Capítulo 39

Por el bien de la comunidad mágica.

Alastor Moody tamborileaba los dedos sobre el borde desgastado de su escritorio.

Su ojo mágico giraba sin descanso observando la oficina general de los aurores, el pasillo que unía toda la planta, el resto de plantas, el despacho del ministro, el atrio del ministerio,… Incluso la calle.

Su otro ojo, frío y severo, estaba clavado en un expediente abierto ante él.

No necesitaba leerlo de nuevo; conocía cada palabra, cada detalle, cada informe de aquella carpeta…

Maldiciendo entre dientes, se puso de pie y caminó hasta la ventana.

Alastor “Ojoloco” Moody estaba de mal humor aquella mañana.

Como todas desde que leyó el artículo:

“Tentativa de robo en el Ministerio. Sturgis Podmore, de 38 años, vecino del número 2 de Laburnum Gardens, Clapham, se ha presentado ante el Wizengamot acusado de entrada ilegal y tentativa de robo en el Ministerio de Magia el 31 de agosto. Podmore fue detenido por el mago de seguridad del Ministerio de Magia, Eric Munch, que lo sorprendió intentando entrar por una puerta de alta seguridad a la una de la madrugada. Podmore, que se negó a declarar en su defensa, fue hallado culpable de ambas acusaciones y condenado a seis meses en Azkaban.”

Sturgis había sido un empleado brillante del Departamento contra la Corrupción, una rama del Departamento de Derecho Mágico. Además, era un enemigo declarado de las fuerzas oscuras y un perseguidor tenaz de mortífagos.

Moody conocía a Sturgis.

Lo había reclutado personalmente para la Orden del Fénix. Igual que a Kingsley. Igual que a Nymphadora.

No tenía dudas de él.

Por eso le extrañó tanto lo que afirmaba el artículo.

¿Que intentó entrar por una puerta de alta seguridad?

Vale que podía ser que el periódico estuviera equivocado. O que fuera una treta del Ministerio para sacarse a Sturgis de encima una temporada. Al fin y al cabo, tenía enemigos en todos los despachos.

Pero asumiendo que la información fuera cierta… ¿por qué cruzaría la puerta Sturgis?

Aquella noche, Sturgis tenía que vigilar precisamente esa entrada del Departamento de Misterios.

La Orden había organizado turnos de vigilancia nocturna, y Sturgis estaba de guardia con una capa de invisibilidad.

Su misión era simple: observar y avisar si veía algo.

Nada más. En ningún caso tenía orden o permiso para entrar.

Así pues, ¿Por qué lo hizo?

A Moody solo se le ocurrían dos posibilidades.

Una: que Sturgis hubiera traicionado a la Orden. Lo dudaba. Confiaba en él.

La otra opción, mucho más inquietante: que alguien lo hubiera obligado.

Si era así, la pregunta era otra: ¿quién?

Tenía que ser alguien con acceso al Ministerio. Y no solo eso, sino al Departamento de Misterios.

Y ser alguien capaz de detectar a un mago oculto bajo una capa de invisibilidad. Este último punto seguía sin resolver, pero ya seguiría pensando en ello.

De hecho, tenía un candidato claro para los dos primeros requisitos.

Lucius Malfoy.

Moody llevaba años vigilando a Lucius. Tras la caída de Lord Voldemort su familia estuvo un tiempo en entredicho. Se celebraron juicios. Hubo acusaciones.
Pero los Malfoy salieron indemnes. Alegaron la maldición Imperius.
Y, gracias a sus contactos y su apellido, les retiraron todos los cargos.

“Un pez demasiado escurridizo”, pensó con amargura. “Demasiado limpio para ser inocente.”

Lucius Malfoy sabía moverse, estaba claro. Sabía parecer respetable. Y usaba el dinero y los favores con la misma facilidad con la que otros usaban una varita.

Pero Moody veía más allá de las apariencias. Y lo que veía era un pozo de corrupción.

Por eso nunca había dejado de vigilarlo. Y su instinto de auror curtido le decía que Lucius Malfoy seguía siendo mortífago. Siempre lo fue.

Y ahora, tenía un testimonio.

El chico Potter lo confirmó. Dio nombres. Vio sus rostros en el cementerio.

Lucius Malfoy era uno de ellos. Uno de los que estaban con el Señor Tenebroso cuando resucitó.

Él era uno de los máximos cargos del Departamento de Misterios.
La persona perfecta para robar la profecía.

Todo encajaba.

Además, el hecho de que Sturgis Podmore fuera el que estaba de guardia ese día, y el que había sufrido las consecuencias de la maldición imperio, no le parecía casualidad.

De hecho, le parecía que iba a favor de que Lucius Malfoy fuera el culpable.

Y es que Sturgis llevaba meses tras los pasos de Malfoy, recopilando pruebas de malversación de fondos y tráfico de influencias. Sutrgis, como Moody, pensaba que Malfoy no era trigo limpio, y buscaba pruebas para empapelarle.

Pero, como siempre, Malfoy había logrado mantenerse un paso por delante.

Las propiedades que Sturgis había registrado estaban vacías, despojadas de cualquier evidencia incriminatoria, como si alguien le hubiera advertido con antelación para poderlo limpiar todo antes de que llegara el equipo de investigación.

Y luego, de la nada, Sturgis había sido acusado de robar en la Sala de las Profecías. Incriminado, condenado sin juicio y enviado a Azkaban antes de que nadie pudiera pestañear.

Todo había ocurrido demasiado rápido, demasiado limpio. Demasiado Malfoy.

Moody tenía claro lo que había pasado. Malfoy usó el Imperius contra Sturgis, para obligarlo a entrar. Si lograba llevarse la profecía, fantástico. Y si no… mejor todavía: tenía una excusa perfecta para deshacerse de él.

Y desde que había pasado aquello meses atrás, y antes de que nadie pudiera haber hecho “desaparecer” los archivos de Strurgis sobre el caso Malfoy, Moody se había encargado de guardarlos. Antes de que cayera en malas manos. Había revisado de cabo a rabo esa carpeta tantas veces que la podía recitar de memoria. Pero nada llevaba a nada.

Miró hacia el horizonte, con los pensamientos tan grises como las nubes sobre Londres.

Había estado allí antes: enfrentándose a enemigos invisibles, a tramas ocultas.

Pero esta vez era diferente. Esta vez sentía que el enemigo estaba sonriendo justo frente a él, con esa maldita sonrisa altiva de Lucius Malfoy.

—No estoy loco —murmuró para sí mismo, apretando los dientes. —Soy paranoico, sí. Pero esa paranoia me ha mantenido con vida. Y, esta vez, también encontraré la manera de atraparlo.

Volvió al escritorio y comenzó a revisar los expedientes de nuevo, esta vez con la determinación renovada de encontrar algo que pudiera usar.

Sabía que no podía hacerlo solo. Necesitaría aliados, dentro y fuera del Ministerio.

Y también sabía que no sería fácil, porque Lucius Malfoy no era solo un hombre rico; era un maestro de la manipulación y el engaño. Un encantador de serpientes.

Pero Moody también era un maestro, y, aunque había perdido una buena parte de sí mismo en esta lucha, aún tenía lo suficiente para seguir adelante.

Sturgis había caído, pero eso no significaba que la causa estuviera perdida.

La caída de un buen hombre solo le daba más razones para seguir adelante, para asegurarse de que la verdad saliera a la luz.

—No te escaparás esta vez —gruñó, mientras su ojo mágico giraba mácon un aintensidad renovada.

La batalla aún no había terminado, y mientras quedara un solo hilo del que tirar, Alastor “Ojoloco” Moody no se detendría.

Unos golpes secos en la puerta detuvieron sus pensamientos. Kingsley, su hombre de máxima confianza.

— Alastor – dijo a modo de saludo. Llevaba un periódico en la mano – Tenemos que hablar.

……………………………..……………………………..……………………………..……………………………..……

El silencio tenía peso.

Caminaban en fila, como peregrinos perdidos, siguiendo a un hombre de rostro pétreo y aire aburrido que les hacía de guía. Uno de los muchos burócratas que poblaban el ministerio de magia.

El lugar en que estaban era, simplemente, fascinante.

Frente a ellos se abría un prado de hierba densa que parecía no tener fin.

A los lejos, un bosque de árboles densos se perdía en unas montañas cuyas cimas se desdibujaban por las nubes. A sus pies, un camino serpenteaba hacia el horizonte.

Tonks frunció el ceño.

No cuadraba.

¿Cómo podía haber un lugar tan grande dentro del Departamento de Misterios?

O, tal vez, ya no estaban dentro. Ya no sabía qué pensar.

El sendero que pisaban, de piedra blanca y desgastada, discurría entre restos de esculturas mutiladas: torsos fragmentados, cabezas de mármol, brazos sueltos que emergían entre la hierba como reliquias abandonadas.

No estaban colocados.

No estaban expuestos.

Estaban ahí, desperdigados, como si alguien hubiera decidido que no eran dignos de formar parte de nada hermoso. Como si hubieran sido descartados.

Y ahora, la maleza era la única que los abrazaba.

Pero lejos de parecer resignados a su olvido parecían… devotos.

Tonks miraba de reojo algunas caras, pero enseguida apartó la vista.

Su instinto le decía que no debía hacerlo. Casi le pareció una falta de respeto.

Sin embargo, una la detuvo.

No por su belleza, sino por algo más profundo.

Era un rostro masculino, con el cabello esculpido hacia atrás, lacio. Las facciones eran elegantes; la expresión de sus ojos de mármol, aunque vacíos, era hipnótica. Como si pudieran ver a través de la piel, los huesos… y el mismo tejido de la realidad.

Los labios finos se dibujaban en una leve abertura. Como si estuviera susurrando.

O cantando.

O rezando.

Había algo en aquel rostro que reconocía.
Como si lo hubiera visto en otro sitio.

Más expresivo.

Más vivo.

Se estremeció sin saber por qué.

Booth, a su lado, carraspeó, sacándola de sus cavilaciones.
Tonks se giró hacia él.
También él parecía… incómodo.
Como si supiera que aquello no era solo piedra.

A lo lejos, el camino conducía a un templo de columnas pálidas, tan solemne como antiguo. Las sombras que cruzaban el firmamento — si es que podían llamarse “nubes” — cubrían el “sol” de aquel “cielo”, cuyos rayos de luz resbalaban por su fachada como manos invisibles.

En un tramo del sendero, la piedra se había desmoronado hacia un desnivel abrupto, como si una parte del mundo se hubiera rendido al abismo.

Allí, en aquel suelo hundido se había formado un estanque natural donde el agua permanecía inmóvil.

En el fondo, bustos blancos dormían entre losas rotas y plantas acuáticas. Algunos yacían de lado; otros se mantenían erguidos, como si vigilaran desde el otro lado del agua. Uno, en particular, miraba hacia arriba con los ojos abiertos.

Tonks lo bordeó, arrimándose al lado firme del camino, como si tuviera miedo de tropezar y caer en ese estanque. Algo en ella le decía que no podría salir de allí.

Booth no dijo nada, pero se apretó la carpeta contra el pecho con más fuerza. Como si también se protegiera.

—Sobre todo, quedaos tras de mí y haced lo que yo diga. Y no hagáis nada que yo no diga —ordenó, en un tono monótono, casi resignado.

El guía no se detuvo a dar más explicaciones. Subió los escalones del templo sin mirar atrás.

Tonks rodó los ojos. Booth bufó. No le gustaba que lo trataran como a un crío.

Llegaron a la entrada del templo. Unas escalinatas los invitaban a entrar. Siguieron al burócrata, que los guiaba con paso tranquilo. Tonks apenas llegó a atisbar la inscripción que ornamentaba el tímpano.

“PRO BONO COMUNITATIS MAGICAE”.

No supo qué quería decir, pero la repitió para sí, memorizándola.

El interior del templo era una sala cuadrada y simétrica, sin más ornamentos que los grabados antiguos medio borrados en las columnas.

El aire allí dentro no era frío ni cálido. Solo… expectante.
Como si el lugar esperara.
A alguien.
A una respuesta.
A una pregunta aún no formulada.

Todo era de piedra blanca.

Luz blanca.

Silencio blanco.

Excepto por un cáliz en el centro, sobre el cual flotaba una llama, suspendida en el aire. No parecía alimentada por nada.

Demasiado perfecta para ser natural.

Demasiado viva para ser conjurada.

Tonks la observó, absorta.

¿Acaso era… la deidad?

Una corriente de viento se deslizó entre las columnas y le acarició el cabello rosa, como si el lugar respondiera a su pregunta.

A su alrededor, cuatro cascadas, una en cada punto cardinal, con el agua brotando de la piedra y cayendo de forma regular hacia un canal en el suelo.

El agua era tan clara que costaba verla.
Tan quieta que parecía dormida.

Y tan callada que parecía escuchar.

La caída era tan perfecta que Tonks estuvo convencida que podría verse reflejada claramente en ellas. Como un espejo.

La auror dio un paso hacia delante, atraída por la serenidad de aquel rincón, como si algo en ella —algo más antiguo que su cuerpo— la reconociera.

Pero una mano firme —seca, autoritaria— le cortó el paso.

—Vamos —ordenó el burócrata.

Tonks hizo ademán de seguir a sus compañeros, pero sus ojos se quedaron atrás un momento más, mirando la llama, el templo, el agua.
Como si una parte de sí no quisiera marcharse.
Como si acabara de rozar algo que no entendía… pero que, de algún modo, la entendía a ella.

Al salir de la sala, el hombre no se despidió. Simplemente se alejó por el corredor como si nunca hubiera estado allí.
Fue entonces cuando Tonks lo comprendió. No era un burócrata. Era un Inefable.
Uno de ellos.

Booth se dejó caer en el suelo del pasillo de piedra negra y apoyó la espalda contra la pared, exhausto. Tonks permaneció de pie, con una cadera ladeada, los brazos cruzados y la mirada fija en ningún lugar. Tal vez, dentro de ella.

Ninguno de los dos dijo nada durante un buen rato.

Tonks seguía atrapada en lo que había visto. O en lo que había sentido. O, más bien, en lo que probablemente jamás sabría.

Levantó la cabeza y se encontró con los ojos de Booth.

Él sonrió, de forma agria, en una mueca que Tonks no reconoció como suya.

—¿Ya lo entiendes, Tonks? —preguntó.

Ella alzó apenas una ceja, sin responder.

Booth se aclaró la garganta antes de hablar, y su voz sonó más grave, más apagada y de nuevo, ajena.

—El objetivo… no es para que aprendas nada. Es para que comprendas que eres una hormiga en todo esto. Que hay fuerzas más grandes que tú, que no vas a entender nunca. Quieren que ames el misterio. Que respetes el secreto. Que estés dispuesta a morir por algo que jamás comprenderás. Porque eso es lo que se espera de nosotros.

La inscripción en el templo le vino a la memoria.

“PRO BONO COMUNITATIS MAGICAE”.

Tonks alzó la mirada.

Leyó el lema.

El mismo mantra que había leído cada día en la entrada, en la garita, en el ascensor, en los pasillos, en las salas, en el pergamino que le habían entregado al principio de su rotación.

“Por el bien de la comunidad mágica.”

Tragó saliva. Sintió miedo. Pero no era terror. Era más bien… fascinación.

Como si estuviera de pie al borde de lo infinito, y sus sentidos le suplicaran apartarse… pero su mente la tentara a caer.
A dejarse llevar.

Sucumbir.

Pertenecer.

Al volver a mirar a Booth, lo supo.

Él lo había comprendido mejor que nadie.

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Lupin se apareció en el callejón que daba a la plaza Grimmauld, causando el sobresalto de un gato que hurgaba entre la basura buscando comida.

El ambiente navideño se notaba desde hacía días y, aunque en aquel callejón oscuro y lóbrego no había ni un solo adorno, la avenida principal —apenas a un par de calles— ya lucía festiva.

Las tiendas brillaban con luces, los escaparates se vestían para la ocasión y los muggles paseaban, compraban, reían, soñaban. Ajenos, todos ellos, al regreso de Voldemort y sus consecuencias para el mundo mágico.

Pero no era esa la preocupación que arrastraba ese día.

No se había imaginado que hablar con Tonks fuera tan difícil. Es decir, sabía que lo sería…, pero asumía que, a esas alturas, ya lo habría hecho.

Llevaba casi dos semanas intentándolo. Y oportunidades no le habían faltado. Pero siempre ocurría algo: una interrupción, una urgencia, una excusa. Siempre había algo que le decía que aquel no era el momento adecuado.

Esa sensación de vértigo maravilloso era lo mismo que había sentido por Emmeline Vance muchos años atrás.

Aunque, en realidad, con su compañera en Hogwarts, siempre supo que —por muy tentado que estuviera— no iba a ocurrir nada. Había una distancia, una certeza silenciosa.

Pero con Tonks era distinto. Esta vez, de verdad sentía que estaba a un paso de arruinarlo todo.

¿Pero arruinar el qué?
¿Y si todo era fruto de su imaginación?

A ratos se descubría pensando: “No te preocupes. Lo has malinterpretado. Ella no siente nada por ti. Te estás preocupando por algo que no es”.

Simplemente, debía ignorar sus sentimientos y olvidarla. no hacía falta hablar con ella. pero por alguna razón, no estaba convencido con ese argumento.

Estaba seguro de que Sirius sabría qué hacer. De hecho, él no habría pensado tanto, ya habría tomado cartas en el asunto.

Por eso estaba seguro de qué consejo le daría.

“Lánzate.”

Pero eso era justo lo que no podía hacer.

Así pues, no tenía sentido hablar con Sirius si ya sabía lo que le diría.
Lo que no quería oír.
Lo que, a la vez, no podía dejar de desear.

Sus pasos lo llevaron hasta la verja negra de Grimmauld Place.

La casa lo aguardaba, oscura y silenciosa, como siempre.

Apoyó la mano en el pomo de la puerta, pero no lo giró.

Suspiró.

No podía encerrarse con todos aquellos pensamientos golpeando las paredes de su cabeza.

Necesitaba aire. Necesitaba no pensar, o al menos intentarlo.

Así que dio media vuelta, bajó los escalones de piedra y echó a andar, con las manos hundidas en los bolsillos y el cuello del abrigo alzado contra el frío.

Caminó sin rumbo fijo hasta alcanzar la avenida principal, donde los adornos navideños resplandecían en lo alto y la gente se cruzaba riendo, cargada de bolsas y abrigos, esperanzas y promesas.

Las luces centelleaban sobre su cabeza, reflejándose en los charcos del pavimento.

Y por unos minutos más, Remus Lupin se perdió entre los muggles.

Solo un hombre más que camina por la calle. Invisible. Anónimo.

Entre la multitud.

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