En aquella misma cocina
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HP5. Capítulo 22: Desde el principio hasta que Harry y los Weasley están con Sirius y, finalmente, se van a dormir.
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La lluvia golpeaba con insistencia las ventanas de la cocina de Grimmauld Place.
La luz mortecina de la chimenea proyectaba sombras largas y danzantes sobre las paredes, acentuando la gravedad del momento. El calor del fuego era insuficiente para disipar la humedad fría que se colaba por cada rincón de la casa.
Tonks estaba sentada frente a Alastor Moody.
Aún sentía los músculos tensos por la adrenalina de la noche. Notaba los párpados pesados y un temblor leve en las piernas, el tipo de temblor que llega cuando el peligro ha pasado pero la mente no ha tenido tiempo de procesar todo lo ocurrido.
Sostenía una taza de té, que ya no humeaba. Tamborileaba los dedos contra la cerámica en un intento inconsciente de mantenerse despierta. Sentía un zumbido constante y doloroso en las sienes que no sabía si se debía al agotamiento o a la maraña de pensamientos que no dejaban de arremolinarse en su cabeza.
Lupin, a su lado, mantenía la mirada fija en las llamas con expresión grave.
Sus codos descansaban sobre sus rodillas y tenía las manos entrelazadas bajo la barbilla, como si buscara una respuesta en el fuego, algo que le diera sentido a lo que había ocurrido.
Sirius estaba en el rincón más apartado de la cocina, junto a la ventana.
La taza de café que sostenía se había enfriado, pero no parecía darse cuenta. Sus ojos, oscuros y distantes, estaba fijos en el cristal, como si pudiera ver algo más allá del reflejo de su propio rostro cansado, testimonio de las horas que había pasado en vela junto Harry y los hermanos Weasley, esperando noticias de Arthur.
Cuando Molly llegó ya por la mañana para anunciar que su esposo estaba fuera de peligro, Sirius había conseguido convencer a los chicos de que se acostaran un rato, aunque él no tuvo la misma suerte. De todas formas, sabía que no habría podido conciliar el sueño.
Tonks se frotó los ojos, incapaz de centrar la mirada en nada que no fuera la taza frente a ella. Removió distraídamente el líquido y sofocó un bostezo, pensando en los acontecimientos de la noche.
Se vio a sí misma unas horas antes, en aquella misma cocina.
Lupin y ella, frente a frente.
Recordó con claridad el vuelco que había dado su corazón cuando había visto la interacción tan natural y tierna entre los dos patronus, y cuando él le había pedido hablar.
Todavía podía sentir la expectación que llenó el aire, aquellos segundos cargados de magia en que creyó que, por fin, Lupin iba a poner en palabras lo que ella soñaba cada noche.
Había creído, por un fugaz instante, que el muro entre ellos podría derrumbarse por fin.
Todo se desvaneció cuando Sirius irrumpió, pálido y con la respiración entrecortada, bramando las palabras que congelaron el mundo a su alrededor
Arthur Weasley ha sido atacado.
Tonks sintió el mismo escalofrío que antes recorrerle la espalda.
Apretó los dedos contra la mesa, obligándose a regresar a la realidad antes de hundirse de nuevo en sus pensamientos. Inspiró hondo y se centró, más calmada.
Unas horas antes no hubo preguntas. No hicieron falta. Los tres sabían dónde estaba Arthur Weasley.
En el Departamento de Misterios. Custodiando la entrada a la Sala de las Profecías.
La orden era clara: vigilar, mantenerse alerta, no abandonar el puesto.
Pero Arthur había sido atacado. Y si había sido atacado, significaba que alguien más había estado allí.
No lo dudaron.
Remus y ella agarraron sus túnicas y salieron corriendo hacia el callejón que flanqueaba la plaza Grimmauld.
De un vistazo rápido se aseguraron de que no hubiera muggles presentes y se desaparecieron.
Se materializaron en una de las entradas laterales del Ministerio, y sin perder un segundo, echaron a correr.
El atrio estaba sumido en una penumbra inquietante.
Ni vigilantes de seguridad, ni empleados nocturnos, ni siquiera el eco lejano de una escoba de limpieza deslizándose por el suelo de mármol.
Solo el sonido de las botas de Tonks y los zapatos de Lupin rompían el silencio con una urgencia que se sentía atronadora en aquel vacío.
Nadie.
Los pasillos, desiertos, las salas de trabajo oscuras, los ascensores multidireccionales parecían esperarlos con una calma lúgubre, casi anticipando lo que iban a encontrar.
Tonks suspiró y apartó los ojos de la taza para mirarse las manos. Aún podía verlas manchadas de sangre.
No en la penumbra de la cocina, por supuesto. No en aquel momento, sino en el suelo helado del Ministerio, bajo la luz pálida y artificial de las antorchas.
Arthur, tirado en el suelo, con la piel más pálida de lo que jamás la había visto, sobre un charco de su propia sangre, con la túnica hecha jirones y empapada en rojo oscuro.
Lupin enseguida se arrodilló a su lado.
Arthur intentaba hablar, pero la mano firme de Lupin sobre su hombro lo detuvo, mientras que con la otra empezaba a reconocerle, buscando el origen de la hemorragia.
—Arthur, quédate quieto —dijo él, con tono grave pero controlado—No te muevas.
Tonks reaccionó un latido después, lanzándose junto a él. Su varita tembló en su mano, su mente gritaba hechizos que podrían servir, pero no se atrevió a usarlos sin saber exactamente qué estaba haciendo.
—Presiona aquí —le indicó Lupin, señalando unas heridas en el torso y el abdomen del mago.
La sangre estaba caliente. Se escurría entre sus dedos cuando presionó la herida, tratando de frenar el torrente. Pero había más. Había otras. Y no eran heridas.
Eran mordeduras.
Remus también las miraba.
—La serpiente —murmuró
Tonks echó un vistazo nervioso a su alrededor, preguntándose si aquella criatura seguía allí. Pero algo le decía que estaban solos.
El mundo se redujo a la presión contra la herida. A detener la hemorragia. A contener la vida de Arthur entre sus manos.
Su respiración era débil. Intentaba decir algo otra vez, pero Remus se lo impidió.
—No hables —ordenó suavemente—. Solo respira.
Tonks sintió un escalofrío al ver la mandíbula apretada de su compañero, los músculos tensos, la piel estirada sobre sus pómulos. Él también tenía miedo. Pero no perdió el control. Nunca lo hacía.
Con un gesto hábil, arrancó un pedazo de la túnica destrozada de Arthur y lo usó para improvisar un torniquete. El material se oscureció casi al instante con la sangre.
Tonks exhaló lentamente, sintiendo la presión en su pecho al recordar la llegada de los sanadores.
Uno de ellos reemplazó a Lupin de inmediato, aplicando un hechizo de contención sobre la herida mientras otro abría un maletín de cuero desgastado lleno de frascos, vendajes y otros bártulos que Tonks apenas reconoció. De un movimiento de su varita, limpió con facilidad las heridas de Arthur y le aplicó una poción cicatrizante. Además, le hicieron beber poción revitalizante, lo que contribuyó algo, poco, a que Arthur recuperara algo el color.
No mucho. Pero suficiente para que se creyeran que seguía vivo.
Y luego recordó haber oído pasos, acercándose rápido. Tonks sintió alivio inmediato al ver a Kingsley.
Por suerte, estaba de guardia de auror aquella noche.
Gracias a él, el desastre no se convirtió en catástrofe. Los médicos habían llegado rápido, habían podido entrar sin pasar por un infierno administrativo y pudieron sacar a Arthur antes de que las preguntas comenzaran siquiera a formularse.
Antes de que alguien se planteara qué demonios hacía Arthur Weasley en el Departamento de Misterios.
Kingsley había movido los hilos antes de que nadie pudiera empezar a tirar de ellos.
Porque si lo averiguaban… Si los rumores se esparcían…
Tonks tragó saliva.
Como había pasado con Sturgis Podmore.
La cocina de Grimmauld Place volvió a materializarse a su alrededor, fría y oscura.
El té entre sus manos estaba helado.
Su mirada se deslizó hacia Remus, que seguía sentado a su lado, con la vista clavada en el fuego.
Él también seguía atrapado en sus propios recuerdos.
Tonks sintió un nudo en la garganta.
Con un gesto casi instintivo, acercó su mano sobre la mesa, como si quisiera tocar la suya. Pero se detuvo antes de alcanzarlo.
Después de aquello, San Mungo se convirtió en su siguiente destino.
La sala de espera olía a desinfectante, vendajes y pociones, un aroma acre que se adhería a la piel ya la ropa, como un recordatorio constante de que estaban atrapados en ese limbo entre la esperanza y la tragedia.
Pasaron horas allí, junto a una destrozada Molly Weasley.
Tonks apenas la reconocía: su rostro, normalmente sonrosada y llena de vida, estaba ahora ceniciento, como si también se hubiera quedado sin sangre en las venas. Sus manos, normalmente ocupadas en gesticular, reprender a los gemelos o desarrollar múltiples labores domésticas a la vez, ahora estaban apretadas y temblorosas en su regazo.
De vez en cuando, un murmullo roto interrumpía el silencio de la sala de espera. El tintineo de tazas de tila se mezclaba con los pasos apresurados de sanadores y enfermeras, que entraban y salían de las habitaciones con la indiferencia de quienes están acostumbrados a vivir situaciones de vida y muerte a diario.
Tonks seguía con la mirada cada bata verde que pasaba, cada rostro que no se detenía a dar noticias. Su pie repiqueteaba contra el suelo, inquieto, nervioso. Perdió la cuenta de las veces que miró el gran reloj de la pared, cuyo tic-tac implacable le retumbaba en los oídos, casi burlándose de su impaciencia.
Remus, en cambio, permanecía inmóvil.
Apenas había dicho una palabra desde que llegaron. Se había sentado junto a ellas y había esperado en absoluto silencio, con la mirada clavada en un punto indefinido del suelo.
Su rostro era una máscara de impasibilidad, pero no lograba engañar a Tonks. Tenía los nudillos blancos de la fuerza con que se apretaba las rodillas, como si intentara sujetar algo dentro de sí.
Finalmente, alguien llamó a Molly.
—¿Señora Weasley? —preguntó el sanador, con una voz suave, casi temerosa de romperla.
Ella se levantó de golpe, como si la hubieran sacudido de un sueño.
Tonks y Remus se incorporaron al unísono, siguiéndola con la mirada.
El sanador murmuró algo que no alcanzaron a oír, pero vieron la reacción de Molly: un estremecimiento, una súplica muda en su rostro agotado. Luego, un leve asentimiento por parte del médico. Un suspiro entrecortado escapó de sus labios antes de seguir al sanador por el pasillo, desapareciendo tras una puerta.
Tonks se quedó quieta, con los brazos cruzados sobre el pecho, algo más aliviada.
No parecían malas noticias.
Miró de reojo a Remus, que seguía de pie a su lado, con la vista clavada en el suelo.
—No ha sido culpa tuya —dijo Tonks en voz baja
Su expresión se endureció, pero ella vio lo que había debajo: el dolor contenido, el remordimiento devorándole por dentro.
—Remus
Nada.
Tonks suspiró. Sabía que iba a resistirse. Sabía que en su mente ya se había declarado culpable.
—Tendría que haber estado allí yo —murmuró él al fin, con la voz tensa y temblorosa.
Tonks se giró hacia él, buscando sus ojos.
—Arthur sabía los riesgos. Todos los sabemos.
Remus negó con la cabeza, sin mirarla.
—Él se ofreció a hacer la guardia… MI GUARDIA —murmuró, con la mandíbula apretada—. Porque yo no podía… si yo hubiera estado en mi sitio, si no hubiera cambiado los turnos…
Su voz se apagó de golpe, como si las palabras le hubieran dejado un sabor amargo en la boca.
Tonks dio un paso hacia él.
—Remus
Él no la miró.
Otro paso.
—Remus
Esta vez, con más firmeza.
Y antes de que él pudiera alejarse, escudarse en su silencio, su apatía o su indiferencia, Tonks acortó la distancia y lo abrazó.
Sin expectativas, sin dudas, sin segundas intenciones. Solo le ofreció calidez. Solo el deseo de sostenerle cuando él mismo parecía incapaz de hacerlo.
Era el abrazo que, horas antes, había querido darle en la cocina de Grimmauld Place. El mismo que se había quedado colgado en el aire.
Por un instante, Remus permaneció tenso, en esa inerte resistencia que siempre le acompañaba. Cada músculo de su cuerpo parecía contenerse, como si su razón le gritara que no debía, que no merecía aquello. Pero la batalla que libraba contra sí mismo fue breve: Estaba demasiado cansado para luchar.
No se apartó, aunque tampoco correspondió. En su lugar, soltó un suspiro profundo, una exhalación que no era más que una rendición silenciosa. Y, sin fuerzas para seguir conteniéndose, dejó caer la cabeza sobre la de Tonks.
Ella lo sintió. El peso de su cansancio, de su culpa, de todo lo que nunca decía en voz alta. Y por primera vez, sintió que las barreras de Remus no estaban interponiéndose entre ellos.
Tonks acomodó su mejilla contra él y cerró los ojos, incapaz de controlar los latidos salvajes de su corazón, que claramente la delataban. Pero no importaba.
No dijo nada más.
No hacía falta.
Le bastaba con notar cómo su respiración se acompasaba. Incluso juraría que las manos de él, que habían permanecido rígidas, se movieron y le rozaron los brazos con indecisión, como si tantearan la posibilidad de devolverle el abrazo.
El reloj en la pared marcaba el paso de los minutos, pero ninguno de los dos se movió. Tampoco lo escuchaban, porque estaban demasiado absortos en el sonido de sus respiraciones.
Finalmente, Molly apareció en el umbral, con el rostro aún pálido y ojeroso, pero con una sonrisa en los labios.
—Menos mal… —Molly exhaló, aunque su voz aun temblaba —. Arthur está bien, está consciente, dice que…
Se quedó en silencio de golpe cuando sus ojos tropezaron con la escena frente a ella.
Remus y Tonks seguían abrazados. Él no se había apartado y Tonks no había aflojado el abrazo.
La sorpresa cruzó brevemente el rostro de Molly, pero fue efímera. Su expresión enseguida se tornó más suave, más compungida, como si se diera cuenta de que había interrumpido algo que no debía. Algo que era importante.
—Oh… —murmuró para sí misma.
Tonks levantó la vista y la encontró allí, atrapada entre la sorpresa y la duda, como si no supiera si seguir allí o dejarles solos.
Pero en lugar de apartarse apresuradamente o buscar excusas, simplemente le dedicó un guiño cómplice. Un gesto tranquilo, como diciéndole que no pasaba nada.
Molly, tras un instante de vacilación, simplemente asintió.
Remus, por su parte, se enderezó con lentitud, como si quisiera atesorar la sensación de aquel abrazo un poco más.
No dijo nada. Tonks tampoco.
Juntos, siguieron a Molly al interior de la habitación, donde Arthur Weasley les esperaba.
Cuando todo terminó y regresaron a Grimmauld Place, apenas hubo tiempo de quitarse los abrigos mojados antes de que Moody, que ya les estaba esperando, les hiciera pasar a la cocina.
—No podemos perder tiempo —gruñó Moody, su ojo mágico giraba sin descanso, inspeccionando cada rincón, como si esperara que un enemigo saltara de las sombras—. Necesitamos entender qué demonios han pasado.
Y allí habían estado, esperando en silencio.
Tonks se frotó los brazos, tratando de disipar el frío que parecía habérsele pegado a la piel.
Sus ojos recorrieron la estancia: Bill Weasley, pálido y con el ceño fruncido, permanecía en pie junto a Sirius, que ahora se apoyaba en la mesa con los labios apretados.
Dedalus Diggle y Hestia Jones estaban sentados, sin decir nada. Emmeline Vance acababa de llegar con el abrigo húmedo, y apenas dedicó un asentimiento breve como saludo antes de cruzarse de brazos, expectante.
De repente, la puerta de la cocina se abrió con un leve chirrido.
Albus Dumbledore entró con paso firme, dejando un rastro de gotas en el suelo. Su porte seguía siendo imponente, como si la tormenta que azotaba Londres no tuviera poder sobre él.
Tras él, Minerva McGonagall apareció con el rostro pálido como la cera.
Severus Snape los seguía, imperturbable, aunque en sus ojos brillaba algo difícil de descifrar.
Los presentes se enderezaron automáticamente en sus asientos, conteniendo el aliento. Nadie se atrevía a romper el silencio, hasta que Sirius, incapaz de contenerse más, habló.
—Dumbledore ¿Qué ha pasado?
Su voz era tensa.
El director recorrió la habitación con la mirada antes de responder. Su expresión estaba marcada por una gravedad que no dejaba lugar a dudas: las noticias no eran buenas.
—Según lo que entendemos, la serpiente de Voldemort atacó a Arthur en el Departamento de Misterios.
Un breve murmullo recorrió la sala, ahogado enseguida por la tensión del momento.
—Pero ¿cómo…? —comenzó Emmeline, pero Dumbledore levantó una mano para detenerla.
Tonks se inclinó ligeramente hacia adelante, ansiosa. Lupin cruzó los brazos, sereno, pero atento. Incluso Moody detuvo el giro incesante de su ojo mágico para centrarse.
El director prosiguió, su voz pausada pero firme.
—Sé que esta noche ha sido larga y agotadora para todos. También sé que estáis llenos de preguntas, especialmente sobre cómo supimos que Arthur Weasley estaba en peligro.
El crujir de una silla indicó que alguien se había movido, pero nadie habló. El aire era denso, casi sofocante.
—Phineas Nigellus vino corriendo a su cuadro del comedor para alertaros —continuó Dumbledore, clavando la mirada en un antiguo lienzo de un paisaje.
En él, el antiguo director se había colado para escuchar la conversación. Intentaba fingir indiferencia o incluso aburrimiento. Sin embargo, había un brillo de autosuficiencia en sus ojos oscuros.
—Tuve la amabilidad de hacer lo que se esperaba de mí —bufó, con ese tono altivo que hacía rechinar los dientes de más de uno—. Después de avisar a mi querido tataranieto…
Su mirada despectiva se posó en Sirius
—Fui al Ministerio y me encontré con Shacklebolt.
Kingsley asintió antes de intervenir con su voz grave:
—Movilicé a los sanadores de inmediato, antes de que nadie notara lo ocurrido. Con la ayuda de Dumbledore, logramos sacar a Arthur antes de que la situación se volviera aún más complicada.
Hubo asentimientos generales.
—Entonces ¿fue Phineas quien presenció el ataque? —preguntó Bill, mirando al cuadro con escepticismo.
Dumbledore negó con la cabeza.
—Fue Harry quien lo vio
El leve murmullo que recorrió la sala era una mezcla de incredulidad y desconcierto.
—¿Que lo vio? —repitió Kingsley, mirándolo fijamente.
Dumbledore asintió.
—Harry lo soñó… pero no como un simple observador. Lo experimentó como si estuviera dentro de la serpiente. Como si hubiera atacado a Arthur con sus propios colmillos.
El desconcierto se hizo palpable. Dedalus Diggle se pasó la mano por la abundante melena, mirando a los demás con los ojos muy abiertos. Bill apretó la mandíbula.
—Eso no tiene sentido —murmuró —. ¿Cómo pudo…?
—No lo sabemos con certeza —intervino McGonagall, con su voz más tensa de lo habitual—. Pero lo importante es que su visión era real.
El silencio que siguió fue tan denso que incluso el constante repiqueteo de la lluvia pareció apagarse.
—¿Desde los ojos de la serpiente? —repitió Lupin, sin poder disimular su inquietud. Sirius, a su lado, ni pestañeaba. Tenía los puños apretados alrededor de los brazos de la silla.
Moody dejó escapar un gruñido ininteligible, mientras Tonks intercambiaba una mirada inquieta con él.
—¿Y si…? —Hestia Jones tragó saliva, sin atreverse a terminar la frase—. ¿Y si esto significa que… que Voldemort puede controlarle?
Las palabras quedaron en el aire, pesadas como el plomo.
—O vigilarle —añadió Moody en voz baja, con su habitual tono áspero—. Si puede ver a través de Harry, podríamos estar expuestos todos nosotros.
Una oleada de terror rodeó la sala.
— ¿Cómo puede ser eso posible? —preguntó Sirius, alarmado—. ¿Quieres decir que hay una conexión entre Harry y Voldemort?
Lupin dejó escapar un leve suspiro, como si intentara aliviar la presión que sentía en el pecho.
—No podemos descartarlo —dijo finalmente Dumbledore, con una solemnidad que heló la sangre de todos los presentes—. Esto nos plantea varias preocupaciones, pero tampoco debemos apresurarnos a sacar conclusiones.
Sirius abrió la boca, pero antes de que pudiera protestar, Dumbledore continuó:
—Lo último que necesitamos es que empezar a obsesionarnos con esto. Mantener la calma es crucial.
—Entonces, ¿qué hacemos? —preguntó Tonks con voz firme a pesar de la preocupación que se reflejaba en su rostro—. ¿Cómo protegemos a Harry?
Dumbledore recorrió la sala con la mirada, asegurándose de que todos comprendían la gravedad de la situación.
—Por ahora, debo pedirles que estén atentos y que mantengan esta información entre nosotros. Hablaré con Harry y haré todo lo posible para fortalecer su mente contra cualquier intromisión.
Nadie protestó. Nadie discutió. Solo asintieron, aunque no estaban más tranquilos.
Dumbledore se enderezó, su túnica húmeda cayendo en pesados pliegues a su alrededor. Su expresión se suavizó apenas un instante ante las caras largas.
—Eso es todo por ahora. Descansad mientras podéis. Habrá mucho que discutir en los días venideros.
Y con esas palabras, la reunión terminó.
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NOTA DE AUTORA
¡Hola a Todos! Espero que os haya gustado. Así es como imagino lo que vivió la Orden del Fénix aquella noche —la noche en que Arthur Weasley fue atacado—, más allá de lo que vemos en el canon.
No me enrollo, que estoy muy metida en el fic.
Si el capítulo te ha gustado, cualquier interacción —un like, un comentario, compartirlo— marca la diferencia. A mí me ayuda más de lo que imagináis y me anima a seguir escribiendo.
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