Por Harry y por los que seguimos aquí.
Remus se miró al espejo del baño, examinando su reflejo.
Las arrugas comenzaban a marcarse más alrededor de sus ojos, líneas nuevas que competían por sobreponerse a sus viejas cicatrices. Su cabello, cada vez más gris, parecía encajar con el resto de su aspecto: un hombre desgastado por la vida, por los años y por el peso de los prejuicios.
Pasó una mano por la barba, desaliñada tras días de misiones y reuniones sin descanso. Tomó unas tijeras del estante y comenzó a recortarla con cuidado. Luego peinó su cabello con los dedos, intentando darle un poco de orden.
Detrás de su imagen podía ver la bufanda de Hufflepuff cuidadosamente colgando de un perchero al lado de su cama.
Fue en ese momento, mientras se concentraba en alisar las hebras grises, cuando se sorprendió a sí mismo sonriendo. Una expresión, que iluminó brevemente su semblante cansado.
¿Era posible que estuviera haciendo todo esto por Tonks?
La idea lo golpeó con fuerza, pero no podía negarlo. Su sonrisa le delataba.
En los últimos meses, ella se había colado en su vida sin pedir perdón ni permiso, desafiando su silencio, sacándole de sí mismo y derribando sus muros con una naturalidad que le descolocaba, pero al mismo tiempo le fascinaba.
En Grimmauld Place, cuando ella le hablaba, se reía o le lanzaba un comentario sarcástico, él no podía evitar buscarla con la mirada. Sus momentos juntos se habían convertido en pequeñas alegrías en medio de un mundo caótico.
Suspiró, dejando que la sonrisa permaneciera un instante más en su rostro, consciente de los sentimientos que habían crecido dentro de él.
Sí, estaba claro que se había enamorado de Tonks.
De hecho, ella le cautivaba tanto que se había sorprendido – incluso asustado –, cuando el instinto de lobo se había despertado tan pronto el pasado ciclo lunar.
Lupin no era un experto en licantropía académica reconocido, pero sabía que el anhelo que se sentía por una persona, en condiciones de luna llena intensa, podía verse enfurecido por el hambre de la bestia.
Y era justo lo que había pasado: Estaba que se subía por las paredes, aullando por su olor, su calor, su sabor. Las imágenes y los deseos se habían arremolinado en su mente con tal violencia que, avergonzado, se había visto obligado a evitarla durante dos semanas.
No había querido dar al lobo la más mínima oportunidad de estar cerca de ella.
Y por nada del mundo quería que ella llegara a sospechar todo lo que había ocurrido en su cabeza.
Sus ojos claros, melancólicos, algo entornados le miraron desde el espejo.
Ojalá las cosas fueran diferentes. Ojalá ella fuera mayor, más madura, menos impulsiva. Ojalá él fuera más joven, más arriesgado, menos taciturno. Pero, sobre todo, lo que más deseaba era no ser un hombre lobo.
Ese pensamiento le cortó la respiración y apagó la sonrisa de sus labios.
Dejó las tijeras en el lavabo con un gesto lento y se apoyó en el mármol frío, bajando la mirada hacia las cicatrices que cruzaban su torso, las huellas de una vida entera peleando contra sí mismo.
Sus dedos se aferraron al borde como si necesitaran algo a lo que sujetarse mientras su mente se llenaba de viejos recuerdos.
Desde que tenía memoria, siempre había sido lo mismo: el miedo en los ojos de los vecinos, el rechazo de otros niños, la necesidad constante de mudarse cuando los rumores comenzaban a crecer. Y, sobre todo, la soledad, inherente a su existencia.
Incluso sus amigos más queridos habían sido la excepción y no la regla.
Se permitió recordar los años con ellos, los mejores de su vida. Sus aventuras como merodeador.
Las noches de luna llena en el bosque, cuando James, Sirius y Peter le ayudaban a sentirse menos monstruo.
Las tardes tranquilas de paseos y confesiones por el lago con Lily, cuando ella le hacía sentir más humano.
Las mañanas estudiando en la biblioteca, todos juntos, rodeados por libros, pergaminos, promesas, futuro. Entonces se permitió vivir como si fuera un chico normal. Tan solo alumno más.
Pero aquellos días habían acabado.
James y Lily ya no estaban.
Peter era un traidor.
Y Sirius estaba tan roto como él.
La amistad que había conocido, ese sentimiento cálido y profundo, se había desvanecido hacía mucho tiempo. Y la soledad, su antigua aliada, había vuelto a ser su única compañera.
Remus sabía que debía estar solo.
Había aprendido a vivir así. Su condición no solo era un peligro para otros, sino que también era una carga que nadie merecía llevar. Esas barreras que tanto se había esforzado en levantar, no estaban ahí por nada, no las había construido por placer. Cumplían un propósito.
Suspiró, cerrando los ojos un momento.
Tonks no cambiaría eso.
Remus sabía que no debía ilusionarse.
(Por mucho que sus latidos se aceleraran cuando ella estaba cerca, por mucho que sus palabras y risas llenaran el vacío que llevaba dentro, por mucho que se sorprendiera imaginando cómo sería despertarse a su lado, escuchar su voz somnolienta dándole los buenos días, verla caminar descalza por una casa que fuera de los dos…)
No podía permitírselo.
Enderezándose, volvió a mirarse al espejo.
Su reflejo le devolvió la mirada, más cansado que nunca.
—Basta de soñar y desear —se dijo en voz baja, volviendo a tomar las tijeras con brusquedad.
Porque al final del día, él era mayor, malhumorado, pobre, y licántropo.
Y eso nunca jamás podría ignorarse.
……………………………..……………………………..……………………………..……………………………
Tonks apoyó los codos en el lavabo mientras examinaba su reflejo en el espejo del baño del Ministerio.
Hacía más de media hora que había terminado su turno y allí estaba, indecisa.
Tenía el neceser abierto a un lado, con cuatro pintalabios alineados como soldados en formación: rojo cereza, rosa chicle, vino intenso y un coral que aún no había estrenado.
—Rojo con el pelo rosa… ¿demasiado evidente? —murmuró, inclinándose un poco más.
Su media melena alborotada, como siempre, mutó sutilmente de un azul eléctrico a un rubio platinado, luego a rosa y finalmente a un naranja vibrante. Iba divagando y probando colores como quien baraja ideas.
—¿Cereza con azul? ¿O parezco una muggle yendo a un concierto de rock?
Probó el vino. Lo borró con un pañuelo.
Luego el rosa. También fuera.
Dejó caer los pañuelos usados junto al neceser, todos manchados como flores mal pintadas.
Sonrió.
Se sentía ridícula, pero feliz.
Hacía días que no tenía un momento así: sola, tonteando con el espejo como una adolescente, pensando en qué combinación de cabello y labios podría robarle, aunque fuera una mirada, a cierto hombre demasiado serio que parecía necesitar una excusa para sonreír.
—¿Y si me presento con el pelo naranja y labios negros? —bromeó, dejando que el color fluyera brevemente por su melena antes de descartarlo.
Estaba decidiendo entre volver al rosa o atreverse con el coral cuando miró el reloj.
—¡Mierda!
Recogió los pintalabios, arrambló con los pañuelos, cerró el neceser de un tirón y salió pitando del baño, el sonido de sus botas resonando en los pasillos del Ministerio.
Mientras corría, su cabello viraba otra vez, como si aún no supiera de qué humor quería teñirse esa tarde.
Pero una cosa sí sabía: esa noche tenía reunión de la Orden.
Y aunque el mundo se estuviera viniendo abajo, ella iría con su mejor sonrisa… y los labios bien pintados.
……………………………..……………………………..……………………………..……………………………..……
Tonks cruzó con prisa el recibidor de Grimmauld Place y se dirigió a la cocina.
Al atravesar el umbral, sus ojos recorrieron la sala, notando que había más gente de lo habitual.
Se colocó junto a Moody, que le lanzó una mirada de reproche por la tardanza. Tonks le ignoró.
Entonces su mirada se posó en Remus.
Y al encontrar sus ojos, una sonrisa genuina asomó en su rostro, como un reflejo automático.
Él bajó la vista enseguida, pero ella ya había visto el destello de cansancio.
Parecía más taciturno que de costumbre.
Seguro que acababa de volver de una de sus incursiones con los licántropos, que siempre le mermaban en ánimo.
Se humedeció levemente los labios, pensando que luego se acercaría a hablar con él.
Y, tal vez, por fin…
—Bien —gruñó Moody, poniéndose de pie y golpeando la mesa con su mano firme—. Escuchemos lo que han descubierto.
El auror cedió la palabra a Tonks, Dedalus y Lupin para que hablaran de lo que habían averiguado sobre las profecías.
Entre los tres, hicieron un resumen bastante decente de todo lo que el adivino les había contado.
Tonks intentó mantener la postura profesional, pero su voz se tiñó de una emoción que no logró disimular del todo. No era exactamente fe, pero sí asombro.
—Fue una experiencia… curiosa. No sé qué esperaba exactamente, pero ese hombre…
—Ese hombre es un prodigio —intervino Dedalus con entusiasmo desbordante—. Solo hay que oírle hablar. Os digo, mis amigos, que ese adivino sabe cosas que ni imaginamos.
—O que quiere que creamos que sabe cosas —interrumpió Remus, en tono calmo pero firme.
Tonks contuvo una sonrisa, comprendiendo por qué Moody había decidido sumar a Remus a la misión.
La opinión de Lupin, siempre más escéptica y contenida, contrastaba y equilibraba la visión entusiasta de Dedalus… y la suya propia.
Aunque no lo admitiera en voz alta, algunas de las palabras del adivino aún le daban vueltas en la cabeza.
—Vamos, Lupin, que eres un descreído —rió Dedalus—. ¿Acaso no viste lo mismo que nosotros? ¡Ese hombre sabía demasiado! Y las profecías…
—Las profecías son una trampa en sí mismas —dijo Remus con un suspiro—. El problema no es lo que dicen, sino lo que las personas hacen con ellas.
Los presentes intercambiaron miradas. Sirius frunció el ceño, apoyándose en la mesa con los brazos cruzados. Lupin se pasó una mano por el rostro, pensativo, y continuó.
—Si Voldemort está interesado en la Sala de las Profecías, deberíamos preocuparnos más por eso que por lo que aquel hombre nos contó. De hecho, no deberíamos ni preocuparnos por lo que diga la profecía, simplemente porque Voldemort la quiere y quiere hacerse con ella.
—Tiene razón —dijo Kingsley, asintiendo con gravedad—. No creo que el adivino sea irrelevante, pero da igual lo que diga la profecía. El tema es que Voldemort la quiere. Y para obtenerla, tarde o temprano deberá tomarla del Departamento de Misterios.
—Entonces… ¿el arma que busca Quién-Ya-Sabéis de verdad es una profecía? —preguntó Molly Weasley, con incredulidad teñida de angustia.
—Puede parecer absurdo, pero no lo es —intervino Moody—. No lo penséis como un arma tradicional. Esto es información. Ventaja. Si la obtiene, cree que puede saber algo.
Sirius, que había permanecido en silencio, alzó la voz con los brazos cruzados.
—Y si lo cree, actuará como si fuera cierto
Bill frunció el ceño.
—¿Y por qué no nos hacemos nosotros con ella antes?
—Porque no es tan sencillo —respondió Tonks—. Las profecías no pueden ser tomadas por cualquiera. Solo aquellos implicados en ellas tienen derecho a recogerlas.
El aire se volvió denso por un instante. Nadie mencionó a Sturgis Podmore, pero todos pensaron en él.
—Solo podemos vigilar la puerta —añadió Moody—. Interceptar a los mortífagos si se presentan. Y por poco que podamos… —hizo una pausa, su mirada biónica girando con intensidad por la sala— hacernos con la profecía.
……………………………..……………………………..……………………………..……………………………..……
Al terminar la reunión, Remus se quedó sentado en su rincón habitual, en la penumbra de la cocina.
Los miembros de la orden se despedían y, uno tras otro, iban abandonando la sala.
Tonks estaba de pie junto a Kingsley, hablando de algo con gesto animado. Moody y Sirius conversaban en voz baja cerca de la chimenea.
Lupin bajó la mirada a la silla vacía a su lado, donde había dejado cuidadosamente plegada la bufanda de Hufflepuff.
Aún podía sentir la calidez de la lana envolviendo su cuello, impregnada del aroma de ella.
Recordaba los latidos acelerados, el vértigo, la sonrisa boba en su cara. La sensación de estar enamorado. Pero aquella emoción, tan vibrante y pura, apenas le había durado unas horas.
La realidad lo había golpeado con la misma contundencia con la que el lobo lo destrozaba cada mes.
Temía que pudiera pasar algo con Tonks. Incluso que sintiera la misma atracción que él.
Esperaba equivocarse.
Pero si no lo estaba, si realmente ella veía algo más allá que sus muros y sus sombras, debía hablar con ella cuanto antes. Ser claro. Explicarle que la apreciaba, que la admiraba… pero que no podía ser.
Y era importante que lo hiciera pronto. Antes de que el silencio se volviera irreversible.
Alzó la vista y se encontró con su propio reflejo en la ventana.
Se vio más viejo de lo que recordaba.
Cuando Moody se despidió y cruzó el umbral, Remus supo que había llegado el momento.
Se puso en pie, tomó la bufanda y caminó hacia ella.
Tonks se giró al notar su presencia, con una sonrisa luminosa, como si intuyera que algo importante estaba a punto de suceder.
—Hay que ver qué místico se está volviendo todo, ¿no? —bromeó.
—Sí —asintió él, tendiéndole la bufanda—. Gracias por esto.
Ella la recibió con una expresión tranquila.
Remus inspiró hondo, dispuesto a hablar. Pero la garganta se le cerró, y el silencio se impuso.
—¿Te pasa algo? —preguntó ella, frunciendo el ceño con suavidad.
La miró… y no supo qué decir.
¿Por qué no podía? ¿Era por la calidez que encontraba en sus ojos? ¿Por la curva juguetona de su sonrisa de color carmín? ¿Por el brillo de su cabello rosa? ¿Por la manera en que le hacía sentir que la vida podía ser más fácil?
—Nada —murmuró al fin, apartando la mirada.
Y entonces lo vio. A Sirius.
Estaba junto a la mesa, tenso, con los puños apretados y la mandíbula trabada.
Una furia contenida latía en su postura, como si algo dentro de él amenazara con romperse.
Remus lo conocía demasiado bien como para no advertir lo que aquello significaba.
Miró hacia Tonks, que también parecía haberse fijado. Y decidió.
No. Aquel no era el día para hablar con ella.
Con un leve gesto, le indicó que lo disculpara y se dirigió hacia el aparador, imitando el gesto casi ritual que Sirius solía hacer. Luego, con un movimiento tranquilo pero firme, le indicó a Sirius que lo siguiera. Tonks, sin dudarlo, subió tras ellos, decidida a no abandonar a su primo en su tormento.
En el salón, Remus avivó las brasas de la chimenea con un movimiento sencillo de su varita, y la cálida luz del fuego iluminó las paredes oscuras de Grimmauld Place.
Ocupó su sillón habitual, pero esta vez su atención no estaba en sus propios pensamientos, sino en los de su amigo, quien se dejó caer pesadamente en la butaca frente al fuego.
Remus avivó las brasas de la chimenea con un leve movimiento de varita. El fuego crepitó en respuesta, arrojando su luz dorada sobre los muros oscuros de Grimmauld Place.
Sirius se dejó caer en la butaca frente al fuego, los hombros caídos, el rostro rígido.
Tonks le ofreció un vaso con whiskey. Él lo tomó sin palabras.
—¿Qué te preocupa? —preguntó Remus, con voz baja, ya sentado en su sillón habitual.
Sirius giró el vaso entre los dedos, sin mirar a nadie.
—Demasiadas cosas —murmuró al fin—. Y muchas que no entiendo.
Tonks y Remus intercambiaron una mirada rápida, pero ninguno de los dos habló. Sabían que Sirius necesitaba tiempo para expresar con palabras lo que le estaba carcomiendo.
— ¿Sabéis? —continuó Sirius tras un momento de vacilación— Siempre me pregunté por qué Voldemort fue a casa de James y Lily.
Remus soltó un suspiro silencioso. Tonks apretó los labios. Sirius, ajeno a sus reacciones, continuó.
—Puedo entender que quisiera matar a James y Lily. Eran miembros de la Orden, una amenaza para él, y cercanos a Dumbledore, a quien siempre ha temido. Pero Harry… —se detuvo, su voz bajó un tono—. ¿Por qué Harry? ¿Por qué un bebé?
El silencio que siguió fue espeso.
—Hemos hablado de esto antes… —murmuró Remus finalmente, como si intentara calmarlo, aunque sin demasiada convicción.
—Sí, pero nunca hemos llegado a ninguna respuesta real, ¿verdad? —interrumpió Sirius, con un destello de amargura en su voz. Se inclinó hacia ellos, con la desesperación bien reflejada en su rostro—. Pero yo ahora me pregunto… y si la respuesta a todas estas preguntas…
—Está en la profecía —dijo Tonks, completando su razonamiento.
Sirius la señaló con el vaso y asintió lentamente.
—¿No sería el tipo de información por la que el Señor Oscuro estaría dispuesto a arriesgarlo todo? —aventuró, con la voz teñida de miedo y desafío.
Por un largo minuto solo se escuchó el crepitar del fuego. Las palabras de Sirius, cargadas de lógica inquietante, seguían resonando en el aire.
—De alguna manera, todo empieza y termina en Harry —continuó, con su voz cargada de una frustración creciente—. Es como si su vida estuviera marcada desde el principio, como si… como si nunca pudiera escapar de todo esto.
Sirius presionó el vaso con fuerza, y su voz se volvió más áspera.
—Conocéis a Dumbledore tan bien como yo —continuó, con un deje de amargura—. Si la resistencia contra Voldemort, la Orden del Fénix, es lo más importante… ¿Por qué no se presenta a las reuniones? Cualquiera diría que sabe más de lo que está dispuesto a compartir…
Remus se inclinó un poco hacia adelante, reconociendo al fin la fuente de su ira.
—Si la profecía tiene que ver con Harry —dijo con cautela—, tal vez Dumbledore crea que es mejor que no sepamos todo.
—¡Pero eso es exactamente lo que me enfurece! —explotó Sirius, levantándose de su butaca con un movimiento tan brusco que casi derribó a Tonks —. No saberlo todo. ¿Cómo se supone que podemos proteger a Harry si ni siquiera entendemos por qué Voldemort lo persigue?
Tonks retrocedió, sorprendida por la intensidad del momento, mientras Sirius continuaba, con la voz quebrada por la ira y la desesperación.
—Soy la única familia que le queda. Y ni siquiera puedo montar guardia en una maldita sala. ¡No hay nada que pueda hacer por él! ¡Nada!
Con un movimiento feroz, arrojó el vaso al fuego.
El estallido del cristal resonó en el salón, y las llamas crecieron al recibir el líquido, iluminando el rostro de Sirius con un brillo casi sobrenatural. Tonks se sobresaltó, pero Remus permaneció inmóvil, como si estuviera acostumbrado a esos arranques de ira.
El silencio que siguió fue tan denso como el humo que ascendía de las brasas.
—Puede que no entendamos por completo lo que significa la profecía, y sí, Dumbledore a veces es críptico. Pero si no nos dice todo, será por alguna razón.
—Dumbledore puede equivocarse… —replicó Sirius con amargura, pasándose una mano por el cabello. Su mirada ardía de rabia.
El fuego iluminaba su rostro tenso, proyectando sombras profundas que acentuaban el peso de su preocupación.
Remus no discutió. En lugar de eso, le apoyó una mano firme y cálida en el hombro.
—Y puede que tengas razón —dijo con suavidad—. Pero si no confiamos entre nosotros, Sirius, no tenemos nada.
Hizo una pausa, dejando que las palabras calaran.
—Lo sé, estar aquí es frustrante. Más aun sabiendo que Harry está en el centro de todo esto. Pero necesitamos mantener la calma… por él y por nosotros.
Sirius no dijo nada, simplemente, miraba al fuego.
—Harry no necesita un héroe —continuó Remus, con suavidad —. Lo que necesita es saber que no está solo, que tiene a alguien que lo quiere más allá de toda lógica, incluso cuando la situación parece imposible. Eso es lo que tú le das.
Tonks, que había estado observando en silencio, se acercó con cuidado. Sin decir nada, posó una mano también sobre Sirius un gesto tímido pero lleno de apoyo.
—Remus tiene razón —dijo con suavidad, pero con una firmeza que sorprendió a Sirius—. Harry sabe que estás ahí para él, aunque a veces no puedas estar presente. Eso es lo que más le importa, Sirius, y lo sabes.
Sirius dejó escapar un suspiro largo, casi como si intentara liberar un poco de la presión que sentía en el pecho. Cerró los ojos un momento, como si el peso de sus emociones le quemara los párpados. Cuando los abrió, su mirada seguía siendo sombría, pero algo había cambiado en ella.
—No sé si será suficiente…
Remus lo miró con una ternura silenciosa.
—Es más que suficiente —afirmó con convicción, su voz cargada de certeza. Tonks asintió sin dudarlo.
Sirius dejó escapar una risa leve, apenas un susurro, pero real. Se estiró hacia la mesa y tomó la botella. Sirvió los dos vasos que quedaban, y se guardó el último trago en la botella misma.
—Pues brindemos —dijo, alzando la botella —. Por Harry. Y por los que seguimos aquí.
Remus levantó su vaso. Tonks lo imitó.
El fuego crepitó de nuevo, envolviendo a los tres en su resplandor dorado.
Mientras las copas tintineaban, Remus notó cómo el calor del fuego no alcanzaba del todo a calentarle el pecho.
Y aún así, brindó.
Por Sirius. Por Harry. Y, en silencio, por ella.
……………………………..……………………………..……………………………..……………………………..…………………………………..……………………………..……………………………..……………………………..…………..……………………………..……………………………..……………………………..……………………………
NOTA DE AUTORA:
Si el capítulo te ha gustado, cualquier interacción —un like, un comentario, compartirlo— marca la diferencia. A mí me ayuda más de lo que imagináis y me anima a seguir escribiendo.
Podéis ver la ilustración del capítulo en mis redes —pasad por Instagram, Facebook, Tumblr o TikTok.
Os dejo todos mis links aquí:
Deja un Comentario