Capítulo 9

Unos muros altos y sólidos

Tonks confiaba que, con el tiempo, aprendería a equilibrar sus dos trabajos.

Por ahora, todo era una locura de idas y venidas: mañanas en la oficina, tardes de entrenamiento y reuniones hasta bien entrada la noche. Apenas había tenido oportunidad de visitar a sus padres y, si sumaba las guardias nocturnas, sentía que dormía en intervalos de minutos.

Aun así, valía la pena.

No llevaba ni un mes en la Orden, pero ya se sentía como si llevara allí toda la vida.   

La mansión Grimmauld seguía pareciéndole un lugar lúgubre, anticuado y frío, sí, pero había dos razones por las que aquel caserón oscuro parecía más luminoso y acogedor.

Por un lado, los miembros de la Orden. 

Cuando Moody le habló por primera vez de la Orden del Fénix, Tonks se imaginó algo más rígido, casi militar. Pensó en reuniones solemnes, estrategias estrictas y misiones en solitario.

Pero la realidad era muy distinta.

Había encontrado más compañía y apoyo del que esperaba.

Dedalus Diggle, Hestia Jones y Emmeline Vance pasaban con frecuencia, aportando con su sola presencia una sensación de comunidad que aliviaba el agotamiento. No importaba lo tensas que fueran algunas reuniones ni lo peligroso de la misión: siempre había una broma a tiempo, un gesto de aliento o una risa compartida que lo hacía todo más llevadero.

Para su sorpresa, en una de las reuniones coincidió con Minerva McGonagall y Pomona Sprout. Esta última la saludó con un abrazo efusivo que la auror correspondió con entusiasmo. Había sido su tutora en Hufflepuff y, aunque más de una vez la reprendió por sus constantes accidentes en clase, siempre le había demostrado un cariño sincero.

Por supuesto, no todas las interacciones eran tan agradables.

Severus Snape, por ejemplo, seguía mirándola con el mismo desprecio que en sus años de estudiante, como si su presencia en la Orden fuera una afrenta personal. Tonks rodó los ojos la primera vez que se cruzaron en la casa, murmurando para sí que algunas cosas nunca cambiaban.

Fue en uno de esos días cuando la aparición de un nuevo rostro alivió el ambiente.

—Este es Bill, mi hijo mayor – anunció la señora Weasley con orgullo, lanzando una mirada afectuosa al chico —. Trabaja en Egipto para Gringotts, pero ha pedido el traslado a Londres para poder unirse a la Orden.

Bill se giró hacia Tonks y le dedicó una tremenda sonrisa.

Ella le recordaba vagamente de sus días en Hogwarts. Era solo un poco más mayor que ella, aunque nunca habían llegado a tratarse.

Ahora que lo tenía en frente, le parecía un tipo guapo y seguro de sí mismo. Alto, de constitución firme, llevaba el pelo largo y recogido en una coleta, y lucía una túnica con tachuelas que a Tonks le pareció de lo más estilosa, combinada con unas botas de piel de dragón que parecían haber sido usadas en aventuras que ella solo podía imaginar.

La señora Weasley se retiró con una excusa poco convincente, como si les animara a charlar.

—Así que Gringotts —dijo la auror, rompiendo el silencio. Su tono era ligero, pero había una curiosidad sincera en sus ojos.

Bill asintió mientras se llevaba una taza de te a los labios.

—Sí, estaba en Egipto la mayor parte del tiempo. He trabajado en algunos de los hechizos de protección más complejos en tumbas antiguas. Es fascinante, aunque puede ser peligroso si no estás preparado.

—Ya me imagino. ¿Maleficios? ¿Trampas mágicas? —preguntó Tonks, inclinándose hacia adelante con interés.

—Exactamente. Un día podrías estar desarmando un hechizo de sueño eterno, y al siguiente, huyendo de una maldición explosiva —respondió Bill con una sonrisa. Luego, añadió con un guiño—. Aunque probablemente no tan emocionante como ser auror. He oído que trabajas con Ojoloco Moody.

Ella rió con ganas y se recostó en su silla. Molly, satisfecha con el desarrollo de la conversación, sirvió más té a Tonks con una expresión complacida, mientras en sus ojos se reflejaba una chispa de esperanza.

—Sí, es mi mentor. Aunque «emocionante» no es siempre la palabra que usaría para describir trabajar con él. La paranoia constante puede llegar a ser agotadora.

Bill soltó una carcajada suave que adornó aún más su rostro.

—Puedo imaginármelo. ¿Te hace revisar tu té por si tiene pociones de amortentia o algo así?

—No le des ideas —respondió Tonks, sonriendo. Luego añadió—. Pero, hablando en serio, es un buen maestro. Exigente, sí, pero aprendes a estar preparada para todo.

—Bueno, eso explica por qué no derribaste el paragüero de la entrada. Es una hazaña en esta casa —bromeó Bill, antes de dar un sorbo a su té.

—Oh, créeme, lo he derribado. Solo que tu no lo has visto

Bill rió y ella con él, disfrutando de la conversación.

—Ha sido un placer conocerte, Tonks —dijo finalmente Bill, levantándose y ajustándose la coleta—. Estoy seguro de que nos veremos a menudo por aquí.

—Igualmente, Bill.

Él le dedicó una última sonrisa antes de salir de la cocina.

Tonks lo siguió con la mirada hasta que su silueta desapareció por la puerta y se quedó un instante en silencio, con una medio sonrisa en los labios.

El otro factor que claramente contribuía a que se sintiera tan cómoda en la Orden era la presencia de la familia Weasley en Grimmauld Place.

Atrás quedaban los días de pasillos sombríos y estancias cubiertas de polvo, donde el único sonido era el crujir de la madera vieja y el murmullo de conversaciones en voz baja.

Desde su llegada, la casa de los Black había cobrado vida.

Las risas resonaban por los corredores, el incesante ir y venir de pasos rompía el antiguo silencio, y el aroma a guisos caseros competía con el persistente olor a cerrado.

Molly Weasley—o más bien, la sargento Molly Weasley—los había puesto a todos a trabajar, moviendo muebles, sacudiendo cortinas y ventilando habitaciones hasta que la luz del sol y el aire fresco lograron filtrarse en cada rincón.

Siempre bulliciosos, siempre llenos de energía, los Weasley desordenaban tanto como organizaban, impregnando el caserón con su buen humor y, de vez en cuando, con alguna que otra explosión.

Lupin había tenido razón: Tonks encajaba con ellos y se divertía enormemente a su lado. Siempre había querido formar parte de una familia grande y unida, y los Weasley eran todo eso y más.

Pero había algo más, un tercer factor que hacía que cada día encontrara un rato para pasarse por Grimmauld Place.

Sirius y Remus.

Dos compañeros inesperados cuya presencia ya se había vuelto indispensable en su vida.

Sirius siempre la recibía con su característica sonrisa ladeada y alguna broma despreocupada que tenía la capacidad de deshacer el peso de su rutina.

A Tonks le encantaba compartir tiempo con él, escuchar las historias—tan mordaces como fascinantes—sobre el muy honorable y a la vez despreciable linaje Black que ambos compartían.

Agradecía su manera de tomarse la vida, esa facilidad para restarle gravedad a las cosas, como si, por un instante, la guerra inminente y el regreso de Voldemort no existieran. Como si nunca hubiera pasado doce años en Azkaban.

La relación entre ambos se estaba forjando poco a poco, construida sobre los restos de un linaje que había intentado apartarlos.

Y, por una de esas ironías del destino, era precisamente en aquella casa de la que Sirius había huido donde se habían reencontrado. No como primos, ni como herederos de un apellido, sino como aliados, como amigos… como familia, pero a su manera.

Pero la persona que más la sorprendía era Remus.

Con el paso de los días, Tonks comenzó a darse cuenta de que su primera impresión sobre él no había sido justa. Había malinterpretado su silencio como arrogancia y su discreción como indiferencia.

Pronto comprendió que Remus no era, en absoluto, un hombre malhumorado o intratable, sino más bien alguien profundamente prudente y reservado. Elegía con cuidado cuándo hablar y, cuando lo hacía, cada palabra parecía pensada al detalle, como si todas fueran importantes.

Su voz misma estaba imbuida de la experiencia de alguien que había vivido mucho. Que había comprendido el peso de un mundo que le había marcado profundamente, tanto emocional como físicamente, visible en las cicatrices que cruzaban su rostro que – lejos de restarle atractivo – le aportaban notoriedad.

Y, sin embargo, lo que más llamaba la atención no eran sus cicatrices, su porte tranquilo o su elocuencia medida, sino algo más hondo que se escondía tras el ámbar de su mirada. Una tristeza callada que parecía formar parte de él, y que intentaba esconder bajo un gesto amable. Como si su alma hubiera atravesado sombras que no lograba desvanecer.

Aun así, aquella melancolía no eclipsaba la calidez que emanaba de él. Era capaz de regalar una mirada tranquilizadora, un consejo cargado de sabiduría o una sonrisa serena, que se extendía hacia sus ojos y suavizaba, por un instante, su expresión habitual.

Remus no era alguien que se dejara conocer fácilmente.

Tampoco era fácil de definir y Tonks aún no sabía qué pensar de él.

No solía ser el primero en entablar conversaciones, ni buscaba la compañía de los demás.

De hecho, casi siempre parecía ocupado con sus lecturas o sus pensamientos, como si su mente fuera un lugar del que no quisiera salir. Pero cuanto más tiempo pasaba con él, más agradable le parecía el hombre escondido bajo esa fachada austera.

A veces, Tonks intentaba romper el silencio con una broma ligera o una frase inesperada. Algunas veces, él respondía con monosílabos, con una cortesía tranquila, y otras, lograba dibujar en su rostro aquella sonrisa tenue que tanto le gustaba.

Otras veces, se desataba una conversación trivial, que Tonks recibía con una satisfacción silenciosa.

Una noche, después de una reunión en Grimmauld Place, Tonks se despidió de Hestia Jones y, al girarse, lo vio.

Remus estaba en un rincón, absorto en la lectura, con la luz cálida de la lámpara resaltando las líneas de su rostro. Sin pensarlo demasiado, Tonks se acercó a él, con su curiosidad habitual y una sonrisa traviesa en los labios.

—¿Siempre tan callado? —preguntó, dejándose caer en la silla junto a él.

Él alzó la mirada y arqueó una ceja con ironía.

—¿Siempre tan directa?

Tonks rió suavemente y se sirvió un poco más de té que aún quedaba en la tetera abollada del centro de la mesa, mientras Remus cerraba su volumen con cuidado, marcando la página con un trozo de pergamino.

—¿Qué lees siempre con tanto interés? —preguntó, señalando el ejemplar con un leve movimiento de la cabeza.

Él se lo tendió sin decir nada. Tonks lo tomó y notó la cubierta gastada… y la tenue marca de agua en una esquina.

—¿Este es el libro que casi asesiné con mi ataque acuático? —preguntó Tonks con fingido dramatismo mientras pasaba los dedos por el lomo envejecido.

Remus soltó una risa baja.

—El mismo —asintió, inclinándose levemente hacia ella—. Aunque debo admitir que sobrevivió con bastante dignidad.

—Menos mal —dijo Tonks, fingiendo ahora alivio mientras hojeaba las páginas con cautela, como si aún temiera que pudieran deshacerse entre sus manos—. Habría sido un crimen imperdonable.

Remus se recostó en la mesa observándola, mientras ella seguía examinando el libro.

—Supongo que debería considerarme afortunado de que no hayas causado una catástrofe mayor — dijo él.

Tonks frunció los labios en una mueca ofendida, pero enseguida habló:

—¿Cuántas veces has leído esta reliquia? —preguntó, curiosa, fijándose en las hojas amarillentas.

—No las suficientes como para dejar de encontrar algo nuevo en cada lectura —respondió él con simpleza.

Tonks leyó en diagonal un par de páginas. Se dio cuenta de que era una colección de poesía y narraciones cortas, todas muggles. Frunció ligeramente el ceño mientras volvía a leer el título en la portada.

—¿Poesía muggle? Eso sí que no me lo esperaba.

Remus sonrió de lado y buscó sus ojos.

—¿Por qué no? —preguntó, divertido.

—No sé… —Tonks cerró el libro y apoyó la barbilla en una mano—. No te hacía tan romántico. Pensé que serías más de manuales avanzados de pociones o tratados sobre hechizos antiguos. Algo más… académico.

Remus dejó escapar una breve risa.

—A veces, incluso yo necesito un respiro de lo académico. Y no es cuestión de romanticismo. Hay algo en la forma en que los muggles capturan la vida con palabras que me resulta… fascinante.

Tonks lo observó en silencio por un instante, captando la calidez en su voz.

Él hizo una pausa, como si dudara en continuar, pero finalmente se decidió:

—Y hay algo en los mercadillos muggles de segunda mano… nunca sabes qué vas a encontrar.

Tonks arqueó una ceja, genuinamente intrigada.

—¿Te paseas por mercadillos muggles?

—Siempre que tengo oportunidad —admitió él, con una sonrisa ligera—. Es un pequeño placer.

Tonks dejó el libro sobre la mesa, todavía observándolo con una mezcla de intriga y diversión.

—Nunca lo habría imaginado. —Su voz tenía un matiz de genuina sorpresa—. Remus Lupin, el académico taciturno, perdiéndose entre libros polvorientos y baratijas muggles.

Él la miró brevemente, con esa expresión contenida que parecía reservada solo para momentos reveladores.

—Eso de «académico» te lo has inventado tú —dijo con un leve encogimiento de hombros—. Pero sí, hay algo especial en esos lugares. Historias olvidadas esperando ser encontradas.

Tonks aguantó su mirada un instante antes de volver a tomar el tomo, paseando los dedos por el lomo gastado.

— ¿Y cuál es tu historia olvidada favorita?

Remus ladeó la cabeza, como si sopesara la pregunta, antes de señalar el libro con un leve movimiento de la mano.

— Hay un poema ahí que siempre vuelvo a releer. Habla de un lobo errante, que cruza bosques y montañas, y aunque sabe que no podrá quedarse en ningún lugar, deja algo de sí mismo en cada sitio al que llega.

Tonks frunció el ceño, pensativa.

—¿Es un poema triste?

Remus no respondió de inmediato. En su lugar, tomó el libro con el mismo cuidado de antes, como si en sus manos sostuviera algo más que papel y tinta, algo que le pertenecía de una manera más profunda.

—Depende de cómo lo interpretes.

Su tono era tranquilo, pero había algo más bajo la superficie, un eco de pensamientos que no se atrevían a salir del todo.

Tonks lo observó, fascinada por esa mezcla de calidez y reserva, de la manera en que parecía estar siempre a medio camino entre la cercanía y la distancia.

—Tendrás que leérmelo algún día —dijo finalmente, con una sonrisa ladeada.

Remus le sostuvo la mirada por un breve instante antes de inclinar la cabeza en un gesto casi imperceptible.

—Quizás algún día.

—Trato hecho —replicó Tonks, alzando su taza en un gesto informal, como si sellara un pacto.

El silencio que siguió no fue incómodo, sino de esos en los que las palabras no son necesarias.

Tonks terminó su té despacio, disfrutando de la sensación de haber arrancado otra pequeña pieza del enigma que era Remus Lupin. Con cada charla, con cada intercambio fugaz, sentía que descubría un poco más de él.

Pero también veía otra cosa. Más allá de su compostura serena y su aire reservado, había algo más: una barrera invisible, como unos muros altos y sólidos. No eran hostiles, sino antiguos. Cansados.

Y, sin proponérselo, ella había empezado a buscar las rendijas.

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El aire en la sala de interrogatorios era denso, cargado con un silencio que parecía pesar tanto como las palabras que acababan de pronunciar.

Tonks se apoyó contra la mesa, revisando los pergaminos que acababa de llenar con cada detalle de la declaración. Frente a ellos, un joven de no más de veinte años se removía incómodo en su silla. Había llegado al Ministerio con un aire de indiferencia estudiada, casi desafiante, pero ahora sus hombros estaban hundidos, y sus manos temblaban ligeramente mientras se agarraba al borde de la mesa.

—Esos son los cargos —dijo Kingsley con su habitual tono grave, colocando las manos sobre la mesa con calma deliberada—. Colaboración con mortífagos. Encubrimiento de actividades ilegales. Posesión de artefactos oscuros. ¿Entiendes lo que significa eso?

El joven no respondió. Sus ojos estaban clavados en la mesa, y Tonks notó que su mandíbula se tensaba, como si tratara de contener alguna emoción.

—Si no empiezas a hablar —añadió Tonks, intentando mantener la firmeza en su voz, aunque sintiera una punzada de compasión—, esto no va a mejorar para ti. ¿Quieres pasar el resto de tu vida en Azkaban? Porque, te lo aseguro, allí no les importa cuán joven seas.

Las palabras parecieron atravesarlo como un cuchillo. El chico, que al principio había mantenido esa máscara de indiferencia casi arrogante, dejó escapar un tembloroso suspiro. Sus ojos, cuando alzó la vista, estaban llenos de una mezcla de miedo y resignación.

—No… no sabía en lo que me estaba metiendo —dijo, su voz apenas un susurro—. Solo querían que guardara unas cosas. Me dijeron que no era nada… peligroso.

Kingsley y Tonks intercambiaron una mirada. Kingsley cruzó los brazos, inclinándose levemente hacia adelante.
—¿Sabías quiénes eran? ¿Sabías para quién trabajaban?

El chico tragó saliva, sus manos temblando más visiblemente ahora.
—No… no exactamente. Pero lo sospechaba. ¿Qué iba a hacer? —Alzó la voz, casi como si intentara justificarse—. ¿Decir que no? No tienes idea de lo que hacen si te niegas…

Tonks sintió un nudo en el estómago. Había escuchado esa misma historia muchas veces, en distintos tonos y con diferentes matices, pero siempre terminaba igual: miedo, desesperación, excusas. Era difícil no sentir algo de empatía, aunque sabía que, al final, las decisiones eran lo que contaba.

—Lo que hacen no excusa lo que hiciste —dijo Kingsley, su voz firme pero no cruel—. Si colaboras con nosotros, podríamos considerar recomendar indulgencia. Pero tienes que decirnos todo: nombres, lugares, todo lo que sepas.

El chico asintió lentamente, hundiéndose en su silla como si acabaran de extraerle todo el aire del cuerpo.

—De acuerdo —murmuró, apenas audible—. Les diré lo que sé.

Kingsley se enderezó, asintiendo con un leve gesto.
—Bien. Más vale que lo hagas.

Cuando salieron de la sala, Tonks dejó escapar un suspiro pesado, alisándose el cabello que ahora llevaba teñido de un castaño oscuro, más discreto para las operaciones oficiales. Iba cargando unos rollos de pergaminos con las notas oficiales de los interrogatorios del día.

—Pobre chico —murmuró ella—. No era un santo, pero a su edad, debería estar pensando en cómo pasar los EXTASIS, no en defenderse de cargos de colaborar con mortífagos.
—Las elecciones tienen consecuencias, Tonks —respondió Kingsley, con tono grave—. Y este no es el primero que paga el precio por seguir el camino equivocado.

Caminaron un pasillo recto, y empezaron a subir unas escaleras.

—Parece que están reclutando más jóvenes que nunca —comentó, mirando a Kingsley mientras salían al pasillo del piso superior.

—Y más desesperados —respondió Kingsley con una mueca apenas perceptible—. Esos chicos creen que no tienen otra opción, y los mortífagos lo saben.

Tonks asintió, aunque algo en su pecho seguía apretándose. A veces se preguntaba cuánto de esa desesperación era real y cuánto era simple conveniencia. Estaba cavilando sobre ello cuando giraron una esquina y, sin previo aviso, chocó de lleno con alguien que venía en dirección opuesta.

Sus pergaminos cayeron al suelo, desperdigándose por el pasillo. Al alzar la vista, se encontró con el rostro pálido y altivo de Lucius Malfoy.

—Ah, Nymphadora Tonks —dijo Lucius, pronunciando su nombre con deliberada lentitud, como si saboreara cada sílaba con desdén—. Qué sorpresa tan… poco agradable.

Tonks apretó los labios.

—Tonks —corrigió automáticamente, inclinándose para recoger los pergaminos.

Lucius no hizo el más mínimo ademán de ayudarla. En lugar de eso, se limitó a observarla con una sonrisa fría y una mirada cargada de superioridad. El cabello de Tonks, una mezcla de castaño oscuro y rojo, caía en mechones ligeramente desordenados sobre su frente; los labios carmesí destacaban contra su piel pálida, y su atuendo, una camisa masculina de corte holgado combinada con unos pantalones de pinza oscuros, que le parecía más rebelde que profesional.

Malfoy apretó la mano sobre su bastón de cabeza de serpiente.

—Qué lamentable. Siempre tan torpe. Me pregunto cómo alguien como tú ha conseguido un puesto en el Ministerio.

Tonks apretó los dientes, pero antes de que pudiera responder, Kingsley, que sí que se había agachado a recoger pergaminos, se alzó. Avanzó un paso, colocándose entre ella y Malfoy con un aire de autoridad tranquilo, aunque sus ojos destellaban con algo más peligroso.

—¿Curioso, verdad, Malfoy? —dijo Kingsley con una sonrisa contenida, que no alcanzaba a suavizar el filo de sus palabras—. Que alguien como Tonks haya conseguido su puesto con talento, esfuerzo y decencia. Imagino que para algunos eso debe resultar difícil de comprender.

Lucius entrecerró los ojos, su rostro apenas se tensó, pero su orgullo herido era evidente.

—Siempre tan elocuente, Shacklebolt. Aunque supongo que la elocuencia no garantiza rodearse de mejores compañías.

—Ni las riquezas garantizan integridad —replicó Kingsley sin inmutarse, manteniendo el contacto visual mientras una sonrisa fría asomaba en la comisura de sus labios—. Pero eso tampoco lo entenderías.

Lucius ladeó la cabeza, como si estuviera considerando alguna respuesta, pero, finalmente, optó por guardar silencio. Solo inclinó ligeramente la cabeza, como si concediera una victoria, y se marchó con su andar elegante y calculado.

Con un movimiento elegante, Lucius se dio la vuelta y se marchó por el pasillo, dejando tras de sí un aire de tensión palpable. Tonks dejó escapar un suspiro, recogiendo el último pergamino del suelo.

—¿Sabes? — dijo ella, tomando los pergaminos que Kingsley le daba — A veces me pregunto si le duele la cara de tanto estirarla.

Kingsley dejó escapar una risa breve mientras comenzaban a caminar de nuevo.

—Es mejor ignorarlo, Tonks. Ese tipo de gente se alimenta de las reacciones.

Ella asintió, aunque su expresión seguía mostrando una mezcla de frustración y desdén.
—Sí, lo sé. Pero no puedo evitarlo. Me pone de los nervios.

Kingsley le lanzó una mirada de complicidad, pero no dijo nada más.

Mientras caminaban por el pasillo, Tonks dejó que su mente divagara. Pensó en los Malfoy, en su arrogancia, en su constante desprecio hacia cualquiera que no perteneciera a su mundo. Por mucho que los Weasley fueran criticados, tildados de descastados y mal vistos en ciertos círculos, ella sabía perfectamente a quién prefería tener a su lado.

……………………………..

La puerta pesada de la casa Grimmauld se cerró detrás de Tonks con un quejido, y el eco resonó por los pasillos oscuros. Tonks todavía estaba seria por el encontronazo con Malfoy, pero su mal humor fue interrumpido enseguida.

De repente, un silbido agudo rompió el silencio.

Tonks se giró justo a tiempo para ver a George —o quizá Fred; no podía distinguirlos todavía — apoyado contra el marco de la puerta del salón.

—Vaya, Tonks, ese look sí que deja huella —dijo con una sonrisa traviesa mientras alzaba una mano para chocar los cinco.

Tonks sonrió de oreja a oreja y levantó su propia mano para responder al gesto, chocando con fuerza la palma contra la de él.

—Gracias, guapo. Sabía que alguien aquí tenía buen gusto.

El gemelo abrió la boca para responder, pero no tuvo tiempo. Molly Weasley apareció como un torbellino desde la puerta de la cocina, con las manos en las caderas.

—Fred Weasley, compórtate —le espetó mientras le daba una colleja ligera en la parte trasera de la cabeza.

—¡Ay, mamá! —protestó él, frotándose el lugar del impacto mientras lanzaba una mirada herida a Tonks—. ¿Por qué siempre me culpas a mí?

—Porque nunca me equivoco —respondió Molly con una sonrisa satisfecha antes de volverse hacia Tonks—. Oh, Tonks, querida, me alegra verte.

Tonks la siguió hasta la cocina y se dejó caer en su sitio habitual junto a Alastor Moody, lista para la reunión de la Orden.

Su mirada vagó por la estancia hasta detenerse en Lupin, que, fiel a su costumbre, estaba en su rincón con un libro. Pero él enseguida alzó la vista y le dedicó aquella sonrisa sutil, tan suya, que terminó por desvanecer por completo el resto de su mal humor.

—Baltasar Greaves —gruñó Moody, golpeando la mesa con su mano curtida— He estado husmeando en ciertos informes y, aunque la información sobre él está más censurada que un libro de Magia Oscura en Hogwarts, he averiguado por qué le echaron del Ministerio.

El silencio en la sala se volvió más denso.

—Al parecer, Greaves se obsesionó con una sala secreta del Departamento de Misterios. La sala 14.

Tonks alzó las cejas con interés, cruzándose de brazos.

—¿Y? ¿Qué interés puede tener Rookwood en él?

Lupin, que había estado escuchando con el ceño fruncido, intervino, mirando a Moody.

—¿Piensas que el interés de Rookwood es precisamente esa sala 14?

Moody entrecerró su ojo mágico, que giró en su órbita antes de posarse sobre Lupin.

Kingsley, que se mantenía de pie junto a la chimenea, cruzó los brazos.

—Eso parece. Se dice que Baltasar Greaves comprendió la importancia de lo que sea que reposa en su interior, pero su obsesión llegó demasiado lejos. Se volvió paranoico, empezó a hacer preguntas que no debía y a comportarse de manera errática. Al final, tuvieron que despedirlo por su propia seguridad… y la del resto del departamento.

Tonks tamborileó los dedos en la mesa, pensativa.

—Pero Rookwood trabaja en el Departamento de Misterios, ¿no? —dijo con tono escéptico—. ¿Por qué necesita recurrir a un exempleado para hablar sobre esa sala?

Kingsley asintió lentamente.

—Precisamente por lo que pasó con Greaves. Después de su despido, el Departamento de Misterios reforzó sus medidas. Cada área está aún más subdividida y especializada. Rookwood no tiene acceso a esa sección, y si quiere saber algo sobre la sala 14, ¿a quién mejor que a la única persona que llegó a obsesionarse con ella?

Tonks inspiró hondo.

—Vale, si asumimos que el interés de Rookwood es la sala 14, lo que tenemos que hacer es encontrar a Baltasar Greaves e interrogarlo. ¿Sabemos qué sitios suele frecuentar? Tal vez podamos detenerlo e interrogarlo —propuso, mirando a los demás.

Dedalus Diggle y Emmeline Vance asintieron con expresión de acuerdo, pero Moody negó con la cabeza.

—Eso no es buena idea. No queremos llamar la atención. No queremos a Greaves, solo su información.

—Greaves no está de parte de nadie —explicó Mundungus, encogiéndose de hombros—. Trafica con objetos e información. Si quieres algo de él, tendrás que hacerlo a su manera. Le da igual que seas de la Orden o mortífago, mientras pagues el precio adecuado.

Tonks resopló, cruzándose de brazos con frustración. La idea de tener que rebajarse a negociar con un pendenciero como Greaves le resultaba insoportable.

—Entonces, necesitamos una pista sobre él. Saber por dónde se mueve, cómo dar con él. Concertar una cita con él.

Mundungus soltó una risita baja y desagradable.

—Será difícil —dijo, pasándose una mano por la cabeza calva—. Siempre ha sido imprevisible. No tiene patrones, no sigue horarios. Trabaja así a propósito. Pero…

Hizo una pausa, disfrutando de la expectación que había creado con sus palabras.

—Tal vez alguien sepa algo.

Todas las miradas se dirigieron hacia él. Mundungus se reclinó en su silla, mirando hacia Moody, que no le quitaba de encima su ojo mágico.

—El Tuerto —dijo con tono casi conspiratorio.

Tonks frunció el ceño.

—¿El Tuerto?

—Sí —intervino Moody—. Un antiguo trabajador del Ministerio. Coincidió con Greaves. Si hay alguien que pueda saber lo que él sabía… es ese maldito Toby el Tuerto.

El grupo intercambió miradas.

Les gustara o no, el siguiente paso estaba claro: obtener información de ese tal Tuerto.

Y Moody ya tenía muy claro a quién iba a mandar a por ella.

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Nota de autora:

Hola a todos!

En el capítulo de hoy vamos a empezar a meternos en una especie de thriller que voy creando sobre el mundo mágico. Ya sabeis, callejones oscuros y húmedos, farolas parpadeantes, vaho que sube de las alcantarillas, personajes misteriosos… en fin, todo el entramado que quiero darle a las misiones de la Orden del Fénix, porque en todo el quinto libro de HP no me quedó claro qué hacían. Así que, poco a poco, he ido montando lo que yo creo que debían hacer como organización montada para luchar por una única causa, justa, pero fuera de la ley. Por eso creo que el papel de los aurores es tan importante también, porque aportan las dos caras de la moneda: de día, trabajan en el ministerio. De noche, en los suburbios de la ciudad. Pero siempre por la misma causa. La protección de mundo mágico.

Creo que ya os dije que yo no estoy asumiendo que la orden saben que Voldemort va tras una profecía. Eso lo irán descubriendo poco a poco porque me parece más interesante para elaborar la investigación y todo lo que se desprende de ellas… y el departamento de misterios, entre otros. A ver si os gusta el entramado! 😉

Ya me contaréis vuestras opiniones 😉 ¡Gracias por leer hasta aquí!

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