes —continuó Lupin, situándose a su lado—. Eres parte de la muy noble y ancestral casa Black.
Su tono tenía una ironía ligera, casi imperceptible.
Cuando Tonks giró la cabeza, vio que esbozaba una sonrisa.
Ella rodó los ojos.
—Sí, supongo que sí. Aunque aún tengo que acostumbrarme a la idea…
Lupin ladeó la cabeza con interés.
—¿Qué quieres decir?
Tonks vaciló. No solía hablar de temas tan personales, y mucho menos con gente a la que apenas conocía. Pero algo en la mirada tranquila de Lupin le dio una tregua a su defensa.
Casi sin darse cuenta, la auror empezó a dar voz a sus pensamientos.
—Si me preguntas… más que una Black, me siento como la oveja más negra de la familia.
Su voz intentaba sonar ligera, pero Lupin captó la sinceridad que se deslizaba bajo la superficie.
—No tengo nada que ver con todo esto —añadió, señalando el tapiz con un gesto vago—. Y, en cierto modo, creo que es mejor así.
Volvió a mirarlo. Ese árbol que no la incluía. Los nombres bordados, las marcas oscuras. Su madre borrada con violencia, convertida en una sombra sin rostro.
Tragó saliva.
—Tal vez habría sido mejor no saber nada de esta casa ni de esta gente —murmuró, más para sí que para él.
Lupin esbozó una sonrisa de comprensión, de esas que no minimizan, sino que reconocen. Su mirada recorrió el tapiz con detenimiento, como si también pudiera leer en él las historias de aquellos que habían sido borrados.
—Bueno… Las ovejas negras también forman parte del linaje.
Tonks parpadeó, sorprendida. Durante un segundo pensó que se trataba de una broma de mal gusto, pero cuando lo miró, solo encontró esa expresión serena.
—A veces saber de dónde venimos no ayuda a decidir quiénes queremos ser. Pero también hay algo en ese saber —añadió—. Algo que podemos usar a nuestro favor.
Hizo una pausa.
—Seguramente tu metamorfomagia viene de aquí.
Tonks frunció el ceño, sintiendo que Lupin había metido el dedo en la llaga.
Aquello que tanto adoraba de sí misma, lo que compartía con su madre…
¿De verdad provenía de esa herencia podrida?
Una punzada de incomodidad le recorrió el pecho, pero antes de que pudiera hundirse demasiado en el pensamiento, él continuó.
—Y probablemente muchas otras cosas que aún no sabes, pero que tienes derecho a descubrir … y que quizá, con el tiempo, también llegues a querer. Cosas que vienen de ahí —dijo con un gesto hacia el tapiz—, pero que pueden ser parte de tu identidad.
Hizo una pausa, esperando que ella le mirara antes de añadir con suavidad
—Eres parte de esta familia, te guste o no. Y les guste a ellos o no.
Las palabras hicieron que Tonks volviera la vista hacia el árbol.
Sus ojos buscaron instintivamente el lugar donde debería estar su nombre, justo bajo el de Andrómeda.
—Y mientras los demás han caído en desgracia, tú tienes un futuro prometedor por delante —prosiguió Lupin—. Eres auror. Eres metamorfomaga. Y tienes un carácter fuerte y amable. No necesitas que ellos lo reconozcan. La herencia no siempre se define por lo que otros esperan de ti, sino por lo que tú decides hacer con las cualidades que forman parte de ti.
Tonks apartó los ojos de la quemadura y volvió a mirarlo.
Y entonces, él sacó una pluma de su bolsillo.
La sostuvo en el aire, solemne y burlón.
—Y si tanto te entristece no estar en la línea familiar… yo te añado en un momento: “Nymphadora Tonks Black”.
Tonks no pudo evitar esbozar una sonrisa.
La imagen de Lupin, tan serio y tan ridículo con aquella pluma entre los dedos, era demasiado.
Pero antes de que pudiera decir algo, lo vio levantar la otra mano y deslizarla sobre otra quemadura, más arriba en el tapiz.
Tonks no necesitó mirar para saber de quién se trataba.
—Sirius también siente eso que describes — dijo Lupin con una melancolía apenas perceptible—. Desearía haber nacido en otra familia, sin tantas complicaciones. Pero ¿sabes qué? Creo que vuestra herencia no es algo que os reste, ni a él ni a ti. Solo significa que habéis aprendido a ver vuestro origen desde otra perspectiva. Y eso no borra lo que sois. Al contrario: demuestra que habéis sido capaces de darle la vuelta.
Tonks lo miró en silencio. Sus palabras tenían un peso firme. No era un simple intento de consolarla, ni un discurso vacío destinado a hacer que se sintiera mejor. Era la verdad. Dicha con la calma de quien entendía lo que significaba sentirse fuera de lugar.
—Eso… eso me gusta —murmuró.
Sintió que su pecho se aligeraba. La asfixia desaparecía, las paredes que se cernían sobre ella se apartaban. Y las sombras, se replegaban.
Soltó una risa pequeña, honesta. Lupin la miró de reojo y sonrió también, como si en ese gesto hubiera encontrado algo que le gustaba ver.
—Creo que tiene cierto simbolismo que os hayáis reencontrado en esta casa —añadió, echando un vistazo a su alrededor—. Dos Black que no encajan en los estándares de su linaje, compartiendo una misión loable contra todas las tradiciones que su familia veneraba, y conspirando bajo el mismo techo que los rechazó. Si me permites decirlo, vuestros ancestros estarían muy decepcionados.
Tonks dejó escapar una carcajada sincera, tan sonora y despreocupada que pareció sacudir el polvo acumulado en los rincones más oscuros de la casa y también en sus pensamientos. Sí, estaba segura de que, si los retratos de la familia pudieran, se arrancarían las pelucas del disgusto.
Miró hacia Lupin, agradecida. Las puntas de su cabello, sin que ella lo notara del todo, habían empezado a volverse de color rosa otra vez.
—¿Sabes? Te pareces más a tu madre de lo que pensaba.
La voz de Sirius resonó desde el umbral del salón.
Tonks giró la cabeza y lo encontró apoyado con aire casual contra el marco, con una sonrisa ladeada y el brillo inconfundible de la travesura en los ojos.
Ella lo miró boquiabierta, como si acabara de recibir una bofetada. Sin embargo, el brillo travieso en sus ojos delataba que estaba lejos de sentirse ofendida.
—¡¿Yo, como mi madre?! —exclamó, llevándose una mano teatral al pecho, como si Sirius hubiera destrozado su dignidad—. ¡Eso es un golpe bajo, Sirius!
Su primo soltó una carcajada profunda, áspera, casi como un ladrido. Su rostro se iluminó con una calidez inconfundible, como si los recuerdos más felices estuvieran aún vivos dentro de él.
—Por supuesto que sí —replicó con fingida solemnidad—. Tienes la misma mirada de desafío que ella ponía cada vez que alguien intentaba imponerle una de esas tonterías familiares.
Tonks entrecerró los ojos, evaluándolo con fingida seriedad.
Después, con un destello pícaro en la mirada, cerró los párpados un momento y dejó que su cabello cambiara. Ondas de castaño oscuro, vibrantes y elegantes, cayeron sobre sus hombros, transformándola en la viva imagen de Andrómeda. Sirius alzó las cejas, intrigado.
Tonks se irguió, levantó la barbilla y, con una expresión severa que habría hecho enorgullecer a cualquier Black, hizo su mejor imitación de la voz de su madre:
—»¡Por el amor de Merlín, otra reunión familiar! Si vuelvo a ver a uno de estos pavoneándose como si llevara una corona invisible, ¡me largo a Francia a criar erizos voladores!»
Sirius estalló en carcajadas, inclinándose hacia adelante con los codos en las rodillas y cubriéndose la cara con una mano.
—¡Vaya, Tonks! —jadeó entre risas—. Si sigues diciendo cosas así, voy a empezar a pensar que eres una Black de verdad.
Tonks sonrió satisfecha, mientras su cabello volvía a su tono habitual, rosa, rebelde, vibrante y completamente suyo.
—Lo soy —dijo con un encogimiento de hombros, mirando hacia Remus —, pero a diferencia de algunos, no me lo tomo como una condecoración.
Sirius la observó con una mezcla de diversión y orgullo. Remus, a su lado, asintió, contento de ver el efecto de sus palabras.
—Touché. —murmuró Sirius e inclinó la cabeza en un gesto de rendición — Me has convencido, te lo mereces
Con un gesto grandilocuente, le hizo una reverencia y le ofreció la mano, sin borrar la expresión traviesa de su rostro.
—Déjame mostrarte lo mejor de este mausoleo decadente.
—Enchantée —respondió Tonks, tomando su mano con una sonrisa cómplice.
Para no quedarse atrás, hizo una exagerada reverencia, doblando las rodillas como las damas elegantes de las películas muggles que veía con su padre. Y casi estuvo a punto de desequilibrarse y acabar en el suelo, doblada de la risa.
Ya de noche, mientras cerraba la puerta detrás de ella, y caminaba por la plaza Grimmauld, Tonks se dio cuenta de que algo había cambiado.
Se giró para ver la casa familiar, desapareciendo entre los dos edificios colindantes, hasta quedar escondida como si nunca hubiera estado allí.
Como si ya no fuera una amenaza.
Y sintió cómo la opresión que tanto la había acongojado se disolvía también, como un peso que por fin se evaporaba.
Aquella tarde, Sirius y Remus habían conseguido darle la vuelta a la tortilla.
Sirius, como su madre, había sido repudiado, pero lejos de sentirse inferior, había decidido ver la situación con optimismo y reírse de lo absurdo que eran, en realidad, los estereotipos, la opulencia y la ostentación.
Su primo segundo le había mostrado la importancia de ser fiel a uno mismo, de reírse de las ironías de la vida, romper las cadenas, abrazar las críticas y crear una identidad propia, como si fuera un cántico a la libertad.
Tonks había descubierto que la forma de Sirius de enfrentar las adversidades resonaba con ella, ya que, por encima de todas las cosas, a ella le encantaba reírse.
Y Remus… con su presencia discreta y su mirada serena, la había escuchado sin prisa, sin juicios, con esa paciencia suya que no exigía palabras, pero las acogía cuando llegaban.
No había necesitado grandes discursos ni explicaciones; simplemente la había comprendido. Como si ya supiera lo que ella pensaba antes incluso de que encontrara la forma de decirlo.
Y en ese salón polvoriento, sin promesas ni soluciones, consiguió que Tonks se sintiera menos sola. Y eso, quizás, fue suficiente para que el rosa empezara a volver. Y las risas también.
Y así se habían pasado la tarde los tres juntos.
Recorriendo la casa, charlando como amigos de toda la vida y burlándose juntos de los detalles absurdos del salón: blasones exageradamente opulentos, retratos que emanaban desprecio, y otros objetos cargados de una arrogancia casi caricaturesca.
Aquello había conseguido que Tonks ya no sintiera Grimmauld Place como un lugar hostil.
Ahora era solo una casa vieja, con el polvo de los años acumulado sobre una enorme cantidad de reliquias de valor incalculable, pero que ya no significaban nada.
El tiempo, al final, no distinguía entre sangre pura, mestizos o muggles; todo se desmoronaba de la misma manera no para extinguirse, sino para dar lugar a nuevas vidas, puntos de vista, experiencias y desafíos.
Mientras se apartaba a un callejón escondido entre las sombras para desaparecerse, Tonks dejó escapar una leve sonrisa.
— Soy una orgullosa oveja negra —murmuró para sí misma, antes de girar sobre sus talones y desaparecer con un crack suave.
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Nota de autora:
Este capítulo, aunque breve, me ha costado un montón de escribir. Creo que es de las partes que más veces he borrado, vuelto a escribir, corregido, discutido con la almohada, retocado… En fin, una obsesión. Pero creo que ha dado sus frutos.
Cuando empecé a tejer la subtrama de la familia Black, Tonks sabía más cosas. Le había dado más información desde el principio. Pero con el tiempo, me di cuenta de que era más coherente —más orgánico, o más dramático, llamadlo como queráis— que ella fuera desgranando esa historia poco a poco, a medida que avanza la trama principal (la canónica). Me parece más natural. Y más doloroso, también.
Al final, ¿quién se sienta con su hija pequeña a contarle los juicios, las traiciones, los encierros y los motivos que la obligaron a huir de su familia? No me imagino a Andrómeda diciendo:
—Dora, hoy te hablaré de puñaladas traperas.
Como tantas madres, Andrómeda intentó proteger a su hija de la crueldad del mundo.
Y Tonks… hizo lo que hacen los niños: rellenó los huecos con fantasía. Inventó una historia para comprender, algo que diera sentido a ese vacío. Y por eso ahora se siente desencantada. Como cuando crees algo firmemente durante años y de pronto descubres que nunca fue así.
Supongo que eso también se considera crecer. O madurar.
Os explico todo esto porque creo que Tonks hace un viaje muy largo en relativamente poco tiempo, y esta es una de las subtramas que la acompañarán.
Creo que Andrómeda es feliz. Pero está atrapada en lo que ocurrió. Vive en presente, sí, pero mantiene el pasado encerrado en un cajón. Y ya va siendo hora de que lo abramos. De que nos sumerjamos en su historia… de la mano de Tonks.
Como veis, esta es una subtrama muy rica. En el canon, apenas se exploró nada. De hecho, toda esta línea nació de una escena mínima en el libro: cuando Sirius, en Harry Potter y la Orden del Fénix, le enseña el tapiz a Harry y menciona que Tonks no está allí. Harry se sorprende de que sean parientes… y ya está. No se dijo más.
Lo cual, honestamente, es una pena. Y también música para mis oídos.
Porque me da la oportunidad de jugar. Explorar. Imaginar. Escribir. Dibujar.
En fin, ya vais conociendo mi manera de escribir.
Ya me contaréis vuestras opiniones 😉
¡Gracias por leer hasta aquí!
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